Un hallazgo
Este relato,
episodio, experiencia—como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década
de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión,
tenía en esa época sesenta años. Sesenta años no es mala edad a menos que la
veamos en perspectiva, cuando, sin duda, la mayoría de nosotros la contempla
con sentimientos encontrados. Es una edad tranquila; la partida puede darse
casi por terminada; y manteniéndonos al margen empezamos a recordar con cierta
viveza qué estupendo tipo era uno. He observado que, por un favor de la
Providencia, muchas personas a los sesenta años empiezan a tener de sí mismas
una idea bastante romántica. Hasta sus fracasos encuentran un encanto singular.
Y, desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía, formas
exquisitas, fascinantes si quieren, pero —por así decirlo— desnudas, prontas
para ser adornadas a nuestro antojo. Las vestiduras fascinantes son, por
fortuna, propiedad del inmutable pasado, que sin ellas estaría acurrucado y
tembloroso en las sombras.
Supongo que fue
el romanticismo de esa avanzada edad lo que llevó a nuestro hombre a relatar su
experiencia para su propia satisfacción o para admiración de la posteridad. No
fue por la gloria, porque la experiencia fue de un miedo abominable, terror,
como él dice. Ya habrán adivinado ustedes que el relato al que se alude en las
primeras líneas fue hecho por escrito.
Ese escrito es
el Hallazgo que se menciona en el subtítulo. El título es de mi propia cosecha
(no puedo llamarlo invención) y posee el mérito de la veracidad. Es de una
posada de lo que vamos a tratar aquí. En cuanto a lo de brujas, es una
expresión convencional y tenemos que confiar en nuestro hombre en cuanto a que
se ajusta al caso.
El Hallazgo lo
hice en una caja de libros comprada en Londres, en una calle que ya no existe,
en una tienda de libros de segunda mano en la última fase de su decadencia. En
cuanto a los libros, habían pasado por lo menos por veinte manos y al
examinarlos resultó que no valían siquiera la pequeña cantidad de dinero que
pagué por ellos. Realmente tuve cierta premonición cuando le dije al librero:
«Déme también la caja.» El arruinado librero asintió con el gesto trágico y
descuidado de un hombre destinado a la extinción.
Un montón de
páginas sueltas en el fondo de la caja animó débilmente mi curiosidad. La letra
compacta, ordenada, regular no era muy atractiva a primera vista. Pero cuando
leí que el escritor tenía en 1813 veintidós años, me llamó la atención.
Veintidós años es una edad interesante en la que se es fácilmente imprudente y
asustadizo; se reflexiona poco y la imaginación es viva.
En otro lugar,
la frase «Por la noche corrimos bordeando la costa» atrajo mi distraída
atención de nuevo porque era una frase de marino. «Vamos a ver de qué se
trata», pensé sin mayor entusiasmo.
¡Pero qué
aburrido era el aspecto de aquel manuscrito, con sus líneas rigurosamente
iguales en su orden cerrado y regular! Parecía el murmullo de una voz monótona.
Un tratado sobre la refinación de azúcar (lo más pesado que se me ocurre)
hubiera tenido un aspecto más ameno. «En 1813 tenía veintidós años», empezaba
con gran seriedad y seguía con una tranquila, horrible dedicación. No piensen
ustedes que aquello tenía nada de arcaico. El ingenio diabólico aplicado a la
invención, aunque es viejo como el mundo, no es un arte perdido. Piensen en los
teléfonos, que se encargan de destrozar la escasa tranquilidad de espíritu que
nos es dada en el mundo y en el poco tiempo que precisa una ametralladora para
arrancarnos la vida del cuerpo. En nuestros días cualquier vieja bruja de vista
nublada, con fuerza suficiente para manejar una pequeña manivela
insignificante, podría tirar por tierra a un centenar de jóvenes de veinte años
en un abrir y cerrar de ojos.
¡Si esto no es
el progreso!... ¡Qué enormidad! Hemos adelantado, y por tanto deben esperar
ustedes una cierta ingenuidad en la invención y una sencillez en la intención
que pertenecen a una época remota. Es seguro que automovilista alguno
encontrará hoy una posada semejante. Esta, la del título, se encontraba en
España. Lo descubrí por evidencia interna, porque faltaban un buen número de
páginas del relato: tal vez no fueran una gran pérdida. El escritor parecía
haber entrado en elaborados detalles del porqué y del cómo de su presencia en
aquella costa, se supone que la septentrional de España. Su relato, sin
embargo, nada tenía que ver con el mar. Colijo que era oficial a bordo de una
corbeta. Nada hay de particular en ello. En todas las etapas de nuestras largas
guerras peninsulares muchos de nuestros más pequeños barcos de guerra cruzaban
por la costa norte de España, el sitio más peligroso y desagradable que se
pueda imaginar. Parece que su navío tenía alguna misión especial que cumplir.
Se podía esperar de nuestro hombre una cuidadosa explicación de todas las
circunstancias, pero, como ya he dicho, algunas de las páginas (que por cierto
eran de papel muy fuerte) faltaban: fueron aprovechadas como etiquetas de botes
de confitura o empleadas en escopetas de caza por la irreverente posteridad.
Pero es evidente que las comunicaciones con la orilla, e incluso el envío de mensajes
hasta el interior, formaba parte de su servicio, ya fuera para obtener informes
o para transmitir órdenes a los patriotas españoles, a los guerrilleros o
las justas secretas de las provincias. Debía de ser algo de ese tipo.
Eso es al menos lo que puede deducirse de lo que queda de aquel concienzudo
escrito.
Le sigue un
panegírico de un excelente marino, miembro de la tripulación del barco, que
tenía el grado de patrón del bote del capitán. A bordo se le conocía por Cuba
Tom; no porque fuera cubano; por el contrario, era el mejor ejemplar de genuino
lobo de mar británico de la época y llevaba sirviendo muchos años en la marina.
Su nombre procedía de ciertas maravillosas aventuras que había tenido en la
isla en su juventud, aventuras que eran el tema favorito de los largos relatos
que acostumbraba a contar a sus camaradas al anochecer, bajo el palo de proa.
Era inteligente, muy fuerte y de probado valor. Nos cuenta, de modo incidental,
tan exacto es nuestro narrador, que Tom tenía la que, por su espesor y longitud,
era la más hermosa trenza de la Flota. Ese apéndice, que cuidaba con esmero y
mantenía envuelto en una piel de marsopa, le caía hasta la mitad de su ancha
espalda para mayor admiración de los espectadores y gran envidia de algunos.
Nuestro joven oficial
se extiende sobre las varoniles cualidades de Cuba Tom con cierto afecto. Este
tipo de relación entre un oficial y un marinero era entonces bastante
frecuente. Al joven que se alistaba en el servicio se le ponía bajo la tutela
de un marinero de confianza, que le extendía su primera hamaca y, con
frecuencia, se convertía en el humilde amigo del joven oficial. Al embarcar en
la corbeta, el narrador se había encontrado a bordo con ese hombre después de
algunos años de separación. Hay algo de conmovedor en el cálido placer con que
recuerda y nos cuenta su encuentro con el mentor profesional de su
adolescencia.
Descubrimos
que, como no aparecía ningún español para el servicio, fue elegido ese digno
marinero de la trenza sin par y de carácter valeroso y firme para servir de
mensajero en la misión al interior de la que hemos hablado anteriormente. Los
preparativos no fueron laboriosos. Una sombría mañana de otoño la corbeta se
adentró en una ensenada poco profunda, por donde se podía alcanzar fácilmente
aquella rocosa costa. Lanzaron al agua un bote, que condujo Tom Corbin (Cuba
Tom) situado en la proa y en que fue nuestro joven (señor Edgar Byrne era el
nombre que tenía en este mundo) sentado en la cámara.
