Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Mary Elizabeth Counselman - La lotería del Diablo






* * * * * *

Edición: 1972, Nova Dell (Editorial Novaro) Recopilación “Cuentos Macabros”
Traducción: Agustín Contin
Edición digital: Centurión, 2004

* * * * * *


QUIZÁ el aspecto más extraño del caso era que no había dos personas en toda la ciudad de “Blankville” que dieran la misma descripción del hombre.
Lo habían visto en la esquina de la Primera Avenida y Main, nunca en otro lugar, con aquella mesita portátil y endeble frente a él; en realidad, era una maleta con patas, como las que llevan consigo los charlatanes para mostrar sus mercancías de calidad dudosa. Al menos en eso, todos estaban de acuerdo... Pero ningún hombre puede cambiar de aspecto y ropas con tanta frecuencia como insistían todos los relatos en que lo hacía. “Ningún hombre...”, como lo expresó Jeff Haverty, el redactor del periódico local, al referirse en su editorial a aquel extraño asunto.


Parece que fue un joven agente de tránsito, de guardia en la esquina de la Primera Avenida y Main, el que vio por primera vez al hombre, que permanecía en pie, inmóvil, detrás de su endeble mesita, en el curso de la mañana del lunes tres de noviembre.
Según O’Reilly, era un individuo gordo, de rostro rojizo, con sombrero de fieltro y un cigarro puro, que parecía uno de los políticos municipales, del tipo que puede hacer que un policía joven y ambicioso ascienda en el escalafón por olvidarse de cierta contravención por exceso de velocidad.
O’Reilly se acercó a él, jugueteando con su silbato, y observó el contenido de la mesita. Había pocas cosas en ella que indicaran que el forastero pudiera ser un charlatán ordinario; ni botellas con líquidos para borrar las pecas, ni plumas fuente trucadas, ni juguetes para los niños, de precios excesivos. De hecho, en la mesita sólo había tres pilas de papeles, bien ordenados. Eran hojas oblongas, rígidas y duras, como si fueran de pergamino. Había en ellas algo escrito, con letras impresas en color rojo, de una naturaleza extraña, que O’Reilly dijo que tenía dificultades para leer. La impresión era arcaica, dando la sensación de que se trataba de inglés antiguo.
—No era igual que los caracteres que se ven comúnmente en las revistas —y los periódicos —según describió el joven agente de policía.
Leyó los folletos, pasquines o lo que fueran, se rascó la cabeza y observó al extraño personaje con el ceño fruncido y una expresión sumamente profesional.
—¿Qué es lo que vende, amigo? En esta ciudad debe tener una licencia para...
El hombre sonrió con suavidad y sostuvo la mirada del agente, con el par de ojos más sorprendentes que había visto O’Reilly en toda su vida. En forma bastante extraña, todos cuantos describieron al hombre, estaban de acuerdo en lo que se refiere a sus ojos: grandes, oscuros, profundamente cansados; pero con un brillo sardónico, que hacía que todos los que los miraban se sintieran incómodos. Parecía poder penetrar hasta los pensamientos más recónditos y reírse de lo que indicaban, según lo explicó una mujer.
No vendo más que sabiduría —fue la respuesta del desconocido.
También su voz es algo que todos parecen describir de manera similar: hueca, vibrante y sin inflexiones, como la voz de alguien que grita desde el fondo de un pozo.
—¡Hmm! Entonces, ¿qué es lo que está anunciando? —le preguntó el policía, incapaz de comprender, en absoluto, qué significaban las frases cortas que habían sido impresas en aquellos folletos.
—¿Qué anuncio? Quizá, el poder del mal y la inutilidad del bien —respondió la voz grave, con una risita burlona, que hizo que O’Reilly sintiera el deseo de aplastarle el puño en las narices—. O... es posible que me esté divirtiendo...
—No comprendo a dónde quiere ir a parar —le dijo O’Reilly bruscamente, molesto, al sentir que se le ponía carne de gallina, como si estuviera soportando un viento helado—. Entonces, no está usted distribuyendo publicidad, ¿verdad? Tengo órdenes de arrestar a todos los forasteros que... ¿Qué es lo que quiere mostrarle al público?
Puede llamarlo juego, concurso o lotería, si quiere —replicó con suavidad el desconocido—. Todos pueden participar..., hombres, mujeres o niños. El precio es... lo que quieran dar. Deben escribir sus respuestas debajo de cada pregunta..., devolviéndome el papel con el nombre y la dirección. Quienes presenten las respuestas que más me agraden... ¡Recibirán un importante regalo!
O’Reilly frunció el ceño todavía más.
—Todavía no comprendo a dónde quiere ir a parar. ¿Qué pierden los que no obtienen el premio?
Solamente..., quizá, su sentido de los valores —el desconocido soltó de nuevo su risita—. !Y puede estar seguro de que todos los beneficios en metálico serán invertidos donde el dinero sea más provechoso para esta pacífica ciudad de sesenta mil... almas!
Recalcó de manera extraña la última palabra, y soltó una carcajada que hizo qué el joven Tim O’Reilly, como lo confesó más tarde, sintiera deseos de santiguarse y taparse los oídos. Declaró que había tenido a medias la intención de detener a aquel extraño individuo, por vagancia o perturbación de la paz pública. Pero en ese momento un camión lleno de carbón chocó con un autobús escolar, y el joven policía se alejó rápidamente para tratar de resolver cuanto antes el problema para el tránsito que representaba aquel accidente.


