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s. o. s.
Agatha
Christie
—¡Ah! —dijo el señor Dinsmead efusivamente mientras
examinaba la mesa redonda con aprobación. La luz del hogar había resaltado el
mantel blanco, los tenedores y cuchillos, así como todos los demás objetos.
—¿Está...
todo a punto? —preguntó la señora Dinsmead con voz insegura. Era una mujercita
insignificante, de rostro descolorido, cabellos ásperos, peinados hacia atrás,
y una nerviosidad perpetua.
—Todo está a
punto —replicó su esposo con una especie de satisfacción malsana.
Era un hombre
corpulento, de hombros caídos y rostro rubicundo. Tenía los ojos pequeños y
brillantes, las cejas muy pobladas y las mejillas desprovistas de vello.
—¿Limonada?
—sugirió la señora Dinsmead, casi en un susurro.
Su esposo
meneó la cabeza.
—Té. Es mucho
mejor en todos los aspectos. Mira el tiempo que hace, llueve a cántaros y sopla
fuerte viento. Una buena taza de té caliente es lo que hace falta para
acompañar la cena de una noche como ésta.
Y parpadeando con vivacidad volvióse de nuevo para
revisar la mesa.
—Un buen plato de huevos, ternera en lata y pan y
queso. Esto es lo que he dispuesto para la cena. De manera que ve a prepararlo,
mamá. Carlota está en la cocina esperando para ayudarte.
La señora Dinsmead se levantó, ovillando
cuidadosamente la lana de su labor de punto.
—Es ya una muchacha muy atractiva —murmuró.
—¡Ah! —exclamó el señor Dinsmead—. ¡Es el viejo
retrato de su madre! ¡Vamos, ve a la cocina de una vez y no perdamos más
tiempo!
Y se puso a pasear por la habitación tarareando una
cancioncilla por espacio de unos minutos. Una vez se acercó a la ventana para
contemplar el exterior.
—Vaya tiempecito —murmuró para sí—. No es muy
probable que tengamos visitas esta noche.
Y entonces salió de la habitación.
Unos diez minutos más tarde la señora Dinsmead
volvía trayendo un plato de huevos fritos, seguida de sus dos hijas que traían
el resto de las viandas. El señor Dinsmead y su hijo Johnnie cerraban la
marcha. El primero sentóse a la cabecera de la mesa.
—¡Qué buena idea tuvo el primero a quien se le
ocurrió conservar los alimentos en las latas! Me gustaría saber qué haríamos
nosotros a tanta distancia de cualquier poblado si no pudiéramos echar mano de
las conservas cada vez que el carnicero se olvida de venir.
Y se dispuso a atacar la ternera.
—Yo me pregunto a quién se le ocurriría construir
una casa como ésta tan apartada de la civilización —replicó su hija Magdalena
en tono quejoso—. Nunca vemos a un ser viviente.
—No —dijo su padre—. Nunca vemos a nadie.
—No sé por qué la alquilaste, papá —intervino
Carlota.
—¿No, hija mía? Pues tenía mis razones..., sí, tuve
mis razones.
Sus ojos buscaron los de su esposa, pero ella
frunció el ceño.
—Y además está encantada —continuó Carlota—. No
dormiría aquí sola por nada.
—Tonterías —replicó el padre—. Nunca viste nada, ¿no
es cierto?
—Quizá no haya visto nada, pero...
—Pero, ¿qué...?
Carlota no contestó, mas un estremecimiento recorrió
su cuerpo. Un fuerte ramalazo de lluvia azotó el postigo de la ventana y la
señora Dinsmead dejó caer la cuchara, que tintineó contra la bandeja.
—¿Estás nerviosa, mamá? —dijo el señor Dinsmead—.
Hace mala noche, eso es todo. No te preocupes, aquí estamos seguros junto al
fuego, y no es probable que nadie venga a molestarnos. Vaya, sería un milagro
que viniera alguien, y los milagros no ocurren a menudo. No —agregó como para
sus adentros con extraña satisfacción—. Los milagros no ocurren a menudo.
Apenas acababa de pronunciar estas palabras cuando llamaron a la puerta, y el señor Dinsmead
quedó como petrificado.
—¿Qué es eso? —murmuró
boquiabierto.
La señora Dinsmead,
exhalando un gemido, se arropó más en su chal. El color acudió a las mejillas
de Magdalena cuando se inclinó hacia delante para decir a su padre:
—El milagro ha ocurrido.
Será mejor que vayas a ver quién es.