Unos cuantos
habitantes de una aldea, cuyas casas se entreveían a unas cien yardas de
distancia desde una profunda ensenada, bajaron hasta la orilla y contemplaron
la arribada del bote. Los dos ingleses saltaron a la arena. Fuera por torpeza o
asombro, los campesinos no les saludaron y permanecieron en silencio.
El señor Byrne
había decidido esperar hasta que Tom Corbin se pusiera en camino. Miró en torno
las caras estupefactas.
—Estos no nos
van a decir nada —dijo—. Subiremos a la aldea. Seguramente habrá una taberna
donde encontraremos a alguien que nos pueda decir algo y nos dé algunos
informes.
—A fe mía,
señor —dijo Tom marchando tras su oficial—, que nos vendría bien hablar un poco
de caminos y distancias; he atravesado Cuba de parte a parte sin más ayuda que
mi lengua, aunque entonces sabía mucho menos español que ahora. Como ellos
dicen, sabía «cuatro palabras nada más» cuando me dejó en tierra la fragata Blanche.
No le
preocupaba la misión que tenía que cumplir, que suponía un viaje de un día por
las montañas. Por cierto que había un día entero de marcha antes de llegar al
sendero de la montaña, pero eso no era nada para un hombre que había atravesado
la isla de Cuba andando y sin saber más que cuatro palabras del idioma.
El oficial y el
marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los
campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante
el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor
Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin
ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las
casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el
barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había
desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor
Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de
estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como
esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur.
Entonces vio
Byrne por primera vez a un hombrecillo con capa y tocado con un sombrero
amarillo que, a pesar de estar descolorido y usado, bastaba para llamar la
atención.
La puerta de
entrada de la taberna parecía un tosco agujero en una pared de pedernal. El
dueño era la única persona que no estaba en la calle, ya que vino desde el
oscuro fondo de la taberna donde se distinguían vagamente las hinchadas formas
de los pellejos colgados. Era un asturiano alto y tuerto, de mejillas hundidas
y mal afeitadas; su grave aspecto contrastaba de modo extraño con la incesante
movilidad de su único ojo. Al saber que se trataba de indicar a aquel marinero
inglés el camino para que se encontrara con un tal González en las montañas,
cerró su ojo sano por un momento como si estuviera meditando. Luego lo abrió,
moviéndolo rápidamente de nuevo.
—Es posible, es
posible. Puede hacerse.
Un murmullo de
simpatía surgió entre la gente que estaba en la puerta al escuchar el nombre de
González, el jefe local de la lucha contra los franceses. Después de
cerciorarse del grado de seguridad en la carretera, Byrne quedó encantado de
saber que desde hacía meses no se veía por aquellos parajes a ningún soldado
francés. Ni siquiera el más insignificante destacamento de aquellos impíos polizones.
Al tiempo que daba sus informes, el tabernero sacó vino de un cántaro de
barro que colocó ante el hierético inglés, guardando en su bolsillo, con cierta
gravedad distraída, la pequeña moneda que el oficial había dejado sobre la
mesa, como reconociendo la ley no escrita según la cual nadie puede entrar en
una taberna sin tomar algo. Su único ojo se movía continuamente, como si
intentara hacer el trabajo de los dos; pero cuando Byrne preguntó si podían
alquilar una mula, miró fijamente hacia la puerta donde se apiñaban los
curiosos. Frente a ellos, justamente en el umbral, estaba plantado el
hombrecillo de gran capa y el sombrero amarillo. Era una persona distinta, un
verdadero homúnculo, dice Byrne; en actitud ridículamente misteriosa, pero a la
vez confiada, con un extremo de su capa airosamente sobre el hombro izquierdo,
tapándole barbilla y boca, a la vez que el sombrero amarillo de ala ancha
colgaba de una parte de su cabeza cuadrada. Estaba allí tomando rapé sin parar.
—Una mula
—repitió el tabernero, con sus ojos fijos en aquella figura curiosa y
atiborrada de rapé—. ¡No, señor oficial! No hay manera de conseguir una mula en
este lugar tan pobre.
El patrón del
bote, que en medio de aquella curiosa concurrencia tenía un aspecto de absoluta
indiferencia, dijo tranquilamente.
—Si el
honorable oficial quiere hacerme caso, mis dos piernas servirán mejor para este
trabajo. De todas maneras tendría que dejar la bestia en cualquier parte,
puesto que el capitán me ha dicho que la mitad del camino tendré que hacerlo
por senderos donde únicamente pueden andar las cabras.
El hombre
diminuto dio un paso adelante y habló a través de los pliegues de la capa que
parecían disimular una intención sarcástica.
—Sí, señor.
La gente de esta aldea es demasiado honrada como para tener una sola mula
que le sirva a usted. Lo juro. En estos tiempos, solamente los bandidos y la
gente astuta disponen de mulos u otros animales de cuatro patas y de medios
para mantenerlos. Pero lo que necesita ese valiente marinero es un guía; y
aquí, señor, está mi cuñado Bernardino, tabernero y alcalde de esta
hospitalaria y muy cristiana aldea, que le encontrará uno.
Eso, según dice
el señor Byrne en su relato, era lo único que podían hacer. Después de
intercambiar unas cuantas palabras más apareció un joven con un abrigo
harapiento y pantalones de piel de cabra. El oficial inglés pagó vino para toda
la aldea y mientras los campesinos bebían, él y Cuba Tom partieron acompañados
del guía. El hombrecillo de la capa había desaparecido. Byrne acompañó al
patrón del bote más allá de la aldea. Quería verlo en camino; y les hubiera
acompañado más lejos si el marinero no le hubiera advertido respetuosamente que
era mejor que volviera para que la corbeta no tuviera que permanecer más tiempo
del necesario cerca de la costa en una mañana tan poco apacible. Sobre sus
cabezas se veía un cielo sombrío y borrascoso cuando se separaron y un triste
paisaje de matorrales incultos y campos pedregosos les rodeaba.
—Dentro de
cuatro días —fueron las últimas palabras de Byrne—, el barco se acercará y
enviará un bote, si el tiempo lo permite. Si no es posible, arrégleselas como
pueda en tierra y espere a que le vengan a buscar.
—Muy bien,
señor —contestó Tom, alejándose a grandes zancadas.
Byrne le vio
tomar un estrecho sendero. Con su recia guerrera, sus dos pistolas al cinto, un
machete a un lado y un buen garrote en la mano tenía aspecto de fortaleza y de
ser muy capaz de cuidar de sí mismo. Se volvió un momento para hacer un saludo
con la mano, mostrando a Byrne una vez más su honesta y bronceada cara de
tupidas patillas. El muchacho de pantalones de piel de cabra, que parecía,
según Byrne, un fauno o un pequeño sátiro, dando brincos, se detuvo para
esperarlo y luego partió con un salto. Los dos desaparecieron.
Byrne volvió
hacia atrás. La aldea se escondía en un repliegue del terreno, y el lugar
parecía el rincón más solitario de la tierra, maldito en su deshabitada y
desolada esterilidad. No había andado ni cien yardas cuando apareció
repentinamente detrás del arbusto el hombrecillo español embozado.
Naturalmente, Byrne se paró en seco.
El otro hizo un
gesto misterioso con una diminuta mano que extrajo de debajo de su capa. Tenía
el sombrero muy ladeado.
—Señor —dijo
sin más preliminares—. ¡Cuidado! Todos sabemos que Bernardino el tuerto, mi
cuñado, tiene un mulo en este momento en su establo. ¿Y por qué él, que no es
astuto, tiene un mulo en su establo? Porque es un bandido; un hombre sin
conciencia. Tuve que darle el macho para conseguir un techo bajo el que
guarecerme y un poco de olla para que el alma no se me escapara de este
insignificante cuerpo. Pero, señor, este cuerpo tiene dentro un corazón mucho
mayor que esa cosa miserable que late en el pecho del bruto de mi pariente, del
cual me avergüenzo, aunque me opuse a su matrimonio con todas mis fuerzas.
Cuánto sufrió aquella malaconsejada mujer. Tuvo su purgatorio aquí en la
tierra. Que Dios le haya perdonado.
