Editado originalmente como PROBLEMS OF CREATIVINESS en
1967
Sentía un dolor sordo, una especie de vacío en la zona
del hígado, el asiento de la inteligencia, según la Psicología de Aristóteles; era como una sensación de que alguien
estaba dentro de su cuerpo inflando un globo, y que aquel globo era su
organismo. Unas veces la ignoraba, pero otras no podía hacerlo, igual que
cuando se tiene una encía hinchada e incesantemente se comprueba su estado con
la lengua o un dedo. Se sentía enfermo y las piernas le dolían de estar tanto
tiempo sentado.
El profesor Offengeld estaba hablando de Dante. Dante
había nacido en 1265. «Nació en 1265», escribió en su cuaderno.
Se habría sentido igual aun a pesar de la frialdad de
Milly, pero esto no hacía más que empeorar las cosas. MilIy era su chica, y ambos se amaban, pero durante
las tres últimas noches ella le esquivaba ostensiblemente, diciendo que tenía
que estudiar, o alegando cualquier otra excusa absurda.
El profesor Offengeld hizo una observación jocosa y
los demás alumnos que se hallaban en el auditorio se echaron a reír. Birdie
estiró las piernas por el pasillo y bostezó.
-El infierno que Dante nos describe, es el que cada
uno de nosotros llevamos secretamente en lo más recóndito de nuestra alma
-aseguró Offengeld, solemnemente.
-Tonterías, se dijo para sus adentros. Todo eso era un
montón de tonterías. Escribió «tonterías» en su cuaderno, y luego dio a las
letras un aspecto de relieve, sombreando los lados con todo cuidado.
Offengeld les hablaba ahora acerca de Florencia, de
los papas y esas cosas.
-¿Qué es simonía? -preguntó el profesor. Birdie estaba
escuchando, pero no se dio cuenta de la pregunta. En realidad no la oyó, pues
trataba de reproducir en su libreta el rostro de Milly, aunque no sabía dibujar
demasiado bien. Exceptuando las calaveras. Estas le salían espléndidamente. Tal
vez debió haber asistido a una escuela de Bellas Artes. Convirtió la cabeza de
MilIy en una calavera con larga cabellera rubia. Sintióse aún más enfermo.
Ahora le dolía el estómago. Quizá era la barrita de
Synthamon que había tomado en lugar de una comida caliente. No se sometía a una
dieta equilibrada, yeso era un error. Durante más de dos años había comido en
cafeterías y descansado en dormitorios comunes. Desde que se diplomó en la
escuela de segunda enseñanza, para ser más exactos. Aquella vida era un
infierno. Necesitaba un hogar, una existencia regular. Tenía que sentar cabeza,
en suma. Cuando se casara con MilIy iban a tener lechos gemelos. Tendrían un
apartamento de dos habitaciones para ambos, y una de las estancias serviría
sólo de alcoba. En ella no habría nada más que dos lechos. Se imaginó a MilIy
en su elegante uniforme de azafata, y luego comenzó a desnudarla mentalmente.
Cerró los ojos. Le quitó primero la chaquetilla con la insignia de la
Pan-American sobre el pecho izquierdo. Luego soltó el broche de la cintura y
descorrió la cremallera. Deslizó la falda por encima del terso pantaloncito.
Este era del tipo antiguo, con encajes en los dobladillos. También la blusa
estaba confeccionada de un modo tradicional, con muchos botones. Era engorroso
soltar tantos botones. Birdie perdió interés en la imagen.
Los reos de pecados de la carne se hallaban en el
primer círculo, dijo el profesor, porque su pecado era menor. Francesca de
Rímini, Cleopatra, Elizabeth Taylor. La clase entera celebró la bromita del
profesor Offengeld. Todos conocían a Elizabeth Taylor por la asignatura de
Historia del Cine, cursada el año anterior.
Rímini era una ciudad de Italia. ¿A quién demonios
podía interesarle semejante tostón? ¿Qué importaba el lugar donde había nacido
Dante? Tal vez nunca había existido. Aun así, ¿en qué podía afectarle a él,
Birdie Ludd?
En nada. ¿Por qué no se decidía a hacerle esas
preguntas a Offengeld? ¿Por qué no le pedía que se callara de una vez?
La razón principal era que Offengeld no se encontraba
allí. Lo que parecía el profesor era en realidad un flujo de electrones dentro
de un gran cristal sintético. El Offengeld de carne y hueso había muerto dos
años antes. En vida, el profesor fue considerado como el mayor erudito en los
estudios sobre Dante y su literatura, y por ello el Consejo Educativo Nacional
estaba empleando sus cintas aún.
Aquello era ridículo. Dante, Florencia, los papas
simoníacos... Ahora ya no estaban en la condenada Edad Media; sino en el
condenado siglo XXI, y él era Birdie Ludd, estaba enamorado, se encontraba solo
y sin trabajo, y no podía hacer nada para remediarlo, nada en absoluto, ni
disponía de un solo lugar donde refugiarse en todo aquel hediondo país.
La sensación de vacío que experimentaba en el interior
del pecho se acentuó, y de nuevo trató de pensar en los botones de la
imaginaria blusa de Milly, así como en la carne tibia y familiar que había
debajo. Seguía sintiéndose enfermo. Rompió la hoja con la calavera dibujada, no
sin echar una ojeada culpable al cartel que había sobre el estrado del
auditorio, y que decía: EL PAPEL ES VALIOSO. NO LO DESPERDICIES.
Entonces dobló los trozos con cuidado y siguió
doblándolos hasta que fueron demasiado gruesos para seguir con la operación. Por
fin introdujo el papel en el bolsillo de su camisa.
La
muchacha que se sentaba a su lado le estaba mirando con mala cara por
desperdiciar el papel de esa forma. Como otras chicas vulgares, era una
acérrima conservadora, pero tenía excelentes notas, y Birdie contaba con ella
para pasar los exámenes finales. Por consiguiente, le dirigió una sonrisa.
Tenía una sonrisa realmente simpática. Todo el mundo se lo decía. Su único
problema era la nariz, demasiado chata.
El
profesor Offengeld dijo en ese momento:
-Y
ahora vamos a realizar una pequeña prueba de asimilación. Por favor, cierren
sus cuadernos y colóquenlos debajo de los asientos.
Su
imagen se desvaneció, y se encendieron las luces del auditorio. A continuación,
una voz grabada resonó en la sala:
-¡No
hablen, por favor!
Cuatro
monitores negros procedieron a distribuir las hojas con el cuestionario a los
quinientos estudiantes que había en el auditorio.
Volvieron
a debilitarse las luces y la primera elección múltiple apareció en la pantalla:
1.
Dante Alighieri nació en: a) 1300, b) 1265, c) 1625, d) fecha desconocida.
Por
lo que a Birdie se refería, la fecha era desconocida. La perra que se sentaba a
su lado estaba ocultando su cuestionario. ¿Cuándo demontre habría nacido Dante?
Había escrito la fecha en el cuaderno, pero no la recordaba. Alzó la vista para
mirar de nuevo la pregunta, pero ya habían colocado la segunda en la pantalla.
Hizo una señal en el espacio (c), y luego la borró, sintiendo vagamente que no
estaba acertado; mas, al fin, volvió a trazar la misma marca. Cuando levantó de
nuevo la mirada, aparecía ya la cuarta pregunta en la pantalla.
