LA
CENICIENTA
¡SI,
ya nos la sabemos de memoria!,
me diréis. Y, sin embargo, de esta historia
tenéis una versión falsificada,
rosada, tonta, cursi, azucarada,
que alguien con la mollera un poco rancia
consideró mejor para la infancia...
El lío se organiza en el momento
en que las Hermanastras de este cuento
se marchan a Palacio y la pequeña
se queda en la bodega a partir leña.
Allí, entre los ratones llora y grita,
golpea la pared, se desgañita:
¡Quiero salir de aquí! ¡Malditas brujas!
¡¡Os arrancaré el moño por granujas!!.
Y así hasta que por fin asoma el Hada
por el encierro en el que está su ahijada.
¿Qué puedo hacer por ti, Ceny querida?
¿Por qué gritas así? ¿Tan mala vida
te dan esas lechuzas? . ¡Frita estoy
porque ellas van al baile y yo no voy! .
La chica patalea furibunda:
¡Pues yo también iré a esa fiesta inmunda!
¡Quiero un traje de noche, un paje, un coche,
zapatos de charol, sortija, broche,
pendientes de coral, pantys de seda
y aromas de París para que pueda
enamorar al Príncipe en seguida
con mi belleza fina y distinguida! .
Y dicho y hecho, al punto Cenicienta,
en menos tiempo del que aquí se cuenta,
se personó en Palacio, en plena disco,
dejando a sus rivales hechas cisco.
Con Ceny bailó el Príncipe rocks miles
tomándola en sus brazos varoniles
y ella se le abrazó con tal vigor
que allí perdió su Alteza su valor,
y mientras la miró no fue posible
que le dijera cosa inteligible.
Al dar las doce Ceny pensó: Nena,
como no corras la hemos hecho buena ,
y el Príncipe gritó : ¡No me abandones! ,
mientras se le agarraba a los riñones,
y ella tirando y él hecho un pelmazo
hasta que el traje se hizo mil pedazos.
La pobre se escapó medio en camisa,
pero perdió un zapato con la prisa.
El Príncipe, embobado, lo tomó
y ante la Corte entera declaró:
¡La dueña del pie que entre en el zapato
será mi dulce esposa, o yo me mato! .
Después, como era un poco despistado,
dejó en una bandeja el chanclo amado.
Una Hermanastra dijo: ¡Esta es la mía!,
y, en vista de que nadie la veía,
pescó el zapato, lo tiró al retrete
y lo escamoteó en un periquete. Y
en su lugar, disimuladamente,
dejó su zapatilla maloliente.
En cuanto salió el Sol, salió su Alteza
por la ciudad con toda ligereza
en busca de la dueña de la prenda.
De casa en casa fue, de tienda en tienda,
e hicieron cola muchas damiselas
sin resultado. Aquella vil chinela,
incómoda, pestífera y chotuna,
no le sentaba bien a dama alguna.
Así hasta que fue el turno de la casa
de Cenicienta... ¡Pasa, Alteza, pasa! ,
dijeron las perversas Hermanastras y,
tras guiñar un ojo a la Madrastra,
se puso la de más cara de cerdo
su propia zapatilla en el pie izquierdo.
El Príncipe dio un grito, horrorizado,
pero ella gritó más: ¡Ha entrado! ¡Ha entrado!
¡Seré tu dulce esposa! . ¡Un cuerno frito! .
¡Has dado tu palabra, Principito,
precioso mío! . ¿Sí? ‑rugió su Alteza.
‑¡Ordeno que le corten la cabeza! .
Se la cortaron de un único tajo y
el Príncipe se dijo: Buen trabajo.
Así no está tan fea . De inmediato
gritó la otra Hermanastra: ¡Mi zapato!
¡Dejad que me lo pruebe! . ¡Prueba esto! ,
bramó su Alteza Real con muy mal gesto
y, echando mano de su real espada,
la descocorotó de una estocada;
cayó la cabezota en la moqueta,
dio un par de botes y se quedó quieta...
