I
—Ya no te puedo soportar más. Ni
aunque te mueras ahora mismo te doy un trago.
—¡Patroncito lindo! ¿Y tiene su mercé,
alma de espreciar al mejor de sus trabajadores?
Hágalo entonces por la patroncita Lucía, si ya a mí me perdió la voluntá. Si es
un traguito no más, pa afirmar las chapas, patrón querío. Yo le prometo que
mañana le golvimos a poner el hombro rejuerte. ¡Cómo va a permitir, su
mercé, dejar morirse de sed a un cristiano!
Con el sombrero en las manos, dándole
vueltas y accionando con él, el hombre trataba de convencer al patrón, un mozo
joven, que de pie junto a la puerta de varas, el poncho colorín arremangado
sobre el hombro, torcía un cigarrillo.
—Es una vergüenza esta —le interrumpió
el joven—, ya vas a sacar la semana entera borracho. Y por darte en el gusto,
te estoy haciendo un mal y me lo estoy haciendo yo mismo. Todos andan
borrachos. Si quieres anda a dormirla y toma agua si tienes sed. Lo que es yo
no te doy ni una gota.
Acto seguido, Lorenzo Donoso,
administrador del fundo "Los Maquíes", se dirigió hacia un extremo de
la cerca de la viña, donde desató las riendas de su rosillo moro, que, atento y
ágil al sentir el requerimiento de las espuelas, partió al galope.
Anselmo López quedóse inmóvil con el
sombrero entre las manos. Era ya entrado en años. De baja estatura, ancho de
espaldas, tenía el cuello corto y la cara mofletuda. Sus cabellos canosos
empezaban a ralear y dejaban ver la calva reluciente y sudorosa. Los ojos
capotudos, inyectados de sangre, no tenían fijeza y daban a su rostro cierta
expresión de idiota, que acentuaba su nariz ancha, estriada de venas rojas.
Permaneció así un buen rato, hasta que
bruscamente, en un acceso de ira lanzó lejos el raído sombrero, a tiempo de
soltar una tremenda injuria.
—¡Jutre maldito no má! Por mi madre que
no le güelvo a trabajar renunquita. A ver si va a encontrar un
roto más sufrío y empeñoso que yo. Éjenlo con su porfía.
Tenía la lengua reseca y pegada al
paladar, como un trapo seco o como un cuerpo extraño que estuviera de más en
él. Sentía el estómago vacío, pero no le pedía alimentos, sino líquido. De ese
caldo rojo, áspero y de grato sabor, que daban esos racimos que negreaban entre
las hileras de la viña próxima, y que guardaban los altos barrigudos toneles de
la bodega. Quiso escupir, pero no le fue posible. Apenas una gotita blanca y
espesa salió silbando de sus labios congestionados.
—¡Mi maire —bramó enfurecido—, lo que
es la vía del pobre!
Atardecía. Por entre unos álamos
amarillos veíase el sol que descendía sobre el horizonte, iluminándolo con su
fiesta de luces lujuriosas. A la derecha un pedazo de montaña virgen ponía su
mancha verdinegra y espesa sobre los cerros empinados. Más abajo las viñas
alineaban sus hileras de un amarillo descolorido, salpicado de hojas rojas,
entre las cuales se divisaban los racimos negros, espolvoreados de blanco.
Recogió el hombre —ya aplacada su
cólera— el sombrero, que puso de cualquier manera sobre su cabeza y caminó
lentamente hacia las casas del fundo, edificadas en la parte más alta de las
lomas, donde estaba plantada la viña. Era el otoño. Los días de abril iban
dejando su melancolía sobre el campo. En los caminos se arremolineaban las
hojas secas, que a veces, como mariposas muertas, temblaban sin poder
desprenderse del barro de las primeras charcas. Comenzaba a hacer frío. Un
vientecillo trasminante rodaba en la sombra, trayendo el rumor de ensoñación de
la montaña próxima, de donde surgía de vez en vez, el grito lamentoso de algún
animal.
Tres grandes perros salieron como un
ventarrón, ladrando enfurecidos, al encuentro del hombre.
A grandes voces trató de darse a
conocer de los porfiados perros, que no cesaban de acometerlo y seguramente lo
hubiera pasado mal, si Pedro Pablo, el mozo de las casas, no los hubiera
aquietado con su vocecilla gangosa.
—¿Que se quiere morir, on López? ¿O está de casamiento? Mire
que los animales no se engañan nunca cuando a uno lo desconocen.
