I
El gran coche pullman
avanzaba con tal dignidad que una ojeada desde la ventana parecía simplemente
demostrar que los llanos de Texas se escurrían hacia el este. Vastas llanuras
de pasto verde, extensiones con los colores sordos de mezquite y el cacto,
pequeños grupos de casas de madera, bosques de árboles claros y delicados, todo
se precipitaba hacia el este, se precipitaba hacia el abismo del horizonte.
Una pareja de recién casados
había subido a este coche en San Antonio. Muchos días de viento y sol habían
enrojecido el rostro del hombre, y una de las consecuencias directas de su
nuevo traje negro era que sus manos de color de ladrillo se movían sin cesar
con una falta total de naturalidad. De cuando en cuando bajaba una mirada
respetuosa hacia su atavío. Estaba sentado con una mano en cada rodilla, como
un hombre que espera en una peluquería. Las ojeadas que dedicaba a los otros
pasajeros eran tímidas y furtivas.
La novia no era bonita, ni
tampoco era muy joven. Llevaba puesto un vestido de cachemira azul, con
pequeñas aplicaciones de terciopelo acá y allá y gran abundancia de botones de
acero. Torcía a cada rato la cabeza para observar sus mangas abullonadas, muy
tiesas, derechas y estiradas, que le incomodaban. Resultaba bastante evidente
que había cocinado, y que contaba seguir cocinando, concienzudamente. Resultaba
extraño contemplar sobre ese rostro común de clase baja, con su dibujo de
rasgos apacibles casi desprovistos de emoción, los rubores causados por el
inconsiderado escrutinio a que la habían sometido algunos pasajeros al entrar
ella al coche.
Era evidente que se sentían
muy felices.
-¿Ya estuviste alguna vez en
un coche salón? -preguntó él, sonriendo con placer.
-No -contestó ella-, nunca
estuve. Es agradable, ¿verdad?
-¡Formidable! Y luego,
dentro de un rato, iremos adelante hasta el coche comedor, y nos servirán un
gran banquete. Es la mejor comida del mundo. Cobran un dólar.
-Oh, ¿de verdad? -exclamó la
novia-. ¿Cobran un dólar? ¡Pero! Eso es demasiado... para nosotros..., ¿no,
Jack?
-No en este viaje, de todos
modos -contestó él valerosamente-. Nos vamos a dar todos los gustos.
Más tarde le explicó acerca
de los trenes: -Mira, hay mil millas de una punta de Texas a la otra; y este
tren las recorre en línea recta y sólo se para cuatro veces.
Hablaba con el orgullo de un
propietario. Le señaló los deslumbrantes detalles del coche; y, en verdad, los
ojos de ella se abrían de admiración a medida que iba contemplando el
terciopelo floreado de color verde mar, el bronce, la plata y los cristales
brillantes, la madera que fulguraba tan oscura y resplandeciente como la
superficie de un estanque de petróleo. Una figura de bronce, en una de las
extremidades del coche, sostenía firmemente un soporte que dividía un
compartimiento separado, y en estratégicos lugares del cielo raso había
pinturas al fresco de color verde oliva y plata.
En el espíritu de la pareja,
el ambiente que los rodeaba reflejaba la gloria de su casamiento celebrado esa
mañana en San Antonio; éste era el ambiente de su nueva condición; y el rostro
del hombre, en especial, resplandecía con tal júbilo que el camarero negro lo
consideró ridículo. Este individuo los examinaba a veces desde lejos con una
mueca de risa y desprecio. En otras oportunidades los intimidaba, pero con
habilidad trataba de que no les resultara evidente que los estaba intimidando.
Adoptaba con sutileza, los modales del snobismo más inaccesible. Los oprimía;
pero ellos tenían poco conocimientos de esta opresión y pronto olvidaron que
frecuentemente cierto número de viajeros les dirigían miradas de burlona
diversión. Desde tiempo inmemorial, se suponía que había algo infinitamente
humorístico en una pareja de recién casados.
-Debemos llegar a Yellow Sky
a las tres y cuarenta y dos minutos -dijo él, mirándola tiernamente en los
ojos.