Esta
vez debía elegir entre una serie de nombres ridículos de los que nunca había
oído hablar. Aquel maldito cuestionario no tenía pies ni cabeza. Irritado,
marcó la (c) en todas las preguntas, por anticipado, y luego entregó la hoja de
papel al monitor que estaba en la parte anterior de la sala. El individuo le
dijo que no podía abandonar el auditorio hasta que terminase la prueba. Birdie
tomó asiento en un rincón oscuro y procuró pensar en Milly. Algo marchaba mal,
pero no sabía lo que era. Sonó en ese momento la campanilla, y todos lanzaron
un suspiro de alivio.
El
número 334 de la calle 11 era uno de
los veinte edificios idénticos que se construyeron en 1980 bajo el primer
programa MODICUM, del Gobierno federal. Cada edificio tenía veintiún pisos (uno
para tiendas, y el resto para viviendas), y las plantas presentaban forma de
esvástica; con los brazos abiertos hacia cuatro apartamentos de tres
habitaciones (para parejas con hijos), y seis apartamentos de dos habitaciones
(para parejas sin hijos). Por consiguiente, cada edificio podía albergar a
2.240 ocupantes sin que se sintieran hacinados. El polígono, que ocupaba una
zona de menos de seis manzanas de casas, albergaba una población de 44.800
almas. Había sido una notable realización, para su tiempo.
«¡Cállense!»
Alguien, un hombre, estaba gritando por el patio de ventilación del número 334
de la calle 11. «¿Por qué no se callan, de una vez?» Eran las siete y media, y
el individuo llevaba chillando cuarenta y cinco minutos por el patio, desde que
regresara de su trabajo (tres horas lavando platos en una cafetería). No era
fácil saber a quién le gritaba. En otro apartamento, una mujer vociferaba,
dirigiéndose a un hombre: «¿Qué significa esto, veinte dólares?» y el hombre le
replicó, no menos sonoramente: «¡Veinte dólares; eso es lo que significa! »
Numerosas
criaturas lanzaban vagidos de descontento, y otros niños mayores hacían ruidos
más fuertes mientras jugaban a las guerrillas en los pasillos. Birdie, sentado
en la escalera, alcanzaba a ver, en el piso inferior, a una chiquilla negra de
trece años que bailaba en aquel lugar, frente a la luna de un armario, y
cantaba acompañando la música de un transistor que mantenía en el hueco de sus
senos adolescentes. No puedo decir cuánto
le amo, tronaba la radio, a todo volumen. No era una canción que agradase
especialmente a Birdie Ludd, pero estaba catalogada en el tercer Jugar del
listín de éxitos del país, y eso quería decir aIgo. La muchacha tenía un
traserillo bastante mono; Birdie pensó que la chica iba a hacer estallar las
costuras de su pantaloncito de calle. Trató él de abrir la estrecha ventana que
comunicaba la escalera con el patio de ventilación; pero se hallaba atascada.
Retiró las manos cubiertas de hollín, y lanzó débilmente una maldición. «¡Ni
siquiera puedo oír lo que pienso! », aulló el hombre por el patio.
Al
oír que alguien subía, Birdie se
sentó, abrió su libro de texto e hizo como que estaba leyendo. Pensó que talvez
sería Milly (fuera quien fuese, usaba tacones altos), y en la garganta comenzó
a hacérsele un nudo. En el caso de que fuera Milly, ¿qué iba a decirle él?
Pero
no era Milly. Tan sólo se trataba de una anciana que llegaba cargando con el
bolso de la compra. Se detuvo en el rellano, debajo de Birdie, apoyóse en la
baranda, suspiró y dejó en el suelo la bolsa. Luego se colocó un palillo rosado
de Oralina entre los fláccidos labios, y al cabo de unos segundos sonrió a
Birdie. Este frunció el ceño y se enfrascó en la contemplación de una mala
reproducción de La muerte de Sócrates, de
David, que figuraba en su texto.
-Estudiando,
¿verdad? -inquirió la anciana.
-Sí,
eso es lo que estoy haciendo. Estudiando. -Así me gusta.
La
vieja se quitó el tranquilizante de la boca, y lo mantuvo entre los dedos
índice y medio, como si fuera un cigarrillo. Se ensanchó su sonrisa, como si
estuviera pensando alguna ocurrencia graciosa.
-Es
muy conveniente que los jóvenes estudien -declaró al fin, entre risitas.
La
radio comenzó a emitir un nuevo anuncio de la Ford. Era uno de los favoritos de
Birdie, y éste deseó que el carcamal se callara para poder oírlo.
-No
se puede ir a ninguna parte, en estos días, sin tener estudios -insistió ella.
Birdie
siguió mudo. La vieja se decidió a abordar un nuevo tema.
-Estas
escaleras... -dijo, y se calló.
Birdie,
irritado, levantó la mirada del libro. -¿Qué pasa con las escaleras? -preguntó.
-¿Qué
pasa? Pues que los ascensores están estropeados desde hace tres semanas. Eso es
lo que pasa. ¡Tres semanas!
-¿Y
qué?
-Pues
que ya podían arreglarlos, de una vez. Pero no hace uno más que llamar a la
oficina de MODICUM, y le contestan con evasivas. Es inadmisible.
A
Birdie le hubiera gustado amordazarla. Le estaba estropeando el anuncio.
Además, hablaba como si hubiera pasado toda su vida en algún edificio privado,
y no en un mísero suburbio de MODICUM. En realidad hacía años, y no semanas,
que los ascensores de aquel edificio no funcionaban.
Con
gesto de disgusto, Birdie se hizo a un lado en el escalón para que la anciana
pudiera pasar por donde él estaba. Subió ella tres escalones, hasta que su
rostro estuvo a la altura del de Birdie. La mujer olía a cerveza, a Synthamon
ya vejez. El odiaba a los viejos. Le irritaban sus rostros arrugados y el
contacto de su piel fría y reseca. Precisamente porque había tantos viejos,
Birdie Ludd no podía casarse con la muchacha que amaba, ni le permitían tener
un hijo. Eso era una verdadera vergüenza
-¿
Qué estás estudiando? Birdie echó una ojeada al pie de la ilustración, que no
había leído antes.
-Sócrates
repuso él, acordándose vagamente de algo que había dicho el profesor de Historia
de Arte-. Es el tema del cuadro, un cuadro griego.
-¿Vas
a estudiar pintura, u otra cosa?
-Otra
cosa -dijo Birdie, secamente.
-Eres
el amigo de MilIy Holt, ¿no es cierto?
No
hubo respuesta.
-¿Acaso
la estás esperando esta noche?
-¿Hay
una ley que prohíba esperar a alguien?
La
vieja se rió ante el rostro de él, y luego se dispuso a seguir hasta el próximo
rellano. Birdie trató de no mirarla, pero no pudo evitarlo. Se miraron a los
ojos, y ella volvió a reírse. Sin poder contenerse, Birdie le preguntó de qué
se reía, y la vieja replicó enseguida:
-¿Hay
alguna ley que prohíba reírse? A continuación siguió lanzando carcajadas, hasta
que éstas se convirtieron en una tos ronca, como la que recordaba de una
película de educación sanitaria acerca de los peligros del tabaco. Birdie se
preguntó si la vieja sería una adicta al vicio. Él conocía a numerosos hombres
que fumaban. Pero aquello parecía repugnante en una mujer.
