The shining
ones, © 1964 (Playboy,
Agosto de 1964). Traducido por ? en El
viento del Sol - Relatos de la era espacial, Alianza Editorial.
Cuando
dijo la centralita que la Embajada soviética estaba al aparato, mi primer
pensamiento fue: “¡Bien, otro trabajo!” Pero en cuanto oí la voz de Goncharov
comprendí que se trataba de alguna complicación.
–¿Klaus?
Aquí Mikhail. ¿Puedes venir en seguida? Es muy urgente, y no puedo decírtelo
por teléfono.
Fui
preocupado todo el camino hasta la Embajada, preparando mil excusas para el
caso de que hubiera salido mal algo por culpa nuestra. Pero no se me ocurrió
nada; en ese momento no teníamos ningún contrato pendiente con los rusos. El
último trabajo había finalizado hacía seis meses, en el tiempo previsto, y
había sido de su entera satisfacción.
Bueno,
ahora resulta que no estaban satisfechos, según descubrí en seguida. Mikhail
Goncharov, el agregado comercial, era antiguo amigo mío: me contó todo lo que
sabía, pero no era mucho.
–Acabamos
de recibir un cable urgente de Ceilán –dijo–. Quieren que salgas
inmediatamente. Ha surgido un grave problema en el proyecto hidrotérmico.
–¿Qué
clase de problema? –pregunté.
Por
supuesto, sabía que tenía que ser en el terminal de profundidad, puesto que esa
era la única parte de la instalación que nos correspondía a nosotros. Los
propios rusos se habían encargado de todo el trabajo de superficie, pero habían
recurrido a nosotros para fijar las parrillas a tres mil pies de profundidad,
en el océano Indico. No existe en el mundo una sola compañía que pueda mantener
nuestro lema: CUALQUIER TRABAJO, A CUALQUIER PROFUNDIDAD.
–Todo
lo que sé –dijo Mikhail– es que los ingenieros han informado que la instalación
está totalmente inutilizada, que el primer ministro de Ceilán quiere inaugurar
la planta dentro de tres semanas, y que a Moscú no le va a gustar lo que se
dice nada que no pueda ponerse en funcionamiento para entonces.
Mentalmente
repasé las cláusulas de penalización de nuestro contrato. La compañía parecía
que estaba a cubierto, dado que el cliente había firmado el certificado de
conformidad, con lo que admitía que el trabajo era de su entera satisfacción. Sin
embargo, no era tan sencillo; si se demostraba que había habido alguna
negligencia por nuestra parte, podíamos estar a salvo de toda acción legal...
pero repercutiría gravemente en nuestros contratos. Y para mí, personalmente,
la cosa sería peor, porque había sido yo el supervisor del proyecto de la Fosa
de Trinco.
No
me llamen buzo, por favor; detesto ese nombre. Soy ingeniero de profundidades
marinas y utilizo la escafandra con la misma frecuencia que utiliza un aviador
su paracaídas. Casi todo el trabajo lo realizo a base de televisores y robots
de control remoto. Cuando tengo que bajar personalmente lo hago en un minisub
provisto de manipuladores externos. Le llamamos el cangrejo por las pinzas que
tiene; el de tipo normal baja hasta cinco mil pies de profundidad, pero se han
fabricado versiones especiales que pueden trabajar en el fondo de la Fosa de
las Marianas. Personalmente no he estado allí, pero puedo darles el presupuesto
con mucho gusto, si lo desean. Así, a ojo, puede costarles un dólar por pie,
más mil dólares por hora de trabajo.
Me
di cuenta de que los rusos hablaban en serio cuando Mikhail dijo que había un
avión aguardando en Zurich, y que si podía estar en el aeropuerto en un par de
horas.
–Mira
–dije– , yo no puedo hacer nada sin equipo... y la escafandra que se necesita
para esa inspección pesa toneladas. Además, lo tengo todo en Spezia.
–Lo
sé –contestó Mikhail implacable–. Mandaremos allá otro avión de transporte.
Envía un cable a Ceilán tan pronto como sepas lo que necesitas: lo tendrás todo
en la instalación dentro de doce horas. Pero, por favor, no hables de esto con
nadie; preferimos guardarnos nuestros propios problemas.
Estaba
de acuerdo, porque era problema mío también. Al salir del despacho, Mikhail
señaló el calendario de la pared, y dijo:
–Tres
semanas, de lo contrario...
Y
se pasó el dedo transversalmente por el cuello. Y yo sabía que no se refería al
suyo.
Dos
horas más tarde me encontraba sobrevolando los Alpes, despidiéndome de mi
familia por radio, y preguntándome por qué, como todo suizo dotado de sentido
común, no me había hecho banquero o me había metido en el negocio de relojes.
Toda la culpa la tenían los Picard y los Hanne Keller, me decía a mí mismo
pensativo: ¿Por qué tuvieron que empezar esta tradición suiza de las
inmersiones? Luego me dispuse a dormir, consciente de que no lo haría lo
suficiente durante los próximos días.
Aterrizamos
en Trincomalee poco después de amanecer, y el inmenso y complejo puerto –cuya
geografía jamás he llegado a dominar completamente– era un laberinto de cabos,
islas, canales que se comunicaban entre sí, y dársenas lo bastante amplias como
para acoger a todas las escuadras del mundo. Sobre un promontorio que dominaba
el Océano Indico se veía el enorme edificio blanco de control, de un estilo
arquitectónico un tanto extravagante. La instalación en sí era pura
propaganda... aunque, naturalmente, si uno fuera ruso, tendría que decir
relaciones públicas.
