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Stephen Crane - La novia llega a Yellow Sky


I


El gran coche pullman avanzaba con tal dig­nidad que una ojeada desde la ventana parecía sim­plemente demostrar que los llanos de Texas se escurrían hacia el este. Vastas llanuras de pasto verde, extensiones con los colores sordos de mezquite y el cacto, pequeños grupos de casas de madera, bosques de árboles claros y delicados, todo se precipitaba hacia el este, se precipitaba hacia el abismo del horizonte.
Una pareja de recién casados había subido a este coche en San Antonio. Muchos días de viento y sol habían enrojecido el rostro del hombre, y una de las consecuencias directas de su nuevo traje negro era que sus manos de color de ladrillo se movían sin cesar con una falta total de naturalidad. De cuando en cuando bajaba una mirada respetuosa hacia su atavío. Estaba sentado con una mano en cada rodilla, como un hombre que espera en una peluquería. Las ojeadas que dedicaba a los otros pasajeros eran tímidas y furtivas.
La novia no era bonita, ni tampoco era muy joven. Llevaba puesto un vestido de cachemira azul, con pequeñas aplicaciones de terciopelo acá y allá y gran abundancia de botones de acero. Torcía a cada rato la cabeza para observar sus mangas abullonadas, muy tiesas, derechas y estiradas, que le incomodaban. Resultaba bastante evidente que había cocinado, y que contaba seguir cocinando, concienzudamente. Resultaba extraño contemplar sobre ese rostro común de clase baja, con su dibujo de rasgos apacibles casi desprovistos de emoción, los rubores causados por el inconsiderado escrutinio a que la habían sometido algunos pasajeros al entrar ella al coche.
Era evidente que se sentían muy felices.
-¿Ya estuviste alguna vez en un coche salón? -preguntó él, sonriendo con placer.
-No -contestó ella-, nunca estuve. Es agradable, ¿verdad?
-¡Formidable! Y luego, dentro de un rato, iremos adelante hasta el coche comedor, y nos servirán un gran banquete. Es la mejor comida del mundo. Cobran un dólar.
-Oh, ¿de verdad? -exclamó la novia-. ¿Cobran un dólar? ¡Pero! Eso es demasiado... para nosotros..., ¿no, Jack?
-No en este viaje, de todos modos -contestó él valerosamente-. Nos vamos a dar todos los gustos.
Más tarde le explicó acerca de los trenes: -Mira, hay mil millas de una punta de Texas a la otra; y este tren las recorre en línea recta y sólo se para cuatro veces.
Hablaba con el orgullo de un propietario. Le señaló los deslumbrantes detalles del coche; y, en verdad, los ojos de ella se abrían de admiración a medida que iba contemplando el terciopelo floreado de color verde mar, el bronce, la plata y los cristales brillantes, la madera que fulguraba tan oscura y resplandeciente como la superficie de un estanque de petróleo. Una figura de bronce, en una de las extremidades del coche, sostenía firmemente un soporte que dividía un compartimiento sepa­rado, y en estratégicos lugares del cielo raso había pinturas al fresco de color verde oliva y plata.
En el espíritu de la pareja, el ambiente que los rodeaba reflejaba la gloria de su casamiento cele­brado esa mañana en San Antonio; éste era el ambiente de su nueva condición; y el rostro del hombre, en especial, resplandecía con tal júbilo que el camarero negro lo consideró ridículo. Este indi­viduo los examinaba a veces desde lejos con una mueca de risa y desprecio. En otras oportunidades los intimidaba, pero con habilidad trataba de que no les resultara evidente que los estaba intimidando. Adoptaba con sutileza, los modales del snobismo más inaccesible. Los oprimía; pero ellos tenían poco conocimientos de esta opresión y pronto olvidaron que frecuentemente cierto número de viajeros les dirigían miradas de burlona diversión. Desde tiempo inmemorial, se suponía que había algo infinitamente humorístico en una pareja de recién casados.
-Debemos llegar a Yellow Sky a las tres y cuarenta y dos minutos -dijo él, mirándola tier­namente en los ojos.