En la cocina Cenicienta estaba
quitándoles las vainas a unas habas
cuando escuchó los botes -pam, pam, pam
pam, del coco de su hermana en el zaguán,
así que se asomó desde la puerta
y preguntó: ¿Tan pronto y ya despierta? .
El Príncipe dio un salto: ¡Otro melón! ,
y a Ceny le dio un vuelco el corazón.
¡Caray! -pensó-. ¡Qué bárbara es su alteza!
Con ese yo me juego la cabeza...
¡Pero si está completamente loco! .
Y cuando gritó el Príncipe: ¡Ese coco!
¡Cortádselo ahora mismo! , en la cocina
brilló la vara del Hada Madrina.
¡Pídeme lo que quieras, Cenicienta,
que tus deseos corren de mi cuenta!
¡Hada Madrina -suplicó la ahijada-,
no quiero ya ni príncipes ni nada
que pueda parecérseles! Ya he sido
Princesa por un día. Ahora te pido
quizá algo más difícil e infrecuente:
un compañero honrado y buena gente.
¿Podrás encontrar uno para mí,
Madrina amada? Yo lo quiero así ...
Y en menos tiempo del que aquí se cuenta
se descubrió de pronto Cenicienta
a salvo de su Príncipe y casada
con un señor que hacía mermelada.
Y, como fueron ambos muy felices,
nos dieron con el tarro en las narices
JUAN Y LA HABICHUELA MAGICA
La madre de Juan dijo: Se acabó
No queda un chavo en casa... Y digo yo
que en el mercado, echándole tupé,
podrás vender la vaca, conque ve
y cuenta allí lo sana que es la Juana,
aunque tú y yo sepamos que es anciana
Se fue Juan con la vaca y volvió luego
diciendo: ¡Madre, cómo les di el pego!
Jamás habrá un negocio tan redondo
como el que hizo tu Juan . ¡Mira el sabiondo!
Seguro que tu trato es un desastre
y que te ha dado el timo algún pillastre ... .
Mas cuando Juan, con gesto artero y pillo,
extrajo una habichuela del bolsillo
su madre saltó un cuádruplo mortal,
se puso azul y le gritó: ¡Animal
¿Te has vuelto loco? Dime, tarambana,
¿te han dado una
habichuela por la Juana?
¡Te mato! , y
tiró al huerto la habichuela,
agarró a Juan y
le atizó candela
con la mangueta
de la aspiradora
zurrándole lo
menos media hora.
A las diez de la
noche, sin embargo,
la alubia empezó
a echar un tallo largo,
tan largo que la
punta se perdía
entre las nubes
cuando llegó el día.
Juanito gritó:
¡Madre, echa un vistazo
y dime si ayer no
hice un negociazo! .
La madre dijo:
¡Calla, pasmarote!
¿Acaso da
habichuelas ese brote
que pueda yo
meter en el puchero?
¡No agotes mi
paciencia, majadero! .
¡Por Dios, mamá,
que no hablo de semillas!
¿No ves que es de
oro? ¡Mira cómo brilla! .
¡Cuánta razón
tenía el rapazuelo!
Allá afuera,
estirándose hasta el cielo,
brillaba una alta
torre de hojas de oro
más imponente que
el mayor tesoro.
La madre
de Juanito, espeluznada,
pegó
otro brinco y dijo: ¡Qué burrada!
Hoy
mismo compro un Rolls, me voy a Ibiza
y abro
una cuenta en una banca suiza.
¡Vamos,
mastuerzo, tráeme las que puedas
y las
que no sean de oro te las quedas! .
Y Juan,
sin atreverse a vacilar,
trepó
por la habichuela sin tardar,
ganando
altura ‑no preguntéis cuánta
hasta
alcanzar la punta de la planta.
Más una
vez allí ocurrió una cosa
de lo
más espantable y horrorosa:
se
levantó un estruendo tremebundo
como si
se acercara el fin del mundo
y habló
una voz terrible,
muy
cercana, que dijo:
iiESTOY
OLIENDO A CARNE HUMANA! .
Juanito
se dio un susto de caballo
y sin
pensarlo más bajó del tallo.
¡Ay,
madre!, si lo sé yo no te escucho,
que
arriba hay un señor que grita mucho,
que yo
lo he visto, y me parece injusto
subir y
que me peguen otro susto...
