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Rémy de Gourmont - La magnolia



RÉMY DE GOURMONT
(1858-1915) En Francia, el cuento fantástico conoció un nuevo progreso, en la época en la que los escritores simbolistas, prolongando las aspiraciones del romanticismo, trataban de asir y de sugerir las leyes de la analogía universal. En una de sus Historias mágicas, Rémy de Gourmont asocia sutilmente dos flores de magnolia, una inacabada, la otra seca, en el episodio final de un idilio doloroso. Un decorado vago y como inexistente, circunstancias deliberadamente imprecisas, personajes sin consistencia carnal, un lenguaje pleno de artificios armoniosos concurren para crear, como en los dramas contemporáneos de Maeterlinck, un clima de incertidumbre misteriosa, en el que pesa la amenaza del destino.

Las dos hermanas salieron de su casa de huérfanas, Arabelle, la bella, y Bibiane, la vieja; Arabelle, bella de juventud y Bibiane, vieja de fealdad, Arabelle, la niña y Bibiane, la madre.
Salieron de su triste casa y se detuvieron bajo la magnolia, el árbol mágico que nadie había plantado y que florecía tan suntuosamente en el patio de la casa triste. Florecía dos veces por año, como todas las magnolias: primero, en primavera, antes de que crecieran las lanzas verdes; luego, hacia el otoño, antes de la decoloración de las pesadas hojas; y tanto en primavera como en otoño, en el noble candelabro que formaba el árbol mágico, había floraciones amplias, un poco como las eclosiones sagradas de los lotos, y la vida estaba significada en la nieve de las corolas carnosas por una gota de sangre.
Apoyada en el brazo maternal de la buena Bibiane, clemente frente a todos sus caprichos, Arabelle estaba bajo la magnolia y soñaba:
— Morirá con las segundas flores de la magnolia, aquél que debía avivar con una gota de sangre la flor que soy. ¡Oh! ¡Cuan pálida quedaré eternamente!
— Aún queda una —dijo Bibiane.
Era una flor inacabada, un botón que erguía, entre las hojas complacientes a su gracia, el óvalo integral de la virginidad.
La última —dijo Arabelle—. Será mi adorno de bodas: ¿La última? No, mira, Bibiane, hay otra, ¡toda seca y casi muerta! ¡Nosotras dos! ¡Nosotras dos! ¡Oh! ¡Tengo miedo y tiemblo al vernos allí, a nosotras dos, claramente simbolizadas por esas flores! ¿Si hago la cosecha de mí misma, Bibiane? ¡Ya estoy cortada, mira! ¿Y si yo también muriera?
Sin hablar, Bibiane envolvió de amor a su trémula hermana y temerosa también, la arrastró fuera del triste patio, lejos de la magnolia desprovista de su última gloria.
Entraron en la casa de las vanas alegrías y los duelos prematuros.
— ¿Cómo está? —preguntó Bibiane, quitando de los hombros de Arabelle, el abrigo que velaba a la novia blanca.
Y mientras que Arabelle, sentada como una niña tímida, contemplaba la flor inacabada que se sorprendía de ver entre sus dedos, la madre del moribundo respondió:
— Apresurémonos, pues morirá y es necesario que se realice su supremo deseo. Ven, mi Arabelle, hija mía y novia de los últimos suspiros, belleza que hará que florezca el rosario de las últimas oraciones. La muerte te espera, mi Arabelle, ¡ay! ¡ay! ¡ay! y es un beso de ultratumba el que consagrará tu frente de joven esposa y la sonrisa funeraria de las tinieblas invencibles responderá como un eco en la noche a las exquisitas irradiaciones que son el oriente de tus bellos ojos, ¡mi Arabelle! El hijo que me quedaba morirá; está muerto, y te lo entrego muerto, ¡ay! ¡ay! ¡ay! a ti tan bellamente la vida y la putrefacción de la tumba, a ti, nacida para un lecho de floraciones olorosas, ¡ay! ¡ay! ¡ay!
Todas lloraron mientras llegaban unos hombres que venían para dar testimonio de los derechos absolutos que tiene la muerte para desposar la vida, y también llegaba el sacerdote, no se sabía si era para bendecir anillos indestructibles o para crucificar de crisma la frente, el corazón, los pies y las manos del hijo moribundo.
