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a señorita Crumpton, o, para citar con toda
autoridad la inscripción que aparecía en la verja del jardín del "Minerva
House", en Hammersmith, "Las señoritas Crumpton", eran dos
personas de una estatura fuera de lo común, particularmente delgadas y excesivamente
flacas; tiesas como un palo y de color apergaminado. La señorita Amelia
Crumpton contaba treinta y ocho años y la señorita María Crumpton admitía tener
cuarenta confesión que era perfectamente innecesaria por cuanto era evidente
que por lo menos tenía cincuenta. Vestían de la manera más interesante -como
si fueran mellizas-; tenían un aire tan feliz y satisfecho como un par de
clavelones a punto de echar grano. Eran muy precisas, tenían las ideas más
estrictas posibles respecto de la propiedad, usaban peluca y siempre despedían
un fuerte olor a lavanda.
"Minerva House"
"La Casa de Minerva", diosa de la Sabiduría- dirigida bajo los auspicios
de las dos hermanas, era un establecimiento dedicado a completar la educación
de jóvenes señoritas, donde una veintena de muchachas, cuya edad oscilaba entre
los quince y los diecinueve abriles, adquirían un conocimiento superficial de
todo y un verdadero conocimiento de nada: enseñanza de los idiomas francés e
italiano; lecciones de baile dos veces por semana y otras cosas convenientes
para la vida. Era un edificio todo blanco, un poco apartado del camino,
cercado por una valla. Las ventanas de los dormitorios estaban siempre
entreabiertas para que, a vista de pájaro, pudieran admirarse las numerosas
camas de hierro y unos muebles tapizados de blanquísima cotonada, e imprimir
así en el transeúnte el debido sentido de la fastuosidad del establecimiento.
Al entrar había una sala de visitas -de cuyas paredes pendían un sinnúmero de
mapas sumamente barnizados, a los cuales nadie dedicaba la menor atención- repleta
de libros que nunca había leído nadie. Este salón estaba destinado exclusivamente
para recibir a los parientes de las pupilas, los cuales, cuando acudían allí,
no podían menos que sentirse sumamente impresionados por la gran severidad que
emanaba de aquel lugar.
-Amelia, querida mía -dijo
la señorita María Crumpton al entrar en la clase una mañana, con su peluca
llena de papillons (acostumbraba ostentarlos para dar la impresión a las
jovencitas bajo su cuidado de que su pelo era una cosa real)-. Amelia, querida
mía, he aquí una nota que acabo de recibir, de lo más satisfactoria. No debe
importarte leerla en voz alta.
La señorita Amelia, así
advertida, procedió a leer la siguiente comunicación con un aire de gran
triunfo:
"Cornelio Brook Dingwall, Esq.[1], M. P[2], saluda atentamente a la señorita Crumpton y se consideraría muy
agradecido si la señorita Crumpton se dignara visitarle, siempre que le sea
dable, mañana a las trece horas, ya que Cornelio Brook Dingwall, Esq., M. P.,
tiene sumo interés en hablar con la señorita Crumpton de un asunto relacionado
con la custodia de la señorita Brook Dingwall.
Adelphi.- Lunes por la mañana."
-¡Oh, hermana, un miembro
del Parlamento! -exclamó Amelia con un tono extático.
-Un miembro del Parlamento,
hermana -repitió la señorita María con una sonrisa de deleite; sonrisa que,
desde luego, suscitó una correspondiente risita de todas las alumnas.
-¡Es delicioso! -dijo la
señorita Amelia; lo que dio lugar a que todas las pupilas expresaran de nuevo
su admiración. Los cortesanos son los chicos que van a la escuela; las niñas,
las damas de la corte.
Un acontecimiento tan
importante suspendió enseguida las labores del día. Fue decla
rado festivo en
conmemoración del gran suceso; las señoritas Crumpton se retiraron a sus
habitaciones particulares para hablar del asunto; las muchachas más jóvenes
discutían de los probables modales y costumbres de la hija de un miembro del
Parlamento y las mayores, que se acercaban a los dieciocho, se preguntaban si
estaría prometida, si era linda, si sería muy revoltosa, y otros muchos síes
de igual importancia.
Al día siguiente, las dos
señoritas Crumpton se presentaron en Adelphi a la hora señalada, vestidas,
desde luego, con sus mejores galas para ceremonias de bautismo, y con el aire
más amable que podían aparentar que, entre paréntesis, no lo era mucho.