Veinte minutos antes
Mortimer Cleveland se hallaba examinando su automóvil bajo la lluvia y envuelto
en la niebla. Aquello sí que era mala suerte. Dos pinchazos en menos de diez
minutos, y allí estaba detenido a muchos kilómetros de distancia de cualquier
parte, en mitad de las desnudas tierras de Wilstshire, con la noche echándose
encima y sin la menor esperanza de encontrar dónde guarecerse. Le estaba bien
empleado por querer tomar un atajo. ¡Si hubiera continuado por la carretera
principal! Ahora se encontraba perdido en mitad de un camino de carros cerca de
la ladera de una colina, sin posibilidad de hacer avanzar su coche, ni la menor
idea de a qué distancia estaba el pueblo más próximo.
Miró perplejo a su
alrededor y sus ojos percibieron el resplandor de una luz en la ladera de la
colina. Un segundo más tarde la niebla la ocultó de nuevo, pero aguardando con
paciencia logró verla otra vez. Tras un momento de vacilación se decidió a
abandonar el automóvil, encaminándose hacia la colina.
Pronto pudo salir de la
niebla, viendo que la luz salía de una ventana de una casita de campo. Allí por
lo menos encontraría refugio. Mortimer Cleveland apresuró el paso, inclinando
la cabeza para hacer frente a la lluvia y al fuerte viento que intentaba
hacerle retroceder.
Cleveland era, a su
manera, una celebridad, aunque la mayoría de la gente desconociera su nombre y
actividades. Era una autoridad en ciencias mentales y había escrito dos libros
de texto sobre el subconsciente. Era, además, miembro de la Sociedad de Investigaciones
Físicas y un estudiante de las ciencias ocultas en cuanto afectaran sus propias
conclusiones y línea de investigación.
Su naturaleza era muy
susceptible al ambiente, y gracias a un adiestramiento deliberado había
acrecentado este don natural. Cuando hubo llegado a la casa y llamado a la
puerta, tuvo conciencia de una excitación, y de un interés especial, como si
todas sus facultades se hubieran agudizado de pronto.
El murmullo de voces del
interior llegaba perfectamente hasta sus oídos. Después de su llamada se hizo
un silencio, y luego oyó correr una silla. Al minuto siguiente le abrió la
puerta un muchacho de unos quince años. Cleveland pudo contemplar por encima de
su hombro la escena del interior, que le recordó los cuadros de un pintor alemán.
Una mesa redonda
preparada para la cena y una familia reunida a su alrededor; un par de velas
encendidas y la luz del hogar iluminándolo todo. El padre, un hombre
corpulento, sentado a la cabecera de la mesa, y frente a él una mujercita de
cabellos grises y aspecto atemorizado. Frente a la puerta,
mirando a Cleveland, una muchacha que había detenido su taza en el aire sin
acabar de llevarla a sus labios.
Cleveland vio en seguida que su hermosura era poco
corriente. Sus cabellos, rubios como el oro, enmarcaban su rostro como una
aureola; sus ojos, muy separados, eran de un gris purísimo, y la boca y la
barbilla dignas de una madonna italiana.
Hubo un minuto de silencio absoluto. Luego Cleveland
penetró en la casa refiriendo lo que acababa de ocurrirle. Cuando hubo
terminado su historia se hizo otra pausa difícil de explicar. Al fin, como si
le costara un gran esfuerzo, se levantó el padre.
—Pase, señor... ¿señor Cleveland, dijo usted?
—Ése es mi nombre —repuso Mortimer sonriendo.
—Ah, sí. Pase, señor Cleveland. Hace noche de
perros, ¿no es cierto? Acérquese al fuego. Cierra la puerta, ¿quieres, Johnnie?
No te quedes ahí toda la noche.
Cleveland se acercó al fuego, tomando asiento en un
taburete de madera, mientras Johnnie cerraba la puerta.
—Me llamo Dinsmead —le dijo el cabeza de familia con
toda cordialidad—. Ésta es mi esposa, y éstas mis dos hijas, Carlota y
Magdalena.
Por primera vez Cleveland vio el rostro de la otra
joven sentada de espaldas a la puerta, y aunque totalmente distinta a la otra,
era también una belleza. Muy morena, con el rostro pálido, una delicada nariz
aguileña y boca perfecta. Al oír la presentación de su padre inclinó la cabeza mirándole como si quisiera adivinar su
carácter..., como si le estuviera pesando en la balanza de su joven juicio.
