Era una cálida tarde de verano y Klausner
traspasó rápidamente la verja, rodeó la casa y entró por la puerta trasera del
jardín. Lo atravesó y llegó a un cobertizo de madera; abrió la puerta, entró y
la cerro.
Por dentro, el cobertizo era una habitación sin
pintar. A la izquierda, contra una de las paredes, había un banco de trabajo
alargado, de madera, y encima, entre una maraña de cables, baterías y pequeñas
herramientas afiladas, se veía una caja negra de un metro de longitud, aproximadamente,
en forma de ataúd de niño.
Klausner cruzó la habitación y llegó hasta la
caja. La tapa estaba abierta; se agachó y se puso a hurgar entre un montón de
cables de distintos colores y de tubos plateados. Cogió un papel que había
junto a la caja, lo examinó detenidamente, lo dejó sobre la mesa, escudriñó en
el interior de la caja y recorrió los cables con los dedos, dándoles delicados
golpecitos para comprobar las conexiones al tiempo que lanzaba una ojeada al
papel, volvía a mirar la caja y así sucesivamente. Quería asegurarse de que
cada cable estaba en su sitio. Esta tarea le llevó al menos una hora.
Después puso una mano en la parte delantera de
La caja, donde había tres discos, y empezó a darles vueltas, observando al
mismo tiempo el mecanismo del interior. No paraba de hablar para sus adentros;
meneaba la cabeza, a veces sonreía, y movía las manos continuamente: los dedos
recorrían con rapidez y habilidad los cables. Cuando se topaba con algo
delicado o difícil torcía la boca y decía: «Sí..., eso es... Y ahora esto...
Sí... ¿Estará bien?... ¿Dónde he puesto el diagrama?... Claro, claro... Eso
es... Muy bien...» Estaba profundamente concentrado y sus movimientos eran
rápidos; trabajaba como si tuviera mucha prisa, jadeante, con excitación contenida.
De pronto oyó unas pisadas en el sendero de
grava; se enderezó y se dio la vuelta bruscamente cuando se abrió la puerta y
entró un hombre alto. Era Scott. Scott, el médico.
—Vaya, vaya —dijo el médico—, así que aquí es
donde se esconde por las noches.
—Hola, Scott —replicó Klausner.
—Pasaba por aquí —dijo el médico— y se me
ocurrió acercarme a ver qué tal se encontraba. Como no había nadie en la casa
he bajado aquí. ¿Cómo va esa garganta?
—Bien. Perfectamente.
—Ya que estoy aquí podría echarle un vistazo.
—No se moleste, por favor. Se me ha curado.
El médico empezó a notar la atmósfera de
tensión que reinaba en la habitación. Miró la caja negra y después miró a
Klausner.
—Lleva usted el sombrero puesto.
—¿Ah, si?
Klausner levantó una mano, se quitó el sombrero
y lo dejó en el banco.
El médico se acercó y se agachó para ver la
caja por dentro.
—¿Qué es esto? —preguntó.—. ¿Está haciendo una
radio?
—No, es algo sin importancia.
—Tiene unas tripas muy complicadas.
—Sí.
Klausner parecía estar en tensión, distraído.
—¿Qué es? —repitió el médico—. Da un poco de
susto, ¿no?
—Es sólo una idea.
—Ya.
—Son cosas de sonido.
—¡Qué barbaridad! ¿Es que no se cansa de hacer
lo mismo todo el santo día en el trabajo?
—Me gusta el sonido.
—Ya veo —el médico fue hasta la puerta, se dio
la vuelta y dijo-: Bueno, no le entretengo más. Me alegro de que ya no le dé la
lata la garganta.
Pero siguió donde estaba, mirando la caja,
intrigado por la extraordinaria complejidad de los cables, deseoso de saber qué
se traía entre manos aquel extraño paciente suyo.
—¿Para qué sirve? —preguntó—. Me ha picado la
curiosidad.
Klausner posó la mirada en la caja, después en
el médico; levantó una mano y se rascó lentamente el lóbulo de la oreja
derecha. Se hizo el silencio. El médico estaba junto a la puerta, esperando
sonriente.
—Está bien. Si tanto le interesa se lo diré.
