Con sus brazos poderosos, Bill la alzó del suelo, estrechándola contra su
pecho. Con un profundo suspiro ella le ofreció sus labios
en un beso como jamás había soñado...»
Suspirando,
Eduardo Robinson dejó Cuando el Amor Reina y miró por la ventanilla del
«metro». Estaban atravesando Stamford Brook. Eduardo Robinson pensaba en Bill.
Bill era el héroe ciento por ciento idolatrado por las lectoras. Eduardo
envidiaba sus músculos, su atractivo, y sus terribles pasiones. Volvió a coger
el libro para leer de nuevo la descripción de la marquesa Bianca (la que le
ofreciera sus labios). Tan arrebatadora era su belleza, tan funesto su encanto,
que los hombres más fuertes caían ante ella como bolos, heridos de amor.
—Claro que
—díjose Eduardo— esto es palabrería. Vaya si lo es. Y, sin embargo, quisiera
saber...
Sus ojos se
animaron. ¿Existía en alguna parte un mundo de romance y aventura? ¿Había
mujeres de belleza turbadora? ¿Acaso el amor es algo que devora como una llama?
—Esto no
ocurre en la vida real —dijo Eduardo—. Tengo que seguir adelante igual que los
demás.
En
conjunto, debía considerarse un joven afortunado. Era de excelente cuna...
gozaba de buena salud, no dependía de nadie, y estaba prometido a Maud.
Pero el
mero recuerdo de Maud puso una sombra en su rostro. Aunque ante nadie hubiera
querido admitirlo, temía a Maud. La quería... sí..., todavía recordaba la
emoción con que había admirado su cuello blanco emergiendo de una blusa barata
la primera vez que se vieron. Estaba sentado detrás de ella en el cine, y el
amigo que iba con él la conocía y se la presentó. No cabía la menor duda de que
Maud era superior. Era atractiva, lista y muy señora, y siempre tenía razón en
todo. Esa clase de chica, que según todo el mundo dice, haría una esposa
excelente.
Eduardo
preguntóse si la marquesa Bianca hubiera sido una esposa excelente. Sin saber
por qué, lo dudaba. No podía imaginar a la voluptuosa Bianca, con sus rojos
labios y formas ondulantes, cosiendo botones, pongamos por ejemplo, para el
varonil Bill. No, Bianca era el romance, y lo otro la vida real. Maud y él eran
felices juntos. Ella tenía tanto sentido común...
Pero de
todas formas, hubiera deseado que no fuera tan... bueno, tan viva de genio...
ni que estuviera siempre tan a punto de «echarse sobre él».
Claro que
era su prudencia y sentido común el que la impulsaba a hacerlo. Maud era muy
sensata. Y, por lo general, Eduardo era muy sensato también, pero algunas
veces... Por ejemplo, él hubiera querido casarse por Navidad, y Maud le había
indicado que era mucho más prudente esperar un poco... tal vez uno o dos años.
Su sueldo no era mucho. Él quiso regalarle un anillo caro... y ella se
horrorizó, obligándole a cambiarlo por otro más barato. Sus cualidades eran
excelentes, pero algunas veces Eduardo deseaba que tuviera más defectos y menos
virtudes. Fueron sus virtudes las que le empujaron a cometer locuras.
Por
ejemplo...
El rubor
invadió su rostro. Tenía que decírselo a Maud... y pronto. Su secreta
culpabilidad le estaba haciendo comportarse extrañamente. El día siguiente
sería el primero de los tres días de fiesta. Nochebuena, Navidad y San Esteban.
Ella le había sugerido que fuera a pasarlo con su familia de una manera tan
tonta que no podía por menos que despertar sospechas. Eduardo consiguió
zafarse... contándole una larga historia (falsa, naturalmente) de un amigo que
vivía en el campo y a quien había prometido pasar el día en su compañía.
Y no
existía ese amigo. Aquél era su secreto culpable.
Tres meses
atrás, Eduardo Robinson, en compañía de otros cientos de miles de jóvenes,
había tomado parte en un concurso de una de las revistas semanales.