—¿Quiere beber alguna
cosa, señor Cleveland?
—Gracias —replicó
Mortimer—. Una taza de té me sentaría admirablemente.
El señor Dinsmead vaciló
un momento, y luego fue vaciando las cinco tazas, una tras otra, en la tetera.
—Este té está ya frío —dijo
con brusquedad—. ¿Quieres hacer un poco más, mamá?
La señora Dinsmead
levantóse rápidamente y recogió la tetera. Mortimer tuvo la impresión de que se
alegraba de poder abandonar la habitación.
El té no tardó en llegar
y el inesperado huésped participó en la cena.
El señor Dinsmead
charlaba y charlaba..., estuvo comunicativo, genial y locuaz, contando al
forastero toda su vida. Que se había retirado últimamente del negocio de la
construcción..., sí, era un buen asunto. Él y su esposa habían creído que les
convendría un poco de aire puro..., hasta entonces nunca habían vivido en el
campo. Claro que era mala época, octubre y noviembre, pero no quisieron
esperar.
—La vida es tan insegura,
señor...
De modo que alquilaron
aquella casita situada a ocho kilómetros del pueblo más cercano, y a diecinueve
de lo que podríamos llamar la ciudad. No, no se quejaban. Las hijas lo
encontraban un poco aburrido, pero él y su esposa disfrutaban con aquella
tranquilidad.
Y así continuó largo
rato, dejando a Mortimer casi hipnotizado con su facilidad de palabra. Estaba
seguro de que allí no había otra cosa que vulgaridad doméstica, y no obstante
al penetrar en la casa diagnosticó otra cosa..., cierta tensión..., cierta
corriente que emanaba de una de aquellas cinco personas..., no sabía de cuál.
¡Simplezas, sus nervios estaban fuera de quicio! Les asustó al pronto su
repentina aparición, seguramente..., nada más.
Insinuó la cuestión de
buscar cobijo para pasar la noche, hallando pronta respuesta.
—Usted se queda con
nosotros, señor Cleveland. No hay otra casa en varios kilómetros. Podemos darle
habitación, y aunque mis pijamas son algo anchos, vaya, siempre serán mejor que
nada, y sus ropas estarán ya secas por la mañana.
—Es usted muy amable.
—Nada de eso —-replicó el
otro alegremente—. Como acabo de decirle, hace una nochecita de perros para
andar por ahí. Magdalena, Carlota, id a preparar la habitación.
Las dos jóvenes salieron
de la estancia y al poco rato Mortimer las oyó andar por arriba.
—Comprendo perfectamente
que dos jovencitas tan atractivas como sus hijas se aburran aquí —dijo
Cleveland.
—¿Bonitas, verdad?
—repuso el señor Dinsmead con orgullo paternal—. Pero muy distintas de
nosotros. Mi esposa y yo somos muy caseros y estamos muy unidos, se lo aseguro,
señor Cleveland. ¿No es cierto, Maggie?
La señora Dinsmead sonrió y las agujas tintineaban
afanosamente. Tejía muy de prisa.
Al fin la habitación estuvo preparada, y Mortimer,
tras dar las gracias una vez más, anunció el deseo de retirarse a descansar.
—¿Habéis puesto una botella de agua caliente en la
cama? —preguntó de pronto la señora Dinsmead acordándose de sus deberes de ama
de casa.
—Sí, mamá, dos.
—Muy bien —replicó Dinsmead—. Subid con él, hijas
mías, y ved que no falte nada.
Magdalena le precedió con un candelabro en alto para
iluminar una escalera, y Carlota subió tras él.
El dormitorio era reducido, pero agradable, con el
techo inclinado. La cama parecía cómoda y los pocos muebles un tanto
polvorientos que la adornaban eran de caoba antigua. Sobre el lavabo había una
gran jarra de agua caliente, y sobre una silla un pijama de enormes
proporciones. La cama había sido abierta.
Magdalena fue hasta la ventana para asegurarse de
que los postigos estaban cerrados. Carlota dirigió una ojeada final a los
utensilios del lavabo y ambas se retiraron hacia la puerta.
—Buenas noches, señor Cleveland. ¿Está seguro de que
no le falta nada?
—No, gracias, señorita Magdalena. Siento
ocasionarles tantas molestias. Buenas noches.
Y salieron, cerrando la puerta tras ellas. Mortimer
Cleveland quedó a solas y empezó a desnudarse con aire pensativo. Cuando se
hubo puesto el enorme pijama del señor Dinsmead recogió sus ropas húmedas y las
dejó fuera de la habitación, como le aconsejara su anfitrión, cuya voz se oía
desde abajo.