—¡Calle su boca, iñor! Vengo más quemao que una callana. Ojalá juera cierto que lo que está hablando.
Pa la vía que uno pasa, da la mesma tar vivo que torcer la cola.
—¿ Y por qué viene tan asariao?
Con el sombrero atravesado, caído
sobre las orejas, López se quedó mirando a Pedro Pablo Cáceres. Era éste alto,
pálido, con una nube en el ojo izquierdo. Andaba siempre con la boca abierta,
con la expresión del que no puede respirar. Sonrió malicioso y con
significativa mueca le dijo al recién llegado:
—¿No li aguantó la pedía el jutre?
El otro, con la nariz dilatada,
respirando como una fiera sujeta del cuello por un nudo corredizo, le miraba
hosco:
—Me le puso d'ime. Esta mesma noche
las emplumo. Hasta Reñico, lo muy menos, no voy a sacar la cabeza. Estos jutres
no se acuerdan que cuando uno está gustando tiene que apuntaláse pa poder salir
otra vez con güen ánimo a la pará. ¡Cómo si a ellos también no les
gustara hacele un valiente!
—Es porfiadazo el hombre cuando se
chanta —comentó Pedro Pablo, moviendo gravemente la cabeza—. Este menistro es
güeno, pero cuando se le pone algo es por demás hacele empeño.
López miraba a su interlocutor con
ansiedad. Como los perros que acrecientan sus demostraciones de afecto con el
amo, cuando éste lleva un pedazo de pan en el bolsillo, que descubren por el
olfato, así López advirtió que Pedro despedía un marcado y grato tufillo a
tinto, a tinto de ese cuyo recuerdo le enternecía, cuando en el viejo tiesto de
latón de la bodega él se plantaba el primer trago al cuerpo.
—Yo le trabajaría siempre al jutre.
Porque pa qué vamos a icil na. Es güeno. Es güeno. Contimás que uno lo conoce de guaina, usté también pues, on Pedro
Pablo. Aunque al utual si ha puesto más tiesón, pero el hombre no es malo.
Trataba en vano de chasquear la lengua
y de dulcificar la voz. El penetrante tufillo de Pedro Pablo hacía nacer dentro
de él una gran esperanza. Era como una promesa, como un dulce halago a sus
deseos.
—Sí —convino el otro—, hay que saberle
uscar no más. Yo enenantes le compré en una chaucha un zorzal a Chaba, el hijo de on
Cachi, y se lo traje de regalo. "Pa que se lo lleve a la patroncita
Lucía", le dije. Contentazo estuvo, y sin que yo le propalase una na, le
dijo al llavero que me valiera un doble.
—¡Ah, mire no! —hizo el otro con tal
ansiedad, que su lengua de súbito húmeda restalló sonoramente contra el
paladar—. ¿Y no le quea una cachaíta, on Pedrito? Pa espués se la degüelvo al redoble.
—Atrasaón llegó, pue, on López. Ya no va queando na. Pero algo
siquiera. Atraquese por aquí.
Entraron en un pequeño galpón vecino a
la casa. Allí, en un rincón, tenía Cáceres su tesoro. López se estiraba un poco
tembloroso ante el temor de que a Pedro Pablo se le ocurriera tomar de lo poco
que quedaba.
Ya en sus manos el tiesto, lo pesó con
secreta alegría. Sería un medio litro. Elpulchén de la fogata que había caído
sobre el vino pareció exacerbar su deseo. Suavemente lo sopló y como si con eso
lo hubiera ya saboreado, se limpió los bigotes con el dorso de la mano. Después
se empinó la olla, y el glu—glu de su garganta no cesó hasta la última gota.
II
Aquella tarde, Lorenzo Donoso sólo
pasó malos ratos en el campo que alcanzó a recorrer vigilando las diversas
labores de la hacienda. Como si el aroma áspero y mareante que despedían los
grandes montones de orujo, acumulados junto a las bodegas, hubiera puesto un
fermento extraño en cada uno, todos los inquilinos de la hacienda
experimentaban el anhelo intenso de probar aquel caldo oscuro de tan rico
sabor, en que se transformaban día a día, los maduros frutos de la viña.
De los fundos cercanos llegaban, al
caer la tarde, pequeños grupos de hombres y mujeres, que venían a saludar al
patrón Lorenzo. ¡Era tan güenazo el jutre!
