Hay días en que la
atmósfera está sobrecargada. Nos abruma hasta el punto de que nuestro humor
languidece. No es culpa de nuestra filosofía; ocurre sencillamente que no
estamos hechos para soportar el atroz peso del aire, al menos cuando se agita
mientras la Tierra duerme y nos pesa más de lo que estamos acostumbrados.
Recuerdo que un día caminaba hacia el club completamente fatigado y oprimido a
causa, según creí entonces, de las perplejidades de los asuntos de la raza humana.
Debería haber buscado una causa más importante, pero un relámpago que atravesó
el cielo como un llanto desgarrado pronto me indicó que mi sensación de los
problemas en marcha procedía del inminente esfuerzo de la Tierra por
desprenderse de parte de la electricidad que de alguna manera le estaba
molestando o amenazando. Pero llegué al club antes que el relámpago, de manera
que seguía sin saber qué era lo que me abrumaba. Así es que, en vez de mirar el
barómetro para ver realmente de qué iba la cosa, busqué el paliativo más a mano
preguntándole a Jorkens, que estaba sentado pesadamente entre varios socios
silenciosos.
-¿Cuál es la cosa más
extraña que ha visto usted?
Pues, lo crea o no
Jorkens, él siempre distrae mi atención de las demás cosas.
Hay otros miembros del
club que jamás se han preocupado de escuchar a Jorkens durante un rato; pero
hoy parecían demasiado inertes para protestar, aunque alguno de ellos deseara
hacerlo. Jorkens empezó así:
-Bien, es difícil de
determinar. Ya sabe usted lo que quiero decir: depende sencillamente de la
forma en que suceden las cosas, a veces de una forma, a veces de otra.
Simplemente depende de la dirección que uno tome, si me sigue usted. Depende
bastante de cómo lo mires. Lo que realmente quiero decir es que todo depende
del modo en que lo mires. Es lo que se podría llamar... bueno, realmente no
sabría cómo explicarlo; pero usted comprende lo que quiero decir. Bien, todo
eso me parece muy simple, mas no lo entiendo en absoluto: nadie puede, tal y
como están las cosa hoy en día. Quiero decir que así es como están las cosas,
de eso se trata en resumidas cuentas, y que lo mejor que uno puede hacer es
hablar. ¿No está usted de acuerdo conmigo?
-Camarero -llamé-. Un
whisky doble para el señor Jorkens.
Mi amigo se volvió inmediatamente
para cogerlo.
-Tranquilícese, Jorkens
-le dije.
-No veo ninguna razón
para tranquilizarme -murmuró Jorkens.
Y entonces llegó el
reluciente vaso, lleno en su cuarta parte de lo que parecía sol líquido, a la
habitación ya oscurecida por la tormenta que se avecinaba. Jorkens lo contempló
melancólicamente, añadió un poco de agua y bebió sin decir palabra; varios
segundos después todavía se aferraba a su melancolía.
Luego me dirigió una
rápida ojeada y me preguntó:
-¿Qué estaba usted
diciendo?
-Le preguntaba por la
cosa más extraña que hubiera presenciado -dije.
-¿La más extraña? -dijo
Jorkens.- Si me preguntara usted por la más interesante, o la más excitante...
pero la más extraña... Creo que la cosa más extraña que he visto ha sido el
féretro de una princesa en el Museo de El Cairo; en un estante al fondo de una
sala, la misma sala en la que más tarde colocaron los restos de Tutankhamon.
Tanto el contenido del féretro como la princesa misma y sus asombrosos puntos
de vista -que más tarde descubrí- eran, tomados en conjunto, la cosa más
extraordinaria con la que me he tropezado. Realmente la más extraordinaria.
"Para empezar, el
féretro sólo contenía harapos, nunca había contenido otra cosa. Era bastante
raro para empezar; tan raro que decidí averiguar por qué habían tenido la idea
de enterrar unos harapos en un sepulcro que valía medio millón; pues se había
encontrado suficiente oro en la tumba para llenar un coche. La habían excavado
al pie de una árida montaña más arriba de Luxor, a eso de una milla del Nilo.