No
es que critique realmente a mis clientes; ellos tienen sus buenas razones para
estar orgullosos del proyecto, que es el más ambicioso plan realizado hasta
ahora para extraer energía térmica del agua. No es la primera vez que se
intenta. El científico francés Georges Claude lo intentó sin éxito hacia 1930,
y se hizo otro ensayo mucho mayor en Abidjan, en la costa occidental de África,
allá por los años cincuenta.
Todos
estos proyectos se basaban en el mismo hecho sorprendente: incluso en los
trópicos, el agua del mar, situada a una milla de profundidad, se encuentra
térmicamente casi en el punto de congelación. En una masa de billones de
toneladas de agua, esta diferencia de temperatura representa una cantidad de
energía colosal, y un precioso reto para los ingenieros de los países que
sufren escasez de energía.
Claude
y sus sucesores habían tratado de extraer esta energía con máquinas de vapor de
baja presión; los rusos habían utilizado un método mucho más simple y más
directo. Desde hace más de un centenar de años, se sabe que en muchos
materiales se establece una corriente eléctrica cuando se calienta uno de sus
extremos y se enfría el otro, y desde 1940 los científicos rusos han estado
trabajando para encontrar una aplicación práctica a este efecto
termo-eléctrico. Sus primeros inventos no dieron grandes resultados... aunque
sí lograron producir corriente suficiente para alimentar miles de radios
mediante el calor de las lámparas de petróleo. Pero en 1974 hicieron un gran
descubrimiento que todavía guardan en secreto. Y aunque he sido yo quien ha
conectado los elementos de potencia en el extremo frío de la instalación, no he
podido verlos, ya que estaban totalmente ocultos bajo una capa de pintura
anticorrosiva. Todo lo que sé es que forman una inmensa parrilla, como un
sinfín de anticuados radiadores de calefacción conectados unos con otros.
Reconocí
muchas caras en el pequeño grupo de personas que se había congregado en la
pista de aterrizaje de Trinco; amigos o enemigos, el hecho es que parecían
alegrarse de verme... especialmente el ingeniero jefe Shapiro.
–Bueno,
Lev –dije, cuando salimos en el coche– ¿Cuál es el problema?
–No
lo sabemos –dijo con franqueza–. A usted le toca averiguarlo... y arreglarlo.
–Pero
¿qué ha pasado?
–Pues
verás, todo funcionaba perfectamente, hasta que hicimos pruebas a plena
potencia –contestó–. La producción eléctrica estaba dentro del cinco por ciento
del margen de error previsto en nuestras estimaciones, hasta la 01:34 de la
madrugada del jueves –torció el gesto; evidentemente esa hora se le había
quedado grabada en el corazón–. Luego el voltaje empezó a oscilar
violentamente; así que cortamos la alimentación y revisamos los contadores.
Pensé que algún patrón idiota había enganchado los cables (ya sabes lo que
hemos trabajado para evitar esa eventualidad), conque encendí los proyectores e
inspeccioné el mar. No había una sola embarcación a la vista. De cualquier
modo, ¿quién iba a querer fondear justamente fuera del puerto en una noche
clara y serena? No podíamos hacer nada, salvo vigilar los aparatos y seguir
comprobando; ya te enseñaré todos los gráficos cuando lleguemos a mi despacho.
Cuatro minutos después se interrumpió el circuito. Naturalmente, localizamos la
avería con toda exactitud; está en la parte más profunda, concretamente
en la parrilla. Tenía que ser ahí, y no en este extremo del sistema –añadió
lúgubremente, señalando hacia la ventana.
En
ese momento pasábamos por el estanque solar: el equivalente a la caldera de una
máquina de vapor convencional. Esta era una idea que los rusos habían copiado
de los israelíes. Consistía simplemente en un estanque poco profundo, cuyo
fondo estaba pintado de negro, el cual contenía una solución concentrada de
sal. Actúa como un eficaz absorbente de calor, y los rayos del sol elevan el
líquido casi a doscientos grados Fahrenheit.. Sumergidas en este estanque se hallaban
las parrillas calientes del sistema termoeléctrico, exactamente a dos brazas de
profundidad. Unos cables macizos las conectaban con mi sección, ciento
cincuenta grados más fría y a tres mil pies de profundidad, que se alojaba en
el cañón submarino que llega hasta la misma bocana del puerto de Trinco.
–¿Han
verificado si ha habido temblores de tierra? –pregunté no muy esperanzado.
–Naturalmente.
El sismógrafo no ha registrado nada.
–¿Y
qué me dicen de alguna ballena? Ya les advertí que podían plantear algún
problema.
Hacía
más de un año, cuando se estaban largando al agua los inmensos conductores, les
había contado a los ingenieros que una vez encontramos un cachalote ahogado
enredado en un cable telegráfico, a media milla de la costa de Sudamérica, Se
conocen una docena de casos similares... pero el nuestro, por lo visto, no era
uno de ellos.
–Esa
fue la segunda eventualidad en la que pensamos a continuación –contestó
Shapiro–. Nos pusimos en contacto con el Departamento de Pesca, con la Marina y
el Ejército del Aire. No hay ballenas en las proximidades de toda la costa.