Varios
pisos más abajo se oyó el sonido de una puerta al cerrarse. Birdie miró por el
abismo del pozo de la escalera, y pudo ver una mano que ascendía por la
barandilla. Tal vez era la de Milly. Los dedos eran delgados, como los de ella,
y las uñas pintadas de color dorado. No obstante, en la tenue luz de la
escalera, resultaba difícil asegurar algo. Un sentimiento de esperanza le hizo
olvidar la risa de la anciana, el hedor de la basura y los gritos que se oían
por todas partes. El pozo de la escalera se convirtió en el escenario de un
romance, como los de la televisión.
La
gente le había dicho siempre que Milly era lo suficientemente hermosa como para
poder ser actriz. Y él mismo hubiera tenido mucho mejor aspecto de no haber
sido por la nariz. Ya imaginaba cómo exclamaría ella: «¡Birdie!», cuando le
viera esperándola; cómo le besaría, y le haría entrar enseguida en el piso de
su madre...
Al
llegar al piso once o doce, la mano abandonó la baranda y no volvió a aparecer.
Evidentemente, no había sido Milly.
Echó
una ojeada a su reloj «Timex», garantizado. Eran las ocho en punto. Aún podía
aguardar un par de horas a Milly. Luego tendría que tomar el Metro, de regreso
a su alojamiento; una hora de viaje. De no ser por los exámenes, habría seguido
esperando allí toda la noche.
Volvió
a sentarse, para estudiar Historia del Arte. Observó la reproducción del cuadro
de Sócrates bajo la luz mortecina. El griego sostenía con una mano una gran
copa, y con la otra estaba señalando a alguien. En modo alguno parecía estar
muriéndose. El examen semestral de Historia del Arte sería al día siguiente, a
las dos de la tarde. Tendría que estudiar a fondo. De nuevo examinó la
ilustración. ¿Por qué pintaría cuadros la gente, después de todo? Siguió
mirando hasta que le dolieron los ojos.
En
algún lugar estaba llorando un crío. «¡Silencio! ¿Por qué no se callan de una
vez? ¿Han perdido el juicio?» Una pandilla de arrapiezos, que jugaban a
guerrilleros birmanos, bajó corriendo las escaleras, y un minuto después otro
grupo, éste de tropas norteamericanas, pasó persiguiéndolos y gritando
barbaridades.
Mientras
seguía contemplando la ilustración en la penumbra, Birdie comenzó a llorar.
Estaba seguro, aunque no era capaz de admitirlo de viva voz, de que MilIy le
estaba engañando. Él amaba tanto a Milly, era tan hermosa... La última vez que
la vio le llamó estúpido. «Eres un estúpido -le dijo-, y me pones enferma.»
Pero era tan hermosa...
Cay6
una lágrima sobre la copa de Sócrates, y fue absorbida por el papel barato del
libro. La radio comenzó a transmitir un nuevo anuncio. Poco a poco fue
serenándose. ¡Debía esforzarse por estudiar, caramba!
Vamos
a ver, ¿quién demonios era Sócrates?
El
padre de Birdie Ludd era un hombre rollizo, con una barbilla huidiza y nariz
chata, como su hijo. Desde la muerte de su esposa, había vivido en un
dormitorio de MODICUM para hombres maduros, donde Birdie le visitaba una vez al
mes. No tenían nada de qué hablar, pero la gente de MODICUM insistía en que los
miembros de las familias debían de seguir unidos. La vida familiar era la
fuerza de cohesión más poderosa que había en cualquier sociedad. Se veían en la
sala de visitas, y si alguno de los dos había recibido una carta de los
hermanos o hermanas de Birdie, hablaban un poco de ello. También miraban algo
la televisión (especialmente si había partido de béisbol, pues el señor Ludd
era apasionado seguidor de los Yanquis). Luego, poco antes de marcharse Birdie,
su padre le pedía prestados cinco o seis dólares, ya que la asignación que
recibía de MODICUM no le bastaba para proveerse de Thorazina. Birdie, claro
está, nunca tenía nada para prestar.
Cada
vez que el muchacho visitaba a su padre, se acordaba del señor Mack. Este había
sido su consejero tutor en la clase superior de P.S. 125 y, como tal, desempeñó
un papel mucho más importante en la vida de Birdie que su propio padre. Se
trataba de un hombre calvo, de edad madura, con un vientre tan protuberante
como el del padre de Birdie, y una característica nariz judía. Birdie siempre
tuvo la impresión de que el consejero le tomaba a broma, que su benevolencia
era un disfraz bajo el cual escondía un desdén ilimitado, y que sus buenos
consejos no eran más que una burla. Lo malo era que Birdie no podía hacer otra
cosa que aguantar. El señor Mack era quien tenía la sartén por el mango, y
había que obedecerle.
En
realidad, el señor Mack experimentaba una especie de tibia simpatía hacia
Birdie Ludd. De los diversos estudiantes que habían fracasado en la REGENT,
Birdie era, sin duda, uno de los más simpáticos. Nunca se comportó con
violencia o grosería durante las entrevistas, y siempre parecía estar dispuesto
a intentar lo mejor.
-Lo
cierto es -le había dicho una noche el señor Mack a su mujer, confidencialmente
(ella también hacía como de consejera tutora) que se trata, a mi juicio, de un
magnífico ejemplo de falta de adaptación al sistema, porque el muchacho es
básicamente decente.
-Vamos,
vamos -repuso ella-. Tú si que eres básicamente un viejo bonachón.
En
realidad el caso de Birdie no era tan excepcional. El Congreso había aprobado
la ley de Revisión Genética (REGENT, como era vulgarmente conocida) en el año
2011, siete antes de que Birdie hubiera cumplido los dieciocho años y tuviera
que someterse a ella. Pero ahora la agitación y las protestas habían concluido,
y el sistema parecía desenvolverse con toda normalidad. Las cifras de la
población se habían mantenido invariables desde el año 2014.
El
primer decreto instituido en ese ámbito, en 1998, era menos concreto. En él,
simplemente se especificaba que los individuos evidentemente indeseables, desde
el punto de vista genético, como los diabéticos, los locos peligrosos y los
idiotas, no tendrían el privilegio de poder reproducirse. También se les negaba
el voto. El decreto de 1998 no encontró virtualmente oposición alguna, y fue
fácil implantarlo, ya que por aquella época los métodos cívicos anticonceptivos
se aplicaban en todas partes, menos en las zonas rurales más atrasadas. La
principal misión del decreto de 1998, fue preparar el camino al sistema de la
REGENT.
Esta
prueba comprendía tres partes: en primer lugar, el ya conocido examen de Stanford-Binet,
relativo a la inteligencia; luego el Skinner-Waxmann, de potencial creador (que
consistía, en gran parte, en elegir una serie de líneas punteadas especiales),
y por fin la prueba O'Ryan-Ejército, de aptitud física, con el examen de
metabolismo. Los candidatos fracasaban si recibían una puntuación que, en dos
de las tres pruebas, estuviera por debajo del límite admitido. Birdie Ludd
estuvo nervioso el día de su REGENT (era un martes trece, ¡condenación!), y
justamente en medio de la prueba de Skinner-Waxmann un gorrión entró en el
auditorio y provocó un revuelo, por lo que Birdie no se pudo concentrar. En
consecuencia, no le extrañó demasiado saber que le habían suspendido en la
prueba de cociente intelectual y en la Skinner-Waxmann. En el examen de aptitud
física, Birdie obtuvo cien puntos (el máximo en la curva normal), lo que le
hizo sentirse muy orgulloso.