-¿Ah, sí? -dijo ella, como si no lo hubiese sabido. Evidenciar sorpresa ante las afirmaciones de su marido formaba parte de su afabilidad de mujer casada. Sacó de un bolsillo un pequeño reloj de plata; y, mientras ella lo sostenía frente a sí, y lo observaba frunciendo las cejas en un esfuerzo de atención, el rostro del recién casado resplandeció. -Se lo compré a un amigo de San Antonio -le dijo alegremente.
-Son las doce y diecisiete minutos -dijo ella, alzando los ojos hacia él con una especie de tímida y desmañada coquetería. Uno de los pasajeros, observando este juego, se puso sardónico con exceso y se guiñó el ojo a sí mismo en uno de los numerosos espejos.
Se dirigieron, finalmente, al coche comedor. Dos hileras de mozos negros, vestidos con trajes de un blanco resplandeciente, inspeccionaron su en­trada con el interés, y también la ecuanimidad, de hombres a quienes se ha prevenido con antici­pación. La pareja fue confiada en suerte a un mozo que se complació en dirigirlos durante la comida. Los vigilaba con el aire de un mentor paternal, con un rostro radiante de benevolencia. Esta protección, asociada a la deferencia común en estos casos, no les resultaba evidente. Y, sin embargo, cuando volvieron al coche, sus rostros dejaban traslucir un sentimiento de alivio.
A la izquierda, extendiéndose durante millas a lo largo de la falda purpúrea de una montaña, una pequeña cinta de neblina señalaba la corriente del sinuoso Río Grande. El tren se le aproximaba describiendo un ángulo y, en la punta, se hallaba Yellow Sky. Al poco rato, se hizo evidente que, a medida que disminuía la distancia que los separaba de Yellow Sky, el marido se ponía más inquieto. La protuberancia de sus manos de color de ladrillo se hizo aún más patente. De tanto en tanto hasta se mostraba distraído y distante cuando la novia se inclinaba hacia adelante y le hablaba.
La verdad es que Jack Potter comenzaba a descubrir que la sombra de un hecho pesaba sobre él como una pesada losa. Él, el alguacil del pueblo, un hombre conocido, apreciado y temido en su lugar, un personaje prominente, habia ido a San Antonio a encontrarse con una muchacha que creía amar y allí, después de los ruegos de práctica, la había inducido realmente a casarse con él, sin consultar a Yellow Sky en ningún momento de la transacción. Ahora, traía a su novia a la presencia de una comunidad inocente y que nada sospechaba.
La gente de Yellow Sky, naturalmente, se casaba a su antojo, según la costumbre general, pero tal era el concepto que tenía Potter de su deber frente a sus amigos, o de la idea que éstos se hacían de su deber, o de una tácita formalidad que no gobierna a los hombres en estos asuntos, que se sentía despre­ciable, había cometido un crimen extraordinario. Junto con esta muchacha de San Antonio, y aguijoneado por un vivo impulso, se había precipi­tado por sobre todas las barreras sociales. En San Antonio él era como un hombre escondido en la oscuridad. En aquel pueblo remoto su mano podía empuñar un cuchillo para dirimir cualquier con­tienda amistosa, cualquier cuestión. Pero la hora de Yellow Sky -la hora de la luz del día- se aproxi­maba.
Tenía plena conciencia de que su casamiento era un acontecimiento importante para el pueblo. Sólo un incendio en el nuevo hotel podía superarlo.
Sus amigos no se lo podrían perdonar. Había reflexionado a menudo sobre la conveniencia de prevenirlos mediante un telegrama, pero una de­sacostumbrada cobardía lo había invadido. Temía hacerlo. Y ahora el tren lo arrastraba hacia una escena de asombro, regocijo y reproche. Echó un vistazo por la ventana a la niebla que giraba len­tamente en dirección al tren.
Yellow Sky tenía una especie de banda que tocaba penosamente, para deleite de la población. Se rió sin ganas al pensar en ella. Si los ciudadanos soñaran que estaba por llegar con su novia, harían formar la banda en la estación y los escoltarían, entre aclamaciones y risueñas felicitaciones, hasta su casa de adobe.
