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Charles Dickens - Juicio por asesinato


He observado siempre el predominio de una falta de valor, incluso entre personas 
de cultura e inteligencia superiores, para hablar de las experiencias 
psicológicas propias cuando éstas han sido de un tipo extraño. Casi todos los 
hombres tienen miedo de que las historias de este tipo que puedan contar no 
encuentren paralelo o respuesta en la vida interior de quien les oye, y, por 
tanto, sospechen o se rían de ellos. Un viajero sincero que hubiera visto un 
animal extraordinario parecido a una serpiente marina no tendría miedo alguno a 
mencionarlo; pero si ese mismo viajero hubiera tenido algún presentimiento 
singular, un impulso, un pensamiento caprichoso, una (supuesta) visión, un sueño 
o cualquier otra impresión mental notable, se lo pensaría mucho antes de 
mencionarlo. Atribuyo en gran parte a esa reticencia la oscuridad en la que se 
encuentran implicados estos temas. No comunicamos habitualmente nuestra 
experiencia de estas cosas subjetivas lo mismo que lo hacemos con nuestras 
experiencias de la creación objetiva. Como consecuencia, la experiencia general 
a este respecto parece algo excepcional, y realmente es así por cuanto es 
lamentablemente imperfecta.
En lo que voy a relatar no tengo intención de plantear, refutar o apoyar teoría 
alguna. Conozco la historia del librero de Berlín. He estudiado el caso de la 
esposa de un miembro ya fallecido de la Sociedad Astronómica Real tal como lo 
cuenta Sir David Brewster, y he seguido minuciosamente los detalles de un caso 
mucho más notable de ilusión espectral que se produjo en mi círculo de amigos 
íntimos. En cuanto a esto último quizá sea necesario afirmar que quien lo sufrió 
(una dama) no estaba relacionada conmigo ni siquiera mínimamente. Una suposición 
equivocada a ese respecto podría sugerir una explicación de una parte de mi 
propio caso, pero sólo de una parte, que carecería totalmente de fundamento. No 
puede hacerse referencia a que haya heredado yo alguna peculiaridad 
desarrollada, ni he tenido antes en absoluto experiencia similar alguna, ni la 
he tenido tampoco desde entonces.
Hace muchos años, o muy pocos, que eso no importa ahora nada, se cometió en 
Inglaterra cierto asesinato que llamó mucho la atención. Nos enteramos de más 
asesinatos de los necesarios conforme se van sucediendo y aumentando su 
atrocidad, y de haber podido habría enterrado el recuerdo de aquel animal 
particular al tiempo que su cuerpo era enterrado en la cárcel de Newgate. Me 
abstengo intencionadamente de proporcionar la menor pista directa respecto al 
criminal.
Cuando se descubrió el asesinato no recayó ninguna sospecha sobre el hombre que 
más tarde fue llevado a juicio, o más bien debería decir, en el deseo
de acercarme lo más posible a la precisión en mis hechos, que en ninguna parte 
se sugirió públicamente que se tuviera tal sospecha. Como en aquel momento no se 
hizo referencia alguna a él en los periódicos evidentemente era imposible que se 
incluyera en ellos alguna descripción del asesino. Resulta esencial que se tenga 
en cuenta este hecho.
Cuando abrí durante el desayuno el periódico de la mañana incluía el relato de 
ese primer descubrimiento y me resultó profundamente interesante por lo que lo 
leí con la máxima atención. Lo leí do: veces, sino tres. El descubrimiento se 
había hecho en un dormitorio, y cuando dejé el periódico tuve un destello, un 
impulso, en realidad no sé cómo llamarlo, pues no encuentro palabra alguna que 
lc describa satisfactoriamente, en el que me pareció ver que ese dormitorio 
pasaba a través de mi habitación, como si un cuadro, por imposible que parezca, 
hubiera sido pintado sobre la corriente de un río Aunque cruzó mi habitación de 
una manera casi instantánea, resultaba perfectamente claro; tan claro que 
observé perfectamente, con una sensación di alivio, que el cadáver no estaba en 
la cama.