Había que ordenar los nombres de doce jovencitas según su popularidad. Eduardo
tuvo una brillante idea. Sus preferencias seguramente serían equivocadas... lo
había observado en concursos similares, y dispuso los doce nombres según su
opinión, y luego volvió a escribirlos, pero esta vez tomando alternativamente
un nombre del principio de la lista y otro del final.
Cuando
anunciaron el resultado, Eduardo había acertado ocho de los doce, y ganó el
primer premio de quinientas libras. Este resultado, que bien puede atribuirse a
la suerte, Eduardo se empeñó en considerarlo como una consecuencia directa de
su «sistema», y estaba orgulloso de sí mismo.
¿Y qué
hacer entonces con la suma de quinientas libras?
Sabía muy
bien lo que diría Maud. Que las invirtiera. Que serían un buen rinconcito para
el futuro. Y, naturalmente, Maud tendría razón, como siempre.
Pero el
ganar dinero en un concurso es algo completamente distinto de todo lo demás.
Si el
dinero hubiera llegado a sus manos por medio de una herencia, lo habría
invertido religiosamente en acciones o bonos del Estado. Pero el dinero que se
gana con un simple golpe de pluma, por una afortunada e increíble casualidad,
llega bajo el mismo lema que la moneda de seis peniques que se da a un niño...
«para ti... para que lo gastes en lo que quieras».
Y en cierta
tienda ante la cual pasaba cada día camino de su oficina, estaba su sueño... un
automóvil de dos plazas... largo y reluciente, y con un cartelito con el
precio... cuatrocientas sesenta y cinco libras...
—Si yo fuera
rico —decíase Eduardo día tras día—. Si yo fuera rico, te compraría.
Y ahora lo
era... si no rico... por lo menos poseía una suma de dinero suficiente para
realizar su sueño. Aquel coche, aquella brillante pieza de maravilla, sería
suyo si osaba pagar su precio.
Su
intención fue comunicar a Maud lo del dinero, y una vez se lo hubiese confesado
estarla a salvo contra la tentación. Al ver el horror y la desaprobación
reflejados en el rostro de Maud no hubiese tenido valor para persistir en su
locura. Pero, por casualidad, fue la misma Maud quien solucionó el asunto. La
había llevado al cine... a las mejores butacas, y ella le hizo ver, con
dulzura, pero en tono firme, lo tonto de su comportamiento... gastar el dinero
de aquella manera... cuando la película se veía lo mismo desde las últimas
filas. Eduardo aceptó sus reproches en silencio, y Maud quedó convencida de que
le había impresionado. No podía permitir que Eduardo continuara con aquellas
extravagancias. Le quería mucho, pero se daba cuenta de su debilidad... y era
cosa suya influenciarle siempre para que fuera por el camino debido, y observó
satisfecha su aparente sumisión de gusano.
Eduardo era
como un gusano, y como los gusanos también sabía volverse. Permaneció dominado
por sus palabras, pero fue en aquel preciso momento cuando tomó la resolución
de comprar el coche.
—Maldita
sea —se dijo Eduardo—. ¡Por una vez en la vida, haré lo que quiera; ¡Maud puede
irse al diablo!
Y a la
mañana siguiente había penetrado en el palacio de cristal habitado por aquellas
preciosidades de esmalte y metal relucientes, y con una facilidad que a él
mismo le sorprendió, adquirió el coche. ¡Comprar un automóvil es la cosa más
sencilla del mundo!
Eso había
ocurrido cuatro días atrás. Se había marchado de la tienda con aparente calma,
pero interiormente pletórico de dicha. Y en cuanto a Maud, todavía no le había
dicho una palabra. Durante cuatro días, a las horas de las comidas, había
recibido instrucciones para manejar aquella encantadora criatura, y Eduardo era
un alumno aventajado.
A la mañana
siguiente, que era Nochebuena, pensaba llevar al campo su adquisición. Había
mentido a Maud y volvería a hacerlo de ser necesario. Estaba esclavizado en
alma y cuerpo por su nuevo tesoro. Representaba para él el romance, la
aventura, y todas las cosas que siempre había deseado y nunca tenido. Mañana,
él y su automóvil enfilarían la carretera, respirando a pleno pulmón el aire
fresco y puro, dejando atrás el estrépito y la inquietud de Londres... para
adentrarse en los espacios abiertos...