Es un
gigante. Y anda bien de olfato .
¡Qué
tonterías dices, mentecato! .
Me olió
sin verme, madre, te lo juro.
Es un
gigante enorme, estoy seguro ... .
Naturalmente
que te olió, marrano,
que no
te duchas más que en el verano
y
apestas como un chivo y no obedeces
por más
que te lo mande cien mil veces... .
Juan
respondió: Mamá, ¿por qué no subes,
ya que
eres tan valiente, hasta las nubes
tú
misma? , y ella dijo: ¡Desde luego!
Yo sin
luchar a tope no me entrego .
Se
arremangó las faldas y de un salto
tomó la
enorme planta por asalto
se
perdió en sus hojas, mientras Juan
dudaba
del buen éxito del plan,
temiendo
que el tufillo mareante
de su
mamá enfadara a aquel gigante.
Mirando
arriba estaba... hasta que un ruido
que no
esperaba, más bien un chasquido
terrible,
y una voz desde la altura
llegaron
a su oído: iESTABA DURA Y
LE
SOBRABAN HUESOS, PERO AL MENOS
LOS DOS
MUSLITOS ME HAN SABIDO BUENOS>.
¡Atiza! ‑exclamó
Juan‑. ¡Ese chiflado
se
merendó a mi madre de un bocado!
‑‑Olfateó‑
ya lo decía yo.
ese
tufillo horrible ... . Y contempló
la
inmensa planta de oro: ¡Mala suerte!
Tendré
que enjabonarme y frotar fuerte
para
poder pasar por inodoro
si
quiero reincidir en lo del oro .
Conque
se dirigió al cuarto de baño
por la
primera vez en aquel año,
gastó
siete champús, doce jabones
y se
llenó los pelos de lociones,
se
cepilló las muelas y los dientes
y se
dejó las uñas relucientes.
Volvió
luego a la planta nuestro chico
y allí
arriba seguía, hecho un borrico,
sorbiéndose
los mocos y escupiendo,
nuestro
gigante bárbaro y horrendo:
¡¡NO ESTOY OLIENDO A NADA POR AHORA!! ,
gruñia sordamente. Varias horas
esperó Juan. Por fin cayó dormido
el monstruo, y el muchacho,sin un ruido,
hizo cosecha de oro a troche y moche
y durmió billonario aquella noche.
Bañarse ‑‑dijo‑ es algo muy seguro.
Me daré un baño al mes en el futuro .
BLANCANIEVES
Y LOS SIETE ENANOS
Cuando
murió la madre de Blanquita
dijo
su padre, el Rey: Esto me irrita.
¡Qué
cosa tan pesada y tan latosa!
Ahora
tendré que dar con otra esposa ...
‑‑es,
por lo visto, un lío del demonio
para
un Rey componer su matrimonio‑.
Mandó
anunciar en todos los periódicos:
Se
necesita Reina y, muy metódico,
recortó
las respuestas que en seguida
llegaron
a millones... La elegida
ha
de mostrar con pruebas convincentes
que
eclipsa a cualquier otra pretendiente .
Por
fin fue preferida a las demás
la
señorita Obdulia Carrasclás,
que
trajo un artefacto extraordinario
comprado
a algún exótico anticuario:
era
un ESPEJO MAGICO PARLANTE
con
marco de latón, limpio y brillante,
que
contestaba a quien le planteara
cualquier
cuestión con la verdad más clara.
Así,
si, por ejemplo, alguien quería
saber
qué iba a cenar en ese día,
el
chisme le decía sin tardar:
Lentejas
o te quedas sin cenar .
El
caso es que la Reina, que Dios guarde,
le
preguntaba al trasto cada tarde:
Dime
Espejito, cuéntame una cosa:
de
todas, ¿no soy yo la más hermosa? .
Y
el cachivache siempre: Mi Señora,
vos
sois la más hermosa, encantadora
y
bella de este reino. No hay rival
a
quien no hayáis comido la moral .