Donde tuve esta curiosa sensación no fue en un lugar romántico, sino en mis 
habitaciones de Picca dilly, muy cerca de la esquina de St. James Street Para mí 
fue algo totalmente nuevo. En ese momento: me encontraba sentado en mi butaca y 
la sensación se acompañó de un peculiar estremecimiento que cambió aquella de 
sitio. (Aunque hay que tener et cuenta que la butaca podía moverse fácilmente 
sobra unas ruedecillas). Me dirigí a una de las ventanas (la habitación, situada 
en el segundo piso, tenía dos ventanas) para descansar la vista viendo el 
movimiento de Piccadilly. Era una hermosa mañana otoñal y la calle estaba alegre 
y centelleante. Soplaba el viento. Al mirar hacia fuera, observé que el viento 
sacaba del parque una buena cantidad de hojas caídas que una ráfaga arrastró y 
formó con ellas una columna espiral. Cuando la columna cayó y se dispersaron las 
hojas, vi a dos hombres al otro lado del camino, que iban desde el oeste hacia 
el este. Uno iba detrás del otro. El primero se volvía a menudo para mirar por 
encima del hombro. El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos, 
con la mano derecha levantada amenazadoramente. Atrajo primero mi atención la 
singularidad y fijeza del gesto amenazador en un lugar tan público; y después la 
circunstancia notable de que nadie le prestara atención. Ambos hombres seguían 
su camino entre los otros viandantes con una suavidad que no resultaba coherente 
ni siquiera con la acción de caminar sobre una acera; y que yo pudiera ver ni 
una sola persona les cedía el paso, les tocaba o les miraba. Al pasar ante mi 
ventana, ambos miraron hacia arriba, hacia mí. Contemplé los dos rostros con 
gran claridad y supe que sería capaz de reconocerlos en cualquier lugar. Y no es 
que observara conscientemente algo que fuera muy notable en alguna de sus caras, 
salvo que el hombre que iba el primero tenía una apariencia inusualmente 
humilde, y el rostro del hombre que le seguía tenía el color de cera sucia.
Soy soltero y mi ayuda de cámara y su esposa constituyen todo el servicio. 
Trabajo en una sucursal bancaria y ojalá que mis deberes como jefe de 
departamento fueran tan escasos como popularmente se supone. Ese otoño me 
obligaron a permanecer en la ciudad, cuando yo necesitaba un cambio. No estaba 
enfermo, pero tampoco me sentía muy bien. Al lector le corresponde extraer las 
consecuencias que parezcan razonables del hecho de que me sentía fatigado, la 
vida monótona me producía una sensación depresiva y estaba «ligeramente 
dispéptico». Mi doctor, un hombre de fama, me aseguró que mi estado de salud en 
aquella época no justificaba una descripción más poderosa, y cito lo que él 
mismo me describió por escrito cuando se lo solicité. Conforme las 
circunstancias del asesinato fueron revelándose gradualmente y atrayendo cada 
vez más poderosamente la atención del público, las aparté de mi propia atención 
enterándome de ellas lo menos posible en medio de la excitación general. Pero 
sabía que se había dictado un veredicto de homicidio voluntario contra el 
supuesto asesino, y que había sido conducido a Newgate hasta el juicio. Sabía 
también que su juicio se había pospuesto hasta una de las sesiones del Tribunal 
Criminal Central, basándose en prejuicios generales y en la falta de tiempo para 
la preparación de la defensa. Pude también saber, aunque no lo creo, en qué 
momento se celebrarían las sesiones del juicio pospuesto.
Mi sala de estar, el dormitorio y el vestidor están todos en el mismo piso. Con 
el vestidor sólo hay comunicación a través del dormitorio. La verdad es que en 
él hay una puerta que en otro tiempo comunicaba con la escalera, pero desde 
hacía años una parte de las tuberías de mi baño pasaba por ella. En ese mismo 
período, y como parte del mismo arreglo, la puerta había sido claveteada y 
recubierta de lienzo.
Una noche me encontraba de pie en mi dormitorio, a una hora tardía, dando unas 
instrucciones a mi criado antes de que éste se acostara. Me encontraba de cara a 
la única puerta disponible de comunicación con el vestidor, que estaba cerrada. 
