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–Bueno, señora
Warren, no veo que tenga ningún motivo especial para estar intranquila, ni
comprendo por qué yo, puesto que mí tiempo tiene cierto valor, debería intervenir
en el asunto. La verdad es que tengo otras cosas en que ocuparme. –Así dijo
Sherlock Holmes, y volvió al gran libro de apuntes en que ordenaba y
clasificaba algún material reciente.
Pero la patrona
era tan pertinaz y astuta como puede serlo una mujer. Mantuvo firmemente sus
posiciones.
–Usted arregló
un asunto de un huésped mío el año pasado –dijo–, el señor Fairdale Hobbs.
–Ah, sí; un
asunto muy sencillo.
–Pero él no hace
más que hablar de eso, de su amabilidad, señor Holmes, y del modo en que hizo
luz en las tinieblas. Recordé sus palabras cuando yo misma me encontré entre
brumas y dudas. Sé que usted podría si quisiera.
Holmes era
accesible por el lado de la lisonja y también, para hacerle justicia, por el
lado de la benevolencia. Las dos fuerzas le hicieron dejar el pincel de la goma
con un suspiro de resignación y echar atrás su asiento.
–Bueno, bueno,
señora Warren, hablemos sobre eso, entonces. No le molesta el tabaco, me
parece. Gracias, Watson, ¡los fósforos! Está usted inquieta, según entiendo, porque
su nuevo huésped permanece en sus habitaciones y usted no le puede ver. Bueno,
señora Warren, si yo fuera su huésped muchas veces no me vería durante varias
semanas.
–No lo dudo,
señor Holmes, pero esto es diferente. Me da pánico; no puedo dormir de miedo.
Oír sus rápidos pasos, moviéndose de acá para allá desde la madrugada hasta
altas horas de la noche, y sin embargo no ver ni un atisbo de él…, es más de lo
que puedo soportar. Mi marido está tan nervioso con eso como yo, pero él pasa
fuera todo el día en su trabajo, mientras que yo no tengo descanso, ¿Por qué se
esconde? ¿Qué ha hecho? Salvo por la chica, estoy sola en casa todo el día con
él, y es algo que mis nervios no pueden aguantar.
Holmes se
inclinó hacia delante y puso sus largos y flacos dedos en el hombro de la
mujer. Tenía un poder tranquilizador casi hipnótico cuando lo deseaba. El susto
se desvaneció de los ojos de ella, y sus agitados rasgos volvieron a su
habitual estado. Se sentó en la silla que él le indicaba.
–Si lo tomo,
debo conocer todos sus detalles –dijo él–. Tómese tiempo para considerarlo. El
punto más pequeño puede ser esencial. ¿Dice usted que el hombre llegó hace diez
días, y le pagó una quincena de pensión y alimentación?
–Preguntó mis
condiciones, señor Holmes. Dije que cincuenta chelines por semana. Hay un
pequeño gabinete y una alcoba, todo completo, en lo más alto de la casa.
–¿Y bien?
–Dijo: «Le
pagaré cinco libras por semana si lo puedo tener en mis propios términos.» Yo
soy pobre, señor Holmes, y mi marido gana poco, y el dinero es muy importante
para mí. Sacó un billete de diez libras, y lo extendió hacia allí mismo. «Puede
recibir lo mismo cada quincena durante mucho tiempo si cumple mis condiciones»,
dijo. «Si no, no tendré que ver más con usted.»
–¿Cuáles eran
las condiciones?
–Pues bien,
señor Holmes, que tenía que tener una llave de la casa. Eso estaba muy bien.
Los huéspedes muchas veces la tienen. También, que había que dejarle
completamente solo, sin molestarle nunca, bajo ninguna excusa.
–Nada extraño en
eso, ¿verdad?
–De un modo
razonable, no, señor. Pero esto está fuera de toda razón. Lleva allí diez días
y ni mi marido, ni yo, ni la chica le hemos puesto los ojos encima una sola
vez. Podemos oír sus rápidos pasos dando vueltas de un lado para otro, por la noche,
de madrugada, a mediodía; pero, salvo esa primera noche, nunca ha salido de la
casa ni una vez.
–Ah, salió la
primera noche, ¿no?
–Sí, señor, y
volvió muy tarde…, cuando ya todos estábamos en la cama. Me dijo, después de
tomar las habitaciones, que lo haría así, y me pidió que no pusiera la barra en
la puerta. Le oí subir las escaleras pasada la medianoche.
–Pero ¿y sus
comidas?
–Dio
instrucciones especiales de que siempre, cuando llamara, debíamos dejar su
comida en una silla, fuera de la habitación. Luego vuelve a llamar cuando ha
terminado, y la cogemos de la misma silla. Si quiere alguna cosa, lo pone en
letras de molde en un papel y lo deja.
–¿En letras de
molde?
–Sí, señor; en
letras de molde a lápiz. Sólo la palabra; nada más. Aquí tiene uno que le he
traído: JABON. Aquí hay otro: FOSFORO. Este es el que dejó esta mañana: DAILY
GAZETTE. Le dejo ese periódico con el desayuno todas las mañanas.
–Caramba, Watson
–dijo Holmes, mirando con gran curiosidad las tiras de papel de barba que le
había entregado la patrona–: esto sí que es un poco raro. El encierro lo puedo
entender, pero ¿por qué en letras de molde? Es un procedimiento un poco
complicado. ¿Por qué no escribir normalmente? ¿Qué sugeriría, Watson?
–Que deseara
ocultar su letra.
–Pero ¿por qué?