Hacia el mediodía, varios relatos sobre el extraño individuo y su “lotería” comenzaron a llegar —a la redacción del News de “Blankville”. Jeff Haverty, siempre a la búsqueda de temas de interés humano, envió a uno de sus columnistas para que lo entrevistara, con el fin de poder publicar un artículo sobre él en su edición dominical. Envió también a su mejor fotógrafo, ya que no tenía nada mejor que hacer aquella tarde.
Fue Bill Morgan, el columnista, el que le llevó a Haverty uno de los pequeños folletos o billetes de lotería, con las extrañas letras impresas en rojo. Haverty leyó, soltando una carcajada, las tres frases inscritas.

I. ¿QUÉ ES LO QUE TODOS LOS HOMBRES TRATAN DE RETENER, PERO NADIE CONSIGUE CONSERVAR? ¿LO QUE ALGUNOS TIENEN DESDE SU NACIMIENTO, OTROS NO SABEN QUE LO POSEEN Y OTROS MÁS NO LLEGAN NUNCA A CONOCERLO? ¿LO QUE NO PUEDE, ADQUIRIESE CON DINERO, GANARSE POR MEDIO DEL ESFUERZO, NI ALCANZAN GRACIAS A LA SABIDURÍA?

II. ¿QUÉ ES LO QUE TODOS LOS HOMBRES TIENEN EN PARTE, PERO NADIE POR COMPLETO, DE LO QUE TODOS LOS HOMBRES HUYEN, SIN QUE NINGUNO DE ELLOS PUEDA ESCAPAR, QUE TODOS SE SIENTEN MÁS FELICES CUANDO NO LO TIENEN, PERO TODOS TRATAN DILIGENTEMENTE DE ADQUIRIRLO?

III. ¿QUÉ ES LO QUE TODOS LOS HOMBRES TRATAN DE DESTRUIR Y, SIN EMBARGO, PRODUCEN A MENUDO MÁS, QUE TODOS LOS HOMBRES CONSIDERAN GRANDE CUANDO ES DE ELLOS Y PEQUEÑO CUANDO ES DE OTROS, QUE SUPERA A TODAS LAS DEMÁS FUERZAS DE LA VIDA, HASTA PARA QUIENES MEJOR LO CONOCEN?