Después de haber dado sus tarjetas a un lacayo de aspecto imponente, que
vestía una librea flamante, fueron conducidas a la augusta presencia del
grande Dingwall.
Cornelio Brook Dingwall,
Esq., M. P., era muy altivo, solemne y vanidoso. Tenía, naturalmente, un algo
de expresión espasmódita de templanza, pero no era perceptible en lo más mínimo
debido a su modo de llevar una corbata tiesa en extremo. Se sentía
maravillosamente orgulloso del apéndice de "M. P." que llevaba su
nombre, y nunca dejaba pasar la oportunidad de recordar su dignidad a la
gente. Tenía una gran idea de sus propias habilidades, lo que debía ser un inmenso
consuelo para él, ya que nadie más abrigaba tal creencia; y en la diplomacia en
pequeña escala y en los asuntos de su propia familia se consideraba sin rival
posible. Era un magistrado de distrito y desempeñaba las funciones que corrían
a su cargo con la debida justicia e imparcialidad; con frecuencia caían en sus
manos cazadores furtivos; y en ocasiones se encarcelaba a sí mismo. La señorita
Brook Dingwall era una de aquellas señoritas que, como los adverbios, deben ser
conocidas por sus respuestas a preguntas vulgares, y no sirven para otra cosa.
En aquella ocasión este
talento individual estaba sentado ante una pequeña librería y
una mesa en la que se
amontonaban los papeles, sin hacer nada, pero intentando dar la apariencia de
que estaba ocupadísimo. Actas del Parlamento y cartas dirigidas a "Cornelio
Brook Dingwall, Esq., M. P.", estaban ostentosamente esparcidas por encima
de la
mesa; a una corta distancia
de esta, la señora Brook Dingwall estaba sentada trabajando. Una de estas
plagas públicas, un chico malcriado, jugaba por la habitación, vestido según la
moda más refinada, es decir, con una túnica azul ceñida con un cinturón negro,
ancho de un cuarto de pulgada y abrochado con una gran hebilla. Tenía todo el
aire de un bandolero de melodrama visto a través de unos lentes de reducción.
Después de una agudeza del
dulce muchachito, que consistió en divertirse a sí mismo huyendo con la silla
destinada a la señorita María, tan pronto como se colocó para que ella se
sentara, las visitantes tomaron asiento, y Cornelio Brook Dingwall, Esq.,
consideró iniciada la conversación.
Había mandado llamar a la
señorita Crumpton -dijo- como consecuencia de las excelentes referencias que le
habían dado del establecimiento que ella dirigía, y que le habían sido
facilitadas por su amigo, sir Alfredo Muggs.
La señorita Crumpton expresó
su agradecimiento a él (a sir Alfredo Muggs), y Cornelio prosiguió:
-Una de mis razones
principales, señorita Crumpton, para desprenderme de mi hija, es que esta,
últimamente se ha imbuido de ciertas ideas sentimentales, que tengo muchísimo
deseo de que desaparezcan de su joven cabeza. (Aquí la inocente criatura a que
antes hemos hecho mención, se cayó de un sillón, haciendo un ruido atronador).
-¡Chico tremendo! -exclamó
la mamá, que parecía más maravillada de que el angelito se hubiese tomado la
libertad de caer que de todas sus otras diabluras-. Llamaré a James para que se
lo lleve de aquí.
-Amor mío, te ruego que no
lo eches -dijo el diplomático tan pronto como pudo hacerse oír en medio del
aterrador griterío que precedió a aquel hundimiento-. Todo es motivado por la
gran genialidad de su espíritu. -Esta última aclaración fue dirigida a la
señorita Crumpton.
--Ciertamente, señor
-replicó la vieja María, sin comprender en absoluto, no obstante, qué relación
podía existir entre la genialidad de un espíritu animal y la caída de un
sillón.
Volvió a reinar el silencio,
y el miembro del Parlamento resumió:
-Considero, señorita
Crumpton, que nada puede tener un efecto más eficaz contra lo que batallamos
que el que mi hija disfrute constantemente de la compañía de jovencitas de su
misma edad; y como sé que en su establecimiento ha de hallarlas sin duda, sin
que contaminen su cabeza, es por lo que me propongo mandarles a la señorita
Brook Dingwall.