¿Qué puede importarle que su patrona tuviera una palabra en su letra? Sin
embargo, quizá sea lo que dice usted. Pero entonces, ¿por qué unos mensajes tan
lacónicos?
–No me lo puedo
imaginar.
–Esto abre un
placentero campo a la especulación inteligente. Las palabras están escritas con
un lápiz de clase nada rara, de punta ancha y color violeta. Observará que el
papel está roto aquí, por el lado, después de escribir, de modo que parte de la
J de Jabón se ha perdido. Sugerente, Watson, ¿verdad?
–Denota precaución.
–Exactamente.
Está claro que había alguna señal, alguna marca del pulgar, algo que pudiera
dar una clave sobre la identidad de la persona. Bueno, señora Warren, dice
usted que el hombre era de tamaño mediano, moreno y barbudo. ¿Qué edad tendría?
–Joven, señor;
no más de treinta años.
–Bueno, ¿no me
puede dar más indicaciones?
–Hablaba un buen
inglés, y sin embargo pensé que era extranjero por su acento.
–¿Iba bien
vestido?
–Muy
elegantemente vestido…, un caballero. Ropa oscura, nada que llamara la atención.
–¿No dio nombre?
–No, señor.
–¿Y no ha tenido
cartas o visitantes?
–Nada.
–Pero sin duda,
usted o la chica entran en su cuarto por la mañana.
–No, señor; él
cuida de sí mismo.
–¡Vaya!, eso sí
que es notable. ¿Y su equipaje?
–Llevaba una
sola maleta, grande, oscura… nada más.
–Bueno, no veo
que tengamos mucho material que nos sirva. ¿Dice usted que nada ha salido de
ese cuarto…, absolutamente nada?
La patrona sacó
un envoltorio de su bolso; de él, sacudió dos fósforos quemados y una colilla
de cigarrillo, y los hizo caer en la mesa.
–Estaban en su
bandeja esta mañana. Los traje porque había oído que usted sabe leer grandes
cosas en cosas pequeñas.
–Aquí no hay
nada –dijo–. Los fósforos, desde luego, se han usado para encender cigarrillos.
Eso se ve en lo corto del lado quemado. Encendiendo una pipa o un cigarro se
consume la mitad. Pero ¡caramba!, esta colilla es verdaderamente notable. ¿Dice
usted que el caballero tenía barba y bigote?
–Sí, señor.
–No lo entiendo.
Yo diría que sólo un hombre afeitado del todo podía haber fumado esto. Bueno,
Watson, incluso su modesto bigote habría sufrido quemaduras.
–¿Una boquilla?
–sugerí.
–No, no; el
extremo está aplastado. Supongo que no podría haber dos personas en sus
habitaciones, señora Warren.
–No, señor. Come
tan poco, que muchas veces me extraña que pueda conservar la vida de una sola
persona.
–Bueno, creo que
debemos esperar a tener un poco más de material. Después de todo, usted no
tiene de que quejarse. Ha recibido su renta, y no es un huésped molesto, aunque
ciertamente es raro. Paga bien, y si decide vivir oculto, no es asunto que le
incumba directamente a usted. No tenemos excusa para invadir su vida privada
mientras no tengamos razones para pensar que hay un motivo culpable. Yo acepto
el asunto y no lo perderé de vista. Infórmeme si ocurre algo nuevo, y confíe en
mi asistencia si hace falta.
»Ciertamente hay
algunos puntos de interés en este caso, Watson –observó, cuando se marchó la
patrona–. Claro que quizá sea trivial, una excentricidad individual; o quizá
sea mucho más profundo de lo que parece a primera vista. Lo primero que se le
ocurre a uno es la posibilidad obvia de que la persona que está ahora en las
habitaciones sea diferente de la que las tomó.
–¿Por qué piensa
eso?
–Bueno, aparte
de esta colilla, ¿no resulta curioso que la única vez que salió el huésped
fuera inmediatamente después de tomar las habitaciones? Volvió –o alguien
volvió– cuando todos los testigos estaban alejados. No tenemos pruebas de que
la persona que volvió fuera la que salió. Luego, además, el hombre que tomó las
habitaciones hablaba bien el inglés. Este otro, en cambio, escribe «fósforo»
cuando debía ser «fósforos». Puedo imaginar que sacó la palabra de un
diccionario, que da el sustantivo, pero no el plural. el estilo lacónico puede
ser para ocultar la falta de conocimiento del inglés. Sí, Watson, hay buenas
razones para sospechar que ha habido una sustitución de huéspedes.
–Pero ¿con qué
posible fin?
–¡Ah!, ahí está
nuestro problema. Hay una sola línea evidente de investigación.
–Bajó el gran
libro en que, día tras día, ordenaba los anuncios personales de los diversos
diarios de Londres–. ¡Válgame Dios! –dijo, pasando las hojas–, ¡qué coro de
gemidos, gritos y balidos! ¡Qué mezcla de sucesos extraños! Pero sin duda es el
terreno de caza más valioso que le ha sido dado nunca a un estudioso de lo
insólito. Esta persona está sola, y no se la puede abordar por carta sin romper
el absoluto secreto que se desea. ¿Cómo le va a llegar de fuera una noticia o
un mensaje? Obviamente, por un anuncio en un periódico. No parece haber otro
camino, y por suerte sólo tenemos que ocuparnos de un periódico. Aquí están los
recortes de la Daily Gazette de la última quincena: «Señora con boa negro en el
Club de Patinaje Prince’s», eso lo podemos pasar. «Sin duda Jimmy no le partirá
el corazón a su madre»; esto parece que no viene a cuento. «Si la señora que se
desmayó en el autobús de Brixton…»…no me interesa. «Todos los días mi corazón
anhela…» Un balido, Watson, un balido sin disimulo. ¡Ah! esto es un poco más
probable: «Ten paciencia. Encontraré algún medio de comunicación. Mientras,
esta columna. G.» Esto es dos días después de que llegara el huésped de la
señora Warren. Parece plausible, ¿no? El misterioso ser podría entender inglés
aunque no pudiera escribirlo. Vamos a ver si encontramos otra vez el rastro.