-¿Ah, sí? -dijo ella, como
si no lo hubiese sabido. Evidenciar sorpresa ante las afirmaciones de su marido
formaba parte de su afabilidad de mujer casada. Sacó de un bolsillo un pequeño
reloj de plata; y, mientras ella lo sostenía frente a sí, y lo observaba
frunciendo las cejas en un esfuerzo de atención, el rostro del recién casado
resplandeció. -Se lo compré a un amigo de San Antonio -le dijo alegremente.
-Son las doce y diecisiete
minutos -dijo ella, alzando los ojos hacia él con una especie de tímida y
desmañada coquetería. Uno de los pasajeros, observando este juego, se puso
sardónico con exceso y se guiñó el ojo a sí mismo en uno de los numerosos
espejos.
Se dirigieron, finalmente,
al coche comedor. Dos hileras de mozos negros, vestidos con trajes de un blanco
resplandeciente, inspeccionaron su entrada con el interés, y también la
ecuanimidad, de hombres a quienes se ha prevenido con anticipación. La pareja
fue confiada en suerte a un mozo que se complació en dirigirlos durante la
comida. Los vigilaba con el aire de un mentor paternal, con un rostro radiante
de benevolencia. Esta protección, asociada a la deferencia común en estos casos,
no les resultaba evidente. Y, sin embargo, cuando volvieron al coche, sus
rostros dejaban traslucir un sentimiento de alivio.
A la izquierda,
extendiéndose durante millas a lo largo de la falda purpúrea de una montaña,
una pequeña cinta de neblina señalaba la corriente del sinuoso Río Grande. El
tren se le aproximaba describiendo un ángulo y, en la punta, se hallaba Yellow
Sky. Al poco rato, se hizo evidente que, a medida que disminuía la distancia
que los separaba de Yellow Sky, el marido se ponía más inquieto. La
protuberancia de sus manos de color de ladrillo se hizo aún más patente. De
tanto en tanto hasta se mostraba distraído y distante cuando la novia se
inclinaba hacia adelante y le hablaba.
La verdad es que Jack Potter
comenzaba a descubrir que la sombra de un hecho pesaba sobre él como una pesada
losa. Él, el alguacil del pueblo, un hombre conocido, apreciado y temido en su
lugar, un personaje prominente, habia ido a San Antonio a encontrarse con una
muchacha que creía amar y allí, después de los ruegos de práctica, la había
inducido realmente a casarse con él, sin consultar a Yellow Sky en ningún
momento de la transacción. Ahora, traía a su novia a la presencia de una
comunidad inocente y que nada sospechaba.
La gente de Yellow Sky,
naturalmente, se casaba a su antojo, según la costumbre general, pero tal era
el concepto que tenía Potter de su deber frente a sus amigos, o de la idea que
éstos se hacían de su deber, o de una tácita formalidad que no gobierna a los
hombres en estos asuntos, que se sentía despreciable, había cometido un crimen
extraordinario. Junto con esta muchacha de San Antonio, y aguijoneado por un
vivo impulso, se había precipitado por sobre todas las barreras sociales. En
San Antonio él era como un hombre escondido en la oscuridad. En aquel pueblo
remoto su mano podía empuñar un cuchillo para dirimir cualquier contienda
amistosa, cualquier cuestión. Pero la hora de Yellow Sky -la hora de la luz del
día- se aproximaba.
Tenía plena conciencia de
que su casamiento era un acontecimiento importante para el pueblo. Sólo un
incendio en el nuevo hotel podía superarlo.
Sus amigos no se lo podrían
perdonar. Había reflexionado a menudo sobre la conveniencia de prevenirlos
mediante un telegrama, pero una desacostumbrada cobardía lo había invadido.
Temía hacerlo. Y ahora el tren lo arrastraba hacia una escena de asombro,
regocijo y reproche. Echó un vistazo por la ventana a la niebla que giraba lentamente
en dirección al tren.
Yellow Sky tenía una especie
de banda que tocaba penosamente, para deleite de la población. Se rió sin ganas
al pensar en ella. Si los ciudadanos soñaran que estaba por llegar con su
novia, harían formar la banda en la estación y los escoltarían, entre
aclamaciones y risueñas felicitaciones, hasta su casa de adobe.