¡Qué charlatán era aquel hombre! Era un tipo raro...
y desde luego había oído algo extraño en aquella familia. ¿O eran cosas de su
imaginación?
Volvió a entrar en el dormitorio y cerró la puerta,
quedando sumido en sus pensamientos... y entonces tuvo un sobresalto.
La mesita de caoba que había al lado de la cama
estaba cubierta de polvo y escritas en él se veían unas letras con toda
claridad. S. O. S.
Mortimer no podía dar crédito a sus ojos. Aquello
era una confirmación a sus vagas sospechas y presentimientos. Entonces estaba
en lo cierto. En aquella casa ocurría algo raro.
S. O. S. Una llamada de auxilio. Pero, ¿quién la
habría escrito en el polvo? ¿Magdalena o Carlota? Ambas estuvieron junto a la
cama unos momentos antes de abandonar la habitación. ¿Qué mano habría trazado
aquellas tres significativas letras?
Ante él aparecieron los rostros de las dos jóvenes.
Magdalena, morena y fría, y Carlota, tal como la viera en el primer momento,
con los ojos muy abiertos, sobresaltada, con un algo indefinible en su mirada.
Fue de nuevo hacia la puerta y la abrió. Ya no se
oía la voz del señor Dinsmead. La casa estaba silenciosa.
Mortimer pensó para sus adentros:
«Esta noche nada puedo hacer. Y mañana ya veremos.»
Cleveland se despertó temprano, y luego de bajar a
la planta baja salió al jardín. La mañana era hermosa y fresca después de la
lluvia. Alguien más había madrugado. En el otro extremo del jardín Carlota
estaba inclinada sobre la cerca contemplando las colinas, y el pulso se aceleró
un poco al ir a su encuentro. En su interior estaba convencido de que fue
Carlota quien escribiera el mensaje. Al llegar junto a ella la joven se volvió
para darle los buenos días. Sus ojos eran francos e infantiles, sin la menor
sombra de secreto.
—Hace una mañana espléndida —dijo Mortimer sonriendo—.
Qué contraste con el tiempo que hacía anoche.
—Desde luego.
Mortimer arrancó una rama del árbol cercano, y con
ella empezó a dibujar sobre la arena que había a sus pies. Trazó una S, luego
una O y por último otra S, observando la reacción de la joven, pero tampoco
ahora pudo ver la menor señal de comprensión.
—¿Sabe lo que representan estas letras? —le preguntó
de pronto.
Carlota frunció el entrecejo.
—¿No son las que envían los barcos cuando están en
peligro? —preguntó.
Mortimer hizo un gesto de asentimiento.
—Alguien las escribió anoche en mi mesita de noche
—dijo tranquilamente—. Y pensé que tal vez hubiera sido usted.
Ella le miró con franco asombro.
—¿Yo? ¡Oh, no!
Entonces se había
equivocado. Sintió una punzada de desaliento. Creía estar seguro..., tan
seguro. Y sus presentimientos no solían engañarle.
—¿Está bien segura?
—insistió.
—¡Oh, sí!
Echaron a andar hacia la
casa. Carlota parecía preocupada por algo, y apenas contestaba a los
comentarios de Mortimer. De pronto exclamó en voz baja y nerviosa:
—Es... es tan extraño que
me haya usted preguntado por esas letras, S.O.S. Claro que yo no las escribí,
pero... podría haberlo hecho.
Cleveland se detuvo para
mirarla y ella continuó:
—Parece una tontería, lo
sé, pero he estado tan asustada, tanto..., que cuando usted llegó anoche me
parecía una... una respuesta a mis plegarias.
—¿De qué tenía miedo?
—preguntó Mortimer.
—No lo sé.
—¿No lo sabe?
—Creo... que es la casa.
Desde que vinimos aquí ha ido creciendo mi temor. Todos parecen distintos.
Papá, mamá y Magdalena..., todos parecen haber cambiado.
Mortimer no replicó en
seguida, y antes de que pudiera hacerlo, Carlota se apresuró a continuar:
—¿Sabe que esta casa
dicen que está encantada?
—¿Qué? —preguntó él
sintiendo renacer su interés.
—Sí, un hombre asesinó a
su esposa aquí, hace ya algunos años. Nosotros lo supimos después de habitarla.
Papá dice que eso de los fantasmas son tonterías, pero yo... no sé...
