2 de abril.
De
acuerdo, doc, usted gana.
Mantendré
mi promesa y escribiré regularmente, pero maldita sea si voy a empezar mis
anotaciones con frases como Querido diario o Querido doctor.
¿Desea usted que le diga cómo es esto? De acuerdo. Pero lo haré a mi modo, doc,
así que ya lo sabe. Si tiene usted alguna idea preconcebida acerca de entrar a
saco en mi consciencia, vaya con cuidado con los cocodrilos que flotan en la
corriente.
Sé lo
que estará usted pensando. «He aquí a un escritor profesional que cree que solo
escribe lo que él quiere. Pidámosle que lleve un diario y escribirá pese a sí
mismo. Así verá lo equivocado que está». ¿De acuerdo, doc? ¿Es así, doc?
Solo
que éste no es mi auténtico problema. Mi obsesión es exactamente lo opuesto...
lo antitético, si le gusta más así. Logorrea. Verbosidad. ¿Palabras
insignificantes de un escritor barato? Pero eso es lo que siempre dicen en el
estudio: todos los escritores son baratos.
De
acuerdo, así que aquí tiene su dinero. Salga y cómpreme una docena de
escritores. Déjeme ver... quiero dos Hemingway, un Thomas Wolfe, un James
Joyce, un par de Homeros si son frescos, y seis William Shakespeare.
Casi
le dije eso a Gerber cuando me echó del show. Pero ¿para qué? Esos productores
solo tienen una idea. Señalan el aparcamiento y dicen: «Yo conduzco un Cadillac
y tú conduces un Volkswagen. Así que, si eres tan listo, ¿por qué no eres
rico?»
Llámelo
racionalización si quiere. Ustedes los arreglacabezas son estupendos pegándole
etiquetas a todo. Pégme la cola al asno, ese es el nombre del juego, y el
paciente es siempre el borrico. Perdón, no se le llama «paciente», se le llama
«analizado». Por cincuenta machacantes a la hora puede usted permitirse el lujo
de inventar alguna palabra imaginaria. Y por cincuenta machacantes a la hora yo
me puedo permitir el lujo de imaginar alguna palabra inventada.
Si eso
es lo que espera usted de mí, olvídelo. No hay invenciones. Ya no. Erase una
vez (como dicen los escritores) que sí hubo una invención, más bien un sueño.
Un sueño acerca de llegar a Hollywood y arrasar el mercado de la televisión.
Escribir comedias, ganar mucho dinero en el tiempo libre de esta cómoda manera,
comprarse una casa de ensueño con piscina incluida, y vivir allí una vida de
fábula con una atractiva pollita.
Nadie
tiene por qué preocuparse de los sueños. Sólo cuando se convierten en realidad
empiezan los problemas. Cuando descubres que las comedias ya no son divertidas,
el dinero fácil desaparece, y la piscina se convierte en un fluir de
conciencia. Incluso una atractiva pollita como Jean se convierte en algo
distinto. Ya no es un sueño, es una pesadilla, y es real.
Ese es
el problema para usted, doc. Cúreme de la rea]idad.
5 de abril
Un
hecho histórico poco conocido. Poco después de ser herido en el Perú, Pizarro,
siempre un maestro de la subestimación, escribió que estaba Incapacitado.
¡Maldita
sea, doc, digo que eso es divertido! No puedo aceptar su teoría acerca de los
retruécanos como una forma de agresión oral. Porque yo no soy del tipo
agresivo.
Hostil,
sí. ¿Por qué no debería serlo? Echado del show, después de tres temporadas de
sudar sangre para Gerber y ese asqueroso cómico sin ningún talento que tiene.
Lou Lane no hubiera encontrado trabajo ni siquiera como maestro de ceremonias
en una lavandería automática hasta que yo empecé a escribir para él, y ahora es
Míster Neilsen en persona, si le oyes hablar.
Pero
no van a provocarme con ninguna de esas cosas, no voy a hacer ninguna
estupidez. No necesito hacerlo. Una temporada sin mí, y lo veremos de vuelta
allá donde le corresponde... cuidando del aparcamiento de una Autofuneraria.
Venga y Sírvase Usted Mismo Sin Bajar Del Coche. Ja, ja.
