La
niebla se arremolinaba lentamente a su alrededor, empujada por un fuerte
movimiento propio, pues naturalmente no hacía viento. Flotaba formando densas
vueltas y espirales tóxicas; subía y bajaba; las luces de las farolas de la
calle y los faros de los automóviles no lograban penetrarla, aunque aquí y allá
algún escaparate grande formaba manchas de luz tenue sobre su cortina en
perpetuo movimiento.
A
O'Reilly le dolían y escocían los ojos debido al incesante esfuerzo de ver a un
pie más allá de su rostro. El nervio óptico se cansaba, y la visión, por
consiguiente, era cada vez menos precisa. Al avanzar cautelosamente arrastrando
los pies a través de la sofocante oscuridad, tosió. Sólo el ahogado ruido del
lento tráfico le persuadía de que se encontraba realmente en una ciudad
populosa; esto y las vagas sombras de figuras que iban a tientas, enormemente
aumentadas, que surgían súbitamente para desaparecer de nuevo, al avanzar a
tientas pulgada a pulgada hacía destinos inciertos.
Sin
embargo, las figuras eran seres humanos; eran reales. Al menos sabía eso. Oía
sus voces apagadas, ahora cercanas, ahora lejanas, siempre extrañamente
sofocadas. También oía el golpeteo de numerosos bastones que buscaban
barandillas o el bordillo. Estas formas fantasmagóricas representaban gente
viva. No estaba solo.
Lo que
le obsesionaba era el temor a encontrarse completamente solo, pues todavía era
incapaz de cruzar un espacio abierto sin ayuda. Tenía la resistencia fisica,
era el cerebro lo que le fallaba. A mitad del camino podría invadirle el
pánico, se estremecería completamente, se disolvería su voluntad, gritaría
pidiendo ayuda, correría furiosamente -probablemente en medio del tráfico- y,
como decían en su patria, al norte de Ontario, "le daría un ataque"
en la calle frente a unas ruedas que se le acercaran. Todavía no estaba curado
por completo, aunque en condiciones normales estaba bastante seguro, tal como
le había confirmado el Dr. Henry.
Cuando
una hora antes tomó el metro en Regent's Park el aire era claro, el sol de
noviembre lucía brillante, el cielo azul claro estaba despejado y la presunción
de que podría cruzar la ciudad de Londres solo estaba justificada. Al día
siguiente tenía que partir para Brighton a pasar la última semana de
convalecencia; esta prueba preliminar de su fortaleza en una brillante tarde de
noviembre iba a serle beneficiosa. El doctor Henry le dio instrucciones precisas:
"Cambie en Piccadilly Circus -sin dejar la estación del metro, recuerde- y
salga en South Kensington. Ya tiene la dirección de su amiga del Departamento
de Ayuda Voluntaria. Tome su taza de té con ella y luego regrese de la misma
manera a Regent's Park. Regrese antes de que oscurezca, lo más tarde a las
seis. Es mejor". Le había explicado los giros que tenía que hacer al
abandonar la estación, tantos a la derecha y tantos a la izquierda; era algo
confuso, pero la distancia era corta. "Siempre puede preguntar. Es
imposible que se equivoque".
Sin
embargo, la inesperada niebla desdibujaba estas instrucciones, que en su
cerebro se convirtieron en un confuso revoltijo. La imposibilidad de ver
externamente reaccionó en su memoria. Además, la D. A. V. le había advertido de
que su dirección "no era fácil de encontrar la primera vez". La casa
se encontraba en un lugar retirado. ¡Pero con su sentido de la orientación en
zonas poco habitadas probablemente lo conseguiría mejor que cualquier
londinense! Tampoco ella había calculado la niebla.
Cuando
O'Reilly subió las escaleras de la estación de South Kensington, emergió a una
oscuridad tan tenebrosa que pensó que todavía estaba bajo tierra. A su
alrededor se extendía un mundo impenetrable. Solamente un pequeño claro en la
húmeda atmósfera le indicó que se encontraba a cielo abierto. Durante algún
rato se quedó quieto y mirando -un soldado canadiense, con su hogar entre
espacios claros y brillantes, cara a cara ahora por vez primera en su vida con
aquella cosa sobre la que había leído tan a menudo- la horrible niebla de
Londres. Con sorpresa y el más vivo interés "disfrutó" del nuevo
espectáculo durante unos diez minutos, mirando cómo la gente llegaba y se
desvanecía, y preguntándose por qué las luces de la estación se apagaban
completamente en el instante en que tocaban la calle; después, con sentido de
aventura -que le costó un esfuerzo-, abandonó el edificio cubierto y se
sumergió en el opaco mar.
Repitiéndose
las instrucciones que había recibido -primera a la derecha, segunda a la
izquierda, otra vez a la izquierda y así sucesivamente- comprobaba cada giro
asegurándose de que era imposible equivocarse. Hizo progresos correctos aunque
lentos, hasta que alguien chocó con él y le hizo una pregunta repentina y
sorprendente.
-¿Sabe
usted si voy bien para la estación de South Kensington?
Fue lo
imprevisto lo que le sorprendió; un momento no había nadie, al siguiente
estaban cara a cara, otro momento y el extraño había desaparecido en la
oscuridad tras dar cortésmente las gracias. Pero el pequeño sobresalto de la
interrupción le había perturbado la memoria. Ya había doblado dos veces hacia
la derecha, ¿O no? O'Reilly se dio cuenta repentinamente de que había olvidado
sus instrucciones memorizadas. Se quedó quieto haciendo arduos esfuerzos para
recuperarse, pero cada esfuerzo le dejaba más inseguro que antes. Cinco minutos
después estaba perdido y tan desesperado como un habitante de la ciudad que
sale de su tienda en un bosque sin hacer marcas en los árboles para poder encontrar
el camino de regreso. Incluso el sentido de la dirección, tan fuerte en él
entre los bosques de su tierra, había desaparecido por completo. No había
estrellas, no había viento, ni olor, ni ruido de agua que corre. En ningún lado
había nada que pudiera guiarle, nada sino ocasionales contornos confusos, el
caminar a tientas, arrastrando los pies, el aparecer y desaparecer en la
arremolinada niebla, pero raramente a una distancia para poder hablar ni, mucho
menos, tocar. Estaba completamente perdido; más aún, estaba solo.