Byrne dice que
se quedó tan asombrado por la súbita aparición de aquel ser con apariencia de
duende y por la sardónica amargura de sus palabras, que fue incapaz de captar
lo que de significativo había en esa supuesta historia familiar que le contaba
sin motivo ni razón. Al principio no entendió nada. Quedó confundido y al mismo
tiempo impresionado por la manera rápida y enérgica con que hablaba, tan
diferente de la locuacidad frívola y animada de los italianos. Se quedó mirando
al homúnculo, que dejando caer su capa aspiró una inmensa cantidad de rapé que
tenía en la palma de la mano.
—Un mulo
—exclamó Byrne, entendiendo por fin el aspecto importante del discurso—. ¿Dice
que tiene un mulo? ¡Qué extraño! ¿Por qué no quiso dejármelo?
El diminuto
español se embozó otra vez con una gran dignidad.
—Quién sabe —dijo
fríamente, encogiendo los hombros—. Es muy político en todo lo que hace.
Pero de una cosa puede estar seguro su señoría: sus intenciones son siempre las
de un bribón. Este marido de mi difunta hermana debería haberse casado hace
tiempo con la viuda de las piernas de palo.[1]
—Ya lo veo.
Pero le recuerdo que, fueran cuales fueran sus motivos, su señoría le permitió
mentir.
Dos ojos
brillantes e infelices situados a cada lado de una nariz de rapaz, miraron a
Byrne sin pestañear, mientras decía con esa irascibilidad que se encuentra con
tanta frecuencia en el fondo de la dignidad española:
—Sin duda el
señor oficial no perdería ni una onza de su sangre si a mí me dan un golpe bajo
la quinta costilla. Pero ¿qué sería de este pobre pecador? —Luego, cambiando de
tono—: Señor, las necesidades de estos tiempos me han obligado a vivir aquí
exiliado a mí, que soy castellano y cristiano viejo, a vegetar entre estos
brutos de asturianos y a depender del peor de ellos, que tiene menos conciencia
y escrúpulos que un lobo. Y como soy un hombre inteligente, me conduzco con
arreglo a lo que soy. Pero a duras penas puedo disimular mi desprecio. Usted
oyó la forma en que hablé. Un caballero como su señoría debió de comprender que
ahí había gato encerrado.
—¿Qué gato?
—dijo molesto Byrne—. ¡Ah, ya entiendo! Algo sospechoso. No, señor. No adiviné nada. En mi país no sabemos
adivinar esas cosas; y por esta razón le pregunto llanamente: ¿ha dicho el tabernero
la verdad respecto a otros asuntos?
—Ciertamente no
hay franceses en estos lugares —dijo el hombrecillo adoptando de nuevo su
actitud indiferente.
—¿Ni ladrones?
—Ladrones en
grande, no, desde luego que no —contestó en tono fríamente sentencioso—. ¿Qué
les puede quedar después de haber pasado por aquí los franceses? Ya en estos
tiempos no viaja nadie. ¡Pero quién sabe! La ocasión hace al ladrón. Además, su
marinero tiene un aspecto feroz y las ratas no quieren jugar con el hijo del
gato. Pero también hay que decir que adonde hay miel en seguida acuden las
moscas.
Estas frases
sibilinas exasperaron a Byrne.
—En nombre de
Dios —gritó—, dígame usted llanamente si mi marinero está seguro en su viaje.
El homúnculo,
sufriendo una de sus rápidas transformaciones, agarró al oficial por el brazo.
La fuerza del apretón dé su pequeña mano era asombrosa.
—¡Señor!
Bernardino se ha fijado en él. ¿Qué más quiere usted? Y escúcheme: ha habido
hombres que han desaparecido en esa carretera, en la parte del camino donde Bernardino
tenía un mesón, una posada, y yo, su cuñado, tenía carruajes y mulas de
alquiler. Ya no hay viajeros ni carruajes. Los franceses me han arruinado.
Bernardino se ha retirado aquí por razones particulares tras la muerte de mi
hermana. Eran tres para atormentarla hasta que se murió, él, Herminia y Lucila,
sus dos tías, todos compañeros del diablo. Y ahora me ha robado mi último mulo.
Usted es un hombre armado. Póngale una pistola en la cabeza a Bernardino y
exíjale el macho, señor: no es suyo como le ha dicho, y corra tras su
marinero si quiere salvarlo. Y después los dos estarán seguros porque no se ha
dado el caso de que dos viajeros desaparezcan juntos en estos días. En cuanto
al animal, yo, su dueño, lo confío a su honor.
Se miraron
ambos cara a cara y Byrne estuvo a punto de romper en carcajadas al ver la
ingenuidad y transparencia de la trama que había urdido el hombrecillo para
recuperar su muía. Pero no le fue difícil mantenerse serio porque sintió en su
interior una extraña inclinación a hacer lo que le decía. No se rió, pero sus
labios temblaron; con lo cual el diminuto español, desviando sus fulgurantes
ojos negros del rostro de Byrne, se volvió con un gesto brusco, envolviéndose
en la capa de un modo que parecía expresar a la vez desprecio, amargura y
desaliento. Se volvió, pero permaneció quieto, con el sombrero ladeado,
embozado hasta las orejas. Aunque no estaba tan ofendido como para rechazar el duro
de plata que le ofreció Byrne, junto con un discurso poco comprometedor,
como si nada fuera de lo normal hubiera pasado entre ellos.
—Debo volver a
bordo a toda prisa —dijo Byrne.
—Vaya usted con
Dios —murmuró el gnomo. Y terminó la entrevista saludando sarcásticamente
con el sombrero, que volvió a colocar en el mismo peligroso ángulo que antes.
Tan pronto como
la embarcación fue izada a bordo, la corbeta salió a lo largo y Byrne contó
toda la historia a su capitán, que era poco mayor que él. Hubo algo de
divertida indignación, pero mientras se reían se miraban con seriedad. Un enano
español tratando de engañar a un oficial de la Flota de Su Majestad para que
robara un mulo para él: demasiado divertido, ridículo, increíble. Tales fueron
las exclamaciones del capitán. No podía superar el asombro que le producía
aquel grotesco asunto.
—Increíble. Eso
es —murmuró Byrne finalmente en tono significativo. Cambiaron una larga mirada.
—Es tan claro
como la luz del día —exclamó el capitán con impaciencia, ya que en el fondo de
su corazón no estaba seguro.
Y Tom, el mejor
marinero del barco para uno, el jovial amigo deferente de la adolescencia del
otro, comenzó a adquirir una urgente fascinación, como una figura simbólica de
la lealtad que atraía a sus sentimientos y a su conciencia, de manera que no
podían apartar de sus pensamientos su seguridad. Varias veces subieron a
cubierta para contemplar la costa, como si ésta pudiera decirles algo sobre su
suerte. La costa se iba borrando, alargándose en la distancia, muda, desolada y
bárbara, velada aquí y allá por los fríos y oblicuos dardos de la lluvia. La
marejada del oeste hacía rodar sus interminables y coléricas líneas de espuma y
grandes nubes oscuras pasaban sobre el barco en siniestra procesión.
—Ojalá hubiera
hecho usted lo que su hombrecillo del sombrero amarillo quería que hiciera —dijo
el comandante de la corbeta al atardecer con visible exasperación.
—¿Está usted
seguro, señor? —preguntó Byrne lleno de angustia—. Me pregunto qué hubiera
dicho usted después. ¡Vaya! Me podrían haber expulsado de la marina por haber
robado un mulo perteneciente a una nación aliada de Su Majestad. O me podrían
haber hecho pedazos con trillas y horquillas —un precioso cuento a costa de uno
de sus oficiales— al intentar robarlo. O hubiese sido ignominiosamente
perseguido hasta el barco; porque supongo que usted no imaginará que iba a
disparar contra una gente inofensiva por un mulo sarnoso... Y, sin embargo
—añadió en voz baja—, casi me arrepiento de no haberlo hecho.
