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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
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Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
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Fredric Brown - Salón de espejos



Por un instante crees que es ceguera momentánea esa oscuridad súbita en medio de una tarde radiante.
Debe ser ceguera, piensas tú; ¿puede acaso el sol que te estaba bronceando haber desaparecido en un segundo, dejándote en la negrura total?
Entonces los nervios de tu cuerpo te dicen que estás de pie, mientras que hace sólo un segundo estabas cómodamente sentado, casi echado en una silla de lona. En el patio de la casa de un amigo en Beverly Hills. Charlando con Bárbara, tu novia. Mirando a Bárbara -Bárbara en traje de baño- con la piel dorada bajo la luz del sol, hermosa.
Llevabas pantalón de baño. Ahora no lo sientes encima; la suave presión de la cintura elástica ya no oprime tu cintura. Te llevas las manos a las caderas. Estás desnudo. Y de pie.
Lo que sea que te haya sucedido es más que un cambio a oscuridad repentina o ceguera repentina.
Alzas las manos, tentando delante. Tocan una superficie lisa y suave, una pared. Las separas y cada una llega a un rincón. Giras lentamente. Otra pared, una tercera, una cuarta. Estás en un recinto cuadrado, un armario de poco más de un metro de lado.
Tu mano encuentra el picaporte. Este gira y tú abres la puerta.
Ahora hay luz. La puerta se ha abierto a una habitación iluminada... una habitación que jamás habías visto.
No es grande, pero está amueblada con gusto, aunque los muebles son de un estilo extraño para tí. El pudor te hace terminar de abrir la puerta con cautela. Pero en el cuarto no hay nadie.
Entras, te das la vuelta para ver el armario, que ahora está iluminado por la luz de la habitación. Es y no es un armario; tiene el tamaño y la forma, pero no contiene nada, ni una percha, ni una barra, ni un estante. Es un espacio vacío, de paredes desnudas, de un metro veinte por un metro veinte.
Cierras la puerta y observas la estancia. Es de cuatro por cinco, aproximadamente. Hay una puerta, pero está cerrada. No hay ventanas. Cinco muebles. Cuatro de ellos los reconoces... más o menos. Uno parece un escritorio muy funcional. Otro es, evidentemente, un asiento, y de aspecto muy cómodo. Hay una mesa, aunque con la parte superior en varios niveles en vez de uno solo. El otro es una cama o un diván. Algo brilla encima y vas hasta ahí y tomas la cosa brillante y la examinas. Es una prenda de vestir.
Estás desnudo, así que te la pones. Hay zapatillas bajo la cama (o diván) y metes los pies en ellas. Te quedan bien, son cálidas y cómodas, más que cualquier cosa que hayas usado antes. Como lana de cordero, pero más suave.
Ya estás vestido. Miras a la puerta, la única puerta además de la del armario (¿armario?) por donde entraste. Vas hasta la puerta y antes de probar el picaporte ves el cartelito escrito a máquina y fijado arriba:
Esta puerta tiene un cierre temporal dispuesto para abrirse dentro de una hora. Por razones que pronto comprenderás, es mejor que no salgas de esta habitación hasta entonces. Hay una carta para ti en el escritorio. Por favor, léela.
No está firmada. Miras al escritorio y ves que hay un sobre encima.
No te acercas todavía a tomar el sobre y leer la carta que debe contener.
¿Por qué no? Porque estás asustado.
Ves otras cosas en la estancia. No puedes determinar de dónde proviene la luz. No viene de ninguna parte. No es iluminación indirecta; el cielorraso y las paredes no la reflejan.
Allá de donde tú vienes no tenían iluminación así. ¿Qué quisiste decir con allá de donde tú vienes?
Cierras los ojos. Te dices: Soy Norman Hastings. Soy profesor adjunto de matemáticas en la Universidad de California del Sur. Tengo veinticinco años y estamos en mil novecientos cincuenta y cuatro.
Abres los ojos y vuelves a mirar.
No usaban este tipo de muebles en Los Angeles -ni en ninguna otra parte que conocieras- en 1954. Esa cosa del rincón, no puedes ni imaginar qué es. De la misma manera habría mirado tu abuelo, a tu edad, un aparato de televisión.
Miras la brillante prenda que estaba preparada para ti. La palpas entre el índice y el pulgar.
No se asemeja a nada que hayas tocado antes.
Soy Norman Hastings. Estamos en mil novecientos cincuenta y cuatro.
De pronto tienes que saber, de inmediato.