A
partir de ese momento dejé de hacer conjeturas, por que había oído por
casualidad algo que hizo que me sintiera incómodo. Como a todo suizo, se me dan
bastante bien los idiomas, y he aprendido un poco de ruso. De todos modos, no
hacía falta ser un lingüista para saber qué significaba la palabra sabotash.
La
dijo Dimitri Karpukhin, consejero político del proyecto. No me caía simpático;
ni a los ingenieros, que a veces eran intencionadamente descorteses con él.
Comunista del viejo estilo, de los que no han podido librarse de la sombra de
Stalin, sospechaba de todo, fuera de la Unión Soviética, y de no pocas cosas
dentro de ella. El sabotaje era justamente la clase de explicación que podía
ocurrírsele a él.
Desde
luego, había muchísima gente que no se moriría de pena precisamente si el
Proyecto Energía Trinco fracasaba. Políticamente estaba comprometido en él el
prestigio de la URSS; económicamente suponía billones, dado que si tenían éxito
las plantas hidrotérmicas podrían competir con el petróleo, el carbón, la
energía hidroeléctrica y, especialmente, la energía nuclear.
Si
embargo, yo no podía creer seriamente en un sabotaje; al fin y al cabo la
guerra fría había terminado. Es posible que alguien hubiera hecho un torpe
intento de llevarse una muestra de la parrilla, pero incluso eso parecía poco
probable. Podía contar con los dedos de la mano a las personas que había en el
mundo capaces de llevar a cabo una cosa así, y la mitad de ellas estaban en mi
nómina.
La
cámara subacuática de televisión llegó esa misma tarde, y durante toda la noche
estuvimos cargando aparatos, monitores y más de una milla de cable coaxial a
bordo de la lancha. Cuando salimos del puerto me pareció ver en el muelle una
figura familiar, pero estaba demasiado lejos para identificarla, aparte de que
tenía otras cosas en la cabeza. Si quieren saberlo les diré que no soy buen
marinero; donde realmente me siento a gusto es debajo del agua.
Tomamos
cuidadosamente la marcación del faro circular de la isla, y nos colocamos
exactamente sobre la parrilla. La cámara, autopropulsada, parecida a un
diminuto batiscafo, pasó por encima de la borda; mientras mirábamos por los
monitores íbamos bajando espiritualmente con ella.
El
agua estaba excepcionalmente clara y excepcionalmente vacía; pero a medida que
nos acercábamos al fondo empezamos a encontrar algunas señales de vida. Se
acercó un pequeño escualo y se quedó mirándonos. Luego pasó blandamente una
palpitante burbuja de gelatina, seguida de una cosa parecida a una enorme araña
con cientos de patas que formaban una especie de larga y enmarañada cabellera.
Finalmente apareció a la vista la pendiente del cañón. Estábamos justo sobre el
objetivo, pues se veían los gruesos cables que descendían hacia las
profundidades, exactamente como los había visto en mi revisión final de la
instalación, hacía seis meses.
Puse
en marcha los propulsores de baja potencia y dejé que la cámara descendiera a
lo largo de los cables. Parecían estar en perfectas condiciones, firmemente
sujetos a unos pitones clavados en la roca. Hasta que la cámara no llegó a la
parrilla misma no apareció signo alguno de anomalía.
¿Han
visto ustedes alguna vez el radiador de un coche después de chocar contra una
farola? Bueno, pues había una sección de la parrilla que se parecía mucho a
eso. Algo la había destrozado, como si hubiese ido un loco y se hubiera puesto
a golpearla con una mandarria.
Oí
las exclamaciones de asombro y de ira de las personas que miraban por encima de
mi hombro. Oí murmurar nuevamente la palabra sabotash y por primera vez
empecé a tomarla en serio. La única otra explicación que podía tener sentido
era que se hubiera desprendido alguna laja, pero las laderas del cañón habían
sido revisadas con todo cuidado, precisamente para evitar esta contingencia.
Cualquiera
que fuese la causa, había que reemplazar la parrilla estropeada. Este trabajo
no podía hacerse hasta que no me enviaran el cangrejo –veinte toneladas en
total– desde el arsenal de Spezia, donde se guardaba entre un trabajo y otro.
–Bien
–dijo Shapiro cuando hube finalizado mi inspección visual y fotografiado el
lamentable espectáculo de la pantalla–, ¿cuánto tardará?
Me
negué a comprometerme a una fecha. Lo primero que he aprendido en este oficio
subacuático es que ningún trabajo resulta ser como uno espera. Las estimaciones
de costo y de tiempo no pueden ser nunca seguras, porque hasta que no tienes
mediado el trabajo contratado no sabes con qué te vas a enfrentar.
Mi
cálculo personal era de tres días. Así que dije:
–Si
todo marcha bien puede que no tarde más de una semana.
Shapiro
soltó un gemido.
–¿No
puede hacerlo en menos tiempo?
–No
quiero desafiar a la fatalidad haciendo promesas precipitadas. De todos modos,
eso supone un margen de dos semanas hasta la fecha tope.
Tenía
que contentarse con eso; sin embargo, durante todo el trayecto de regreso a
puerto no hizo más que protestar. Cuando llegamos, encontró otra cosa en qué
pensar.
–Buenos
días, Joe –dije al hombre que estaba todavía aguardando pacientemente en el
muelle–. Me pareció reconocerte al salir. ¿Qué haces tú aquí?
–Iba
a hacerte la misma pregunta.
–Será
mejor que hables con mi patrón. Ingeniero jefe Shapiro, le presento a Joe
Watkins, corresponsal científico del Times.