—Como pocos de los menistros que han
habío aquí —aseguraba doña Bartola Faúndez, una de las más asiduas visitantes—.
Es tan sencillo on Lorenzo. Naide creyera, al parecer qu'él es el patrón.
Porque es mesmamente que un pobre.
—Muy verdá es, oña Bartolita. Contimás que no es de
esos jutres contigiosos que too les parece mal. Él, cuidando uno sus
animalitos, ni chista, tenga los que tenga en su posesión.
Pero en todos esos halagos para el
joven Donoso iba por dentro una intención. Ella se traducía en un tiesto que
cada uno llevaba bajo el poncho, y salía a relucir muy pronto entre grandes
atenciones y sonrisas de afecto. Todos querían recibirle las riendas de su
caballo, sacarle las espuelas y poco menos que desmontarlo en peso.
—Vendrá cansado su mercé, pue, patrón.
Tanto trajinar no es pa menos. ¡Y esa bestia en que hoy andaba es tan asperaza!
Entonces una de las mujeres insinuaba:
—¡Qué se va a cansar el patrón!
¡Cuando es más alentao!
Y siempre más audaces, eran las
primeras en declarar sus deseos:
—Veníamos por aquí a que su mercé los
valiera un traguito. Pa eso es el patrón de nosotros y ha de ser bueno con sus
sirvientes. Al pobre también le dan deseos de tener un gusto.
Donoso, joven afable y de buen
carácter, aparentaba sólo exteriormente formalidad. Sentía dentro de su fuero íntimo
una profunda compasión por aquellas gentes. Si en su mano hubiera estado
mejorarles su condición lo hubiera hecho de buen grado. Le entristecía verlas
sedientas de alcohol, ansiosas de endeudarse hasta los ojos, pidiendo vino que
él, a veces, no les anotaba, a fin de darles margen para pedir alimentos cuando
llegaran los días malos.
Pero aquella tarde se le hizo
intolerable ver a todo el mundo embriagado. En el aserradero, el lampeador, un hombre pacífico y de buen
carácter, se había peleado con uno de sus ayudantes y poco faltó para que
ocurriera una desgracia.
—Anda mala la da, patrón —le dijo
luego Jerónimo Contreras, uno de los mayordomos que encontró en el callejón
interior del fundo—; los niños andan toititos curaos y si viene luego un aguacero, la
saca de las papas en la vega se los va a atrasar una porción. Se va perder
mitad por medio.
Con aquel ir y venir de vendimiadores,
el administrador no podía impedir la entrada de peones en la bodega. Todos la
aprovechaban para echar al paso su "cachaíta" y a veces era ésta tan
larga, que les bastaba para salir con los pasos torpes y la mirada turbia. Pero
aquel día hizo cerrar la puerta y ésta sólo se abría para dar paso a las
carretas que transportaban la uva. Por esta causa, López no había podido entrar
con su canutito de cicuta seca, a "sacarle el viento" a las pipas del
vino de prensa, que era el más agradable a su paladar.
Aquello lo tenía fuera de sí. Y ese
trago tan bueno con que Pedro Pablo lo había obsequiado le hacía cosquillas en
el paladar. Había acrecentado sus deseos y puesto sus nervios en tal tensión,
que le era imposible alejarse de allí, por más que la actitud del patrón se lo
aconsejaba. Como los enamorados que ante el desprecio de su amada luchan entre
sus sentimientos e intenciones, así López sentía la indecisión del que no puede
desoír la voz de su corazón.
Y ágil como un muchacho se lanzó fuera
del rancho cuando sintió que el administrador volvía para recibirle las riendas
y sacarle las espuelas obsequiosamente.
—Quiubo, su mercé... ¿Se le ha
ablandado el corazón? No sea tan tirano con su mejor trabajador. Usté sabe que
la única feliciá del pobre es tomar su traguito. La voluntá, patrón, ante too.
Hágalo por ella.
Todos los trabajadores e inquilinos
que, como López, hacía algún tiempo trabajaban en el fundo, conocían los amores
de Donoso con Lucía Reynoso, hija de uno de los más prósperos agricultores de
la región. Casi siempre el joven, ante el recuerdo de esos ojos obscuros, cuyo
mirar ponía una dulce e íntima fe en su corazón, se sentía generoso y dispuesto
a acceder a todo. Pero esa tarde, malhumorado, refunfuñó:
—Te dije que no. Anda a tomar agua a
ver si se te espanta la mona. Lo que es yo, estoy harto de borrachos. ¿Oíste?