La
Reina repitió diez largos años
la
estúpida pregunta y sin engaños
le
contestó el Espejo, hasta que un día
Obdulia
oyó al cacharro que decía:
Segunda
sois, Señora. Desde el jueves
es
mucho más hermosa Blancanieves .
Su
majestad se puso furibunda,
armó
una impresionante barahúnda
y
dijo: ¡Yo me cargo a esa muchacha!
¡La
aplastaré como a una cucaracha!
¡La
despellejaré, la haré guisar
y
me la comeré para almorzar! .
Llamó
a su Cazador al aposento
y
le gritó: ¡Cretino, escucha atento!
Vas
a llevarte al monte a la Princesa
diciéndole
que vais a buscar fresas
y,
cuando estéis allí, vas a matarla,
desollarla
muy bien, descuartizarla
y,
para terminar, traerme al instante
su
corazón caliente y palpitante .
El Cazador llevó a la criatura,
mintiéndole vilmente, a la espesura
del Bosque. La Princesa, que se olió
la torta, dijo: ¡Espere! ¿Qué he hecho yo
para que usted me mate, señor mío?
‑‑el brazo y el cuchillo de aquel tío
erizaban el pelo al más pintado‑.
¡Déjeme, por favor, no sea pesado! .
El Cazador, que no era mala gente,
se derritió al mirar a la inocente.
¡Aléjate corriendo de mi vista,
porque, si me lo pienso más, vas lista ... ! .
La chica ya no estaba ‑¡qué iba a estar!
cuando el verdugo terminó de hablar.
Después fue el hombre a ver al carnicero,
pidió que le sacara un buen cordero,
compró media docena de costillas
amén del corazón y, a pies juntillas,
Obdulia tomó aquella casquería
por carne de Princesa. ¡Que mi tía
se muera si he faltado a vuestro encargo,
Señora ... ! Se hace tarde... Yo me largo ... .
Os creo, Cazador. Marchad tranquilo
la Reina‑. ¡Y ese medio kilo
de chuletillas y ese corazón
los quiero bien tostados al carbón! ,
y se los engulló, la muy salvaje,
con un par de vasitos de brebaje.
¿Que hacía la Princesa, mientras tanto?
Pues auto‑stop para curar su espanto.
Volvió a la capital en un boleo
y consiguió muy pronto un buen empleo
de ama de llaves en el domicilio
de siete divertidos hombrecillos.
Habían sido jockeys de carreras
y eran muy majos todos, si no fuera
por un vicio que en sábados y fiestas
les devoraba el coco: ¡las apuestas!
Así, si en los caballos no atinaban
un día, aquella noche no cenaban...
Hasta que una mañana dijo Blanca:
Tengo una idea, chicos, que no es manca.
Dejad todo el asunto de mi cuenta,
que voy a resolveros vuestra renta,
pero hasta que yo vuelva de un paseo
no quiero que juguéis ni al veo‑veo .
Se fue Blanquita aquella misma noche
de nuevo en auto‑stop ‑y en un buen coche
hasta Palacio y, siendo chica lista,
cruzó los aposentos sin ser vista;
el Rey estaba absorto haciendo cuentas
en el Despacho Real y la sangrienta
Obdulia se encontraba en la cocina
comiendo pan con miel y margarina.
La joven pudo, pues, llegar al fin
hasta el dichoso Espejo Parlanchín,
echárselo en un saco y, de puntillas,
volver sobre sus pasos dos mil millas
‑que eso le parecieron, pobrecita‑.
¡Muchachos, aquí traigo una cosita
que todo lo adivina sin error!
¿Queréis probar? . ¡Sí, sí! , dijo el mayor
Mira, Espejito, no nos queda un chavo,
así que has de acertar en todo el clavo:
¿quién ganará mañana la tercera? .
La yegua Rififi será primera ,
le contestó el Espejo roncamente...
¡Imaginad la euforia consiguiente!
Blanquita fue aclamada, agasajada,
despachurrada a besos y estrujada.
Luego corrieron todos los Enanos
hasta el local de apuestas más cercano
y no les quedó un mal maravedí
que no fuera a parar a Rififi:
vendieron el Volkswagen, empeñaron
relojes y colchones, se entramparon
con una sucursal de la Gran Banca
para apostarlo todo a su potranca.