Sí, aquí estamos, tres días después. «Hago arreglos con éxito. Paciencia y
prudencia. Pasará la nube. G.» Nada en una semana después de esto. Luego viene
algo mucho más claro: «El camino se despeja. Si encuentro oportunidad de
mensaje por señales recuerda código convenido; uno A, dos B, etcétera. Pronto
sabrás. G.» Eso estaba en el periódico de ayer, y no hay nada en el de hoy.
Todo esto concuerda bastante con el huésped de la señora Warren. Si esperamos
un poco, Watson, no dudo que el asunto se hará más comprensible.
Y así resultó:
pues por la mañana encontré a mi amigo de pie, ante la chimenea, de espaldas al
fuego y con una sonrisa de completa satisfacción en la cara.
–¿Qué tal esto,
Watson? –exclamó, tomando el periódico de la mesa–. «Casa alta roja con
molduras de piedra blanca. Tercer piso. Segunda ventana a la izquierda. Después
del oscurecer. G.» Eso está bastante claro. Creo que después de desayunar
debemos hacer una pequeña exploración del barrio de la señora Warren. Ah,
señora Warren, ¿qué noticias nos trae esta mañana?
Nuestra cliente
había irrumpido en el cuarto con una energía explosiva, que prometía algún
acontecimiento nuevo e importante.
–¡Es cosa para
la policía, señor Holmes! –exclamó–. ¡No quiero saber nada más de esto! Que se
marche con su equipaje. Iba a subir a decírselo sin más, sólo que pensé que era
mejor pedir primero su opinión. Pero mi paciencia ha llegado a su límite, y
cuando se llega a golpear al marido de una…
–¿Golpear al
señor Warren?
–En todo caso,
tratarle mal.
–Pero ¿quién le
ha tratado mal?
–¡Ah! ¡Eso es lo
que queremos saber! Fue esta mañana, señor Holmes. Mi marido es cronometrador
en Morton y Waylight’s, en Tottenham Court Road. Tiene que salir de casa antes
de las siete. Pues bien, esta mañana, no había dado diez pasos en la calle
cuando dos hombres le fueron por detrás, le echaron un abrigo por la cabeza y
le metieron en un coche de punto que estaba junto a la acera. Le llevaron una
hora en el coche, y luego abrieron la puerta y le arrojaron fuera. Se quedó en
la calzada tan trastornado que no vio qué se hacía del coche. Cuando pudo
dominarse, se dio cuenta de que estaba en Hampstead Heath; así que tomó un
ómnibus hasta casa, y ahí está, tumbado en el sofá, mientras yo venía en
seguida a contarle lo que ha pasado.
–Muy interesante
–dijo Holmes–. ¿Observó el aspecto de esos hombres?, ¿les oyó hablar?
–No, está
aturdido. Sólo sabe que le arrebataron como por arte de magia y le dejaron caer
del mismo modo. Había por lo menos dos en el asunto, o quizá tres.
–¿Y usted
relaciona este ataque con su huésped?
–Bueno, llevamos
viviendo ahí quince años y nunca nos ha pasado tal cosa. Ya estoy harta de él.
El dinero no lo es todo. Le haré salir de mi casa antes que termine el día.
–Espere un poco,
señora Warren. No se precipite. Empiezo a creer que este asunto puede ser mucho
más importante de lo que parecía a simple vista. Ahora está claro que algún
peligro amenaza a su huésped. Está igualmente claro que sus enemigos, acechando
en su espera junto a su puerta, le confundieron con su marido en la luz
neblinosa de la mañana. Al descubrir su error, le soltaron. Qué habrían hecho
si no hubiera sido un error, sólo podemos hacer conjeturas.
–¿Qué tengo que
hacer, señor Holmes?
–Tengo muchas
ganas de ver a ese huésped suyo, señora Warren.
–No veo cómo
pueda conseguirlo, a no ser que eche abajo la puerta. Siempre le oigo quitar la
llave mientras bajo la escalera después de dejar la bandeja.
–Tiene que meter
la bandeja. Sin duda podríamos ocultarnos y verle actuar.
–Bueno, señor,
enfrente está el cuarto de los baúles. Podría poner un espejo, quizá, y si
usted estuviera detrás de la puerta…
–¡Excelente!
–dijo Holmes–. ¿A qué hora almuerza?
–Hacia la una,
señor Holmes.
–Entonces, el
doctor Watson y yo nos daremos una vuelta. Por el momento, señora Warren,
adiós.
A las doce y
media estábamos en la entrada de la casa de la señora Warren, un edificio alto,
estrecho, de ladrillo amarillo, en Great Orme Street, estrecho pasadizo al
nordeste del British Museum. Como queda cerca de la esquina de la calle, domina
Howe Street, con sus casas más pretenciosas. Holmes señaló con una risita una
de ellas, una serie de pisos residenciales, que se destacaba tanto que no podía
menos de llamar la atención.
–¡Vea, Watson!