En aquel
momento, Eduardo, sin saberlo, estaba muy cerca de convertirse en un poeta.
Mañana...
Miró el
libro que tenía en la mano... Cuando el Amor Reina. Riendo lo introdujo
en su bolsillo. El coche, los rojos labios de la marquesa Blanca, y las
sorprendentes proezas de Bill, parecían cosas del mismo mundo. Mañana...
El tiempo,
que siempre acostumbra a fallar a los que confían en él, se mostró
favorablemente dispuesto hacia Eduardo, y le proporcionó el día de sus
sueños... con una helada, un cielo azul pálido, y un sol suave.
Así que,
lleno de ansias de aventuras, de osadía y travesura, Eduardo salió de Londres.
Tuvo algún apuro en una esquina de Hyde Park, y un triste contratiempo en
Puntney Bridge, pero con muchas protestas de los neumáticos, y frecuentes
chirridos de los frenos, así como insultos procedentes de los otros conductores
de vehículos, logró salir del paso. Para ser un principiante no lo hizo mal del
todo, y al fin enfiló una de esas amplias carreteras que son la alegría de los
automovilistas. Aquel día había muy poco tránsito y Eduardo continuó su carrera
embriagado por su dominio sobre aquella criatura de costados resplandecientes,
avanzando a toda velocidad por aquel mundo blanco, con el júbilo de un dios.
Fue un día
delirante. Comió en una antigua posada, y luego volvió a detenerse para tomar
el té. Al fin, de mala gana, se dispuso a emprender el regreso... hacia
Londres, hacia Maud, hacia las seguras explicaciones y reproches.
Alejó
aquellos pensamientos con un suspiro. Mañana ya vería. Aún le quedaba la noche.
¿Y acaso habría algo más fascinante? Correr a través de la oscuridad con los
faros buscando el camino que se abre delante. ¡Vaya, aquello era lo mejor de
todo!
Decidió que
ya no le quedaba tiempo para detenerse a cenar en ninguna parte. El conducir de
noche era bastante difícil y vio que iba a emplear más tiempo en regresar a
Londres de lo que había calculado. Eran las ocho en punto cuando pasó por
Hindhead. Había luna y la nieve que había caído dos días atrás seguía sin
derretirse.
Detuvo el
coche y permaneció contemplándola. ¿Qué importaba si no regresaba a Londres
hasta medianoche? ¿Qué importaba si no regresaba nunca? No pensaba apartarse de
todo aquello tan pronto.
Se apeó del
coche y vio un camino serpenteante que le tentaba, y sucumbió a su encanto.
Durante media hora anduvo delirante por un mundo nevado. Nunca había imaginado
nada semejante. Y era suyo, se lo había dado aquel tesoro que le esperaba como
un perro fiel en la carretera.
Al fin, con
un suspiro volvió a la realidad e introdujo la mano en el bolsillo del coche,
donde había guardado una bufanda a primera hora del día.
Pero la
bufanda no estaba allí. El bolsillo estaba vacío. No, vacío del todo no...
había algo duro que arañaba... como guijarros.
Eduardo
introdujo la mano más al fondo, y al minuto siguiente su expresión era la de un
loco. El objeto que tenía en su mano y al que la luz de la luna arrancaba mil
destellos, era un collar de brillantes.
Eduardo lo
miraba sin comprender, pero no había duda posible. En el bolsillo interior de
su automóvil reposaba casualmente un collar de brillantes que valdría varios
miles de libras, ya que las piedras eran muy grandes.
—Pero,
¿quién lo había puesto allí? Desde luego no estaba cuando salió de la ciudad.
Alguien debió acercarse al coche mientras él paseaba por la nieve,
escondiéndolo deliberadamente. Pero, ¿por qué? ¿Por qué elegir su coche?