Mortimer pensaba a toda velocidad.
—Dígame —le preguntó en tono profesional—. ¿Ese
crimen se cometió en la habitación donde yo he dormido?
—No lo sé —repuso Carlota.
—Quisiera saber —dijo Mortimer como para sus
adentros—, si eso es posible.
Carlota le miraba sin comprender.
—Señorita Dinsmead —le dijo Cleveland amablemente—.
¿Ha tenido alguna vez motivos para creer que es usted una buena médium?
Ella le miró sorprendida.
—Creo que usted sabe que escribió S.O.S. anoche
—dijo él tranquilamente—. Oh, inconsciente, desde luego. Un crimen flota en la
atmósfera, por así decir. Una mentalidad sensible como la suya pudo ser
influenciada en cierta manera. Usted ha estado reproduciendo las sensaciones e
impresiones de la víctima. Muchos años atrás ella escribió S.O.S. en la
mesa, y usted, inconsciente, reprodujo anoche su última acción.
El rostro de Carlota se iluminó.
—Ya entiendo —dijo—. ¿Usted cree que ésa es la
explicación?
Una voz llamó desde la casa y la joven se marchó
dejando a Mortimer en el sendero del jardín. ¿Estaba satisfecho con aquella
explicación? ¿Cubría todos los hechos que él conocía? ¿Explicaba la tensión que
percibiera al entrar en la casa la noche anterior?
Quizá, y no obstante aún tenía la extraña sensación
de que su repentina presencia había producido algo muy semejante a la
consternación, y pensó para sí: No debo dejarme llevar por la explicación
física. Puede afectar a Carlota, pero no a los otros. Mi llegada les contrarió
en gran manera... a todos, excepto a Johnnie. Sea lo que fuese lo que ocurre,
Johnnie no tiene nada que ver.
Estaba seguro de esto: era extraño que demostrara
tanta seguridad, pero era así.
En aquel momento el propio Johnnie salía de la casa
y se aproximó al huésped.
—El desayuno espera —le anunció—. ¿Quiere usted
entrar?
Mortimer observó que el muchacho tenía dos dedos muy
manchados, y Johnnie, al ver su mirada, se echó a reír.
—Siempre ando trajinando con productos químicos,
¿sabe? —le dijo—. Papá a veces se pone furioso. Él quiere que me dedique a la
construcción, pero a mí me encanta la química.
El señor Dinsmead apareció en una de las ventanas
con una amplia sonrisa en los labios, y al verle, todo el recelo y desconfianza
de Mortimer despertaron de nuevo. La señora Dinsmead estaba ya sentada a la
mesa. Le dio los buenos días con su voz inexpresiva y otra vez tuvo la
sensación de que por alguna oculta razón le temía.
Magdalena bajó al fin, y tras saludarle con una leve
inclinación de cabeza se acercó y tomó asiento frente a él.
—¿Ha dormido usted bien? —le preguntó bruscamente—.
¿No ha extrañado la cama?
Le miraba con ansiedad, y cuando él le contestó que
sí había dormido bien, le pareció ver en sus ojos una sombra de desilusión.
¿Qué es lo que había esperado que dijera?
Mortimer volvióse a su anfitrión.
—Creo que su hijo se interesa por la química —dijo
complacido.
La señora Dinsmead dejó caer su taza con estrépito.
—Vamos, vamos, Maggie —le dijo su esposo.
A Mortimer le pareció que en su voz había una
reconvención, una advertencia..., pero volviéndose hacia su huésped estuvo
hablando tranquilamente de las ventajas del ramo de la construcción y de no
dejar que los jóvenes siguieran sus impulsos.
Después del desayuno Cleveland salió solo al jardín
para fumar un cigarrillo. Era evidente que había llegado la hora de abandonar
aquella casa. Pasar la noche era una cosa, pero el prolongar su estancia allí
resultaba difícil sin una excusa, y ¿qué excusa podía dar? Sin embargo sentíase
reacio a partir.
Pensando y pensando, tomó un camino que llevaba al
otro lado de la casa. Sus zapatos tenían las suelas de crepé y apenas hacían
ruido. Al pasar ante la ventana de la cocina oyó la voz de Dinsmead y sus
palabras atrajeron su atención.
—Es una buena suma de dinero, vaya si lo es.
Mortimer no tenía intención de escuchar lo que
hablaban, pero volvió sobre sus pasos muy pensativo. Sea como fuere se trataba de sesenta mil libras, y aquello ponía
la cosa más clara... y más fea.