Antes de que
oscureciera los dos jóvenes habían ido entrando en un complejo estado psicológico
de desdeñoso escepticismo y alarmada credulidad. Se sentían excesivamente
atormentados; y la idea de que aquello tenía que durar seis días por lo menos,
y posiblemente prolongarse durante un tiempo indefinido, se les hizo casi
insoportable. Así, el barco puso proa a la orilla por la noche. Toda aquella
noche borrascosa y sombría la nave avanzó hacia la costa para buscar al
marinero, unas veces inclinándose bajo el impulso de las fuertes ráfagas de
viento, otras deslizándose perezosamente durante la marejada, casi inmóvil,
como si tuviera un espíritu propio que oscilaba con perplejidad entre la fría
razón y un cálido impulso.
Al amanecer
bajaron un bote, que navegó sacudido por las olas hacia una ensenada poco
profunda donde, con considerables dificultades, un oficial que llevaba un recio
abrigo y un sombrero redondo atracó sobre un lecho de guijarros.
«Era mi deseo»,
escribió Byrne, «un deseo que mi capitán aprobaba, atracar, si era posible, en
secreto. No quería que me vieran ni mi susceptible amigo del sombrero amarillo,
cuyas intenciones no estaban claras, ni el tabernero tuerto, fuera o no
compañero del diablo, ni tampoco ningún otro vecino de aquella primitiva aldea.
Desgraciadamente, esa era la única ensenada donde se podía atracar en muchas
millas; y debido a lo escarpado de la barranca era imposible dar un rodeo para
evitar las casas.»
«Por fortuna
todo el mundo estaba acostado», continúa. «No había apenas luz cuando me
encontré pisando aquella espesa capa de hojas húmedas que cubría la única calle.
No había un alma ni se oía ladrar a un perro. El silencio era profundo y de ese
detalle había deducido asombrado que no había un solo perro en toda la aldea,
cuando oí a mi lado un sordo gruñido y vi surgir de un apestoso callejón sin
salida entre dos casuchas a un horrible perro vagabundo con el rabo entre las
piernas. Me esquivó en silencio, me mostró los dientes corriendo delante de mi
y desapareció tan rápidamente que podría haber sido una repugnante encarnación
del Maligno. Hubo algo tan espectral en su aparición y desaparición que mi
ánimo, ya no muy bueno, se deprimió aún más ante la visión nauseabunda de tal
criatura, como si fuera un mal presagio.»
Se alejó de la
costa sin ser visto, según creyó él, y avanzó valientemente hacia el oeste,
contra el viento y la lluvia, por una meseta sombría y desnuda, bajo un cielo
de ceniza. A lo lejos, las ásperas y desoladas montañas, con sus cimas
escarpadas y peladas, parecían aguardarle amenazadoramente. Al atardecer se
encontró bastante cerca de ellas, pero, en lenguaje marinero, en una posición
incierta, hambriento, mojado y cansado por un día entero de marcha continua a
través de un terreno abrupto, durante el cual había visto a muy poca gente y no
había podido averiguar nada sobre el paso de Tom Corbin. «¡Vamos, vamos!, tengo
que seguir», se decía durante las horas de solitario esfuerzo, animado más por
la incertidumbre que por un temor o una esperanza definidos.
La escasa luz
que había se extinguió rápidamente, dejándole frente a un puente en ruinas.
Descendió por la escarpadura, vadeó una estrecha corriente, orientándose por el
último destello del agua que corría velozmente, y trepaba por la otra orilla
cuando la noche cayó como una venda sobre sus ojos. El viento que azotaba en la
oscuridad el costado de la sierra, zumbaba en sus oídos con un rugido continuo,
como un mar enfurecido. Creyó haberse extraviado. Incluso a la luz del día era
difícil distinguir el camino, entre los baches, los charcos de barro y los
rebordes de piedras erizadas de una triste landa sembrada de pedruscos y grupos
de arbustos desnudos. Pero, como él dice, «ajustó su marcha a la dirección del
viento», con el sombrero hundido hasta los ojos, la cabeza baja, deteniéndose
de cuando en cuando más por el cansancio de su espíritu que de su cuerpo: como
si no fuera su fuerza, sino su decisión, la que se sintiera agobiada por la
tensión de su empeño, que presentía vano, y por la intranquilidad de sus
sentimientos.
En una de sus
paradas oyó, traído por el viento como desde muy lejos, el sonido de un golpe,
un golpe sobre una madera. Se dio cuenta de repente, de que el viento había
dejado de soplar. Su corazón empezó a latir tumultuosamente porque estaba bajo
la impresión de las desiertas soledades por las que había atravesado en las
últimas seis horas: la opresiva sensación de un mundo deshabitado. Al levantar
la cabeza, un rayo de luz, ilusorio como sucede a menudo en la densa oscuridad,
se movió ante sus ojos. Mientras miraba se repitió el sonido de un débil
golpeteo y bruscamente sintió más que vio la presencia de un masivo obstáculo
en su camino. ¿Qué era? ¿La falda de una colina? O una casa. Sí. Era una casa
que parecía surgida del suelo o como si se hubiera deslizado hacia él, muda y
pálida, desde algún oscuro rincón de la noche. Se alzaba altivamente. Le
protegía del viento; tres pasos más y hubiera tocado la pared con la mano. Sin
duda era una posada y algún otro viajero estaba intentando entrar.
Escuchó de nuevo el sonido de un prudente golpeteo.
En seguida un
ancho rayo de luz atravesó la noche por una puerta abierta. Byrne penetró
gustoso en esa zona de luz, mientras que la persona que se hallaba fuera dio un
salto y con un grito ahogado desapareció en la noche. Del interior llegó
también un grito de sorpresa. Byrne, lanzándose contra la puerta entreabierta,
entró, encontrándose con una considerable resistencia.
Una vela
miserable, una simple lamparilla, ardía en el extremo de una mesa de madera
blanca. Y a su luz Byrne vio a la muchacha, todavía tambaleante, que le había
intentado impedir la entrada. Llevaba una falda corta de color negro y un chal
anaranjado; tenía la tez cetrina y los cabellos rebeldes que se escapaban de
una masa oscura y espesa como un bosque cogida por una peineta, formaban una
niebla oscura en torno a su estrecha frente. Un grito agudo y tristísimo de «¡Misericordia!»
llegó en dos voces desde el fondo de la larga habitación donde la luz del
fuego de una chimenea brillaba entre las pesadas sombras. La muchacha al
recuperarse dejó oír el silbido de su respiración entre dientes.
No es necesario
recordar aquí el largo proceso de preguntas y respuestas con las que calmó los
temores de las dos viejas que se sentaban a cada lado del fuego donde bullía
una gran marmita de barro. A Byrne le evocaron en seguida a dos brujas vigilando
el cocimiento de alguna mortífera poción. Sin embargo, cuando una de ellas
levantó penosamente su encorvada forma para levantar la tapa de la marmita, la
humareda que de ella salió le trajo un apetecible olor. La otra no se movió,
seguía encogida con la cabeza temblando sin cesar.
Eran horribles.
Había algo de grotesco en su decrepitud. Sus bocas desdentadas, sus narices
ganchudas, la delgadez de la que se había movido y las mejillas fláccidas y
amarillas de la otra (la que no se movía, la de la cabeza temblorosa) habrían
sido risibles si la visión de su temible degradación física no hubiera
resultado repulsiva, si la inexpresable miseria de la edad, la terrible
persistencia de la vida que termina convirtiéndose en objeto de asco y de temor
no hubiera encogido el corazón con espanto.
Para
sobreponerse a esta impresión, Byrne comenzó a hablar, diciendo que era inglés
y que estaba buscando a un compatriota suyo que debía haber pasado por allí. En
cuanto empezó a hablar, la despedida de Tom vino a su memoria con asombrosa
nitidez: los aldeanos silenciosos, el colérico gnomo, el tabernero tuerto,
Bernardino. ¡Claro! Aquellos dos indefinibles espantos debían ser las tías de
aquel hombre, las comadres del diablo.