Mi criado le daba la espalda a esa puerta. Mientras le estaba hablando vi que se 
abría y que un hombre miraba hacia el interior, haciéndome señas en una actitud 
de ansiedad y misterio. Era el mismo hombre que iba en segundo lugar por 
Piccadilly, y cuyo rostro tenía el color de cera sucia.
Tras hacerme señas, retrocedió y cerró la puerta. Sin mayor retraso que el 
necesario para cruzar el dormitorio, abrí la puerta del vestidor y miré en el 
interior. Llevaba ya una vela encendida en la mano. No tuve ninguna expectativa 
interior de que fuera a ver a esa persona en el vestidor, y no la vi allí.
Dándome cuenta de que mi criado parecía sorprendido, me volví hacia él y le 
dije:
-Derrick, ¿pensará que conservo el sentido si le digo que creí ver un...?
Mientras estaba allí, le puse una mano sobre el pecho y con un sobresalto 
repentino se puso él a temblar violentamente y contestó:
-¡Oh, señor, claro que sí, señor! ¡Un cadáver haciéndole señas!
Estoy convencido de que John Derrick, mi criado fiel durante más de veinte años, 
no tuvo la menor impresión de haber visto esa aparición hasta que le toqué. 
Cuando lo hice, el cambio que se produjo en él fue tan sorprendente que creo 
absolutamente que obtuvo su impresión, de alguna manera oculta, a través de mí y 
en ese preciso instante.
Le pedí a John Derrick que trajera un poco de brandy y le di una copa, 
alegrándome de tomar yo otra. De lo que había sucedido antes del fenómeno de 
aquella noche no le conté una sola palabra. Reflexionando sobre ello, estaba 
absolutamente seguro de que nunca antes había visto ese rostro, salvo en aquella 
ocasión en Piccadilly. Comparando la expresión que tenía al hacerme señas desde 
la puerta con la expresión en el momento en que levantó la vista para mirarme, 
mientras yo estaba de pie junto a la ventana, llegué a la conclusión de que en 
la primera ocasión había tratado de adherirse a mi recuerdo, y de que en la 
segunda había querido asegurarse de que lo recordaba inmediatamente.
Aquella noche no me resultó muy cómoda, aunque tenía la certidumbre, difícil de 
explicar, de que la aparición no regresaría. Cuando llegó la luz del día caí en 
un sueño profundo del que me despertó John Derrick, que vino junto a mi cama con 
un papel en la mano.
Por lo visto ese papel había sido motivo de un altercado en la puerta entre su 
portador y mi criado.
Se me citaba en él para que sirviera como jurado en la siguiente sesión del 
Tribunal Criminal Central, en el Old Bailey. Como John Derrick sabía bien, nunca 
antes me habían citado para ese jurado. Mi criado estaba convencido, aunque en 
este momento no estoy seguro de si tenía razón o no, de que los jurados que se 
elegían habitualmente tenían una calificación social inferior a la mía, y por 
eso se había negado en principio a aceptar la citación. El hombre que la llevaba 
se tomó el asunto con gran frialdad. Afirmó que mi asistencia o no le importaba 
en absoluto; la citación estaba allí y el atenderla o no era un riesgo mío, no 
suyo.
Durante uno o dos días dudé si debía responder a esa llamada o no hacerle caso. 
No era consciente de que se estuviera produciendo la menor atracción, influencia 
o desviación misteriosa. De eso estoy tan absolutamente seguro como de cualquier 
otra afirmación que haga aquí. Finalmente decidí que asistiría porque 
significaría una interrupción en la monotonía de mi vida.
El día designado fue una mañana fría del mes de noviembre. En Piccadilly había 
una niebla densa y oscura que se volvió claramente negra en los alrededores 
opresivos del Tribunal de Temple. Los pasillos y escaleras del Palacio de 
justicia me parecieron resplandecientemente iluminados con gas, y el propio 
tribunal estaba similarmente iluminado. Creo que hasta que fui conducido por los 
oficiales al tribunal antiguo y lo vi abarrotado de gente no sabía que ese día 
iba a juzgarse al asesino. Creo que hasta que me ayudaron a entrar en el 
tribunal antiguo con considerable dificultad, no sabía a cuál de los dos 
tribunales se me había citado. Pero no hay que toma esto como una afirmación 
rotunda, pues no esto; totalmente seguro de que fuera así.