Decidió que usaría todos los
recursos de la rapidez y astucia de los llaneros para hacer el recorrido desde
la estación hasta su casa. Una vez dentro de esa segura ciudadela podría poner
en circulación una especie de boletín oral, y luego esperar a que el entusiasmo
de los ciudadanos se disipase un poco antes de volver a enfrentarlos.
La novia lo miró con
ansiedad.
-¿Qué es lo que te preocupa,
Jack? Este rió nuevamente.
-No estoy preocupado,
muchacha; sólo que pienso en Yellow Sky.
Ella se sonrojó, comprensiva.
Un mutuo sentimiento de
culpa les invadió el pensamiento y desarrolló entre ellos una ternura más
sutil. Se miraron uno al otro con ojos que brillaban suavemente. Pero Potter se
reía a menudo con la misma risa nerviosa; el rubor del rostro de la novia
parecía más bien permanente.
El traidor a los
sentimientos de Yellow Sky observó de cerca el paisaje que pasaba rápidamente.
-Ya casi hemos llegado -dijo.
Al poco rato apareció el
camarero y anunció la proximidad del lugar donde vivía Potter. Sostenía una
escobilla en la mano y, sin ostentar ya su aire de superioridad, se puso a
cepillar el traje nuevo de Potter mientras éste se volvía lentamente de un lado
a otro. Potter se hurgó los bolsillos, sacó una moneda y se la dio al camarero,
como había visto hacer a los demás. Todo esto resultó ser un pesado ejercicio
muscular, como el de un hombre que hierra su primer caballo.
El camarero tomó las valijas
de la pareja y, mientras disminuía la marcha del tren, se adelantaron hacia la
plataforma cubierta del coche. Pronto, las dos locomotoras y su hilera de
vagones se precipitaron en la estación de Yellow Sky. -Tienen que cargar agua
aquí -dijo Potter, con un nudo en la garganta y en una entonación fúnebre, como
quien anunciara una muerte. Antes que el tren se detuviese, su mirada había
recorrido rápidamente el andén en toda su longitud y se sintió alegre y
sorprendido al ver que no había nadie más que el jefe de estación, quien, con
aire ligeramente apresurado y ansioso, se dirigía hacia los tanques de agua.
Cuando el tren se hubo detenido, el camarero, bajando primero, colocó en
posición un pequeño estribo portátil.
-Vamos, muchacha -dijo
Potter con voz extrañamente ronca.
Cuando él la ayudó a bajar,
ambos se rieron con un tono falso. Tomó la valija de las manos del negro y le
ofreció el brazo a su mujer. Mientras se escabullían rápidamente, su mirada de
perro perseguido descubrió que estaban descargando los dos baúles y también que
el jefe de estación, allá lejos, cerca del vagón de equipajes, se había vuelto
y corría hacia él, gesticulando. Se rió, y gruñó mientras reía, al notar el
primer efecto de su felicidad matrimonial sobre Yellow Sky. Apretó firmemente
el brazo de su mujer y huyeron. Detrás de ellos, el camarero se quedó riendo
entre dientes con desdén.
II
El expreso de California del
Ferrocarril del Sur debía llegar a Yellow Sky dentro de veinte minutos. Había
seis hombres frente al mostrador de la cantina de los Caballeros Cansados. Uno
de ellos era un viajante de comercio que hablaba mucho y muy rápidamente; había
tejanos a quienes no les gustaba hablar a esa hora, y dos cuidadores de ovejas
mexicanos que, por regla general, no hablaban en la cantina de los Caballeros
Cansados. El perro del cantinero estaba echado sobre la acera de tablas que
pasaba frente a la puerta. Apoyaba la cabeza entre las patas y lanzaba aquí y
allá miradas soñolientas de constante atención que denunciaban al perro que
suele recibir una patada de vez en cuando. Al otro lado de la calle arenosa
había parcelas de césped de un verde tan vívido, con un aspecto tan maravilloso
en medio de la arena ardiendo bajo el sol llameante, que planteaban una duda a
la mente. Se parecían exactamente a las alfombras que se utilizan en el
escenario para representar al césped. En el extremo más fresco de la estación
de ferrocarril un hombre sin saco estaba sentado en una silla echada hacia
atrás y fumaba su pipa. Cerca, circundaba el pueblo la orilla recién cavada del
Río Grande y más allá podía verse una gran extensión de mezquite color ciruela.