Magdalena salía de la
casa, pero la voz de su padre la llamó casi en el acto, y volvió a entrar. Al
poco rato Dinsmead volvía a reunirse con su huésped.
—¡Qué hermosa mañana! —le
dijo animadamente—. Espero que su automóvil no tenga nada de importancia.
Quiere saber cuándo me
marcho, pensó Mortimer, y en voz
alta agradeció una vez más su hospitalidad al señor Dinsmead.
—No faltaba más, no
faltaba más —replicó el otro.
Magdalena y Carlota
salieron juntas de la casa, y cogidas del brazo se dirigieron a un asiento
rústico que había a corta distancia. Las dos cabezas, una morena y la otra
rubia, contrastaban tanto que Mortimer exclamó impulsivamente:
—Qué distintas son sus
hijas, señor Dinsmead.
El aludido, que estaba
encendiendo su pipa, apagó la cerilla con violencia.
—¿Usted cree? —preguntó—.
Sí; claro, supongo que lo son.
Mortimer tuvo una
repentina inspiración.
—Claro que las dos
muchachas no son hijas suyas —dijo con calma.
Vio que Dinsmead le
miraba vacilando, y que al fin se decidía.
—Es usted muy inteligente
—le dijo—. No, una de ellas la recogimos cuando era de pañales y la hemos
criado como si fuera nuestra. Ella no tiene la menor idea de la verdad, pero
tendrá que saberlo pronto —suspiró.
—¿Una cuestión de herencia?
—insinuó Mortimer.
El otro le dirigió una
mirada de recelo, y al fin decidió que la franqueza era lo mejor.
—Es extraño que usted
diga eso, señor Cleveland.
—Un caso de telepatía,
¿eh? —dijo Mortimer con una sonrisa.
—Así es, señor. La
recogimos por complacer a su madre..., entonces yo empezaba a dedicarme a la
construcción. Hace pocos meses vi un anuncio en los periódicos, y me pareció
que la niña en cuestión debía ser nuestra Magdalena. Fui a ver a los abogados y
se ha hablado mucho en todos los sentidos. Ellos sospechan... es natural... es
natural..., pero ahora está todo aclarado. Yo mismo voy a llevarla a Londres la
semana que viene... Ella todavía no sabe nada. Parece ser que su padre fue un
hombre muy rico, y sólo se enteró de la existencia de la niña pocos meses antes
de su muerte. Contrató a varios agentes para que la encontraran y le dejó todo
su dinero para cuando dieran con ella.
Mortimer le escuchaba con
suma atención. No tenía motivos para dudar de la historia del señor Dinsmead,
que explicaba la belleza morena de Magdalena, y quizá también su frialdad. Sin
embargo, aunque la historia fuese cierta, algo se ocultaba tras ella.
Mas Cleveland no quiso
despertar las sospechas del otro. Al contrario, debía procurar disiparlas.
—Una historia muy interesante,
señor Dinsmead —le dijo—. Y felicito a la señorita Magdalena. Siendo
tan hermosa y además heredera, tendrá un magnífico porvenir.
—Sí —convino el padre con calor—, y además es muy
buena, señor Cleveland.
—Bien —dijo Mortimer—. Creo que debo marcharme ya.
Tengo que darle las gracias una vez más, señor Dinsmead, por su hospitalidad
tan estupenda y oportuna.
Acompañado de su anfitrión penetró en la casa para
despedirse de la señora Dinsmead, que por hallarse de pie ante la ventana no
les oyó entrar. Al oír decir a su esposo en tono jovial: «Aquí está el señor
Cleveland, que quiere despedirse de ti», se sobresaltó de tal manera que le
cayó algo que tenía en la mano y que Mortimer se apresuró a recoger. Era una
miniatura de Carlota hecha al estilo de los veinte años atrás. Cleveland le
repitió las gracias que ya diera a su esposo, volviendo a notar en ella las
miradas furtivas y llenas de temor que le dirigían sus pestañas.
Las dos jóvenes no estaban a la vista, pero Mortimer
no quería demostrar interés por ellas; también él tenía su idea, que no habría
de tardar en comprobar.
Cuando se encontraba a medio kilómetro de distancia
de la casa, camino del lugar donde dejara el automóvil la noche anterior, vio
que se movían unos arbustos al lado del sendero y Magdalena apareció ante él.
—Tenía que verle —le dijo.
—La esperaba repitió Mortimer—. Fue usted quien
escribió S.O.S. en mi mesilla de noche, ¿no es cierto?
