Han pasado ya
quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la
hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al
desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe
más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda
comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los
milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que,
precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en
ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la
Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto
"¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su
misericordia inagotable, bajar a la tierra.
Y he aquí que ha
querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo
sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es
Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de
fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.
No se trata de la
venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de
Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago
que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus
hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras.
Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio
de treinta años.
Aparece entre las
cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en
presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la
Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a
cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de
llamar la atención, pero todos le reconocen.
El pueblo, impelido
por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una
sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de
sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman
de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus
ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su
encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama
se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la
tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el
pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que
Él!"
Cristo se detiene
en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a
un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de
una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.
–¡Él resucitará a
tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.
El sacerdote que ha
salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre
profiere:
–¡Si eres Tú,
resucita a mi hija!
Y se posterna ante
Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo
contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).
La muerta se
incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar
el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El
pueblo, lleno de estupor, clama, llora.
En el mismo momento
en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor.
Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus
ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los
aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la
cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito
de fraile.
Sus siniestros
colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia.
El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le
inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del
desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se
fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.
–¡Prendedle!– les
ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.
Y es tal su poder,
tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al
punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo
hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.
Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
–¿Eres Tú, en
efecto?
Pero, sin esperar
la respuesta prosigue
–No hables, calla.
¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola
palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que
tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber
si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás
en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta
tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego.
Quizá nada de esto te sorprenda...
Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
–El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...
Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
–El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...
Si no el texto, el
sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al
mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su
tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad
espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan
espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas
piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos
de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano
depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú
no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te
horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y
contestaste que "no so1o de pan vive el hombre", sin saber que el
espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra
ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha
dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por
boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que
so1o hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa
será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su
bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre
de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años
de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a
nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los
subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la
persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían
prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su
Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu
nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les
mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por
poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!"
Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan
terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán
repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad;
débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees
que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo
vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y
seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las
decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan
de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos
granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son
a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos
a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde,
por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros
hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que –
¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! – nos ofrecerán.
Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta
necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.
Como ves, la
primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la
desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras
consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el
eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo
afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere
inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres
en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto
universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la
adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y
colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se
exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino:
"¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo;
los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por
los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto
fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera
que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan
terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en
nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un
afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que
nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la
libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se
hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa
incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la
conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso,
tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el
motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir
preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque
disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa
verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando,
sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere
la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre
albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu
doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la
conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago,
conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien,
¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su
libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser
amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el
hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y
el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y
tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría:
"Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en
una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo
preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te
proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para
siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices –
: el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna.
El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres
saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los
ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te
dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los
hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con
intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador
hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías
venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar
un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a
aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir
del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes
terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu
heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de
los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre
te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su
necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos
y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.
Cuando te dijeron,
por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste.
Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que
deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo
maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo
aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea
del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han
pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre,
créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo
que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le
has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle
menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas
partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada.
Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos
chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la
revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que
derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la
inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas
lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha
hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia
acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para
soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.
La inquietud, la
duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre.
Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la
primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es
corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu
cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas;
y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre
amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos,
hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más
que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los
demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes?
¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones
terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante
no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y
nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él
sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos
hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el
"misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han
congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del
don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se
nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que
tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad,
la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué
callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te
amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a
quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá
quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos
contigo, estamos con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho
siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos
de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los
reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma
y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra
conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para
verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros
conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos
de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César;
¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos
de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su
conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso
hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres
supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad
mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo.
Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra
como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad.
Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera
sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que
es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?
Tomamos la espada
de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de
libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de
erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero
la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará
con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y
levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y
entonces, sólo entonces, empezará
para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te de tus elegidos,
pero son una mi noria: nosotros les daremos el re y la calma a todos. Y aun de
esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos,
¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado
y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en
uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la
felicidad, concluiremos con las re vueltas y matanzas originadas por la
libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando
nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no
les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva
consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a
sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a causar los
con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros,
también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–,
rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis
razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de
nosotros mismos!"
No se les ocultará
que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben de
nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no
convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que
les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos
las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a
nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y
mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte
para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por
extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a
la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les
daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una
felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad – no,
como Tú, el orgullo . Les probaremos que son débiles niños, pero que la
felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos
perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que
buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les
enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para
domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los
niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facilidad,
a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los
niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos,
para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de
canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su
naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un
amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro
permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo
será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores.
Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les
prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les
consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los
más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por
todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el
cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los millones
de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los
depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se
contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento,
exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre,
y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos
lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una
eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha
sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus
elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado
a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice
que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del
misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por
vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me
levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no
han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso
de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te
atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me
he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que
les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he
renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los
que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los
humildes.
Lo que te digo se
realizará; nuestro imperio será un hecho.
Y te repito que
mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde
te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la
hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.
El inquisidor
calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba.
El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y
dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido
oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más
terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus
labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se
estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice:
"¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de
la ciudad. El preso se aleja.
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