¿Acaso el dueño del collar se había equivocado? ¿O era... cabía dentro de lo
posible... un collar robado?
Y entonces,
mientras todos estos pensamientos giraban en su mente, Eduardo se quedó helado
de pronto. Aquél no era su automóvil.
Eran muy
parecidos. Del mismo tono rojo brillante... rojo como los labios de la marquesa
Bianca... con la misma línea estilizada, pero por mil pequeños detalles,
Eduardo comprendió que aquél no era su coche. Su esmalte estaba rayado en
algunos sitios, y daba algunas muestras ligeras, pero inconfundibles, de haber
sido usado. En ese caso...
Eduardo,
sin pensarlo más, se apresuró a dar la vuelta al coche. No era su punto fuerte
y siempre perdía la cabeza y realizaba la maniobra al revés, volviendo el
volante en dirección contraria. Además, también solía confundirse con el
acelerador y el freno de pie con resultados desastrosos. Sin embargo, al fin lo
consiguió, y el automóvil comenzó a subir de nuevo la colina.
Eduardo
recordó haber visto otro automóvil aparcado a cierta distancia. Entonces no se
había fijado gran cosa, y regresó por otro camino distinto del que había bajado
a la hondonada. Aquel segundo camino le dejó precisamente detrás del automóvil
que él creyó suyo, cuando en realidad debía tratarse de otro.
En cosa de
diez minutos estuvo otra vez en el lugar de partida, pero ya no se veía ningún
automóvil junto a la carretera. El otro propietario debía haberse marchado en
el de Eduardo... quizá también confundido por la semejanza.
Eduardo
sacó el collar de brillantes de su bolsillo y lo acaricio entre sus dedos con
aire perplejo y asombro inenarrable.
—¿Qué
hacer? ¿Dar parte en el puesto de policía más próximo? Sí. Explicar lo
ocurrido, entregar el collar, y dar el número de su automóvil.
Poco a
poco, ¿cuál era el número de su automóvil? Eduardo Robinson pensó y pensó, pero
por más que hizo no pudo recordarlo. Sintió un escalofrío. Iba a hacer el
ridículo más absoluto en el puesto de policía. Todo lo que podía recordar es
que tenía un ocho. Claro, que en realidad no importaba... por lo menos...
contempló los brillantes con recelo. Supongamos que creyeran que... oh, pero no
era posible... y, sin embargo, podían pensar... que él había robado el collar.
Porque, al fin y al cabo, pensándolo bien, ¿quién iba a depositar un collar de
tanto valor en el bolsillo de un automóvil cualquiera estando en sus cabales?
Eduardo se
apeó, y dando la vuelta al coche fue a mirar la matrícula. El número XRI 10061.
Aparte de saber que aquél no era el de su coche, no le dijo nada. Luego se
dispuso a registrar todos los bolsillos y en el que había encontrado el collar
hizo un descubrimiento... un pedazo de papel con algunas palabras escritas. A
la luz de los faros Eduardo pudo leerlas con bastante facilidad.
Reúnete conmigo a las diez en Greane, esquina a Salter's Lane.
Recordaba
el nombre de Greane. Lo había visto en un poste durante el día. Al instante
tomó una resolución. Iría a aquel pueblo, Greane, buscaría Salter's Lane para
encontrarse con la persona que había escrito la nota y explicarle lo ocurrido.
Eso sería mucho mejor que hacer el ridículo ante la policía.
Puso el
motor en marcha casi feliz. Al fin y al cabo aquello era una aventura. Aquellas
cosas no ocurrían todos los días.
El collar
de brillantes lo convertía en algo excitante y misterioso.
Tuvo alguna
dificultad en encontrar Greane, y todavía más en dar con Salter's Lane, pero
después de llamar a dos o tres casas, tuvo suerte.
Sin
embargo, pasaban algunos minutos de la hora de la cita cuando detuvo el coche
cautelosamente junto a una carretera estrecha sin perder de vista el lado
izquierdo, lugar de donde le habían dicho que partía Salter's Lane.
Llegó allí,
después de doblar un recodo, y cuando enderezaba el coche, vio una figura que
salía de la oscuridad.
