Se trata, esencialmente, de la necesidad de
preservar un cierto sentido de lo mágico, lo misterioso. Lo explícito es un
enemigo de la razón, no su aliado: La brujería es un oficio honorable, pero
requiere, al igual que la orfebrería, mucho trabajo y sentido de la disciplina.
Me he dedicado a esta profesión el tiempo suficiente para asumir esto sin
ironía, pero con cierto desdén. Nada de ello pretende ser un prólogo a estas
confidencias, sino simplemente una reflexión.
Estaba sentado en la cima de una alta y árida
montaña amarillenta, viendo a lo lejos cómo se eleva el humo de mi pequeña
morada, mientras el sol lanza sus rayos sobre el paisaje, amarillo sobre
amarillo, en esta temporada seca de fin de estación. Y observaba a los dos
elfos, el enano y la giganta ascender la pendiente hacia mí, con los brazos
abiertos en signo de homenaje. Sin presentes -se me conoce por ser celoso y
caprichoso; sin duda las ofrendas no son lo mío- pero con el claro deseo de
agradarme. Se detuvieron a una distancia respetable, y el mayor de los
personajes avanzó.
- Saludos -dijo-.
Venimos en son de paz y humildad. ¿Es ésta la fórmula adecuada?
-No lo sé -repuse-. ¿Qué tiene que ver aquí el
formulismo? ¿Eres el portavoz?
- Preferiríamos
que fuera así -contestó el enano.
Parecía bastante agradable, no excesivamente
deforme y con rasgos bastante típicos. La misma descripción valía para todos
ellos, aunque había cierta agresividad en la actitud de la giganta que podría
haber resultado amenazadora en otras circunstancias. Por supuesto no hay brujo
que tropiece con «otras circunstancias». Vivimos de una forma ordenada,
rodeados de reverencia, cuando no del más puro servilismo.
- Desde luego
-prosiguió el enano-, podríamos hablar uno por uno. Pero nos llevaría demasiado
tiempo.
- El tiempo
es oro -asentí-. Es nuestra única moneda. No debemos malgastarla.
-Y de todos modos hay consenso -agregó el enano-.
Así que dejaremos que se encargue Meyer, si no te importa.
- Soy Meyer -se
presentó el más alto de los elfos-. Mi compañero es Sigmundo. Este pequeño de
aquí es Sigfrido el enano, y Bárbara. Bárbara no siempre ha estado con
nosotros. Nos conocimos hace poco.
-En el valle -explicó Bárbara-. Compartimos
lugares e historia, y ya que perseguimos los mismos objetivos decidirnos aunar
nuestras fuerzas.
-Naturalmente -dije-. Pero sólo designasteis a un
portavoz.
Un indicio de reproche se respiraba en el aire
amarillento, como ascuas ante la puesta de sol. Meyer se ajustó la capa, y miró
a los demás con nerviosismo.
- Es verdad -repuso-.
Tienes razón al llamarnos la atención. Nuestro tiempo es limitado y grande
nuestra necesidad. Venimos a solicitar ayuda.
-Ayuda -repetí-. Todo el mundo necesita ayuda. Me
siento aquí tanto a la luz del día como en la oscuridad, observando el tumulto
de las estaciones y no ocurre nada, nada en absoluto, salvo que de vez en
cuando solicitantes como vosotros vienen en busca de ayuda. Ese es mi destino,
por supuesto -añadí-. No pretendo mostrar resentimiento. Lo mío es la
brujería, al igual que lo vuestro es la petición. Pero después de cierto tiempo
llega a aburrir.
- Bueno, eso
lo entiendo -declaró Meyer-. Puedo comprender cómo ha ocurrido. Quizá deberíamos
marcharnos, sencillamente.
- Hazle la
pregunta, Meyer -terció la giganta-. No te dejes intimidar. Puede que viva
entre el humo y el fuego, pero tiene que calentar las ollas como cualquiera de
nosotros. Y creo que los truenos lo hacen temblar.
- ¿Acaso no
habla maravillosamente? -comentó Sigmundo, el elfo-.No bien empezó a hablar con
nosotros en el valle supimos que tenía un gusto exquisito para el lenguaje. En
serio, ¿qué haríamos sin nuestra lengua? Admiro mucho a los que saben hablar.
La giganta miró intensamente a Sigmundo y luego se
giró. El enano, Sigfrido, agitó la cabeza de tal modo que sus facciones se
sacudieron de una forma de lo más arriesgada, y le dio una patada a una
piedra.
-Sabía que esto no saldría bien -gruñó-. Venga,
vámonos. Quizá nos encontremos a algún Alberico allí abajo. Creo que
abandonamos demasiado pronto, y subimos demasiado rápido.
Meyer se quedó mirándome.
-¿Ves los problemas que tenemos? -dijo-. No
tenemos un plan ni nada parecido. Actuamos sobre la marcha.
- Más bien lo
liamos todo -lo corrigió Sigfrido-. Conocemos a un mago de verdad y no lo
dejamos hablar. Subimos toda esta montaña...