–dijo–. «Casa alta, roja, con molduras de piedra.» Esa es la estación de
señales, sin duda. Conocemos el lugar y conocemos el código; nuestra tarea
debería ser simple. Hay en esa ventana un rótulo de «Se Alquila». Evidentemente
es un piso vacío al que tiene acceso el cómplice. Bueno, señora Warren, ¿qué
más?
–Se lo tengo
todo preparado. Si suben y dejan las botas en el descansillo, les llevaré allí
en seguida.
Era un escondite
excelente el que había arreglado. El espejo estaba puesto de tal modo que,
sentados en la oscuridad, podíamos ver claramente la puerta de enfrente. Apenas
nos habíamos instalado allí, y se había marchado la señora Warren cuando un
claro campanilleo nos hizo saber que llamaba nuestro misterioso vecino. Al fin
apareció la patrona con la bandeja, la dejó en una silla junto a la puerta
cerrada, y luego, pisando pesadamente, se marchó. Acurrucados en el ángulo de
la puerta, manteníamos los ojos fijos en el espejo. De repente, mientras
dejaban de oírse los pasos de la patrona, hubo un rechinar de la llave, giró el
pestillo, y dos manos delgadas salieron disparadas y levantaron la bandeja de
la silla. Un momento después la volvían a poner, y vi un atisbo de una cara
morena, hermosa, horrorizada, que miraba fijamente a la estrecha apertura del
cuarto de los baúles. Luego, la puerta se cerró de golpe, la llave volvió a
girar, y todo fue silencio. Holmes me tiró de la manga y nos deslizamos juntos
escaleras abajo.
–Volveré a verla
esta noche –dijo a la expectante patrona–. Creo, Watson, que podremos discutir
mejor este asunto en nuestra propia residencia.
–Mi sospecha,
como ha visto, ha resultado ser correcta –dijo él luego, hablando desde las
profundidades de su butaca–. Ha habido una sustitución de huéspedes. Lo que no
preví es que encontráramos una mujer, y una mujer nada corriente, Watson.
–Ella nos vio.
–Bueno, vio algo
que la alarmó. Eso es seguro. La sucesión general de acontecimientos está
bastante clara, ¿verdad? Una pareja busca en Londres refugio contra un peligro
terrible y muy apremiante. La medida de ese peligro es el rigor de sus
precauciones. El hombre, que tiene algún trabajo que hacer, desea dejar a la
mujer en absoluta seguridad mientras lo hace. No es un problema fácil, pero lo
ha resuelto de modo original, y tan eficazmente que la presencia de ella no era
conocida ni por la patrona que le da su alimento. Los mensajes en letras de
molde está claro que eran para evitar que su letra revelara su sexo. El hombre
no puede acercarse a la mujer, pues guiaría a sus enemigos hacia ella. Como no
puede comunicarse con ella directamente, recurre a los anuncios personales de
un periódico. Hasta ahí, todo está claro.
–Pero ¿qué hay
en la base de todo?
–Ah, sí, Watson:
¡severamente práctico, como de costumbre! ¿Qué hay en la base de todo? El
caprichoso problema de la señora Warren se ensancha un poco y toma un aspecto
más siniestro conforme avanzamos. Esto sí que lo puedo asegurar: no es una
escapada amorosa corriente. Ya vio la cara de la mujer ante las señales de
peligro. Hemos sabido también del ataque contra el patrón, que sin duda iba
contra el huésped. Estas alarmas, y la desesperada necesidad de secreto,
indican que el asunto es de vida o muerte. El ataque contra el señor Warren
hace pensar además que el enemigo, quienquiera que sea, no se ha dado cuenta de
la sustitución del huésped masculino por el femenino. Es muy curioso y
complejo, Watson.
–¿Por qué se va
a meter más en ello? ¿Qué puede sacar de eso?
–¿Por qué, en
efecto? Es el Arte por el Arte, Watson. Supongo que cuando usted se doctoró se
encontró estudiando casos sin pensar en los honorarios, ¿no?
–Para mi
educación, Holmes.
–La educación no
se termina nunca, Watson. Es una serie de lecciones, de las cuales las más
instructivas son las últimas. Este es un caso instructivo. No hay en él dinero
ni prestigio, y sin embargo a uno le gustaría ponerlo en claro. Cuando
anochezca nos deberíamos hallar en una etapa más avanzada de nuestra
investigación.
Cuando volvimos
a casa de la señora Warren, la oscuridad de un anochecer invernal de Londres se
había espesado en una cortina gris, en una muerta monotonía de color, rota sólo
por los nítidos cuadrados amarillos de las ventanas y los halos borrosos de los
faroles de gas. Atisbando desde el salón oscurecido de la pensión, otra pálida
luz brilló, alta, en la oscuridad.
–Alguien se
mueve en ese cuarto –dijo Holmes, en un susurro, con su cara macilenta y
ansiosa tendida hacia el cristal–. Sí, veo su sombra. ¡Ahí está otra vez! Tiene
una vela en la mano. Ahora escudriña al otro lado. Quiere estar seguro de que
ella está alerta. Ahora empieza a destellar. Tome el mensaje usted también,
Watson, que lo confrontaremos uno con otro. Un único destello, eso es A, sin
duda. Bueno, ahora. ¿Cuántos ha contado? Veinte. Yo también. Seguro que ése es
el comienzo de otra palabra. Ahora –TENTA. Se acabó. ¿Puede ser eso todo,
Watson? ATTENTA no tiene sentido. Ni vale en tres palabras: AT-TEN-TA. ¡Ahí va
otra vez! ¿Qué es eso? ATTE… vaya, el mismo mensaje otra vez. ¡Curioso, Watson,
muy curioso! Ahora empieza otra vez: AT… vaya, lo repite por tercera vez.