Magdalena asintió.
—¿Por qué? —le preguntó Mortimer en tono amable.
La joven, dando media vuelta, comenzó a arrancar
hojas de un arbusto.
—No lo sé —dijo—. Sinceramente, no lo sé.
—Cuéntame —le animó Cleveland.
Magdalena aspiró el aire con fuerza.
—Soy una persona práctica —dijo—; no de esas que
imaginan o inventan cosas. Usted, según tengo entendido, cree en fantasmas y
espíritus. Yo no, y le aseguro que en esta casa ocurre algo muy extraño —señaló
la colina—. Quiero decir que hay algo tangible..., no es sólo un eco del
pasado. Lo he estado notando desde que vinimos aquí. Cada día que pasa es peor.
Papá está distinto, mamá es otra, y Carlota lo mismo.
Mortimer intervino.
—¿Y Johnnie no ha cambiado?
Magdalena le miró apreciativamente.
—No —dijo—, ahora que lo pienso, Johnnie no ha
cambiado. Es el único que está igual que siempre. Incluso anoche a la hora del
té.
—¿Y usted?
—Yo estaba asustada..., terriblemente asustada, como
una niña..., sin saber por qué. Y papá estuvo tan... extraño, no hay otra
palabra. Habló de milagros y entonces yo recé..., recé para que se realizara un
milagro, y usted llamó a la puerta.
Se detuvo bruscamente, mirándola a los ojos.
—Supongo que no debo parecerle loca —le dijo con
aire desafiante.
—No —replicó Mortimer—, al contrario, me parece
usted una personita muy cuerda. Todas las personas sanas sienten el peligro
cuando se hallan cerca de él.
—No comprende —dijo ella—. Yo no temía... por mí.
—¿Por quién entonces?
Pero Magdalena volvió a menear la cabeza con aire
contrito.
—No lo sé. —Y continuó—: Escribí S.O.S.
impulsivamente. Tuve la impresión... sin duda absurda... de que no iban a
dejarme hablar con usted..., me refiero, a mi familia. No sé lo que pensaba
pedirle que hiciera, ni tampoco lo sé ahora.
—No importa —replicó Mortimer—. Lo haré.
—¿Qué puede usted hacer ahora?
—Puedo pensar.
Ella le miró incrédula.
—Sí —dijo Mortimer—, así puede hacerse muchísimo más
de lo que usted se imagina. Dígame, ¿hubo por casualidad alguna palabra o frase
que atrajera su atención poco antes de la cena de anoche?
Magdalena frunció el entrecejo.
—No creo —dijo al fin—. Oí que papá decía a mamá que
Carlota era su vivo retrato, y se rió de un modo muy extraño, pero... no hay
nada raro en eso, ¿verdad?
—No —replicó Mortimer, despacio—, excepto que
Carlota no se parece en nada a su madre.
Permaneció sumido en sus pensamientos unos instantes
y, al levantar los ojos, comprendió que Magdalena le contemplaba indecisa.
—Vuelva a su casa, pequeña —le dijo—, y no se
preocupe. Déjelo en mis manos.
Ella, obediente, emprendió el camino de regreso.
Mortimer continuó andando un poco más, y luego se tumbó sobre la verde hierba y
cerrando los ojos procuró no pensar en nada, para dejar que una serie de
imágenes fueran subiendo a la superficie de su memoria.
¡Johnnie! Siempre volvía a pensar en Johnnie.
Johnnie completamente inocente, y ajeno a las sospechas e intrigas, pero, sin
embargo, el eje en torno al cual giraba todo. Recordó que la señora Dinsmead
había dejado caer su taza aquella mañana durante el desayuno. ¿Qué fue lo que
originó su agitación? ¿Un comentario casual que hizo él acerca de la afición
del muchacho por la química? En aquel momento no había reparado en el señor
Dinsmead, pero ahora recordaba que detuvo en el aire la taza que iba a llevarse
a los labios.
Aquello le llevó de nuevo a Carlota cuando la vio
por primera vez mirándole por encima de su taza de té. Y rápidamente a este
pensamiento le sucedió otro: el recuerdo del Señor Dinsmead vaciando todas las
tazas, una tras otra, y diciendo: «El té está frío».
Recordaba las tazas humeantes. Sin duda el té no
estaría tan frío como él pretendía.