La más joven de las
señoritas Crumpton expuso, en sentido general, los conocimientos que se
adquirían en "Minerva House". María se había quedado de repente sin
voz... debido a un intenso dolor físico. El pequeño querido muchacho, habiendo
recobrado su espíritu animal, se mantenía erguido sobre el más delicado de los
pies de la directora, al objeto de permitir así que su cara (que parecía
talmente una O mayúscula, de aquellas que aparecen en los carteles de teatro
con letras encarnadas) se mantuviera al nivel de la mesa de escribir donde se
entretenía en hacer unos garabatos.
-Desde luego, Lavinia será
una pensionista -continuó el envidiable padre-; y a este respecto quiero que
se cumplan estrictamente mis instrucciones. El caso es que un ridículo amor
por una persona de posición muy inferior a la suya la ha llevado a este actual
estado de ánimo. Sabiendo usted esto y, confiándola a su custodia, no tendrá la
oportunidad de encontrarse con aquella persona. Por ello no haré ninguna
objeción; es más, incluso preferiría que tomara parte en las fiestas de
sociedad que ustedes organizan, como usted convendrá en ello.
Este importante discurso fue
de nuevo interrumpido por el buen humor del muchachito quien, en un exceso de
jovialidad, había roto el cristal de una ventana y por poco se precipita a un
espacio contiguo. Se tocó la campanilla para que James viniera por él; se
sucedió una respetable confusión y un gran vocerío; se vieron dos piernas
azules que estaban dando violentas patadas al aire cuando el hombre salió de la
habitación, y el jovenzuelo desapareció.
-Al señor Brook Dingwall le
gustaría que la señorita Brook Dingwall aprendiera de todo -dijo la señora
Brook Dingwall, quien apenas si decía cuatro palabras seguidas.
-¡Desde luego! -pronunciaron
ambas señoritas Crumpton al unísono.
-Y confío, señorita
Crumpton, en que el plan que he ideado se realizará de modo que desaparezcan de
la cabeza de mi hija estas ideas absurdas -continuó el legislador-. Espero que
usted tendrá la bondad de cumplir, en todos sus puntos, cualquier instrucción
que le pase a este respecto.
Se le dieron, naturalmente,
todas las seguridades, y después de una larga conversación, conducida por
parte de los Dingwall con la gravedad diplomática más correcta y con el más
profundo respeto por la de las señoritas Crumpton, se convino por último que
la señorita Lavinia sería enviada de allí a dos días a Hammersmith, fecha en la
que tendría lugar el baile que cada medio año se celebraba en el pensionado.
Aquello podría divertir los pensamientos de la querida muchacha. Y, por otra
parte, esto no dejaba de ser una pequeña diplomacia.
La señorita Lavinia fue
presentada, pues, a sus futuras directoras, y ambas señoritas Crumpton
pronunciaron una muchacha de lo más encantadora; opinión que, por coincidencia
singular, siempre emitían ante cualquier nueva pupila.
Se cambiaron cortesías, se
expresaron agradecimientos, se exhibieron condescendencias, y la conversación
se dio por terminada.
***
Para hacer uso de una
fraseología teatral, diremos que en "Minerva House" se hicieron
incesantes preparativos en una escala de magnitud nunca hasta entonces igualada
para dar el aspecto más brillante al próximo baile a celebrar. Se dedicó a él
la sala más grande de toda la casa, la que se decoró con rosas azules hechas
de cotonada, tulipas pálidas, y flores artificiales de idéntica apariencia natural,
confeccionadas por las propias manos de las alumnas. Se retiraron las
alfombras, se quitaron las puertas de dos hojas, se sacaron los muebles, y
sólo se colocaron asientos de paseo. Las lencerías de Hammersmith se pasmaron
ante la improvisada demanda de cintas de tafetán de Florencia y largos guantes
blancos. Se compraron por docenas los geranios para hacer ramos con ellos, y
un arpa y dos violines se encargaron a la ciudad para acompañar el gran piano
que ya poseía el establecimiento. Las muchachas que fueron escogidas para tomar
parte en aquel acontecimiento musical y dar mayor realce al renombre de que
ya gozaba la escuela, practicaban incesantemente, con gran satisfacción por su
parte; demasiado, según la opinión del hombre lisiado que estaba apostado en la
esquina en demanda de una limosna por el amor de Dios. Y se cruzó una constante
correspondencia entre las señoritas Crumpton y los pasteleros de Hammersmith.