Me dijeron la dinastía, pero la he olvidado. Eso fue lo único que pude
averiguar. Y eso que pregunté a personas enteradas, que conocen a fondo la
egiptología y en concreto esa dinastía; pero no pudieron decirme nada más
acerca del fardo de harapos del féretro contenido en el sarcófago de oro.
"Bien, había un
hombre llamado Sindey que fue el último en hablarme del asunto, al que yo solía
darle la lata, porque tenía la impresión de que había algo que él debía saber;
y cuanto menos me contaba, más crecía mi curiosidad... Y cuando descubrí que no
había ningún tipo de mención a los harapos del féretro, le dije un día a
Sindey:
"-¿No sabes de
alguna leyenda egipcia que esté relacionada con esos harapos?
"-No -respondió él.
"-¿Has intentado
indagar alguna vez? -pregunté.
"-Es inútil
-repitió él. Y luego añadió-: Hay un árabe; pero usted ya sabe cómo son los
árabes; no es del todo fiable; no debería recomendárselo. Además, se dedica a
algo que no es estrictamente legal. Es posible que semejantes prácticas hayan
desaparecido en Inglaterra, pero las leyes en su contra todavía permanecen en
el código.
"-¿Qué? ¿Es
adivino?
"-Peor que todo
eso, me temo -contestó él.
"Mas yo no podía
quitarme el asunto de la cabeza y le pregunté el nombre del árabe.
"-Bueno, se hace
llamar Abdul Eblis -dijo Sindey.
"-Y ¿en dónde vive?
"-Eso nadie lo sabe
-dijo Sindey,- pero se le puede encontrar rondando la Esfinge. No es realmente
el tipo de hombre...
"Mas yo le corté y
conseguí que me prometiera presentarme a Abdul Eblis; y le hice cumplir su
promesa. Y así es como conocí a ese árabe; era alto y erguido, de unos sesenta
años, llevaba una barba puntiaguda, iba oculto bajo un albornoz típico que una
vez había sido blanco, y sus ojos, no importa dónde miraran, fingían en cualquier
caso estudiarte cuidadosamente, escrutar tu destino.
"-Este es Abdul
Eblis -dijo Sindey señalando con la mano y mostrando en su tono y en sus
ademanes que desearía no tener nada que ver con él.
"Inmediatamente fui
al grano.
"-Me gustaría que
me contara una cosa -le dije a Abdul Eblis.
"El árabe fue
igualmente al grano.
"-¿Pasada o futura?
-preguntó.
"-Pasada hace mucho
tiempo -respondí.
"-Ahí está -dijo
Abdul Eblis.
"No sé exactamente
lo que quería decir, mas en aquel momento creí entender que, no importa lo que
hubiera sucedido, aunque fuera hace mucho tiempo, la hazaña permanecía en
alguna parte y él podría descubrirla. Fuera lo que fuese lo que él me quiso
decir, le conté lo que pretendía y él asintió con la cabeza a cada frase mía,
hasta que tuve la sensación de que lo que le estaba preguntando no era nada
desorbitado. Para entonces, Sindey se había marchado, dejándome solo con el
árabe.
"Abdul Eblis me
llevó al otro lado de la Esfinge y, señalando la base sobre la que descansan
sus zarpas, dijo:
"-Encuéntrese aquí
conmigo y le mostraré algo.
"E inmediatamente
comprendí que quería decir a medianoche, pues de lo contrario habría comenzado
a hablar sin más demora; por lo menos era lógico suponer eso; mas no fue ése mi
verdadero razonamiento, sino simplemente que sólo la noche parecía apropiada al
aspecto que él presentaba. Y le dije:
"-Vendré esta
noche.
"Y él respondió:
"-No, hoy no; la
luna está llena y habrá turistas. Venga dentro de cuatro noches; cuatro noches
después de ésta.
"Una cosa que me
hizo confiar en aquel hombre fue que no tratara de regatear, ni hiciera mención
alguna de dinero; y cuando se lo mencioné, él simplemente me dijo que esperara,
que ya le pagaría lo que creyese oportuno cuando él me hubiera mostrado lo que
me iba a mostrar.
