El emisario voló durante muchos días hasta que llegó a un lugar lo bastante frío como para tocar la superficie con los pies sin quemarse. La Gran Reina debería haber enviado a un ifrit en vez de a un fey aéreo, pensó el emisario. Los ifrits volaban mediante la magia; por eso podían ir a donde quisieran en un abrir y cerrar de ojos, mientras que la alas de los feys aéreos no los llevaban más lejos que un ave de tamaño semejante. Naturalmente, la velocidad era la única ventaja que tenían los ifrits como mensajeros. Su carácter voluble los hacía inadecuados para ese propósito. Sin embargo, en esta misión habría bastado con la velocidad, pues en ningún lugar de todas aquellas tierras calcinadas habría encontrado el emisario un ser vivo con quien conversar.
El primer indicio que el emisario tuvo de la catástrofe fue una columna de humo negro y gris que flotaba sobre la costa de las regiones más meridionales de Mundonorte. Aquí y allá, el cielo se resquebrajaba y mostraba vetas de intenso tono anaranjado, o las nubes florecían repentinamente con color de fuego en su interior. Un hedor insoportable invadió la nariz del emisario, que durante el resto del viaje tuvo que cubrírsela con un pedazo de su vestido para filtrar el aire. Donde había habido ajetreadas ciudades portuarias, un líquido negro se vertía en el mar, y profundos torrentes de magma hirviente y burbujeante excavaban la cadena montañosa que por muchos años había protegido estas prósperas tierras de las invasiones. Donde los castillos habían vigilado la costa, se alzaban montones de desechos fundidos. Ningún barco, ni siquiera los restos de un naufragio, flotaba en los fétidos puertos. Ningún hombre, mujer o criatura de ninguna raza caminaba por la tierra. En varios kilómetros de distancia desde la costa, ningún ser marino se erguía entre las olas para saludarlo. Las criaturas marinas eran las únicas que habían avisado del desastre. En varios meses no se había avistado ninguno de los barcos de comerciantes que normalmente cruzaban los mares entre este lado del mundo y el del emisario. Por último, una selki informó a un pescador que estaba preocupada por unos parientes que no habían realizado su migración anual desde los mares de Mundonorte a los del sur. El pescador habló con su señor, quien mandó una nota al rey, que era responsable de informar de tales asuntos a la reina. Una caravana llevó el informe semanal al paso montañés más alto de Mundosur, donde la Gran Reina presidía desde su castillo de hielo (que se creía que le proporcionaba frialdad de juicio) las disputas y problemas de las tierras y pueblos que había más abajo. La reina, pues, envió al emisario, que había viajado a Mundonorte en una ocasión, de joven, acompañando a su padre en un asunto de Estado.
La costa de la masa de tierra que se extendía ahora bajo sus alas y su situación indicaron al emisario que era realmente el continente conocido como Mundonorte, pero todas las demás pistas habían sido borradas.
Allí donde recordaba que había habido grandes extensiones de bosques verdes y exuberantes, sólo había tocones chamuscados que sobresalían de la tierra como los dientes estropeados de la calavera de una vieja muerta largo tiempo atrás. El emisario pensó que obtendría algunas respuestas en Tollinlund, la ciudad más grande de todo Mundonorte, cuyas fronteras abarcaban lo que en otros tiempos había sido un país totalmente independiente.
El emisario pensó en detenerse por el camino para dar un descanso a sus alas, comer un bocado y quizá dormir, puesto que había que cruzar las fronteras de otros seis países así como el Gran Mar Interior, el Desierto Hambriento y la vasta sierra de Huesos de Ogro antes de llegar a Bellgarten, la tierra de la que Tollin era capital.