Después, en el hipódromo, se vio
que el Espejito no se equivocó,
y ya siempre los sábados y fiestas
ganaron los muchachos sus apuestas.
Blanquita tuvo parte en beneficios
por ser la emperatriz del artificio,
y, en cuanto corrió un poco el calendario,
se hicieron todos superbillonarios
‑de donde se deduce que jugar
no es mala cosa... si se va a ganar.
RIZOS DE ORO Y LOS TRES OSOS
¡Jamás
debió ponerse en un estante
una
bellaquería semejante!
¿Cómo
una madre amante y responsable
puede
dejar la historia detestable
de
esta malvada niña entre las manos
de‑unos
retoños cándidos y sanos?
Si
de mí dependiera, Rizos de Oro
estaría
entre rejas como un loro...
Imagínense
ustedes qué gracioso
resulta
hacer potaje para oso,
café
y bollitos con su mermelada
y,
con la mesa puesta y preparada,
que
diga Papá Oso: ¡Mil cornejas!
¡La
sopa está que quema las orejas!
Vamos
a darnos un paseo juntos
hasta
que este potaje esté en su punto.
Además,
caminar un buen ratito
nos
abrirá mejor el apetito .
Ninguna
ama de casa se opondría
a
propuesta de tal sabiduría
‑y
menos con el genio singular
de
un oso cuando es hora de almorzar.
Pues bien, en cuanto dejan la
mansión
se cuela Rizos de Oro en el salón
y, cual reptil sinuoso y repelente,
lo curiosea todo soezmente.
Al punto ve el potaje apetitoso
que puso en los tres platos Mamá Oso
y, en menos tiempo del que aquí se
cuenta,
sobre ellos se abalanza violenta.
Imagínense, insisto, qué faena,
después de preparar cosa tan buena,
que acabe en el estómago incivil
de alguna delincuente juvenil.
¡Y no acaba ahí la cosa!, lo mejor
viene a continuación de lo anterior.
Como mujer de hogar que usted se
siente,
ha ido con todo amor, pacientemente,
coleccionando muchos trastos viejos:
un angelote manco, dos espejos,
tres sillas y un armario
estilo imperio
comprados en subasta y,
lo más serio,
una silla de niño
isabelina
que un día heredó usted
de su madrina.
Es esa silla orgullo,
prez y gloria
de su querida casa y no
hay historia
que usted no cuente de
ella y se derrita
cuando la enseña ufana a
las visitas.
Pues, como iba diciendo,
Rizos de Oro
sin el menor recato ni
decoro
coloca su trasero
gordinflón
sobre la silla histórica
en cuestión
y, como no le importa
tres pepinos
el mobiliario estilo
isabelino,
se carga en un segundo
malhadado
de su salón el
mueble,más preciado.
Cualquier niña diría:
¡Qué desgracia!
¡Merezco un buen castigo
por mi audacia! .
Pero no Rizos de Oro
que, al contrario,
exhibe su peor
vocabulario:
¡Maldito
cachivache! y otras cosas
que, de tan malsonantes
y espantosas,
no puedo ni me atrevo a
transcribir
ni creo que se deban
imprimir.
Ustedes pensarán que
aquí termina
su expedición fatal
nuestra heroína...
Pues yo lo siento mucho,
amigos míos,
pero no acaba aquí todo
este lío.
La miserable quiere
echar la siesta,
así que va a mirar dónde
se acuesta.
Sube a los dormitorios
de los osos,
compara qué edredón es
más lanoso,
los prueba del derecho y
del revés,
y se echa en el más
blando de los tres.
Como sabéis, la gente de
provecho
se suele descalzar
cuando va al lecho,
pero con Rizos de Oro no
hay enmienda
ni se le ocurre cosa que
no ofenda.
Podéis imaginaros lo muy
guarros
que estaban sus zapatos,
cuánto barro
pestífero llevaban en
las suelas .
Hasta algo que hizo un
perro y, por que huela
tan sólo a tinta el
libro, uno se calla....