"Yo me hospedaba en
un hotel cercano a las pirámides; realmente el distrito lleva ahora el nombre
del hotel y ha dejado de llamarse Gizeh; se suele decir que las pirámides están
cerca del hotel y no al revés; supongo que semejantes cambios alcanzan a todo. Bien,
cuando llegó la noche señalada me encontraba allí, sentado en el jardín
contemplando la Esfinge; la contemplaba a oscuras y naturalmente no podía
verla; únicamente veía las estrellas mientras esperaba al árabe. Tenía
entendido que iba a acudir a la cita a las diez en punto, pero sabía
perfectamente que él era muy impreciso en lo tocante al tiempo. Dieron las
diez, y las diez y media, y lo único que podía hacer era esperar, ya que no
había forma de encontrarlo si no venía. En aquella época el jazz era novedad y
alguien con un gramófono, en el hotel a mis espaldas, convertía el silencio en
caos. En el desierto, una brisa que se había levantado con la noche susurraba a
ráfagas al silencio, y éste las contestaba una por una. Puede uno imaginarse lo
que decía el viento, ese anciano viajero que había visto tantas ciudades, que
había atravesado o se había detenido en tantos países; de vez en cuando la
fantasía puede llegar al final de una de sus historias; mas no hay forma de
adivinar la sabiduría que revela el desierto con sus silencios. Para poder
hablar con el desierto antes hay que ser profeta. Nunca lo conseguí. Sabía que
allí había algo, alguna terrible sabiduría que pasaba por delante de mi vista y
de mis oídos, y se alejaba de mí, perdiéndola por completo. Por completo.
Camarero, otro whisky.
"Estaba allí
sentado, ciego y sordo al desierto; el viento había amainado y sólo había aquel
intenso silencio; eran las once pasadas. El ruido del magnetofón hacía tiempo
que había cesado, y las luces de las ventanas del hotel se habían ido apagando
una a una; nada se movía. Y entonces vi la silueta de Abdul Eblis en la
oscuridad, muy cerca de mí. No le había visto llegar, pero estaba allí de pie
haciéndome señas, con un dedo levantado a la altura del rostro, demasiado
furtivo incluso para hacer señas como los árabes suelen hacer, extendiendo todo
el brazo hacia abajo.
"-Abdul Eblis
-exclamé.
"Mas el árabe se
llevó la mano a los labios, se volvió y me mostró el camino; yo le seguí en
silencio hasta el pie de la Esfinge.
"Y allí se sentó y
me volvió a hacer señas con el brazo, hasta que me detuve a unas diez o quince
yardas de él, a cuyas espaldas se elevaba la Esfinge.
"Y entonces trazó
un círculo en la arena con algo que yo supuse que eran polvos; y lo encendió y
ardió lentamente; y pronto la llama se alejó de él, a ambos lados del círculo,
adoptando una tonalidad azul claro. El rostro del árabe se puso de un color
espantoso, que encendía cada una de sus arrugas e iluminaba su expresión con
tan asombrosa claridad que podía leerse debajo de ella el devenir de sus
pensamientos, cualesquiera que éstos fuesen. La llama aumentó de altura,
iluminando los ejes de la Esfinge y mostrando los rasgos estropeados que se
habían enfrentado al Tiempo. Y mientras la luz jugueteaba con los labios y los
huecos, y las sombras bailaban desde sus grietas y flotaban en la noche, el
veterano monstruo sonrió inconfundiblemente.
"Creeríase por la
cantidad de gente que viene a ver esa sonrisa, cuando los árabes encienden en
su honor un poco de luz de magnesio, creeríase que había en ella algo amistoso
o al menos algún mensaje dirigido a ellos. Nada de eso. En aquella sonrisa
únicamente había el desprecio de los siglos por todo aquello que pasa
velozmente.
"Por alguna razón
captaba mi atención aquel desprecio descomunal, acumulado durante siglos
supongo, oculto entre aquellas arrugas, potenciado por el paso del tiempo, y
que, al ser escrutado por las despreocupadas parejas de asombrados turistas,
endurecía sus almas. No, es mejor no hacer reír a los dioses o a los demonios:
ellos no se ríen por los mismos chistes que nosotros.
"Después de eso me
tomé una o dos copas, bastante cargadas, para recobrar mi dignidad; pero ni
siquiera ellas lo lograron plenamente: nunca se sabe lo que pasa con esas cosas
inmortales.