—Tres preguntas filosóficas, ¿no es así? —comentó Jeff, sonriendo—. Parecen cuestiones que hubiera podido hacer la Esfinge. Digan, ¿qué es esto? ¿Alguna especie de folleto religioso?
Morgan se encogió de hombros. Declaró que el redactor en jefe sabía tanto como él mismo a ese respecto. Había entrevistado al extraño forastero..., si podía decirse así, ya que las respuestas que consiguió lo dejaron, como al joven agente de policía, todavía más asombrado que antes. El vendedor ambulante representaba “a todas las empresas y a todos los fabricantes de toda clase de artículos del mundo”, aunque no era “un vendedor de puerta en puerta”. Formaba parte “de todas las religiones”, aunque “no abogaba por ninguna de ellas”, le había dicho al periodista. Cualquiera que respondiera correctamente a alguna de sus tres preguntas antes del siguiente viernes, recibiría “un gran regalo”. El hombre se había negado a decir en qué consistía.
Eso era todo lo que Bill Morgan había sido capaz de sacarle al tipo en cuestión, a pesar de que era un joven periodista muy inteligente, que había llegado a “Blankville” procedente de un diario de Nueva York. Fatso Roberts, el fotógrafo, que era también un experto en su trabajo..., debía haber estado más borracho que de costumbre aquel lunes en que había tomado dos placas del forastero, de pie detrás de su mesita plegable, si se tomaba en consideración cómo aparecieron las fotografías en cuestión, el viernes, al ser reveladas en el cuarto oscuro del News.
Pero ya antes de eso, Haverty miraba a sus dos empleados con cierta contrariedad. Bill Morgan, por una parte, declaró que el tipo aquel llevaba un traje a cuadros y se parecía a un apostador profesional de las carreras de caballos..., como el que se había llevado poco tiempo antes sus ahorros de todo un año. Roberts, por otra parte, insistía tercamente en que el individuo era de edad madura, medio calvo, con un mechón de cabellos que le colgaba sobre la frente un fino bigotillo—, como el cantinero del “White Cat”, que lo animaba siempre para que tomara “sólo una copa más”.
Por ende, Haverty decidió, el martes, dar un paseo por la esquina de la Primera Avenida con Main, con el fin de poder echarle al individuo en cuestión una ojeada por sí mismo, para hacerse una idea.
Cuando llegó a ese punto, un pequeño grupo de personas se encontraba reunido en torno al extraño personaje, leyendo los pequeños folletos y arguyendo acaloradamente, unas con otras,
—¡Es fácil! —estaba diciendo un anciano—. Para la primera pregunta, la respuesta es amor. Todos deseamos conservar el amor; pero nadie puede hacerlo. Algunos nacen con él, otros no saben siquiera que lo tienen y otros nunca lo conocen. Es seguro que no puede comprarse ni ganarse, ni conseguirlo por medio de la inteligencia... Mi hija me dijo el otro día...
—No, no —le llevaba la contrario otro, cínicamente—. Amor es la respuesta a la segunda pregunta. ¡Lo que todos los hombres tienen en parte, pero ninguno completamente! No es posible huir de él y es bien sabido que un tipo es más feliz cuando se mantiene, alejado del amor.. ¡Como mi vieja arrastrada! ¡Nunca me pierde de vista un momento...!
—Los dos están equivocados —dijo, riendo, una muchacha joven—. La respuesta a la primera pregunta es riqueza. La de la segunda, salud. O, quizá... Esperen. Quizá sea al revés... No, eso no correspondería...
Reflexionó, mirando al papel de pergamino que tenía en la mano, frunciendo el ceño, sumida en profundos pensamientos.
—La respuesta a la tercera —dijo con voz cascada un anciano— debe ser la edad avanzada, con toda seguridad. Cuanto más se esfuerza un tipo en conservarse joven, tanto antes envejece. Y es cierto que hay cuerpos que se sienten más viejos y llenos de experiencia que otros de la misma edad. Desde luego, la edad avanzada, sobrepasa a todo lo demás en la vida, como dice aquí...
—No, yo creo que la respuesta a esa pregunta es odio. O bien..., ¿la guerra? Eso pudiera ser... Pero creo que no voy a dar todavía mis respuestas. Me gustaría reflexionar un poca más en ello. Sea cual sea ese premio, yo me lo voy a ganar. ¡Acepto cualquier cosa que sea gratuita! No he pagado ni un solo centavo para poder participar en este juego, por, consiguiente, ¿qué es lo que puedo perder, aunque no sea el vencedor?
Haverty se acercó un poco más, recorriendo con la mirada los rostros extrañamente descompuestos de los allí reunidos. Como un eco, por encima o por debajo del murmullo de voces, le pareció oír que alguien se estaba riendo a carcajadas... con una risa burlona, sumamente siniestra, que lo hizo sentirse, al mismo tiempo, furioso y un poco asustado.