Y, digo una vez más: ¿Es
que no estalla
cualquiera a quien un
monstruo dormilón
le ponga hecho una
cuadra su edredón?
¿Os
dais cuenta cabal de la cadena
de
crímenes tramados por la nena?
Crimen
número uno: la acusada
comete
allanamiento de morada.
Crimen
número dos: el personaje
se
queda con tres platos de potaje.
Crimen
número tres: la muy cochina
destroza
una sillita isabelina.
Crimen
número cuatro: la madama
se
limpia los zapatos en la cama...
Un
juez no dudaría ni un instante:
¡Diez
años de presidio a esa tunante! .
Pero
en la historia, tal como se cuenta,
la
miserable escapa tan contenta
mientras
los niños gritan, encantados:
¡Qué
bien; Ricitos de Oro se ha salvado! .
Yo,
en cambio, le daría otro final
a
un cuento tan infame y criminal:
¡Papá!
‑grita el Osito‑ estoy furioso.
No
tengo sopa . ¡Vaya! ‑dice el Oso‑.
Pues
sube al dormitorio: está en la cama,
metida
en la barriga de una dama,
así
que no tendrás más solución
que
dar cuenta del caldo y del tazón .
CAPERUCITA
ROJA Y EL LOBO
Estando
una mañana haciendo el bobo
le
entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así
que, para echarse algo a la muela,
se
fue corriendo a casa de la Abuela.
¿PuedQ
pasar, Señora? , pyeguntó.
La
pobre ancíana, al verlo, se asustó
pensando:
¡Este me come de un bocado! .
Y,
claro, no se había equivocado:
se
convirtió la Abuela en alimento
en
menos tiempo del que aquí íe cuento.
Lo
malo es que era flaca y tan huesuda
que
al Lobo no le fue de gran ayuda:
Sigo
teniendo un hambre aterradora...
¡Tendré
que merendarme otra señora! .
Y,
al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó
con impaciencia aquella fiera:
¡Esperaré
sentado hasta que vuelva
Caperucita
Roja de la Selva!
‑‑que
así llamaba al Bosque la alimaña,
creyéndose
en Brasil y no en España‑.
Y
porque no se viera su fiereza,
se
disfrazó de abuela con presteza,
se
dio laca en las uñas y en el pelo,
se
puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos,
sombrerito, una chaqueta
y
se sentó en espera de la nieta.
Llegó
por fin Caperu a mediodía
y
dijo: ¿Cómo estás, abuela mía?
Por
cierto, ¡me impresionan tus orejas! .
Para
mejor oírte, que las viejas
somos
un poco sordas . ¡Abuelita,
qué
ojos tan grandes tienes! . Claro, hijita,
son
las lentillas nuevas que me ha puesto
para
que pueda verte Don Ernesto
el
oculista , dijo el animal
mirándola
con gesto angelical
mientras
se le ocurría que la chica
iba
a saberle mil veces más rica
que
el rancho precedente. De repente
Caperucita
dijo: ¡Qué imponente
abrigo
de piel llevas este invierno! .
El
Lobo, estupefacto, dijo: ¡Un cuerno!
0
no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora
te toca hablarme de mis dientes!
'¿Me
estás tomando el pelo ... ? Oye, mocosa,
te
comeré ahora mismo y a otra cosa .
Pero
ella se sentó en un canapé
y
se sacó un revólver del corsé,
con
calma apuntó bien a la cabeza
y
‑¡pam!‑ alli cayó la buena pieza.
Al poco tiempo vi
a Caperucita
cruzando por el
Bosque... ¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que
llevaba la infeliz?
Pues nada menos
que un sobrepelliz
que a mí me
pareció de piel de un lobo
que estuvo una
mañana haciendo el bobo.
LOS
TRES CERDITOS
El
animal mejor que yo recuerdo
es,
con mucho y sin duda alguna, el cerdo.
El
cerdo es bestia lista, es bestia amable,
es
bestia noble, hermosa y agradable.
Mas,
como en toda regla hay excepción,
también
hay algún cerdo tontorrón.
Dígame
usted si no: ¿qué pensaría
si,
paseando por el Bosque un día,
topara
con un cerdo que trabaja
haciéndose
una gran casa... de PAJA?