Todos subieron en silencio como cuando se sube y los pasos pesados martillean las baldosas del patio y una carga de muerto duerme en la punta de los brazos de seis cooperadores: podría encontrárselo, decían los hombres, tanto en su mesa de altar como en su cama, ataviado para el sepulcro como para la boda.
Subían timoratos, pero la madre les dio coraje diciendo:
— Apresurémonos, pues morirá y es necesario que se realice su deseo supremo.
En el cuarto, cuando la gente estuvo arrodillada, Arabelle, de pie al lado del lecho nupcial pareció estar vestida con un sudario y cuando a su vez, ella se arrodilló, con la frente apoyada en el borde de la almohada, en todos los corazones presentes hubo una agitación de angustia, como si la cabeza encantadora fuera a quedar allí y morir también; la mano derecha de la novia se abandonaba a una mano angosta y huesuda que salía de las mantas y la izquierda apretaba contra sus labios a la flor inacabada de la magnolia, óvalo integral de virginidad.
El sacramento se elaboró por la virtud de las palabras, todos miraban al hijo que su madre sostenía. Tenía el rostro siniestro y atormentado de los moribundos desesperados y satánicos, un rostro estigmatizado hasta el alma por el deseo de vida que se va, por los celos de amor que se queda; la belleza fresca de Arabelle exasperaba hasta el odio el fósforo impotente de sus ojos hundidos y todo el mundo pensaba; ¡Cómo sufre!
Se irguió aún más y con su boca violeta, empalidecida por las nieves del más allá, dijo —mientras los hombres sonreían por la divagación final y las mujeres atemorizadas sollozaban como plañideras:
— Adiós, Arabelle, ¡tú, que me perteneces! Me voy, pero tú vendrás. Estaré allí. Te esperaré todas las noches bajo la magnolia, pues no debes conocer ningún otro amor además de mi amor, Arabelle, ¡ningún otro! ¡Ah! ¡Qué prueba te daré, mi amor! ¡Qué prueba! ¡Qué prueba! Eres el alma que necesito.
Y con una sonrisa que desplazó diabólicamente las sombras de su magro rostro, repitió —con una voz que ya luchaba contra el estertor— estas palabras, que tal vez estuvieran desprovistas de sentido, tal vez hayan sido calculadas misteriosamente como una perfidia sabia de ultratumba.
— ¡Bajo la magnolia, Arabelle, bajo la magnolia!
Arabelle estaba en vela todos sus días, casi todas sus noches, con la mente trastornada y el corazón dolorido, y por la noche, cuando el viento hacía que las hojas del árbol sin flores murmuraran y cuando, con la luna que había subido, se erguía mágico en el claro de un rayo escapado de las redes de las nubes de octubre, Arabelle temblaba y se inclinaba hacia Bibiane gritando:
— ¡Está ahí!
Estaba ahí, bajo la magnolia, en las hojas bajas, como una sombra que obedecía a los balanceos del viento.
Una noche le dijo a Bibiane:
— Nos amábamos, ¿por qué habría de hacerme mal? Está ahí, voy hacia él.
— Hay que obedecer a los muertos —respondió Bibiane—. Anda, no tengas miedo. Dejaré la puerta abierta y vendré si tú me llamas. Anda, él está ahí.
Estaba ahí, realmente, bajo las hojas bajas, obedeciendo al balanceo del viento y cuando Arabelle llegó bajo la magnolia, la sombra extendió los brazos, unos brazos fluidos y serpentinos, luego, los dejó caer, como dos víboras del infierno, en los hombros donde se retorcieron silbando.
Bibiane oyó un grito sofocado. Corrió. Arabelle yacía y al llevarla a la casa, vio que tenía dos marcas en el cuello, como de unas manos estrechas y huesudas.
Sus bellos ojos inanimados resplandecían de horror y entre sus dedos crispados y juntos, Bibiane vio la flor marchita de la mañana de bodas, la flor triste e inútil que había quedado en el árbol por lástima, la flor que era la Otra, la verdadera flor de ultratumba.



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