Los mares interiores oscilaban como el pecho de un moribundo, cubiertos de negro fango de costa a costa, y las montañas estaban profundamente horadadas en su vertiente sur, aunque no tanto en el lado norte. El emisario comenzó a albergar algunas esperanzas al ver que el Desierto Hambriento, además de incluir una nueva colección de huesos blanqueados parcialmente vestidos, tenía el mismo aspecto de siempre, aunque la vegetación, antes escasa, había desaparecido. Sin embargo, más allá del desierto, donde la curva septentrional de los Huesos de Ogro custodiaban los fértiles campos y las populosas ciudades de Bellgarten, los cambios, aunque más sutiles, eran evidentes. Era bien sabido que Bellgarten era el país guardián de Mundonorte, al igual que la Gran Reina protegía Mundosur. Bellgarten tenía esta distinción y su envidiable prosperidad porque poseía un dragón, cuyo favor la hacía grande y poderosa, además de rica.
Ahora, los restos de las casas de Bellgarten yacían con las puertas abiertas y las ventanas rotas, las cosechas habían sido arrancadas de los campos como por garras gigantescas y ninguna persona o animal se movía sobre la tierra. El emisario podría haber descansado un rato; pero registró algunas casas para ver si en ellas quedaba alguien vivo y, al no encontrar a nadie, continuó el vuelo hasta la ciudad, donde la devastación, aunque no tan terrible como la de las tierras exteriores, parecía haber sido igual de fatal.
No había ningún chapitel o torre que identificase el horizonte que recordaba de su infancia. Allí donde los mercados habían rugido con animales y vehículos de todas clases, el tintineo de las monedas, el brillo de las cuerdas tendidas entre edificios de las que colgaba ropa recién seca, la colada extendida en los tejados, el agradable olor de la gente lavada y alimentada que había descubierto la magia de un sistema de alcantarillado bien diseñado... no quedaba nada. Mejor dicho, había muchas cosas, pero tan destrozadas por la gran calamidad que había azotado Mundonorte que era imposible distinguir qué era ropa y qué era madera o metal, objeto o ser vivo. El buen olor había sido sustituido por el hedor de la muerte y, en todas partes, por una asfixiante neblina de humo que oscurecía el cielo y tapaba el sol.
El viento arrastró los desechos entre los pies del emisario cuando éste aterrizó sobre las piedras de lo que debió de haber sido el palacio. Plegó las alas y se sentó sobre los restos de un muro; y, llorando, se quedó dormido.
Estaba temblando cuando se despertó al oír un ruido que se distinguía del viento por su ritmo: un ruido continuo, un tableteo que parecía proceder de los escombros que vibraban bajo sus pies. Aunque tenía las manos frías y las plumas encrespadas por el frío que reinaba en aquella tierra huérfana de sol, empezó a cavar en los escombros. Tal vez encontraría un superviviente, alguien, que le explicase qué había ocurrido en medio mundo.
Primero lo alcanzó el calor; calor, vibración y, cuando apartó más capas de inmundicia, luz: una luz dorada y suave que vibraba de calor como la arena de la playa en verano.
Al descubrir la parte superior opalescente, el objeto vibró con más fuerza mientras se abría paso entre las cenizas y la suciedad hacia él, como una flor abriéndose al día.
El objeto era suave, redondeado, de tono dorado pero inflamado con pinceladas de rojo, azul y verde, y con una espiral de color perla. El emisario pensó que debía de ser un tesoro exótico del rey. Pensó que debía de ser un regalo inapreciable de un gran artista. Pensó que debía de ser... un huevo. Un huevo muy grande, como un broquel, que estaba anidado en las ruinas, vibrando con expectación.
Un huevo, desde luego. El huevo del dragón. El dragón había muerto defendiendo la ciudad de... ¿qué? ¿Un ataque monstruoso? El dragón, la ciudad y todas estas tierras habían caído en la batalla, y sólo quedaba este huevo.
El emisario apoyó la mejilla en el brillante cascarón y dijo en voz baja:
-Entiendo, huerfanito. No tengas miedo. Te llevaré conmigo a la Gran Reina. Allí te cuidarán para que puedas calentar y proteger nuestras tierras como una vez protegiste...