Luego, vio al forastero de pie detrás de su mesita plegable: era un caballero alto y elegante, con un traje bien cortado y unos anteojos de montura de oro. Le hizo recordar a Haverty, en cierto modo, a un magnate bastante corrompido que había tratado en cierta ocasión de sobornarlo para que imprimiera una campaña de desprestigio en contra del difunto gobernador. Evidentemente, Morgan y Roberts habían estado muy poco atentos cuando interrogaron al individuo aquel.
El redactor notó, con ironía, que no coincidían, en absoluto, con ninguna de sus descripciones. Haverty se alejó poco a poco, mientras resonaban todavía en sus oídos los argumentos de los espectadores en pro o en contra de determinadas respuestas a aquellas preguntas formuladas de manera tan extraña.
Durante varios de los días siguientes, eso era el único tema de conversación en la pequeña ciudad de “Blankville”; se escuchaban discusiones a ese respecto en los salones de belleza, en las salas de espera de los dentistas y en el correo, cerca del cuartel de bomberos, en los ensayos de los coros o en la calle, dondequiera que se reunían dos o más personas. Las respuestas más en boga estaban en todos los labios, y nadie parecía estar de acuerdo con los demás. Un resentimiento un poco nebuloso había caído sobre los habitantes de la población, y los vecinos que habían confiado unos en otros durante muchos años, comenzaban a mirarse con suspicacia.
Honradez es la respuesta a esa primera pregunta —decía, uno.
—¿Lo que todos los hombres tratan de preservar, pero nadie consigue conservar? —intervenía algún amigo—. ¡Hmm! ¿Es así como consideras todas las cosas? Supongo que creerás que miedo es la respuesta a la última pregunta..., ¿no es así? ¡Nunca pensé que tuvieras una opinión tan mala de la vida!
—¡Y yo nunca pensé que fueras tan entremetido...! A propósito, estaré ocupado el sábado, de modo que no podré ir a jugar nuestra ronda acostumbrada de golf...
—¡Me alegro de que así sea! Probablemente has estado falsificando tus resultados todo el tiempo, sólo que yo no me imaginaba siquiera que fueras del tipo que...
Esa era la forma en que se estaban desarrollando los acontecimientos por toda la ciudad. Las razas, los credos e, incluso, los miembros de una misma familia, se disputaban por el significado de las tres preguntas que, como lo observó Haverty, estaban teniendo quizá una influencia demasiado fuerte sobre ciudadanos que hasta entonces habían vivido felices, al menos en apariencia. Era como si un adulto pervertido se hubiera presentado en la fiesta de aniversario de un niño, susurrando ideas y pensamientos en oídos demasiado jóvenes e inexperimentados para escuchar tales propósitos.
Además, todos los hombres, las mujeres y los niños de “Blankville” trataban de adivinar cuál sería el gran premio concedido a quien mejor respondiera a las tres adivinanzas:
—Recuerde lo que le digo, se trata sólo de un truco publicitario para algún tipo de nuevo producto —le dijo prudentemente un peluquero a uno de sus clientes, mientras lo afeitaba—. Espere usted y ya verá; ¡los triunfadores recibirán una caja de algún producto alimenticio para desayunos o alguna otra tontería semejante!
—No estoy del todo de acuerdo con usted —respondió el cliente, limpiándose el jabón de los ojos—. En mi opinión, el concurso o la lotería esa, tiene todas las características de la propaganda religiosa. Algunos fanáticos se presentarán muy pronto para dar alguna serie de conferencias... El tipo ese está simplemente creando interés. ¡Responderá a todas esas estúpidas preguntas desde su púlpito, y todo lo que recibirán como premio los que hayan acertado, será la oportunidad de formar parte de su congregación!
—Es posible —comentó otro cliente, sentado en el asiento del limpiabotas—. Sin embargo, si me lo preguntaran, les diría que es propaganda. ¡Alguien que trata de desencadenar otra guerra...!
Pero nadie podía decir con verdadero conocimiento cuál era la finalidad de la extraña lotería. Desde luego, no se trataba de conseguir dinero, ya que quienes tomaban los “billetes” con las extrañas letras impresas en rojo, los pagaban o no, como prefirieran. La mayoría de la gente arrojaba sobre la mesa diez o veinticinco centavos, suponiendo que el tipo en cuestión era una especie de mendigo con nuevos métodos, en lugar de dedicarse a vender cordones para los zapatos o lápices, sobre un sombrero. Una rica matrona, que había oído decir que el concurso era para “el mejoramiento cívico”, dejó en la mesita, de manera sumamente ostentosa, un billete de cincuenta dólares. La pila de dinero crecía lentamente día a día, aparentemente sin que lo contara ni le prestara atención el hombre que permanecía silenciosamente en pie tras la mesita portátil, entregando sus pequeñas tiras de papel en las que figuraban las tres preguntas, impresas con letras del colar del frente de un incendio en el bosque, visto a gran distancia, durante la noche.