Hubieran sido
lo que hubieran sido, era imposible imaginar de qué podían ahora servirle al
diablo unas criaturas tan débiles en el mundo de los vivos. ¿Cuál era Lucila y
cuál era Herminia? Ahora eran dos cosas sin nombre. Un momento de tenso
silencio siguió a las palabras de Byrne. La bruja del cucharón dejó de dar
vueltas al guiso de la marmita y la temblona cabeza de la otra se detuvo el
tiempo que dura un suspiro. En esa fracción infinitesimal de segundo, Byrne
tuvo la sensación de estar cerca de lo que buscaba, de haber alcanzado el final
de su camino, donde casi podía oír a Tom.
«Estas le han
visto», pensó convencido. Al fin había encontrado a alguien que le había visto.
Estaba seguro de que negarían saber nada del inglés; pero, por el
contrario, se apresuraron a contarle que había cenado y dormido por la noche en
la casa. Empezaron a hablar al mismo tiempo, describiendo su aspecto y
comportamiento. A pesar de su debilidad, parecían poseídas por cierta feroz
excitación. La bruja encogida blandía su cucharón de madera, el monstruo
hinchado se levantó de su taburete y chilló, balanceándose sobre sus pies,
mientras que el temblequeo de su cabeza se convertía en una verdadera
vibración. Byrne quedó desconcertado ante su nervioso comportamiento... ¡Sí! El
grande y orgulloso inglés se había ido por la mañana después de haber
comido un pedazo de pan y tomado un trago de vino. Y si el caballero deseaba
seguir el mismo camino nada sería más fácil, por la mañana.
—¿Me
proporcionarán a alguien que me enseñe el camino?—preguntó Byrne.
—Sí, señor, a
un chico muy serio. El hombre que ha visto salir el caballero.
—Pero él estaba
llamando a la puerta —protestó Byrne— y se escapó cuando me vio. Iba a entrar.
—¡No! ¡No!
—gritaron a la vez las dos brujas—. ¡Iba a salir! ¡Iba a salir!
Después de todo
quizá fuera verdad. El sonido de la llamada había sido débil, furtivo, pensó
Byrne. Quizá sólo efecto de su imaginación.
—¿Quién era?
—preguntó.
—Su novio —gritaron
señalando a la muchacha—. Se ha ido a una aldea bastante lejos de aquí. Pero
volverá por la mañana. ¡Su novio! Es huérfana, hija de unos pobres
cristianos. Vive con nosotros por el amor de Dios, por el amor de Dios.
La huérfana,
acurrucada en un rincón del hogar, contemplaba a Byrne. Pensó que más bien era
una hija de Satanás, que las brujas conservaban con ellas por amor al diablo.
Sus ojos eran ligeramente oblicuos; su boca, más bien gruesa pero
admirablemente formada; su oscuro rostro tenía una belleza salvaje, voluptuosa
e indomable. En cuanto a la expresión de su mirada, fija en él con una salvaje
y sensual atención, «para saber cómo era», dice el señor Byrne, «no tienen más
que observar a un gato hambriento espiando a un pájaro enjaulado o un ratón en
una ratonera».
Fue ella quien
le sirvió la comida, lo que le gustó; aunque aquellos ojos negros, grandes y
oblicuos, que no dejaban de examinarle de cerca como si tuviera algo curioso
escrito en su rostro, le produjeron una sensación de malestar. Pero cualquier
cosa era mejor que la proximidad de aquellas dos brujas de pesadilla, de ojos
neblinosos. De alguna forma sus aprensiones se habían apaciguado; tal vez se
debía a la sensación de calor después de haber pasado tanto frío y a la
facilidad con que podía descansar después de luchar contra la tempestad en el
camino. Estaba convencido de que Tom estaba a salvo. Estaría durmiendo en algún
campamento de la montaña después de haberse encontrado con los hombres de
González. Byrne se levantó, llenó su copa de estaño con el vino de un pellejo
colgado en la pared y volvió a sentarse. La bruja de cara de momia empezó a
hablarle, recordando viejos tiempos; se jactaba del renombre que había tenido
la posada en días mejores. Grandes personajes con sus carruajes se habían
detenido allí. Un arzobispo había dormido en su casa hacía mucho, mucho
tiempo. La bruja de la cara inflamada parecía estar escuchando desde su
taburete, inmóvil salvo por el temblequeo de su cabeza. La muchacha (Byrne
estaba seguro de que era una gitana recogida por alguna razón) estaba sentada
en la piedra del hogar, al resplandor de las pavesas. Tarareaba una canción
para sí, haciendo sonar un par de castañuelas de cuando en cuando. Al oír
hablar del arzobispo, se rió impíamente y se volvió a mirar a Byrne de modo que
el resplandor rojizo del fuego iluminó sus negros ojos y sus blancos dientes
que contrastaban con el sombrío reborde de la enorme chimenea. Y él sonrió.
Ahora se sentía
dominado por una sensación de seguridad. Había llegado inesperadamente, así que
no podía existir ninguna conspiración contra él. La somnolencia se apoderó de
sus sentidos. Se abandonó un poco, pero todavía se mantenía alerta, o al menos
eso es lo que él creía; pero debió de abandonarse excesivamente, porque se
sintió sobresaltado por un ruido infernal. En su vida había escuchado nada tan cruelmente
estridente. Las brujas reñían entre sí por algo. Fuere lo que fuere la causa,
se insultaban con violencia, sin argumentos; sus gritos seniles expresaban una
furia malvada y una rabia feroz. Los negros ojos de la gitana iban de la una a
la otra. Nunca hasta entonces se había sentido Byrne tan distanciado de la
solidaridad con los seres humanos. Antes de que pudiera entender la causa de la
riña, la muchacha dio un salto, tocando estrepitosamente sus castañuelas. Se
hizo un silencio. La muchacha se acercó a la mesa y se inclinó, mirándole
fijamente.
—Señor —dijo
con decisión—. Dormirá en la habitación del arzobispo.
Ninguna de las
dos brujas se opuso. La reseca se doblaba sobre un bastón. La de la cara
inflamada tenía ahora una muleta.
Byrne se levantó,
fue hacia la puerta y haciendo girar la llave en la enorme cerradura la guardó
fríamente en su bolsillo. Aquélla era, sin duda, la única entrada y no quería
que le cogiera por sorpresa ningún peligro que pudiera acechar fuera. Cuando
volvió de la puerta vio a las dos brujas, «compañeras del diablo», y a la
satánica muchacha mirándole en silencio. Se preguntó si Tom Corbin habría
tomado la misma precaución la noche anterior. Y pensando en él de nuevo tuvo
otra vez la rara impresión de su proximidad. Todo estaba en silencio. Y en esta
calma oyó latir la sangre en sus oídos con un ruido confuso y turbador en el
cual una voz parecía murmurar:
—Señor Byrne,
tenga usted cuidado.
Era la voz de
Tom. Se estremeció. Porque las sensaciones del oído son las más vividas de
todas y, por su naturaleza, poseen un carácter imperativo.
Parecía
imposible que Tom no estuviera allí. De nuevo un frío ligero, como una
corriente furtiva, penetró a través de su ropa. Se sobrepuso a esa impresión
con un esfuerzo.
La muchacha
subió las escaleras delante de él, llevando una lámpara de hierro cuya llama
desnuda desprendía un delgado hilo de humo. Sus sucias medias blancas estaban
llenas de agujeros.
Con la misma
tranquila decisión con que había cerrado la puerta abajo, Byrne abrió una tras
otra todas las puertas del pasillo. Todas las habitaciones estaban vacías, con
la excepción de una o dos que tenían trastos viejos. La muchacha, comprendiendo
su intención, levantaba pacientemente la humeante lámpara ante cada puerta.