Llegó al fin aquella ansiada
noche; se ataron muchos cordones de corsés, se anudaron muchas sandalias, y
trabajaron con espero los peluqueros, como sólo puede ocurrir en un
pensionado. Las alumnas más jovencitas se metían por todas partes, y de todos
lados eran echadas de común acuerdo; y las mayores, ya vestidas, ya atados
todos los cordones, se adulaban, se envidiaban las unas a las otras, con una
seriedad y sinceridad asombrosas.
-¿Qué tal te parezco,
querida? -preguntaba la señorita Emilia Smithers, la bella de la escuela, a la
señorita Carolina Wilson, que era su amiga íntima... porque era la muchacha
más fea de todo Hammersmith, y hasta fuera de él.
-¡Oh, encantadora,
encantadora de verdad, querida! ¿Y yo?
-¡Deliciosa, nunca me has
parecido más hermosa! -replicaba la bella, ajustándose su propio vestido y sin
dedicar la menor mirada a su pobre compañera.
-Espero que el joven Hilton
vendrá pronto -dijo una jovencita a otra, con expectación.
-Estoy segura de que se
consideraría muy halagado si supiera esto -replicó la otra.
-¡Oh, es tan guapo! -exclamó
la primera.
-¡Una persona tan
encantadora! -añadió una tercera.
-¡Tiene un aire tan
distingué! -manifestó otra.
-¡Oh! ¿Sabes una cosa? -dijo
otra muchacha, entrando en la habitación-. La señorita Crumpton dice que va a
venir su primo.
-¿Quién? ¿Teodosio Butler?
-exclamaron todas con entusiasmo.
-¿Es guapo? -inquirió una
novicia.
-No, guapo, precisamente, no
-fue la respuesta general-. ¡Pero es tan inteligente!
El señor Teodosio Butler era
uno de esos genios inmortales de los cuales se encuentran una muestra en casi
todas las reuniones. Por lo común, están dotados de una voz profunda y
monótona; siempre se persuaden a sí mismos de que son personas admirables y muy
infelices, sin saber precisamente por qué. Son muy vanidosos y, por regla
general, tienen algunas ideas; pero en efecto, son considerados como personas
muy admirables tanto por las muchachas como por los jóvenes. El individuo en
cuestión, el señor Teodosio, había escrito un folleto que contenía algunas
consideraciones de peso sobre la conveniencia de dedicarse a esto o a aquello;
y como cada frase constaba de muchas palabras de cuatro sílabas, sus admiradoras
dieron por seguro de que era un verdadero pozo de ciencia.
-Quizás sea él -exclamaron
varias jovencitas, cuando se oyó la primera llamada de la noche en el timbre
de la verja.
Se produjo una pausa
impresionante. Llegaron algunas cajas, y apareció una joven dama -la señorita
Brook Dingwall, ataviada completamente en traje de baile, con una gran cadena
de oro alrededor del cuello, y el vestido adornado con una sola rosa; con un
abanico de marfil en sus manos, e impresa en su rostro la más interesante
expresión de dolor.
Las señoritas Crumpton se
interesaron por la salud de los otros miembros de la familia con la ansiedad
más afectada, y la señorita Brook Dingwall fue presentada, con todas las
formalidades, a sus futuras condiscípulas. Las señoritas Crumpton conversaron
con sus pupilas en los tonos más melosos, al objeto de que la recién llegada
quedara altamente impresionada de su cariñoso trato.
De nuevo sonó la campanilla.
Era el señor Dadson, profesor de caligrafía, y su mujer. La esposa iba vestida
de verde, con zapatos y adornos en el sombrero que hacían juego, y el profesor
de caligrafía llevaba un chaleco blanco, pantalones cortos negros y calcetines
de seda del mismo color, que ocultaban unas piernas lo suficientemente largas
para dos profesores de caligrafía. Las jovencitas se hablaron entre sí, y los
dos recién llegados felicitaron a las señoritas Crumpton, que iban vestidas de
color de ámbar y llevaban unas bandas largas que les daban el aspecto de
muñecas de bazar.