Tomé asiento en el lugar designado para que aguardaran los jurados y miré a mi 
alrededor en e tribunal lo mejor que pude a través de la espesa nube de niebla y 
alientos. Observé un vapor negro que colgaba como una cortina lóbrega por la 
parte exterior de los grandes ventanales, y observé y presté atención al sonido 
ahogado de las ruedas sobre la paja o el cascajo que cubrían la calle; presté 
también atención al murmullo de las personas que allí se reunían, y que 
traspasaba de vez en cuando un silbido agudo, o un saludo o una canción más 
fuertes que el resto. Poco después entraron los jueces que eran dos, y tomaron 
asiento. El zumbido de tribunal decayó mucho. Se ordenó que entrara e asesino. Y 
en el mismo instante en el que entró re conocí en él al primero de los dos 
hombres que habían bajado por Piccadilly.
Si en ese momento hubieran pronunciado un nombre dudo que hubiera sido capaz de 
responde de forma audible. Pero lo pronunciaron en sexto octavo lugar, y para 
entonces fui capaz de decir «presente!» Y ahora, preste atención el lector. 
Cuando m dirigí hacia mi asiento de jurado el prisionero, que había estado 
mirándolo todo atentamente pero si dar signo alguno de preocupación, se agitó 
violentamente y llamó por señas a su abogado. El deseo de prisionero de 
recusarme resultaba tan manifiesto que produjo una pausa durante la cual el 
abogado, apoyando una mano en el banquillo de los acusados, habló en susurros 
con su cliente mientras sacudía la cabeza. Más tarde, aquel caballero me dijo 
que las primeras palabras aterradas que le dijo el prisionero fueron: «¡Sea como 
sea, recuse a ese hombre!», pero como no le daba razón alguna para ello, y 
admitió que ni siquiera conocía mi nombre hasta que lo pronunciaron en voz alta 
y yo me presenté, no lo hizo.
Por las razones ya explicadas, la de que deseo evitar el revivir el recuerdo 
desagradable de ese asesino, y también que un relato detallado de su largo 
juicio no es en absoluto indispensable para mi narración, me limitaré a aquellos 
incidentes que se relacionan directamente con mi curiosa experiencia personal y 
se produjeron en los diez días y noches durante los que los miembros del jurado 
estuvimos juntos. Trato de que mi lector se interese por eso, y no por el 
asesino. Es a eso, y no a una página del calendario de Newgate, a lo que pido al 
lector que preste atención.
Me eligieron presidente del jurado. En la segunda mañana, después de que se 
hubieran presentado pruebas durante dos horas (lo sé porque oí las campanadas 
del reloj de la iglesia), al recorrer con la mirada a mis compañeros del jurado* 
me resultó inexplicablemente difícil contarlos. Lo hice así varias veces, pero 
siempre con la misma dificultad. En resumen, contaba uno de más.
Toqué al miembro del jurado que se sentaba junto a mí y le susurré:
-Le ruego que haga el favor de contarnos. Pareció sorprenderse con la petición, 
pero giró la cabeza y contó el número de miembros.
-Bueno -contestó de pronto-, somos tres..., pero, no, no es posible. No. Somos 
doce.
De acuerdo con las cuentas que hice aquel día-, teníamos siempre razón en el 
detalle, pero en la cuenta general siempre nos salía uno de más. No había 
ninguna aparición ni figura que pudiera explicarlo, pero para entonces tenía ya 
interiormente la sensación de que la aparición estaba implicad en el error.