Gerber
me hizo la misma jugada; mi material se está agriando. No nos gusta la comedia
negra. Eso es malintencionado, y nosotros nos dirigimos a un público
eminentemente familiar. De acuerdo, quizá esa era mi forma de aliviar la
tensión, arrojándola fuera de mí... catarsis, ¿no es esa la palabra? Y aquello
hizo que me pasara un poco. Que es precisamente lo que quiero que haga usted.
Desempolve mi mente, póngame de nuevo sobre los carriles, y yo conseguiré otro
contrato y estaré otra vez trabajando para las familias. ¿Okay?
Mientras
tanto, nada de problemas. Jean es quien gana nuestro sustento. Nunca hubiera
podido imaginarlo cuando nos casamos. Al principio pensé que su manía de cantar
era simplemente una afición y no me opuse. Así estaba ocupada mientras yo
trabajaba... era un hobby como cualquier otro. Incluso cuando recibió sus
primeros contratos para clubs nocturnos, para mí seguía cantando en la Noche de
los Aficionados. Pero luego le ofrecieron aquel otro contrato para grabar el
disco, y tras los sencillos vinieron los álbumes, etc. Mi pollita se convirtió
en un canario.
Es
curioso lo que ocurrió con Jean. Nadie lo hubiera imaginado cuando la conocí.
Muy espectacular, eso sí, pero aparte eso, nada. Fue el cantar lo que señaló la
diferencia. Descubrir su voz fue como descubrirse a sí misma. De pronto, se
sintió segura.
Claro
que estoy orgulloso de ella, pero eso no deja de inquietarme un poco. La forma
en que se toma las cosas, como eso de insistir en que vea a un psiquiatra. No
es que me preocupe mucho, por ello, sé que lo hace por mi propio bien, pero es
difícil acostumbrarse a ello. Como la pasada noche, en aquella reunión, cuando
su agente nos presentó a algunos de sus amigos como «y ahora deseo que
conozcáis a Jean Norman y a su marido».
En
segundo plano. No es por mí, doc. Ya soy un chico crecido. Lo último que
necesito es una crisis de identidad, ¿correcto? Y mientras estemos jugando al
juego de la verdad, debo admitir que Jean tiene razón... le he estado dando un
poco demasiado a la botella últimamente, desde que fui despedido.
No
mencioné esto en nuestra última sesión, pero es la razón principal por la que
ella me obligó a venir a usted. Dice que el alcohol es mi sabanita, como en los
Peanuts. Quizá librándome de ello las cosas vuelvan a su lugar. ¿Es posible?
Dicen
que la sabanita de un hombre es el sudario de otro hombre.
7 de abril
Estúpido
pelmazo. ¿Qué quiere decir con eso de que el alcoholismo es solo un síntoma?
En
primer lugar, yo no soy un alcohólico. Claro que bebo, quizá bebo mucho, todo
el mundo bebe en este negocio. Es eso o la yerba o las drogas duras, pero le
aseguro que no estoy flotando y liando mi vida. Sin embargo, uno tiene que
aferrarse a algo para mantener la cabeza en su sitio, y por el simple hecho de
que chupe de tanto en tanto no tiene por qué decir que soy un alcohólico.
Pero
solo para seguir la discusión, supongamos que fuera así. Usted le llama a eso
un síntoma. ¿Un síntoma de qué?
Suponga
que me lo cuenta. Sentado en ese sillón demasiado blando, con las manos
cruzadas sobre su barriga demasiado gruesa, y dejándome a mi que hable y
hable... supongamos que le oigo yo a usted ahora durante un rato, solo para
cambiar. ¿Qué es lo que sospecha, Señor Juez, Señor Jurado, Señor Fiscal, Señor
Verdugo? ¿Cuáles son los cargos... heterosexualidad en primer grado?
No
estoy pidiendo comprensión. Tengo toda la que necesito en Jean. Demasiada.
Estoy hasta aquí de la rutina de oh-mi-pobre-pequeño. No quiero tolerancia ni
comprensión ni nada de esa hipócrita jerga. Solo presénteme algunos hechos,
para variar. Estoy cansado de Jean jugando a la Mamá y estoy cansado de usted,
jugando al Gran Papá. Lo que deseo es un poco de ayuda real, quiero que alguien
me ayude me ayude por favor por favor ayúdeme.