Entre tanto le observaba detenidamente. Ella misma abrió la última puerta.
—Dormirá usted
aquí, señor —murmuró con una voz tan suave como la respiración de un niño
mientras le ofrecía la lámpara.
—Buenas noches,
señorita —contestó él cortésmente tomándola.
No se oyó el saludo
de ella, aunque sus labios se movieron ligeramente mientras que su mirada,
negra como una noche sin estrellas, se mantenía imperturbable. El entró, y
mientras se volvía para cerrar la puerta la muchacha permaneció inmóvil y
turbadora, con su boca voluptuosa y sus ojos oblicuos y la expresión de
ferocidad expectante de un gato desconcertado. El vaciló un momento y en el
silencio de la casa volvió a oír la sangre batiendo pesadamente sus oídos
mientras que una vez más la ilusión apremiante de Tom, que le llegaba desde
algún lugar cercano, era especialmente aterradora, porque esta vez no podía
distinguir las palabras.
Por fin le
cerró la puerta en las narices a la muchacha, dejándola en la oscuridad; y
volvió a abrirla casi al instante. No había nadie. Se había desvanecido sin
hacer ruido. Cerró la puerta rápidamente y echó dos pesados cerrojos.
Una profunda
desconfianza le invadió repentinamente. ¿Por qué las brujas habían reñido
acerca de si debían dejarle dormir en aquella habitación? ¿Y qué significaba la
mirada fija de la muchacha, como si quisiera imprimir sus rasgos en su espíritu
para siempre? Su nerviosismo le alarmó. Le parecía estar muy lejos de los seres
humanos.
Examinó su
habitación. No era muy alta, lo preciso para contener una cama que sostenía un
enorme dosel en forma de baldaquín, del que colgaban pesadas cortinas a la
cabecera y a los pies; una cama ciertamente digna de un arzobispo. Había una
mesa maciza de ángulos tallados, algunos pesados sillones que parecían restos
de algún palacio señorial y un armario alto y poco profundo adosado a la pared
y con puertas dobles. Las probó. Estaban cerradas. Le asaltó una sospecha y
tomó la lámpara para examinar el armario más de cerca. No, no era una entrada
disimulada. El pesado y alto mueble estaba separado de la pared por lo menos
una pulgada. Examinó los cerrojos de la puerta de su habitación. ¡No! ¡Nadie
podía sorprenderle a traición mientras dormía. Pero ¿podría dormir?, se
preguntaba ansiosamente. Si Tom estuviera allí..., aquel valiente marinero que
había peleado a su lado en un par de ocasiones difíciles y que siempre le había
aconsejado que cuidara de sí mismo. «No es difícil», solía decir, «dejar que te
maten en una pelea. Cualquier tonto puede hacerlo. Lo que se debe hacer es combatir
contra los franceses y luego vivir para volver a hacerlo al día siguiente».
Byrne se dio
cuenta de lo difícil que le resultaba no escuchar el silencio. En cierto modo
tenía la impresión de que nada lo rompería a menos que volviera a oír el
perturbador sonido de la voz de Tom. Ya lo había oído dos veces. ¡Qué raro! Sin
embargo, no era de extrañar, se decía, puesto que llevaba treinta horas
seguidas pensando en aquel hombre y además sin llegar a ninguna conclusión. La
ansiedad que sentía por Tom nunca había tenido una forma concreta.
«Desaparecer» era la única palabra relacionada con la idea del peligro que
podía correr Tom. Era algo muy vago y terrible. «Desaparecer.» ¿Qué significaba
eso?
Byrne se
estremeció y se dijo que debía de tener algo de fiebre. Pero Tom no había
desaparecido. Byrne acababa de tener noticias de él. Y de nuevo el joven sintió
la sangre latiendo en sus oídos. Se sentó inmóvil, esperando a cada momento oír
a través de los latidos de su sangre el sonido de la voz de Tom. Esperó, forzando
sus oídos todo lo que pudo, pero nada ocurrió. De repente le vino un
pensamiento: «No ha desaparecido, pero no puede hacerse oír».
Se levantó del
sillón. ¡Qué absurdo! Dejando la pistola y la vaina de la espada sobre la mesa,
se quitó las botas y, sintiéndose de pronto demasiado cansado para permanecer
de pie, se tendió en la cama, que encontró más suave y cómoda de lo que
esperaba.
Estaba
desvelado, pero debió de adormecerse porque de pronto se encontró sentado en la
cama intentando recordar lo que le había dicho la voz de Tom. ¡Ah, sí, ya
recordaba! Le había dicho: «Señor Byrne, tenga usted cuidado.» Era una
advertencia. ¿Pero contra quién?
Dio un salto,
se encontró en medio de la alcoba, jadeante, y luego miró en torno suyo. La
ventana tenía las contraventanas cerradas y echado el cerrojo de hierro. Paseó
de nuevo la mirada con lentitud por las paredes desnudas y luego miró el techo,
que era bastante alto. Después se acercó a la puerta para examinar los
cerrojos. Eran enormes y se deslizaban dentro de dos agujeros hechos en la
misma pared; y como el pasillo era demasiado estrecho para que se pudiera hacer
palanca o golpear con un hacha, no se podía echar la puerta abajo salvo
utilizando pólvora. Pero mientras se estaba cerciorando de que el cerrojo de abajo
estaba bien corrido, tuvo la impresión de que había alguien en la habitación.
La impresión fue tan poderosa que se volvió con la rapidez de un rayo. No había
nadie. ¿Quién podía estar allí? Sin embargo...
Fue entonces
cuando perdió la calma y el dominio de sí mismo que un hombre conserva por su
propia estimación. Dejó la lámpara en el suelo y se puso a gatas para mirar
bajo la cama como si fuera una muchacha tonta. No vio más que mucho polvo. Se
levantó con las mejillas coloreadas y paseó de un lado a otro, avergonzado por
su comportamiento e irracionalmente enfadado con Tom, que no le dejaba en paz.
Las palabras «Señor Byrne, tenga usted cuidado» continuaban dándole vueltas en
la cabeza en tono de advertencia.
«¿No sería
mejor que me acostara e intentara dormir?», se preguntó. Pero sus ojos se
fijaron en el gran armario y fue hacia él, irritado consigo mismo, pero incapaz
de hacer otra cosa. No tenía la menor idea de cómo iba a explicar al día
siguiente a las dos odiosas brujas su fechoría. Sin embargo, introdujo la punta
de la espada entre las dos puertas y trató de forzarlas. Resistían. Comenzó a
maldecir, empeñado en su intento. Murmuró: «Ahora espero que quedes satisfecho,
maldito», dirigiéndose al ausente Tom. En aquel momento las puertas cedieron y
se abrieron. Tom estaba allí.
El, el leal,
sagaz y valiente Tom estaba allí, erguido y tieso, en un prudente silencio como
si sus grandes ojos de mirada fija parecieran ordenar a Byrne que lo respetara.
Pero Byrne estaba demasiado impresionado para articular palabra. Asombrado, dio
un paso atrás, y en aquel momento el marinero se lanzó hacia adelante como si
fuera a coger a su oficial por el cuello. Instintivamente Byrne echó hacia
adelante sus temblorosos brazos. Sintió la horrible rigidez del cuerpo y luego
la frialdad de la muerte, cuando chocaron sus cabezas y se tocaron sus rostros.
Se tambalearon y Byrne estrechó a Tom contra su pecho para evitar que se cayera
estrepitosamente. Aún tuvo fuerzas para depositar en el suelo su horrible
carga: luego la cabeza comenzó a darle vueltas, las piernas le fallaron y cayó
de rodillas, inclinado sobre el cadáver, con las manos descansando sobre el
pecho de aquel hombre que antes había estado lleno de vida generosa y ahora era
tan insensible como una piedra. «¡Muerto, mi pobre Tom, muerto!», repetía
mentalmente. La luz de la lámpara colocada en el borde de la mesa caía sobre la
mirada vidriosa y vacía de aquellos ojos que en vida tuvieron una expresión
alegre y vivaz.