—¡Mi maire! —rugió el hombre
enloquecido—. ¿Entonces yo no gano? ¿Entonces yo no le voy a pagar? Si no es
dao, patrón. ¡Es con esto, con esto!
Y rabiosamente se pasaba la mano por
la frente tal si se la estrujara.
—Así será —replicó a gritos Donoso—;
pero ahora no quiero darte vino.
¡No quiero! ¿Entiendes?
Y, dando un portazo, se metió en la
casa, dejando al hombre con los brazos estirados y en el rostro un tic
nervioso, que le hacía cerrar y abrir un ojo rápidamente.
—¡Me recondenara! ¡Cómo no se acrimina
uno! Creen de que porque son ricos han de mirar al pobre como un perro.
En la esquina de los ranchos
contiguos, apoyando en un sauce que allí había, Pedro Pablo fumaba un
cigarrillo. Conocía a López en sus arrebatos de rabia y por eso, no despegó los
labios.
—¡Tendría que nacer siete veces y no
volvería a trabajarle a este rico desconsiderao!
Un tumulto de palabras gruesas salía a
borbotones de su boca. Hasta que al fin exclamó, como si sólo en aquel momento
hubiera encontrado la solución:
—Voy a tomar agua hasta empiparme. Hasta que me le salga por
las narices. Yo sé que me va a hacer mal y quién sabe si hasta la pulmonía me
dé. Pero no importa, él se llevará el cargo. Ey ta mi Dios pa que considere.
En efecto, así lo hizo. En un cántaro
de greda sacó agua pura. Agua que era como un cristal porque venía de la roca
viva hasta las casas, donde era captada en un pequeño estanque. El hombre, con
esa obstinación de los niños porfiados, comenzó a tomar agua hasta que no pudo
más. Después se tendió rezongando junto al sauce. Pedro Pablo, que también
sabía de esos achaques, le miraba intranquilo.
—No tome más agua, on López. Ajisao qu'está y con l'agua tan
heladaza le va hacer mal al estómo. Si el pobre no saca na con encapricharse.
Joderse no má. Mejor que mañana salga a ponerle el hombro. Puea ser que el rico
se ponga de güena y los valga del tinto de ese de la cuba grande. Icen qu'está
de mascarlo.
—Así será —le atajó el otro—. Si me
muero no es por mi culpa.
Y heroicamente; tal cual si fuera un
vaso de veneno, se empinó de nuevo el cántaro tratando de vaciarlo.
Había ya caído completamente la noche
sobre el campo. Ladridos lejanos llegaban en la brisa otoñal, que trasminante
mordía hasta los huesos. Por el camino del bajo oíase el chirrido lejano y
quejumbroso de una carreta con ruedas de palo, que iba hacia la montaña.
—Ya vienen de güelta los niños de
Adencul —dijo Pedro Pablo, dando una chupada a su cigarrillo, que brilló un
instante en la obscuridad—. Golvieron temprano... Salieron harto de alba
también.
López contestó con un bufido. Lo que
le importaban a él los niños de Adencul, en aquellas circunstancias. Tendido de
costado daba fuertes tiritones, tal si estuviera con terciana.
—Vámonos pa la cocina, más vale, on
López; ya no se puede aguantar el penetro aquí. Allá el juego está güenazo.
—Váigase usté, no más —roncó el otro—;
éjeme aquí solo poner el cuero duro.
Pero aún no concluía de hablar cuando
un gemido lo hizo encogerse como mordido por una víbora.
—¡Bututui, on Peiro! Me le prendió
toitito el cuerpo. ¡Tengo helao hasta el contre! ¡Por la recola que estoy amolao! ¡Bututui el frío grande,
Señorcito!
Gimiendo se sobaba el estómago
fuertemente, eructando con una especie de hipo que le hacía botar a bocaradas
el agua ingerida. Encogido en su mísera vestimenta renegaba de todo,
lamentándose a grandes voces.
—Yo se lo estaba iciendo. Pero tan
porfiadazo qu'es usté. Qué va a sacar ahora. Venga, venga pa la cocina.
A tirones le hizo entrar en la
mediagua donde ardían grandes tizones.