Decidió que usaría todos los recursos de la rapidez y astucia de los llaneros para hacer el recorrido desde la estación hasta su casa. Una vez dentro de esa segura ciudadela podría poner en circulación una especie de boletín oral, y luego esperar a que el entusiasmo de los ciudadanos se disipase un poco antes de volver a enfrentarlos.
La novia lo miró con ansiedad.
-¿Qué es lo que te preocupa, Jack? Este rió nuevamente.
-No estoy preocupado, muchacha; sólo que pienso en Yellow Sky.
Ella se sonrojó, comprensiva.
Un mutuo sentimiento de culpa les invadió el pensamiento y desarrolló entre ellos una ternura más sutil. Se miraron uno al otro con ojos que brillaban suavemente. Pero Potter se reía a menudo con la misma risa nerviosa; el rubor del rostro de la novia parecía más bien permanente.
El traidor a los sentimientos de Yellow Sky observó de cerca el paisaje que pasaba rápidamente. -Ya casi hemos llegado -dijo.
Al poco rato apareció el camarero y anunció la proximidad del lugar donde vivía Potter. Sostenía una escobilla en la mano y, sin ostentar ya su aire de superioridad, se puso a cepillar el traje nuevo de Potter mientras éste se volvía lentamente de un lado a otro. Potter se hurgó los bolsillos, sacó una moneda y se la dio al camarero, como había visto hacer a los demás. Todo esto resultó ser un pesado ejercicio muscular, como el de un hombre que hierra su primer caballo.
El camarero tomó las valijas de la pareja y, mientras disminuía la marcha del tren, se adelan­taron hacia la plataforma cubierta del coche. Pronto, las dos locomotoras y su hilera de vagones se precipitaron en la estación de Yellow Sky. -Tienen que cargar agua aquí -dijo Potter, con un nudo en la garganta y en una entonación fúnebre, como quien anunciara una muerte. Antes que el tren se detuviese, su mirada había recorrido rápidamente el andén en toda su longitud y se sintió alegre y sorprendido al ver que no había nadie más que el jefe de estación, quien, con aire ligeramente apresurado y ansioso, se dirigía hacia los tanques de agua. Cuando el tren se hubo detenido, el camarero, bajando primero, colocó en posición un pequeño estribo portátil.
-Vamos, muchacha -dijo Potter con voz extrañamente ronca.
Cuando él la ayudó a bajar, ambos se rieron con un tono falso. Tomó la valija de las manos del negro y le ofreció el brazo a su mujer. Mientras se escabullían rápidamente, su mirada de perro perseguido descubrió que estaban descargando los dos baúles y también que el jefe de estación, allá lejos, cerca del vagón de equipajes, se había vuelto y corría hacia él, gesticulando. Se rió, y gruñó mientras reía, al notar el primer efecto de su felicidad matrimonial sobre Yellow Sky. Apretó firmemente el brazo de su mujer y huyeron. Detrás de ellos, el camarero se quedó riendo entre dientes con desdén.


II


El expreso de California del Ferrocarril del Sur debía llegar a Yellow Sky dentro de veinte minutos. Había seis hombres frente al mostrador de la cantina de los Caballeros Cansados. Uno de ellos era un viajante de comercio que hablaba mucho y muy rápidamente; había tejanos a quienes no les gustaba hablar a esa hora, y dos cuidadores de ovejas mexicanos que, por regla general, no hablaban en la cantina de los Caballeros Cansados. El perro del cantinero estaba echado sobre la acera de tablas que pasaba frente a la puerta. Apoyaba la cabeza entre las patas y lanzaba aquí y allá miradas soñolientas de constante atención que denunciaban al perro que suele recibir una patada de vez en cuando. Al otro lado de la calle arenosa había parcelas de césped de un verde tan vívido, con un aspecto tan maravilloso en medio de la arena ardiendo bajo el sol llameante, que planteaban una duda a la mente. Se parecían exactamente a las alfombras que se utilizan en el escenario para representar al césped. En el extremo más fresco de la estación de ferrocarril un hombre sin saco estaba sentado en una silla echada hacia atrás y fumaba su pipa. Cerca, circundaba el pueblo la orilla recién cavada del Río Grande y más allá podía verse una gran extensión de mezquite color ciruela.