-A... alto -graznó una voz chirriante como una cadena sin engrasar. El emisario levantó la mirada del huevo, aunque sin soltarlo, y vio que la inmundicia también se movía unos metros más allá, donde los escombros habían tapiado la brecha abierta en la pared. Tal vez había más de un superviviente, después de todo.
Dejó el huevo en el suelo y se abrió camino entre el revoltijo de ropa, metal, huesos y maderos astillados, hacia donde se movía el polvo, y volvió a excavar para sacar lo que hubiese debajo.
Súbitamente, le agarró la mano algo que parecía una garra de hierro, y toda la montaña de desechos se deslizó hasta el suelo cuando un bulto de inmundicia tan alto como un brazo se alzó frente a él, y un agujero se abrió en su interior para suplicar:
-¡Agua!
Desde lo alto del montón, la vibración aumentó y el huevo se estremeció. El emisario agitó las alas, sobrevoló el huevo cuando empezaba a rodar y lo puso al pie de la pila con cuidado, antes de regresar junto a la criatura que todavía se estaba quitando la tierra de encima. El calor del huevo que sentía en la espalda lo reconfortó mientras se quitaba la mochila y sacaba de ella un botellín para aliviar la sed de la criatura.
Tranquilo, amigo -dijo al ver que el superviviente se bebía de un trago la mitad del botellín-. Debe durarnos hasta que encontremos un atolón intacto con agua fresca, que puede estar a varios días de aquí.
El superviviente meneó negativamente la cabeza y dijo con voz ronca:
-No puedo irme. El huevo. Tengo que encontrar el huevo.
-No te preocupes, amigo. Está a salvo -lo tranquilizó el emisario, y notó que el huevo ronroneaba a su espalda.
-¡Ah! -exclamó el superviviente, y se secó los labios con la muñeca. El emisario vio que sólo tenía una en un único brazo muy largo y que sus piernas eran muy cortas. ¿Un enano, entonces?
-¿Y los... otros?
-Lo siento, pero creo que no hay «otros». Soy Dolhal, emisario de la Gran Reina de Mundosur. Debo descansar un rato; luego montarás entre mis alas. Puedo cargar con el huevo y llevaros a ambos ante Su Majestad.
-¿Mundosur? -preguntó el mediano.
Tal vez debería decir «Mundoúnico» -contestó Dolhal-. Me temo que todos están muertos en el norte.
El mediano asintió, se arrastró sobre las rodillas y un brazo, encontró el huevo, se enroscó sobre él y se quedó dormido. Tal vez, pensó Dolhal, tenía más derecho, pero él había encontrado el huevo primero y sintió un inusual espasmo ante la idea de yacer sobre la inmundicia junto a una criatura de aspecto tan repulsivo. Aun así, tenían el huevo, hermoso y caliente a pesar de haber estado enterrado y haber sido exhumado de entre tanta suciedad. De algún modo, era una promesa de seguridad y comodidad si Dolhal lo cuidaba y lo guardaba hasta que eclosionara.
Antes de dormir, observó que el muñón del mediano parecía estar cauterizado; una cicatriz roja lo cubría, al igual que cruzaba un lado de la cara de la criatura de tal manera que la oreja, el cuello y la quijada formaban una sola línea, con los ásperos cabellos negros quemados.
Dolhal se despertó de improviso, inmediatamente alerta, como si hubiera padecido una descarga. Se incorporó y vio que el mediano soltaba un pedrusco. ¿Acaso la criatura podía pretender atacarlo? Sus alas eran su única escapatoria de este lugar.
El mediano hizo una mueca de dolor en el lado intacto de su rostro y puso la mano con la palma arriba sobre la rodilla. Parecía un tanto más limpio y fuerte que cuando se habían quedado dormidos. Dolhal, que se sentía como nuevo, dijo en voz alta:
-Me siento mucho mejor y tú también pareces estarlo. ¿Tienes fuerzas para emprender un viaje mientras duren nuestras provisiones? Una voz melodiosa brotó de aquel rostro estropeado, como agua fresca de las rocas:
-Pronto. Da un poco más de tiempo a la magia del dragón y estaremos listos para bailar toda la noche.