Con excepción del viajante
de comercio y de sus compañeros de la cantina, Yellow Sky dormitaba. El recién
llegado se apoyó airosamente sobre el mostrador y contó muchas historias con
el aire seguro de un bardo que ha hallado un nuevo campo.
-...y en el instante en que
el viejo cayó por las escaleras con la cómoda en los brazos, la vieja subía con
dos baldes de carbón, y naturalmente...
El relato del viajante de
comercio quedó interrumpido por un joven que apareció, de repente, en el
umbral de la puerta abierta. Exclamó:
-Scratchy Wilson se ha
emborrachado y se le han soltado las manos.
Los dos mexicanos colocaron
en el acto sus vasos sobre el mostrador y desaparecieron por la puerta trasera
de la cantina.
El viajante, inocente y
bromista, contestó:
-Muy bien, viejo. Y ¿qué hay
con eso? Venga y tómese un trago de todos modos.
Pero la información había
producido una impresión tan evidente en los cráneos de todos los que se
hallaban en el salón, que el viajante se vio obligado a reconocer su
importancia. Todos se habían puesto serios inmediatamente.
-Oigan -dijo él,
desconcertado-, ¿qué significa esto?
Sus tres compañeros hicieron
el gesto preliminar de un discurso elocuente; pero el joven parado en la
puerta se les anticipó:
-Significa, mi amigo
-contestó, mientras entraba en la cantina-, que durante las próximas dos horas
este pueblo no será un lugar muy saludable.
El cantinero se dirigió
hacia la puerta y la cerró con llave y tranca; alargando una mano afuera de la
ventana tiró hacia adentro las pesadas persianas de madera y las atrancó. De
inmediato una oscuridad solemne, semejante a la que reina en una capilla,
invadió la cantina. El viajante miraba a unos, y otros.
-Pero, oigan -exclamó-, ¿qué
significa esto, de todos modos? ¿Ustedes no piensan que va a haber una pelea
con revólveres?
-No sé si habrá una pelea o
no -contestó uno de los hombres, con tono hosco-, pero sí habrá algunos
tiros... algunos tiros certeros.
El joven que los había
prevenido agitó la mano.
-Oh, no tardará mucho en
haber una pelea, si alguien la busca. Cualquiera puede conseguirse una pelea
allá afuera en la calle. Hay una pelea que justamente está esperando.
El viajante parecía oscilar
entre su interés como forastero y la percepción de un peligro personal. -¿Cómo
dijeron que se llamaba?
-Scratchy Wilson
-contestaron en coro.
-¿Y es capaz de matar a
alguien? ¿Qué van a hacer ustedes? ¿Esto pasa a menudo? ¿Acostumbra armar
semejante alboroto todas las semanas? ¿Puede echar abajo esa puerta?
-No; no puede echar abajo
esa puerta -contestó el cantinero-. Ha intentado hacerlo tres veces. Pero
cuando llegue le conviene acostarse en el suelo, forastero. No le quede ninguna
duda de que va a disparar contra ella, y puede que una bala la atraviese.
Después de esto el viajante
vigiló escrupulosamente la puerta. No había llegado aún el momento en que
tendría que abrazarse al suelo, pero, como una precaución menor, se acercó
furtivamente a la pared.
-¿Matará a alguien?
-preguntó de nuevo. Los hombres rieron por lo bajo y con desdén ante esa pregunta.
-Salió para disparar, y anda
buscando lío. No creo que gane nada en hacer la prueba.
-¿Pero qué hacen ustedes en
un caso como éste? ¿Qué hacen?
Uno de los hombres contestó:
-¡Cómo! Si él y Jack
Potter...
-Pero -interrumpieron en
coro los otros hombres-, Jack Potter está en San Antonio.
-Bueno, ¿quién es? ¿Qué
tiene que ver con esto?
-Oh, es el alguacil del
pueblo. Sale afuera y pelea con Scratchy cuando éste se agarra una de esas
borracheras.
-¡Ufa! -dijo el visitante,
enjugándose la frente-. Linda ocupación la que tiene.