La
respuesta de Lev no fue precisamente cordial. Normalmente no había nada que le
gustara tanto como charlar con los periodistas, que llegaban a un promedio de
uno por semana. Ahora, como la fecha de inauguración estaba próxima, le
lloverían de todas partes. Incluso, naturalmente, de Rusia. Pero en el momento
presente, la agencia Tass sería tan mal recibida como el Times.
Era
divertido ver cómo Karpukhin se hacía cargo de la situación. A partir de ese
momento Joe tuvo constantemente pegado a él, como guía, filósofo u compañero de
copeo, a un afable joven de relaciones públicas, llamado Sergei Markov. A pesar
de todos los esfuerzos de Joe, los dos fueron inseparables. Mediada la tarde,
cansado tras una larga conferencia en el despacho de Shapiro, me uní a ellos y
fuimos a comer, tarde ya, a la casa–restaurante del gobierno.
–¿Qué
está ocurriendo aquí, Klaus? –preguntó Joe ansiosamente–. Huele a dificultades,
pero nadie admite nada.
Me
puse a revolver el curry, tratando de separar las partes inofensivas de aquellas
que podían hacerme saltar la tapa de los sesos.
–No
esperarás que me ponga a discutir sobre los asuntos de mis clientes
–contesté.
–Cuando
te encargaste de la supervisión del dique de Gibraltar –me recordó Joe–, eras
bastante comunicativo.
–Bueno
sí –admití–. Y te agradezco el artículo elogioso que me dedicaste. Pero esta
vez hay secretos técnicos por medio. Yo... bueno... estoy realizando los
últimos ajustes para mejorar el rendimiento del sistema.
Cosa
que, naturalmente, era verdad; esperaba elevar el rendimiento del sistema, cuyo
valor actual era exactamente el de cero.
–Ejem
–dijo Joe sarcásticamente–. Muchísimas gracias.
–En
fin –dije, tratando de desviar la conversación–. ¿Cuál es tu última teoría
disparatada?
Como
escritor científico altamente competente, Joe tenía una afición particular por
lo raro y lo improbable. Puede que ésta fuera una forma de evasión; me he
enterado casualmente de que escribe también relatos de ciencia–ficción, aunque
lo oculta muy bien ante sus jefes. Tienen una secreta afición al espiritismo y
la parapsicología y los platillos volantes, pero su verdadera especialidad son
los continentes perdidos.
–Estoy
trabajando en un par de ideas –admitió–. Se me ocurrieron mientras hacía
indagaciones sobre este asunto.
–Sigue
–dije, sin atreverme a levantar la vista del análisis de mi curry.
–El
otro día me tropecé con un mapa (trazado por Ptolomeo, por si te interesa) de
Ceilán. Me recordaba otro viejo mapa de mi colección, y lo saqué. Tenía la
misma montaña central, la misma distribución de los ríos en su recorrido hasta
el mar. Pero este mapa era de Atlantis.
–¡Oh,
no! –exclamé–. La última vez que nos vimos estuviste convenciéndome de que la
Atlántida era la cubeta occidental del Mediterráneo.
Joe
hizo un gesto simpático.
–Podía
estar equivocado, ¿no? En todo caso, tengo una prueba mucho más sorprendente.
¿Cuál es el viejo nombre nacional de Ceilán... y de los modernos cingaleses, en
definitiva?
Me
quedé pensando un segundo, y luego exclamé:
¡Cielo
santo! Lanka, por supuesto. Lanka... Atlantis –se me enredaron los nombres en
la lengua.
–Exactamente
–dijo Joe–. Pero no bastan dos claves, por sorprendentes que sean, para
sustentar enteramente una teoría; y eso es todo cuanto tengo de momento.
–Qué
lástima –dije, auténticamente decepcionado–. ¿Y tu otro proyecto?
–Ese
te va a dejar sentado –contestó Joe con presunción.
Hurgó
en la baqueteada cartera que siempre llevaba consigo y sacó un mazo de papeles.
–Ocurrió
a sólo ciento ochenta millas de aquí, hace más de un siglo. La fuente de información,
como verás, es la mejor que existe.
Me
tendió una fotocopia de una página del Times de Londres, que databa del
4 de julio de 1874. Me puse a leerla sin mucho entusiasmo, porque Joe siempre
estaba sacando a relucir recortes de periódicos antiguos, pero mi falta de
interés no tardó mucho en desaparecer.
En
pocas palabras –me habría gustado transcribirla aquí literalmente, pero si
quieren más detalles, su biblioteca local puede enviarle un facsímil en diez
segundos–, el artículo contaba cómo la goleta Pearl había zarpado de
Ceilán a primeros de mayo de 1874, y luego había hecho escala en la bahía de
Bengala. El 10 de mayo, poco antes de la caída de la noche, apareció un enorme
calamar a media milla de la goleta, y el insensato capitán abrió fuego con su
fusil.
El
calamar nadó directamente hacia la Pearl, agarró los mástiles con sus
tentáculos y tiró de la nave hacia sí. La goleta se hundió en cuestión de
segundos, arrastrando a dos miembros de su tripulación. Los demás fueron
rescatados porque dio la casualidad de que el vapor de P. y O., el Strathowen,
estaba a la vista y presenció la escena.
–Bueno
–dijo Joe, cuando lo hube leído por segunda vez–. ¿Qué te parece?
–No
creo en los monstruos marinos.