Se repitieron las llamadas
de la campanilla, y llegaron tantos invitados que ya era imposible
particularizar; papás y mamás, tías y tíos, los propietarios y guardianes de
las diferentes alumnas; el profesor de canto, signor Lobskini, tocado con una
peluca negra; los tocadores de piano-forte y violín; el arpista en un estado
de intoxicación; y una veintena de jóvenes que permanecían de pie cerca de la
puerta, cuchicheando entre sí y ocultando de vez en cuando sus risitas. Un
susurro general de conversaciones. Se repartían con profusión tazas de café,
de las que hacían buen gasto un sinnúmero de mamás robustas, que tenían todo el
aspecto de aquellas personas fornidas que aparecen en las pantomimas con el
solo objeto de que se las derribe a golpes.
El popular señor Hilton fue
el siguiente en aparecer; y habiendo tomado a su cargo -cediendo a las
súplicas de las señoritas Crumpton- el oficio de maestro de ceremonias, las
contradanzas comenzaron con un vigor singular. Los jóvenes que se mantenían en
la puerta avanzaron gradualmente hasta llegar a la mitad de la sala, y con el
tiempo se encontraron lo suficientemente a sus anchas para consentir en ser
presentados a los demás invitados. El profesor de caligrafía danzaba todos los
bailes, moviéndose con una agilidad tímida y su esposa jugaba una partidita
detrás del salón, en una pequeña habitación en la que había unas cinco estanterías
llenas de libros y a la que daban el rimbombante título de estudio.
La interesante Lavinia Brook
Dingwall era la única muchacha de las entre allí presentes que parecía no
tener ningún interés por los acontecimientos de la velada. En vano se la
solicitó para que bailara; en vano se le tributó el homenaje que requería la
hija de un miembro del Parlamento. Se mostró inconmovible lo mismo ante el
espléndido tenor que era el inimitable Lobskini que ante la brillante ejecución
de la señorita Leticia Parsons, cuya expresión en The Recollections of Ireland
fue unánimemente declarada tan excelente como la que hubiera podido interpretar
el propio Moscheles. Ni siquiera el anuncio de la llegada del señor Teodosio
Butler pudo inducirla a abandonar el rincón de la sala en donde estaba sentada.
-Teodosio -dijo la señorita
María Crumpton, después que el ilustrado folletinista hubo echado el guante a
casi todos los miembros de la reunión-, ya es hora de que te presente a nuestra
nueva alumna.
Parecía como si a Teodosio
no le interesara nada de lo que existe en este pícaro valle de lágrimas.
-Es la hija de un miembro
del Parlamento -insistió María.
Teodosio se alarmó.
-¿Cuál es su nombre?
-inquirió.
-Se llama señorita Brook
Dingwall.
-¡Cielos! -exclamó
poéticamente Tea dosio en un tono débil como un susurro.
La señorita Crumpton empezó
la presentación en la forma debida. La señorita Brook Dingwall levantó la
cabeza de un modo lánguido.
-¡Eduardo! -exclamó con un
ahogado
grito al divisar las bien
conocidas piernas enfundadas en mahón.
Por fortuna, como la
señorita María Crumpton no poseía una gran dosis de penetración y como,
además, una de las diplomáticas instrucciones que había recibido del no menos
diplomático señor Cornelio Brook Dingwall era la de no prestar demasiada
atención a las incoherentes exclamaciones que, a buen seguro, pronunciaría la
señorita Lavinia, la codirectora no tuvo el menor indicio de la agitación que
invadió a ambas partes presentadas; y, en su consecuencia, viendo que había
sido aceptada su mano (la de Teodosio), para la próxima contradanza, dejó a su
primo en compañía de la señorita Brook Dingwall.
-¡Oh, Eduardo! -exclamó la
más romántica de todas las jóvenes románticas, al tiempo que el pozo de
ciencia tomaba asiento a su lado-. ¡Oh, Eduardo! ¿Eres tú?
El señor Teodosio aseguró a
la querida criatura, en un tono de lo más apasionado,
que no tenía conciencia de
ser otro más que él mismo.
-Entonces, ¿por qué? ¿por
qué... este disfraz? ¡Oh, Eduardo M'Neville Walter, lo que yo he sufrido por
ti!
-Lavinia, escúchame -murmuró
el héroe en un arranque poético-. No me condenes sin haberme oído. Si algo de
lo que emana de la miserable criatura que yo soy puede ocupar un lugar en tu
corazón, si algo, a pesar de ser tan vil, merece tu atención, recuerda que
una vez publiqué un folleto (cuyos gastos de impresión corrieron de mi cuenta)
titulado: Consideraciones acerca del plan de acción relacionado con la
eliminación de los derechos sobre la cera de las abejas.