Vas al escritorio y tomas el sobre. Tu nombre está escrito ahí. Norman Hastings.
Tus manos tiemblan un poco al abrirlo. ¿Las culpas?
Hay varias páginas escritas a máquina. "Querido Norman", empieza. Buscas rápidamente el final para ver la firma. No está firmada.
"No temas. No hay nada que temer, aunque sí mucho que explicar. Mucho que has de entender antes de que el cerrojo temporal abra la puerta. Mucho que debes aceptar y... obedecer".
"Ya has adivinado que estás en el futuro, en lo que a ti te parece futuro. La ropa y la habitación te lo habrán indicado. Lo planeé así para que el choque no fuera demasiado repentino, para que te dieras cuenta en varios minutos en vez de leerlo aquí, y probablemente no creer lo que leías.
"El "armario" del que acabas de salir es, como habrás comprendido ya, una máquina del tiempo. De allí saliste al mundo de 2004. La fecha es 7 de abril, sólo cincuenta años más adelante de la época que recuerdas.
"No puedes volver.
"Yo te hice esto y puede que me odies por ello; no lo sé. Eso lo habrás de decidir tú, pero no importa. Lo que importa, y no sólo para ti, es otra decisión que debes tomar. Yo soy incapaz de tomarla.
"¿Quién te escribe esto? Preferiría no decírtelo aún. Para cuando termines de leer, aunque no esté firmada (pues sabía que buscarías la firma antes que nada) no necesitaré decirte quien soy. Lo sabrás.
"Tengo setenta y cinco años. En este 2004 hace treinta de esos años que estudio el "tiempo". He completado la primera máquina del tiempo; y por ahora su construcción, incluso el hecho de su existencia, es secreto mío.
"Has participado en el primer experimento importante. Será responsabilidad tuya decidir si habrá otros, si se le entregará al mundo, o si debería ser destruida para que no se la vuelva a usar".
Fin de la primera página. Levantas la vista, vacilando antes de pasar a la hoja siguiente. Ya sospechas lo que viene.
Pasas la hoja.
"Hace una semana construí la primera máquina del tiempo. Mis cálculos me indicaban que funcionaria, pero no cómo. Había esperado enviar un objeto hacia atrás en el tiempo -funciona sólo hacia atrás, no hacia adelante- sin que cambiara físicamente, intacto.
"Mi primer ensayo me demostró mi error. Coloqué un cubo de metal en la máquina, que era una miniatura de la que te trajo, y la gradué para que lo enviara diez años atrás. Accioné el interruptor y abrí la puerta, esperando que el cubo hubiera desaparecido. En cambio, encontré que se había reducido a polvo.
"Coloqué otro cubo y lo envié dos años atrás. El segundo cubo volvió sin cambios, salvo que era más nuevo, más brillante.
"Eso me dio la respuesta. Yo quería que los cubos retrocedieran en el tiempo, y eso habían hecho, pero no en el sentido que esperaba. Aquellos cubos de metal se habían fabricado unos tres años antes. Había hecho retroceder diez años al primero, a antes de que existiera como forma fabricada. Diez años antes era mineral. La máquina lo había devuelto a ese estado.
"¿Ves en qué estaban equivocadas nuestras teorías anteriores sobre el viaje en el tiempo? Esperábamos poder entrar en una máquina en 2004, por ejemplo, graduarla para cincuenta años y salir en 1954. Pero no funciona así. La máquina no se mueve en el tiempo. Sólo es afectado lo que esté dentro, y sólo con relación a sí mismo, no al resto del universo.
"Lo confirmé con cobayas, enviando uno de seis semanas a cinco semanas atrás; volvió a la infancia.
"No hace falta que te detalle mis experimentos. Encontrarás los datos en el escritorio y podrás estudiarlos más adelante.
"¿Comprendes lo que te ha pasado, Norman?"
Empiezas a entender. Y a sudar.
El yo que escribió la carta que estás leyendo es tú, tú mismo a los setenta y cinco, en este año de 2004. Tú eres ese hombre de setenta y cinco años, con el cuerpo que tenías hace cincuenta, con los recuerdos de cincuenta años de vida borrados.
Tú inventaste la máquina del tiempo.
Y antes de usarla contigo mismo, tomaste estas precauciones para ayudarte a orientarte. Tú mismo escribiste la carta que lees.
Pero si esos cincuenta años han desaparecido -para ti-, ¿qué ha pasado con todos los amigos, los seres queridos? ¿Qué fue de tus padres? ¿Qué de la chica con que vas -ibas- a casarte?