Birdie
no creía realmente en el fracaso, al menos como situación permanente. Había
suspendido el tercer año; pero ¿le había impedido eso terminar los estudios de
segunda enseñanza? En absoluto. Lo importante, según el señor Mack había
advertido en una asamblea especial a Birdie ya los otros 107 candidatos que
fueron suspendidos, era que el fracaso podía considerarse tan sólo como un
punto de vista, y que la confianza en sí mismos podía resolver la mayor parte
de los problemas. Birdie creyó aquellas palabras entonces, y firmó para que
volvieran a examinarle en la gran sede que la oficina de Salud, Educación y
Beneficencia tenía en la ciudad. En esta ocasión, realmente, se aplicó al
estudio. Compró la obra C6mo puede usted
añadir veinte puntos a su cociente de inteligencia, por L. C. Wedgewood,
doctor en Filosofía, y Sus exámenes
REGENT, preparada por el Consejo Nacional de Educación. En este último
libro había una docena de pruebas de ejemplo, y Birdie resolvió todos los
problemas fáciles de cada prueba (lo único importante, según el mismo libro
explicaba, eran las treinta primeras preguntas; las treinta segundas eran para
genios precoces). Al llegar el día del segundo examen, Birdie se mostraba
optimista y confiado en sí mismo.
Pero
las preguntas fueron absurdas. Ninguna estuvo de acuerdo con lo que había
estudiado. Para la prueba de inteligencia tuvo que sentarse en una sofocante
cabina, junto a una vieja vestida de negro, para repetir números de teléfono
según ella se los iba apuntando, y tanto en el orden normal como al revés,
¡Pero con el número de zona, además! Luego la mujer le enseñó distintos dibujos
y él tuvo que decir lo que había de erróneo en ellos. Con mucha frecuencia no
había nada equivocado. Así siguieron las cosas durante más de una hora.
La
prueba de capacidad creadora era aún más difícil. Le entregaron unos alicates y
le llevaron a una estancia vacía, de cuyo techo pedían dos trozos de alambre.
Birdie tenía que unir los dos alambres.
Aquello
era imposible. Tal como estaban colocados esos alambres, aun utilizando los
alicates, no había posibilidad de efectuar el empalme. Trató de conseguirlo una
docena de veces, y no logró nada. Cuando abandonó la estancia, estaba a punto
de echarse a llorar.
Había
otras tres pruebas aún más ridículas que aquélla, y Birdie apenas hizo un
esfuerzo para resolverlas. Era imposible.
Luego
le indicaron la forma de solucionar el problema de los alicates y los alambres,
y no le pareció demasiado difícil. En verdad no era más que un vulgar truco, y
eso le puso de un humor realmente endemoniado. Consideraba que ejercicios como
ésos eran una injusticia. Pero, ¿qué podía hacer él? Nada. ¿A quién podía quejarse?
A nadie. Lo hizo ante el señor Mack, quien prometió hacer lo posible por ayudar
a Birdie, procurando que volvieran a calificarle debidamente. Lo importante era
recordar que el fracaso tan sólo suponía una actitud negativa. Birdie debía
pensar positivamente, y aprender a ayudarse a sí mismo. El señor Mack le
sugirió entonces que fuera a la Universidad.
En
esos momentos la Universidad era en lo último que Birdie podía haber pensado.
Sólo pensaba en descansar, después de los fatigosos exámenes. Y, por otra
parte, él no pertenecía al tipo universitario. Claro está que no era un
zoquete, pero tampoco pretendía hacerse pasar por un genio. El señor Mack le
dijo entonces que el 73 por ciento de los diplomados en institutos de segunda
enseñanza iban a la Universidad, y que las tres cuartas partes de los que
comenzaban estudios superiores obtenían el diploma final. Birdie contestó:
-Sí,
claro, pero... Sin embargo, no fue capaz de decir lo que estaba pensando: que
el propio Mack era un condenado intelectual, y que por consiguiente no podía
saber lo que Birdie sentía acerca de la Universidad.
-Debes
recordar, Birdie, que se trata ahora de algo más que un proyecto de educación.
Si recibes una puntuación suficiente en REGENT, podrás abandonar los estudios,
podrás casarte y obtener un sueldo trabajando para MODICUM. Eso, si no tienes
más ambiciones...
Después
de un hosco y pesado silencio, el señor Mack abandonó la táctica de reprenderle
y optó por engatusarle.
-Supongo
que querrás casarte, ¿verdad? -inquirió. -Sí, pero...
-y
tener hijos, ¿no es eso? -Claro, pero...
-En
tal caso, a mi entender, la Universidad es lo que más te conviene, Birdie. Has
hecho tus REGENT y has fracasado. Volviste a efectuar las pruebas y lograste
una puntuación más baja que en las primeras. Después de eso, sólo te quedan
tres posibilidades: o bien realizas un servicio excepcional en beneficio de la
nación o de la economía del país, lo que no es fácil para una persona
corriente; o demuestras aptitudes físicas, intelectuales o creadoras muy superiores
al nivel demostrado en las REGENT que suspendiste, lo que también presenta
grandes problemas, u obtienes una licenciatura. Esto último me parece lo más
fácil, Birdie. Tal vez sea tu único camino.
-Creo
que tiene usted razón. El señor Mack sonrió satisfecho y se ajustó el cinturón
bajo el voluminoso vientre. Birdie se preguntó cuál habría sido la puntuación
obtenida por Mack en la prueba O'Ryan-Ejército, de aptitud física. Seguramente,
no fue de cien puntos.
-y
por lo que respecta al dinero -agregó Mack, mientras examinaba la ficha
educativa de Birdie-, no necesitas preocuparte por eso. Mientras mantengas unas
calificaciones medias, podrás obtener una beca del estado de Nueva York, como
mínimo. Supongo que tus padres no estarán en condiciones de ayudarte, ¿verdad?
Birdie
repuso que era así, efectivamente, y el señor Mack le entregó un formulario
para solicitar becas.
-Todo
ciudadano de los Estados Unidos tiene derecho a recibir educación superior,
Birdie. Si no conseguimos ejercitar nuestros derechos, la culpa será sólo de
nosotros. Hoy no hay excusa para los que no asisten a la Universidad.
Y
como Birdie Ludd no tenía excusa alguna, se inscribió en la Universidad. Desde
el principio le dio la sensación de que todo aquello era una trampa, un
rompecabezas con una solución capciosa que les habían descubierto a todos menos
a él. Un laberinto en el que los otros entraban y salían a voluntad, pero donde
Birdie, cada vez que intentaba hallar una salida, se veía ante un obstáculo
insalvable.
Pero,
¿qué otra cosa podía hacer? Birdie estaba enamorado.
En
la mañana del día en que se realizaba el examen de Historia del Arte, Birdie se
hallaba tendido en su cama, en el vacío dormitorio, pensando en su amor. No
podía dormir, pero tampoco sentía deseos de levantarse. Sin embargo, el cuerpo
le bullía de vitalidad, de energía juvenil, aunque no tenía ganas de
desperdiciar esas energías cepillándose los dientes y bajando a desayunar. A
decir verdad, ya era demasiado tarde para ir a desayunar. Se encontraba muy bien
allí.