-¡Lo recuerdo, lo recuerdo!
-sollozó Lavinia.
-Este -continuó el enamorado
galán -era un tema por el que tu padre se había apasionado.
-¡En efecto, en efecto!
-repitió la sentimental criatura.
-Lo supe -continuó Teodosio
en un tono dramático-. Lo supe... y le mandé un ejemplar del folleto. Se
interesó en conocerme. ¿Podía yo confesar mi verdadero nombre? ¡Nunca! No;
asumí el nombre que tú has pronunciado tantas veces con cariño. Bajo el nombre
de M'Neville Walter me dediqué a aquella causa; como M'Neville Walter gané tu
corazón; con la misma reputación fui arrojado de tu casa por los lacayos de tu
padre; y sin ninguna reputación me ha sido posible verte. Ahora volvemos a
encontrarnos, y yo declaro con orgullo que soy Teodosio Butler.
La jovencita pareció quedar
perfectamente satisfecha con estos argumentos y dedicó una mirada llena de
afecto al inmortal defensor contra los derechos sobre la cera de las abejas.
-¿Puedo esperar -dijo él-
que la promesa que interrumpió el violento comportamiento de tu padre será
renovada?
-Vayamos a reunirnos con los
danzantes -replicó Lavinia, como una consumada coqueta, porque las muchachas a
los diecinueve abriles pueden permitirse la libertad de coquetear.
-¡No! -replicó el de las
piernas de mahón-. No me moveré de este sitio y me retorceré con la tortura
de la incertidumbre.
Pero... dime, ¿puedo esperar?
-Puedes.
-¿Renuevas aquella promesa?
-La renuevo.
-¿Tengo tu permiso?
-Lo tienes.
-¿Completamente?
-Bien lo sabes -replicó
Lavinia sonrojándose.
Las contorsiones del
interesante rostro de Teodosio Butler expresaron su entusiasmo.
***
Podríamos extendernos sobre
las circunstancias que sobrevinieron; cómo el señor Teodosio y la señorita
Lavinia bailaron, charlaron y suspiraron todo el resto de la velada, y cómo
esto causó la delicia de las señoritas Crumpton; cómo el profesor de caligrafía
continuó retozando como un caballo de vapor y cómo su esposa, por un capricho
inexplicable, abandonó la mesa del whist del pequeño saloncito y persistió en
desplegar su verde tocado en un lugar visible del salón; cómo la cena
consistió en pequeños emparedados en forma triangular, presentados en
bandejas, y una tarta aquí y allá a modo de variante; y, en fin, cómo los
invitados consumieron agua caliente disfrazada con limón y unas motitas de
nuez moscada, a cuya bebida daban el pomposo nombre de negus. Sin embargo,
pasaremos por alto estos y otros detalles, para describir una escena de mayor
importancia.
Quince días después del
baile, Cornelio Brook Dingwall, Esq., M. P., estaba sentado ante la misma
librería y ante aquella mesa de la habitación que describimos al principio.
Encontrábase solo y en su rostro se dibujaba una expresión de concentración y
solemne gravedad; estaba redactando una Nota para la mejor observancia del
lunes de Pascua de Resurrección.
El lacayo golpeó ligeramente
la puerta; el diplomático despertó de sus ensueños y fue anunciada la señorita
Crumpton. Se concedió permiso a esta señorita para penetrar en la habitación;
María se deslizó dentro y, habiéndose sentado con mucha afectación, se retiró
el lacayo, y la profesora quedó sola con el miembro del Parlamento. ¡Oh, cómo
echaba esta de menos la presencia de un tercero! Incluso hubiese sido un
alivio la compañía del terrible caballerito que concurrió a la primera visita.
La señorita Crumpton empezó
el diálogo. Suponía que la señora Brook Dingwall y el lindo muchachito
disfrutaban de excelente salud.
Desde luego, gozaban de
ella. La señora Brook Dingwall y el pequeño Federico se encontraban en
Brighton.