A la mañana del viernes siete de noviembre, todos, en “Blankville”, se despertaron con un sentimiento de irritación y tensión, debido a la excitación. O’Reilly, bostezando, al acudir a la mañana temprano a ocupar su guardia en su esquina acostumbrada, fue el primero en darse cuenta de que el extraño individuo, con su mesita plegable llena de folletos, se había ido.
Fue paseándose por la acera, hasta apoyarse en un poste, preparándose para la gran afluencia característica de las siete de la mañana, cuando vio por casualidad algo que sobresalía un poco de la tapa de un bote de basura de las cercanías. Sin apresurarse, seguro de que la vista le había engañado, se acercó y lo sacó.
Luego, con ojos muy abiertos, abrió la tapadera y comenzó a sacar a puñados lo que habían arrojado descuidadamente al bote de basura, encima de su contenido habitual de peladuras de plátanos, papeles, etcétera. Lo que había visto era un billete de cincuenta dólares que asomaba por la ranura. Al interior había un montón de billetes y monedas, introducidos por la abertura de manera descuidada.
El joven agente de tránsito se precipitó al teléfono y llamó al cuartel general, para denunciar que algún ladrón sorprendido debía haber ocultado su botín en la basura, antes de huir. Pero no se había informado de que se hubiera cometido ningún robo, ni pudo tampoco descubrirse después...
Bill Morgan, el columnista del News, se precipitó hacia el lugar de los hechos inmediatamente, con Fatso Roberts, el fotógrafo, que jadeaba, pisándole los talones. Pero cuando Morgan telefoneó, presentando su informe sobre el hallazgo de dinero en un cubo de la basura (aproximadamente setecientos treinta y dos dólares, contados apresuradamente), Haverty lo cortó bruscamente.
—¡No interesa eso! Olvídelo... Quiero que vaya a la tienda de comestibles Beeman, en la calle Catorce. ¡Inmediatamente! Su mozo de entregas tuvo un accidente hace una hora. La llanta delantera de su bicicleta explotó. Cayó al suelo, pero solamente se hizo unas ligeras magulladuras...
—¡Por el amor del cielo! —lo interrumpió Morgan—. ¿Qué interés puede tener eso?
—Sencillamente —replicó la voz seca y temblorosa de Jeff, desde el otro lado de la línea— que el muchacho tropezó con un cristal..., o eso creyó, hasta que uno de los clientes de la tienda, el joyero de Mace’s, lo vio y anunció que lo que había hecho que explotara la llanta de la bicicleta era... un diamante no cortado de 120 quilates. Mayor que el Koh-i-noor. ¡Valía millones; pero el muchacho estaba tan enojado por la rotura de su llanta y su caída..., que lo arrojó a una alcantarilla antes de que pudieran decirle qué era!
—Voy allí ahora mismo... —prometió el periodista, pero no colgó el auricular, hasta que Haverty le dijo, en el mismo tono seco de voz:
—Escuche..., Bill. Alguien dijo que había uno de esos estúpidos billetes de lotería pegados a la llanta de la bicicleta..., pero sólo con una palabra: “I. SUERTE.” Nada más. Dicen que el muchacho llenó uno de esos billetes y se lo devolvió al forastero que los distribuía. Es retrasado mental y no sabe leer ni escribir. Por consiguiente, copió en el billete varias letras. de un anuncio de cigarros que vio en la calle: L-U-C-K (SUERTE, en inglés)..., esa fue su respuesta a la primera pregunta...
—¿De veras... ? —Morgan tragó saliva para eliminar el nudo que se le había formado en la garganta, como si una mano tratara de cortarle la respiración—. Muy bien..., muy bien..., Jeff..., voy a encargarme de verificarlo...