De un rincón extrajo unos sacos, con
los que arropó al hombre, que seguía tiritando en tal forma que le sonaban los
dientes. Tenía la cara desencajada y en los ojos una sombra extraña. Su frente
se perlaba de sudor helado y su boca se torcía como si la tuviera en un lado de
la cara.
Asustado Pedro Pablo salió corriendo
hacia las casas. En la ventana de la pieza del administrador había luz.
Apresuradamente llamó:
—Patrón Lorenzo, on López está
enfermazo; tiene retorcijones y le tirita toitito el cuerpo. No sea cosa que el
hombre se afatalice. Tiene hasta los ojos chullecos.
Lorenzo abrió la puerta.
—Tomó agua, patrón, y usté sabe que pa
un cristiano qu’está pasao en el licor l'agua es veneno. Ta harto enfermo.
—Claro y ahora lo que quiere es vino
para mejorarse. ¿No es verdad?
—Su mercé habrá de ver, pue, patrón.
Yo li hago ver no más la custión.
—¡Gente más embromada, ya no hay
paciencia para soportar tanto! Anda tú mismo a buscar un litro de vino a la
bodega. Se lo das caliente. Es el mejor remedio. ¡Un litro no más! En este
tiesto lo traes
De la mesa tomó el joven un jarro que
alargó al hombre. Le advirtió:
—Y usted, mi amigo, no se me demore
mucho allá
Pero no fue así. Tardó un buen rato el
hombre en volver, y cuando pasó a entregarle la llave al administrador,
caminaba con aire de empaque y los ojos muy abiertos. Era como decir: "¡Ni
lo he probado!".
Sin embargo, a poco andar, dio un
traspié tan recio, que poco le faltó para rodar al suelo, con jarro y todo. Su
propia exclamación lo delató en la sombra:
López seguía temblando. Realmente
estaba enfermo. Descomido y apenas cubierto con su delgada chaquetilla de
casineta, el frío del agua lo había transido. Estaba tan decaído, que ni
siquiera advirtió los movimientos de Pedro Pablo, y sólo reparó en ellos cuando
éste le allegó a los labios el jarro de vino tibio, oloroso y humeante.
—Ya, on López, enderécese. Aquí le
manda el patrón esta condonguita. Ta que ni pal señor cura.
Se inundó de alegría la cara del
hombre. Sus dientes sonaron al borde del jarro. Y esta vez, como si quisiera
prolongar el deleite, se lo bebió a pequeños sorbos, paladeándolo con expresión
beatífica.
III
Pedro Pablo se ha dormido junto al
fuego, que ya se extingue. Forrado en sus sacos, con el sombrero metido hasta
las orejas, ronca haciendo profundas aspiraciones y luego una verdadera
explosión al arrojar el aire.
López, frente a él, fuma pausadamente.
Se ha mejorado del todo, menos de su deseo de ponerle al tinto hasta que la
"ñebla tupa", como él dice
alegremente cuando está con sus amigos. Ha intentado dormir, pero le ha sido
imposible. Los nervios se le han revolucionado y su cabeza, extrañamente clara,
precisa. va fijando una serie de recuerdos y de ideas. Toda su rabia con el
patrón ha pasado, pero le fastidia el temor de que al día siguiente ya no le
admitan en el trabajo. Ensimismado, se sorprende de pronto hablando solo.
—No se puede negar qu'ey tao harto
voltario pa ponerle. Pero aónde hay otro roto
más encachao que yo cuando las afirmo. ¡Y
pa qué vamos a icil na! Taba güena la chacra aquí.
Miró el jarro vacío, en el cual Pedro
Pablo le había traído el vino tibio. ¡Qué rico estaba! Una especie de
voluptuosidad le adormeció un instante, para después rehacerse con un deseo
salvaje de tomar. Sentía en el paladar, en el estómago, en el cuerpo entero una
sed de vino. Una onda ardiente le recorrió el cuerpo con sensación tremante y
angustiosa a ratos, luego con una especie de sensualidad que le hacía
retorcerse los brazos.
Se asomó a la puerta. Una pálida
estrella titilaba sobre la montaña, que se adormecía rumorosa en la canción del
viento. Lejanamente un gallo, como un arco de sonidos quejumbroso, dejó oír su
canto. En la vega un pidén lanzó su grito característico,
como un instrumento de boca que no pudiera emitir su más clara nota. La tierra
palpitaba en el gri-gri misterioso de los insectos, en el suave aletear de las
hojas de los árboles, en el musitar del estero en lo hondo de las quebradas.