Las voces se habían
amortiguado hasta convertirse en meros susurros. El viajante quería hacer más
preguntas, producto éstas de una ansiedad y desconcierto crecientes; pero
cuando intentaba hacerlo los hombres se limitaban a mirarlo con irritación y
le hacían señas de que se quedara callado. Los envolvía un tenso silencio de
espera. Sus ojos brillaban en las densas sombras de la habitación, mientras
procuraban escuchar cualquier ruido de la calle. Uno de los hombres hizo tres
gestos en dirección al cantinero; y éste, moviéndose como un fantasma, le
extendió un vaso y una botella. El hombre se sirvió un vaso lleno de whisky de
un solo trago y se volvió nuevamente hacia la puerta en inmutable silencio. El
viajante observó que el cantinero había sacado silenciosamente un wínchester
de abajo del mostrador. Más tarde vio que este individuo le hacía señas, así
que cruzó, de puntillas, la habitación.
-Sería mejor que usted se
pasara conmigo detrás del mostrador.
-No, gracias -dijo el viajante,
transpirando. Prefiero estar donde pueda escaparme por la puerta trasera.
Entonces el hombre de las
botellas le hizo un gesto amable pero imperioso. El viajante le obedeció y, al
encontrarse sentado sobre una caja con la cabeza más abajo que el nivel del
mostrador, sintió que la vista de diversos accesorios de cobre y cinc que
tenían cierta semejanza con un blindaje extendían un bálsamo sobre su corazón.
El cantinero se sentó confortablemente en una caja contigua.
-Vea -murmuró-, este
Scratchy Wilson es un prodigio con el revólver..., un verdadero prodigio; y
cuando se pone en tren de guerra, nosotros, naturalmente..., buscamos nuestros
agujeros. Scratchy es uno de los últimos de la vieja pandilla que acostumbraba
a rondar alrededor del río. Cuando está borracho es terrible. Pero cuando está
sobrio es un tipo correcto..., un poco tonto..., no haría daño a una mosca...,
el tipo más simpático del pueblo. Pero cuando está borracho..., ¡diablo!.
Se produjeron períodos de
silencio.
-Ojalá Jack Potter ya hubiese
vuelto de San Antonio -dijo el cantinero-. En una oportunidad le pegó un tiro a
Wilson... en la pierna... y, de estar aquí, se le iría encima a este tipo y le
sacaría esas chifladuras.
Al poco rato escucharon el
ruido distante de un disparo, seguido de tres alaridos salvajes. Inmediatamente
desapareció el lazo transitorio que unía a los hombres en la cantina
oscurecida. Los pies se arrastraron por el suelo. Se miraron.
-Ahí viene -dijeron.
III
Un hombre vestido con una
camisa de franela de color marrón comprada con fines decorativos y hecha
generalmente por judías del East Side de Nueva York, dobló una esquina y se
dirigió hacia el centro de la calle principal de Yellow Sky. En cada mano el
hombre llevaba un largo y pesado revólver de color negro azulado. A menudo daba
alaridos, y estos gritos resonaban a través de un pueblo que parecía desierto,
elevándose agudamente por encima de los techos con un volumen que no parecía
guardar relación con la potencia vocal de un hombre común. Era como si el silencio
circundante formase sobre él algo así como el arco de una tumba. Estos gritos
de feroz desafío resonaban contra murallas de silencio. Y sus botas tenían
remate rojo con dorados estampados en la parte superior, del tipo que gusta en
invierno a los muchachitas que se deslizan en trineo por las laderas de Nueva
Inglaterra.
El rostro del hombre estaba
encendido de furia provocada por el whisky. Sus ojos desorbitados, aunque
agudos para descubrir emboscadas, recorrían las silenciosas puertas y
ventanas. Caminaba con el movimiento furtivo del gato de medianoche. A medida
en que se le ocurrían, profería acusaciones amenazadoras. Los dos largos
revólveres eran una bagatela para sus manos; los movía con eléctrica rapidez.
Los dedos meñiques de cada mano ejecutaban movimientos semejantes a los de un
músico. El cuello escotado de la camisa ponía de manifiesto los tendones de su
garganta que sobresalían y se hundían, sobresalían y se hundían, a medida que
lo agitaba la cólera. Los únicos sonidos que se escuchaban eran sus terribles
desafíos. Los tranquilos adobes se conservaban inmutables, mientras ese pequeño
objeto pasaba por el medio de la calle.