Pero a
pesar de todo no completamente solo, la cosa que más le aterrorizaba. En
su inmediata cercanía todavía había figuras. Surgían, se desvanecían,
reaparecían, se disolvían. No, no estaba completamente solo. Veía esos
espesamientos de la niebla, oía sus voces, el sonido de sus cautelosos
bastones, y también sus pies que se arrastraban. Eran reales. Se movían,
parecía, en círculo alrededor de él, sin acercarse demasiado.
-Pero
son reales -se dijo en voz alta, traicionando el punto débil de su coraza-. Sí,
son seres humanos. Estoy seguro de ello.
Nunca
había discutido con el Dr. Henry -deseaba recuperarse; había obedecido
implícitamente, creyendo todo lo que el doctor le decía- sobre ningún punto.
Pero siempre había tenido su propia idea acerca de estas "figuras",
porque entre ellas estaban bastante a menudo sus propios compañeros del horror
de Somme, Gallipoli, de Mespot también. ¡Y debía conocer a sus compañeros
cuando los veía! Al mismo tiempo sabía muy bien que había sufrido un
"shock", que su ser se había dislocado, como si se hubiera disuelto a
medias y su sistema se hubiera desequilibrado de tal manera que su registro se
había vuelto impreciso. Cierto. Comprendía eso perfectamente. Pero, en ese
shock y esa dislocación, ¿no habría adquirido posiblemente otro mecanismo? ¿No
habría huecos y bordes rotos, piezas que ya no encajaban, ajustadas como
siempre, intersticios, en una palabra? Sí, esa era la palabra: intersticios.
¿Fisuras, por decirlo así, entre su percepción del mundo exterior y su
interpretación interna del mismo? ¿Entre los diversos estados de conciencia,
que generalmente encajaban tan perfectamente que las uniones eran normalmente
imperceptibles?
Su
estado, lo sabía bien, era anormal; pero, ¿eran irreales sus síntomas de este
relato? ¿No podrian ser utilizados estos "intersticios" por... otros?
Cuando veía sus "figuras", solía preguntarse: "¿No son éstos los
reales y los otros -los seres humanos- los irreales?"
Ahora
esta pregunta revivía en él con una nueva intensidad. ¿Eran reales o irreales
estas figuras que veía en la niebla? El hombre que le había preguntado el
camino hacia la estación, ¿no era, después de todo, simplemente una sombra?
Utilizando
su bastón y sus pies y la poca visión que le quedaba, supo que se encontraba en
una isla. A su lado se erigía recta y sólida una farola que proyectaba su débil
mancha de luz tenue. Sin embargo, había también barandillas metálicas, y eso le
sorprendía, pues su bastón golpeaba las barras metálicas formando claramente
una sucesión. Y en una isla no debía de haber barandillas. A pesar de todo,
estaba completamente seguro de que había cruzado un terrible espacio abierto
para llegar a donde estaba. Su confusión y aturdimiento aumentaban con
peligrosa rapidez. El pánico no estaba lejos.
Ya no
estaba en un trayecto de autobús. Algún taxi pasaba muy despacio
ocasionalmente, como una mancha blanquecina en la ventanilla que mostraba un
preocupado rostro humano; de vez en cuando pasaba una camioneta o un carro, con
el carretero llevando una linterna para que el caballo no tropezara. Esto le
confortaba, por raros que parecieran. Pero eran las figuras lo que más le
llamaba la atención. Estaba completamente seguro de que eran reales. Eran seres
humanos como él.
Por
todo esto, decidió que en este punto también podria ser positivo. Por
consiguiente, eligió una, un hombre corpulento que surgió repentinamente de la
misma tierra frente a él.
-¿Puede
indicarme el camino hacia Morley Place? -preguntó.
Pero
su pregunta fue ahogada por la que le hizo simultáneamente el otro con voz
mucho más fuerte que la suya.
-¿Sabe
si voy bien para la estación del metro? Estoy completamente perdido. Busco South Kent.
Y en
el momento en que O'Reilly había señalado la dirección de la que él procedía,
el hombre ya se había marchado de nuevo, borrado, tragado, ni siquiera sus
pasos eran audibles, como si -parecía de nuevo- nunca hubiera estado allí.
Esto
le dejó una impresión muy desagradable, un sentido de aturdimiento mayor que
antes. Esperó cinco minutos sin atreverse a dar un paso y luego lo intentó con
otra figura, ésta una mujer, quien, afortunadamente, conocía perfectamente los
alrededores. Le dio instrucciones detalladas de la manera más amable posible y
luego se desvaneció con increíble rapidez y facilidad en el mar de oscuridad.
La manera instantánea cómo se había desvanecido era descorazonadora,
inquietante: fue misteriosamente abrupta y repentina. Pero sin embargo le
confortó. Según la versión de ella, Morley Place estaba a menos de doscientas
yardas de donde se encontraba. Empezó a avanzar, paso a paso, utilizando su
bastón, cruzando un vertiginoso espacio abierto, golpeando el bordillo
alternativamente con las dos botas, tosiendo y atragantándose continuamente
mientras lo hacía.
-De
cualquier modo, creo que eran reales -dijo en voz alta-. Las dos eran bastante
reales. ¡Y quizá la niebla pronto se levante un poco! -estaba haciendo un gran
esfuerzo para seguir caminando. Casi luchaba, eso es. Se daba perfecta cuenta.
El único punto era... la realidad de las figuras-. Se puede levantar en
cualquier momento -repitió en voz alta. A pesar del frío, sudaba profusamente.
