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Barry N. Malzberg - Götterdämmerung


Se trata, esencialmente, de la necesidad de preservar un cierto sentido de lo mágico, lo misterioso. Lo explícito es un enemigo de la razón, no su aliado: La brujería es un oficio honorable, pero requiere, al igual que la orfebrería, mucho trabajo y sentido de la disciplina. Me he dedicado a esta profesión el tiempo suficiente para asumir esto sin ironía, pero con cierto desdén. Nada de ello pretende ser un prólogo a estas confidencias, sino simplemente una reflexión.
Estaba sentado en la cima de una alta y árida montaña amarillenta, viendo a lo lejos cómo se eleva el humo de mi pequeña morada, mientras el sol lanza sus rayos sobre el paisaje, amarillo sobre amarillo, en esta temporada seca de fin de estación. Y observaba a los dos elfos, el enano y la giganta ascender la pendiente hacia mí, con los brazos abiertos en signo de homenaje. Sin presentes -se me conoce por ser celoso y caprichoso; sin duda las ofrendas no son lo mío- pero con el claro deseo de agradarme. Se detuvieron a una distancia respetable, y el mayor de los personajes avanzó.
- Saludos -dijo-. Venimos en son de paz y humildad. ¿Es ésta la fórmula adecuada?
-No lo sé -repuse-. ¿Qué tiene que ver aquí el formulismo? ¿Eres el portavoz?
- Preferiríamos que fuera así -contestó el enano.
Parecía bastante agradable, no excesivamente deforme y con rasgos bastante típicos. La misma descripción valía para todos ellos, aunque había cierta agresividad en la actitud de la giganta que podría haber resultado amenazadora en otras circunstancias. Por supuesto no hay brujo que tropiece con «otras circunstancias». Vivimos de una for­ma ordenada, rodeados de reverencia, cuando no del más puro servi­lismo.
- Desde luego -prosiguió el enano-, podríamos hablar uno por uno. Pero nos llevaría demasiado tiempo.
- El tiempo es oro -asentí-. Es nuestra única moneda. No debe­mos malgastarla.
-Y de todos modos hay consenso -agregó el enano-. Así que de­jaremos que se encargue Meyer, si no te importa.
- Soy Meyer -se presentó el más alto de los elfos-. Mi compañero es Sigmundo. Este pequeño de aquí es Sigfrido el enano, y Bárbara. Bárbara no siempre ha estado con nosotros. Nos conocimos hace poco.
-En el valle -explicó Bárbara-. Compartimos lugares e historia, y ya que perseguimos los mismos objetivos decidirnos aunar nuestras fuerzas.
-Naturalmente -dije-. Pero sólo designasteis a un portavoz.
Un indicio de reproche se respiraba en el aire amarillento, como ascuas ante la puesta de sol. Meyer se ajustó la capa, y miró a los demás con nerviosismo.
- Es verdad -repuso-. Tienes razón al llamarnos la atención. Nues­tro tiempo es limitado y grande nuestra necesidad. Venimos a solicitar ayuda.
-Ayuda -repetí-. Todo el mundo necesita ayuda. Me siento aquí tanto a la luz del día como en la oscuridad, observando el tumulto de las estaciones y no ocurre nada, nada en absoluto, salvo que de vez en cuando solicitantes como vosotros vienen en busca de ayuda. Ese es mi destino, por supuesto -añadí-. No pretendo mostrar resenti­miento. Lo mío es la brujería, al igual que lo vuestro es la petición. Pero después de cierto tiempo llega a aburrir.
- Bueno, eso lo entiendo -declaró Meyer-. Puedo comprender cómo ha ocurrido. Quizá deberíamos marcharnos, sencillamente.
- Hazle la pregunta, Meyer -terció la giganta-. No te dejes intimi­dar. Puede que viva entre el humo y el fuego, pero tiene que calentar las ollas como cualquiera de nosotros. Y creo que los truenos lo ha­cen temblar.
- ¿Acaso no habla maravillosamente? -comentó Sigmundo, el elfo-.No bien empezó a hablar con nosotros en el valle supimos que tenía un gusto exquisito para el lenguaje. En serio, ¿qué haríamos sin nues­tra lengua? Admiro mucho a los que saben hablar.
La giganta miró intensamente a Sigmundo y luego se giró. El ena­no, Sigfrido, agitó la cabeza de tal modo que sus facciones se sacudie­ron de una forma de lo más arriesgada, y le dio una patada a una piedra.
-Sabía que esto no saldría bien -gruñó-. Venga, vámonos. Quizá nos encontremos a algún Alberico allí abajo. Creo que abandonamos demasiado pronto, y subimos demasiado rápido.
Meyer se quedó mirándome.
-¿Ves los problemas que tenemos? -dijo-. No tenemos un plan ni nada parecido. Actuamos sobre la marcha.
- Más bien lo liamos todo -lo corrigió Sigfrido-. Conocemos a un mago de verdad y no lo dejamos hablar. Subimos toda esta montaña...