"Bien, estaba yo
observando la vacilante sonrisa de aquel inmenso desprecio, incapaz de librar
mis pensamientos de su control, cuando una figura surgió de entre sus garras
por detrás del círculo de fuego y atravesó las llamas azules, que se extinguieron
cuando aquella las tocó, convirtiéndose en humo gris. Era tan real la figura de
aquella dama egipcia que anduvo cinco pasos hacia mí y se detuvo en el humo,
que, de no haber sido por su extraordinario punto de vista, tan absolutamente
ajeno a esta época, hubiera creído que la aparición no era más que un truco del
árabe.
"Abdul Eblis se
levantó y se acercó a ella, luego le hizo sus zalemas; y ella le habló en no sé
qué lengua. El árabe volvió la cabeza hacia mí y tradujo:
"-Ella dice:
"¿Qué quieres ahora, Abdul Eblis?"
"Iba siendo ya hora
de pedir prodigios.
"-Pídele que hable
en inglés -dije.
"-En inglés, por
favor, Ilustrísima -le dijo Abdul Eblis.
"Ella suspiró
levemente, como obligada por algo fastidioso y abrumador.
"-¿Qué más?
-preguntó ella.
"-Vuestro féretro,
Ilustrísima -dijo Abdul Eblis-, ¿por qué no hay en él más que harapos?
"Ella rió
alegremente y su risa vibró por todo el desierto, vacío a excepción del más
grande monumento erigido por los humanos, alejándose hacia las colinas
Mokattan, hasta que los lejanos chacales la oyeron y transmitieron el grito
salvaje.
"-Debí tener un
funeral -explicó ella.
"-Sí -respondió el
árabe-. Todavía es así para todos nosotros.
"-Pero yo deseaba
vivir -dijo ella.
"-Pídele que nos
cuente lo que pasó -dije.
"-Cuéntenos,
Ilustrísima -dijo el árabe, inclinándose hacia ella.
"-Fue al atardecer
-dijo ella-, una de esas doradas puestas de sol en Egipto: el arrebol por
detrás de las colinas occidentales y el caramillo frenético de Porástenes. Lo
escuché por vez primera una tarde bajo este cielo dorado. Una estrella brillaba
débilmente en el verde del cielo, entre la puesta del sol y la noche. Ligeras
brisas vagaban a través de un Egipto anochecido y refrescado, pasando sin ser
vistas por las oscurecidas colinas, al igual que los dioses, quienes también
pasean a esa hora. Conocí a un sacerdote que los había visto. A cualquier otra
hora habría desdeñado aquel caramillo, por muy obsesionante que fuera su
melodía; pues Porástenes no era más que un cabrero. Mas a aquella hora, bajo
aquellas puestas de sol en que los hombres están desamparados ante los dioses y
la música y el amor, no tenía elección, fuera quien fuese el que tocara el
caramillo; al principio creí que era uno de los dioses; mas no importaba quién
lo tocara a aquella hora. Y una tarde fui a las colinas y descubrí que se
trataba de un simple cabrero, pero entonces era demasiado tarde; dios u hombre
da lo mismo. En la cima de aquellas colinas escruté el arrebol de aquel
atardecer encantado, trémulo por la melodía del caramillo y mágico por la
puesta del sol. Toda temblorosa fui a descubrir el misterio de la música; y
encontré en una hondonada en lo alto de la colina a mi joven amante, el cabrero
Porástenes. Cuando vio quién era la que había acudido al sonido de su
caramillo, me miró fijamente pero no habló; y cuando vi que no era un dios, no
dije ni una palabra, pues ningún otro paseante de las colinas tenía derecho a
hablar conmigo. Y permanecimos allí bastante rato mirándonos a los ojos
mientras se desvanecía el crepúsculo. Mas la luz no llegó a desaparecer de los
ojos de Porástenes, aunque salieron las estrellas y se pusieron celosas, si es
posible que los espíritus inmortales sientan celos de ojos terrenales. Nos han
enseñado que eso no es posible, y, sin embargo, aquella noche creí que lo
estaban. Alentado por una especie de locura, el cabrero osó susurrar algo, mas
yo no le respondí; aunque mi corazón se partiera por eso, no suspiraría.