-No lo creo -dijo Dolhal al sentir el frío viento procedente de las nubes pasajeras-. Tras haber visto esto, creo que nunca más volveré a bailar.
-¡Ah, bien! Supongo que puede sentarte así, si no tienes tiempo para acostumbrarte. Desde mi punto de vista, me apetece bailar solamente para poder comprobar esto, ¿entiendes?
-¿Quién eres, y cómo has logrado sobrevivir? -le preguntó Dolhal.
-Alguien tenía que ser el último -respondió el mediano, reproduciendo la mueca de dolor-. Y como fui el primero, por así decir, es justo suponer que también soy el último. A excepción del huevo, por supuesto. Fui llamado Sulinin el Arpista Mediano hasta que encontré el primer huevo; desde entonces soy Sulinin Guardián del Dragón. Traje mi hallazgo al rey poco después de que el huevo eclosionara y la cría de dragón empezase a demostrar sus poderes. El rey no se sintió tan agradecido por mi lealtad al regalarle la cría de dragón como para abdicar en mi favor, concederme la mano de su hija o entregarme la mitad de sus tierras; supongo que lo entiendes. Eso sólo pasa en mis cuentos. Pero me concedió el cargo de guardián de manera permanente y nunca tuve que volver a vagabundear. Guardé mis canciones para alegrar al dragón o, cuando creció, dormirlo.
Te acompaño en el sentimiento -dijo el emisario-. Por todo.
-Estoy seguro de que te haces cargo de la situación -repuso Sulinin. -Cuando el huevo eclosione y nazca un nuevo dragón, tal vez la Gran Reina te conceda mantener tu antiguo puesto -sugirió Dolhal, aunque esperaba que no. Al fin y al cabo había sido él, Dolhal, quien había rescatado el huevo.
-¿Crees que lo haría? Eso sería... conveniente. Creo que será mejor marchar pronto, ¿no? Si el huevo eclosiona aquí, tendremos que esperar hasta que al pequeño dragón le hayan crecido las alas lo suficiente para que aguanten el peso de su cuerpo, y para entonces... Para entonces se habrá vinculado a este lugar y no querrá irse.
Dolhal presintió que había una mentira en alguna parte de la explicación, pero apenas conocía a este ser y a las crías de dragón como para descubrir qué era falso.
-Entonces ¿la madre... el dragón... ha muerto? ¿Estás seguro?
-Desde luego -contestó Sulinin-. Yo... Podría decirse que yo estaba implicado personalmente cuando explotó.
-¡Qué doloroso debió de ser para ti!
-Amigo, no sabes hasta qué punto.
Esta vez, Dolhal supo que el mediano decía la verdad, pues su humor agrio le hizo torcer la boca y sus ojos se humedecieron por la angustia.
Tal vez te ayudaría hablar de ello -dijo Dolhal.
Los emisarios estaban adiestrados para ser excelentes oyentes e interpretar los matices que había detrás de las palabras. Ya no se sentía cansado, hambriento o sediento, pero tampoco le apetecía emprender la marcha aún. Pensó que el huevo sería más feliz si era anidado aquí.
-Cuando era muy joven, oí hablar del Dragón de Tollin -prosiguió el fey-. Decían que no había habido otro dragón como él en la historia del mundo, que era la causa de la prosperidad de Bellgarten y que, gracias a él, había conseguido la hegemonía sobre Mundonorte.
-Cierto, todo cierto -corroboró el antiguo arpista-. Los dragones de los relatos antiguos son feos y temibles, codiciosos y malvados...
-Nada así podría salir de este huevo -aseguró Dolhal, acariciando el cascarón.
-Sí... mmm, bueno, yo pensé algo parecido cuando contemplé el huevo por primera vez. Lo encontré en los Huesos de Ogro, el verano en que Arrojahorrores entró en erupción. ¿Tenéis volcanes en el sur?