—¡Al fin!
—exclamó la voz de una joven—. ¡Has tardado un siglo, Gerald!
Mientras
hablaba, la muchacha se colocó delante de los faros y Eduardo contuvo el
aliento. Era la criatura más encantadora que viera en su vida.
Era muy
joven, de cabellos negros como la noche y labios de un rojo maravilloso. El
pesado abrigo que llevaba abierto permitía ver que iba en traje de noche... una
creación de color rojo-llama que moldeaba su figura perfecta. Alrededor del
cuello llevaba una hilera de perlas exquisitas.
De pronto
la joven se sobresaltó.
—Vaya
—dijo—, pero si no es Gerald.
—No
—apresuróse a decir Eduardo—. Debo explicarme —sacó el collar de brillantes de
su bolsillo para entregárselo—. Mi nombre es Eduardo...
No pudo
continuar porque la muchacha le interrumpió.
—¡Eduardo,
claro! Cuánto me alegro. Pero ese idiota de Jimmy me dijo por teléfono que iba
a enviar a Gerald con el coche. Has sido muy amable al venir, estaba deseando
conocerte. Recuerda que no te había visto desde que tenía seis años. Veo que
tienes el collar. Vuelve a meterlo en tu bolsillo. Pudiera acercarse la policía
del pueblo y verlo. Brrrrrr, ¡me he quedado helada esperando! Déjame subir.
Como en un
sueño, Eduardo le abrió la portezuela y ella se sentó a su lado. Sus pieles
rozaron su mejilla y un aroma delicioso, como el de las violetas después de la
lluvia, embriagó sus sentidos.
No tenía
ningún plan definido, pero en un momento, inconscientemente, se lanzó a la
aventura. Ella le había llamado Eduardo... ¿qué importaba si él se fingía ese
Eduardo? Ella no tardaría en descubrirlo, pero entretanto, ¿por qué no seguir
el juego? Dio el contacto, y el coche se puso en marcha.
De pronto
la joven se echó a reír, y su risa resultó tan encantadora como el resto de su
atractiva persona.
—Es fácil
ver que no entiendes mucho de coches. Supongo que allí no los tenéis.
«Quisiera
saber dónde es allí» pensó Eduardo, y en voz alta agregó:
—No muchos.
—Será mejor
que me dejes conducir a mí —dijo ella—. Es bastante complicado abrirse camino
por estos vericuetos, hasta que volvamos a encontrar la carretera principal.
Le cedió el
volante de buena gana, y en seguida avanzaron por la noche a una velocidad y
con un dominio que Eduardo envidió secretamente. La muchacha volvió la cabeza
para mirarle.
—Me gusta
correr. ¿Y a ti...? No te pareces en nada a Gerald. Nadie os tomaría por
hermanos. Ni tampoco eres como yo te había imaginado.
—Supongo
que soy tan vulgar... —dijo Eduardo—. ¿Es por eso?
—No, vulgar
no... distinto. No puedo definirte. ¿Cómo está el pobre Jimmy? Muy fastidiado,
supongo.
—Oh, Jimmy
está bien —repuso Eduardo.
—Es fácil
decirlo... pero ha tenido muy mala suerte al torcerse un tobillo. ¿Te contó
toda la historia?
—Ni una
palabra. Estoy completamente in albis. Me gustaría que me la explicaras.
—Oh, todo
salió como un sueño. Jimmy se acercó a la puerta principal, disfrazado de
mujer. Le concedí un par de minutos, y luego me asomé a la ventana. La doncella
de Agnes Larella estaba preparando su vestido y joyas. Entonces se oyó un grito
arriba, sonaron timbres y todos salieron disparados. La doncella desapareció y
yo entré, llevándome el collar y saliendo otra vez con la velocidad de un rayo
para regresar a Punch Bowl. Al pasar dejé el collar en el coche y la nota
indicando dónde debíais recogerme. Luego me reuní con Luisa en el hotel,
después de esconder mis botas de nieve, naturalmente. Una coartada perfecta.