–El
Times de Londres –contestó Joe– no tiene tendencia al sensacionalismo
periodístico. Y los calamares gigantes existen, aunque los más grandes de que
se tienen noticias son animales endebles y blancos, y no llegan a pesar más de
una tonelada, aun cuando sus patas pueden tener unos cuarenta pies de longitud.
–¿Y
qué? Un animal así no es capaz de hacer naufragar una goleta de ciento
cincuenta toneladas.
–Cierto...
pero hay una infinidad de pruebas de que el susodicho calamar gigante es
meramente un calamar de gran tamaño. Puede haber decápodos marinos realmente
gigantescos. En fin, un año después del incidente de la Pearl vieron un
cachalote frente a las costas del Brasil, debatiéndose entre unos anillos
descomunales que finalmente se lo llevaron a las profundidades. El relato de
este incidente lo puedes encontrar en el Illustrated London News del
veinte de noviembre de mil ochocientos setenta y cinco. Luego, por supuesto,
tienes ese capítulo de Moby Dick...
–¿Qué
capítulo?
–Pues
el que se titula El calamar. Sabemos que Melville era un observador muy
minucioso... aunque en esa ocasión dejó correr la pluma. Describe cómo un día
de calma surgió del mar una enorme masa blanca como una capa de nieve recién
caída de los montes. Y el hecho sucedía aquí, en el Océano Indico, quizá unas
mil millas al sur del naufragio de la Pearl. Las condiciones
meteorológicas eran idénticas, tenlo en cuenta.
–Lo
que los hombres del Pequod vieron flotar en el agua, me sé este pasaje
de memoria, porque lo he estudiado cuidadosamente, era una inmensa masa
pulposa, de una longitud y anchura de varios estadios, de un color crema
tornasolado e innumerables patas largas que partían de su centro, curvándose y
retorciéndose como un nido de anacondas.
–Un
momento –dijo Sergei, que había estado escuchándolo todo extasiado–. ¿Qué es un
estadio?
Joe
pareció sentirse ligeramente en un aprieto.
–De
hecho, es un octavo de milla... unos seiscientos sesenta pies –levantó la mano
para detener nuestra carcajada de incredulidad–. Bueno, estoy seguro de que
Melville no lo decía en sentido literal. El era un hombre que se tropezaba a
diario con cachalotes, y echó mano al azar de una unidad de longitud para
describir algo mucho mayor. Así que, maquinalmente, saltó de las brazas a los
estadios. Esa es, al menos, mi teoría.
Aparté
las porciones intocables de mi curry.
–Si
crees que me has hecho sentirle miedo a mi trabajo –dijo– te equivocas de medio
a medio. Pero te prometo una cosa: que cuando me encuentre con un calamar
gigante le voy a cortar un tentáculo y me lo voy a traer de recuerdo.
Veinticuatro
horas más tarde me hallaba instalado en el interior del cangrejo, y descendía
lentamente hacia la parrilla estropeada. No hubo forma de mantener el trabajo
en secreto; Joe se había instituido en interesado espectador, y lo contemplaba
desde una lancha próxima a la nuestra. Ese problema era de los rusos, no mío;
sugerí a Shapiro que le pusieran al corriente, pero esto, como es natural, fue
prohibido por la recelosa mente eslava de Karpukhin. Uno casi podía
imaginárselo pensando: ¿Por qué aparece aquí un periodista americano,
precisamente en este momento?, e ignorar la evidente respuesta de que
Trincomalee era actualmente una gran noticia.
No
hay absolutamente nada realmente emocionante o fascinante en los trabajos
submarinos... si se realizan como es debido. Lo excitante implica ausencia de
previsión, y eso significa incompetencia. Los incompetentes no duran demasiado
en mi oficio, ni tampoco los que buscan experiencias fascinantes. Yo me puse a
trabajar con la misma emoción que experimenta un fontanero al arreglar el
canalón de un edificio.
Las
parrillas estaban proyectadas de manera que tuviesen un mantenimiento fácil,
dado que más tarde o más temprano tenían que ser reemplazadas. Por ventura, no
estaba dañada ninguna de las espigas, y las tuercas salieron con facilidad al
desenroscarlas con la llave inglesa. Luego puse en marcha los gráficos de
trabajos pesados y quité la parrilla estropeada sin la menor dificultad.
Es
una mala táctica el darse prisa en un trabajo subacuático. Si intentas ir
demasiado deprisa corres el riesgo de cometer muchos errores. Y si las cosas
marchan viento en popa y terminas en un día un trabajo que has dicho que
tardaría una semana, el cliente pensará que no vale todo lo que has pedido por
él. Aunque yo estaba convencido de que podía sustituir la parrilla esa misma
tarde, subí a la superficie detrás de la parrilla estropeada y di por terminada
mi jornada de trabajo.
Se
llevaron el termo-elemento para someterlo a una autopsia, y yo me pasé el resto
de la tarde huyendo de Joe. Trinco es un pueblecito pequeño, pero me las
arreglé para evitar su compañía por el procedimiento de meterme en el cine y
estarme sentado varias horas, viendo una interminable película tamil, en la que
tres generaciones sucesivas sufrían idénticas crisis familiares de
desplazamiento de personalidad, alcoholismo, deserción, muerte y demencia, en
technicolor y con la banda sonora a todo volumen.