Se hizo el silencio de nuevo, y el médico
observó que Klausner no sabía por dónde empezar. Cambiaba el peso del cuerpo de
un pie a otro, se daba golpecitos en el lóbulo, se miraba los pies, hasta que
por fin dijo lentamente:
—Pues se trata de lo siguiente... La teoría es
muy sencilla. El oído humano..., ya sabe usted que no puede captarlo todo. Hay
sonidos tan graves o tan agudos que es imposible oírlos.
—Sí —replicó el médico—. Desde luego.
—Pues, hablando en términos muy generales, no
podemos oír una nota tan aguda que dé más de quince mil vibraciones por
segundo. Los perros tienen mejor oído que nosotros. Usted sabe que hay silbatos
con una nota tan aguda que el oído humano no la percibe; pero los perros, sí.
—Sí, he visto uno —dijo el médico.
—Claro. Y en una parte más elevada de la escala
hay otra nota más aguda que la de ese silbato, una vibración —aunque yo
prefiero llamarla nota— que tampoco podemos oír. Y por encima de esa hay muchas
más, que van subiendo en la escala indefinidamente..., es una sucesión
ilimitada de notas. Si nuestros oídos pudieran captarla, entre todas ellas hay
una nota tan aguda que vibra un millón de veces por segundo, y otra con un
millón de vibraciones más..., y así sucesivamente, cada vez más aguda, hasta
donde se puede contar con números. Es... el infinito, la eternidad... Está más
allá de las estrellas.
Klausner se animaba por momentos. Era un
hombrecillo frágil, nervioso, lleno de tics, que nunca dejaba las manos
quietas. Inclinaba la cabezota sobre el hombro izquierdo como si no tuviera
suficiente fuerza en el cuello para mantenerla derecha. Su cara era fina y
pálida, casi blanca, y los ojos miopes, de un gris deslavazado, hacían guiños
tras unas gafas con montura de acero, perplejos, lejanos, perdidos. Era un
hombrecillo frágil, un hombrecillo nervioso y lleno de tics, una menudencia de
persona, soñador y distraído; se animaba de repente, como una campanilla, y el
médico, al mirar aquella extraña cara pálida y aquellos ojos grises, sintió que
en aquella personilla había algo muy lejano, inconmensurablemente lejano, como
si la mente se encontrase infinitamente separada del cuerpo.
El médico esperó a que siguiese hablando.
Klausner suspiró y entrelazó las manos con fuerza.
—Yo pienso —dijo aún con mayor lentitud— que
estamos rodeados por un mundo de sonidos que no podemos percibir. Es posible
que en esas esferas de notas agudas inaudibles se esté haciendo una música
nueva, fascinante, con armonías sutiles y disonancias chirriantes, una música
tan poderosa que si nuestros oídos la captasen nos volveríamos locos. Puede
haber cualquier cosa..., cualquier cosa...
—Sí —dijo el médico-; pero no es muy probable.
—¿Por qué no? ¿Por qué? —Klausner señaló una mosca
que se había posado en un rollo de cable de cobre sobre el banco de trabajo—.
Fíjese en esa mosca. ¿Qué sonido está haciendo? Ninguno..., que nosotros
podamos oír, pero es posible que esté silbando como loca en un tono muy agudo o
ladrando, o croando o cantando una canción. Tiene boca, ¿no? ¡Y garganta!
El médico miró la mosca y sonrió. Seguía junto
a la puerta, con la mano en el picaporte.
—¿Y lo que usted quiere hacer es comprobarlo?
—preguntó.
—Hace algún tiempo —dijo Klausner— construí un
aparato muy sencillo que me demostró la existencia de múltiples sonidos
inaudibles, muy extraños. Muchas veces me he parado a observar la aguja de ese
aparato, que registra la existencia de vibraciones de sonido en el aire, aunque
yo no pueda oírlas. Y esos son precisamente los sonidos que quiero captar.
Quiero saber de dónde vienen y quién o que los produce.
—Y esa máquina que hay encima de la mesa —dijo
el médico—, ¿le permitirá oír esos sonidos?
—Es posible. ¿Quién sabe? Hasta ahora no he
tenido suerte, pero he introducido algunos cambios, y esta noche voy a hacer
otra prueba. Esta máquina —añadió, acariciándola— está ideada para recoger las
vibraciones de sonido que son demasiado agudas para que las capte el oído
humano para pasarlas a una escala de tonos audibles. La sintoniza casi como si
fuera una radio.
—¿Qué quiere decir?