Pero,
naturalmente, la niebla no se levantó. Las figuras se hicieron también escasas.
No se oían carros. Había seguido cuidadosamente las instrucciones de la mujer,
pero ahora se encontraba, evidentemente, en algún camino poco frecuentado en el
que los peatones eran escasos incluso con buen tiempo. A su alrededor había un
sombrío silencio. Su pie perdió el bordillo, su bastón barrió el aire vacío,
sin golpear nada sólido, y el pánico se apoderó de él, dejándole estremecido y
helado. Estaba solo, se sabía solo, y peor aún... estaba en otro espacio
abierto.
Cruzar
aquel espacio abierto le llevó quince minutos, la mayor parte a gatas,
inconsciente del frío lodo que manchaba sus pantalones y congelaba sus dedos,
atento solamente a sentir de nuevo un apoyo sólido contra su espalda y su
espina dorsal. Se acercaba el momento del colapso, el grito ya salía de su
garganta, el temblor de todo su cuerpo era ya incontrolable cuando... sus dedos
estirados dieron con un acogedor bordillo y vio una tenua mancha de luz que se
difundía sobre su cabeza. Con un gran y rápido esfuerzo se levantó, y un
momento después su bastón golpeaba una barandilla. Se inclinó contra ella,
agotado, jadeando, con su corazón latiendo penosamente mientras la farola le
proporcionaba el consuelo adicional de su débil luminosidad, aunque la llama
real era invisible. Miró a uno y otro lado; el pavimento estaba desierto.
Estaba engullido en el oscuro silencio de la niebla.
Pero
sabía que ahora Morley Place debía estar muy cerca. Pensó en la pequeña y
amigable D. A. V. que había conocido en Francia, en un fuego tibio y luminoso,
en una taza de té y un cigarrillo. Un esfuerzo más, pensó, y todo eso sería
suyo. Avanzó a tientas con resolución otra vez, arrastrándose lentamente junto
a la barandilla. Sí las cosas fueran otra vez realmente mal, llamaria a un
timbre y pediría ayuda, por más que rechazara la idea. Suponiendo que no
tuviera que cruzar más espacios abiertos, suponiendo que no viera más figuras
emergiendo y desvaneciéndose como criaturas nacidas de la niebla y viviendo en
ella como si fuera su elemento nativo -ahora eran las figuras lo que temía más
que otra cosa, incluso más que la soledad-, suponiendo que el sentido del
pánico...
Un
ligero oscurecimiento de la niebla debajo de la farola siguiente llamó su
atención y le asustó. Se detuvo. Esta vez no se trataba de una figura, era la
sombra de la columna grotescamente ampliada. No se movía. Se movía hacia él.
Por su interior fluyó una llama de fuego seguida de hielo. Era una figura...
muy cerca de su rostro. Era una mujer.
De
repente recordó el consejo del doctor, el consejo que le había curado de un
centenar de fantasmas:
"No
las ignore. Trátelas como si fueran reales. Hábleles y vaya con ellas. Pronto
probará su irrealidad. Y ellas le dejarán..."
Hizo
un esfuerzo valiente y tremendo. Estaba temblando. Una mano agarró la húmeda y
helada barandilla.
-Se
perdió como yo, ¿verdad, señora? -dijo con voz temblorosa-. ¿Sabe usted dónde
estamos realmente? Estoy buscando Morley Place...
Se
calló de repente. La mujer se acercaba más y por primera vez vio claramente su
rostro. Su palidez fantasmagórica, los ojos brillantes y asustados que miraban
con una especie de aturdimiento hacia los suyos, su belleza, sobre todo,
dejaron sus palabras sin terminar. La mujer era joven, y su alta figura
envuelta en un abrigo oscuro de piel.
-¿Puedo
ayudarla? -preguntó irreflexivo, olvidándose de su propio terror momentáneo.
Estaba
más que asustado. El aire de angustia y dolor de ella despertó en él una
aflicción peculiar. Durante un momento ella no contestó, acercando su cara
pálida como si le examinara, tan cerca que apenas pudo controlar su instinto de
retroceder un poco.
-¿Dónde
estoy? -preguntó por fin, buscando fijamente sus ojos-. Me he perdido... me he
perdido. No puedo encontrar mi camino de regreso.
Su voz
era débil, un curioso gemido que despertó extrañamente su lástima. Sintió que
su propia angustia se fundía con otra todavía mayor.
-Me
pasa lo mismo -contestó más confiado-. Y también me aterroriza estar solo. He
sufrido neurosis de guerra, ya sabe. Vayamos juntos. Juntos encontraremos un
camino...
-¿Quién
es usted? -murmuró la mujer mirándole todavía con sus grandes ojos brillantes,
aunque su angustia no había disminuido ni una pizca. Le miraba como si se
hubiera dado cuenta repentinamente de su presencia.
Él se
lo contó brevemente.
-Y
ahora voy a tomar el té con una amiga D. A. V. en Morley Place. ¿Cuál es su
dirección? ¿Conoce el nombre de la calle?
Daba
la impresión de que ella no le oía o no le comprendía por completo; era como si
ya no le escuchara.
-Salí
tan de repente, tan inesperadamente -escuchó la débil voz con angustia en cada
sílaba-; no puedo encontrar el camino de mi casa. Precisamente cuando le
esperaba, también... -miro a su alrededor con una expresión de inquietud que a
O'Reilly le hizo desear tomarla en sus brazos inmediatamente para salvarla-.
Quizá ya esté allí ahora... esperándome en este mismo momento... y yo no puedo
regresar.
Tan
triste era su voz que sólo haciendo un esfuerzo O'Reilly evitó extender la mano
para tocarla. En su deseo de ayudarla se olvidaba cada vez más de sí mismo. Su
belleza y la maravilla de sus extraños ojos brillantes en su cara pálida tenían
un inmenso atractivo. Se calmó un poco. Esta mujer era bastante real. Le
preguntó de nuevo su dirección, la calle y el número, la distancia a la que
creía que estaba.