El jurado se albergaba en la London Taverr Dormíamos todos en una sala amplia 
sobre mesa separadas, y estábamos constantemente a cargo bajo la vigilancia del 
oficial que había jurado mar tenernos a salvo. No veo razón alguna para no 
incluir el nombre auténtico de ese oficial. Era inteligente, muy cortés y 
servicial, y también (de lo que me alegré al enterarme) muy respetado en la 
ciudad Tenía una presencia agradable, ojos hermosos, un-, envidiables patillas 
negras y una voz agradable y sonora. Se llamaba señor Harker.
Cuando por la noche se iba cada uno de los do( a su cama, colocaban la del señor 
Harker cruzada e la puerta. En la noche del segundo día, como no m apetecía 
acostarme y vi al señor Harker sentido e su cama, me acerqué y me senté junto a 
él, ofreciéndole un pellizco de rapé. En cuanto la mano del señor Harker tocó la 
mía al coger el rapé de la caja, sacudió un estremecimiento peculiar y pregunte
-¿Quién es ése?
Miré la habitación siguiendo la dirección de los ojos del señor Harker y vi de 
nuevo la figura que esperaba: al segundo de los dos hombres que habían bajado 
por Piccadilly. Me levanté y avancé unos pasos; después me detuve y, dándome la 
vuelta, miré al señor Harker. Parecía despreocupado, se echó a reír y comentó 
con un tono agradable:
-Pensé por un momento que teníamos otro miembro del jurado, y que le faltaba una 
cama. Pero me doy cuenta de que fue un reflejo de la luna.
No hice revelación alguna al señor Harker, pero le invité a que paseara conmigo 
hasta el extremo de la habitación y observé lo que hacía la figura. Se quedaba 
en pie unos momentos junto a la cama de cada uno de los miembros del jurado, 
cerca de la almohada. Se colocaba siempre al lado derecho de la cama, y siempre 
también cruzaba hasta la cama siguiente pasando por los pies. Por la acción de 
su cabeza parecía que simplemente se quedaba mirando pensativamente a cada uno 
de los jurados acostados. No me prestó atención a mí, ni mi cama, que era la más 
próxima a la del señor Harker. Después dio la impresión de salir por donde 
entraba la luz de la luna, a través de un alto ventanal, como si subiera por un 
tramo de escaleras situado en el aire.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, descubrimos que todos los presentes, 
salvo el señor Harker y yo, habían soñado la noche anterior con el hombre 
asesinado.
Estaba ya convencido de que el segundo hombre que había bajado por Piccadilly 
era el asesinado (por así decirlo), como si su testimonio inmediato así me lo 
hubiera hecho saber. Pero aun así aquello sucedía de una manera para la que yo 
no me encontraba preparado.
Durante el quinto día del juicio, cuando el fiscal estaba terminando su caso, 
presentó una miniatura del asesinado que faltaba en su dormitorio cuando se 
descubrió el hecho y que después fue encontrada en un lugar oculto en el que el 
asesino había sido visto cavando en el suelo. Tras ser identificada por el 
testigo, la presentaron al tribunal y luego la pasaron al jurado para que éste 
la inspeccionara. Mientras un oficial vestido con una túnica negra se dirigía 
con la miniatura hacia mí, la figura del segundo hombre que había bajado 
impetuosamente por Piccadilly surgió de la multitud, le cogió la miniatura al 
oficial y me la entregó con sus propias manos, al mismo tiempo que en un tono 
bajo y hueco me decía antes de que yo viera la miniatura, metida en una caja:
-Entonces yo era más joven, y la sangre no faltaba en mi rostro.

Después se interpuso entre mí y el jurado al que yo entregué la miniatura, y 
entre éste y el siguiente, y así entre todos hasta que la miniatura volvió a mí. 
Sin embargo, ninguno de los miembros del jurado lo detectó.
En la mesa, y en general cuando nos encerrábamos bajo la custodia del señor 
Harker, como era natural, hablábamos mucho rato sobre las diligencias del día. 