A
la mañana siguiente, poco después de amanecer y a pesar de que tenía un ligero
dolor de cabeza, me encontraba en el lugar (lo mismo que Joe y que Sergei, los
cuales habían decidido pasar un plácido día de pesca). Les saludé alegremente
con la mano mientras me metía en el cangrejo, y luego la grúa me fue bajando
suavemente por el costado. Por el otro costado, donde Joe no podía verlo,
arriaron la parrilla de substitución. Unas cuantas brazas más abajo la solté de
la cabria y la bajé al fondo de la fosa de Trinco, donde, sin la menor
dificultad, quedó instalada a media tarde. Antes de volver a la superficie,
había repasado las tuercas, las soldaduras de los conductores, y los ingenieros
de la costa habían completado sus pruebas de conexión. De nuevo me encontraba
en cubierta, el sistema estaba funcionando una vez más, todo había vuelto a la
normalidad, e incluso Karpukhin sonreía... Hasta que se paraba a preguntarse lo
que nadie había sido capaz de contestar.
Yo
sostenía aún la teoría de que había sido el desprendimiento de alguna laja... a
falta de otra mejor. Y esperaba que la aceptaran los rusos, y que,
consiguientemente, acabaran los fingimientos y disimulos con Joe.
Me
di cuenta de que no era así cuando Shapiro y Karpukhin vinieron a verme con las
caras largas.
–Klaus
–dijo Lev–, queremos que baje usted otra vez.
–De
ustedes es el dinero –repliqué–. Pero ¿para qué quieren que baje?
–Hemos
examinado la parrilla estropeada y falta una sección del termo-elemento.
Dimitri cree que... que alguien... la ha roto deliberadamente y se la ha
llevado.
–Entonces
han hecho un mal trabajo –contesté–. Les puedo asegurar que no ha sido ninguno
de mis hombres.
Era
peligroso hacer esa clase de chistes en presencia de Karpukhin, y a nadie le
hizo gracia. Ni a mí; porque yo ya empezaba a sospechar que Karpukhin tenía una
idea en la cabeza.
El
sol se estaba ocultando cuando inicié mi última inmersión a la Sima de Trinco,
pero el anochecer no tiene importancia alguna en esas profundidades. Hasta los
dos mil pies hice el descenso sin luces porque me gusta contemplar las
criaturas luminosas de la mar, resplandecientes y fluctuantes en la obscuridad,
huyendo veloces como cohetes, a veces, de la ventana de observación. En esta
masa líquida no había peligro de colisión; de todos modos, tenía un proyector
de sonar panorámico, muchísimo más eficaz que mis propios ojos.
Al
llegar a las cuatrocientas brazas me di cuenta de que ocurría algo. El fondo
estaba a punto de aparecer a la vista según el sondador vertical... pero la
aproximación era demasiado lenta El promedio de descenso era excesivamente
bajo. Podía aumentarlo fácilmente inundando otro tanque de flotación... pero no
me decidí a hacerlo. En mi trabajo, cualquier cosa que se salga de lo corriente
ha de tener su explicación; he salvado la vida tres veces por haber esperado a
encontrarla.
El
termómetro me dio la respuesta. La temperatura exterior era cinco grados más
elevada de lo que debía ser, y siento decir que tardé cinco segundos en
comprender por qué.
Sólo
a un centenar de pies por debajo de mí, la parrilla reparada funcionaba ahora a
pleno rendimiento, produciendo megavatios de calor al tratar de equilibrar la
diferencia de temperatura entre la Sima de Trinco y el estanque solar de la
superficie. No se llegaría a establecer ese equilibrio, por supuesto; pero en
el intento se generaba electricidad... y yo estaba siendo arrastrado hacia arriba
por el géiser de agua caliente que se producía como efecto secundario.
Una
vez en la parrilla, me resultaba enormemente difícil mantener el cangrejo en
posición estable debido a la corriente ascendente, y al penetrar el calor en la
cabina, empecé a sudar incómodo. El exceso de calor en el fondo del mar era una
experiencia nueva; así como la visión, casi de espejismo, que producía el agua
ascendente, la cual hacía danzar y temblar las luces de mis proyectores sobre
la pared de roca que estaba inspeccionando.
Imagínenme
con las luces resplandecientes en medio de una obscuridad de quinientas brazas,
descendiendo lentamente por la pendiente del cañón, que en este lugar se
inclinaba como el tejado de una casa. El termo-elemento que faltaba –si es que
estaba aún por allí– no podía haber ido a parar muy lejos, antes de detenerse.
O lo encontraba en diez minutos o no lo encontraría jamás.
Tras
una hora de búsqueda había encontrado varias bombillas rotas (es asombrosa la
cantidad de bombillas que arrojan los barcos a la mar... los fondos marinos
están llenos de ellas, una botella de cerveza vacía (el mismo comentario) y una
bota flamante. Eso fue lo último que encontré, porque a continuación me di
cuenta de que no estaba solo.
Yo
nunca apago el sonar, y aunque no me esté moviendo, reviso la pantalla a cada
instante para comprobar la situación general. En este momento, la situación era
que un objeto de grandes dimensiones –del tamaño del cangrejo por lo menos– se
aproximaba por el Norte. Cuando lo localicé, se hallaba a la distancia de unos
quinientos pies, y se acercaba lentamente. Apagué mis luces, silencié los
propulsores que tenía en marcha y seguí moviéndome a escaso régimen para
mantenerme en agua turbulenta, dejándome llevar por la corriente.
Aunque
me sentí tentado de llamar a Shapiro para comunicarle que tenía compañía,
decidí esperar a tener más información. Sólo había tres naciones que poseían
naves de inmersión capaces de operar a esta profundidad, y yo estaba en
excelentes relaciones con todas ellas. No debía apresurarme demasiado, si no
quería verme involucrado en complicaciones políticas innecesarias.