-¿Tiene
usted alguna idea de la dirección, señora, aunque sólo sea una idea? Iremos
juntos y...
De
repente le interrumpió. Giró su cabeza como si escuchara, de manera que vio
momentáneamente su perfil, la línea de su delgado cuello, un destello de joyas
debajo del abrigo de pieles.
-¡Escuche!
¡Le oigo llamar! ¡Recuerdo...! -y se apartó de su lado y se introdujo en la
arremolinada niebla.
Sin
dudar un instante, O'Reilly la siguió, no sólo porque deseaba ayudarla, sino
porque no se atrevía a quedarse solo. La presencia de esta mujer extraña y extraviada
le había animado; sucediera lo que sucediera, no debía perderla de vista. Tuvo
que correr, tan rápida iba, siempre delante de él, avanzando con confianza y
seguridad, doblando a derecha e izquierda, cruzando la calle sin detenerse
nunca, sin dudar, con su compañero siempre pisándole los talones jadeando y con
un creciente terror a perderla de vista en cualquier momento. El modo cómo
encontraba su camino a través de la densa niebla era bastante sorprendente pero
el único pensamiento de O'Reilly era no perderla de vista para que no volviera
a invadirle el pánico con su inevitable colapso en la calle solitaria y oscura.
Era una persecución furiosa y agotadora, y le era difícil mantenerla a la
vista, como una fugaz sombra siempre algunas yardas delante de él. Ella no giró
la cabeza ni una sola vez, no producía ningún sonido, ningún grito; avanzaba
corriendo con instinto firme. Tampoco se le ocurrió ni una sola vez que la
persecución fuera extraña; ella era su salvación, y de esto es de lo único que
se daba cuenta.
Sin
embargo, después recordó una cosa, aunque en aquel momento solamente registró
el detalle sin prestarle atención: dejaba en la atmósfera un perfume, uno,
además, que conocía, aunque mientras corría no pudo recordar el nombre. Estaba
vagamente asociado, para él, con algo desagradable, algo repugnante. Lo
relacionó con el sufrimiento y el dolor. Le transmitió un sentimiento de
desasosiego. En aquel momento no pudo notar más que eso, ni tampoco pudo
recordar -en realidad no lo intentó- dónde había conocido antes este aroma
particular.
Y
luego la mujer se detuvo súbitamente, abrió una verja y pasó a un pequeño
jardín privado; tan súbitamente que O'Reilly, que le pisaba los talones, evitó
por muy poco abalanzarse sobre ella.
-¿La
ha encontrado? -gritó él-. ¿Puedo entrar un momento con usted? ¿Me dejará
telefonear al doctor?
Ella
se giró al instante. Su rostro, muy cerca del suyo, estaba lívido.
-¡Doctor!
-repitió con un horrible susurro.
La
palabra le produjo terror. O'Reilly se quedó sorprendido. Durante uno o dos
segundos ninguno de ellos se movió. La mujer parecía petrificada.
-El
Dr. Henry, ya sabe -tartamudeó, recuperando de nuevo su habla-. Estoy bajo su
cuidado. Vive en Harley Street.
Su
rostro se iluminó tan súbitamente como se había oscurecido, aunque en sus
grandes ojos todavía flotaba la expresión de aturdimiento y dolor. Pero el
miedo la abandonó, como si de repente hubiera olvidado alguna asociación que lo
había revivido.
-Mi
hogar murmuró-. Mi hogar está en alguna parte cerca de aquí. Estoy cerca de él.
Debo regresar, a tiempo, para él. Debo hacerlo. Él viene hacia mí.
Y tras
decir estas extraordinarias palabras se volvió, avanzó por el estrecho sendero
y se detuvo en el porche de una casa de dos pisos antes de que su compañero se
hubiera recuperado suficientemente de su asombro para moverse o decir alguna
silaba de respuesta. La puerta principal, vio, estaba entornada. Había sido
dejada abierta.
Durante
cinco segundos, quizá durante diez, dudó; era el miedo a que la puerta se
cerrara y le dejara fuera lo que dio decisión a su voluntad y a sus músculos.
Subió las escaleras corriendo y siguió a la mujer hasta un vestíbulo oscuro en
el que ella ya le había precedido, y en medio de cuya oscuridad finalmente se
había desvanecido. Cerró la puerta sin saber exactamente por qué lo hacía, e
inmediatamente tuvo el presentimiento de que la casa en la que ahora se
encontraba con esta mujer desconocida estaba vacía y desocupada. Sin embargo,
en una casa se sentía seguro. Su peligro estaba en las calles abiertas.
Permaneció esperando y escuchando un momento antes de hablar; y oyó a la mujer
que se movía por el pasillo de puerta en puerta, repitiendo para sí con su
débil voz de desgraciado lamento algunas palabras que no pudo comprender.
-¿Dónde
está? ¿Dónde está? Debo regresar...
Entonces
O'Reilly se encontró repentinamente aquejado de mudez, como si, con aquellas
extrañas palabras, le sobreviniera y le invadiera un terror obsesionante en la
oscuridad.
"¿Es
ella una figura después de todo?", pasaba con letras de fuego por su
entumecido cerebro. "¿Es irreal... o real?"
Buscando
alivio en la acción de cualquier clase, extendió automáticamente una mano y
tanteó a lo largo de la pared en busca de un interruptor eléctrico, y aunque lo
encontró por alguna milagrosa casualidad, ningún destello respondió a su
accionamiento.
Y la
voz de la mujer surgió de la oscuridad.
-¡Ah!
¡Ah! ¡Al fin la encontré! ¡Estoy de nuevo en casa, por fin...!
Oyó
que en el piso de arriba se abría y cerraba una puerta. Él estaba ahora en la
planta baja... solo. Siguió un completo silencio.
