El fin del mundo
Casi todos los periódicos europeos han referido la extravagante
predicción de un fanático predicador protestante de los Estados Unidos,
llamado Miller, que aseguraba habérsele revelado por el Espíritu Santo el
día final del mundo. Afortunadamente, y para la tranquilidad de nuestros
lectores, nos apresuramos a declarar que el plazo fatal se ha cumplido: el
término de la duración del globo, según el visionario americano, ha
transcurrido hace algunos meses.
y el globo en tanto sin cesar navega
por el piélago inmenso del vacío.
Una profecía, tantas veces desmentida por el tiempo, no debía al parecer encontrar eco ninguno en este siglo, y mucho menos en ciudades tan ilustradas como las de Nueva York, Boston y Baltimore; sin embargo no ha sucedido así: la voz atronadora del fogoso Miller que anunciaba para los últimos días de octubre un espantoso incendio que derramándose de las erizadas sierras, convertiría en cenizas pueblos y ciudades hasta el Océano Atlántico, penetró en la morada de la clase más pobre y sencilla de sus habitantes, que acudió en tropel a las Iglesias, esparciendo con sus espantosos aullidos de muerte, el terror y la consternación en los barrios inmediatos.
«Hace pocos días -dice un periódico de aquel país-, salieron de Nueva York grandes turbas de millerianos con largas túnicas blancas, que llamaban ropas de ascensión, pues iban a despedirse de la vida, en la libertad del campo. Por espacio de cuatro días permanecieron firmes en su fe, vagando a la luz de la luna por los bosques, o a las orillas del río. Algunos de los más fanáticos no tuvieron paciencia para esperar el suceso que debía producir el fin del mundo, y se suicidaron, porque el incendio general no llegaba bastante pronto: uno se arrojó a la catarata del Niágara, y muchos no pudiendo sufrir el tormento moral que había padecido su espíritu, se han vuelto locos y no hay esperanzas de hacerles recobrar la razón. Hace mucho tiempo que nuestro país no había presenciado un espectáculo tan triste.»
A muchas y varias reflexiones dan margen estos acontecimientos, que no son referidos por todos los papeles públicos de igual manera. Por de pronto debemos congratularnos de que, a pesar del estado de barbarie en que gratuitamente nos suponen sumidos los extranjeros, en España es ya imposible sustentar semejantes patrañas. Miller desde el pueblo más estúpido de nuestra nación, hubiera ido a dormir a una casa de Orates.
Con resultados más o menos grandes, con caracteres más o menos ridículos, estos vaticinios han solido repetirse con sobrada frecuencia desde los tiempos remotos, ora afectando a la tranquilidad de una población, ora influyendo en la marcha y espíritu de toda Europa, de todo un siglo.
Es indudable que el mundo ha de tener fin; prescindiendo de la revelación que así nos lo enseña clara y terminantemente, las leyes mismas de la naturaleza lo demuestran con evidencia, y el asentimiento universal nos lo confirma. Si el mundo fuese eterno sería un ente necesario, sería tanto como su autor, sería Dios mismo. El espectáculo de muerte y desolación que se renueva todos los momentos ante nuestros atónitos ojos, con voz muda, pero profunda nos advierte lo frágil, efímero y perecedero de la materia. Todo varía, todo pasa, todo perece en este mundo: los seres animados, las obras de los hombres, sus huellas, su memoria, hasta la misma naturaleza que parece haber recibido el sello de la inmovilidad, cambia de aspecto de generaciones en generaciones al roce de las alas del tiempo. El mismo mar asedia la morada de los hombres, y conquista lenta, pero seguramente los campos que nos sustentan; quizá porque en otro tiempo han sido propiedad de los mares.
Ahora bien: si el mundo es perecedero ¿de qué modo ha de tener fin? Vana cuestión por cierto. Una palabra; un fiat costó la creación entera, todo el admirable conjunto de soles y globos, y estrellas, de plantas y seres animados en cuya contemplación se pierde y anonada muy pronto nuestra fantasía: la mano extendida de la Providencia lo mantiene: si Dios aparta su mano protectora, el mundo perece tan súbito como existió. Esto lo dicta la razón. Tan sólo necesita el Señor dejar de querer y todos esos millares de millares de globos que flotan en el espacio, todos esos sistemas planetarios, cuyo respectivo sol es un átomo de ese polvo de estrellas, que cada día se aumenta para nosotros, conforme van perfeccionándose los instrumentos astronómicos; todos perecen, antes del tiempo que se tarda en pronunciar esta palabra. Los hombres sin embargo, queremos medir la Omnipotencia por nuestras pobres y mezquinas fuerzas, y no podemos comprender que Dios haya de destruir las cosas, sino como nosotros las destruimos. Quiere un soberbio y feroz conquistador arrasar un pueblo, ¿y qué hace?, lo abrasa. Quiere Dios destruir su obra, ¿y qué hace?, la quema. Así han discurrido los hombres desde la más lejana antigüedad, con esa lógica mezquina que revela la pequeñez del molde en que se ha vaciado. Casi todos los filósofos estaban en esa persuasión, y los Judíos fundados en el pacto que hizo el Señor con Noé de no cubrir otra vez la faz de la tierra con las aguas de un diluvio, creían también que la destrucción final del orbe sería encomendada a las llamas: como si los arsenales de las divinas iras tan solo estuviesen provistos de estos dos elementos desoladores.