—No es muy complicado. Pongamos que quiero oír
el graznido de un murciélago, que es un sonido muy agudo, de unas treinta mil
vibraciones por segundo. El oído humano no lo capta. Bien, pues si hubiera un
murciélago volando por esta habitación y yo sintonizara mi máquina a treinta
mil, oiría claramente el graznido. Incluso oiría la nota —fa sostenido o mi
bemol, o lo que fuera—, pero en un tono mucho más grave. ¿Lo entiende?
El médico miró la alargada caja negra en forma
de ataúd.
—¿Y piensa hacer la prueba esta noche?
—Sí.
—Pues que tenga suerte —consultó su reloj—.
¡Dios mío¡—exclamó—. Tengo que irme volando. Adiós, y gracias por la
explicación. Le haré una visita otro día para ver qué ha pasado.
El médico salió y cerró la puerta.
Klausner siguió enredando con los cables de la
caja un buen rato; después se enderezó y dijo en un débil susurro: «Vamos a
intentarlo otra vez... La sacaremos al jardín. Quizás allí..., sea mejor la
recepción. Ahora hay que levantarla. con cuidado. ¡Cómo pesa, Dios!».
Cogió la caja, fue hasta la puerta, comprobó
que no podía abrirla sin dejar la máquina en el suelo, volvió a dejarla en la
mesa, abrió la puerta y trasladó el artefacto con dificultad al jardín. Lo
colocó cuidadosamente en una mesita de madera que había en el césped. Volvió al
cobertizo y cogió los auriculares. Conectó el cable de éstos a la máquina y se
los puso. Los movimientos de sus manos eran rápidos y precisos. Estaba excitado
y respiraba ruidosamente y muy deprisa. No paraba de hablar para sus adentros,
con frasecitas de ánimo, como si tuviera miedo, miedo de que la máquina no
funcionara y también de lo que ocurriría en caso de que funcionara.
Se quedó junto a la mesa de madera del jardín;
tan pálido, bajo y delgado, parecía un anciano, un niño tísico, con gafas. Se
había ocultado el sol. No había viento, no se oía ningún ruido. Desde el lugar
en que se encontraba veía el jardín de al lado por encima de una valla. Una
mujer paseaba por él con una cesta de flores en el brazo. La observó un rato
sin pensar en ella. Después se volvió hacia la máquina, que estaba sobre la
mesa, y oprimió un interruptor de la parte delantera. Colocó la mano izquierda
sobre el control del volumen y la derecha en el botón que movía una aguja en
una gran esfera situada en el centro, como la esfera de la longitud de onda de
una radio. Tenía muchos números distribuidos en una serie de bandas, desde
15.000 hasta 1.000.000.
Estaba inclinado sobre la máquina. Tenía la
cabeza ladeada, en tensión y escuchaba atentamente. Empezó a girar el botón con
la mano derecha. La aguja se desplazaba con lentitud por la esfera, tan
despacio que apenas la veía moverse, y en los auriculares percibía un crujido
leve, espasmódico.
En medio de aquel crujido oyó un zumbido lejano
que correspondía a la máquina, pero nada más. De pronto tomó conciencia de una
sensación extraña, como si se le separasen los oídos de la cabeza, como si
estuvieran conectados por un delgado cable, a modo de tentáculos, y sintió que
los cables se alargaban, que los oídos se elevaban hacia un lugar secreto y
prohibido, una región ultrasónica peligrosa a la que no habían llegado jamás y
en la que no tenían derecho a estar.
La aguja se deslizaba lentamente por la esfera,
y de repente oyó un chillido, un chillido penetrante, espantoso. Dio un
respingo y bajó las manos, agarrándose al borde de la mesa. Miró a su alrededor
como si esperase ver a la persona que había gritado. No había nadie, salvo la
mujer del jardín de al lado, y no había sido ella, indudablemente. Estaba
agachada, cortando rosas amarillas y metiéndolas en la cesta.
Volvió a repetirse el grito, emitido por una
garganta no humana, agudo y breve, muy claro y cortante. La nota tenía un tono
menor, metálico, que no había oído nunca. Klausner miró a su alrededor una vez
más, buscando instintivamente al que había producido aquel ruido. El único ser
vivo era la mujer del jardín. La vio extender la mano, coger una rosa por el
tallo entre los dedos y cortarla con unas tijeras. Oyó el grito de nuevo. Se
produjo justo cuando la mujer cortaba el tallo.