Ella ni siquiera se enteró de que hubiera salido.
—¿Y qué hay
de Jimmy?
—Pues, tú
sabes más que yo.
—No me dijo
nada —replicó Eduardo sin que le costara el menor esfuerzo.
—Pues, en
la desbandada general, se enganchó un pie en la falda y se torció el tobillo.
Tuvieron que llevarle al coche, y el chófer de Larella le llevó a casa.
¡Imagínate si al chófer se le ocurre meter la mano en el bolsillo!
Eduardo rió
con ella, pero mientras su cerebro trabajaba activamente. Ahora comprendía más
o menos la posición. El nombre de Larella le era vagamente familiar... era de
esos nombres que hablan de opulencia. Aquella joven, y un desconocido llamado
Jimmy, habían tramado juntos el robo del collar, y lo realizaron con éxito.
Debido a la torcedura del tobillo y a la presencia del chófer de los Larella,
Jimmy no pudo mirar en el interior del bolsillo del coche antes de telefonear a
la joven... probablemente no se atrevió, pero estaba casi seguro de que el otro
desconocido, «Gerald», lo haría a la menor oportunidad. ¡Y entonces
descubrirían la equivocación de Eduardo!
—Adelante
—dijo la muchacha.
Un tranvía
pasó junto a ellos como un relámpago. Estaban ya en las afueras de Londres, y
se mezclaron entre el tráfico. Eduardo tenía el corazón en la boca. ¡Ella
conducía maravillosamente, pero con tanta imprudencia!
Un cuarto
de hora más tarde se detuvieron ante una casa de aspecto imponente, en una
plaza helada nada acogedora.
—Podemos
cambiarnos de ropa aquí —dijo la joven—, antes de ir a Ritson's.
—¿Ritson's?
—repitió Eduardo, pronunciando el nombre del famoso club nocturno casi con
religiosa reverencia.
—Sí, ¿no te
lo dijo Gerald?
—No
—replicó Eduardo—. ¿Y qué hay de mi ropa?
Ella
frunció el ceño.
—¿Es que no
te han dicho nada? Ya te encontraremos algo. Tenemos que seguir hasta el fin.
Un
mayordomo les abrió la puerta, haciéndose a un lado para dejarles entrar.
—Ha
telefoneado el señor Gerald Champneys, señoría. Tenía mucho empeño en hablar
con su señoría, pero no quiso dejar ningún recado.
«Ya lo creo
que debía tener empeño en hablar con ella —díjose Eduardo para sus adentros—.
Por lo menos ahora ya sé mi nombre completo. Eduardo Champneys. ¿Pero quién
es ella? La ha llamado su señoría. ¿Para qué quiere robar un collar? ¿Para
pagar deudas de bridge?»
En los
folletines que leía de cuando en cuando, la hermosa y aristócrata heroína
siempre se veía arrastrada a la desesperación por deudas de juego.
Eduardo fue
acompañado por el mayordomo, quien le dejó en manos de un ayuda de cámara, y un
cuarto de hora más tarde volvía a reunirse con su anfitriona, exquisitamente
ataviado de smoking, hecho en Savile Row, y que le sentaba a las mil
maravillas.
¡Cielos!
¡Qué noche!
Fueron en
el automóvil al famoso Ritson's. Como todo el mundo, Eduardo había leído
párrafos escandalosos respecto a Ritson's. Todo el que era alguien pasaba por
Ritson's más pronto o más tarde. El único temor de Eduardo era que pudiera
aparecer algún conocido del verdadero Eduardo Champneys, pero se consoló
pensando que, al parecer, el auténtico había pasado varios años fuera de
Inglaterra.
Sentados en
una mesita junto a la pared bebieron unos combinados. ¡Cocktails! Para el
sencillo Eduardo aquello representaba la quintaesencia de la gran vida. La
joven, envuelta en un fastuoso chal bordado, bebía con aire indiferente. De
pronto, dejando caer el chal, se puso en pie.
—Bailemos.
Ahora bien,
si había algo que Eduardo supiera hacer a la perfección, era bailar. Cuando él
y Maud salían juntos a la pista del Palacio de la Danza, los menos dotados se
apartaban para contemplarles con admiración.