9 de abril
Dos
resoluciones.
Número
uno, no voy a beber más. Dejo la bebida desde ahora, definitivamente. Estaba
borracho cuando escribí eso último, y todo lo que he tenido que hacer ha sido
leerlo hoy cuando estoy sobrio para ver lo que me estaba haciendo a mí mismo.
Así que se acabó la bebida. Ahora y siempre.
Número
dos. Desde ahora no le mostraré esto al doctor Moss. Cooperaré completamente
con él durante las sesiones de terapia, pero eso será todo. Esto es como una
invasión de la intimidad. Y después de lo ocurrido hoy, no voy a quedarme allí
tendido dejando que hurgue y hurgue. Particularmente sin ningún anestésico; no
voy a permitirlo.
Si
sigo escribiendo todo esto es únicamente para mi propia información, algo así
como una redacción personal. Por supuesto, no voy a decirle nada de esto. Me
engañó con esa estúpida cháchara psiquiátrica, dejando que hablara por mí
mismo. Tenía que haberlo imaginado... los arreglacabezas son autoridades en eso
y saben utilizar bien sus etiquetas y clasificaciones. ¿Pero quién lo necesita?
Lo que
necesito es mantener el hilo de lo que está ocurriendo, cuando las cosas
empiezan a hacerse confusas. Como pasó en la sesión de hoy.
En
primer lugar, la hipnoterapia.
Solo
entre nosotros, admitiré que la idea de ser hipnotizado siempre me ha aterrado.
Y si hubiera tenido la menor sospecha de que el viejo rastrero estaba
intentándolo me hubiera largado de allí en menos de dos segundos.
Pero
me pilló con la guardia baja. Estaba en el diván y se suponía que debía decir
lo que me viniera por la cabeza. Sólo que estaba en blanco, no podía pensar en
nada. Agotamiento emocional, dijo, y apagó las luces. ¿Por qué no cerrar los
ojos y relajarme? No echarme a dormir, solo soñar despierto un poco. Soñar
despierto es a veces más importante que simplemente soñar. De hecho, él no
deseaba que yo me quedara dormido, así que me concentré en su voz y dejé que
las cosas siguieran su curso...
Me
atrapó. No me di cuenta de que estaba perdiendo el control, no me asusté, sabía
quien era y todo lo demás, pero me atrapó. Esa era su intención, pues no dejó
de hablar de la memoria. De cómo la memoria es nuestra forma personal de viajar
por el tiempo, un vehículo que nos lleva hacia atrás, muy atrás a los primeros
años de la infancia, ¿no es cierto? Y yo dije sí, puede llevarnos hacia atrás,
puede llevarme hacia atrás, hacia la vieja Virginny.
Entonces
empecé a tararear algo en lo que no había pensado desde hacía años. Y él dijo
eso es, suena como una cantinela de jardín de infancia, y yo dije así es, doc,
usted tiene que conocerla, Los tres ratones ciegos.
Por
qué no la cantas para mí, me dijo. Así que lo hice.
Tres
ratones ciegos, tres ratones ciegos,
Mira
como corren, ¡mira como corren!
Corren
tras la mujer del granjero,
¿Has
visto algo así en tu vida,
algo
como tres ratones ciegos, tres ratones ciegos?
-Precioso
-dijo-. ¿Pero no se ha saltado una estrofa?
-¿Qué
estrofa? -dije. De pronto, y sin ninguna razón, me sentía como muy tenso-. Así
es la canción. Mi madre me la cantaba cuando yo era un bebé. Nunca olvidaría
algo así. ¿Qué estrofa?
El
empezó a cantar para mí.
Corrían
tras la mujer del granjero,
Ella
cortó sus cabezas con un cuchillo de trinchar.
Entonces
había ocurrido.
No era
como recordar. Precisamente estaba ocurriendo en aquel momento, todo de nuevo.
Es a
última hora de la noche. Hace frío. Sopla el viento. Me despierto. Quiero un
vaso de agua. Todo el mundo duerme. Está oscuro. Voy a la cocina.
Entonces
oigo el ruido. Como un palmear en el suelo. Me asusto. Me giro hacia la luz y
la veo. En la esquina detrás de la puerta. La trampa. Algo moviéndose en ella.