A
pesar de que me sentía ciego sin el sonar, no quería delatar mi presencia, así
que lo desconecté de mala gana y confié en mis ojos. Cualquiera que quisiese
operar a estas profundidades tenía que utilizar luces, y yo las vería venir
mucho antes de que él me viera a mí. Así que esperé en mi pequeña cabina
caliente, silenciosa, forzando los ojos en la obscuridad, tenso y alerta,
aunque no estaba particularmente preocupado.
Primero
vi un resplandor difuso a una distancia indeterminada. Se fue haciendo más
grande y más brillante, aunque no adquirió ninguna forma que mi conciencia
pudiera reconocer. El vago resplandor se concentró en una miríada de puntitos,
hasta que adquirió el aspecto de una constelación que venía navegando hacia mí.
Así podían parecer las nubes de estrellas de la galaxia, vistas desde algún
mundo cercano al corazón de la Vía Láctea.
No
es cierto que los hombres se asusten ante lo desconocido; pueden tener miedo
sólo de lo que conocen, de lo que ya han experimentado. Yo no tenía ni idea de
qué era lo que se estaba acercando, pero ninguna criatura marina podría
tocarme, estando en el interior de un buen blindaje de seis pulgadas de
fabricación suiza.
La
cosa aquella estaba casi encima de mí, brillando con una luz de su propia
creación, cuando se escindió en dos nubes separadas. Y lentamente fueron
penetrando en el foco, no de mis ojos, sino de mi entendimiento, y comprendí
que la belleza y el terror surgían del abismo para alzarse en contra mía.
Lo
primero que sentí fue el terror al descubrir que las bestias que se acercaban
eran calamares; y en mi cerebro comenzaron a reverberar todas las historias de
Joe. Luego, con una considerable sensación de desencanto, me di cuenta de que
tenían solamente unos veinte pies de largo... eran un poco más grandes que el
cangrejo, y tenían sólo una fracción de su peso. No podían hacerme daño alguno.
Y al margen completamente de eso, su indescriptible belleza les privaba de toda
apariencia de amenaza.
Esto
suena ridículo, pero es cierto. En mis viajes he visto casi todos los animales
de este mundo, pero ninguno podía competir con las luminosas apariciones que
ahora flotaban ante mí... Las luces de colores, variando cada segundo,
palpitaban y danzaban a lo largo de sus cuerpos, dándoles el aspecto de estar
cubiertos de joyas. Había zonas que refulgían en un brillante tono azul, como
vacilantes arcos de mercurio, que cambiaban luego, transformándose casi
instantáneamente en un encendido rojo de neón. Los tentáculos semejaban filas
de cuentas luminosas arrastradas por el agua, o hileras de luces, como las de
las autopistas cuando se ven desde el cielo en plena noche. Apenas visible
contra esta luminosidad de fondo, destacaban los ojos enormes, pavorosamente
humanos e inteligentes, cada uno rodeado de una diadema de brillantes perlas.
Lo
siento, pero eso es lo más que puedo hacer. Sólo la cámara cinematográfica
podría hacer justicia a estos calidoscopios vivientes. No sé cuánto tiempo
estuve contemplándolos; y tan fascinado estaba por su luminosa belleza, que
casi había olvidado mi misión. Era evidente que aquellos tentáculos, delicados
como flagelos, no podían haber roto la parrilla. Sin embargo, la presencia de
estas criaturas aquí era, cuando menos, muy extraña. Karpukhin la habría
calificado de sospechosa.
Iba
a llamar a la superficie cuando vi algo increíble. Lo había tenido todo el
tiempo delante de los ojos, pero no me había dado cuenta hasta ahora.
Los
calamares estaban hablando entre sí.
Esos
trazos luminosos y evanescentes no iban y venían al azar. Había en ellos tanta
intencionalidad como los anuncios luminosos de Broadway o de Piccadilly. Cada
pocos segundos componían una imagen que casi tenía un sentido, pero se
desvanecía antes de que yo pudiese interpretarla. Yo sabía, naturalmente, que
hasta el pulpo más vulgar manifiesta sus emociones mediante rápidos cambios de
irisaciones... pero esto pertenecía a un orden muy superior. Era una auténtica
comunicación: aquí se trataba de dos anuncios eléctricos vivientes que se
enviaban mensajes uno a otro.
Cuando
vi una inequívoca representación del cangrejo se desvanecieron todas. mis
dudas. Aunque no soy hombre de ciencia, en ese momento experimenté los
sentimientos de un Newton o un Einstein en el momento de presenciar una
revelación. Esto me haría famoso...
Luego
cambió la imagen de la manera más extraña. Apareció el cangrejo nuevamente,
pero un tanto más pequeño. Y junto a él, mucho más pequeños aún, había dos
objetos de lo más peculiares. Cada uno consistía en un par de puntos rodeados
por una silueta compuesta de diez líneas radiales.
Ahora
es cuando pensé que a los suizos se nos dan bien los idiomas. Sin embargo, no
se requería una inteligencia excepcional para inferir que se trataba de la
imagen del calamar percibida por sus propios ojos, y que lo que yo veía no era
ni más ni menos que el esbozo rudimentario de la situación. Pero ¿por qué la
dimensión absurdamente pequeña de los calamares?