¡ATTENTA tres veces! ¿Cuántas veces lo va a repetir? No, parece que sea el
final. Se ha retirado de la ventana. ¿Qué piensa de eso, Watson?
–Un mensaje en
cifra, Holmes.
Mi compañero
lanzó una súbita risa de comprensión.
–Y no es una
cifra muy difícil, Watson –dijo–. ¡Vaya, claro, es italiano! El mensaje va
dirigido a una mujer ¡Atenta! ¡Ten cuidado! ¿Qué tal, Watson?
–Creo que ha
acertado.
–Sin duda. Es un
mensaje muy urgente, repetido tres veces para hacerlo aún más apremiante;
¿atenta a qué? Espere un poco; otra vez vuelve a la ventana.
Al renovarse las
señales, vimos otra vez la vaga silueta de un hombre acurrucado y el fulgor de
la pequeña llama por la ventana. Eran más frecuentes que antes; tanto que era
difícil seguirlas.
–PERICOLO. ¿Eh,
qué es eso, Watson? Peligro, ¿verdad? Sí, es una señal de peligro. Ahí va otra
vez. Hola, qué demonios pasa…
La luz se había
extinguido de repente, había desaparecido el cuadrado luminoso de la ventana, y
el tercer piso formaba una banda oscura en torno al alto edificio, con sus
filas de ventanas brillantes. El último grito de aviso había quedado cortado de
pronto. ¿Cómo, y por quién? En el mismo instante se nos ocurrió la misma idea.
Holmes se levantó de un salto del lugar donde estaba acurrucado, junto a la
ventana.
–Esto es serio,
Watson –exclamó–. Hay algo diabólico en marcha. ¿Por qué iba a detenerse tal
mensaje a medio camino? Yo pondría a Scotland Yard en contacto con este asunto…
pero es demasiado apremiante para que nos marchemos.
–¿Voy a llamar a
la policía?
–Tenemos que
definir la situación de un modo un poco más claro. A lo mejor admite alguna
interpretación más inocente. Vamos, Watson, crucemos nosotros mismos al otro
lado a ver qué sacamos de ello.
2
Caminando
rápidamente por Howe Street me volví para mirar el edificio que habíamos
dejado. Allí, vagamente perfilada en la ventana más alta, vi la sombra de una
cabeza, una cabeza de mujer, mirando tensamente, con rigidez, a la noche,
esperando en suspenso, casi sin aliento, la continuación de ese mensaje
interrumpido. En la puerta de los pisos de Howe Street, un hombre, embozado en
un plastrón y un gabán, estaba apoyado en la verja. Se sobresaltó cuando la luz
del vestíbulo nos dio en la cara.
–¡Holmes!
–gritó.
–¡Vaya, Gregson!
–dijo mi compañero, dando la mano al detective de Scotland Yard–. Fin del viaje
con encuentro de enamorados. ¿Qué le trae por aquí?
–Lo mismo que a
usted, espero –dijo Gregson–. ¿Cómo ha llegado usted a esto?, no puedo
imaginarlo.
–Diferentes
hilos, pero que llevan al mismo enredo. He estado recibiendo las señales.
–¿Las señales?
–Sí, desde esa
ventana. Se interrumpieron a la mitad. Pasamos acá a ver por qué razón. Pero
puesto que está a salvo en sus manos, no veo de qué sirve continuar el asunto.
–¡Espere un
poco! –gritó Gregson, con empeño–. Le he de hacer justicia, señor Holmes; nunca
he tenido un caso en que no me sintiera más fuerte por contar con usted a mi
lado. Hay sólo una salida de estos pisos, así que le tenemos seguro.
–¿Quién es él?
–Bueno, bueno,
por una vez le llevamos ventaja, señor Holmes. Tiene que reconocernos como
mejores esta vez. –Golpeó fuertemente el suelo con el bastón, a lo cual un
cochero de punto, látigo en mano, se acercó desde un coche de cuatro ruedas en
que estaba al otro lado de la calle–. Este es el señor Leverton, de la Agencia
American Pinkerton’s.
–¿El héroe del
misterio de la cueva de Long Island? –dijo Holmes–. Encantado de conocerle.
El americano, un
joven tranquilo, con aire práctico, y de cara afilada y bien afeitada, se
ruborizó ante esas palabras de elogio.
–Estoy sobre la
pista de mi vida, señor Holmes –dijo–. Si puedo encontrar a Gorgiano…
–¡Cómo!
¿Gorgiano el del Circulo Rojo?
–Ah, ¿tiene fama
en Europa, entonces? Bueno, en América lo sabemos todo de él. Sabemos que está
en la base de cincuenta asesinatos, y sin embargo no tenemos nada positivo con
que cazarle. Voy detrás de él desde Nueva York, y le he seguido de cerca
durante una semana en Londres, esperando alguna excusa para echarle la mano al
cuello. El señor Gregson y yo le hemos acorralado en esa gran casa de pisos, y
hay sólo una puerta, así que no se nos puede escapar. Han salido tres personas
desde que entró, pero juraría que no era ninguna de ellas.
–El señor Holmes
habla de señales –dijo Gregson–. Espero que, como de costumbre, sepa cosas que
nosotros no sabemos.
En pocas
palabras, Holmes explicó la situación tal como nos ha aparecido. El americano
dio una palmada, consternado.
–¡Va contra
nosotros! –exclamó.
–¿Por qué lo
cree así?