-¡Oh, sí!
-Entonces ya sabéis que, cuando hacen erupción, no solo se transforma la montaña, sino todo el paisaje a su alrededor: los lagos se cubren de cenizas y vuelven a llenarse muchos kilómetros más allá, y los ríos cambian de curso. Nunca había presenciado tales cambios, por lo que me marché a los Huesos de Ogro con mi arpa para componer canciones sobre la erupción y la gente que sobrevivía o que había muerto. Parecía que la catástrofe anunciara el fin de Bellgarten, puesto que el intenso calor había calcinado las cosechas, mientras que la ceniza, como ha ocurrido ahora, tapó el sol, el invierno llegó adelantado y la gente enfermaba y moría por respirar aquel aire viciado. Yo era entonces un joven lleno de salud y hambriento de novedades; a ello se debe en parte que tomara el arpa y siguiera la senda del trovador. Confieso que, a aquellas alturas, ya me había cansado de todo aquello. Esperaba que las canciones me ayudarían a pasar el invierno en algún sitio confortable, donde mi voz, mi fortuna, estaría a salvo de las enfermedades, y donde podría tener siempre el vientre lleno.
»El camino terminó mucho antes de llegar al lugar adonde conducía el paso más fácil entre las montañas. Entonces me adentré en tierras tan diferentes como si hubiese vuelto a nacer. Tan diferentes como..., como esta tierra lo es del Bellgarten de mi juventud. Tan distintas como lo es este suelo del de la luna. En mi ignorancia, pensé que sólo tenía que encontrar el río Bellgard y seguir su curso paralelo a la cordillera, hasta llegar a sus fuentes. Sin embargo, cuando llegué al lugar por donde había corrido el río, me quedé pasmado al ver que aquella poderosa corriente, tan ancha y profunda en algunos tramos que parecía el mismo mar, había desaparecido por completo. Rocas fundidas se enfriaban en su lecho seco y, para mi sorpresa, vi bloques de piedra, cortados y pulidos como remates de torres y, en un lugar, las ruinas de una gran puerta. Me senté allí para escribir una canción sobre la ciudad perdida bajo el Bellgard, pero, mientras titubeaba entre «ardor» y «pavor» para rimar con «calor», se me ocurrió que una tercera palabra, «temblor>, era incluso más apropiada, ya que eso era lo que hacía la tierra bajo mis pies.
-¿Entonces el huevo también se abrió paso hasta la superficie en tu busca? -exclamó Dolhal-. ¡Qué extraordinaria criatura, que ya tiene tanta inteligencia dentro del cascarón!
Totalmente -dijo el mediano, mordiendo el final de la palabra con sus destrozados dientes.
-¿Y era el cascarón de la madre tan hermoso como éste?
-Sí, y quedé tan fascinado como tú lo estás ahora. Cuando el cascarón se quebró, pensé que se me rompía el corazón, pero entonces el pequeño dragón asomó su cabeza, como una joya, a su través. Sus rasgos y patas regordetes eran tan encantadores como los de cualquier recién nacido. Tuve que llevar a la pequeña dragona en brazos la mayor parte del camino a Tollin, ya que sus alas eran todavía demasiado débiles para sostenerla, y se tambaleaba cuando intentaba caminar. Además, su apetito era el mayor que había visto nunca y tuve que cazar para ella una y otra vez hasta que se sintió lo bastante harta para que pudiésemos reemprender la marcha. Esto, naturalmente, la volvió extraordinariamente pesada, pero, en cuanto quedó saciada, bastó una pequeña dieta de mantenimiento durante casi todo el resto del viaje, y me complació contentándose con hierba y brotes de flores.
»Era todavía más encantadora cuando, allí donde viajábamos, calentaba la temperatura de los campos con su aliento de manera que volvían a ser fértiles. Entonces apenas me di cuenta de ello, tan fascinado estaba con mi nueva acompañante, pero siempre dormimos calientes y secos, fuera cual fuese el tiempo que hiciera. Yo creía que era debido a la calidad de mi música. Estaba... reconfortado.