No
tuve tiempo de ponerme a averiguarlo, porque en seguida sobrevino otro cambio.
Un tercer símbolo de calamar apareció en dicha pantalla viviente... y esta vez
era enorme, hasta el punto de empequeñecer por segundos en la noche eterna.
Luego, la criatura que lo había reflejado desapareció a increíble velocidad y
me dejó solo con su compañero.
Ahora
el significado estaba demasiado claro. ¡Dios mío! –me dije– se han dado cuenta
de que no pueden conmigo y han ido a buscar al hermano mayor.
Y
yo tenía ya más una prueba de lo que era capaz el hermano mayor, más patente
aún que todas las de Joe Watkins con sus investigaciones y sus recortes de
periódico.
Ese
fue el momento –no les sorprenderá oírlo– en que decidí no permanecer allí ni
un minuto más. Pero antes de marcharme se me ocurrió que podía intentar
hablarles yo también.
Después
de estar tanto tiempo a obscuras había olvidado la potencia de mis luces. Me
hicieron daño a los ojos, y debió ser angustioso para el desdichado calamar.
Traspasado por este resplandor intolerable, su propia iluminación se apagó
completamente, perdió toda su belleza, y se convirtió en una pálida bolsa de
gelatina con dos negros botones por ojos. Por un momento pareció quedarse
paralizado de estupor; luego salió disparado en pos de su compañero, mientras
yo iniciaba mi ascensión hacia la superficie, para volver a un mundo que ya no
sería jamás el mismo.
–He
encontrado a su saboteador –le dije a Darpukhin, cuando abrieron la escotilla
del cangrejo–. Si quiere saber todo lo referente a él pregúntele a Joe Watkins.
Dejé
que Dimitri sudara unos segundos, mientras yo disfrutaba viendo su expresión.
Luego le di mi informe brevemente redactado.
Le
di a entender –sin decirlo expresamente– que los calamares que había visto eran
lo suficientemente grandes como para haber hecho todo ese daño; pero no dije
nada sobre la conversación que presencié. Eso sólo habría suscitado la
incredulidad. Además, necesitaba tiempo para pensar en este asunto y atar
cabos... si podía.
Joe
me ha sido de gran ayuda, aunque él no sabe todavía más que los rusos. Me ha
contado lo maravillosamente desarrollado que tienen el sistema nervioso los
calamares, y me ha explicado que algunos pueden cambiar su aspecto en un abrir
y cerrar de ojos mediante impresiones tricolores instantáneas, gracias a la extraordinaria
red de cromóforos que recubre sus cuerpos. Probablemente, esto dio origen a un
camuflaje; pero parece natural –e inevitable– que acabara constituyendo un
sistema de comunicación.
Pero
hay una cosa que preocupa a Joe.
–¿Qué
estaban haciendo alrededor de la parrilla? –sigue preguntándome quejumbroso–.
Son invertebrados de sangre fría. Lo primero sería que no les gustara el calor,
del mismo modo que sienten aversión a la luz.
Eso
es lo que desconcierta a Joe; en cambio a mí no. Efectivamente, creo que esa es
la clave de todo el misterio.
Esos
calamares, ahora estoy seguro, están en la fosa de Trinco por la misma razón de
que hay hombres en el polo sur... o en la Luna. La pura curiosidad científica
les ha hecho salir de sus frías regiones, para investigar este géiser de agua
caliente que emana de las paredes del cañón. Aquí existe un fenómeno extraño e
inexplicable... el cual, posiblemente, amenaza su forma de vida. Así que han
enviado a su gigantesco primo (¿un criado?, o ¡un esclavo!) para que les traiga
una muestra que someterán a examen. No puedo creer que esperen entenderlo; al
fin y al cabo ningún científico de la Tierra lo habría entendido hace sólo un
centenar de años. Pero lo están intentando, y eso es lo que importa.
Mañana
empezaremos a tomar medidas preventivas. Voy a bajar a la fosa de Trinco para
instalar grandes focos de luz; Shapiro espera que estas luces mantengan a los
calamares alejados de la bahía. Pero ¿cuánto tiempo dará resultado esta
argucia, si hay una inteligencia en las profundidades que está despertando?
Mientras
grabo esto, estoy sentado aquí, al pie de las antiguas murallas de Fuerte
Federico, mirando cómo se eleva la Luna sobre el océano Índico. Si todo marcha
bien, servirá de preámbulo al libro que Joe me ha insistido que escriba. Si
no... Oye, Joe, te hablo a ti ahora. Publícalo como a ti te parezca; y os pido
mil perdones a ti y a Lev por no haberos dado a conocer todos los hechos antes.
Ahora comprenderéis por qué.
Pase
lo que pase, recordad esto; son unas criaturas hermosas, maravillosas; tratad
de llegar a un acuerdo con ellas, si podéis.
Para:
Ministerio de Energía Eléctrica, Moscú.
De:
Lev Shapiro, ingeniero jefe del Proyecto de Energía Termoeléctrica de
Trincomalee.
Se
adjunta transcripción completa de la grabación hallada entre los efectos
personales de Herr Klaus Muller, después de su última inmersión. Estamos muy
agradecidos a Mr. Joe Watkins, del Times, por su ayuda en el esclarecimiento de
varios puntos.
Se
recordará que el último mensaje inteligible de Herr Muller iba dirigido a Mr.
Watkins, y decía lo siguiente:
–¡Joe!
¡Tenías razón en lo de Melville! Es una criatura absolutamente gigan...
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