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Francisco Grandmontagne - El changador


Representa en la clase obrera la falta total de habilidades. No le es familiar la "garlopa", ni la "plomada", ni el martillo, ni siquiera el azadón. Sus herramientas son el costal (Costal: saco, bolsa) y la coyunda (Coyunda: correa o soga con la que, generalmente, se uncen los bueyes), aparejo de humano animal de carga. El changador de esquina es el canto rodado del pauperismo.
Nadie como este obrero puede decir que vive de sus costillas. La resistencia de éstas es su única facultad. Sus manos y su cabeza son torpes para todo. Es como la reducción del carro de transportes, con eje, ruedas y arandelas de hueso humano. Generalmente carece de toda inteligencia para multiplicar sus fuerzas con la maña; desconoce la eficacia de la palanca y de la calzadera para economizar esfuerzos, y sólo puede con aquellos pesos que se hallan al alcance de la acción de sus músculos.
Trabaja sin orden ni regularidad; unos días mucho, otros nada. En el fondo es un verdadero holgazán, prefiriendo al trabajo regular y seguido, reventarse en una hora para vagar el resto del día, tumbado en el umbral de una puerta, idiotizándose al sol.
Entre todas las castas de changadores, el más torpe es el changador de esquina. El de los andenes es activo y ágil para correr tras de los pasajeros, y algunos hasta ingeniosos para obtener con una frase aguda el transporte de una maleta en medio de tumultuosas competencias; informa al viajero sobre hoteles o cualquier otra casa de alojo transitorio, sobre las novedades de la ciudad y el suceso culminante del día.
El changador de puerto es todavía más despierto. Aunque en su vida no haya visto un mapa, tiene un notable instinto geográfico, conociendo en la cara de los viajeros el país de donde proceden. Es, además, casi un políglota, dominando en todas las lenguas vivas y hasta en las indo-asiáticas aquellos conceptos relativos al ofrecimiento de servicios profesionales. Conoce también las oscilaciones de todos los sistemas monetarios del mundo, sabiendo que cualquier peso extranjero, excepto el paraguayo, que va no pesa absolutamente nada, vale tres veces más que el nuestro. Su genio económico es notable, pudiendo dar lecciones a nuestros hacendistas sobre la conversión del papel moneda sin que sufra ningún quebranto, pues el changador de muelle opera a oro, cobrando en efectivo el valor puramente teórico de nuestra moneda, valiéndose para ello de una argumentación sofística y convenciendo al viajero de que durante los 25 días que ha andado dando tumbos por el océano, los pesos de papel se han puesto a igual valor que los pesos de oro. Estas ventajosas operaciones han transformado a muchos changadores en cambistas y no será extraño que alguno haya llegado hasta banquero.
Ninguna de estas cualidades de despejo posee el changador de esquina. La coyunda a la cintura y el costal al hombro, recostado en la pared, se pasa la mayor parte de los días en la inercia. Cuando se juntan varios en la misma esquina suelen darse bromas cuya delicadeza puede competir con los respingos de las mulas; se prodigan manotones mutuos, se tiran la gorra, se zurriaguean con la coyunda y se cazan a lazo. El lenguaje es de puro corte académico (Obsérvese cómo el autor usa una característica irónica popular habitual en el Río de la Plata y en Buenos Aires especialmente): sus diálogos con los cuarteadores (Cuarteador: el que cuartea o tira con una cuerda asida al caballo, un carro en dificultades) es de lo más escogido que puede ofrecerse; sus flores a las sirvientas superan a los discretos de la comedia clásica; sus interjecciones son propias de un abate. El santoral les debe una expresión mística pronunciada a cada momento.
Por lo general se alimentan mal, y la carga de un baúl vacío les arranca copioso sudor, fatigas de mal comer. La mayor parte de ellos son solteros y viven en camada en el altillo de un almacén muy pobre, acostados sobre sacos de paja. Algunos, a pesar de su flojera interna, conservan excelente aspecto exterior, cierta belleza montaraz como la figura que acompaña a las presentes líneas.
En las horas de atorrancia, que son las más del día. y después de los respingos, suelen consagrarse con el vigilante a dilucidar intrincados asuntos de política contemporánea, haciendo pintorescas apologías del partido vacuno, de la famosa muñeca de Pellegrini y de la mirada aviesa del Presidente. Comentar los editoriales que uno de ellos lee al corro en medio de una atención que generalmente ya no se presta a la literatura editorial, género periodístico que a ellos les llama la atención únicamente por lo de la palanca, la palanca de la civilización, la palanca del progreso, la palanca de las instituciones, la palanca del orden, y, finalmente, la palanca nacional, que es el resumen de todas las palancas de la seria, fecunda y trascendental literatura de los artículos de fondo. En este apalancamiento hay cierta analogía entre periodistas y changadores de esquina. Es para éstos una literatura gráfica, inabstracta, en la cual ven subir y bajar apalancados todos los problemas de la vida colectiva y a muchos doctores que se apalancan mutuamente.
Los changadores de esquina profesan gran ojeriza a dos empresas que les hacen una competencia mortal: la empresa de Mensajeros y la de los carritos de la Mosca (Empresa de transporte que súbitamente comenzó a competir con los changadores, aliando el trabajo del mandadero con la facilidad del vehículo, ya que sus elementos para el servicio eran los carritos verde oscuro, con dos ruedas finas ribeteadas de rojo, varas ligeramente curvadas y cincha de cuero charolado, y los hombres que, en mangas de camisa a cuadros y boina azul, tiraban de aquéllos, que  ostentaban su identificación en los costados con grandes letras pintadas: Empresa La Mosca). A todo muchacho uniformado con pantalón de franjas y gorra engalanada, que lleva una carta en la mano, le miran con inquina, y tratan de animal de tiro, de parejero o, al vestido de blusa larga que va entre las varas de un carrito y canta por la noche en un café de la calle 25 de Mayo. Cualquier sistema de locomoción les parece menos digno que el ejercido con las espaldas. Dan a su trabajo la importancia que se acuerda al sudor, al aciago sudor de la sentencia bíblica, que ellos derraman, no en metáfora, sino de un modo positivo, en agua caliente nacida del cuerpo cansado.
Con los medios de transporte económico, con los trucs (El autor escribe “trucs” en lugar del correcto “truts” haciéndose eco de cómo lo pronunciaría el personaje sobre el que ha escrito) de la changa, van desapareciendo de las esquinas estos hombres de la coyunda y del costal, quedando sólo los viejos sin reclutarse en las empresas, a los cuales, al faltar a su puesto de treinta años, hay que buscarles en la camilla de un hospital. Su vida es una mezcla de independencia y servilismo, de inercia y fatigas, de miseria y bailes de acordeón, de guitarra y de gaita. Nadie les manda, mandándoles todo el mundo.



15-7-1899

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