Había un silencio profundo que hacía reconcentrarse en sí mismo, como si en la
sombra acechante se ocultara el espíritu del mal. El más insignificante ruido
adquiría una resonancia extraordinaria.
El hombre tiritó. Su cabeza a ratos
ardía, tal si dentro de ella se retorcieran mil culebrillas enceguecedoras, que
se deshacían en llamaradas lívidas ¿Qué hacer? Miró hacia las casas que se veían
enfrente como una masa informe, que apenas lograba destacarse en la obscuridad.
Allí dormía quien lo podía hacer feliz. ¡Era tan poco lo que se necesitaba para
hacer dichoso a un pobre! Con un tiesto de mosto que iría bebiendo lentamente,
él, Anselmo López, encontraría la vida hermosa y el sosiego de todas sus
inquietudes.
Hasta que de súbito se decidió. Días
antes reparó que había un ladrillo suelto en la pared de la bodega. Al lado un
carro emparvador que le vendría a la medida para el caso. Abrir un hueco y
entrar, era cosa fácil. Al otro día no quedaba otro camino que mandarse a mudar
muy tempranito.
Al pasar por la casa del administrador
puso el oído junto a la ventana. Un estremecimiento de gozo le hizo apretar los
puños. El joven dormía: su respiración a través de las rendijas se percibía
claramente.
—No hay más que hacele punta —se dijo,
respondiendo a una muda interrogación.
Junto a las bodegas, el fuerte olor
del orujo acrecentó sus deseos. Sentía una leve fatiga en el estómago, tal si
lo tuviera abierto y por allí le entrara el fresco de la noche. Ya, junto al
carro emparvador, respiró. Le latía con fuerza el corazón. ¡Caramba, él había
sido empeñoso para el trago pero nunca ladrón !
—¡A las cosas que uno ha de llegar por
el capricho de un rico!
Encaramado en la baranda del carro, la
tarea fue fácil. Los ladrillos, al tirón de su mano recia, fueron cediendo
fácilmente y muy luego abrió un hueco más que suficiente para dar cabida a una
persona. Cauteloso se asomó al interior. Un hálito tibio lo acogió. Escuchó un
momento: todo era silencio. Sólo a ratos los terneros balaban trémulamente en
el corral próximo. Allí dentro estaba lo que él amaba. Un aroma fuerte y áspero
le llegó en oleadas tibias que le embriagaron de ansiedad. Un ritmo acelerado le
palpitaba en el pecho, haciéndole difícil respirar.
Estiró los brazos hacia abajo y
prendió un fósforo junto a la muralla: la suerte estaba con él. Junto al hueco
recién abierto, descendía la escalerilla de uno de los grandes fudres,
dejándose caer por ella al suelo, gozosamente. Conocía la bodega palmo a palmo,
mas la emoción en aquel instante le hizo vacilar. Con las dos manos palpó el
enorme lagar dentro del cual bullía el líquido en fermentación.
—¡Mi madre la tremenda cuba! —habló
despacito; pero ésta no está güena toavía.
Como los ciegos, con los brazos
estirados, empezó a caminar. Rumores leves, tal si otro hombre en puntillas
fuera tras él, le paralizaron instantáneamente.
—Son ratones —se dijo; éstos también
trabajan de noche.
Siguió avanzando sin poder encontrar
la pipa de vino del estruje en la prensa. Aunque su turbación aumentaba, se
decidió a encender un fósforo. Inmediatamente se orientó. Se había metido entre
los fudres que guardaban la cosecha del año anterior y de los cuales no era
posible sacar una gota. Tras éstos, en una especie de armario, se guardaban las
coyundas y pertigueros. Entre ellos, atraídos por la grasa, cien o más ratas
estironeaban los cueros. Sintió que algunas pasaban veloces entre sus piernas,
mientras las demás, desdeñosas de su presencia, proseguían entre agudos
Un sudor helado le inundaba el cuerpo.
Dióle tentación de irse Cerrar el hueco en la muralla y marcharse a dormir.
Pero no pudo Había una fuerza irresistible que le obligaba a dar fin a sus
propósitos. Hasta que al fin dio con la pipa. Mas, ¡oh, desgracia la suya!
Estaba sin la llave y el bombín de goma no aparecía por ninguna parte. Por el
espiche de arriba introdujo el dedo que apenas se alcanzó a mojar, y una ira
que era también congoja, le acometió renegando y pateando enfurecido.