Byrne desvió su
mirada. Tom no tenía anudado al cuello el pañuelo negro de seda. Los asesinos
también le habían despojado de los zapatos y de los calcetines. Y observando
ese despojo, aquella garganta descubierta y los pies descalzos y rígidos, Byrne
sintió que tenía los ojos llenos de lágrimas. En otros aspectos, el marinero
estaba completamente vestido; en su ropa no había la menor señal de desarreglo,
como habría ocurrido de producirse una lucha. Sólo habían subido su camisa a
cuadros por encima de su cintura como para comprobar si llevaba un cinturón con
monedas. Byrne sacó su pañuelo y rompió en sollozos.
Fue un
estallido nervioso que duró poco. Todavía de rodillas, contempló tristemente el
cuerpo atlético del mejor marinero que jamás hubiera desenvainado un cuchillo,
disparado una pistola o maniobrado durante un temporal, allí tieso y helado,
con su alma alegre e intrépida ausente: tal vez vuelta hacia él, su joven
amigo, hacia su barco que navegaba sobre las olas grises frente a una costa
rocosa en el mismo momento de su partida.
Advirtió que
los seis botones de cobre de la guerrera de Tom habían sido arrancados. Se
estremeció ante la visión de aquellas dos miserables y repulsivas criaturas
encarnizándose con el cuerpo indefenso de su amigo. ¡Cortados! Tal vez con el
mismo cuchillo que... La cabeza de una de ellas temblequeaba; la otra,
encorvada, irritados y neblinosos los ojos, con sus informes garras
movedizas... El crimen tuvo que ocurrir en esa misma habitación, porque Tom no
podía haber sido asesinado fuera y luego trasladado hasta allí. Byrne estaba
seguro de ello. Aquellas dos diabólicas viejas no podían haberle asesinado, ni
siquiera a traición: Tom las habría estado vigilando constantemente. Era un
hombre muy prudente y discreto cuando tenía alguna misión que cumplir... ¿Cómo
le habían asesinado? ¿Quién lo había hecho? ¿De qué manera?
Byrne se
incorporó, tomó la lámpara de la mesa y se inclinó rápidamente sobre el cuerpo.
La luz no reveló en la ropa ninguna mancha, ninguna huella, ningún indicio de
sangre. Las manos de Byrne empezaron a temblarle de tal manera que tuvo que
colocar la lámpara en el suelo y volver la cabeza para recobrarse de aquella
agitación.
Luego empezó a
examinar aquel cuerpo rígido, frío y quieto, buscando una herida de cuchillo o
de bala, alguna huella de un golpe mortal. Palpó ansiosamente el cráneo. Estaba
intacto. Deslizó su mano por debajo del cuello. No estaba roto. Con ojos
aterrorizados miró debajo de la barbilla y no encontró señales de
estrangulamiento en la garganta. No había señal alguna. Sencillamente, estaba
muerto.
Impulsivamente,
Byrne se alejó del cuerpo cono si el misterio de una muerte incomprensible
hubiera trocado su piedad en sospecha y miedo. La lámpara colocada en el suelo,
junto al rostro rígido y quieto del marinero, le mostraba mirando al
techo como si estuviera desesperado. En el círculo formado por la luz, Byrne
vio, por los montones de intocado polvo que había en el suelo, que no se había
producido una lucha en la habitación. «Lo mataron fuera», pensó. En el estrecho
pasillo, donde apenas había espacio para dar la vuelta, la muerte había
sorprendido a su pobre y querido Tom. Byrne venció el impulso de tomar las
pistolas y lanzarse fuera de la habitación. Tom también había ido armado,
exactamente con las mismas armas impotentes que él llevaba: ¡Pistola y machete!
Y Tom había padecido una muerte sin nombre, por medios incomprensibles.
Byrne tuvo una
nueva idea. El desconocido que llamaba a la puerta y que huyó con tanta rapidez
al aparecer él venía a recoger el cadáver. ¡Ah! Ese era el guía que la
momificada bruja había prometido que enseñaría al oficial inglés el camino más
corto para reunirse con su marinero. Una promesa, comprendió ahora, que tenía
un espantoso significado. El que había llamado a la puerta tendría que
encargarse de dos cadáveres. Byrne estaba seguro de que moriría antes de la
mañana y de la misma misteriosa manera, dejando tras sí un cuerpo sin señales.
El
descubrimiento de una cabeza aplastada, de una profunda herida de bala, de un
cuello cortado, habría sido un alivio inexpresable. Habría desvanecido todos
sus miedos. Su alma imploraba a aquel hombre muerto, que siempre había
demostrado su valor en el peligro. «¿Por qué no me dices lo que tengo que
buscar, Tom? ¿Por qué no me lo dices?» Pero en su rígida inmovilidad, tendido
sobre su espalda, parecía conservar un austero silencio, como si, dueño de un
terrible secreto, desdeñara hablar con los vivos.
De pronto Byrne
se arrodilló junto al cadáver y con ojos secos y feroces le abrió la camisa,
como si quisiera arrancar por la fuerza un secreto de aquel corazón frío que en
vida le había sido tan leal. ¡Nada! ¡Nada! Levantó la lámpara y el único signo
que le reveló la cara, que antes tenía tan bondadosa expresión, fue una pequeña
contusión en la frente, casi nada, una simple señal. Ni siquiera la piel estaba
rasgada. Le miró durante largo tiempo, como perdido en un sueño espantoso.
Luego observó que las manos de Tom estaban cerradas, como si hubieran caído
enfrentándose a alguien en una lucha a puñetazos. Al mirar más de cerca, los
nudillos parecían un poco magullados. En las dos manos.
El
descubrimiento de esas señales insignificantes fue para Byrne más espantoso que
lo hubiera sido la ausencia de señal alguna. Así pues, Tom había muerto
luchando con algo que se podía golpear y que, sin embargo, podía matar sin
dejar heridas: mediante un soplo.
El terror, un
terror ardiente, empezó a apoderarse del corazón de Byrne como una lengua de
fuego que toca y se retira antes de reducir algo a cenizas. Se alejó todo lo
que pudo del cadáver, luego volvió cuidadosamente, echándole miradas furtivas
para mirar de nuevo su frente. Tal vez al amanecer tendría él una herida
semejante en la frente.
«No aguanto
más», murmuró para sí. Ahora Tom se había convertido en un objeto de horror, un
espectáculo a la vez tentador y repugnante para su miedo. No soportaba volver a
mirarlo.
Finalmente, la
desesperación pudo más que el creciente horror, dejó de apoyarse en la pared,
recogió el cuerpo por debajo de las axilas y lo arrastró hasta el lecho. Los
desnudos talones del marinero se deslizaron sin ruido por el suelo. Pesaba
mucho, con el peso muerto de los objetos inanimados. Con un último esfuerzo,
Byrne lo colocó de bruces sobre el borde de la cama, le dio la vuelta, sacó de
debajo de aquella cosa rígida y pasiva una sábana y lo tapó con ella. Luego
corrió las cortinas a la cabecera y a los pies y las sacudió de manera que al
unirse le ocultaron por completo la vista del lecho.
Fue tambaleando
hacia un sillón y se dejó caer en él. El sudor le impregnó el rostro durante un
momento y por sus venas pareció correr un hilillo de sangre casi congelada.
Estaba poseído por un terror total, un terror que había trocado su corazón en
ceniza.
Se mantuvo
erguido en un sillón de respaldo recto con la lámpara ardiendo a sus pies, sus
pistolas y su machete junto al codo izquierdo en el borde de la mesa, los ojos
girando en sus órbitas sin parar, mirando las paredes, el techo, el suelo, a la
espera de una terrorífica visión. Lo que podía provocarle con un soplo la
muerte estaba tras la puerta cerrada. Pero Byrne ya no creía ni en las paredes
ni en los cerrojos. Un terror irracional transformaba todas las cosas, su
antigua admiración adolescente por el atlético Tom, por el indomable Tom (que
le parecía invencible), contribuía a paralizar sus facultades, aumentando su
desesperación.