En el día quinto el fiscal cerró el caso por lo que, como esa parte de la 
cuestión se había completado ante nosotros, nuestra discusión fue más animada y 
seria. Había entre nosotros uno de los idiotas de inteligencia más cerrada que 
he visto nunca, que recibía la evidencia más clara con las objeciones más 
absurdas, y a quien le ayudaban dos flojos parásitos parroquiales; los tres 
pertenecían a las listas de jurados de un distrito tan atacado por la fiebre que 
debían haber juzgado a quinientos asesinos. Hacia la media noche, que era cuando 
algunos de nosotros nos disponíamos ya a acostarnos y esos zopencos enredones 
armaban mayor alboroto, vi de nuevo al asesinado. Estaba de pie tras ellos, 
ceñudo, y me hizo señas. Al ir hacia ellos e irrumpir en la conversación, 
desapareció inmediatamente. Ése fue el inicio de una serie de apariciones 
producidas en la larga habitación en la que éramos confinados. Siempre que un 
grupo de jurados se unía a conversar, veía entre ellos la cabeza del asesinado. 
Y siempre que la comparación de notas que hacían iba en contra de él, me hacía 
señas de una manera solemne e irresistible.
Recuérdese que hasta el quinto día del juicio, en el que se presentó la 
miniatura, nunca había visto la aparición en el tribunal. Cuando la defensa 
empezó el caso se produjeron tres cambios. Me referiré primero a dos de ellos. 
La figura aparecía ahora continuamente en el tribunal, y nunca se dirigía a mí, 
sino siempre a la persona que estaba hablando en ese momento. Por ejemplo: a la 
víctima le habían abierto la garganta. En el discurso inicial de la defensa se 
sugirió que el propio fallecido se la podía haber cortado a sí mismo. En ese 
mismo momento la figura, con la garganta en la terrible condición que acababa de 
describirse (y eso lo había ocultado antes), se puso de pie junto al codo del 
que hablaba, moviendo hacia un lado y otro la tráquea, una vez con la mano 
derecha y otra con la izquierda, sugiriendo vigorosamente a quien hablaba la 
imposibilidad de que se hubiera podido infligir a sí mismo la herida con 
cualquier mano. En otro caso, cuando un testigo de conducta, una mujer, 
informaba que el prisionero era muy amable con la humanidad, en ese instante la 
figura se plantó en el suelo delante de ella, le miró directamente a la cara y 
señaló el semblante maligno del prisionero extendiendo el brazo y un dedo.
El tercer cambio, al que me referiré ahora, fue el que de manera más marcada y 
notable me impresionó. No voy a teorizar sobre él; lo expreso con precisión, y 
nada más. Aunque la aparición no era percibida por aquellos a los que se 
dirigía, cuando se acercaba éstos invariablemente se alarmaban y turbaban. Tuve 
la impresión de que era como si unas leyes que yo desconocía le impidieran 
revelarse plenamente a los demás, pero que al mismo tiempo pudiera afectar sus 
mentes de una manera visible, silenciosa y oscura. Cuando el defensor principal 
sugirió la hipótesis del suicidio, y la figura se plantó junto al codo de tan 
ilustrado caballero, haciendo terribles gestos como si se estuviera cortando la 
garganta, es innegable que el defensor titubeó en su discurso, perdió durante 
varios segundos el hilo de su ingeniosa argumentación, se limpió la frente con 
el pañuelo y se puso extremadamente pálido. Cuando la testigo de conducta estuvo 
delante de la aparición, siguió con los ojos la dirección que le señalaba el 
dedo, contemplando con gran vacilación y turbación el rostro del prisionero. 
Bastarán dos ejemplos adicionales. En el octavo día del juicio, tras una pausa 
que se hacía siempre a primera hora de la tarde para descansar y refrescarnos 
unos minutos, regresé a la sala del juicio con los demás miembros del jurado 
poco antes de que entraran los jueces. Encontrándome de pie en la zona que nos 
estaba destinada y mirando a mi alrededor, pensé que la figura no estaba allí, 
hasta que elevé mis ojos a la galería y la vi inclinada hacia delante sobre una 
mujer de apariencia muy decente, como si tratara de asegurarse de si los jueces 
habían ocupado o no sus asientos. Inmediatamente después, la mujer lanzó un 
grito, se desmayó y tuvieron que sacarla. Lo mismo sucedió con el venerable, 
sagaz y paciente juez que dirigía el juicio. Cuando terminado el caso se 
concentraba en sus papeles para el resumen, la víctima, entrando por la puerta 
del juez, avanzó hasta la mesa de su señoría y miró ansiosamente por encima del 
hombro de éste las páginas de notas que iba pasando. Entonces se produjo un 
cambio en el rostro de su señoría; su mano se detuvo; tuvo ese estremecimiento 
peculiar que yo conocía tan bien, y exclamó con vacilación:
-Caballeros, excúsenme unos momentos. Me siento algo oprimido por el aire 
viciado -y tras decir eso, no se recuperó hasta beber un vaso de agua.