–Bueno, eso
parece, ¿no? Ahí está, enviando mensajes a un cómplice; hay en Londres varios
de su banda. Luego, de repente, cuando, según lo que cuenta, les decía que
había peligro, se interrumpió. ¿Qué podía significar eso sino que desde la
ventana había visto que estábamos en la calle, o que había comprendido lo cerca
que estaba el peligro, y que debía actuar en seguida para evitarlo? ¿Qué
sugiere, señor Holmes?
–Que subamos en
seguida y lo veamos con nuestros propios ojos.
–Pero no tenemos
orden de detención.
–Está el local
desalquilado en circunstancias sospechosas –dijo Gregson–. Eso basta por el
momento. Una vez que lo tengamos sujeto ya veremos si Nueva York puede o no
ayudarnos a retenerle. Yo asumiré la responsabilidad de detenerle ahora.
Nuestros
detectives oficiales pueden fallar en cuestión de inteligencia, pero nunca de
valentía. Gregson subió por la escalera para detener a ese asesino desesperado,
con el mismo aire absolutamente tranquilo y de negocios con que habría subido
la escalera de Scotland Yard. El agente de Pinkerton había tratado de
adelantársele de un empujón, pero Gregson le echó atrás firmemente con el codo.
Los peligros de Londres son privilegio de la policía de Londres.
En el tercer
descansillo, la puerta del piso de la izquierda estaba entreabierta. Gregson la
abrió de un empujón. Dentro, todo era silencio y oscuridad. Encendí un fósforo,
y prendí la linterna del detective. Cuando el chisporroteo se afirmó en una
llama, todos lanzamos un grito de sorpresa. En las tablas del suelo sin alfombra
se destacaba una reciente traza de sangre. Los pasos ensangrentados apuntaban
hacia nosotros, y salían de un cuarto interior, cuya puerta estaba cerrada.
Gregson la abrió de una sacudida y sostuvo por delante la luz, mientras todos
escudriñábamos ansiosos sobre sus hombros.
En medio del
suelo del cuarto vacío apareció la figura de un hombre enorme, con su cara
morena y bien afeitada contorsionada de modo grotesco y horrible, y con la
cabeza rodeada por un espectral halo carmesí de sangre, tendido en un ancho
círculo mojado sobre las blancas tablas. Tenía las rodillas enhiestas y las
manos extendidas con angustia, y del centro de su ancha garganta morena,
levantada hacia arriba, surgía el mango blanco de un cuchillo con toda la hoja
metida en su cuerpo. Gigantesco como era, el hombre debía haber caído como un
buey en el matadero bajo ese terrible golpe. Junto a su mano derecha, había en
el suelo un tremendo puñal de doble filo y mango de cuerno, y al lado, un
guante negro de cabritilla.
–¡Caramba! ¡Es
Gorgiano el Negro en persona! –exclamó el detective americano–. Alguien se nos
ha adelantado esta vez.
–Ahí está la
vela en la ventana, señor Holmes –dijo Gregson–. Pero ¿qué hace?
Holmes había ido
al otro lado, había encendido la vela, y la estaba pasando de un lado a otro a
través de los cristales de la ventana. Luego atisbó en la oscuridad, apagó la
vela de un soplo, y la tiró al suelo.
–Creo más bien
que eso será útil –dijo. Se acercó y se quedó profundamente pensativo, mientras
los dos profesionales examinaban el cadáver–. Dice usted que tres personas más
salieron de la casa mientras usted esperaba abajo –dijo, por fin–. ¿Las observó
bien?
–Sí.
–¿Había un
hombre de unos treinta años, de barba negra, moreno, de tamaño mediano?
–Sí, fue el
último en pasar delante de mí.
–Ese es su
hombre, me parece. Puedo darle su descripción, y tenemos un excelente perfil de
su huella. Eso debería bastarle.
–No es mucho,
señor Holmes, entre los millones de habitantes de Londres.
–Quizá no. Por
eso me pareció lo mejor convocar a esta señora en su ayuda.
Nos volvimos
todos ante esas palabras. Allí, enmarcada en el umbral, había una mujer alta y
bella: la misteriosa huésped de Bloomsbury. Avanzó lentamente, con la cara
pálida y tensa a causa del terrible temor, los ojos fijos, y su mirada
aterrorizada clavada en la oscura figura tendida en el suelo.
–¡Le han matado!
–murmuró–. ¡Oh, Dios mío, le han matado!
Entonces oí que
tomaba aliento, profundamente, y dio un salto con un grito de alegría. Dando
vueltas al cuarto, danzó dando palmadas, con sus ojos oscuros fulgurando en
asombro, felicidad, y con mil bonitas exclamaciones italianas en los labios.
era terrible y sorprendente ver a tal mujer tan convulsa de alegría ante
semejante espectáculo. De repente se detuvo y nos miró con ojos interrogantes.
–¡Pero ustedes!
¡Ustedes son de la policía! ¿no es verdad? Ustedes han matado a Guiseppe
Gorgiano. ¿No es verdad?
–Somos de la
policía, señora.
Miró en torno
suyo, a las sombra del cuarto.
–Pero entonces,
¿dónde está Gennaro? –preguntó–. Es mi marido, Gennaro Lucca. Yo soy Emilia
Lucca, y somos de Nueva York. ¿Dónde está Gennaro? Me acaba de llamar desde
esta ventana y he venido a toda prisa.
–Fui yo quien
llamó –dijo Holmes.
–¡Usted! ¿Cómo
pudo?
–Su cifra no era
difícil, señora. Su presencia aquí era necesaria. Sabía que sólo tenía que
transmitir con la luz VIENI para que usted viniera.
La hermosa
italiana miró con respeto a mi compañero.