En el
conflicto entre varias emociones -miedo hacia sí mismo para que no volviera a
dominarle el pánico, miedo por la mujer que le había conducido a aquella casa
vacía y ahora le abandonaba a causa de alguna misteriosa misión que le hizo
pensar en la locura-, en este conflicto que le mantuvo hechizado un momento,
había un ingrediente todavía mayor que solicitaba una explicación inmediata,
pero una explicación que él no podía encontrar. ¿Era real o irreal la mujer?
¿Era un ser humano o una "figura"? El horror de la duda le
obsesionaba con una aguda inquietud que se traicionaba a sí misma en respuesta
a aquel inoportuno temblor interno que sabía que era peligroso.
Lo que
le salvó de una crisis que habría tenido necesariamente resultados más
peligrosos para su cerebro y su sistema nervioso en general parece haber sido
el hecho excepcional de que sentía más por la mujer que por él mismo. Su
simpatía y su lástima habían sufrido una honda impresión; su voz, su belleza,
su angustia y aturdimiento, todo poco común, inexplicable y misterioso,
formaban juntos una petición que situó la suya en segundo término. Además de
esto estaba el detalle de que ella le había dejado, se había ido a otro piso
sin decir una palabra, y ahora, detrás de una puerta cerrada en una habitación
de arriba, se encontraba cara a cara por fin con el objeto desconocido de su
frenética busca, con "ello", fuere lo que fuere lo que pudiera ser
"ello". Real o irreal, figura o ser humano, el impulso que vencía en
su ser era que debía ir hacia ella.
Fue
este claro impulso lo que le dio la decisión y energía para hacer lo que hizo
después. Encendió una cerilla, encontró un pedazo de vela y avanzó con ayuda de
la parpadeante luz a lo largo del pasillo y de las escaleras sin alfombrar. Se
movía cautelosamente, a hurtadillas, aunque no sabía por qué lo hacía de esa
manera. La casa, vio ahora, estaba ciertamente sin ocupar; los muebles
amontonados estaban cubiertos con fundas; a través de las puertas
entreabiertas, vislumbró pinturas colgadas en las paredes y repisas tapadas que
parecían cabezas encapirotadas. Siguió avanzando lentamente, sin parar,
moviéndose de puntillas como si fuera consciente de que era observado, notando
el hueco oscuro del vestíbulo inferior y las grotescas sombras que sus
movimientos proyectaban en las paredes y el techo. El silencio era
desagradable, pero, recordando que la mujer estaba "esperando" a
alguien, no deseaba que se rompiera. Alcanzó el rellano y permaneció inmóvil.
Al apantallar la vela para examinar la escena, su vista dio con un pasillo con
puertas cerradas a ambos lados. ¿Detrás de cuál de estas puertas, se preguntó,
estaba la mujer, figura o ser humano, ahora sola con "ello"?
No
había nada que le guiara, pero un instinto que no debía obstruir le envió hacia
adelante otra vez hacia lo que bucaba. Probó una puerta de la derecha: una
habitación vacía, con los muebles ocultos por las fundas y colchones enrollados
sobre la cama. Probó una segunda puerta dejando la primera abierta detrás de
él, y se encontró con otro dormitorio vacío. Al salir de nuevo al pasillo se
quedó un momento esperando y luego gritó fuerte con voz grave que, a pesar de
todo, levantó desagradables ecos en el vestíbulo del piso de abajo.
-Dónde
está usted? Quiero ayudarla... ¿en qué habitación está?
No
hubo respuesta; casi le alegró no oir ningún sonido, pues sabía muy bien que
estaba esperando en realidad otro sonido... los pasos de quien era
"esperado". Y la idea de encontrarse con este tercer desconocido hizo
que se estremeciera, como si tuviera relación con un diálogo que temía con su
corazón y que debía evitar a toda costa. Tras esperar unos momentos, notó que
su trozo de vela se estaba apagando y cruzó el rellano con un sentimiento de duda
y determinación a la vez hacia una puerta al lado opuesto de donde se
encontraba. La abrió; no se detuvo en el umbral. Manteniendo la vela con el
brazo extendido, entró con decisión.
E
instantáneamente su olfato le dijo que por fin había acertado, pues el olor del
extraño perfume, aunque esta vez mucho más fuerte que antes, le dio la
bienvenida haciendo que sus nervios volvieran a estremecerse. Ahora sabía por
qué estaba asociado con algo desagradable, con el dolor, con el sufrimiento,
pues lo reconoció: era el olor de un hospital. En esta habitación se había
utilizado un poderoso anestésico... y hacía poco.
Simultáneamente
con el olor, la vista también le envió un mensaje. Sobre la gran cama doble que
había detrás de la puerta, a su derecha, yacía ante su asombro la mujer con su
abrigo oscuro de pieles. Vio las joyas en su delgado cuello; pero los ojos no
los vio, pues estaban cerrados... cerrados, se dio cuenta inmediatamente,
mortalmente. El cuerpo yacía completamente estirado e inmóvil. Se acercó. Una raya
delgada y oscura que salía de sus labios abiertos y bajaba hacia el mentón,
perdiéndose dentro del cuello de pieles, era un hilo de sangre. Apenas estaba
seco. Brillaba.
Fue
extraño quizás que, mientras los miedos imaginarios tenían el poder de paralizarle,
mente y cuerpo, esta visión de algo real tuvo el efecto de restaurar su
confianza. La visión de la sangre y la muerte en condiciones bastante horribles
e incluso monstruosas, no era una cosa nueva para él. Se acercó tranquilamente
y tocó con mano firme la mejilla de la mujer, con la tibieza de la vida
reciente todavía en su tersura. El frío final todavía no había invadido esta
forma vacía cuya belleza, en su perfecta quietud, había adquirido la nueva y
extraña dulzura de una lozanía sobrenatural. Pálida, silenciosa, vacía, yacía
ante él iluminada por el parpadeo de su vela goteante. Levantó el abrigo de
pieles para sentir el inanimado corazón. Hacía dos horas como máximo, juzgó,
este corazón funcionaba afanosamente, la respiración pasaba por esos labios
abiertos. Los ojos brillaban en su absoluta belleza. Su mano tropezó con un
botón duro... la cabeza de un largo alfiler de acero clavado en el corazón
hasta su extremo.