-No puedo encontrar el anillo por vosotros -lo interrumpí.
Me miraron todos intensamente prestando una gran atención, lo cual me infundió ánimos. No hay duda de que una frase pronunciada en el momento justo, al igual que un buen hechizo, puede producir una agradable sensación de bienestar. El ser tomado por algo y demostrar que no se es así realmente proporciona un tipo de placer que me he negado durante mucho tiempo, pero a veces, a pesar de todo, aparece eso arrogante necesidad de suscitar una reacción.
-El anillo está en el fondo del río -expliqué-. Fue arrojado allí hace mucho tiempo y no se puede recuperar. Soy tan incapaz de con-seguir el anillo como de despertar a los muertos. Por tanto me temo que aquí finaliza vuestra entrevista. De verdad que no hay nada que se pueda hacer.
-Os lo dije -afirmó Bárbara, la giganta, disgustada. Alzó un pie para darle una patada a Meyer, y luego, ante mi severa mirada, pareció reconsiderar su gesto-. Es cierto -dijo resentida-. Les dije que no quedaríamos satisfechos.
-Oye -le contestó Sigmundo-, si estás tan segura de ello, si ya lo has comprendido todo, ¿por qué no te vas a pasear por el valle, de vuelta a tu castillo? No pensábamos traerte aquí en un principio.
Sigfrido me observó fijamente con una penetrante mirada de enano.
- ¿Ves cuál es el problema? -dijo-. Este es el problema: vivimos envueltos en riñas, calumnias y enemistad. No hay duda de que, si recuperáramos el anillo, todo esto pasaría y viviríamos de nuevo en paz y armonía. ¡Cómo anhelan armonía nuestras almas! Pero tú nos dices que nuestro camino es infructuoso. Es muy desalentador.
- Sé que es inútil -respondí-. Los Albericos estuvieron aquí no hace ni dos puestas de sol. Tuvimos una larga conversación, ellos y yo, antes de los fuegos. Me informaron de la pérdida permanente del anillo.
- Eso es lo que se rumoreaba -comentó Meyer.
- Hubo tentativas de recuperarlo -añadí-. Varios Albericos orga­nizaron una inmersión y se metieron en el río, haciendo caso omiso de los fuertes gritos y burlas de las doncellas del Rin. Intentaron recu­perar el anillo de forma desesperada, tras lamentar terriblemente su pérdida.
- Sin éxito, por supuesto -acotó Bárbara.
-Sin éxito ninguno -corroboré-. Se ahogaron. Es decir, cuatro Albericos se ahogaron y al quinto lo arrastraron sus hermanos hasta la orilla en estado inconsciente. Me han dicho que aún no se ha recupe­rado, aunque de vez en cuando suplica por el regreso del anillo. Los Albericos son tan impotentes como todos nosotros. Me temo que sus poderes también se han hundido en el río.
-¿Ellos te contaron todo esto? -inquirió Sigfrido-. ¿Admitieron tan fácilmente su impotencia?
-No hay secretos para un hechicero -contesté-. Incluso en estos tiempos difíciles al final de la cronología, con el anillo en el fondo del río, los Albericos siguen con sus expediciones desesperadas y vo­sotros con vuestros grupos de búsqueda, intentando encontrar en vano aquello que ya se consideraba perdido. Pero ya está bien de hablar de esto, de hacer comentarios que no nos llevan a ninguna parte. Me temo que no puedo hacer nada por vosotros, y por tanto debéis marcharos.
-Os lo advertí -repitió Bárbara-. Os dije que esto era una idea absurda y tonta. -Le dio una patada a Sigfrido-. Que no, decías. Va­yamos a ver al viejo, que tiene muchos secretos. Un día y una noche en esta montaña, luchando contra el ridículo, y éste ha sido el resultado.
- ¿Acaso tuviste una idea mejor? -replicó Sigfrido, frotándose el to­billo, como pude observar bien, pero sin hacer el menor gesto amena­zador como venganza-. Fuiste tú la que quisiste acompañarnos en nuestra misión.
- ¿Ves cuál es el problema? -me dijo Meyer-. No hay entendimien­to, no hay armonía. Estamos amargados y descontentos, y sin duda ha sido la pérdida del anillo lo que nos ha conducido a esta situación, pero no se puede hacer nada.
-No -asentí-. No se puede hacer nada.
«Tontos y rezagados», me habría gustado decir, «no se podía hacer nada antes de que nacierais; estamos viviendo el final de una maldi­ción, estamos representando tan sólo lo que estaba escrito». Pero eso habría conducido a sermones sobre la predestinación y la mortalidad que habrían estado muy por encima de sus posibilidades.
- Así que ya lo veis -agregué al levantarme, abandonando mi pos­tura de confidente y alejándome de ellos con garbo-. De verdad que no se puede hacer nada más. Es posible que haya otros Albericos re-corriendo el territorio. Quizá podríais hablar con ellos, ver si tienen alguna idea. Pero dudo mucho que sea así.