–No comprendo
cómo sabe esas cosas –dijo–. Guiseppe Gorgiano… cómo pudo… –se detuvo; luego,
de repente, su cara se iluminó de orgullo y placer–. ¡Ya lo veo! ¡Mi Gennaro!
¡Mi espléndido, mi hermoso Gennaro, que me ha conservado a salvo de todo daño,
lo hizo; con su propia mano fuerte mató al monstruo! ¡Ah, Gennaro, qué
estupendo eres! ¿Qué mujer puede merecer a tal hombre?
–Bueno, señora
Lucca –dijo el prosaico Gregson, poniendo la mano en la manga de la señora con
tan poco sentimiento con si ella fuera un chulo de Notting Hill–, todavía no
tengo muy claro quién es usted o qué es usted, pero ha dicho bastante como para
dejar en claro que la vamos a necesitar en Scotland Yard.
–Un momento,
Gregson –dijo Holmes–. Me parece que esta señora puede tener tantos deseos de
proporcionarnos información como nosotros de recibirla. ¿Comprende usted,
señora, que su marido será detenido y juzgado por la muerte del hombre que
tenemos delante? Lo que diga usted puede ser utilizado en el proceso. Pero si
usted piensa que ha actuado por motivos que no son criminales, y que él querría
que se conocieran, entonces no puede ayudarle mejor que contándonos toda la
historia.
–Ahora que
Gorgiano ha muerto, no tenemos nada –dijo la señora–. Era un demonio y un
monstruo, y no puede haber juez en el mundo que castigue a mi marido por
haberle matado.
–En ese caso
–dijo Holmes–, sugiero que cerremos esta puerta, que dejemos las cosas como las
encontramos, que vayamos con esta señora a sus habitaciones y que formemos
nuestra opinión después de oír lo que tenga que decirnos.
Media hora
después estábamos sentado los cuatro en el pequeño gabinete de la signora
Lucca, oyendo su notable relato sobre esos siniestros acontecimientos, cuyo
final habíamos presenciado por casualidad. Hablaba en un inglés rápido y
fluido, pero nada convencional, que no intentaremos imitar:
–Nací en
Posilipo, cerca de Nápoles –dijo–, hija de Augusto Barelli, que era el abogado
más importante, y que en una ocasión fue diputado de esa comarca. Gennaro era
empleado de mi padre, y me enamoré de él, como tiene que amarle toda mujer. No
tenía dinero ni posición, así que mi padre prohibió el matrimonio. Escapamos
juntos, nos casamos en Bari y vendí mis joyas para obtener el dinero con que
llegar a América. eso fue hace cuatro años, y desde entonces hemos estado en
Nueva York.
»Al principio,
la fortuna fue muy buena con nosotros. Gennaro pudo hacer un favor a un
caballero italiano –le salvó de unos rufianes en un sitio llamado la Bowery,
haciendo así un amigo poderoso. Se llamaba Tito Castalotti, y era el principal
socio de la firma Castalotti y Zamba, que son los mayores importadores de fruta
de Nueva York. El señor Zamba está inválido, y nuestro nuevo amigo Castalotti
tenía poder en toda la firma, que emplea más de trescientos hombres. Dio empleo
a mi marido, le hizo jefe de un departamento y le mostró su buena voluntad en
todos los sentidos. El señor Castalotti era soltero, y creo que sentía que
Gennaro era como su hijo, y tanto mi marido como yo le queríamos como si fuera
nuestro padre. Habíamos tomado y amueblado una casita en Brooklyn, y nuestro
porvenir parecía asegurado, cuando apareció una nube negra que pronto iba a
cubrir nuestro cielo.
»Una noche, al
volver del trabajo, Gennaro trajo a un paisano con él. Se llamaba Gorgiano y
también era de Posilipo. Era un hombre enorme, como saben, pues han visto su
cadáver. No sólo tenía cuerpo de gigante, sino que todo en él era gigantesco,
enorme, aterrador. Su voz era como un trueno en nuestra casita. Apenas había
sitio para sus braceos cuando hablaba. Sus pensamientos, sus emociones, sus
pasiones, eran todas exageradas y monstruosas. Hablaba, o más bien rugía, con
tal emoción que los demás no podían sino quedarse escuchando, acobardados por
aquel poderoso torrente de palabras. Era un hombre terrible y extraño. ¡Gracias
a Dios que está muerto!
»Volvió una y
otra vez. Pero yo me daba cuenta de que Gennaro no estaba más contento que yo
con su presencia. Mi pobre marido se quedaba sentado, pálido y nervioso,
escuchando su inacabable delirio sobre política y cuestiones sociales. Gennaro
no decía nada, pero yo, que le conocía tan bien, pude leer en su rostro una
emoción que nunca había visto en él. Al principio creí que era rencor. Y luego,
poco a poco, comprendí que era algo más: era miedo, un miedo profundo, secreto,
penetrante. Esa noche, que advertí su terror, le abracé y le imploré por su amor
y por todo lo que quería que no me ocultara nada, y que me contara por qué ese
hombre enorme le abrumaba tanto.