Entonces vi las antorchas de los servidores de mi padre, que no era otro que
Ramsés, los cuales se aproximaban en mi búsqueda. Y me apenó que mataran a
Porástenes, aunque éste hubiera osado suspirar. De manera que miré al cabrero a
los ojos sin pestañear, y él se dio la vuelta y huyó; y los servidores de mi
padre me encontraron lejos de Porástenes. Y cuando regresé estaba airado nada
menos que Ramsés. Mas yo sabía que su ira sería pasajera: ¿acaso no oscurecen a
menudo las nubes al Sol? Mas cuando pasan aquéllas, los rayos vuelven a
brillar. Muchos han advertido el parecido de mi padre con el Sol y han quedado
enormemente sorprendidos.
"-Volví de nuevo a las verdes colinas al atardecer -prosiguió ella-, cuando su verdor se difuminaba, y el ocaso parecía un incendio en un país dorado, tan próximo a nosotros, mas no hollado por pies terrenales, pues solamente los dioses caminan al atardecer por los dorados campos del ocaso, cuyos colores tiñen sus pies de esplendores impropios de los terrestres. Seguí el sonido del caramillo de caña, que tentaba a mi espíritu a huir en la quietud del crepúsculo. ¿Qué otra cosa podía hacer sino seguirlo? Pues cada hombre y cada mujer tienen un espíritu, que no muere cuando embalsaman su cadáver, sino que es inmortal. De manera que fui a las colinas en medio del silencio y llegué a la hondonada en la cumbre; allí estaba Porástenes rodeado de sus cabras en pleno ocaso, tocando su caramillo, aureolada su cabeza por el resplandor crepuscular. Y el cabrero dejó a un lado su caramillo y nos volvimos a mirar fijamente uno al otro, aunque todavía no nos hablamos. ¡Ah, los ojos de Porástenes! No pude dejar de pensar en ellos. Por la noche imaginaba que brillaban; por el día parecían relucir tan cerca que cualquiera podía verlos. Y a veces algunos cortesanos me miraban de tal forma que estaba segura de que sabían que los ojos de Porástenes brillaban cerca de mí, aunque me encontrara muy lejos, en lo alto de las colinas occidentales que daban al Nilo. Sólo que él, que no era otro que Ramsés, no sabía nada todavía. En una ocasión me dijo que estaba malhumorada y yo le di la razón; mas de Porástenes no se figuraba nada.
"-Volví de nuevo a las verdes colinas al atardecer -prosiguió ella-, cuando su verdor se difuminaba, y el ocaso parecía un incendio en un país dorado, tan próximo a nosotros, mas no hollado por pies terrenales, pues solamente los dioses caminan al atardecer por los dorados campos del ocaso, cuyos colores tiñen sus pies de esplendores impropios de los terrestres. Seguí el sonido del caramillo de caña, que tentaba a mi espíritu a huir en la quietud del crepúsculo. ¿Qué otra cosa podía hacer sino seguirlo? Pues cada hombre y cada mujer tienen un espíritu, que no muere cuando embalsaman su cadáver, sino que es inmortal. De manera que fui a las colinas en medio del silencio y llegué a la hondonada en la cumbre; allí estaba Porástenes rodeado de sus cabras en pleno ocaso, tocando su caramillo, aureolada su cabeza por el resplandor crepuscular. Y el cabrero dejó a un lado su caramillo y nos volvimos a mirar fijamente uno al otro, aunque todavía no nos hablamos. ¡Ah, los ojos de Porástenes! No pude dejar de pensar en ellos. Por la noche imaginaba que brillaban; por el día parecían relucir tan cerca que cualquiera podía verlos. Y a veces algunos cortesanos me miraban de tal forma que estaba segura de que sabían que los ojos de Porástenes brillaban cerca de mí, aunque me encontrara muy lejos, en lo alto de las colinas occidentales que daban al Nilo. Sólo que él, que no era otro que Ramsés, no sabía nada todavía. En una ocasión me dijo que estaba malhumorada y yo le di la razón; mas de Porástenes no se figuraba nada.
"-Nos volvimos a
encontrar a menudo -continuó-, mas jamás hablamos, y mi amor por Porástenes se
interpuso entre mí y el sueño.