No hubo nadie que aceptara
el desafío..., nadie que aceptara. El hombre clamó al cielo. No había allí
ninguna diversión. El hombre rugió e hizo girar sus revólveres en todas las
direcciones. El perro del cantinero de la cantina de los Caballeros Cansados no
había captado el desarrollo de los acontecimientos. Todavía seguía dormitando
frente a la puerta de su dueño. A la vista del perro, el hombre se detuvo y
alzó su revólver con expresión jocosa. A la vista del hombre, el perro se
levantó de un salto y se alejó en diagonal, malhumorado y gruñendo. El hombre
lanzó un alarido y el perro emprendió un galope. Cuando se disponía a entrar en
un callejón se produjo un fuerte ruido, un silbido y algo hizo saltar la tierra
justo frente a él. El perro aulló y, girando aterrorizado, se precipitó al
galope en una nueva dirección. Se produjo nuevamente un ruido, un silbido y la arena
chispeó perversamente frente al perro. Agobiado por el miedo, el perro dio
vueltas y se agitó como un animal acorralado. El hombre se quedó riendo, con
las armas apoyadas contra las caderas.
Finalmente, el hombre se
sintió atraído por la puerta cerrada de la cantina de los Caballeros Cansados.
Se dirigió hacia ella y, golpeándola con un revólver, pidió bebida.
Como la puerta permaneciera
imperturbable, levantó un pedazo de papel de la calle y lo clavó en el marco
con un cuchillo. Luego volvió la espalda con desdén a ese popular punto de
reunión y, caminando hacia el lado opuesto de la calle, rápida y ágilmente giró
sobre sus talones y disparó en dirección al pedazo de papel. Erró el blanco por
media pulgada. Se maldijo a sí mismo y se alejó. Más tarde, disparó
tranquilamente una descarga cerrada contra las ventanas de su amigo más íntimo.
El hombre se divertía con este pueblo; era, para él, un juguete.
Pero, con todo, nadie había
aceptado su desafío. El nombre de Jack Potter, su viejo antagonista, le vino a
la mente, y llegó a la conclusión de que sería agradable dirigirse a la casa de
Potter y obligarlo, mediante un bombardeo, a salir y pelear. Se puso a caminar
en dirección a su meta, entonando un canto de guerra apache.
Cuando llegó allí, la casa
de Potter presentaba el mismo frente silencioso que habían presentado los otros
adobes. Tomando una posición estratégica, el hombre lanzó un grito de desafío.
Pero la casa lo contemplaba como podría haberlo hecho un dios de piedra. No dio
señales de vida. Después de una módica espera, el hombre lanzó otros gritos de
desafío, matizados con asombrosos epítetos.
Al poco rato se observó el
espectáculo de un hombre poseído por la más intensa de las rabias ante la
inmovilidad de una casa. Se enfurecía contra ella del mismo modo que el viento
de invierno ataca una cabaña de las praderas del norte. A la distancia debía
haber producido un sonido semejante al tumulto provocado por una pelea de
doscientos mexicanos. Cuando se veía obligado a elfo por la necesidad, se detenía
para cobrar aliento o para volver a cargar los revólveres.
IV
Potter y su mujer caminaban
furtivamente y con rapidez. A veces reían en tono bajo y avergonzado. -En la
próxima esquina, querida -dijo él, finalmente.
Parecía desplegar el
esfuerzo de una pareja que camina agachada contra el viento. Potter estaba a
punto de levantar un dedo para señalar la primera aparición del nuevo hogar
cuando, al doblar la esquina, se encontraron frente a frente con un hombre
vestido con una camisa de color marrón, el cual se hallaba ocupado febrilmente
en introducir balas dentro de un gran revólver. En el mismo instante el hombre
dejó caer el revólver al suelo y, como un relámpago, sacó otro de la
cartuchera. La segunda arma apuntaba amenazante al pecho del novio.
Se produjo un silencio. La
boca de Potter era como una tumba para su lengua. Instintivamente liberó de
inmediato su brazo de la presión de la mano de la mujer y dejó caer la valija
en la arena. En cuanto a la novia, su rostro había tomado un color amarillo de
ropa vieja. Era una esclava de ritos atroces, observando fijamente la serpiente
que acaba de surgir.