—No hay más que saco de la cuba grande
—jadeó excitado.
A tientas cogió el latón en que se
medía el medio cántaro. Pegó el oído a las duelas del enorme tonel. No se
sentía ni el más leve rumor. Ya el caldo rojo y denso, proveniente de la viña
del cerro, asoleado y aromoso, se había adormecido.
—Este es el mejor vino —comentó en voz
alta, tal si dueño de la bodega, hiciera el elogio de sus productos ante un
comprador—. Lo único malo sería que no le haigan sacao el sombrero ayer tarde, y
entonces va a costar un montón hacele dentro. El borujo debe estar muy
gruesazo.
Agil como un gato, se trepó en la
cuba, afirmándose con los pies desnudos en las salientes que hacían los
remaches de los zunchos. Ya arriba se sentó sobre el ancho tablón, sobre el
cual se paraban los trabajadores a apisonear el orujo. Puso el tiesto a su lado
y luego tanteó hasta donde llegaba el líquido. Su interjección habitual se
estrelló en la sombra, como un peñascazo.
—¡Mi maire! No li han sacao na el
sombrero tuavía. Pero no importa, de alguna manera hay que hacele dentro.
Acto seguido se tendió sobre el
tablón, buscando la duela como punto de apoyo para enterrar el tiesto. Sus
membrudos brazos forcejearon largo rato, hasta que de pronto irrumpió el
líquido tibio, bañándole los brazos y el pecho, y que llenó el cántaro en un
instante.
Fatigado se enderezó con su precioso
tesoro ya consigo. Con las piernas colgantes sobre el hueco del fudre, respiró
con fuerza, pasándose la manga de la camisa por la frente sudorosa. Luego, con
ligero temblor de alegría, cogió el tiesto que se empinó ansioso.
—Salió con bien harto borujo
—refunfuñó.
Con los labios apretados a manera de
filtro, fue colando el líquido, sin que ello le molestara mayormente.
Experimenta una intensa alegría. Todos sus achaques se han ido. Ahora le repica
una campana en los sentidos. Con los ojos muy abiertos intenta escudriñar los
rincones de la bodega, tal si buscara a alguien a quien participar su dicha,
cuando de súbito, al volver la mirada, se encontró con el hueco abierto en la
muralla, y un temblor de espanto le sacudió al advertir que éste era una enorme
cara, que le traspasaba con sus ojos de mirar severo. Al recobrarse del susto,
se prometió tomar otro trago, volver a cerrar el agujero y marcharse.
—Ni las van a rochar siquiera —se aseguró
convencido—. Mañana la duermo hasta afirmarla bien y pasao salgo a ponerle el
hombro.
Rubricó sus propósitos haciendo salud.
Después eructó satisfechos cimbrando las piernas por debajo del tablón en el
cual afirmaba las manos. Experimentaba un bienestar indecible, una dulce
somnolencia le iba envolviendo y le cargaba las espaldas con su fardo mullido y
tibio. Diéronle deseos de dormir y tenderse en el tablón, para echar un
sueñecito, pero de inmediato se despabiló azorado, abriendo los ojos todo lo
que pudo. Empero ya su cabeza empezaba a dar vueltas y una sensación de
obscuridad densa le aplastó. Quiso pararse y no le fue posible. El tablón ahora
lo sentía tan angosto, que apenas se podía equilibrar sobre él. Entonces se
aferró trabajosamente con ambas manos, pasando una pierna al otro lado para
equilibrarse mejor.