El
Lobo, que esto vio, pensó: Ese idiota
debe
de estar fatal de la pelota...
¡Cerdito,
por favor, déjame entrar! .
¡Ay
no, que eres el Lobo, eso ni hablar! .
¡Pues
soplaré con más fuerza que el viento
y
aplastaré tu casa en un momento! .
Y por más que rezó la
criatura
el lobo destruyó su
arquitectura.
¡Qué
afortunado soy! ‑pensó el bribón.
¡Veo
la vida de color jamón! .
Porque
de aquel cerdito, al fin y al cabo,
ni
se salvó el hogar ni quedó el rabo.
El Lobo siguió
dando su paseo,
pero un rato
después gritó: ¿Qué veo?
¡Otro lechón
adicto al bricolaje
haciéndose una
casa... de RAMAJE!
¡Cerdito, por
favor, déjame entrar! .
¡Ay no, que eres
el Lobo, eso ni hablar! .
¡Pues soplaré con
más fuerza que el viento
y aplastaré tu
casa en un momento! .
Farfulló el Lobo:
¡Ya verás, lechón! ,
y se lanzó a
soplar como un tifón.
El cerdo gritó:
¡No hace tanto rato
que te has desayunado!
Hagamos un trato
El Lobo dijo:
¡Harás lo que yo diga! .
Y pronto estuvo
el cerdo en su barriga.
No ha sido mal
almuerzo el que hemos hecho,
pero aún no estoy
del todo satisfecho
‑se dijo el Lobo‑.
No me importaría
comerme otro
cochino a mediodía .
De
modo que, con paso subrepticio,
la
fiera se acercó hasta otro edificio
en
cuyo comedor otro marrano
trataba
de ocultarse del villano.
La diferencia estaba en
que el tercero,
de
los tres era el menos majadero
y
que, por si las moscas, el muy pillo
se
había hecho la casa... ¡de LADRILLO!
¡Conmigo
no podrás! , exclamó el cerdo.
¡Tú
debes de pensar que yo soy lerdo!
‑le
dijo el Lobo‑. ¡No habrá quien impida
que
tumbe de un soplido tu guarida! .
Nunca
podrás soplar lo suficiente
para
arruinar mansión tan resistente
le
contestó el cochino con razón,
pues
resistió la cas ‑ a el ventarrón.
Si
no la puedo hacer volar soplando,
la
volaré con pólvora... y andando ,
dijo
la bestia, y el lechón sagaz
que
aquello oyó, chilló: ¡Serás capaz!
y,
lleno de zozobra y de congoja,
un
número marcó: ¿Familia Roja? .
¡Aló!
¿Quién llama? ‑le contestó ella‑.
¡Guarrete!
¿Cómo estás? Yo aquí, tan bella
como
acostumbro, ¿y tú? . Caperu, escucha.
Ven
aquí en cuanto salgas de la ducha .
¿Qué
pasa? , preguntó Caperucita.
Que
el Lobo quiere darme dinamita,
y
como tú de Lobos sabes mucho,
quizá
puedas dejarle sin cartuchos .
¡Querido
marranin, porquete guapo!
Estaba
proyectando irme de trapos,
así
que, aunque me da cierta pereza,
iré
en cuanto me seque la cabeza .
Poco
después Caperu atravesaba
el
Bosque de este cuento. El Lobo estaba
brillando
cual puñales relucientes9
en
medio del camino, con los dientes
los
ojos como brasas encendidas,
todo
él lleno de impulsos homicidas.
Pero
Caperucita ‑ahora de pie
volvió
a sacarse el arma del corsé
y alcanzó al Lobo
en punto tan vital
que la lesión le
resultó fatal.
El cerdo, que
observaba ojo avizor,
gritó:
¡Caperucita es la mejor!
í
Ay, puerco ingenuo! Tu pecado fue
fiarte
de la chica del corsé.
Porque
Caperu luce últimamente
no
sólo dos pellizas imponentes
de
Lobo, sino un maletín de mano
hecho
con la mejor... ¡PIEL DE MARRANO
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.