Ya no era Edgar
Byrne. Era un alma torturada que sufría más angustia que la que hubiera
padecido el cuerpo de cualquier pecador en el potro o en la bota española. Se
podrá medir la hondura del tormento de aquel joven, de un valor al menos
normal, cuando diga que pensó tomar la pistola y pegarse un tiro. Pero una
languidez mortal y fría invadía sus miembros. Su carne era como yeso mojado que
empezaba a ponerse rígido en torno a sus costillas. Después pensó que las dos
brujas entrarían con su muleta y su bastón —monstruos horribles y grotescos—,
comadres del diablo, para hacerle una señal en su frente, la pequeña contusión
de la muerte. Y no podría hacer nada. Tom se había defendido, pero él no era
como Tom. Sus miembros ya estaban muertos. Estaba inmóvil, sintiéndose morir
una y otra vez; y la única parte de su cuerpo que se movía eran sus ojos
girando en sus órbitas, recorriendo las paredes, el suelo y el techo una y otra
vez hasta que de pronto se quedaron quietos y pétreos, mirando hacia la cama.
Vio moverse y
agitarse las pesadas cortinas, como si el cadáver que escondían hubiera dado la
vuelta para sentarse. Byrne, que creía haber llegado al límite humano del
terror, sintió que se le erizaban los cabellos hasta la raíz. Sus manos se
crisparon sobre los brazos del sillón, su mandíbula se aflojó, el sudor le
corrió por la frente mientras que su lengua seca se pegaba al paladar. Las
cortinas se movieron de nuevo, pero no se abrieron. «¡No, Tom!» Byrne intentó
gritar, pero todo lo que oyó fue un débil gemido, como el de una persona que
duerme intranquila. Sintió que la razón huía de él, porque ahora le parecía que
el techo que estaba encima de la cama se movía, se ladeaba y luego se
enderezaba de nuevo, y una vez más las cortinas cerradas se movieron suavemente
como si estuvieran a punto de abrirse. Byrne cerró los ojos para no ver la
horrible aparición del cadáver del marinero reanimado por un espíritu maligno.
En el profundo silencio de la habitación aguantó un momento más de espantosa
agonía y volvió a abrir los ojos. Vio en seguida que las cortinas continuaban
cerradas, pero el techo se había elevado un pie más por encima de la cama. Con
la última luz de la razón que le quedaba comprendió que era el enorme baldaquín
sobre la cama lo que se estaba bajando mientras que las cortinas que pendían de
él se movían con suavidad, hundiéndose paulatinamente hacia el suelo. Cerró la
mandíbula abierta y, medio erguido en su sillón, espió, mudo, el silencioso
descenso del monstruoso dosel. Bajó con suaves sacudidas hasta la mitad del
camino aproximadamente y, de repente, tuvo una brusca caída hasta ajustar su
forma de caparazón de tortuga con sus pesados bordes, encajando exactamente en
los rebordes de la cama. Una o dos veces se oyó el crujido de la madera,
volviendo luego la abrumadora tranquilidad a la habitación. Byrne se incorporó,
aspiró fuertemente para tomar aliento y dio un grito de cólera y asombro, el
primer sonido que pudo salir de sus labios aquella noche de terrores. ¡Esa era
la muerte de la que había escapado! Ese era el diabólico artefacto de la muerte
contra el cual el alma del pobre Tom, ya tal vez en el otro mundo, había tratado
de advertirle. Así había muerto. Byrne estaba seguro de haber oído la voz del
marinero, repitiendo débilmente su frase familiar: «¡Señor Byrne, tenga usted
cuidado!», murmurando luego unas palabras que no podía distinguir. ¡Pero la
distancia que separa a los vivos de los muertos es tan grande! El pobre Tom lo
había intentado. Byrne corrió hacia la cama e intentó levantar o empujar la
horrible tapadera que sofocaba el cadáver. Resistió sus esfuerzos, era tan
pesada como el plomo, inamovible como la piedra de una tumba. La rabia de la
venganza le hizo detenerse; en su cabeza zumbaban caóticos pensamientos de
exterminio, dio vueltas por la habitación como si no pudiera encontrar ni sus
armas ni la salida; y mientras profería espantosas amenazas...
Unos violentos
golpes en la puerta de la posada le devolvieron su presencia de ánimo. Corrió
hacia la ventana abrió las persianas y miró afuera. A la débil luz vio a
un grupo de hombres. ¡Aja! Saldría en seguida para enfrentarse con aquella
gavilla de asesinos reunidos allí, sin duda, para acabar con él. Después de
luchar con terrores sin nombre deseaba combatir frente a frente con unos
enemigos armados. Pero no debía haber recuperado por completo la razón porque,
olvidándose de sus armas, bajó corriendo por las escaleras lanzando gritos
salvajes, descerrajó la puerta, a pesar de que llovían golpes asestados desde
fuera, y abriéndola se lanzó con las manos desnudas al cuello del primer hombre
que encontró. Rodaron juntos por tierra. La confusa intención de Byrne era abrirse
paso y correr por el sendero de la montaña y volver en seguida con los hombres
de González para tomarse una venganza ejemplar. Luchó furiosamente hasta que un
árbol, una casa o una montaña pareció caer sobre su cabeza y luego perdió el
conocimiento.
.................................................................................................................
Aquí el señor
Byrne describe detalladamente cómo encontró cuidadosamente vendada su cabeza
rota, nos cuenta que perdió mucha sangre y atribuye el haber conservado la
razón a esa circunstancia. También describe por extenso las múltiples excusas
de González. Porque era González quien, cansado de esperar noticias del inglés,
había bajado a la posada con la mitad de su banda, camino del mar.
—Su excelencia
—le explicó— se lanzó contra nosotros como una fiera y como además no sabíamos
que se trataba de un amigo, así que..., etcétera.
Cuando Byrne
preguntó por las brujas, González señaló silenciosamente con el dedo el suelo y
luego hizo tranquilamente una reflexión moral:
—La pasión por
el oro es inexorable en la vejez, señor —dijo—, sin duda antes debieron
de meter a más de un viajero solitario en la cama del arzobispo.
—También había
una gitana —dijo débilmente Byrne desde la litera improvisada en la que le
llevaba hasta la costa una patrulla de guerrilleros.
—Era ella quien
izaba esa máquina infernal y también fue la que la bajó esa noche.
—Pero ¿por qué,
por qué? —exclamó Byrne—. ¿Por qué deseaba mi muerte?
—Sin duda por
los botones de la guerrera de su excelencia —contestó cortésmente el
melancólico González—. Encontramos los del marinero muerto escondidos en su
persona. Pero su excelencia puede estar seguro de que se ha hecho cuanto era
preciso.
Byrne no siguió
preguntando. Aún había otra muerte que González consideraba «un asunto que
había que resolver». Bernardíno el tuerto fue arrimado contra la pared de su
taberna y recibió en el pecho la descarga de seis escopetas. Mientras
disparaban, el tosco ataúd con el cuerpo de Tom pasaba portado por un grupo de
patriotas españoles con pinta de bandidos que lo bajaron desde la barranca
hasta la orilla, donde los botes de la corbeta esperaban los restos del que en
vida había sido su mejor marinero.
El señor Byrne,
muy pálido y débil, entró en el bote que llevaba el cuerpo de su humilde amigo.
Porque se decidió que Tom Corbin debía descansar muy adentro del golfo de
Vizcaya. El oficial tomó la caña del timón y, volviendo la cabeza para mirar
por última vez a la costa, vio en la pendiente gris de la colina algo que se
movía y reconoció como el hombrecillo del sombrero amarillento montado en un
mulo: el mulo aquel sin el cual la muerte de Tom hubiera sido para siempre un
misterio.
Junio de 1913.
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