Con excepción del viajante de comercio y de sus compañeros de la cantina, Yellow Sky dormitaba. El recién llegado se apoyó airosamente sobre el mos­trador y contó muchas historias con el aire seguro de un bardo que ha hallado un nuevo campo.
-...y en el instante en que el viejo cayó por las escaleras con la cómoda en los brazos, la vieja subía con dos baldes de carbón, y naturalmente...
El relato del viajante de comercio quedó inte­rrumpido por un joven que apareció, de repente, en el umbral de la puerta abierta. Exclamó:
-Scratchy Wilson se ha emborrachado y se le han soltado las manos.
Los dos mexicanos colocaron en el acto sus vasos sobre el mostrador y desaparecieron por la puerta trasera de la cantina.
El viajante, inocente y bromista, contestó:
-Muy bien, viejo. Y ¿qué hay con eso? Venga y tómese un trago de todos modos.
Pero la información había producido una im­presión tan evidente en los cráneos de todos los que se hallaban en el salón, que el viajante se vio obligado a reconocer su importancia. Todos se habían puesto serios inmediatamente.
-Oigan -dijo él, desconcertado-, ¿qué signi­fica esto?
Sus tres compañeros hicieron el gesto prelimi­nar de un discurso elocuente; pero el joven parado en la puerta se les anticipó:
-Significa, mi amigo -contestó, mientras entraba en la cantina-, que durante las próximas dos horas este pueblo no será un lugar muy salu­dable.
El cantinero se dirigió hacia la puerta y la cerró con llave y tranca; alargando una mano afuera de la ventana tiró hacia adentro las pesadas persianas de madera y las atrancó. De inmediato una oscuridad solemne, semejante a la que reina en una capilla, invadió la cantina. El viajante miraba a unos, y otros.
-Pero, oigan -exclamó-, ¿qué significa esto, de todos modos? ¿Ustedes no piensan que va a haber una pelea con revólveres?
-No sé si habrá una pelea o no -contestó uno de los hombres, con tono hosco-, pero sí habrá algunos tiros... algunos tiros certeros.
El joven que los había prevenido agitó la mano.
-Oh, no tardará mucho en haber una pelea, si alguien la busca. Cualquiera puede conseguirse una pelea allá afuera en la calle. Hay una pelea que justamente está esperando.
El viajante parecía oscilar entre su interés como forastero y la percepción de un peligro personal. -¿Cómo dijeron que se llamaba?
-Scratchy Wilson -contestaron en coro.
-¿Y es capaz de matar a alguien? ¿Qué van a hacer ustedes? ¿Esto pasa a menudo? ¿Acostumbra armar semejante alboroto todas las semanas? ¿Puede echar abajo esa puerta?
-No; no puede echar abajo esa puerta -con­testó el cantinero-. Ha intentado hacerlo tres veces. Pero cuando llegue le conviene acostarse en el suelo, forastero. No le quede ninguna duda de que va a disparar contra ella, y puede que una bala la atraviese.
Después de esto el viajante vigiló escrupulosa­mente la puerta. No había llegado aún el momento en que tendría que abrazarse al suelo, pero, como una precaución menor, se acercó furtivamente a la pared.
-¿Matará a alguien? -preguntó de nuevo. Los hombres rieron por lo bajo y con desdén ante esa pregunta.
-Salió para disparar, y anda buscando lío. No creo que gane nada en hacer la prueba.
-¿Pero qué hacen ustedes en un caso como éste? ¿Qué hacen?
Uno de los hombres contestó:
-¡Cómo! Si él y Jack Potter...
-Pero -interrumpieron en coro los otros hombres-, Jack Potter está en San Antonio.
-Bueno, ¿quién es? ¿Qué tiene que ver con esto?
-Oh, es el alguacil del pueblo. Sale afuera y pelea con Scratchy cuando éste se agarra una de esas borracheras.
-¡Ufa! -dijo el visitante, enjugándose la frente-. Linda ocupación la que tiene.