"Suspiró tan
débilmente y con tanta desesperación, velada por el humo, que casi nadie
hubiera podido decir si era ella la que había suspirado, o si algún viento
perdido vagando a través del desierto había exhalado su último suspiro junto al
curioso fuego del árabe. E inmediatamente deseé ayudarla, pues al producirse el
suspiro a mi lado olvidé que sus penas eran de hace miles de años. Además ¿cómo
podría ayudarla? Únicamente parecía haber un remedio. Y para éste mi consejo
llegaba con miles de años de retraso.
"-¿Por qué no se casó con Porástenes? -dije yo.
"-¿Por qué no se casó con Porástenes? -dije yo.
"Fuera o no tardío
mi consejo, ella dejó inmediatamente de suspirar y estalló en alegres
carcajadas.
"-¿Casarse una
componente de la Casa de Egipto con un cabrero? -dijo ella-. ¡Qué
extravagancia! ¿Dónde se ha oído semejante quimera? ¿Qué le ha impulsado a
usted a semejante broma? ¿Quién ha concebido tan extraña ocurrencia en estos
años en los cuales ahora vago? ¿Se puede bromear de manera tan extraña con la
muerte, como si ésta sin duda hubiera ocurrido antaño? Mas búrlese de mí si ése
es su deseo, pues yo siempre he amado los absurdos más pintorescos. Y en efecto
nunca antes ninguno...
"Y sus palabras se
convirtieron en risas, que vibraron a lo lejos en la arena a través del
silencio.
"La miré fijamente
hasta donde pude ver su figura en la oscuridad, velada como estaba por el humo;
y cuando se calmó su risa todavía la estaba observando maravillado. Y no se
conformó con exponer su opinión, que había expresado con tanta vehemencia; pues
tan pronto como su risa le permitió hablar, insistió en lo mismo, todavía con
aquella incredulidad risueña, como si no pudiera creer que mis palabras fueran
reales.
"-¿Acaso se acopla
el Sol o la Luna con babosas o escarabajos? -preguntó ella.
"Por un momento su
alegría se trocó casi en indignación; luego volvió a reír, mas ahora su risa
fue más breve y más despectiva, y me di cuenta de que no era posible insistir
más. Así es que permanecí en silencio hasta que su risa cesó por completo y se
puso de nuevo a suspirar, recordando a Porástenes. Era difícil compadecerse de
aquella jovenzuela loca y testaruda; y sin embargo me compadecí, pues, pese al
desatino de su punto de vista, aquellos suspiros los profería un corazón
perplejo y roto a causa de un pesar cuyo recuerdo había durado miles y miles de
años. Y únicamente había sido un breve pesar. No pudo haber durado más que unas
pocas semanas, luego todo habría acabado felizmente. Mas ella era una criatura
sujeta a ataques de melancolía, eso puede usted entenderlo; y probablemente
ellos fomentaron cada uno de aquellos prontos en aquel palacio que tenían sobre
el Nilo cuando las colinas estaban cubiertas de verdor. Así que a ella le bastó
recordar su único y verdadero pesar para exhalar aquellos suspiros en el mismo
rostro de la Esfinge, cuya ancestral calma nada le decía a ella. Y en medio de
aquella calma que la Esfinge había impuesto en aquel lugar de la Tierra durante
todos aquellos siglos y más siglos, escuché su excitante historia.
"-Pronto comprendí
que moriría de amor -dijo ella-. Y pensé en abandonar la tierra sagrada y los
templos, y el río que los dioses le habían otorgado a Egipto para regarlo. Era
la primera vez que pensé en todas esas cosas; sin embargo, aunque acababan de
ocurrírseme en toda su tristeza, me afectaron poco, por triste que fuera
abandonar la tierra hollada a menudo por los dioses. Y luego, entre esos
pensamientos, todos ellos relacionados con Porástenes, me vino uno bastante
lúgubre que me reveló que, si moría, ya no oiría más su caramillo conmoviendo
el dorado atardecer. Ya no contemplaría más sus ojos brillando cuando todo lo demás
se oscurecía. Ya no iría más a verle a la cumbre de las colinas.