Los
rayos del sol entraban por la ventana del sur, y una leve brisa susurraba,
agitando la cortina. Birdie rió quedamente al notar aquella sensación de
plenitud. Se volvió de lado, hacia la izquierda, y contempló, a través de la
ventana, un rectángulo perfecto de cielo azul. Una hermosura. Estaban en marzo,
pero más parecía abril o mayo. Ese iba a ser un día espléndido. Lo presentía
hasta en los huesos.
La
forma en que la brisa estremeció la cortina le hizo pensar en el verano
anterior. cuando el suave viento del lago jugueteaba con el cabello de Milly.
Habían ido a pasar un fin de semana al lago Hopatcong, en Nueva Jersey.
Encontraron un pequeño prado no lejos de la orilla, pero aislado de donde
estaban los bañistas por un seto de arbustos, y allí se hicieron el amor
durante casi toda la tarde.
A
continuación permanecieron tendidos, el uno al lado del otro, con la cabeza
apoyada en la hierba, mirándose a los ojos. Los de MilIy eran de color
avellana, con motas doradas. Los de él eran como un cielo sin nubes. Algunos
mechones del cabello de Milly, algo rebeldes tras el baño matinal, le cruzaban
el rostro. Birdie pensó que era la muchacha más hermosa del mundo. Cuando se lo
dijo, ella se limitó a sonreír. Sus labios estaban tibios y dulces, y no dijo
nada cruel.
Birdie
cerró los ojos para recordar mejor el momento en que la había besado.
-Te
quiero mucho, Birdie, te amo con toda el aIma -aseguró Milly.
y
él también la adoraba. Más que a nada en el mundo. ¿No lo sabía ella? ¿Acaso lo
había olvidado?
-Haré
cualquier cosa por ti -dijo él en voz alta, en el dormitorio vacío.
Ella
había vuelto a sonreír, después. Le susurró algo al oído. y Birdie pudo notar
que sus labios le rozaban el lóbulo de la oreja.
-Sólo
una cosa te pido, Birdie. Una cosa. y tú sabes bien lo que es.
-Lo
sé, lo sé. Él trató de volver la cabeza para hacerla callar con un beso, pero
ella se la retuvo firmemente entre sus manos.
-Debes
clasificarte debidamente. Aquello le sonaba casi cruel, pero cuando la miró de
nuevo a los ojos, no vio asomo alguno de saña, sino tan sólo amor.
-Quiero
tener un hijo, mi amor. Tuyo y mío. Quiero que nos casemos y que tengamos
nuestro propio piso, y una criatura. Estoy cansada de vivir con mi madre, y
también de mi trabajo. Deseo ser tu mujer; sólo pretendo lo que todas las
mujeres quieren. Por favor, Birdie.
-Estoy
haciendo lo posible, ¿no te parece? Dentro de tres años tendré un título
superior, y entonces volverán a clasificarme. Ese mismo día noS casaremos.
Él
la miró Con aire de perrillo herido. lo que habitualmente servía para que ella
dejase de discutir.
El
reloj de pared del dormitorio señalaba las 11,07. «Este será mi día de suerte»,
se prometió Birdie a sí mismo. Saltó del lecho e hizo diez flexiones sobre el
linóleo del piso, apoyado en los brazos. Aquel suelo no parecía ensuciarse
nunca, aunque Birdie jamás había visto a nadie limpiarlo. En la última flexión
no pudo levantarse, y se quedó allí, descansando con los labios pegados contra
el frío linóleo.
Luego
se incorporó y tomó asiento en el borde del desordenado lecho, observando la
cortina blanca que se movía a impulsos del viento. Pensó de nuevo en Milly, su
querida, hermosa y espléndida Milly. Deseaba enormemente casarse con ella, sin
que le importarse cuál era su clasificación gen ética. Si ella le amaba de
verdad, eso no podía constituir ningún inconveniente. No obstante, se daba
cuenta de que estaba haciendo la que debía, al esperar. Comprendía que el
apresuramiento era una necedad. Inmediatamente después de fracasar en la prueba
para rectificar su clasificación, Birdie trató de convencerla para que tomase
una píldora fecundadora que compró en el mercado negro por veinte dólares. La
píldora contrarrestaba el efecto del agente anticonceptivo que se vertía en el
agua de la ciudad.
-¿Estás
loco? -le gritó ella, entonces-. ¿Has perdido el juicio, Birdie?
-Sólo
quiero un hijo, eso es todo. ¡Condenación! Si no nos dejan tenerlo legalmente,
lo tendremos por nuestra cuenta.
-¿y
qué crees que pasará cuando descubran que estoy encinta ilegalmente?
Birdie
se encerró en un hosco silencio. No había pensado en aquel detalle.
-Me
harán abortar y tendré entonces una calificación negativa, en mi hoja de
servicios, para el resto de mi vida. ¡Dios mío, Birdie, a veces eres realmente
torpe!
-Podríamos
ir a México... -¿Y qué haríamos allí, morirnos, suicidarnos? ¿No has leído los
periódicos en estos últimos diez años?
-Bueno,
sé que lo han hecho otras mujeres. He leído las noticias de este año. Fue como
una protesta. Reclamaban sobre los derechos civiles, y esas cosas.
-¿Y
qué ocurrió entonces? Todos los chiquillos fueron recluidos en orfanatos
federales, y los padres terminaron en la cárcel. Además, los esterilizaron. ¿Es
posible que no supieras eso, Birdie?
-Sí,
lo sabía, pero... -Pero, ¿qué, estúpido? -Que había pensado...
-Tú
no piensas, eso es lo malo que tienes. Jamás piensas. Yo tengo que hacerlo por
los dos. Por suerte tengo más cerebro del que necesito para mí sola.
-Bah
-dijo él, burlonamente, al tiempo que exhibía su sonrisa especial, de estrella
de cine.
Ella
no podía resistir esa sonrisa; ahora se encogió de hombros y, después de lanzar
una breve carcajada, lo besó en los labios. No era capaz de estar enfadada con
Birdie más de diez minutos seguidos. Le hacía reír y olvidar todo lo que no
fuera su amor. En ese aspecto, Milly era como su madre. Y Birdie era como el
hijo de ella.
Las
11,35. El examen de Historia del Arte se iniciaba a las dos. Ya había perdido
la clase de las diez, sobre Aptitud de Consumo. Una lástima.
Birdie
se dirigió al cuarto de baño para asearse, y la radio automática comenzó a
sonar cuando abrió la puerta; Estaban tocando Vaya, vaya, ¿por qué soy tan feliz? Birdie también pudo haberse
hecho la misma pregunta.
Ya
de vuelta, en el dormitorio, trató de llamar por teléfono a Milly, a su
trabajo, pero sólo había un aparato en cada sección de segunda clase de los
reactores de la Pan-American, y solía estar ocupado durante todo el vuelo. Dejó
un mensaje para que ella le llamara, aunque sabía que no lo haría.
Resolvió
ponerse su jersey blanco, con el pantalón tejano del mismo color, y zapatillas
blancas. Se cepilló y peinó el cabello, miróse en el espejo del cuarto de baño
y sonrió complacido. La radio automática comenzó a transmitir su anuncio
favorito, el de la Ford. Solo, frente al espacio que había ante los urinarios,
comenzó a bailar mientras entonaba las estrofas de la serie comercial.