-Sí, sí, entiendo. Así me siento yo también. ¿Sabes?, ha sido un viaje largo desde la corte de la Gran Reina y, no obstante, el huevo es, como dices, reconfortante. -Dolhal sintió un escalofrío hasta la punta de las alas-. ¡Qué terrible tragedia debió de ser para ti perderla! -añadió, preguntándose por qué sentía mucho más la tragedia de la muerte del dragón que la destrucción de todo un continente y todas sus demás criaturas.
-Su apetito aumentó mientras viajábamos, hasta que pudo devorar la cosecha de campos enteros, y contemplaba con anhelo las ovejas y las vacas; entonces comprendí que no podría seguir manteniéndola solamente con mis esfuerzos. Ello me obligó a tomar la difícil decisión de regalarla al rey Horhay. Quedó encantado, incluso cuando ella devoró todo el banquete de cincuenta platos que había preparado para el noveno aniversario de su hija. Como era un hombre rico, se limitó a ordenar que preparasen otro banquete. La dragona pareció un tanto avergonzada de su apetito; cazaba y cocía a la perfección todos los animales que devoró antes y después. Por orden del rey, se nos otorgaron unas instalaciones en el zoo real y yo cantaba hasta que se quedaba dormida mientras ella tarareaba en tono relajante.
»Al crecer -prosiguió-, su apetito aumentó, pero persuadí al rey que debía entregarle sus propios campos y ganado para su nutrición. Para ello, impuso un pequeño impuesto al pueblo y, a cambio, volábamos juntos a distintos lugares y ella expulsaba las cenizas y calentaba los campos para que dieran más frutos que nunca. En invierno, mantenía el palacio caldeado, hasta que se construyeron tuberías desde su guarida a todas las casas de la ciudad para que las mantuviera calientes. Más adelante se descubrió que podía guardarse su aliento en estufas de arcilla que calentaban durante varios días sin necesidad de quemar leña. Pero, aunque se ganaba su sustento de sobra, a medida que aumentaba su apetito la gente comenzó a tener miedo. Algunos recordaron los relatos de los antiguos dragones, que devoraban regularmente a vírgenes, aunque nuestra dragona no había mostrado indicios de desear tal recompensa.
»De hecho, algunos quisieron que fuese ejecutada para no tener que seguir pagando por su mantenimiento. La invasión de Bellgarten por parte de los ejércitos de Orbdon puso fin al debate.
-¿Qué ocurrió?
-¿Y tú qué crees? Mi pequeña hizo recular las tropas enemigas a sus propias fronteras y, con un breve asalto a su ciudad más próxima, un rugido y un chorro de fuego, el enemigo quedó diezmado y destruido, claudicó y pagó un tributo a nuestro rey, quien sabiamente lo gastó en buena parte en mantener a la dragona. Ella pareció compadecerse de los orbdoneses y, utilizando su gran fuerza y su fuego con buen juicio, reconstruyó su ciudad y los ayudó a prosperar.
-¡Qué criatura tan maravillosa! -exclamó Dolhal, y pensó que el reinado de la Gran Reina sería mucho más sencillo si tuviera una ayuda como aquélla: firme pero benévola, cara pero pagándose en parte su propio sustento.
-Sí -confirmó Sulinin-, ¡y estaba solamente a la mitad de su crecimiento!
-¡Qué otros milagros debió de realizar cuando alcanzó la madurez! -reflexionó Dolhal en voz baja.