Una cosa gris y peluda y agitándose arriba y abajo.
El
ratón. Su pata ha quedado atrapada en la trampa y no puede soltarse. Quizá yo
pueda ayudar. Cojo la trampa y tiro del muelle. Sujeto al ratón. Se agita y
chilla, y aquello aún me asusta más. Yo no quiero hacerle daño, solo liberarlo
para que pueda irse corriendo. Pero él se agita y chilla, y entonces me muerde.
Cuando
veo la sangre eu mi dedo dejo de tener miedo. Me vuelvo loco. Todo lo que
quería era ayudar, y él me ha mordido. Asqueroso animalio. Chillándome con los
ojos cerrados. Ciego. Tres ratones ciegos. La mujer del granjero.
Allá.
En el fregadero. El cuchillo de trinchar.
Intenta
morderme de nuevo. Lo sujeto. Tomo el cuchillo. Y corto, dejo caer el cuchillo
y me pongo a gritar.
Estaba
gritando de nuevo, treinta años más tarde, y abrí los ojos, y allí estaba en la
consulta del doctor Moss, llorando a gritos como un chiquillo.
-¿Qué
edad tenía? -dijo el doctor Moss.
-Siete
años.
Simplemente
salió. Nunca había recordado cuantos años tenía, nunca había recordado qué
había ocurrido... todo había quedado borrado de mi mente, como aquella estrofa
en la canción del jardín de infancia.
Pero
ahora recuerdo. Lo recuerdo todo. Mi madre encontrando la cabeza del ratón en
el cubo de la basura y luego dándome una soberana paliza. Creo que fue aquello
lo que me puso enfermo, no el mordisco, aunque el doctor que vino y me curó
dijo que había sido la infección lo que había causado la fiebre. Estuve en cama
durante dos semanas. Cuando me despertaba gritando a causa de las pesadillas,
mi madre venía y me abrazaba y me decía cuánto lo sentía. Siempre me decía
cuánto lo sentía... después de haberme zurrado.
Creo
que fue entonces cuando realmente empecé a odiarla. No me sorprendc que muchos
de los gags que escribí para Lou Lane versaran sobre madres y suegras.
¿Agresión oral? Podría ser. Todos esos años y nunca llegué a saberlo, nunca me
di cuenta de cuánto la odiaba. Aún sigo odiándola ahora, sigo odiándola...
Lo que
necesito es un trago.
23 de abril
Dos
semanas desde que escribí eso último. Le dije al doctor Moss que había dejado
de llevar el diario y me creyó. Le dije al doctor Moss un montón de cosas
además de ésa, y no sé si me creyó o no. No es que me importe ni una cosa ni la
otra. Yo tampoco creo todo lo que él me dice.
Esquizofrenia
hebefrénica. Esa es la calificación ahora.
Significa
que algunos tipos de personalidad, enfrentados a situaciones de tensión que no
pueden manejar, regresan a la infancia o a niveles de comportamiento
infantiles.
Lo busqué
el otro día tras echarle una ojeada a las notas de Moss, pero si eso es lo que
piensa, entonces es él quien está chalado.
El
doctor Moss no emplea palabras como chalado, ido, loco. Trastornos mentales,
dice él.
Eso, y
regresión. Está obsesionado con eso de la regresión. No más hipnosis: le dije
que aquello había terminado absolutamente, y captó el mensaje. Pero utiliza
otras técnicas como la libre asociación, y parecen funcionar. Lo que ocurre
realmente es que hablo de mis recuerdos, hablo libremente de mi pasado.
Y han
aparecido algunas cosas extrañas. Como el no beber un vaso de leche hasta que
tuve cinco años... mi madre me la dejaba beber siempre de la botella del
biberón, y hubo un gran follón al respecto cuando fui al jardín de infancia y
no quería beber mi leche de otra forma más que de esa. Finalmente ella me dio
una buena zurra y me dijo cuánto la había avergonzado cuando tuvo que
explicarle aquello al maestro, y el biberón desapareció para siempre. Pero era
culpa suya. Estoy empezando a comprender por qué la odiaba.