A lo largo de la monotonía de seis de aquello diez interminables días (los 
mismos jueces y ayudantes en el tribunal, el mismo asesino en el banquillo de 
los acusados, los mismos abogados en la mesa, el mismo tono de preguntas y 
respuestas elevándose hasta el techo de la sala, el mismo ruido que hacía la 
pluma del juez, los mismos ujieres saliendo, y entrando, las mismas luces que se 
encendían a la misma hora, cuando todavía brillaba la luz natural de día, la 
misma cortina neblinosa en el exterior d los grandes ventanales cuando había 
niebla, la misma lluvia goteando y produciendo un ruido acompasado cuando 
llovía, un día tras otro las mismas huellas de los vigilantes y el prisionero 
sobre el mismo serrín, las mismas llaves cerrando y abriendo las mismas pesadas 
puertas), a través de toda esta fatigosa monotonía que me hacía sentirme como si 
fuera el presidente del jurado desde hacia muchísimo, tiempo, y Piccadilly 
hubiera florecido al mismo, tiempo que Babilonia, el asesinado no perdió nunca 
un solo rasgo de claridad ante mis ojos, ni fue e momento alguno menos evidente 
y perceptible que cualquier otra persona que allí hubiera. No debe, omitir, pues 
es un hecho, que nunca vi que la aparición a la que doy el nombre de asesinado 
mirara asesino. Una y otra vez me preguntaba por el motivo de que no lo hiciera, 
pero el hecho es que nunca lo hizo.
Tampoco volvió a mirarme a mí desde que sacaron la miniatura hasta los últimos 
minutos del juicio. Nos retiramos a deliberar a las diez horas menos siete 
minutos de la noche. El idiota del grupo y los dos parásitos de su parroquia nos 
dieron tantos problemas que por dos veces regresamos al tribunal para rogar que 
nos leyeran de nuevo determinados extractos de las notas del juez. Nueve de 
nosotros no teníamos la menor duda sobre los pasajes, ni creo que la tuviera 
nadie del tribunal; sin embargo, el triunvirato de zopencos no tenía otro 
propósito que el de la obstrucción, y discutían por cualquier motivo. Al final 
prevaleció nuestra opinión y el jurado volvió a entrar en la sala a las diez y 
doce minutos.
El asesinado estaba en ese momento en pie directamente enfrente del jurado, al 
otro lado de la sala. Cuando ocupé mi lugar, posó sus ojos en mí con la mayor 
atención; pareció satisfecho y lentamente agitó un enorme velo gris que por 
primera vez llevaba sobre el brazo, sobre la cabeza y sobre toda su figura. 
Cuando pronuncié el veredicto, «culpable», desapareció el velo y con él todo lo 
que cubría, quedando vacío ese espacio.
Cuando el juez preguntó al asesino, según la costumbre, si tenía algo que añadir 
antes de que se dictara la sentencia de muerte, pronunció vagamente algo que en 
los titulares de los periódicos del día siguiente fue descrito como «unas 
palabras audibles a medias, incoherentes y vagas en las que creyó entenderse que 
se quejaba de no haber tenido un juicio justo, porque el presidente del jurado 
estaba predispuesto contra él». La notable declaración que hizo realmente fue 
ésta: «Señor, sabía que era un hombre condenado desde el momento en que entró el 
presidente del jurado. Señor, sabía que nunca me dejaría libre porque antes de 
apresarme apareció junto a mi cama por la noche, me despertó y puso una soga 
alrededor de mí cuello».

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