Algo empezó a bullir en su cerebro. Una noticia que
leyera en los periódicos no hacía mucho..., todo lo más un mes. Una familia
entera envenenada por el descuido de un muchacho. Un paquete de arsénico
olvidado en la despensa, cuyo contenido había ido cayendo sobre el pan que
estaba debajo. Probablemente el señor Dinsmead también lo habría leído.
Las cosas se fueron aclarando.
Y media hora más tarde, Mortimer Cleveland se puso
en pie rápidamente.
Se hizo de noche una vez más en la casita. Esta vez
los huevos eran escalfados y se abrió una lata de carne mollar. La señora
Dinsmead salía de la cocina portando la enorme tetera, mientras la familia
ocupaba sus sitios correspondientes alrededor de la mesa.
La madre fue llenando las tazas y repartiéndolas.
Luego, al dejar la tetera sobre la mesa, lanzó un grito ahogado y se llevó la
mano al corazón. El señor Dinsmead giró en redondo siguiendo la dirección de
sus ojos aterrorizados. Mortimer Cleveland estaba en pie en la entrada, y se
adelantó.
—Temo haberles asustado —dijo—. Tuve que volver por
algo.
—¿Por algo? —exclamó el señor Dinsmead con el rostro
amoratado y las venas a punto de estallar—. Me gustaría saber por qué.
—Por un poco de té —exclamó Mortimer.
Y con un gesto rápido extrajo un tubo de ensayo de
su bolsillo, en el que vació el contenido de una de las tazas que había sobre
la mesa.
—¿Qué... qué hace usted? —preguntó el señor
Dinsmead, con el rostro palidísimo, del que había
desaparecido todo el acaloro anterior como por arte de magia.
La señora Dinsmead lanzó un gemido.
—¿Lee usted los periódicos, señor Dinsmead? Estoy
seguro que sí. Algunas veces se lee la noticia de que toda una familia ha sido
envenenada..., ciertos miembros de la misma se recobraron y otros no. En este
caso uno hubiera muerto. La primera explicación sería la carne en lata que
están comiendo, pero ¿y suponiendo que el médico fuese un hombre receloso y que
no se dejase convencer fácilmente por esa teoría? En su despensa hay un paquete
de arsénico, y en el estante de debajo un paquete de té. Nada más natural que
suponer que el arsénico cayó en el té por accidente... Su hijo sería inculpado
de descuido y nada más.
—Yo... yo no sé a qué se refiere —exclamó Dinsmead.
—Creo que sí lo sabe —Mortimer cogió otra taza de té
y llenó otro tubo. Al primero le puso una etiqueta roja y al otro una azul.
—El de la etiqueta roja —dijo— contiene té de la
taza de su hija Carlota, y el otro de la de Magdalena; y estoy dispuesto a
jurar que en el primero se encontrará cuatro o cinco veces mayor cantidad de
arsénico que en el segundo.
—¡Está loco! —exclamó Dinsmead.
—¡Oh, pobre de mí! Nada de eso. Usted me dijo hoy
mismo, señor Dinsmead, que Magdalena no era hija suya. Y me mintió. Magdalena
es su hija. CarIota es la niña que
ustedes adoptaron y que es tan parecida a su madre, que cuando hoy tuve en mis
manos una miniatura de su madre la tomé por la propia Carlota. Ustedes deseaban
que su propia hija heredara la fortuna, y puesto que era imposible ocultar a
Carlota, y alguien que hubiera conocido a su madre hubiese comprendido la
verdad por su extraordinario parecido, decidieron..., bueno..., poner el
arsénico blanco suficiente en el fondo de una taza de té.
La señora Dinsmead lanzó
de pronto una risa histérica.
—Té —gritó—; eso es lo
que dijo, té, y no limonada.
—¿Es que no puedes
callarte? —rugió su esposo.
Mortimer vio que Carlota
le miraba con los ojos muy abiertos. Luego sintió que le cogían de un brazo y
Magdalena le llevó donde no pudieran oírles.
—Eso... —señaló los tubos
de ensayo—. Papá... Usted no... Mortimer le puso una mano sobre el hombro.
—Pequeña —le dijo—, usted
no cree en el pasado. Yo sí. Y creo en el ambiente que se respiraba en esta
casa. Si su padre no hubiera venido a esta casa, precisamente, quizá... digo quizá...,
no hubiera concebido este plan. Guardaré estos dos tubos de ensayo para
salvaguardar a Carlota ahora, y en el futuro. Aparte de esto, no haré nada...
en agradecimiento, si usted quiere, a la mano que escribió S.O.S.
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