-¡Y qué apetito tenía! -dijo Sulinin-. La gente la quería, por supuesto, y me querían a mí y al rey por ella, porque les proporcionaba comodidades y buenas cosechas: al calentar las tierras era posible realizar tres cosechas, y sus excrementos eran el fertilizante más fabuloso que pudiera imaginarse. También trajo la prosperidad al reino. Por temor a ella, todos los reinos vecinos pagaban tributo a Bellgarten y nosotros, a cambio, resolvíamos sus disputas. Todo esto fue muy bien hasta que la dragona creció tanto y su apetito resultó tan insaciable que todos los graneros y rebaños de los reinos vecinos se convirtieron en raciones ínfimas. El rey era reacio a imponer más impuestos al pueblo, aunque con el tiempo tuvo que hacerlo. En vez de echar la culpa a la dragona, la gente se volvió contra el rey y se produjo una rebelión con la ayuda y el aliento de los reinos sometidos. Por supuesto, mi chica y yo resolvimos el problema rápidamente. Entonces el rey se preguntó: ¿por qué pagar a un verdugo? Como comprenderás, no me gustaba ver que mi chica devorase a seres humanos... enteros, claro. Se los comía enteros. Pero el rey no estaba de humor para escuchar consejos y podría haber encontrado otra manera de matarme.
-En tal caso, podrías haber dirigido a la dragona contra el rey -sugirió el emisario, sorprendido de que a Sulinin, que llevaba viviendo en una corte al menos tanto tiempo como él, no se le hubiera ocurrido eso.
Sulinin contempló su mano en forma de garra y respondió: -Podría haberlo hecho, pero ella conocía al rey casi tan bien como a mí y, además, él era el rey y un hombre, y si le hubiese pedido a ella que lo asesinara para evitarle tener que matar a quienes habían agraviado al rey según las leyes, ¿qué sentido habría tenido? El resultado habría sido el mismo para la dragona. Así que no me opuse. Cometí un error. La noticia de las ejecuciones provocó mas insurrecciones y más guerras fronterizas entre los países tributarios, y más ejecuciones. Cuando estallaba una guerra, el rey ya no alistaba soldados; se limitaba a enviar a la dragona a que realizara el trabajo, pensando, sin duda, en todos los salarios que se ahorraba.
»Así no funcionaron muy bien las cosas. A medida que ella realizaba estas misiones de destrucción, se alimentaba cada vez más y, como seguía creciendo, necesitaba aún más alimentos para poder volar. Pronto, todas las cosechas y el ganado de Bellgarten desaparecieron y entonces comenzó... el alistamiento.
Sulinin calló. El huevo vibraba a mayor velocidad todavía, y Dolhal pensó que podía oír los latidos de un corazón a través del cascarón, que se estremecía de manera expectante.
-Continúa -dijo a Sulinin, aunque comenzaba a adivinar el final de la historia. En realidad, ya había visto aquel final y era extremadamente decepcionante. ¡Qué trágico desperdicio de poder y de recursos!
-Como puedes imaginar, no se trataba de reclutar soldados para el campo de batalla. Los alistados eran conducidos al castillo e introducidos por una puerta que llevaba directamente a la enorme guarida de mi chica. Para entonces era tan grande que pasó algo curioso: no todos los que eran engullidos por ella eran digeridos o morían. Algunos sólo perdían algunos miembros, quedaban marcados o sufrían algún tipo de heridas, pero atravesaban todos sus intestinos y volvían a salir vivos. Otros, los que se comía justo antes de dormir, podían salir enteros pero totalmente locos tras padecer el proceso de pasar a través del estómago de una dragona. Pero la mayoría, los que devoraba antes de dirigirse a una batalla, eran devorados totalmente y nadie volvía a verlos más. Yo ayudaba a escapar a los que salían vivos de su vientre, que regresaban a la ciudad, pero con el tiempo todos volvieron a ser alistados, al igual que los ancianos, las mujeres y los niños. Para entonces, no quedaba nadie en los otros países que ella pudiese destruir, pero seguía alimentándose y el rey seguía entregándole la carne y los huesos de su pueblo.