Sigues leyendo:
"Sí, querrás saber qué ha pasado. Mamá falleció en 1963, papá en 1968. Te casaste con Bárbara en 1956. Lamento decirte que murió sólo tres años después, en un accidente de aviación. Tienes un hijo. Vive y se llama Walter; ahora tiene cuarenta y seis años y es contable en Kansas City".
Se te llenan los ojos de lágrimas y por un momento tienes que dejar de leer. Bárbara muerta, muerta desde hace cuarenta y cinco años. Y hace escasos minutos de tiempo subjetivo estabas sentado a su lado, sentado al sol radiante de un patio de Beverly Hills...
Te obligas a seguir leyendo.
"Volviendo al descubrimiento. Comienzas a ver algunas de sus implicaciones. Necesitarás tiempo para meditar antes de verlas todas.
"No permite el viaje en el tiempo tal como nosotros lo imaginábamos, pero nos da una cierta inmortalidad. Inmortalidad del tipo que nos he dado, temporalmente.
"¿Es algo bueno? ¿Vale la pena perder el recuerdo de cincuenta años de la propia vida para devolver al organismo a la juventud relativa? La única manera de averiguarlo es ensayar, en cuanto haya terminado de escribir esto y hecho mis demás preparativos.
"Tú conocerás la respuesta.
"Pero antes de que decidas, recuerda que hay otro problema, más importante que el psicológico. Me refiero al exceso de población.
"Si damos nuestro descubrimiento al mundo, si todos los ancianos y moribundos pueden volverse jóvenes otra vez, la población se duplicará casi en cada generación. Y el mundo no aceptaría de buen grado como solución -ni siquiera nuestra relativamente ilustrada nación- una restricción obligatoria de los nacimientos.
"Si damos esto al mundo, tal como es hoy, en 2004, dentro de una generación habrá hambre, sufrimiento, guerra. Tal vez el colapso total de la civilización.
"Sí, hemos llegado a otros planetas, pero no son apropiados para la colonización. Las estrellas pueden ser la respuesta, pero estamos muy lejos de alcanzarlas. Cuando lo consigamos, algún día, los miles de millones de planetas habitables que debe haber ahí fuera serán nuestra respuesta... nuestro espacio vital. Pero hasta entonces, ¿cuál es la respuesta?
"¿Destruir la máquina? Piensa, sin embargo, en las incontables vidas que podría salvar, en el sufrimiento que impediría. Piensa en lo que significaría para un hombre que se muere de cáncer. Piensa. . . "
Piensa. Terminas la carta y la dejas.
Piensas en Bárbara muerta desde hace cuarenta y cinco años. Y en que estuviste casado con ella durante tres años y que ese tiempo está perdido para ti.
Cincuenta años perdidos. Maldices al anciano de setenta y cinco en que te convertiste y que te ha hecho esto... que te ha puesto antes esta decisión.
Amargamente, sabes cuál ha de ser esa decisión. Piensas que él también lo sabía, y que se dio cuenta de que podía dejarla en tus manos con confianza. Maldito sea, él debería haberlo sabido.
Demasiado valiosa para destruirla, demasiado peligrosa para darla.
La otra solución es dolorosamente obvia.
Debes ser el custodio de este descubrimiento y mantenerlo secreto hasta que puedas entregarlo con garantías, hasta que la humanidad se haya extendido a las estrellas y tenga nuevos mundos que poblar o, incluso sin eso, hasta que haya llegado a un nivel de civilización en que se pueda evitar el hacinamiento racionando los nacimientos según el número de muertes accidentales, o voluntarias.
Si dentro de cincuenta años no se ha producido ninguna de esas cosas (¿son probables en tan poco tiempo?), entonces tú, a los setenta y cinco años, escribirás otra carta como esta. Tú sufrirás otra experiencia similar a la que estás pasando ahora. Y tomarás la misma decisión, por supuesto.
¿Por qué no? Serás otra vez la misma persona.
Una y otra vez, para conservar este secreto hasta que el Hombre sea apto para recibirlo.
¿Cuántas veces más te sentarás en un escritorio como éste, pensando lo que ahora piensas, sintiendo la pena que sientes ahora?
Se oye el clic de la puerta y sabes que se ha abierto el cerrojo temporal, que eres libre para salir de este cuarto, libre para comenzar una nueva vida en lugar de la que ya has vivido y perdido.
Pero no tienes prisa en dirigirte a la puerta.



FIN

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