Mi
padre tampoco era una joya. Siempre que teníamos alguien a cenar se ponía a
hablar de las cosas que yo le decía, de todas las cosas tontas que dices cuando
eres pequeño y no sabes más, y todo el mundo se echaba a reír. Cuesta darse
cuenta de que los niños también pueden sentirse avergonzados, hasta que
recuerdas lo que era aquello. El viejo siempre me aguijoneaba para que le
dijera cosas tontas para poder repetírselas a sus amigos. No es extraño que uno
olvide cosas así... duele mucho recordarlas.
Duele
mucho.
Por
supuesto, había también buenos recuerdos. Cuando uno es niño, la mayor parte de
las veces no te importa absolutamente nada, no te preocupas por el futuro, no
tienes que comprender el correcto significado de cosas tales como dolor y
muerte... y eso es lo que generalmente recuerdas.
Las
cosas siempre parecían empezar así en nuestras sesiones, pero luego Moss me
conducía hacia lo otro. Catarsis, decía; es buenu para usted. Dejemos que
salga. De acuerdo, cooperaba, pero cuando terminábamos con una de esas vueltas
a la infancia siempre regresaba a casa con un deseo irresistible de tomarme una
buena y generosa copa.
Jean
está empezando a chincharme de nuevo con ello. Tuvimos otra discusión la pasada
noche, cuando volvió a casa tras su actuación en el club. Cantar es lo único
que parece importarle actualmente, nunca tiene tiempo para mí.
De
acuerdo, también era asunto suyo, pero ¿por qué entonces se despreocupaba de él
y me dejaba sdo? Así que si estaba borracho, ¿qué tenía luego que decir?
Intenté hablarle de mi terapia, de cómo dolía, y de cómo ayudaba una copa.
-¿Por
qué no creces de una vez? -me dijo-. Un poco de dolor nunca ha matado a nadie.
A
veces pienso que están todos locos.
25 de abril
Están
todos locos, eso es.
Jean
llamando al doctor Moss y diciéndole que había vuelto a la botella.
-A la
botella -dije, cuando él me habló del asunto-. ¿Qué forma de hablar es ésa?
Parece como si usted creyera que ella es mi madre y yo soy su bebé.
-¿No
es eso lo que usted piensa? -dijo Moss.
Simplemente
me lo quedé mirando. No sabía qué decir. Fue una de esas ocasiones en que él lo
dijo todo.
Empezó
a hablar muy suavemente, acerca de cómo había esperado que la terapia nos
hubiera ayudado a realizar algunos descubrimientos juntos. Y tras un cierto
período de tiempo yo había empezado a comprender el significado del esquema que
yo mismo había establecido en mi vida. Sólo que la cosa no había parecido
funcionar de ese modo, y aunque en líneas generales a él no le importaba correr
el riesgo de inducir a un trauma físico, en este caso parecía más indicado que
antes clarificara la situación para mí.
Puedo
recordar esa parte, casi palabra por palabra, porque tenía sentido. Pero lo que
dijo a continuación está todo embrollado en mi mente.
Como decir
que yo tengo una fijación oral en la botella debido a que representa la botella
del biberón que mi madre me retiró cuando yo era un niño. Y la razón que me
condujo a escribir comedias para la televisión era reproducir la situación en
que mi padre le decía a todo el mundo todos mis comentarios divertidos...
porque aunque se rieran aquello significaba que yo estaba llamando la atención,
y yo deseaba llamar la atención. Pero al mismo tiempo me dolía el que fuera mi
padre quien se llevara todo el crédito de divertirles, exactamente igual a como
me dolía el que fuera Lou Lane quien se llevara la popularidad de lo que yo
escribía para él. Fue por eso por lo que yo mismo arruiné mi trabajo,
escribiendo material que él no podía utilizar. Deseaba que él lo utilizara y
así se hundiera, porque lo odiaba. Lou Lane se había convertido en una imagen
de mi padre, y yo odiaba a mi padre.
Recuerdo
haberme quedado mirando al doctor Moss y haber pensado que tenía que estar
loco. Sólo un tipo mal de la cabeza puede elucubrar esas cosas.
Estaba
realmente chalado. Hablando de mi madre. De cuánto la odiaba cuando yo era un
niño y de cómo tenía que desplazar mis sentimientos hacia otro lado...
transferirlos a otra cosa a fin de no sentirme culpable por ello.