Las voces se habían amortiguado hasta conver­tirse en meros susurros. El viajante quería hacer más preguntas, producto éstas de una ansiedad y des­concierto crecientes; pero cuando intentaba ha­cerlo los hombres se limitaban a mirarlo con irri­tación y le hacían señas de que se quedara callado. Los envolvía un tenso silencio de espera. Sus ojos brillaban en las densas sombras de la habitación, mientras procuraban escuchar cualquier ruido de la calle. Uno de los hombres hizo tres gestos en dirección al cantinero; y éste, moviéndose como un fantasma, le extendió un vaso y una botella. El hombre se sirvió un vaso lleno de whisky de un solo trago y se volvió nuevamente hacia la puerta en inmutable silencio. El viajante observó que el can­tinero había sacado silenciosamente un wínchester de abajo del mostrador. Más tarde vio que este individuo le hacía señas, así que cruzó, de puntillas, la habitación.
-Sería mejor que usted se pasara conmigo detrás del mostrador.
-No, gracias -dijo el viajante, transpirando. Prefiero estar donde pueda escaparme por la puerta trasera.
Entonces el hombre de las botellas le hizo un gesto amable pero imperioso. El viajante le obede­ció y, al encontrarse sentado sobre una caja con la cabeza más abajo que el nivel del mostrador, sintió que la vista de diversos accesorios de cobre y cinc que tenían cierta semejanza con un blindaje ex­tendían un bálsamo sobre su corazón. El cantinero se sentó confortablemente en una caja contigua.
-Vea -murmuró-, este Scratchy Wilson es un prodigio con el revólver..., un verdadero prodigio; y cuando se pone en tren de guerra, nosotros, naturalmente..., buscamos nuestros agujeros. Scratchy es uno de los últimos de la vieja pandilla que acostumbraba a rondar alrededor del río. Cuando está borracho es terrible. Pero cuando está sobrio es un tipo correcto..., un poco tonto..., no haría daño a una mosca..., el tipo más simpático del pueblo. Pero cuando está borracho..., ¡diablo!.
Se produjeron períodos de silencio.
-Ojalá Jack Potter ya hubiese vuelto de San Antonio -dijo el cantinero-. En una oportunidad le pegó un tiro a Wilson... en la pierna... y, de estar aquí, se le iría encima a este tipo y le sacaría esas chifladuras.
Al poco rato escucharon el ruido distante de un disparo, seguido de tres alaridos salvajes. Inmedia­tamente desapareció el lazo transitorio que unía a los hombres en la cantina oscurecida. Los pies se arrastraron por el suelo. Se miraron.
-Ahí viene -dijeron.


III


Un hombre vestido con una camisa de franela de color marrón comprada con fines decorativos y hecha generalmente por judías del East Side de Nueva York, dobló una esquina y se dirigió hacia el centro de la calle principal de Yellow Sky. En cada mano el hombre llevaba un largo y pesado revólver de color negro azulado. A menudo daba alaridos, y estos gritos resonaban a través de un pueblo que parecía desierto, elevándose agudamente por en­cima de los techos con un volumen que no parecía guardar relación con la potencia vocal de un hombre común. Era como si el silencio circundante formase sobre él algo así como el arco de una tumba. Estos gritos de feroz desafío resonaban contra murallas de silencio. Y sus botas tenían remate rojo con dorados estampados en la parte superior, del tipo que gusta en invierno a los muchachitas que se deslizan en trineo por las laderas de Nueva Inglaterra.
El rostro del hombre estaba encendido de furia provocada por el whisky. Sus ojos desorbitados, aunque agudos para descubrir emboscadas, re­corrían las silenciosas puertas y ventanas. Caminaba con el movimiento furtivo del gato de medianoche. A medida en que se le ocurrían, profería acusaciones amenazadoras. Los dos largos revólveres eran una bagatela para sus manos; los movía con eléctrica rapidez. Los dedos meñiques de cada mano ejecuta­ban movimientos semejantes a los de un músico. El cuello escotado de la camisa ponía de manifiesto los tendones de su garganta que sobresalían y se hundían, sobresalían y se hundían, a medida que lo agitaba la cólera. Los únicos sonidos que se escu­chaban eran sus terribles desafíos. Los tranquilos adobes se conservaban inmutables, mientras ese pequeño objeto pasaba por el medio de la calle.