Entonces
supo cuál era la figura... cuál era la real y cuál la irreal. Supo también qué
había querido decir "ello".
Pero
antes de que pudiera pensar o reflexionar qué acción debía emprender, antes de
que pudiera incluso incorporarse de su posición inclinada sobre el cuerpo que
estaba sobre la cama, se escuchó a través de la casa vacía el fuerte ruido de
la puerta principal que se cerraba. E inmediatamente le invadió aquel otro
temor que había olvidado durante tanto rato, el temor a sí mismo. El pánico de
sus propios nervios perturbados descendía con irresistible embestida. Se
volvió, se le apagó la vela debido al violento temblor de su mano y salió
precipitadamente de la habitación.
Los
diez minutos siguientes parecieron una pesadilla en la que no era dueño de sí
mismo y no sabía exactamente lo que había hecho. De lo único que se dio cuenta
fue de que los pasos ya sonaban en las escaleras, acercándose rápidamente. El
parpadeo de una linterna jugó en la barandilla, cuyas sombras corrían con
rapidez junto a la pared, mientras la mano que sostenía la luz ascendía. En un
frenético segundo pensó en la policía, en su presencia en la casa, en la mujer
asesinada. Era una combinación siniestra. Pasara lo que pasara, debía huir sin
siquiera ser visto. Su corazón latía furiosamente. Se precipitó por el rellano
hasta la habitación opuesta, cuya puerta había dejado afortunadarnente abierta.
Y por alguna increíble casualidad, aparentemente, no fue visto ni oído por el
hombre que, un momento más tarde, llegó al rellano, entró en la habitación en
la que yacía el cuerpo de la mujer y cerró la puerta cuidadosamente detrás de
él.
Temblando,
sin atreverse apenas a respirar para que no le oyera, O'Reilly, atrapado por su
propio terror personal, residuo de su incurada neurosis de guerra, no pensó en
qué podria pedirle o no pedirle. Sólo pensaba en sí mismo. Se dio cuenta de un
problema claro: de que debía salir de la casa sin ser visto ni oído. Quién era
el recién llegado no lo sabía, al margen de una misteriosa seguridad de que no
era a él a quien la mujer había "esperado", sino al propio asesino, y
de que era el asesino, a su vez, quien esperaba a esta tercera persona. En
aquella habitación con la muerte a su lado, una muerte que él mismo había
ocasionado una o dos horas antes, el asesino se ocultaba ahora esperando su
segunda víctima. Y la puerta estaba cerrada.
Sin
embargo, a cada minuto podria abrirse de nuevo, cortando la retirada.
O'Reilly
salió silenciosamente, cruzó rápidamente el rellano, alcanzó las escaleras y
empezó, con la mayor precaución, el peligroso descenso. Cada vez que las tablas
desnudas crujían bajo su peso, por sigilosamente que ajustara su peso, su
corazón se sobresaltaba. Probaba cada escalón antes de pisarlo, distribuyendo
todo el peso que podía sobre la barandilla. Estaba a algo más de medio camino
cuando, ante su horror, su pie tocó una tachuela de alfombra que sobresalía;
resbaló en la pulida madera y solamente evitó caer de cabeza al agarrarse
furiosamente al pasamanos, produciendo un alboroto que le pareció como la
explosión de una granada de mano en unas apartadas trincheras. Entonces sus
nervios le traicionaron y le dominó el pánico. En el silencio que siguió al eco
que retumbó, oyó que en el piso de arriba se abría la puerta del dormitorio.
Era
inútil esconderse. También era imposible. Bajó el último tramo de escaleras
saltándolas de cuatro en cuatro, llegó al vestíbulo, lo cruzó rápidamente y
abrió la puerta principal justo cuando su perseguidor, linterna en mano, cubria
la mitad de las escaleras detrás de él. Tras cerrar la puerta de golpe, se
sumergió precipitadamente en la bienvenida y oscura niebla exterior.
Ahora
la niebla no le producía terror, sino que agradeció su manto protector; ni
tampoco importaba en qué dirección corría mientras se alejara de la casa de la
muerte. Naturalmente, el perseguidor no le había seguido hasta la calle. Cruzó
espacios abiertos sin un solo temblor. Sin embargo, corrió en círculo, aunque
sin darse cuenta de que lo hacía. No había gente a su alrededor, ni una sola
sombra pasó a tientas junto a él, ningún ruido de tráfico llegó a sus oídos
cuando se detuvo a respirar por fin apoyado en una barandilla. Y luego
descubrió que no llevaba el sombrero. Ahora lo recordaba. Al examinar el
cuerpo, en parte por respeto y en parte quizá inconscientemente, se lo había
quitado y lo había dejado... sobre la misma cama.
Estaba
allí, como indicio de irrecusable evidencia, en la casa de la muerte. Y por su
mente pasó como un relámpago una serie de consecuencias probables.
Afortunadamente era un sombrero nuevo; todavía más afortunadamente, aún no
había escrito su nombre ni sus iniciales en él; pero la marca de fabricante
estaba allí y la policía iría de inmediato a la tienda en que lo había comprado
hacía sólo dos días. ¿Recordaría su apariencia el personal de la tienda?
¿Recordarían su visita, la fecha, la conversación? Pensó que era improbable; se
parecía a docenas de hombres; no tenía ninguna peculiaridad destacada. Intentó
pensar, pero su mente estaba confundida y perturbada. Su corazón latía
terriblemente, se sentía desesperadamente enfermo. Buscó vanamente alguna excusa
que justificara el hecho de que se encontrara en la niebla y lejos de su casa
sin sombrero. No se le ocurrió ni una sola idea. Se agarró a la helada
barandilla, apenas capaz de mantenerse en pie, muy cerca del colapso... cuando
se repente surgió de la niebla una figura, se detuvo un momento para mirarle,
extendió una mano para sostenerle y a continuación le habló.