Allí quedóse sosegadamente. Su naturaleza
fuerte trataba de luchar con la embriaguez, que rápidamente le envolvía en su
telaraña de alucinaciones. De pronto una enorme llamarada roja surgió del fudre
vecino. Tal si tuviera unos finos pies azules, el fuego caminó rápidamente
alrededor de la boca del tonel. Después la llama se elevó crepitante, retorcida
en mil lenguas de colores fantásticos, y luego, como si cada lengua se estirara
en un arco deslumbrador, todas las demás vasijas se incendiaron. Un abanico de
fuego aleteó cálidamente sobre el hombre empavorecido Una sensación de vértigo
le hizo sentirse alado. El también giraba sobre la boca de los toneles, donde
burbujeaba el vino, retorciéndose corporizado en oleadas espumosas y
transparentes. Un alarido sonoro y jocundo acompañaba su danza, y ahora Anselmo
López sentía una agilidad pasmosa. El mismo, como si tuviera el poder de verse
reflejado en sus propios ojos, veíase desmelenado, el rostro enrojecido y las
barbas cobrizas. Tenía ahora un látigo y lo hacía girar vertiginosamente. Un
viento ardiente y sonoro agitaba las paredes que oscilaban como barcazas en el
vaivén del agua, mientras su látigo zumbaba avivando los llamas
chisporroteantes. ¡Hala, hala! Su látigo era maravilloso y hacía con él las
cosas más absurdas. Bastaba moverlo. Ahora en el aire dibujaba a todos sus
conocidos y de su hebra rutiladora surgían todos: aun aquellos a quienes no
veía desde niño. Apretaba los puños no más, e irrumpían, estrafalariamente,
danzando contorsionados sobre los travesaños de las vigas. Doña Bartola Faúndez
iba con las polleras cortas, unos zapatos rojos y unas calcetas verdes,
bailando en los tacos y forcejeando para no irse de espaldas. Don Lorenzo,
Pedro Pablo, Jacinto Muñoz, todos brincaban enloquecidos. Había eso sí que
apretar los puños, fuerte, muy fuerte, pero se experimentaba un deleite sin
nombre.
Y él apretaba, apretaba, ¡claro!
Anselmo López no aflojaría nunca. Al fin le tocaba divertirse: no había de ser
siempre todo para los ricos. Mas de repente, una feroz cabezada le hizo sentir
un momento la sensación de la realidad. A caballo en el tablón, se sujetaba a
dos manos, inundado de transpiración. En un supremo esfuerzo intentó asirse al
borde de la vasija, pero este movimiento bastó para hundirlo otra vez en su
hervorosa marea de alucinaciones.
Mil cintas refulgentes de los más
caprichosos colores, le envolvían en un frufrú de suavidad y ensueño. Aquellas
serpentinas eran su hermoso látigo rojo que ahora no podía empuñar. En vano
trataba de cogerlo ¡Imposible! Por el contrario, cada tira de luz tenía ahora
una boca fina, con lenguas de alfiler, y de súbito todas le hirieron
succionando su cuerpo sin piedad.
Un alarido de dolor le hizo recobrarse
un instante. Estaba de día y la pared de la bodega se deshacía
vertiginosamente. Como una malla que se va destejiendo, así los ladrillos se
fueron escurriendo hasta formar una pared bajita que se estiraba y encogía. Al
otro lado todos los peones se reían a carcajadas de él, que, sujeto por una
fuerza invisible, no se podía desprender del tablón.
Jerónimo Contreras, el odiado
Jerónimo, "el soplete" como ellos le llamaban, lo miraba con gesto
amenazador agitando su rebenque. Siempre habían sido enemigos, y ahora el otro
se reía con una risa maligna, que hacía arder su sangre. Aquí se las pagaría
todas. Y en uno de esos momentos en que la pared se estiraba, Contreras, de un
salto, estuvo en el otro extremo del tablón, con la correa lista par dejarla
caer sobre él.
Entonces López, en un arrebato de ira,
en un esfuerzo salvaje, se incorporó sobre el tablón, que le sirvió como un
punto de apoyo para saltar como un puma asediado sobre su enemigo. Su cuerpo,
sin más fuerzas que las de su peso, cayó en medio del lagar, sobre la espesa
capa de orujo, que se hundió blandamente, con rumor de ola que se revuelca en la
arena. El vino tibio le envolvió entero, sumergiéndose allí, sin un grito, en
la suave inconsciencia de un sueño que jamás termina.
Mientras afuera el agua cae, en
aquella ruda y tormentosa noche invernal, los peones conversan alrededor del
fuego:
—La pura verdá que nunca había salío
un vino mejor que el de este año. ¿No es cierto, on Cachi?
—Muy verdá, on Peiro Pablo. Y el de la
cuba grande ha sido el mejor. Ta de mascarlo el tinto ése.
pidén = (Ortygonax rytirhynchos) Ave de unos 40 cms. De longitud, con el
dorso de color pardo oliváceo; corona, frente y parte inferior gris oscura;
pico agudo y curvo hacia abajo, rojo en la base con tinte azul en la parte
media y verdoso en el extremo y patas rojas. Es insectívoro, se encuentra desde
Atacama a Aisén y habita en lugares húmedos y fangosos. Es de hábitos nocturnos
y muy huidiza. (DECh)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.