No hubo nadie que aceptara el desafío..., nadie que aceptara. El hombre clamó al cielo. No había allí ninguna diversión. El hombre rugió e hizo girar sus revólveres en todas las direcciones. El perro del cantinero de la cantina de los Caballeros Cansados no había captado el desarrollo de los acontecimien­tos. Todavía seguía dormitando frente a la puerta de su dueño. A la vista del perro, el hombre se detuvo y alzó su revólver con expresión jocosa. A la vista del hombre, el perro se levantó de un salto y se alejó en diagonal, malhumorado y gruñendo. El hombre lanzó un alarido y el perro emprendió un galope. Cuando se disponía a entrar en un callejón se produjo un fuerte ruido, un silbido y algo hizo saltar la tierra justo frente a él. El perro aulló y, girando aterrorizado, se precipitó al galope en una nueva dirección. Se produjo nuevamente un ruido, un silbido y la arena chispeó perversamente frente al perro. Agobiado por el miedo, el perro dio vueltas y se agitó como un animal acorralado. El hombre se quedó riendo, con las armas apoyadas contra las caderas.
Finalmente, el hombre se sintió atraído por la puerta cerrada de la cantina de los Caballeros Cansados. Se dirigió hacia ella y, golpeándola con un revólver, pidió bebida.
Como la puerta permaneciera imperturbable, levantó un pedazo de papel de la calle y lo clavó en el marco con un cuchillo. Luego volvió la espalda con desdén a ese popular punto de reunión y, caminando hacia el lado opuesto de la calle, rápida y ágilmente giró sobre sus talones y disparó en dirección al pedazo de papel. Erró el blanco por media pulgada. Se maldijo a sí mismo y se alejó. Más tarde, disparó tranquilamente una descarga cerrada contra las ventanas de su amigo más íntimo. El hombre se divertía con este pueblo; era, para él, un juguete.
Pero, con todo, nadie había aceptado su de­safío. El nombre de Jack Potter, su viejo antagonista, le vino a la mente, y llegó a la conclusión de que sería agradable dirigirse a la casa de Potter y obligarlo, mediante un bombardeo, a salir y pelear. Se puso a caminar en dirección a su meta, ento­nando un canto de guerra apache.
Cuando llegó allí, la casa de Potter presentaba el mismo frente silencioso que habían presentado los otros adobes. Tomando una posición estratégica, el hombre lanzó un grito de desafío. Pero la casa lo contemplaba como podría haberlo hecho un dios de piedra. No dio señales de vida. Después de una módica espera, el hombre lanzó otros gritos de desafío, matizados con asombrosos epítetos.
Al poco rato se observó el espectáculo de un hombre poseído por la más intensa de las rabias ante la inmovilidad de una casa. Se enfurecía contra ella del mismo modo que el viento de invierno ataca una cabaña de las praderas del norte. A la distancia debía haber producido un sonido semejante al tumulto provocado por una pelea de doscientos mexicanos. Cuando se veía obligado a elfo por la necesidad, se detenía para cobrar aliento o para volver a cargar los revólveres.


IV


Potter y su mujer caminaban furtivamente y con rapidez. A veces reían en tono bajo y avergonzado. -En la próxima esquina, querida -dijo él, finalmente.
Parecía desplegar el esfuerzo de una pareja que camina agachada contra el viento. Potter estaba a punto de levantar un dedo para señalar la primera aparición del nuevo hogar cuando, al doblar la esquina, se encontraron frente a frente con un hombre vestido con una camisa de color marrón, el cual se hallaba ocupado febrilmente en introducir balas dentro de un gran revólver. En el mismo instante el hombre dejó caer el revólver al suelo y, como un relámpago, sacó otro de la cartuchera. La segunda arma apuntaba amenazante al pecho del novio.
Se produjo un silencio. La boca de Potter era como una tumba para su lengua. Instintivamente liberó de inmediato su brazo de la presión de la mano de la mujer y dejó caer la valija en la arena. En cuanto a la novia, su rostro había tomado un color amarillo de ropa vieja. Era una esclava de ritos atroces, observando fijamente la serpiente que acaba de surgir.