Sólo
tenía que hacer un viaje de quince minutos en Metro para llegar a Battery Park.
Compró una bolsa de cacahuetes, para dar de comer a las palomas del aviario.
Cuando se le terminaron los cacahuetes, deambuló entre las filas de bancos
donde los viejos se sentaban día tras día para contemplar el mar y aguardar la
muerte. Esa mañana, Birdie no sentía por los ancianos el mismo odio que la
noche anterior. Alineados en filas, bajo la intensa luz del sol, parecían estar
muy lejos; no daban la impresión de constituir una amenaza.
La
brisa que llegaba del puerto olía a sal, petró1eo y materias corrompidas, pero
en conjunto no resultaba un aroma desagradable, sino que, por el contrario, era
vigorizante. Si Birdie hubiese vivido unos siglos antes, tal vez habría sido
marino. Se comió dos barras de Synthamony bebió un bote de Fun.
El
cielo estaba lleno de aviones reactores. MiIly podía estar en alguno de ellos.
Una semana, sólo una semana antes, ella le había dicho:
-Te
amaré toda la vida. Nunca habrá ningún otro hombre para mí.
Birdie
se sentía enormemente contento. Un anciano. que vestía un antiguo traje con
solapas, avanzó, arrastrando los pies por el camino, apoyándose en la
balaustrada. Tenía el rostro casi cubierto por una cómica barba blanca, espesa
y rizada, que contrastaba notablemente con su cráneo, tan liso y desnudo como
el casco de un policía. Al pasar junto a 'Birdie le pidió una moneda, hablando
con un raro acento, ni español, ni francés, que hizo recordar algo a Birdie.
Este arrugó la nariz y le contestó:
-Lo
siento, yo también estoy sin un céntimo. Lo cual, en realidad, no era
precisamente la verdad. El viejo de la barba hizo un ademán poco académico, y
entonces Birdie recordó a quién se parecía. ¡A Sócrates!
Echó
una ojeada a su muñeca, pero se dio cuenta de que había olvidado ponerse el
reloj. Giró en redondo, y en ese momento el gigantesco reloj, anuncio del First
National City Bank, dio las dos y cuarto. No era posible. Birdie preguntó a
otros dos ancianos si era esa hora, y sus relojes lo confirmaron.
De
nada valía ya tratar de llegar al examen. Sin saber muy bien la razón, Birdie
esbozó una sonrisa.
Lanzó
después un suspiro que denotaba alivio, y se sentó a contemplar el mar.
-Lo
que quiero que comprendas, Birdie, si me dejas terminar, es que existen
personas más capacitadas que yo para aconsejarte. Hace ya tres años que no he
visto tu ficha. Desde entonces, desconozco los progresos que has hecho, y las
metas que te has trazado. Cierto es que hay un psicólogo en la Universidad, y
además...
Birdie
se agitó en la concha de plástico que era su asiento, y la mirada acusadora de
sus cándidos ojos azules actuó tan eficazmente sobre el consejero, que éste
también empezó a moverse inquieto en su sillón. Birdie parecía tener el don de
hacer que el señor Mack se sintiera culpable.
Y,
además, hay otros alumnos esperando fuera para verme, Birdie. Has elegido el
momento en que estoy más ocupado.
y
al decir esto el señor Mack señaló con gesto patético hacia la pequeña antesala
adyacente a su oficina, donde un cuarto estudiante acababa de tomar asiento.
-Está
bien; si no quiere usted ayudarme, será mejor que me marche.
-Aparte
de que quiera o no, ¿qué podría yo hacer? No comprendo cómo has podido fracasar
en esas pruebas. Tus calificaciones medias eran buenas. Si continuaras
insistiendo...
El
consejero sonrió débilmente. Estaba a punto de endilgarle una perorata sobre el
valor que suponía mantener una actitud positiva, pero pensó en seguida que
Birdie necesitaba algo más enérgico, y dijo :
-Si
rectificar tu clasificación significa algo para ti, es necesario que trabajes
duro, que hagas sacrificios.
-Ya
le dije que debió de ser un error. ¿Tengo yo la culpa de que no hagan exámenes
normales?
-¡Dos
semanas, Birdie! ¡Dos semanas sin asistir a una sola clase, sin llamar siquiera
a tu alojamiento! ¿Dónde has estado? ¡Y esos exámenes trimestrales! En
realidad, parece como si estuvieras tratando de que te expulsaran.
-¡He
dicho que la lamento! -No sacas nada irritándote conmigo, Birdie Ludd. Ya nada
puedo hacer por ti. Absolutamente nada.
El
señor Mack echó hacia atrás su silla, disponiéndose a levantarse.
-Pero,
antes... cuando me suspendieron en el primer examen, recuerdo que usted habló
de otras formas de lograr que rectificasen la clasificación, además de la
Universidad. ¿De qué se trataba?
-Servicios
Excepcionales. Podrías intentarlo. -¿Qué es eso?
-En
términos llanos, y para ti, supondría ingresar en el ejército y llevar a cabo
una acción bélica de extraordinario heroísmo. Y, además, vivir para
disfrutarlo.
-¿Formar
parte de las guerrillas del ejército? -manifestó Birdie, riendo nerviosamente-.
Eso no es para este chico, para Birdie Ludd. ¿Quién ha sabido de algún
guerrillero al que hayan rectificado la clasificación?
-Admito
que es algo desusado. Por eso te recomendé lo de la Universidad desde el principio.
-Y
el tercer procedimiento, ¿qué era?
-Una
demostración de aptitudes manifiestamente superiores -repuso el señor Mack,
sonriendo y con tono de ironía-. Unas aptitudes que no se hayan puesto de
manifiesto en las pruebas.
-¿Cómo
podría hacer eso?
-Debes
llenar un formulario ante la Oficina de Salud, Educación y Beneficencia, ya los
tres meses se llevará a cabo la demostración.
-¿Qué
demostración? ¿Sobre qué trata y qué debo hacer?
-Eso
es algo que te concierne exclusivamente a ti. Algunos presentan cuadros, otros
una pieza musical que han compuesto. Pero la mayoría entrega una muestra de sus
escritos. Creo recordar que hay un libro totalmente compuesto por historias,
ensayos y demás, de los que consiguieron, con ello. su propósito de rectificar
la clasificación. Claro está que la mayor parte de los que presentan un trozo
literario no logran su objeto. Los que triunfan suelen ser individuos no
conformistas, de los que siempre están criticando el sistema. No te
aconsejaría...
-¿Dónde
puedo conseguir ese libro?
-En
la biblioteca, creo yo; pero...
-¿Permiten
a cualquiera intentarlo? -Sí, sólo una vez.
Birdie
saltó tan súbitamente de su asiento, que por un instante el señor Mack temió
que fuera a golpearle. Pero el joven sólo le tendió la diestra para estrechar
la suya.
-Gracias,
señor Mack, muchísimas gracias -dijo-. Ya sabía yo que usted aún hallaría una
forma de ayudarme.