»El me lo contó,
y mi corazón se sintió frío como el hielo al escucharlo. Mi pobre Gennaro, en
sus días locos y encendidos, cuando todo el mundo parecía estar contra él y su
mente estaba medio desquiciada por las injusticias de la vida, se había unido a
una sociedad napolitana, el Círculo Rojo, que estaba en relación con los
antiguos Carbonarios. Los juramentos y secretos de esa fraternidad eran
terribles; pero una vez bajo su dominio no era posible escapar. Cuando huimos a
América, Gennaro creyó que se los había quitado de encima para siempre. ¡Cuál
fue su horror una noche al encontrar por la calle al mismo hombre que le había
iniciado en Nápoles, el gigante Gorgiano, un hombre que se había ganado el
sobrenombre de “Muerte” en el Sur de Italia, pues estaba teñido hasta los codos
en crimen! Había llegado a Nueva York para evitar a la policía italiana, y ya
había plantado una rama de esa terrible sociedad en su nuevo país. Todo esto me
dijo Gennaro, y me enseño una convocatoria que había ese mismo día, con un
Círculo Rojo en el encabezamiento, diciéndole que se iba a convocar una reunión
en una determinada fecha, y que se ordenaba y requería su presencia.
»Eso ya era
bastante malo, pero aún faltaba lo peor. Yo había notado que desde hacía algún
tiempo que cuando Gorgiano venía a vernos, según solía, al anochecer, me
hablaba mucho a mí; y aun cuando sus palabras fueran para mi marido, esos
terribles ojos, bestiales y fulgurantes, siempre se dirigían a mí. Una noche
reveló su secreto. Yo había despertado en él lo que llamaba “amor”; el amor de
un bruto, de un salvaje. Cuando Gennaro no había vuelto todavía, el llegó. Se
abrió paso a empujones, me agarró con sus poderosos brazos, me abrazó con su
abrazo de oso, me cubrió de besos y me imploró que me escapara con él. Yo
estaba luchando y chillando cuando entró Gennaro y le atacó. El dejó sin
sentido a Gennaro de un golpe y huyó de la casa, donde nunca más entraría. Esa
noche hicimos un enemigo mortal.
»Pocos días
después tuvo lugar la reunión. Gennaro volvió de ella con una cara tan sombría
que comprendí que había ocurrido algo terrible. Era peor de lo que yo podía
haber imaginado. Los fondos de la sociedad se recaudaban por medio de chantaje
a italianos ricos a los que se amenazaba cuando rehusaban pagar. Parece que
habían abordado a Castalotti, nuestro querido amigo y protector. El se había
negado a ceder a las amenazas, y había entregado los avisos a la policía. En la
reunión se acordó que él y su casa debían ser volados con dinamita. Echaron a
suertes quién había de realizarlo. Gennaro vio la cruel cara de nuestro enemigo
sonriéndole cuando metió la mano en la bolsa. Sin duda lo habían arreglado
previamente de algún modo, pues fue el fatal disco, con el Círculo Rojo, lo que
sacó en la mano. Tenía que matar a su mejor amigo o exponerse él mismo y a mí a
la venganza de sus camaradas. Era parte de su demoníaco sistema castigar a
quienes temían u odiaban dañando no sólo a sus personas, sino a sus seres
queridos, y el saberlo era lo que pendía con terror sobre la cabeza de mi pobre
Gennaro y lo que casi le enloquecía de temor. Toda esa noche velamos juntos,
abrazados, fortaleciéndonos mutuamente para las dificultades que teníamos por
delante. La noche siguiente era la fijada para el intento. A mediodía, mi
marido y yo estábamos de camino para Londres, pero no sin antes avisar a
nuestro bienhechor del peligro, y dejar también a la policía la información que
protegiera su vida en el futuro.
»Lo demás,
caballeros, ya lo saben por ustedes mismos. Estábamos seguros de que nuestros
enemigos nos seguirían como nuestras sombras. Gorgiano tenía sus razones
particulares para vengarse, pero además sabíamos lo inexorable, astuto e
incansable que podía ser. Italia y América estaban llenas de historias de su
temible poder. Ahora sería cuando se ejerciera del todo. Mi marido empleó los
pocos días sin peligro que habíamos conseguido con nuestra fuga en buscarme un
refugio para poder estar a cubierto de cualquier riesgo. Por su parte, él
deseaba estar libre para poder comunicar con la policía americana y la
italiana. Yo misma no sé dónde vivía, ni cómo. Lo único que sabía era por los
anuncios de un periódico. Pero una vez, mirando por la ventana, vi dos
italianos observando la casa, y comprendí que Gorgiano había encontrado de
algún modo nuestro refugio. Finalmente, Gennaro me dijo, por el periódico, que
me haría señales desde una ventana, pero cuando llegaron, las señales no fueron
más que alertas, que se interrumpieron de pronto. Ahora veo claro que él sabía
que Gorgiano le seguía de cerca, y ¡gracias a Dios! estaba preparado para
cuando llegara. Y ahora, caballeros, les preguntaría si tenemos algo que temer
de la justicia, o si algún juez en el mundo condenaría a mi Gennaro por lo que
ha hecho.
–Bueno, señor
Gregson –dijo el americano, mirando al inspector–, no sé cuál será su punto de
vista británico, pero supongo que en Nueva York el marido de esta señora
recibiría una muestra de agradecimiento casi general.
–Tendrá que
venir conmigo a ver al jefe –respondió Gregson–. Si se confirma lo que dice,
creo que ni ella ni su marido tienen mucho que temer. Pero lo que no puedo
entender en absoluto, señor Holmes, es cómo demonios se ha mezclado usted
también en el asunto.
–Por la
educación, Gregson, por la educación. Sigo buscando conocimientos en la vieja
universidad. Bueno, Watson, ya tiene otra muestra más de lo trágico y lo
grotesco que añadir a su colección. Por cierto, ¿no son las ocho, y es una
noche de Wagner en Covent Garden? Si nos damos prisa, podemos llegar a tiempo
para el segundo acto.
FIN
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