"-Entonces me dije
-añadió ella- cuánto mejor sería morir y seguir viendo a Porástenes. La corte
de Ramsés marchitándose, los sacerdotes adorando a los dioses, los abanicos de
mis sirvientas, incluso la gloriosa faz de mi padre, todo desaparecía para mí;
y el caramillo de Porástenes seguiría embrujando las sombrías colinas.
Porástenes seguiría tocando su caramillo y yo lo oiría, a pesar de que mi
cortejo fúnebre tendría que cruzar el río. Eso fue lo que pensé, y enseguida
tracé un plan. Eso es todo. Ya lo he contado.
"-Y ¿qué pasó
luego, Ilustrísima? -dije yo adoptando la forma de dirigirse a ella utilizada
por Abdul Eblis.
"-Luego -dijo ella-
fui hasta el Gran Sacerdote. Le encontré haciendo sacrificios en el templo de
Toth y me lo llevé a un lugar aparte entre palmeras donde pudiéramos hablar en
privado. Y él me preguntó qué deseaba de él, y yo le respondí: "Compañero
de los dioses, ¿cuántas formas de morir existen?" Y el Gran Sacerdote me
contestó: "un centenar". Pues yo hablaba de asuntos rituales, para
los cuales sólo había una respuesta. Entonces le dije:
"¿Y cuál es la
ciento uno?"
"-Y él respondió:
"La voluntad del Rey". Eso también está escrito en los antiguos
pergaminos: no hay más que una respuesta.
"-Y entonces
pregunté yo: "¿Cuántas hay para un sacerdote?" Y él se quedó un rato
callado y luego me contestó diciendo: "Tal vez tres".
"-Y yo le dije:
"¿Cuál es la cuarta?", sabiendo que eso debería contestarlo. Y él
contestó, aunque a regañadientes, diciendo: "La voluntad del Rey, si odia
a los dioses".
"-Y yo le dije:
"Él ama a su hija". Y el Gran Sacerdote se calló.
"-Y yo le dije:
"Debes hacer un funeral ilusorio". Él sabía lo que quería decirle. La
imagen de algo que no existe, el simulacro del desierto más allá de las
colinas. Ni de palabra ni con gestos demostró haber comprendido, ni tampoco lo
contrario. Mas me respondió: "Podría hacerse".
"-Y yo le dije:
"Está bien".
"-Caminamos
entonces en silencio, sin que él añadiera nada más, de manera que, si fuera
preciso, pudiera todavía decir que me había interpretado mal. Y después de
pasear junto a veinte palmeras, volvió a hablar diciendo: "¿Para
quién?"
"-Y yo dije:
"Para mí".
"-Y él dijo:
"¡El funeral de una componente de la familia real! Eso escandalizaría
gravemente a los dioses."
"-Aquellos días han
quedado tan grabados en mi espíritu que cada palabra resuena en mi memoria,
cual pájaros inmortales, hasta este día.
"-Y le dije al Gran
Sacerdote: "¿No harás eso por mí?"
"-Y él me contestó:
"No".
"-Entonces yo le
dije en voz baja, casi en susurros, tan bajo que apenas me oyó...
"Después de todos
aquellos años hablaba un poco a la ligera, y el alboroto de las leves brisas
que remueven la superficie de la arena se elevó por encima de aquella débil
voz, y sus palabras se perdieron.
"- ¿Qué le dijo
usted, Ilustrísima? -pregunté yo.
"-Le dije
-respondió ella- que "es la muerte".
"-¿Por qué tan
suavemente? -le pregunté.
"-¡Oh! -dijo ella-,
es horrible hablar de la muerte de un sacerdote. Él me miró y dijo:
"¿Qué?" Y yo
le respondí: "Muerte". Y él me volvió a mirar para comprobar si yo
retiraba mi palabra, o mi ánimo desfallecía, o pedía perdón a gritos. Nuestra
familia y la suya eran únicamente dos de entre todas las que gobernaron Egipto.
Hubo generaciones nuestras que no alcanzaron la sabiduría de las suyas, mas
centenares de los suyos nunca tuvieron un poder como el nuestro. En aquellos
momentos el sacerdote escrutaba mi propio espíritu; y, cuando advirtió que yo
no me echaría atrás, se dio por vencido. Entonces fijamos una fecha para mi
funeral ilusorio.