-No puedo encontrar el anillo por vosotros -lo
interrumpí.
Me miraron todos intensamente prestando una gran
atención, lo cual me infundió ánimos. No hay duda de que una frase pronunciada
en el momento justo, al igual que un buen hechizo, puede producir una agradable
sensación de bienestar. El ser tomado por algo y demostrar que no se es así
realmente proporciona un tipo de placer que me he negado durante mucho tiempo,
pero a veces, a pesar de todo, aparece eso arrogante necesidad de suscitar una
reacción.
-El anillo está en el fondo del río -expliqué-.
Fue arrojado allí hace mucho tiempo y no se puede recuperar. Soy tan incapaz de
con-seguir el anillo como de despertar a los muertos. Por tanto me temo que
aquí finaliza vuestra entrevista. De verdad que no hay nada que se pueda hacer.
-Os lo dije -afirmó Bárbara, la giganta,
disgustada. Alzó un pie para darle una patada a Meyer, y luego, ante mi severa
mirada, pareció reconsiderar su gesto-. Es cierto -dijo resentida-. Les dije
que no quedaríamos satisfechos.
-Oye -le contestó Sigmundo-, si estás tan segura
de ello, si ya lo has comprendido todo, ¿por qué no te vas a pasear por el
valle, de vuelta a tu castillo? No pensábamos traerte aquí en un principio.
Sigfrido me observó fijamente con una penetrante
mirada de enano.
- ¿Ves cuál
es el problema? -dijo-. Este es el problema: vivimos envueltos en riñas, calumnias
y enemistad. No hay duda de que, si recuperáramos el anillo, todo esto pasaría
y viviríamos de nuevo en paz y armonía. ¡Cómo anhelan armonía nuestras almas!
Pero tú nos dices que nuestro camino es infructuoso. Es muy desalentador.
- Sé que es
inútil -respondí-. Los Albericos estuvieron aquí no hace ni dos puestas de sol.
Tuvimos una larga conversación, ellos y yo, antes de los fuegos. Me informaron
de la pérdida permanente del anillo.
- Eso es lo
que se rumoreaba -comentó Meyer.
- Hubo
tentativas de recuperarlo -añadí-. Varios Albericos organizaron una inmersión
y se metieron en el río, haciendo caso omiso de los fuertes gritos y burlas de
las doncellas del Rin. Intentaron recuperar el anillo de forma desesperada,
tras lamentar terriblemente su pérdida.
- Sin éxito,
por supuesto -acotó Bárbara.
-Sin éxito ninguno -corroboré-. Se ahogaron. Es
decir, cuatro Albericos se ahogaron y al quinto lo arrastraron sus hermanos
hasta la orilla en estado inconsciente. Me han dicho que aún no se ha recuperado,
aunque de vez en cuando suplica por el regreso del anillo. Los Albericos son
tan impotentes como todos nosotros. Me temo que sus poderes también se han
hundido en el río.
-¿Ellos te contaron todo esto? -inquirió Sigfrido-.
¿Admitieron tan fácilmente su impotencia?
-No hay secretos para un hechicero -contesté-.
Incluso en estos tiempos difíciles al final de la cronología, con el anillo en
el fondo del río, los Albericos siguen con sus expediciones desesperadas y vosotros
con vuestros grupos de búsqueda, intentando encontrar en vano aquello que ya se
consideraba perdido. Pero ya está bien de hablar de esto, de hacer comentarios
que no nos llevan a ninguna parte. Me temo que no puedo hacer nada por
vosotros, y por tanto debéis marcharos.
-Os lo advertí -repitió Bárbara-. Os dije que esto
era una idea absurda y tonta. -Le dio una patada a Sigfrido-. Que no, decías.
Vayamos a ver al viejo, que tiene muchos secretos. Un día y una noche en esta
montaña, luchando contra el ridículo, y éste ha sido el resultado.
- ¿Acaso
tuviste una idea mejor? -replicó Sigfrido, frotándose el tobillo, como pude
observar bien, pero sin hacer el menor gesto amenazador como venganza-. Fuiste
tú la que quisiste acompañarnos en nuestra misión.
- ¿Ves cuál
es el problema? -me dijo Meyer-. No hay entendimiento, no hay armonía. Estamos
amargados y descontentos, y sin duda ha sido la pérdida del anillo lo que nos
ha conducido a esta situación, pero no se puede hacer nada.
-No -asentí-. No se puede hacer nada.
«Tontos y rezagados», me habría gustado decir, «no
se podía hacer nada antes de que nacierais; estamos viviendo el final de una
maldición, estamos representando tan sólo lo que estaba escrito». Pero eso
habría conducido a sermones sobre la predestinación y la mortalidad que habrían
estado muy por encima de sus posibilidades.
- Así que ya
lo veis -agregué al levantarme, abandonando mi postura de confidente y
alejándome de ellos con garbo-. De verdad que no se puede hacer nada más. Es
posible que haya otros Albericos re-corriendo el territorio. Quizá podríais
hablar con ellos, ver si tienen alguna idea. Pero dudo mucho que sea así.