Destituida de todo fundamento esta opinión, parece sin embargo que la robustecen los astrónomos, que tan distinguido papel representan entre los fatídicos profetas del próximo fin del mundo, cuando calculan sobre la repentina aparición de un cometa perdido y errante, que en camino tan ancho tendrá la humorada de tropezarse con el globo terráqueo, el cual saliéndose de la periferia irá por la tangente al centro mismo del sol que se lo sorberá por vía de desayuno. Perdónenos el lector esta pequeña digresión un tanto informal porque no es posible guardar la seriedad conveniente en esta materia.
Entre los filósofos antiguos se distinguían los epicúreos por sus temores de la pronta destrucción del mundo, y Lactancio decía expresamente lib. V, v. 98, que el día menos pensado un horrible terremoto produciría un postrero y universal desquiciamiento. No es extraño que los paganos teniendo poblado el cielo de innumerables divinidades llenas de envidia y de caprichos, que por la suerte de un hombre, o por la posesión de un objeto material, se hacían implacable guerra; no es extraño, repito, temiesen que en esos dimes y diretes cualquier diosecillo despechado echase a rodar el orbe de sobre los hombros de Atlante; lo extraño es, que los que seguimos la religión de Jesucristo, que no vino a juzgar sino a salvar el mundo, que llamó a su doctrina Evangelio, esto es, buena nueva, abriguemos el temor del próximo fin de todo lo criado. Verdad es que el Salvador en el capítulo 21 del Evangelio, según San Lucas, predijo según unos, la destrucción del templo de Jerusalén y caída del Imperio Romano, y según otros el fin del mundo, siendo probable y conforme al sentir de los Santos Padres que profetizase ambas cosas; pero Jesucristo nunca dijo que esta catástrofe amenazase próximamente: los apóstoles para convertir a los gentiles nunca se valieron de esta arma aterradora, y ni Tertuliano, ni Orígenes en sus exhortaciones al martirio, ni San Basilio y San Juan Crisóstomo en sus escritos sobre la excelencia de la vida monástica hablan una sola palabra del fin cercano del mundo. Esta opinión a semejanza de aquellas aves marítimas que aparecen solamente cuando rugen las tempestades, acompaña por lo común a los trastornos de las naciones a las calamidades públicas, cuando el corazón oprimido y desesperado lejos de temer, parece que desea la quietud del sepulcro, la tranquilidad funesta de una ruina universal.
En el siglo segundo de la Iglesia, siglo que se invirtió todo entero en derramar sin tregua la sangre de los mártires, aparecieron los herejes llamados Milenarios, que una vez exterminada la raza de los réprobos y antes del juicio universal prometían a todos los justos un reino de mil años aquí, en la tierra, bajo el imperio de Jesucristo, durante el cual se gozaría de toda clase de deleites carnales o espirituales según las diferentes opiniones en que se subdividió la secta. Los Montanistas en la misma época predicaban también la destrucción inmediata del mundo y la resurrección de la carne: pero ni unos ni otros lograron infundir grande pavor en el ánimo de las gentes.
La época más señalada por ese pánico terror fue sin disputa a fines del siglo X y principios del XI. Un ermitaño de Turingia, provincia de la alta Sajonia, llamado Bernardo, extendió esa opinión por toda Europa. Se imaginó, o fingió haber tenido una revelación de que los mil años de que habla San Juan en el Apocalipsis, se habían cumplido. En vano los teólogos de aquel tiempo escribieron contra tamaña preocupación; por una fatal coincidencia la fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora cayó por entonces en Viernes Santo: llovían los escritos y censuras; pero tiene lugar un eclipse de sol poco después, y este espectáculo tan temido en aquellos siglos de barbarie, y los estragos y guerras de los árabes en España y de los Normandos en Francia, todo esto hacía tanta impresión en la exaltada fantasía de los pueblos que en medio de la consternación general familias enteras de todos los confines acudían con los pies descalzos a visitar los Santos Lugares de Jerusalén abandonando los bienes de fortuna, y hasta los mismos Reyes desamparaban el trono, trocando el cetro y la púrpura por la esclavina y bordón de peregrinos. El tiempo es la mejor razón contra semejantes extravíos: nunca puede combatírseles de frente: es menester darles cuerda como a la ballena herida por el arpón del pescador para que desfoguen poco a poco su furor y vayan perdiendo fuerzas, hasta que exhaustos de vigor, una mano débil los conduzca a la orilla de la razón y la cordura.