Los
funcionarios de la Oficina de Salud, Educación y Beneficencia mostraron más
deseos de ayudarle de lo que Birdie hubiera creído. Incluso dispusieron que
recibiera una beca de quinientos dólares para mantenerse durante el período
preparatorio de tres meses. Además, le proporcionaron una placa de metal con el
número del asiento que podría usar en la sección Nassau de la Biblioteca
Nacional; le recomendaron algunos consejeros literarios, con distintos honorarios
profesionales, e incluso le entregaron gratuitamente un ejemplar del libro al
que se había referido el señor Mack. Este tenía una introducción de Lucille
Mortimer Randolphe-Clapp, creadora del sistema de REGENT, y Birdie encontró ese
prólogo muy interesante, si bien no terminaba de entenderlo del todo.
Birdie
no se mostró muy impresionado por el primer ensayo que aparecía en el libro: En el fondo del mont6n, relato de una
deplorable niñez en MODICUM. Había sido escrito por Jack Ch..., que entonces
tenía diecinueve años, y Birdie se dijo que era capaz de escribir algo
parecido; no había nada allí que fuera una novedad para él. Incluso advirtió
que el lenguaje era vulgar, y la construcción de las frases defectuosa. Seguía
una historia que no tenía pies ni cabeza, y luego una poesía no menos absurda.
Birdie
leyó todo el libro en un solo día, algo que nunca había hecho antes, y encontró
pocas cosas que le gustaran: el relato de un muchacho que abandonó la escuela
de segunda enseñanza para ir a trabajar a una reserva de caimanes, y un sesudo
ensayo sobre las dificultades que se presentaban para lograr una subvención de
MODICUM. Lo mejor de todo era el artículo titulado El consuelo de la Filosofía, que había sido escrito por una
muchacha que era ciega y tullida a la vez. Birdie nunca había leído nada
relativo a Filosofía, a excepción de su libro de texto en el curso de ética, y
se dijo que sería buena idea intentar algo en ese sentido, durante los tres
meses del periodo preparatorio de que disponía.
Durante
los tres o cuatro días que siguieron, sin embargo, Birdie empleó todo el tiempo
en buscar habitación. Tendrían que limitar todo lo posible los gastos, si
pensaba superar esos tres meses con sólo quinientos dólares. Al fin halló un
cuarto en un edificio privado de Brooklyn, que debió haber sido construido un
siglo antes, por la menos. El alquiler le costaba treinta dólares a la semana,
lo que no era caro teniendo en cuenta el tamaño, ya que la estancia medía sus
buenos nueve metros cuadrados. En ella había una cama, un sillón, dos lámparas
de pie, una mesa de madera con su silla, una desvencijada cómoda y una alfombra
de lana legítima. También tenia baño privado. En su primera noche allí, pasó un
buen rato andando descalzo sobre la alfombra, con la radio puesta a todo
volumen. En dos ocasiones bajó a la cabina telefónica del vestíbulo para llamar
a MilIy e invitarla tal vez a una fiestecilla íntima, pero en ese caso tendría
que explicarle la razón de haberse mudado del dormitorio común, y el no haberla
llamado desde el día del examen de Historia del Arte, lo que sin duda la
tendría intrigada.
La
segunda vez que bajó a hablar, se puso a charlar con una chica que estaba
también esperando para llamar por teléfono. La muchacha dijo llamarse Fran.
Llevaba un vestido muy ajustado, de plástico semitransparente, pero en su
cuerpo no resultaba demasiado provocativo, ya que era un tanto delgaducha.
Birdie disfrutó conversando con ella, a pesar de todo, pues era más
comunicativa que la mayoría de las muchachas. Vivía justo enfrente de Birdie,
en el mismo vestíbulo, de modo que era la cosa más natural del mundo que poco
después fuera a la habitación de ella para tomar algunas cervezas. Al poco
tiempo, Birdie ya le había contado todo lo relativo a su situación, incluso lo
concerniente a Milly. Fran se echó a llorar. Luego confesó que también ella
había fracasado en la REGENT, y además en las tres partes de la prueba. Birdie
estaba empezando a mostrarse afectuoso, cuando ella recibió una llamada
telefónica y tuvo que marcharse.
A
la mañana siguiente, Birdie hizo su primera visita (de toda su vida) a la
Biblioteca Nacional. La sección Nassau estaba alojada en un antiguo edificio de
cristal, un poco al oeste de la zona central de Wall Street. En cada piso había
una colmena de casillas, cada una con su exhibidor de microfilmes y su
altoparlante. En el piso 28, el último, se hallaba el equipo electrónico que
relacionaba esa sección con la central, y mediante otra conexión con la
Biblioteca del Congreso, la del Museo Británico y la Osterreichische National
Bibliothek, de Viena. Un monitor, que no tendría más edad que Birdie, le enseñó
a utilizar el sistema de perforación de tarjetas de su casilla. Un investigador
podía solicitar, prácticamente, cualquier libro del mundo, o escuchar la
grabación que deseara, sin necesitar otra cosa que un código de doce cifras.
Cuando hubo terminado de leer, Birdie se puso a mirar hoscamente la vacía
pantalla de cristal. Habría experimentado una gran satisfacción rompiendo de un
puñetazo aquel trozo de vidrio.
Después
de una buena comida caliente, Birdie se sintió bastante mejor. Acordóse de
Sócrates y del ensayo de la muchacha ciega acerca de El consuelo de la Filosofía; a continuación, solicitó todos los
libros de Sócrates a nivel de los últimos cursos de las escuelas de segunda
enseñanza, y comenzó a leerlos al azar.
A
las once de aquella noche, Birdie terminaba de leer el capítulo de La República, de Platón, que contiene la
famosa parábola de la cueva. Abandonó la biblioteca, deslumbrado, y vagó
durante varias horas por la zona de Wall Street, brillantemente iluminada. Aun
cuando era más de la media noche, el lugar se hallaba rebosante de
trabajadores. Birdie los contempló lleno de asombro. ¿Estaría alguno de ellos
al corriente de las grandes verdades que habían transfigurado el alma de Birdie
aquella noche? ¿O tal vez, a semejanza de los prisioneros de la cueva, vivían
entre sombras, sin sospechar la existencia de la luz del sol?
En
el mundo había una increíble belleza en la que Birdie ni siquiera llegó a
soñar. Esa belleza era algo más que una mancha azul de cielo o la curva de los
senos de Milly. Penetraba por todas partes, incluso en la misma ciudad, hasta
entonces, para Birdie, una cruel máquina cuya única función consistía en
estropear todos sus sueños, aunque ahora parecía refulgir interiormente, como
un diamante herido por un rayo de luz. El rostro de todos los peatones
reflejaba aquel inefable significado.
Birdie
recordó el delito por el que el Senado ateniense condenó a muerte a Sócrates...
-¡Por corromper a la juventud! y sintió que odiaba al Senado ateniense, aunque
era un odio diferente del que sentía habitualmente. Ahora odiaba a Atenas por
una razón: ¡la justicia!
Verdad,
belleza, justicia. y también amor. En todas partes, se dijo Birdie, había una
explicación para todo, un sentido de las cosas. Todo tenía un significado
especial.
Las
emociones pasaron por él tan rápidamente que no podía identificarlas. En cierto
momento, al ver reflejado su rostro en el cristal de un oscuro escaparate,
sintió deseos de echarse a reír. Luego, al recordar a Fran tendida en el lecho,
con su vestido barato de plástico, tuvo ganas de llorar. Ahora se daba cuenta,
al fin, de que Fran era una prostituta, y que nunca podría ser otra cosa.