-Tiene razón -reconoció Bárbara-. Lo único que
podemos hacer es irnos. Por lo menos yo me voy -declaró, y se marchó cojeando.
Aunque era todavía más imponente por detrás que
por delante, mostraba una cierta humildad, había un cierto aspecto angustiado
en su actitud que de algún modo me conmovía, aunque por supuesto nunca se lo
habría confesado a ella ni a ninguno de -los demás. Todos la observamos con
interés mientras descendía la montaña y, mucho más rápido de lo que yo hubiera
podido adivinar, se convertía en un pequeño objeto apenas visible. Cien
Albericos no habrían conseguido desvanecerse tan pronto ni con mayor ignominia.
-Supongo que nos vamos todos -dijo Meyer-. Eras
nuestra última esperanza, ¿sabes? Ya no nos quedan ideas.
-Y ha sido un viaje muy, muy largo -acotó Sigfrido-.
No te puedes imaginar lo difíciles que han sido las condiciones. Mira a Sigmundo,
por ejemplo. Podrías pensar que el ser enano lo protege del sufrimiento o de
la verdadera pasión, pero sencillamente no es así; nos ha contado cosas...
-Vamos -lo interrumpió Meyer-, no creo que al mago
le interese todo eso. Sé que a mí no me interesa. Ya he oído hablar bastante de
ello y todavía nos queda mucho camino si queremos dormir lejos de los fuegos
esta noche. -Inclinó la cabeza-. Gracias por las molestias que te has tomado.
-No hay de qué -respondí-. Si tuviera mayores
poderes, habría podido ser diferente, pero ello también forma parte de las
consecuencias. Me refiero a su destrucción. El mundo ha perdido mucho desde
que desapareció el anillo.
-Sí, claro -asintió Sigmundo-, pero no queremos
hablar de eso ahora, ¿verdad? -Bostezó, se giró y abrió las manos-. Vámonos. De
todas formas es probable que ella esté abajo esperándonos.
-Claro que lo estará -aseguró Meyer-. No tiene
adónde ir.
- Ninguno de
nosotros tiene adónde ir -comentó Sigfrido con aire abstraído, sin dirigirse a
nadie en especial.
Se cogieron del brazo, lo cual denotaba más
entendimiento del que habían mostrado al dirigirse a mí (aunque tal vez era tan
sólo una prueba más de su nueva decepción), y se marcharon cojeando. Al adentrarse
en la luz envolvente, me pareció que uno de ellos hacía un ademán con la mano,
pero era difícil saberlo con seguridad. De todos modos no tenía importancia.
Me encogí de hombros (otro encuentro concluido) y
regresé a mi morada. Dentro estaba desapareciendo el olor a humo, y llegué
justo a tiempo para arrojar algo más de leña al fuego. Inmóviles corno sapos,
con sus pequeños ojos relucientes, los seis Albericos encaramados en las
paredes me miraron fijamente, sin decir nada.
-Me he deshecho de ellos -comuniqué.
Los Albericos parpadearon, murmuraron y se
frotaron entre sí.
-Muy sencillo -les expliqué-. Ni siquiera
desconfían ya. Se fueron en la mitad del tiempo que el último grupo. Bien
pronto, ni si-quiera harán preguntas. Sólo les haré una señal con la mano,
negaré con la cabeza y se marcharán.
Los Albericos lanzaron lo que pareció una risa
chillona. Uno gesticuló una pregunta.
-Todavía no -respondí-. No es el momento.
Me miraban fijamente. Reflexioné en su pérdida de
la palabra y por un instante consideré su restitución, pero decidí que no era
el momento. Todo había sido mucho más fácil, mucho menos desagradable, con los
Albericos desprovistos de lengua e incapaces de hablar.
-Pronto se irán -aseguré-. Pero creo que vendrán
otros grupos. No es más que una cuestión de purgación.
Los Albericos me miraron desconcertados.
- Pronto
bajaremos al río -añadí-. Lo planearemos todo e iremos juntos al río.
Los Albericos asintieron gustosos ante dicha
perspectiva. La pérdida de la palabra no significa pérdida de comprensión. Al
contrario, intensifica la comprensión, como sabe cualquier hechicero. En aquel
momento, pues, parecía que los Albericos, al igual que yo, lo comprendían
todo.
-Mío -susurré-. Será sólo mío.
Los Albericos asintieron con la cabeza.
-Todo mío -repetí.
- No -dijo
con firmeza una voz fuera de la tienda.
Y entonces, a través de la abertura, vi a los
cuatro en actitud amenazadora y decidida: los dos elfos, el enano y la
giganta.
-Más bien no -agregó Bárbara. Alcé la mano, como
si estuviera a punto de echar un conjuro. Ella fue hasta el montón del rincón y
levantó un leño-. ¿Lo veis? -dijo-. Tenemos nuestra propia magia. Los Albericos
se pusieron a reír, traidoramente.
Tuve que reconocer que la situación se me había ido de las manos.
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