-Le agradezco mucho,
señorita Crumpton -dijo Cornelio en el tono más digno-, su atención en
visitarme esta mañana. Tenía la intención de trasladarme a Hammersmith para ver
a Lavinia; pero los informes de ustedes eran tan tranquilizadores y los
deberes que me impone mi representación en la Cámara son tan numerosos y
agobiadores, que me obligaron a aplazar mi visita una semana. ¿Cómo está mi
hija?
-Muy bien, señor -Murmuró
María, temiendo confesar al padre que la joven se había escapado del
pensionado.
-¡Ah! Estoy viendo que el
plan que yo ideé incluso le proporcionará un buen partido.
Esta era una excelente
oportunidad para confesarle que ya había encontrado el buen partido. Pero ello
era superior a las escasas fuerzas de la desgraciada codirectora.
-¿Ha perseverado usted
estrictamente en la línea de conducta que tracé, señorita Crumpton?
-Estrictamente, señor.
-Me decía usted en su
comunicación que el estado de ánimo de mi hija había mejora
do notablemente.
-Mucho, en verdad, sí señor.
-Lo celebro. Estaba seguro
de que así sería.
-Pero temo, señor -dijo la
señorita
Crumpton con emoción-, que
el plan no haya resultado exactamente como deseábamos.
-¿Cómo es eso? -exclamó el
profeta-. ¡Dios me bendiga, señorita Crumpton! Usted parece alarmada. ¿Qué es
lo que ha sucedido?
-La señorita Brook Dingwall,
señor...
-Sí, señora...
-...Ha huido, señor -añadió
María, con una viva demostración de que optaba por desvanecerse.
-¡Huido!
-Se ha fugado, señor.
-¿Fugado? ¿Con quién?
¿Cuándo? ¿Adónde? ¿Cómo? -chilló el agitado diplomático.
La palidez natural del
rostro de la infortunada María pasó por todos los tonos del arco iris,
mientras dejaba un pequeño paquete, encima de la mesa.
El padre lo abrió con
precipitación: era una carta de su hija y otra de Teodosio. Dio una rápida
ojeada a sus contenidos: "Cuando esta llegue a tus manos... gran distancia...
recurro a tus sentimientos... cera de abejas... esclavitud... etc., etc.
"Hundió la frente entre sus manos y paseó por la habitación a grandes
pasos, presagiadores de horribles tormentas, con gran alarma de la precisa
María.
-Ahora, fíjese bien en lo
que voy a decirle; desde hoy -dijo Brook Dingwall, parándose súbitamente ante
la mesa y golpeándola con los nudillos-, desde este instante nunca permitiré,
cualquiera que sean las circunstancias, a un hombre que escribe folletos
entrar en otra habitación de esta casa... si no es la cocina. Daré a mi hija y
a su esposo una renta anual de ciento cincuenta libras, pero jamás volveré a
mirar sus rostros; y tenga presente, señora, ¡caramba!, que votaré una moción
en favor de la supresión de las escuelas dedicadas a perfeccionar la educación
de las jóvenes.
***
Transcurrió algún tiempo
desde esta apasionada declaración. Y, en la actualidad, el señor y la señora
Butler viven rústicamente en un hotelito cercano a Balls Pond, agradablemente
situado en la inmediata vecindad de un campo... sembrado de ladrillos. No
tienen hijos. El señor Teodosio se da un aire de mucha importancia y escribe
incansablemente; pero a consecuencia de una importante combinación de su
editor, ninguna de sus producciones ve la luz. Su joven esposa empieza a pensar
que la miseria ideal es preferible a la desdicha real; y que un matrimonio
llevado a cabo con rapidez y lamentado en muchas ocasiones, es la causa de la
desgracia más importante que nunca pudo imaginar.
Después de maduras
reflexiones, Cornelio Brook Dingwall se vio obligado a admitir, aunque de mala
gana, que el funesto resultado de sus admirables combinaciones debía
atribuirse no a las señoritas Crumpton, sino a su propia diplomacia. De todas
formas, se consuela a sí mismo, como otros diplomáticos de ínfimo orden, con
la idea de que si bien su plan no tuvo éxito... hubiera podido tenerlo.
"Minerva House" continúa in statu quo, y las señoritas Crumpton
siguen disfrutando del tranquilo y sosegado goce que produce el dirigir una
institución dedicada al perfeccionamiento de la educación.
FIN
[1]
Esquire: Título correspondiente al "don" español, pero en inglés se
usa pospuesto al apellido
[2]
Miembro del Parlamento
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