Como
la vez en que fui a beber agua. Yo deseaba realmente recuperar la botella de mi
biberón, pero mi madre no quería dármela. Y quizá la botella del biberón era un
símbolo de algo que ella le había dicho a mi padre. Oírles a ellos era lo que
realmente me había despertado, y la odié a ella por eso más que por cualquier
otra cosa.
Entonces
fui a la cocina y vi al ratón. El ratón me hizo recordar la cancioncilla del
jardín de infancia, y la cancioncilla del jardín de infancia me hizo recordar a
mi madre. Tomé el cuchillo, pero no deseaba matar al ratón. En mi mente estaba
matando realmente a mi madre...
Entonces
fue cuando le golpeé. Directamente en su sucia boca.
Nadie
habla así de mi madre.
29 de abril
Así
está mejor. No necesito a Moss. No necesito terapia. Puedo arreglármelas por mí
mismo.
Es
fácil. Regresión. Toma un pequeño trago, realiza un pequeño viaje. Un pequeño
viaje hacia atrás por los senderos de la memoria.
No
hacia las cosas malas. Hacia las cosas buenas. Todos los recuerdos suaves y
agradables. Aquella vez que estaba en la cama con fiebre y mamá vino con el
helado en la bandeja. Y mi padre trayéndome aquel juguete.
Eso es
agradable recordarlo. Lo mejor del mundo. Había un poema que acostumbrábamos a
leer en la escuela. Aún lo recuerdo. «Atrás, vuelve atrás, / oh tiempo, en tu
volar / hazme de nuevo un niño, / ¡aunque sólo sea por esta noche! » Bien, no
había ningún problema. Unos cuantos tragos, y adelante. Un poco de aceite para
la vieja máquina del tiempo.
Cuando
Jean supo lo del doctor Moss perdió los estribos. Tenía que llamarle
inmediatamente y pedirle disculpas, gritó.
-Al
infierno con eso -dije-. No lo necesito más. Puedo hacer eso por mí mismo.
-Es
probable que tengas que hacerlo -dijo Jean.
Entonces
me habló de Las Vegas. Un gran contrato, tres semanas en el club del Strip. Muy
excitada porque aquello significaba que realmente lo había conseguido... la
gran oportunidad. Lou Lane actuaba en el salón principal, y había llamado al
agente de ella y le había dicho que la había propuesto para actuar también en
el local.
-Espera
un minuto -dije- ¿Lou Lane te ha propuesto?
-Es un
buen amigo -dijo Jean-. No hemos dejado de estar en contacto, porque está
preocupado por ti. Sería también amigo tuyo, si tú simplemente le dejaras.
Seguro
que sí. Con amigos así uno no necesita tener enemigos. Mis ojos se estaban
abriendo rápidamente. No era extraño que se quejara a Gerber y me echaran. Así
que ahora quería quitarme a Jean. Le había conseguido el contrato, correcto.
Los dos actuando en Las Vegas juntos. Jean en el club, él en el salón
principal; y luego, tras el espectáculo...
Por un
momento me sentí tan trastornado que no pude ver claro, y no sé lo que hubiera
hecho si hubiera podido. Pero creo que realmente no vi claro porque me eché a
llorar. Y entonces ella me abrazó y todo estuvo bien de nuevo. Cancelaría lo de
Las Vegas y se qudaría allí conmigo, y podríamos arreglar aquello juntos. Pero
tenía que prometerle una cosa... no mas alcohol.
Se lo
prometí. Tal como me lo dijo, le hubiera prometido cualquier cosa.
Así
que la observé mientras vaciaba el bar, y luego se fue a la ciudad para ver a
su agente.
Es una
mentira, por supuesto. Hubiera podido llamarle por teléfono y hablar con él
desde aquí. Así que está haciendo alguna otra cosa.
Como
ir a ver a Lou Lane y contárselo todo. Casi puedo oírla: «No te preocupes,
querido, he tenido que transigir esta vez porque parecía sospechar. ¿Pero qué
son tres semanas en Las Vegas cuando tenemos toda una vida por delante?» Y
entonces los dos se irán juntos a...
No. No
quiero pensar en ello. No debo pensar en ello, hay otras cosas, otras cosas
mejores.