-Mi
querido señor, está usted enfermo -dijo una amable voz de hombre-. ¿Puedo serle
de alguna ayuda? Venga, deje que le ayude -había visto inmediatamente que no se
trataba de un caso de embriaguez-. Venga, tome mi brazo, ¿quiere? Soy médico.
Afortunadamente también, está precisamente junto a mi casa. Entre.
Y
medio arrastró y medio empujó a O'Reilly, que ahora bordeaba el colapso,
escaleras arriba y abrió la puerta con su llave.
-Me
sentí súbitamente perdido en la niebla... aterrorizado, pero pronto me
recuperaré, muchísimas gracias... -tartamudeó el canadiense, agradecido,
sintiéndose ya mejor.
Se
hundió en un sillón del vestíbulo mientras el otro dejaba un paquete que
llevaba y le conducía poco después a una cómoda habitación; ardía un fuego
resplandeciente; las lámparas eléctricas estaban agradablemente apantalladas;
en una pequeña mesa junto a un sillón había una jarra de whisky y un sifón; y
antes de que O'Reilly pudiera decir nada más, el otro le sirvió un vaso y le
ordenó que se lo bebiera despacio, y que no se molestara en hablar hasta que
estuviera mejor.
-Esto
le animará. Bébaselo despacio. Nunca debía haber salido en una noche como ésta.
Si tiene que ir lejos, será mejor que me permita hospedarle...
-Muy
amable, de verdad, muy amable -murmuró O'Reilly, recuperándose rápidamente ante
el alivio de la presencia de alguien que ya le agradaba y hacia quien se sentía
incluso atraído.
-No
hay ningún problema -respondió el doctor-. He estado en el frente, ya sabe.
Conozco cual es su problema... neurosis de guerra, apostaría.
El
canadiense, muy impresionado por el rápido diagnóstico del otro, observó
también su tacto y delicadeza. Por ejemplo, no había hecho referencia a la
ausencia de sombrero.
-Es
cierto -dijo-. Estoy en manos del Dr. Henry, en Harley Street -y añadió algunas
palabras sobre su caso.
El
whisky hacía su efecto, le reanimaba más y más, sintiéndose mejor a cada minuto
que pasaba. El otro le tendió un cigarrillo; empezaron a hablar acerca de sus
síntomas y de su recuperación; recobró en gran parte su confianza, aunque se
sentía muy aterrorizado. Los modos y personalidad del doctor le ayudaron mucho,
pues en su rostro había fortaleza y amabilidad, aunque sus facciones mostraban
una determinación inusual ocasionalmente suavizada por una repentina señal como
de sufrimiento en sus ojos brillantes y convincentes. Era el rostro de un
hombre, pensó O'Reilly, que había visto muchas cosas y que probablemente había
conocido el infierno, pero de un hombre que era sencillo, bueno, sincero. Pero
a pesar de todo, de un hombre con quien no se podía jugar; detrás de su
amabilidad se ocultaba algo muy severo. Este efecto de su carácter y
personalidad despertó en el otro el respeto además de la gratitud. Estimulaba
su simpatía.
-Usted
me anima a formular otra suposición -dijo el hombre desde la acertada
interpretación del estado del improvisado paciente-. La de que usted ha tenido,
digamos, un fuerte shock hace muy poco, y... -dudó durante una simple fracción
de segundo... que le alivíaria -prosiguió sin que su compañero notara la hábil
sugestión-, y también seria prudente, poder desahogarse con... alguien... que
pudiera comprenderle -miró a O'Reilly con una sonrisa amable y muy agradable-.
¿Acaso no tengo razón? -preguntó en su tono gentil.
-Alguien
que pudiera comprender -repitió el canadiense-. Este es precisamente mi
problema. Ha dado usted con ello. Es todo tan increíble.
El
otro sonrió.
-Cuánto
más increíble -sugirió-, mayor necesidad de expresarse. Como sabe. la
contención es peligrosa en casos como éste. Usted cree que lo ha ocultado, pero
espera el momento adecuado y regresa de nuevo, causando grandes problemas. La
confesión, ya sabe -dijo enfatizando la palabra-, ¡la confesión es buena para
el alma!
-Tiene
toda la razón -asintió el otro.
-Ahora,
si puede, cobre el ánimo suficiente para contárselo a alguien que le escuchará
y le creerá; a mí mismo, por ejemplo. Soy médico, estoy acostumbrado a estas cosas.
Consideraré todo lo que diga como secreto profesional, naturalmente; y, como no
nos conocemos, el que yo le crea o no le crea no tiene ninguna consecuencia
especial. Sin embargo, debo decirle por adelantado, creo que puedo
prometérselo, que creeré todo lo que tenga que decirme.
O'Reilly
contó su historia sin más, pues la indicación del hábil médico había encontrado
un terreno fácil. Durante la narración, los ojos de su anfitrión no dejaron de
mirar los suyos ni un solo instante. No movía ni un músculo de su cuerpo. Su
interés parecía intenso.
-Algo
increíble, ¿verdad? -dijo el canadiense al acabar su relato-. Y la cuestión
es... -continuó con una amenaza de locuacidad que el otro cortó
instantáneamente.
-¡Es
extraño, sí, pero no increíble! -interrumpió el doctor-. No veo ninguna razón
para no creer un solo detalle de lo que me acaba de contar. Cosas igualmente
notables, igualmente increíbles, suceden en todas las ciudades grandes, como sé
por experiencia personal. Podria darle ejemplos -se detuvo un momento, pero su
compañero, mirando a sus ojos con interés y curiosidad, no efectuó ningún
comentario-. De hecho, hace algunos años -prosiguió el otro- conocí un caso muy
parecido... extrañamente parecido.
