... Dedicada al tristemente infravalorado Guzmán Compañ Zamorano y a todos los que, como él, construyen, crean, restauran y conservan, en lugar de destruir...
Capitulo 1º
LAS LEYENDAS
... Habitualmente, Adela narra multitud de historias a sus nietos. Ellos la escuchan boquiabiertos. Disfrutan con los cuentos de su abuela: apasionantes fábulas o leyendas, de brujas, hadas, duendes ó gigantes. La anciana, como de costumbre, se acomoda en su mecedora, junto a la chimenea, y después de la cena comienza con su improvisado repertorio. Algunos de sus originales relatos causan tanto furor entre los críos, que le piden repetirlos casi a diario; poniéndola en un delicado compromiso. Las historias de Adela son siempre fruto de su imaginación y, generalmente, si la fuerzan a repetirlas, aunque sólo sea de una noche para otra, inevitablemente sufren bastantes modificaciones. Su memoria comienza a fallar. Evidentemente, no funciona tan bien como la de sus nietos. Hecho que los niños no entienden y le reprochan indignados:
- ¡Así no era el cuento, abuela!- Le recuerdan los pequeños a coro. La mujer, por lo tanto, prefiere generalmente improvisar. Procurando inventarse cada día nuevos relatos, y rechazando astutamente las peticiones de los críos.
- ¿Para qué quieren que les repita otra vez ese cuento?, ¡pero si ya lo conocen mejor que yo!- Suele argumentar la anciana oportunamente, apresurándose luego a comenzar con alguna otra historia inédita, logrando cautivar a sus nietos con facilidad. Esta noche, sus insoportables achaques de la edad la tienen bastante castigada, fomentando su malhumor. Los niños, una vez más, empiezan a insistirle caprichosamente, pidiéndole reiterada e independientemente, cada uno de ellos, que les narre alguna de sus historias preferidas. Adela, para librarse de los desconsiderados críos, les propuso:
- ¡Está bien, pero hoy les contaré una "nueva": la leyenda de "El duende cabrón"!- Informó la mujer, causando una espontánea carcajada en sus nietos: los pequeños no tenían costumbre de escuchar dicho vocabulario en boca de su abuela.
Capitulo 2º
LAS HISTORIAS DE LA ABUELA
... Ahora, los niños forman un corro sentados alrededor de la mecedora de la abuela. En silencio, escuchan atentamente. Y la anciana comienza con su improvisado relato. En ese instante, las ideas fluyen a caudales en la mente de Adela. Mezclando sus recuerdos, fantasías y sueños. Da la impresión de que lo que narra es como si realmente lo hubiese vivido:
- Cuando yo era pequeñita, igual que ustedes ahora, conocí a un niño muy caprichoso. Siempre estaba molestando a sus ancianos padres. Era hijo único y su vida, aparentemente, prometía ser muy fácil...- De pronto, alguien interrumpió la narración de Adela:
- ¿Como se llamaba el niño, abuela?- Preguntó el más pequeño de sus nietos, deteniendo bruscamente la espontánea e improvisada historia de la anciana.
- ¡Se llamaba como tú: "Mocoso"!- Contestó sarcásticamente la malhumorada mujer, provocando otra sonora carcajada en los niños. La memoria de Adela le juega malas pasadas. Cada vez que debe reiniciar una historia, después de cualquier interrupción, su mente se le queda totalmente en blanco: por eso odia terriblemente que la interrumpan.
- ¡No interrumpas a la abuela, "Mocoso", que luego no se acuerda de por donde iba!- Reprendió una de las nietas a su desconcertado pero sonriente hermanito. Los críos, nuevamente poseídos por su insaciable curiosidad infantil, apuran a la anciana. Agobiándola. Convirtiendo en acoso sus unánimes súplicas para que Adela continúe con la historia.