"-Fue un precioso
funeral. Partió de palacio al amanecer y descendió hasta el tranquilo río, el
sagrado Nilo que los dioses habían regalado a Egipto para regarlo. Le acompañó
un cortejo de plumas y música y una gran concurrencia. Y estuvo presente nada
menos que el propio Ramsés, a lomos de un caballo blanco. Y el Sol salió por
encima de las colinas orientales, mientras el catafalco llegaba al agua, y sus
rayos sacaron destellos al abundante oro de la barca que aguardaba en el río
sagrado. Y los remeros desatracaron la barca, la cual surcó la especie de joya
que era el Nilo. Y Porástenes permaneció a mi lado en la hondonada que ambos
conocíamos, observando atentamente desde la cumbre el precioso funeral y
escuchando la música de los intérpretes y los cuentos de los sacerdotes. Él
trató de hablarme, mas yo no me enteré de nada hasta que la barca tocó la
orilla opuesta y los sacerdotes levantaron sus grandes cuernos de antílope
recubiertos de oro y los soplaron por tercera vez. E incluso entonces, esperé
hasta que el lamento e un cuerno resonó desde el tortuoso fondo del valle
rocoso, anunciando a Egipto mi comparecencia ante Anubis, Horus y Toth, que nos
observan siglo tras siglo, sin que sus ojos se cierren por la noche en busca de
reposo ni parpadeen ante la luna llena.
"-A partir de entonces yo no era nadie; hablé con Porástenes y él conmigo. Aquel día nos fuimos a su cabaña de cañas, atravesando las colinas sin que él dejara de tocar su caramillo, el cual se había apoderado de mi espíritu e incluso dirigía mis pasos. Cuidé más de un año de aquella choza de cañas allende las colinas. Estaba situada lejos de cualquier camino, alejada de los caseríos, entre pequeños campos que le servían de morada. Incluso la respetaron las estaciones, pasaron de largo, y cada una de ellas la adornó con algo de su esplendor. ¿Hubo alguna vez un lugar más encantador?
"-A partir de entonces yo no era nadie; hablé con Porástenes y él conmigo. Aquel día nos fuimos a su cabaña de cañas, atravesando las colinas sin que él dejara de tocar su caramillo, el cual se había apoderado de mi espíritu e incluso dirigía mis pasos. Cuidé más de un año de aquella choza de cañas allende las colinas. Estaba situada lejos de cualquier camino, alejada de los caseríos, entre pequeños campos que le servían de morada. Incluso la respetaron las estaciones, pasaron de largo, y cada una de ellas la adornó con algo de su esplendor. ¿Hubo alguna vez un lugar más encantador?
"Intenté comprender
su asombroso punto de vista, y tuve que reconocer que todavía me desconcertaba.
Fue eso lo que me indujo a interrumpirla, mientras ella permanecía allí dando
vueltas una y otra vez a sus viejos recuerdos.
"-¿Se casó usted
con el cabrero? -pregunté bruscamente.
"-Pues sí
-respondió ella, como si mi simplicidad le asombrara, a ella, que había dicho
que el Sol no se acopla con escarabajos o babosas. Y entonces pareció
corregirse a sí misma.
"El se casó
conmigo", añadió. "Fue muy amable Porástenes. Pues yo no era nadie.
Carecía de hogar y de nombre. Ante los dioses no era nada. Podría haberme
tratado como la brisa terral que azota la cebada, o el eco de las voces de los
chacales, o como en las viejas leyendas o sueños; y yo no me habría quejado.
Ante Anubis, Horus y Toth, yo no tenía nombre ni aliento.
"-Mas ¿no
pertenecía usted todavía a la familia real? -traté de argüir.
"Y ella únicamente
repitió que no era nada ante Anubis, Horus y Toth, y empezó a citar fragmentos
de los papiros conservados por los sacerdotes en los panteones reales de su
padre. Y, sin dejar de repetir "Nada, Nada", retrocedió un poco
lentamente y, cruzándose con una de aquellas brisas erráticas que de noche
recorren extraviadas todos los desiertos, desapareció con ella.
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