»Supongo que el rey ya estaba totalmente loco. De lo contrario, ¿cómo podría haber arrojado a su propia hija a las fauces de la dragona? Oí chillar a la princesa llamando a su padre y reconocí la voz, pues cuando era niña solía venir a oírme cantar canciones de cuna a la dragona. Ella cerró las fauces, pero la obligué a abrirlas de nuevo e intenté rescatar a la princesa. En circunstancias normales, mi chica no me habría hecho daño, pero estaba todavía en el frenesí del festín, por lo que se irritó conmigo, chasqueó los dientes y lanzó un fogonazo para advertirme que me alejara... y así sufrí estas heridas que ves. -Se tocó la cara y el muñón del brazo-. Salí a trompicones por la puerta mientras resonaban en mis oídos el rugido de la dragona y los chillidos de la princesa, junto con los gritos de las demás víctimas.
-Me sorprende que el rey no te convirtiera también en comida para la dragona.
-Lo intentó. Así fue como encontró la muerte. Aunque la dragona ya pesaba demasiado para volar y no le quedaba nada que comer, tenía hambre. Empezó a buscar comida y, enfurecida, acabó por derruir el castillo. Destruyó Tollin con los movimientos de su cuerpo y las llamas que expulsaba mientras aullaba de frustración y, como comprendí más tarde, dolor.
-¡Pobrecilla! -dijo el emisario-. Supongo que entonces comenzaba a poner el huevo. No tenía idea de que los dragones pasaran un rato tan difícil en esa labor.
Yo tampoco. Lo único que sabía es que sólo le restaba devorarme a mí, y que cuando lo hubiera hecho moriría de hambre. Así pues, preparé una carga de explosivos, me escondí y, cuando vino a comer atendiendo mi llamada, encendí la mecha. El cabo encendido estaba entre sus dientes cuando vi el huevo.
El emisario le lanzó una mirada glacial, pero dijo:
-Supongo que tenías que salvarte.
-Lo que es más, no quería que ella muriese de hambre. La vi explotar y entonces... desde entonces ya no recuerdo nada hasta ahora, cuando me has encontrado.
El huevo se estiró y una diminuta grieta se abrió en su parte superior.
-¿No dijiste que debo llevarme el huevo antes de que eclosione, si deseo que se adapte a otro lugar? -preguntó Dolhal con nerviosismo mientras acariciaba el cascarón y le canturreaba entre dientes.
-Es mejor que me dejes romperlo y matar a la cría ahora que es lo bastante pequeña -dijo Sulinin, y levantó con la fuerte mano que le quedaba la roca que había soltado antes.
-¡Jamás! Ya has traicionado y matado a la madre. No dejaré que también asesines a este pequeño.
-¿Acaso no has oído nada de lo que he dicho? El dragón se vuelve cada vez más voraz a medida que crece y nada puede sobrevivir...
-Has permitido que lo corrompieran. En un país bueno y justo, será un instrumento del bien y la justicia.
Dolhal estrechó el huevo contra su pecho y le susurró unas palabras como si así pudiera calmarlo y demorar la eclosión. Entonces, antes de que el anterior guardián del dragón pudiera incorporarse, el emisario emprendió el vuelo con el huevo en brazos.
-¡Espera! No puedes dejarme aquí -lo llamó Sulinin-. Llévame sobre tu lomo como me prometiste.
-Debo llevar a la cría de dragón a la Gran Reina antes de que pueda volar -replicó Dolhal desde el aire-. Tal vez más tarde volvamos a buscarte. Tal vez.
Y, con tres fuertes aletazos, se elevó aún más y desapareció de la vista en dirección a los Huesos de Ogro.
Sulinin suspiró y se acurrucó de nuevo entre la inmundicia en busca de calor para recuperar las fuerzas con un descanso. Al día siguiente empacaría el resto de la rancia comida de dragón y seguiría al emisario a pie. ¡Pobre Dolhal! El emisario no encontrarla en ningún lugar de todo aquel paraje yermo las aves que la cría de Sulinin había devorado con ferocidad después de nacer. Sulinin viajaría tan lejos como pudiera, en busca de indicios del emisario y su carga: restos de cascarón y -según esperaba fervientemente el antiguo guardián del dragón por el bien de la Gran Reina y todo Mundosur- algunas plumas sueltas.
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