- ¿Y qué pasó luego, abuela?- Le exigieron todos los niños al unísono causándole un repentino sobresalto: la pobre mujer estaba ya comenzando a dormirse en su confortable mecedora. Adela, después de unos segundos de reflexión, le pidió a sus nietos que por favor le hicieran un resumen. Lógicamente, no recordaba lo que les había contado hasta ese momento. Los pequeños comienzan entonces su gran debate. Cada uno de ellos da su propia versión sobre lo escuchado y la discusión se prolonga durante más de quince minutos, subiendo de tono progresivamente hasta acabar en gritos: despertando sobresaltadamente a la disgustada anciana, que finalmente se había quedado traspuesta.
- ¡Si no se callan no prosigo con la historia!- Dijo Adela en tono amenazante, consiguiendo instantáneamente restablecer el orden. Aquel silencio hizo audible el viento, que golpeaba con fuerza las contraventanas. Parecía como si alguien llamara o pretendiera entrar en la estancia. La oscuridad de la noche les impedía ver el exterior a través de los cristales. Una corriente de aire frío recorrió la habitación, acariciando las nucas de los niños y de la anciana, causándoles un escalofrío colectivo; momento mágico que la mujer aprovechó para continuar con su relato.
Capitulo 3º
EL FINAL DEL CUENTO
... Los niños, visiblemente inquietos, estrecharon el cerco a la mecedora, con el fin de estar más próximos a su abuela y, por supuesto, más cerca también los unos de los otros. Ahora se sobresaltaban alternativamente: cuando crujía un trozo de madera en la chimenea ó porque el viento silbaba en las ventanas; situación con la que Adela disfrutaba muchísimo, observando las caras de los críos. Esos momentos son para ella la única gratificación que compensa su infravalorada labor. La tenue iluminación, ambienta de misterio el momento. Alimentando el suspense. La pálida tez de la anciana reflejaba las llamas de la chimenea. Los niños podían ver fuego en los ojos de su abuela. Acompañada por el lejano canto de las ranas, los grillos y el susurro del viento, Adela prosigue con su relato:
- Una noche, mientras sus padres dormían, el niño se despertó por un estruendo. Una fuerte tormenta azotaba el valle en el que vivían. Prácticamente a oscuras, el "Mocoso" salió de su dormitorio, avanzando torpemente, aprovechando la intermitente iluminación ofrecida por los relámpagos, cuyos resplandores se colaban por las cristaleras, creando a su alrededor multitud de sombras fugases. Asustado, intentó llegar hasta el dormitorio de sus padres, pero no lo consiguió. El corredor que conducía hasta ellos se convirtió en un pasillo interminable. Por más que andaba no lograba ni tan siquiera ver el final. Agotado y desesperado, después de varios minutos corriendo y gritando inútilmente, se arrodilló en el suelo llorando y suplicando:
- ¡Por favor, que alguien me ayude"!- Chillaba el niño, entre lágrimas, al verse tan indefenso y perdido a pesar de estar dentro de su propia casa. En ese momento, otro resplandor le permitió ver a un pequeño ser que se hallaba frente a él. No mediría más de unos diez o doce centímetros. Vestía un atuendo estrafalariamente colorido y portaba una especie de saco, que le cubría gran parte de la espalda a modo de capa. Parecía como un "Papá Noel", pero diminuto, del tamaño de un llavero...- Continuó narrando Adela a sus entusiasmados nietos, que ahora volvían a reírse a carcajadas tras escuchar la ocurrente descripción que les hacía la anciana sobre el nuevo personaje.
- ¿Era "El duende cabrón", abuela?- Preguntó el "Mocoso", interrumpiendo nuevamente a la mujer, que esta vez no pudo reprimir su mal genio:
- ¡"El duende cabrón" eres tú, que no paras de incordiar!, ¡es muy tarde ya!, ¡a dormir!- Acabó ordenando Adela, al tiempo que se retiraba a su dormitorio ignorando por completo las quejas y súplicas de sus nietos: que finalmente se tornarían en unánimes e interminables reproches al pobre "Mocoso"...
Fin
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