—Casi me
olvidaba —dijo la joven de pronto—. ¿Y el collar?
Alargó la
mano. Eduardo, completamente asombrado, lo sacó del bolsillo para dárselo,
viendo con gran estupefacción que ella se lo ponía. Luego le sonrió con todo su
atractivo.
—Ahora —le
dijo en tono suave—, bailemos.
Y bailaron.
Y nunca se vio en Ritson's nada más perfecto. Luego, cuando al fin regresaron a
su mesa, un anciano caballero de aire disoluto acosó a la compañera de Eduardo.
—¡Ah! Lady
Noreen, siempre bailando. Sí, sí. ¿Está aquí esta noche el capitán Folliot?
—Jimmy ha
tenido un contratiempo... se ha torcido un tobillo.
—No me
diga. ¿Cómo ha ocurrido?
—Todavía no
conozco los detalles.
Ella,
riendo, pasó de largo.
Eduardo la
siguió hecho un mar de confusiones. Ahora sabía quién era. Lady Noreen Elliot,
la famosa lady Noreen, la muchacha de quien tal vez se hablaba más en
Inglaterra. Célebre por su belleza, su osadía... la cabecilla de la juventud
elegante. Había sido recientemente anunciado su compromiso con el capitán James
Folliot, V. C. de la casa Calvary.
¿Pero y el
collar? Todavía no lograba entenderlo. Aun corriendo el riesgo de descubrirse,
debía averiguarlo cuanto antes.
Y al volver
a sentarse se lo preguntó.
—¿Por qué
lo hiciste, Noreen? le dijo—. Dime por qué.
Ella sonrió
con aire soñador, con los ojos perdidos en el vacío, todavía embriagada por el
influyente hechizo del baile.
—Supongo
que te resultará difícil entenderlo. Una llega a cansarse tanto de las mismas
cosas... siempre lo mismo. La búsqueda de tesoros estuvo bien una temporada,
pero uno se acostumbra a todo. «Robos», eso fue idea mía. Cincuenta libras de
entrada y posibilidad de ganar mucho. Éste es el tercero. Jimmy y yo escogimos
a Agnes Larella. ¿Conoces las reglas? Hay que cometer el robo en el espacio de
tres días y exhibir el botín en un lugar público, lo menos durante una hora, o
pierdas tu parte y tienes que pagar una multa de cien libras. Fue una lástima
que Jimmy se torciera un tobillo, pero ganaremos lo mismo.
—Ya
comprendo —dijo Eduardo exhalando un profundo suspiro—. Ya entiendo.
Noreen se
puso en pie de pronto volviendo a colocarse el chal.
—Llévame a
algún sitio en el coche. A los muelles. A algún lugar horrible y emocionante.
Espera un minuto... —se quitó el collar de brillantes—. Será mejor que vuelvas
a guardarlo. No quiero que me asesinen por él.
Salieron
juntos de Ritson's. El automóvil les aguardaba en una callejuela estrecha y
oscura. Cuando doblaban la esquina, otro coche se acercó a la acera, y de él se
apeó un joven.
—Gracias a
Dios, Noreen, que al fin te encuentro —exclamó—. Todo ha salido mal. Ese
estúpido de Jimmy se metió en un coche equivocado. Dios sabe dónde estarán los
brillantes en estos momentos. Estamos metidos en un lío.
Lady Noreen
le miró sorprendida.
—¿Qué
quieres decir? Nosotros tenemos el collar... por lo menos lo tiene Eduardo.
—¿Eduardo?
—Sí —con un
leve gesto indicó la figura que estaba a su lado.
«Soy yo el
que está metido en un buen lío —pensó Eduardo—. Apuesto diez contra uno a que
éste es mi hermano Gerald.»
El joven le
miró.
—¿Qué
dices? —dijo despacio—. Eduardo está en Escocia.
—¡Oh!
—exclamó la muchacha, mirando a Eduardo de hito en hito—. ¡Oh!
El color
desapareció de sus mejillas.