En ese momento la mujer se enderezó, metió las
tijeras en la cesta, junto a las rosas y se alejó.
—¡Señora Saunders! —gritó Klausner con una voz
estridente por la excitación—. ¡Señora Saunders!
Al darse la vuelta, la mujer vio a su vecino en
el césped, un personajillo curioso que agitaba los brazos con unos auriculares
en la cabeza y la llamaba dando tales voces que se asustó.
—¡Corte otra rosa! ¡Se lo ruego, corte otra
rosa en seguida!
Ella se quedó inmóvil, mirándolo de hito en
hito.
—Pero señor Klausner, ¿qué le pasa? —preguntó.
—Por favor, haga lo que le pido —respondió.-.
¡Corte otra rosa!
La señora Saunders siempre había pensado que su
vecino era un poco raro; pero en aquel momento parecía que se hubiera vuelto
completamente loco. Estuvo a punto de echar a correr hacia su casa para buscar
a su marido, pero decidió que era mejor no hacerlo. Es inofensivo, pensó. Le
seguiré la corriente.
—Si se empeña, lo haré con mucho gusto, señor
Klausner—dijo.
Sacó las tijeras de la cesta, se agachó y cortó
una rosa. Klausner volvió a oír aquel chillido espantoso, emitido por una
garganta no humana, y justo en el momento en que cortaban el tallo. Se quitó
los auriculares y corrió hacia la valla que separaba los dos jardines.
—Gracias —dijo—. Es suficiente. No corte más,
por favor. La mujer siguió donde estaba, inmóvil, con una rosa amarilla en la
mano y las tijeras en la otra, mirándolo.
—Voy a decirle una cosa, señora Saunders —dijo
Klausner—, algo que seguramente no creerá. —Puso las manos sobre la valla y la
miró intensamente con sus ojos miopes a través de las gruesas gafas—. Esta
tarde ha cortado usted una cesta de rosas. Con unas tijeras afiladas ha
arrancado los tallos de unos seres vivos, y cada rosa que cortaba gritaba de
una forma horrorosa. ¿Lo sabía, señora Saunders?
—No —contestó la mujer—. Francamente, no lo
sabía.
—Pues es verdad —continuó Klausner. Respiraba
muy de prisa, pero hacía esfuerzos por dominar su excitación—. Yo he oído sus
chillidos. Cada vez que cortaba una oía un grito de dolor, un sonido muy agudo
de treinta y dos mil cien vibraciones por segundo, aproximadamente. Usted no
podía oírlos, pero yo sí.
—¿En serio, señor Klausner?
La señora Saunders se propuso salir disparada
hacia su casa en el plazo de cinco segundos.
—Podría usted objetar —añadió Klausner— que un
rosal no tiene sistema nervioso para sentir ni garganta para gritar. Pero ¿cómo
sabe usted eso, señora Saunders? —y al llegar a este punto se inclinó más sobre
la valla y pronunció las palabras con rabia, en un susurro—, ¿cómo sabe usted
que una rosa no siente tanto dolor cuando le cortan el tallo por la mitad como
el que sentiría usted si le arrancasen la muñeca con unas tijeras? ¿Cómo puede
saberlo? Es un ser vivo, ¿no?
—Sí, señor Klausner, desde luego. En fin...
Buenas noches. Se dio la vuelta rápidamente y corrió hacia su casa. Klausner
regresó a la mesa. Se colocó los auriculares y se quedó escuchando un rato. Oyó
el débil crujido y el zumbido de la máquina, pero nada más. Se agachó a coger
una margarita blanca del césped. La tomó entre el índice y el pulgar y tiró
lentamente hacia arriba y hacia los lados hasta que se rompió el tallo.
Desde que empezó a tirar hasta el momento en
que se rompió el tallo oyó —con toda claridad, por los auriculares—un débil
grito, muy agudo, extrañamente inanimado. Cogió otra margarita e hizo lo mismo.
Oyó el grito una vez más, pero no pudo asegurar si expresaba dolor. No, no era
dolor, sino sorpresa. ¿O no? No expresaba ninguno de los sentimientos emociones
propios del ser humano. Era simplemente un grito, un grito neutro, glacial, una
nota desprovista de emoción que no expresaba nada. Lo mismo había ocurrido con
las rosas. Se había equivocado al juzgarlo un grito de dolor. Probablemente una
flor no podía sentirlo; se trataba de otra cosa que los humanos desconocemos,
algo llamado doper, o trastigio, o llataria, vaya usted a
saber.