Morgan llamó un taxi, al que se subió, junto con el jadeante fotógrafo. Pero a mitad de camino hacia la tienda Beeman, el taxista hizo un comentario que tuvo la virtud de que el periodista le ordenara que se dirigiera rápidamente en dirección contraria.
—¿Quiere decir que no lo ha oído decir? —inquirió el conductor del vehículo—. Sí..., la señora de Carter Pendergast. Ya sabe, la dama que ha estado luchando en pro de la educación universitaria gratuita para los jóvenes de los barrios bajos. Bueno, pues se volvió loca anoche en su gran mansión de Forrest Drive. Se puso completamente majareta. La sirvienta la encontró acurrucada en un rincón del sótano, dando alaridos y arrancándose el cabello. Tenía en el regazo uno de esos billetes de lotería, en el que había escrita una sola palabra: el número II, y la palabra CONOCIMIENTOS. La dama no dejaba de gritar: “¡No me diga el resto! ¡No puedo escuchar nada más! ¡No lo soporto!” La sirvienta oyó como un murmullo y alguien que se reía a carcajadas; dijo que había sido algo verdaderamente horrible. No había nadie en el sótano; pero la anciana...
—¿Dónde está ahora la señora Pendergast? —preguntó el periodista.
—Muerta —respondió el taxista, encogiéndose de hombros—. Acabo de decírselo, amigo; ¿no me oyó? Se suicidó mientras la sirvienta iba a telefonear para pedir ayuda. Se cortó el cuello...
Pero eso no era todo. Cuando Morgan y Roberts regresaron a la redacción del News, con sus datos sobre el accidente del muchacho retrasado mental y el suicidio de la señora: Pendergast, hallaron a Haverty dando gritos, por teléfono, y haciéndole señas frenéticamente para que un escribiente tomara la conversación, escuchándola en una de las extensiones. Finalmente, colgó el aparato y los dos recién llegados vieron que le temblaban las manos.
—Bill... —dijo.
Se enjugó la frente y miró al columnista, con una expresión de terror en sus ojos habitualmente imperturbables.
—Bill, no..., no sé qué pensar de esto. Ese hombre, el charlatán con la mesita portátil, ¿quién era? ¿Qué era? ¿A dónde se ha ido? Toda la policía de la ciudad ha tendido una red para capturarlo; pero ha desaparecido por completo, sin dejar rastros... ¡Evidentemente, es un loco o un bromista pesado y sádico! O de lo contrario... —y la voz del redactor en jefe adquirió una tonalidad totalmente distinta—, o de lo contrario es... ¡No! Es ridículo. ¡No lo diré!
Se dirigió hacia la trascripción de la conversación que acababa de sostener por teléfono, leyendo con rapidez todo el relato. Morgan y Roberts estaban muy sorprendidos y llenos de confusión, y se apresuraron a acercarse a ambos lados de Jeff.
Haverty se enderezó y volvió a limpiarse la frente.
—¡Es una locura! ¡Es fantástico!... Bill, acabo de recibir una llamada del hospital Mercy. El doctor Kinkaid, su mejor cirujano, fue hallado, hace poco rato, encerrado en una habitación desocupada del tercer piso. Estaba..., estaba colgado por los pulgares una viga del techo...
—¿Qué? —el columnista abrió desmesuradamente la boca—. ¿Se colgó él mismo...?
—No, no —murmuró Haverty—. Alguna otra persona... ¡Pero la habitación estaba cerrada con llave! Tiene una ventana, pero se encuentra en un tercer piso. No había con él, al interior de la habitación, nadie más; pero poco antes de que uno de los internos forzara la puerta para entrar, oyó que alguien se reía a carcajadas, como un loco.
—No podía ser Kinkaid... Estaba inconsciente... por el dolor producido por las quemaduras.
—¿Las quemaduras? —tartamudeó Morgan—. Creí que había dicho...
—Es cierto —el redactor en jefe encendió un cigarrillo con manos temblorosas y volvió a apagarlo—; pero alguien, quien lo haya colgado de la viga, colocó un esterilizador eléctrico debajo del doctor, de tal modo que pudiera ponerse en pie sobre él, con el fin de que descansaran sus pulgares..., si era capaz de soportar las quemaduras en los pies desnudos. Por supuesto, no pudo resistirlo. Por consiguiente, ahora van a tener que amputarle los dos pulgares y... no volverá a practicar nunca la cirugía. Era el mejor cirujano de esta parte del país...
—¿Qué clase de alienado podría pensar en algo como…? —intervino Roberts, estremeciéndose—. ¿Alguien que deseara vengarse por alguna razón?
—No —Haverty movió la cabeza—. Fue..., fue otra vez el tipo en cuestión, el forastero de la lotería. En la camisa del doctor Kinkaid estaba, sujeto con un alfiler, uno de los billetes, con la inscripción: III. DOLOR. Kinkaid marcó un día antes uno de esos billetes, en broma, según dice una de las enfermeras. Dijo que “Dolor” era la respuesta a la tercera pregunta, ¡y parece que el sádico ese se encargó de demostrarle al doctor Kinkaid hasta qué punto estaba en lo cierto! No entiendo todo esto. De todos modos..., tiene algo de diabólico. Como si fuera un juego iniciado por..., por... ¡Miren aquí! —gruñó—. ¡Miren esto y, luego, podrán decirme que estoy loco!
Sobre el escritorio del redactor en jefe había dos papeles. Los tomó y se los pasó al asombrado columnista. Morgan los examinó, mientras Roberts hacía lo mismo, por encima de su hombro.
El primero era uno de aquellos billetes de lotería que habían visto con tanta frecuencia; pero había tres adiciones hechas a las frases impresas con aquellas extrañas letras rojas, sobre la pequeña hoja de pergamino. En él, pudieron leer.