Birdie, en cambio, aún alentaba esperanzas de que su situación cambiase.
Poco
después se encontraba solo, en Battery Park. Allí había más oscuridad y había
menos agitación. Permaneció de pie junto a la balaustrada del paseo marítimo y
echó un vistazo a las negras ondas que lamían los bloques de hormigón. En el
cielo parpadeaban unas luces rojas, mientras los reactores salían o llegaban al
aeropuerto de Central Park. y esa escena, que siempre le había impresionado
profundamente, ahora la encontraba increíblemente regocijante.
A
Birdie le parecía que todo aquello contenía un significado especial, un
principio que él debía comunicar a las demás personas que no lo conocían. Sin
embargo, no acertaba a precisar, con exactitud, qué principio era ése. En su
espíritu, que acababa de despertar, estaba desarrollándose una batalla para
poder traducir en palabras aquel sentimiento, pero en el momento en que creía
haberlo logrado, se daba cuenta de que había sufrido un error. Por fin, cerca
ya del amanecer, regresó a su habitación, sintiéndose temporalmente derrotado.
Justamente
en el momento en que iba a entrar en su cuarto, advirtió que un guerrillero,
con la máscara impersonal de su oficio cubriéndole el rostro, y con el número
de identificación pintado sobre una ceja, salía de la alcoba de Fran. Birdie
sintió un breve impulso de odio hacia él, seguido de un sentimiento de
compasión y ternura hacia la pobre muchacha. Pero esa noche no le quedaba
tiempo para consolarla. Ya tenía él sus propios problemas.
Durmió
con sueño inquieto y se despertó a las once, cuando estaba a punto de tener una
pesadilla. Se hallaba en una estancia de cuyo techo pendían dos cuerdas. El se
colocó debajo, tratando de agarrarlas, pero cuando creía tenerlas en la mano,
se le escapaban en un movimiento pendular.
Sabía
lo que significaba aquel sueño. Las cuerdas representaban una prueba a su
capacidad creadora. Ese era el principio que había buscado tan desesperadamente
la noche anterior. La capacidad creadora era la clave de todo. Si podía
aprender a conocerla, si lograba analizarla, sería capaz de resolver sus
problemas.
La
idea se hallaba aún en su mente en forma nebulosa, pero se daba cuenta de que
iba por buen camino. Tomó para desayunar unos huevos y una taza de café, y se
dirigió inmediatamente a su casilla de la biblioteca, para estudiar. Aunque
notaba que tenía algo de fiebre, le parecía sentirse mejor que nunca. Se
hallaba libre, o en un estado muy similar. En todo caso, estaba totalmente
seguro de una cosa: nada del pasado valía un ardite, mientras que el futuro se
anunciaba radiante de promesas.
No
comenzó a trabajar en su ensayo hasta la última semana del período
preparatorio. Tenía muchísimas cosas que aprender primero: literatura, pintura,
filosofía, todo aquello que no había comprendido anteriormente. y aún le
quedaba mucho por aprender; lo admitía, pero se daba cuenta de que al fin iba a
conseguirlo, porque ahora lo deseaba de todo corazón.
Cuando
inició la redacción de su trabajo, comprobó que la tarea era más difícil de lo
que había pensado. Pagó diez dólares por una hora de consulta con un consejero
literario colegiado, el cual le indicó que limitara la extensión del ensayo,
pues incluía en él demasiadas ideas. Lucille Mortimer Randolphe-Clapp daba más
o menos el mismo consejo en el libro que le entregaron para prepararse,
afirmando que los mejores ensayos no excedían de las doscientas palabras.
Birdie se preguntó si en las futuras ediciones del libro aparecería su propio
trabajo.
Hizo
cuatro borradores completos, antes de sentirse satisfecho. Luego se lo leyó a
Fran, quien dijo que le hacía llorar de emoción. Redactó la copia definitiva el
mismo día ocho de junio, que era el de su cumpleaños, para que le diera buena
suerte, y la envió a la Oficina de Salud, Educación y Beneficencia.
El
ensayo de Birdie Ludd decía así:
PROBLEMAS
DEL GENIO CREADOR por Berthold Anthony Ludd
Son tres los requisitos de la belleza: plenitud, armonía y
esplendor.
ARISTÓTELES
Desde
los tiempos antiguos, hasta nuestros días, hemos ido descubriendo que existe
más de un criterio a tenor del cual el crítico analiza el producto del genio
creador. ¿Sabemos acaso cuál de esas medidas deben emplearse? ¿Es conveniente
enfrentarse directamente con el sujeto propuesto, o más bien debe hacerse de un
modo indirecto?
Todos
conocemos el gran drama de Goethe, Fausto,
al que no es posible negar la cúspide de la calidad literaria, el atributo
de «obra maestra». Sin embargo, ¿qué motivación pudo impulsarle a describir «el
cielo» y «el infierno» en la extraña forma que lo hace? ¿Quién es Fausto, sino
nosotros mismos? ¿No demuestra acaso una verdadera necesidad de comunicarse con
los espíritus que le rodean? Nuestra respuesta sólo puede ser «sí»
«151.».
De
este modo, nos enfrentamos una vez más con el problema del genio creador. La
belleza de una obra está supeditada a tres condiciones: 1) el tema debe ser de
fórmula literaria; 2) todas las partes han de estar contenidas en el total, y
3) el significado será absolutamente claro. La verdadera capacidad creadora
sólo se halla presente cuando puede ser descubierta en la obra de arte. Este es
también el parecer de Aristóteles.
El
criterio del genio creador no se establece solamente en el dominio de la
literatura. ¿Acaso el científico, el profeta o el pintor, no tienden hacia el
mismo fin? ¿Qué camino hemos de seguir, en este caso?
Otro criterio de la capacidad creadora ha sido
determinado por Sócrates, al que tan cruelmente obligaron a quitarse la vida
sus propios compatriotas, y de quien son estas palabras: «No saber nada es la
primera condición de todo conocimiento». De la gran sabiduría de Sócrates es
posible extraer conclusiones acertadas en relación con este problema. El genio
creador es el que es capaz de establecer relaciones donde éstas no existen.
La computadora que hizo la primera clasificación dio a
Berthold Anthony Ludd una puntuación de 12, y remitió el escrito al archivo de
Rechazo Automático, donde se hizo una fotocopia del ensayo y desde donde lo
enviaron, luego, a la sección de Correo Exterior. Una empleada de esta oficina
unió con una grapa el escrito de Birdie a una carta donde se explicaban las
razones por las que no se podía rectificar su clasificación, por el momento, y
se le sugería que lo intentase de nuevo 365 días después de la fecha de esa
misma carta.
Birdie se hallaba en el vestíbulo del edificio cuando
llegó el correo. Estaba tan ansioso por abrir el sobre, que rompió en dos
pedazos su ensayo, al sacarlo.
Esa misma tarde, sin molestarse siquiera en
emborracharse, Birdie se alistó en las tropas de Infantería de Marina de los
Estados Unidos, para ir a defender la democracia en tierras de Birmania.
Inmediatamente después de prestar juramento, el
sargento sé le acercó y deslizó sobre el sombrío rostro de Birdie la máscara
negra con el número de identidad pintado sobre una ceja. Su número era
USMClO0-7011DO7. Desde ese momento, Birdie era un guerrillero.
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