Se levantó y se quitó los auriculares. Empezaba
a oscurecer y vio unos destellos de luz que refulgían en las ventanas de las
casas de alrededor. Levantó la caja negra de la mesa con mucho cuidado, la
llevó al cobertizo y la colocó sobre banco de trabajo. Después salió, cerró la
puerta con llave y subió a su casa.
A la mañana siguiente Klausner se levantó en
cuanto hubo luz. Se vistió y acto seguido se dirigió al cobertizo. Cogió la
máquina y la sacó al jardín, apretándola contra el pecho con ambas manos,
caminando con pasos inseguros por el peso. Dejó atrás la casa, traspasó la
verja, cruzó la carretera y se internó en el parque. Al llegar allí se detuvo y
miró a alrededor; después continuó hasta llegar a un árbol grande, un haya, y
dejó la máquina en el suelo, junto al tronco. Regresó a la casa rápidamente,
cogió un hacha de la carbonera y la llevó al parque. También la dejó en el
suelo, junto árbol.
Volvió a mirar nerviosamente en todas las
direcciones tras sus gruesas gafas. No había nadie. Eran las seis.
Se colocó los auriculares y conectó la máquina.
Prestó atención unos momentos al débil zumbido que ya le resultaba familiar; a
continuación cogió el hacha, separó bien las piernas y acometió la base del
tronco con todas sus fuerza La hoja se clavó en la madera y allí se quedó, y en
el momento del golpe oyó un ruido extrañísimo en los auriculares. Era un sonido
nuevo que no se parecía a ningún otro que hubiera oído antes, áspero,
desafinado, tremendo, como un chillido agudo, pero parecido a un gemido que
duró un minuto, en un tono más elevado cuando el hacha se puso en contacto con
la madera y que se fue debilitando hasta extinguirse.
Klausner clavó los ojos horrorizado en el lugar
en que se había quedado la hoja; agarró con delicadeza el mango, desprendió la
hoja y arrojó el arma al suelo. Tocó la hendidura que había dejado en la
madera, acarició los bordes, tratando de unirlos para cerrar la herida, sin
dejar de decir: «árbol..., lo siento muchísimo, arbolito, pero te curarás, ya
lo veras...»
Se quedó un rato allí, con las manos pegadas al
tronco del gran árbol. Se dio la vuelta bruscamente y echó a correr por el parque,
cruzó la carretera, cruzó la verja y entró en la casa. Se dirigió al teléfono,
consultó la guía, marcó un número y esperó. Sujetaba el receptor con fuerza con
la mano izquierda, y con la derecha daba golpecitos de impaciencia sobre la
mesa. Oyó el zumbido del teléfono al otro extremo del hilo; después, un
chasquido cuando descolgaron el aparato y la voz de un hombre adormilado:
«¿Diga?»
—¿Doctor Scott?
—Sí, soy yo.
—Doctor Scott, venga en seguida, por favor.
—¿Quién es usted?
—Soy Klausner. ¿Recuerda lo que le conté anoche
sobre mis experimentos con el sonido y que esperaba que....?
—Sí, claro; pero ¿qué ocurre? ¿Está enfermo?
—No, pero es que...
—Oiga, son las seis y media de la mañana
—replicó el médico—, y me llama usted para decirme que no está enfermo.
—Por favor, venga. Venga en seguida. Necesito
que lo oiga alguien. ¡Voy a volverme loco! No puedo creerlo...
El médico notó el tono frenético, casi
histérico de la voz de Klausner, el mismo que estaba acostumbrado a oír en las
voces de las personas que lo llamaban y decían: «Ha habido un accidente. Venga
en seguida.» Contestó muy despacio:
—¿De verdad quiere que me levante de la cama y
vaya a su casa?
—Sí, por favor. Inmediatamente.
—Está bien. Ahora mismo voy.
Klausner se sentó junto al teléfono a esperar.