Por
eso tomo la botella. Esa que ella no ha visto cuando ha vaciado el bar, la que
había ocultado yo en la parte de abajo.
No voy
a preocuparme más. Ella no puede decirme lo que debo hacer. Toma un pequeño
trago, realiza un pequeño viaje. Eso es todo.
Soy
libre.
Más tarde
Ella
rompió la botella.
Entró
y me vio, y agarró la botella y me la quitó de las manos, y la botella se
rompió. Sé que está loca porque echó a correr hacia la cocina y cerró la puerta
de golpe. ¿Por qué la cocina?
Hay
una extensión telefónica allí.
Me
pregunto si estará intentando llamar al doctor Moss.
30 de abril
Fui un
mal chico.
El
doctor vino y yo le dije lo que había hecho.
Le
dije que ella me tiró la botella.
Él vio
el cuchillo en el suelo.
Tuve
que hacerlo le dije.
Vio la
sangre.
Como
el ratón dijo.
No, no
un ratón. Un canario.
No
mire en la basura le dije.
Pero
lo hizo.
* * *
La
psicoterapia, ¿es un arte o una ciencia?
Francamente,
no lo sé.
A lo
largo de los años he tratado de trastornos mentales en muchas de mis historias.
En el lenguaje de la profesión, parece existir una obsesión en mí... ese
compulsivo examen de causa y remedio. Mis novelas El chal y Psico
han sido revisadas o discutidas en periódicos de psiquiatría. He recibido
cartas de psiquiatras y de pacientes.
Pero
aunque he escrito un guión cinematográfico y una novela llamados El diván,
nunca me he tendido en uno de ellos en presencia de un psicoanalista. No he ido
a la universidad para seguir cursos de psicología. Mi limitado conocimiento en
ese campo es todo él de segunda mano o semiinventado.
Lo que
sé es que todo el mundo tiene problemas. Y con algunos de esos problemas
-como los de los escritores- estoy muy familiarizado.
Eso no
significa que me haya enfrentado personalmente a los conflictos que acosan al
protagonista de «Ved cómo corren»... como tampoco se me puede acusar de ponerme
una peluca, agarrar un cuchillo y dirigirme a la más próxima ducha.
Sin
embargo, sorprendentemente, muchos de mis lectores, a lo largo de los años, no
acaban de convencerse de que no estoy escribiendo mi autobiografía. Tras la
publicación de El chal recibí cartas que me preguntaban si alguna vez
había estado enamorado de mi profesora de inglés en la universidad. Me vi
obligado a responder que mis profesores en ese campo fueron varios, y aunque
apreciaba su habilidad en tejer complicados diagramas acerca de la estructura
de una frase, nunca me había quedado después de clase para una lección de
anatomía o un experimento de biología.
En
pocas palabras, mis historias basadas en la psiquiatría no se fundamentan en
experiencias de primera mano. Puesto que tocamos este tema, déjenme asegurarles
que he escrito también un cierto número de relatos acerca de Jack el
Destripador, sin por ello haber abierto en canal nada más allá de un buen
pedazo de salchichón de Bolonia, y mis disertaciones sobre vampiros han sido realizadas
siempre sin ayuda de transfusiones de sangre.
Así
que repudio totalmente cualquier experiencia personal que haya podido
conducirme a escribir «Ved cómo corren», que apareció en el Ellery Queen's
Mystery Magazine de abril de 1973.
Pero
he observado las torturas y los traumas que acosan a otros escritores de
Hollywood, y de ese escrutinio ha surgido el personaje y las líneas generales
de la historia.
En
cuanto al estilo de mi narrador, debo remitirles a unos versos de Mefistófeles
en Doctor Fausto:
El
infierno no tiene límites, no está circunscrito
en un
solo lugar: para aquellos que estamos allí es el Infierno,
y esté
donde esté, allí debemos permanecer.
Sólo
el Demonio podría elaborar una frase como ésta, y puesto que yo situé a mi
protagonista en un infierno sobre la tierra, es indudable que esta historia
pertenece a los dominios de Satán.
Ved cómo corren. Robert Bloch
See how they run. Trad. Domingo Santos.
Escalofrrríos. Acervo Ciencia Ficción 42
Ediciones Acervo, 1981
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