-¿De
verdad? Mc interesaría enormemente.
-Tan
parecido que parece casi una coincidencia. Usted puede, a su vez, encontrarlo
dificil de creer -se detuvo de nuevo, mientras O'Reilly se adelantaba en su
silla para escuchar-. Sí -prosiguió lentamente el doctor-, creo que todos los
que tuvieron una relación con él ya han fallecido. No hay ninguna razón por la
que no pueda contárselo, pues una confidencia merece otra, ya sabe. Sucedió
durante la Guerra de los Boers... hace ya mucho tiempo de ello -añadió con
énfasis-. En cierto sentido es realmente una historia muy vulgar, aunque muy
terrible por otro, pero un hombre que ha servido en el frente la comprenderá y,
estoy seguro de ello, se compadecerá.
-Estoy
seguro de ello -repitió el otro rápidamente.
-Un
colega mio, ya fallecido, como mencioné, un cirujano con mucha práctica, se
casó con una muchacha joven y encantadora. Vivieron juntos y felices durante
varios años. La riqueza de él hacía que ella se sintiera muy a gusto. Su sala
de consulta, debo decírselo, estaba a alguna distancia de su casa, como puede
estarlo ésta, de modo que a ella no le molestaba ninguno de sus casos. Después
llegó la guerra. Como muchos otros, aunque sobrepasaba bastante la edad, se
ofreció voluntario. Abandonó su lucrativo trabajo y partió a Sudáfrica.
Naturalmente, sus ingresos cesaron; la gran casa estaba cerrada; su esposa
encontró considerablemente restringida su vida de diversiones. Parece que ella
consideraba esto como una gran privación. Se sentía amargada por lo que
consideraba un agravio de él. Falta de imaginación, sin ningún poder de
sacrificio, egoísta, era todavía una mujer hermosa, atractiva... y joven. Entró
en escena el inevitable amante para consolarla. Planearon huir juntos. Él era
rico. Creyeron que Japón seria el lugar adecuado. Pero, por verdadera mala
suerte, el marido olió algo y llegó a Londres en el momento crítico.
-Y se
desembarazó de ella -interrumpió O'Reilly-, creo yo.
El
doctor esperó un momento. Sorbió su bebida. Después sus ojos se fijaron algo
severamente en el rostro de su compañero.
-Se
desembarazó de ella, sí -prosiguió-, pero determinó hacerlo de manera
definitiva. Decidió matarla a ella... y a su amante. Ya ve, la amaba.
O'Reilly
no hizo ningún comentario. En su propio país no era desconocido este método con
una mujer infiel. Su interés estaba muy concentrado, pero también estaba
pensando mientras escuchaba, pensando mucho.
-Planeó
el momento y el lugar con mucho cuidado -reanudó el otro en voz más baja, como
si pudieran oírle-. Sabía que se veían en la casa grande, ahora cerrada, la
casa en donde él y su joven esposa habían pasado años tan felices durante su
época de prosperidad. Sin embargo, el plan fracasó en un importante detalle: la
mujer llegó a la hora prevista, pero sin su amante. Encontró la muerte mientras
le esperaba... fue una muerte sin dolor. Pero su amante, que tenía que llegar
media hora más tarde, no llegó nunca. La puerta estaba abierta a propósito para
él. La casa estaba a oscuras, sus habitaciones cerradas, desiertas; ni siquiera
había guardián. Era una noche neblinosa... exactamente como la de hoy.
-¿Y el
otro? -preguntó O'Reilly con voz débil-. El amante...
-Entró
un hombre -prosiguió el doctor con calma-, pero no era el amante. Era un
extraño.
-¿Un
extraño? -susurró el otro-. ¿Y dónde estuvo el cirujano todo este rato?
-Esperando
fuera para verle entrar, oculto en la niebla. Vio que el hombre entraba. Cinco
minutos más tarde le siguió, con la intención de completar su venganza. o su
acto de justicia, como quiera llamarlo. Pero el hombre que había entrado era un
extraño: había entrado por casualidad, como pudo haberlo hecho usted, para
protegerse de la niebla... o...
O'Reilly,
aunque con un gran esfuerzo, se levantó repentinamente. Tenía el horroroso
presentimiento de que el hombre que tenía enfrente estaba loco. Tenía un agudo
deseo de salir al exterior, con niebla o sin ella, de dejar esta habitación, de
escapar del tono tranquilo de esta insistente voz. El efecto del whisky todavía
se notaba en su sangre. No sentía falta de confianza, pero las palabras le
brotaron con dificultad.
-Pienso
que será mejor que me vaya, doctor -dijo torpemente-. Pero creo que debo
agradecerle toda su amabilidad y ayuda -se giró y miró fijamente los
penetrantes ojos que tenía enfrente-. A su amigo -dijo susurrando-, el
cirujano... espero que... quiero decir, ¿le llegaron a detener?
-No
-fue la grave respuesta, mientras el doctor estaba de pie frente a él-, nunca
le detuvieron.
O'Reilly
esperó un momento antes de hacer otra observación.
-Bueno
-dijo por fin, pero en un tono más fuerte que antes-, creo que... me alegra.
Y
avanzó hacia la puerta sin darle la mano.
-No
tiene sombrero -dijo la voz detrás de él-. Si se espera un momento le daré uno
mío. No debe molestarse en devolvérmelo.
Y el
doctor se lo dio mientras iban hacia el vestíbulo. Se oyó un ruido de papel que
se rasgaba. O'Reilly salió de la casa un instante después con un sombrero en su
cabeza, pero no fue hasta que llegó a la estación del metro, media hora
después, cuando se dio cuenta de que era el suyo.
Confesión.
Algernon Blackwood
Confession. Trad. Carles Millet
Alfred Hitchcock: Participe
del terror
Mundo actual de ediciones,
1984
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