Intentó recordar el grito del árbol, pero no lo logró. Sólo recordaba que había
sido algo tremendo, horripilante, y que casi se había mareado de miedo. Trató
de imaginar el ruido que haría un ser humano si tuviera que estar atado al
suelo mientras alguien le clavaba deliberadamente un objeto afilado en una
pierna, de modo que la hoja profundizase y hurgase en la herida. ¿Seria el
mismo? No, sería distinto. El que hacían los árboles era peor que cualquier
sonido humano conocido por aquel tono horripilante, discordante, como si no
proviniera de una garganta. Empezó a pensar en otros seres vivos y se concentró
en un trigal, con sus espigas erguidas, vivas amarillas, la segadora
atravesándolo y cortando los tallos, quinientos por segundo. Dios mío, ¿cómo
sería ese ruido. Quinientas espigas chillando juntas y al segundo siguiente
otras quinientas espigas cortadas y chillando, y no, pensó, no quiero ir a un
trigal con mi máquina. No volveré a comer pan en mi vida. Pero ¿y las patatas,
las coles, las cebollas, la zanahorias? ¿Y las manzanas? ¡Ah, no! A las
manzanas no les pasa nada. No hay más que dejarlas caer; no hace falta
arrancarlas de la rama del árbol. Pero no es lo mismo con las verduras.
Pongamos por caso una patata. Indudablemente gritaría, y también una zanahoria,
o una cebolla, o una col.
Oyó el chasquido del pestillo de la verja; se
levantó de un salto, salió y vio al médico en el sendero, con el pequeño
maletín en la mano.
—Vamos a ver —dijo el médico—. ¿Qué ha pasado?
—Venga conmigo, doctor. Quiero que lo oiga. Le
he llamado porque usted es la única persona a la que se lo he contado. Está al
otro lado de la carretera, en el parque. Venga, se lo ruego.
El médico le miró. Parecía más tranquilo. No se
apreciaba ningún síntoma de locura o histeria; sencillamente, estaba nervioso y
excitado.
Cruzaron la carretera y se internaron en el
parque. Klausner llevó al médico hasta la gran haya, a cuyo pie se encontaba la
caja negra en forma de ataúd que contenía la máquina... y el hacha.
—¿Por qué la ha traído aquí? —preguntó el
médico.
—Necesitaba un árbol, y en el jardín no hay
árboles grandes.
—¿Y el hacha?
—Lo verá dentro de un momento. Pero por favor,
póngase los auriculares y escuche. Escuche con atención y dígame exactamente
qué oye. Quiero que se asegure bien...
El médico sonrió, cogió los auriculares y se
los puso.
Klausner se agachó, apretó el interruptor de la
máquina; a continuación cogió el hacha y separó bien las piernas, blandiendo el
arma. Se quedó parado unos momentos.
—¿Oye usted algo? —le preguntó al médico.
—¿Que si qué?
—Que si oye algo.
—Sólo un zumbido.
Klausner estaba con el hacha en la mano
tratando de cobrar ánimos para dar el golpe, pero el pensar en el ruido que
haría el árbol le obligó a detenerse una vez más.
—¿A qué espera? —preguntó el médico.
—A nada —contestó Klausner.
Levantó el hacha y golpeó el árbol, y al hacer
el movimiento creyó sentir, juraría que lo había sentido, un temblor en el
suelo. Notó un leve desplazamiento de la tierra sobre la que tenía los pies,
como si las raíces del árbol se movieran en el subsuelo, pero era demasiado
tarde para parar el golpe, y la hoja del hacha se clavó en el árbol y hurgó en
la madera. En ese momento se oyó un crujido en lo alto al astillarse la madera,
y un silbido al rozar las ramas contra las hojas. Los dos hombres alzaron los
ojos y el médico exclamó:
—¡Cuidado! ¡Corra, deprisa!
El médico se había arrancado los auriculares y
se alejaba del árbol rápidamente; pero Klausner seguía allí, como hechizado,
contemplando la enorme rama, de al menos dos metros, que se doblaba lentamente
hacia abajo, partiéndose y astillándose en el punto más grueso, por donde se
unía con el tronco. La rama se desmoronó con gran estrépito y Klausner saltó a
un lado justo a tiempo. Cayó sobre la máquina y la hizo pedazos.
—¡Dios mío! —exclamó el médico mientras
regresaba corriendo-. ¡Por qué poco! ¡Creía que le había alcanzado!
Klausner tenía los ojos clavados en el árbol.