-Tiene razón -reconoció Bárbara-. Lo único que podemos hacer es irnos. Por lo menos yo me voy -declaró, y se marchó cojeando.
Aunque era todavía más imponente por detrás que por delante, mos­traba una cierta humildad, había un cierto aspecto angustiado en su actitud que de algún modo me conmovía, aunque por supuesto nun­ca se lo habría confesado a ella ni a ninguno de -los demás. Todos la observamos con interés mientras descendía la montaña y, mucho más rápido de lo que yo hubiera podido adivinar, se convertía en un pe­queño objeto apenas visible. Cien Albericos no habrían conseguido desvanecerse tan pronto ni con mayor ignominia.
-Supongo que nos vamos todos -dijo Meyer-. Eras nuestra últi­ma esperanza, ¿sabes? Ya no nos quedan ideas.
-Y ha sido un viaje muy, muy largo -acotó Sigfrido-. No te pue­des imaginar lo difíciles que han sido las condiciones. Mira a Sigmun­do, por ejemplo. Podrías pensar que el ser enano lo protege del sufri­miento o de la verdadera pasión, pero sencillamente no es así; nos ha contado cosas...
-Vamos -lo interrumpió Meyer-, no creo que al mago le interese todo eso. Sé que a mí no me interesa. Ya he oído hablar bastante de ello y todavía nos queda mucho camino si queremos dormir lejos de los fuegos esta noche. -Inclinó la cabeza-. Gracias por las molestias que te has tomado.
-No hay de qué -respondí-. Si tuviera mayores poderes, habría podido ser diferente, pero ello también forma parte de las consecuen­cias. Me refiero a su destrucción. El mundo ha perdido mucho desde que desapareció el anillo.
-Sí, claro -asintió Sigmundo-, pero no queremos hablar de eso ahora, ¿verdad? -Bostezó, se giró y abrió las manos-. Vámonos. De todas formas es probable que ella esté abajo esperándonos.
-Claro que lo estará -aseguró Meyer-. No tiene adónde ir.
- Ninguno de nosotros tiene adónde ir -comentó Sigfrido con aire abstraído, sin dirigirse a nadie en especial.
Se cogieron del brazo, lo cual denotaba más entendimiento del que habían mostrado al dirigirse a mí (aunque tal vez era tan sólo una prue­ba más de su nueva decepción), y se marcharon cojeando. Al aden­trarse en la luz envolvente, me pareció que uno de ellos hacía un ade­mán con la mano, pero era difícil saberlo con seguridad. De todos modos no tenía importancia.
Me encogí de hombros (otro encuentro concluido) y regresé a mi morada. Dentro estaba desapareciendo el olor a humo, y llegué justo a tiempo para arrojar algo más de leña al fuego. Inmóviles corno sa­pos, con sus pequeños ojos relucientes, los seis Albericos encaramados en las paredes me miraron fijamente, sin decir nada.
-Me he deshecho de ellos -comuniqué.
Los Albericos parpadearon, murmuraron y se frotaron entre sí.
-Muy sencillo -les expliqué-. Ni siquiera desconfían ya. Se fueron en la mitad del tiempo que el último grupo. Bien pronto, ni si-quiera harán preguntas. Sólo les haré una señal con la mano, negaré con la cabeza y se marcharán.
Los Albericos lanzaron lo que pareció una risa chillona. Uno gesticu­ló una pregunta.
-Todavía no -respondí-. No es el momento.
Me miraban fijamente. Reflexioné en su pérdida de la palabra y por un instante consideré su restitución, pero decidí que no era el momento. Todo había sido mucho más fácil, mucho menos desagradable, con los Albericos desprovistos de lengua e incapaces de hablar.
-Pronto se irán -aseguré-. Pero creo que vendrán otros grupos. No es más que una cuestión de purgación.
Los Albericos me miraron desconcertados.
- Pronto bajaremos al río -añadí-. Lo planearemos todo e iremos juntos al río.
Los Albericos asintieron gustosos ante dicha perspectiva. La pérdi­da de la palabra no significa pérdida de comprensión. Al contrario, intensifica la comprensión, como sabe cualquier hechicero. En aquel momento, pues, parecía que los Albericos, al igual que yo, lo com­prendían todo.
-Mío -susurré-. Será sólo mío.
Los Albericos asintieron con la cabeza.
-Todo mío -repetí.
- No -dijo con firmeza una voz fuera de la tienda.
Y entonces, a través de la abertura, vi a los cuatro en actitud amena­zadora y decidida: los dos elfos, el enano y la giganta.
-Más bien no -agregó Bárbara. Alcé la mano, como si estuviera a punto de echar un conjuro. Ella fue hasta el montón del rincón y levantó un leño-. ¿Lo veis? -dijo-. Tenemos nuestra propia magia. Los Albericos se pusieron a reír, traidoramente.
Tuve que reconocer que la situación se me había ido de las manos.

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