Los dos hombres se enfrentaron a una distancia de tres pasos. El del revólver sonrió con una nueva y tranquila ferocidad.
-Quiso agarrarme de sorpresa -dijo-. ¡Quiso agarrarme de sorpresa! -Sus ojos se volvieron más siniestros. Al hacer Potter un ligero movimiento, el hombre avanzó malignamente la mano que aseguraba el revólver-. No; no lo haga, Jack Potter. No vaya a mover un solo dedo hacia el revólver por ahora. No mueva ni una pestaña. Me llegó el momento de arreglar cuentas con usted, y lo voy a hacer a mi manera, despacio, sin que nadie se meta. Así que si no quiere que el revólver se vuelva contra usted, haga como le digo.
Potter miró a su enemigo.
-No llevo revólver encima, Scratchy -dijo-. Sinceramente, no llevo. -Se estaba endureciendo y calmando, pero, sin embargo, en su pensamiento flotaba la visón del coche pullman: el terciopelo floreado de color verde mar, el bronce, la plata y los cristales brillantes, la madera que fulguraba tan oscura y resplandeciente como la superficie de un estanque de petróleo..., toda la gloria del casa­miento, el ambiente de su nueva condición. -Usted ya sabe que peleo cuando hay que pelear, Scratchy Wilson; pero no llevo revólver encima. Tendrá que disparar usted solo.
El rostro de su enemigo se volvió lívido. Se adelantó y sacudió el revólver de un lado a otro, frente al pecho de Potter.
-No me diga que no lleva revólver encima, pedazo de mocoso. No me venga con esas mentiras. No hay un solo hombre en Texas que lo haya visto sin revólver. No me tome por una criatura.' -Los ojos se le encendían y la garganta subía y bajaba como una bomba de agua.
-No lo tomo por una criatura -contestó Potter. Sus tobillos no habían retrocedido una sola pulgada-. Lo estoy tomando por un maldito imbécil. Le digo que no tengo revólver y no lo tengo. Si usted ha decidido pegarme un tiro, hágalo ahora; no volverá a tener una oportunidad como ésta.
Un razonamiento tan convincente había surtido efecto sobre la furia de Wilson; se encontraba ahora más calmo.
-Si usted no tiene revólver, ¿por qué no tiene revólver? -dijo con una sonrisa sardónica-. ¿Es­tuvo en la escuela dominical?
-No traigo revólver porque acabo de llegar de San Antonio con mi mujer. Me he casado -dijo Potter-. Y, de haber sabido que iba a encontrar tipos groseros como usted rondando por aquí cuando llevase mi mujer a casa, hubiese traído un revólver, no se olvide usted de eso.
-¡Casado! -dijo Scratchy, quien no com­prendía nada.
-Sí, casado. Me he casado -dijo Potter clara­mente.
-¿Casado? -dijo Scratchy. Al parecer, por primera vez vio a la mujer extenuada y sofocada que se encontraba del otro costado del hombre-. ¡No! -exclamó. Parecía una criatura a quien se le permitiera tener una vislumbre de otro mundo. Dio un paso hacia atrás y el brazo que sostenía el revólver cayó al costado-. ¿Es ésta la señora? -preguntó.
-Sí, ésta es la señora -contestó Potter. Se produjo otro período de silencio.
-Bueno -dijo Wilson, al fin, lentamente-. Supongo que el asunto está terminado.
-Está terminado si usted lo dice, Scratchy. Usted bien sabe que no empecé el lío.
Potter alzó la valija.
-Bueno, digo que está terminado, Jack -dijo Wilson. Miraba al suelo-. ¡Casado!
Scratchy no era un estudioso de la caballerosi­dad; ocurría simplemente que, frente a esta situa­ción desconocida, era como un niño de las antiguas llanuras.
Recogió su revólver de estribor y, colocando ambas armas en las cartucheras, se alejó. Sus pies dibujaban, al caminar, huellas en forma de embudo sobre la gruesa arena.

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