La enorme cabeza estaba ladeada y en su rostro blanco y fino había una
expresión de horror. Se acercó despacio al árbol y con delicadeza desclavó la
hoja del tronco.
—¿Lo ha oído? —preguntó, volviéndose hacia el
médico.
Su voz apenas era perceptible.
El médico seguía jadeante por la carrera y la
excitación.
—¿Qué si he oído qué?
—Con los auriculares. ¿Oyó algo cuando el hacha
se clavó en el tronco?
El médico se frotó la nuca.
—Pues la verdad... —respondió. Se calló,
frunció el ceño y se mordió el labio inferior—. No, no estoy seguro. Creo que
no tuve puestos los auriculares más de un segundo después del hachazo.
—Sí, pero ¿qué oyó?
—No lo sé —respondió el médico-. No sé qué oí.
Probablemente, el ruido de la rama al romperse.
Lo dijo bruscamente, con irritación.
—¿Cómo sonaba? —Klausner se inclinó hacia
adelante ligeramente, mirando con fijeza al médico-. ¿Cómo sonaba exactamente?
—¡Yo qué sé, demonios!—exclamó el médico—. Lo
que más me interesaba era quitarme de allí en medio. Olvidemos este asunto.
—Doctor Scott, ¿cómo sonaba?
—Por lo que más quiera, ¿cómo voy a saberlo, si
se me estaba cayendo medio árbol encima y tuve que echar a correr?
Parecía realmente nervioso. Klausner se dio
cuenta. Se quedó inmóvil mirando al médico de hito en hito y guardó silencio
durante medio minuto. El médico movió los pies, se encogió de hombros y se dio
la vuelta.
—Bueno, será mejor que volvamos —dijo.
—Oiga —dijo el hombrecillo, al tiempo que su
cara pálida y lisa se teñía de color—, oiga, cosa esto —señaló la última grieta
que había hecho en el tronco del árbol—. Cósalo en seguida.
—No diga tonterías —replicó el médico.
—Haga lo que le digo. Cósalo.
Klausner tenía el hacha agarrada por el mango,
y habló dulcemente, en un tono extraño, casi amenazador.
—No diga tonterías —repitió el médico-. No
puedo coser la madera. Venga, tenemos que volver.
—¿Dice que no puede coser la madera?
—Claro que no.
—¿Tiene yodo en el maletín?
—¿Y qué si lo tuviera?
—Pues entonces ponga un poco en la grieta. Le
escocerá, pero no queda otro remedio.
—Oiga, haga el favor —dijo el médico, dándose
de nuevo la vuelta—. Vamos a dejarnos de estupideces. Volvamos a casa y
entonces...
—¡Ponga yodo en la grieta!
El médico vaciló. Vio que las manos de Klausner
se aferraban con fuerza al mango del hacha. Comprendió que la última
alternativa que le quedaba era echar a correr, y no tenía intención de hacerlo,
naturalmente.
—De acuerdo —dijo-. Le pondré yodo.
Cogió el maletín negro, que estaba en la
hierba, a unos dos metros, lo abrió y sacó un frasco de yodo y algodón. Se
acercó al árbol, destapó el frasco, vertió un poco de líquido en el algodón, se
agachó y lo aplicó a golpecitos sobre la grieta. Observaba por el rabillo del
ojo a Klausner, que lo miraba inmóvil con el hacha en la mano.
—Métalo bien dentro.
—Sí —dijo el médico.
—¡Y ahora la otra..., la de encima!
El médico hizo lo que le ordenaba.
—Ya está —dijo—. He acabado.
Se enderezó y revisó su obra, muy serio.
—Con esto se curará.
Klausner se acercó y examinó las dos heridas
con expresión grave.
—Sí —dijo, asintiendo lentamente con la enorme
cabeza—. Sí, con esto se curará —retrocedió unos pasos—. ¿Vendrá mañana a ver
cómo va?
—Sí —respondió el médico—. Naturalmente.
—¿Y le pondrá más yodo?
—Si es necesario, sí.
—Gracias, doctor —dijo Klausner asintiendo de
nuevo.
Dejó caer el hacha y sonrió, una sonrisa
enloquecida, excitada. El médico llegó hasta él y le cogió por el hombro al
tiempo que decía: «Venga, vámonos»; y los dos hombres empezaron a caminar en
silencio, rápidamente, por el parque. Cruzaron la carretera y volvieron a casa.
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