Los dos hombres se
enfrentaron a una distancia de tres pasos. El del revólver sonrió con una nueva
y tranquila ferocidad.
-Quiso agarrarme de sorpresa
-dijo-. ¡Quiso agarrarme de sorpresa! -Sus ojos se volvieron más siniestros. Al
hacer Potter un ligero movimiento, el hombre avanzó malignamente la mano que
aseguraba el revólver-. No; no lo haga, Jack Potter. No vaya a mover un solo
dedo hacia el revólver por ahora. No mueva ni una pestaña. Me llegó el momento
de arreglar cuentas con usted, y lo voy a hacer a mi manera, despacio, sin que
nadie se meta. Así que si no quiere que el revólver se vuelva contra usted,
haga como le digo.
Potter miró a su enemigo.
-No llevo revólver encima,
Scratchy -dijo-. Sinceramente, no llevo. -Se estaba endureciendo y calmando,
pero, sin embargo, en su pensamiento flotaba la visón del coche pullman: el
terciopelo floreado de color verde mar, el bronce, la plata y los cristales brillantes,
la madera que fulguraba tan oscura y resplandeciente como la superficie de un
estanque de petróleo..., toda la gloria del casamiento, el ambiente de su
nueva condición. -Usted ya sabe que peleo cuando hay que pelear, Scratchy
Wilson; pero no llevo revólver encima. Tendrá que disparar usted solo.
El rostro de su enemigo se
volvió lívido. Se adelantó y sacudió el revólver de un lado a otro, frente al
pecho de Potter.
-No me diga que no lleva
revólver encima, pedazo de mocoso. No me venga con esas mentiras. No hay un
solo hombre en Texas que lo haya visto sin revólver. No me tome por una
criatura.' -Los ojos se le encendían y la garganta subía y bajaba como una
bomba de agua.
-No lo tomo por una criatura
-contestó Potter. Sus tobillos no habían retrocedido una sola pulgada-. Lo
estoy tomando por un maldito imbécil. Le digo que no tengo revólver y no lo
tengo. Si usted ha decidido pegarme un tiro, hágalo ahora; no volverá a tener
una oportunidad como ésta.
Un razonamiento tan
convincente había surtido efecto sobre la furia de Wilson; se encontraba ahora
más calmo.
-Si usted no tiene revólver,
¿por qué no tiene revólver? -dijo con una sonrisa sardónica-. ¿Estuvo en la
escuela dominical?
-No traigo revólver porque
acabo de llegar de San Antonio con mi mujer. Me he casado -dijo Potter-. Y, de
haber sabido que iba a encontrar tipos groseros como usted rondando por aquí
cuando llevase mi mujer a casa, hubiese traído un revólver, no se olvide usted
de eso.
-¡Casado! -dijo Scratchy,
quien no comprendía nada.
-Sí, casado. Me he casado
-dijo Potter claramente.
-¿Casado? -dijo Scratchy. Al
parecer, por primera vez vio a la mujer extenuada y sofocada que se encontraba
del otro costado del hombre-. ¡No! -exclamó. Parecía una criatura a quien se le
permitiera tener una vislumbre de otro mundo. Dio un paso hacia atrás y el
brazo que sostenía el revólver cayó al costado-. ¿Es ésta la señora? -preguntó.
-Sí, ésta es la señora
-contestó Potter. Se produjo otro período de silencio.
-Bueno -dijo Wilson, al fin,
lentamente-. Supongo que el asunto está terminado.
-Está terminado si usted lo
dice, Scratchy. Usted bien sabe que no empecé el lío.
Potter alzó la valija.
-Bueno, digo que está
terminado, Jack -dijo Wilson. Miraba al suelo-. ¡Casado!
Scratchy no era un estudioso
de la caballerosidad; ocurría simplemente que, frente a esta situación
desconocida, era como un niño de las antiguas llanuras.
Recogió su revólver de
estribor y, colocando ambas armas en las cartucheras, se alejó. Sus pies
dibujaban, al caminar, huellas en forma de embudo sobre la gruesa arena.
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