—De manera
que usted —dijo ella en voz baja—, ¿es un ladrón auténtico?
A Eduardo
le bastó sólo un minuto para hacerse dueño de la situación. En los ojos de la
joven había asombro y... ¿sería posible...? admiración. ¿Debía explicarse?
¡Nada de acobardarse! Jugaría la última carta.
Se inclinó
ceremoniosamente.
—Tengo que
darle las gracias, lady Noreen —le dijo con su tono más cortés—, por haberme
proporcionado esta deliciosa velada.
Una rápida
mirada le bastó para ver que el coche del que el otro acababa de apearse era el
suyo. ¡Un automóvil rojo de motor reluciente! ¡Su coche!
—Y le deseo
muy buenas noches.
Y con un
movimiento rápido se montó en el automóvil y puso el pie en el acelerador. El
coche pegó un salto hacia delante. Gerald se quedó como paralizado, pero la
joven fue más rápida, y antes de que arrancara abrió la portezuela y montó.
El coche
patinó al doblar alocadamente la esquina. Noreen, todavía jadeando por su
carrera, puso su mano en el brazo de Eduardo.
—Tiene que
dármelo... oh, tiene que dármelo. Tengo que devolvérselo a Agnes Larella. Sea
bueno... hemos pasado una magnífica velada juntos... hemos bailado... hemos
sido... amigos. ¿No quiere dármelo? ¿A mí?
Una mujer
que embriagaba con su belleza. Entonces era cierto que existían...
Además,
Eduardo estaba deseando librarse del collar. Era una oportunidad única para un beau
geste.
Sacándolo
de su bolsillo lo puso en su mano extendida.
—Hemos
sido... amigos —le dijo.
—¡Ah! —sus
ojos se dulcificaron... iluminándose.
Y entonces,
cosa inesperada, ella se inclinó sobre él y por un momento posó sus labios en
los suyos... Luego se apeó, y el automóvil rojo siguió adelante con una gran
sacudida.
¡Romance!¡Aventura!
• •
• •
A las doce
del mediodía del día de Navidad, Eduardo Robinson penetraba en el reducido
saloncito de una casa de Clapham, con el saludo acostumbrado de «Felices
Pascuas».
Maud, que
estaba arreglando un ramo de acebo, le saludó fríamente.
—¿Pasaste
un buen día en el campo con ese amigo tuyo? —le preguntó.
—Escucha
—dijo Eduardo—. Eso es una mentira que te dije. Gané un concurso... quinientas
libras, y con ellas me compré un coche. No te lo dije porque sabía que armarías
un escándalo. Eso es lo primero, he comprado el coche y no se hable una palabra
más. Lo segundo es esto... no pienso esperar años y años. Mi situación es
bastante buena y tengo intención de casarme contigo el mes que viene.
¿Entendido?
—¡Oh!
—exclamó Maud con desmayo. ¿Era posible... que fuese su Eduardo quien
hablaba con aquel tono de mando?
—¿Querrás?
—dijo Eduardo—. ¿Sí o no?
Ella le
contemplaba fascinada... con sorpresa y admiración, y la vista de aquella
mirada era turbadora para Eduardo. Ya había desaparecido aquella paciencia
materna que le había llevado a la exasperación.
Así le había
mirado la noche anterior lady Noreen, pero lady Noreen estaba ya lejos, en la
región del Romance, junto a la marquesa Bianca. Esto era la vida real, y Maud
su mujer.
—¿Sí o no?
—repitió dando un paso adelante.
—Sí...
sí... sí... —tartamudeó Maud—. Pero, ¡oh!, Eduardo, ¿qué te ha ocurrido? Hoy
estás completamente distinto.
—Sí —repuso
Eduardo—. Durante veinticuatro horas he sido un hombre en vez de un gusano... y
por Dios, que vale la pena.
La tomó en
sus brazos casi como lo hubiera hecho Bill, el superhombre.
—¿Me
quieres, Maud? Dime. ¿Me quieres?
—¡Oh,
Eduardo! —suspiró Maud—. Te adoro...
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