I. SUERTE ES LO QUE TODOS LOS HOMBRES TRATAN DE RETENER, PERO NADIE CONSIGUE CONSERVAR; LO QUE ALGUNOS TIENEN DESDE SU NACIMIENTO, OTROS NO SABEN QUE LO POSEEN Y OTROS MÁS NO LLEGAN NUNCA A CONOCERLO; LO QUE NO PUEDE ADQUIRIRSE CON DINERO, GANARSE POR MEDIO DEL ESFUERZO NI ALCANZAR GRACIAS A LA SABIDURÍA.

II. CONOCIMIENTOS ES LO QUE TODOS LOS HOMBRES TIENEN EN PARTE, PERO NADIE POR COMPLETO, DE LO QUE TODOS LOS HOMBRES HUYEN, SIN QUE NINGUNO DE ELLOS PUEDA ESCAPAR, LO QUE TODOS SE SIENTEN MÁS FELICES CUANDO NO LO TIENEN, PERO TODOS TRATAN DILIGENTEMENTE DE ADQUIRIRLO.

III. DOLOR ES LO QUE TODOS LOS HOMBRES TRATAN DE DESTRUIR Y, SIN EMBARGO, PRODUCEN A MENUDO MÁS, LO QUE TODOS LOS HOMBRES CONSIDERAN GRANDE CUANDO ES DE ELLOS Y PEQUEÑO CUANDO ES DE OTROS, QUE SUPERA A TODAS LAS DEMÁS FUERZAS DE LA VIDA, HASTA PARA QUIENES MEJOR LO CONOCEN.

El otro papel que tenía Morgan en la mano era una copia, todavía húmeda, de la fotografía que Roberts le había: tomado al forastero el primer día, en pie en la esquina de la Primera Avenida con Main, detrás de su mesita portátil, sobre la que se encontraban las tres pilas bien ordenadas de papeles.
Morgan se atragantó, mientras que Roberts maldecía en voz baja, frotándose los ojos.
La pequeña mesita plegable aparecía con mucha claridad en la fotografía, con sus pilas de papeles blancos. Al fondo se veía el frente de una tienda, pudiendo apreciarse con claridad todos los detalles, incluyendo hasta el último de los ladrillos de la construcción.
Sin embargo, en medio, la cámara no había captado en absoluto, ni siquiera la más ligera sombra del tipo de ojos oscuros y voz grave que todos los habitantes de “Blankville” parecen haber visto con un aspecto distinto... Un anciano artista había declarado que llevaba una bata negra y tenía el rostro arrogante y cruel de Lucifer, el ángel caído; y una niñita de seis años decía que no tenía rostro, que llevaba un traje como para una fiesta de carnaval, de color rojo oscuro, con alas escamosas, una cola puntiaguda y cuernos que salían de la capucha roja y ajustada.

Fin

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.