San Vicente Ferrer creyó también en la proximidad del fin del mundo cuando la Iglesia estaba envuelta en el famoso cisma que llaman de Occidente. Desde el Siglo XIV son tantas las profecías que se han hecho sobre este particular, más o menos remotas, que apenas pasa un año que no sea uno de los plazos fatales, un nuevo desengaño para los ilusos. Los astrólogos y fanáticos de todas religiones son los que alimentan y dan pábulo a la vana credulidad del vulgo. Entre esa multitud de adivinaciones es digna de notarse la del Cardenal Pedro Aliacense, uno de los hombres más doctos de su siglo; pero tan preocupado con el influjo de los astros, que según asegura Feijoo, creía haberse podido adivinar por ellos el nacimiento de Cristo. Este fanático señaló el año 1789 como el último en la serie de los tiempos, año terrible que lanzó a la Europa la sangrienta revolución francesa, en medio de la cual si no se desquició el mundo físico, se conmovió desde sus cimientos el mundo moral.
Inseparable de la idea del fin del mundo es para los cristianos la venida del Ante-Cristo. Es éste un personaje que se cree ha de venir cuando el orbe toque a su fin, y perseguirá de la manera más horrible y nunca vista a los que permanezcan fieles al cristianismo. La existencia futura de ese tirano está muy lejos de ser un dogma de fe: es tan solo una piadosa creencia fundada en la interpretación que muchos Santos Padres dan a diversos pasajes de la Sagrada Escritura. Pero las divinas letras llaman por lo regular ante-cristos a todos los perseguidores de la Iglesia, según la etimología de esta voz griega, que significa: contra Cristo. Esto es lo que hay de probable o de cierto. Siguen después tanta multitud de errores, algunos de ellos los más absurdos y groseros, que sería prolijo enumerar.
Casi todos los personajes insignemente malvados de todos los siglos han sido reputados por ante-cristos o precursores suyos cuando menos. Quien ha dicho que Nerón ha de resucitar para desempeñar en los últimos días del mundo un papel más odioso aún del que le cupo en los primeros tiempos de la cristiandad: quién asegura que será hijo de un demonio incubo: quién de dos personas consagradas a Dios: otros le hacen Judío y de la tribu de Dan; en fin baste decir a nuestros lectores que un teólogo español llamado Malvenda tuvo la singular paciencia y habilidad de escribir diez y seis libros que tratan exclusivamente de la vida y hechos del Ante-Cristo: a sus inmensas y prolijas cavilaciones, diremos para concluir con el Abate Bergier, sólo les falta una cosa: pruebas y sentido común.
La profanación del
templo. Ejemplo bíblico.
¿Por qué gemidos del
profundo exhalas,
triste Jerusalén? Por tus mejillas
labrando surcos va perene llanto:
desnuda de tu pompa y de tus galas,
doblas sobre ceniza tus rodillas:
los peregrinos que el suave encanto
admiraron ayer de tu belleza,
hoy con dolor y espanto
vuelven, al ver tu rostro, la cabeza.
El venerable sacerdote Onías
por las desiertas, silenciosas calles
con los brazos cruzados triste vaga.
Los palacios risueños otros días,
tumbas parecen de sombríos valles.
Olvidando Salem su propia llaga
consuelos al Pontífice aventura:
para mirarle asoman su alba frente
las hijas de Sión por las ventanas:
intentan ocultarle su amargura
falaz moviendo el labio sonriente...
Mas ¡ay!... ¡Porfías vanas!
Las venerables canas,
los fríos labios con la pena mudos;
del sacerdote los hundidos ojos
que la postrera lágrima agotaron;
sus flacos pies desnudos
que huellan impasibles los abrojos,
las santas vestiduras que rasgaron
las manos del dolor; todo acrecienta
del pueblo la aflicción; y cual revienta
súbito en rayos, en granizo y lumbre
la nube, y lanza el peso que la oprime,
clama de pronto y gime
desesperada ya la muchedumbre.
«¿Con que es verdad, gritaba,
con que las joyas del suntuoso templo,
y de míseros huérfanos el oro,
que cada padre en ti depositaba,
dando de sobriedad insigne ejemplo;
con que nos roban ¡ay! ese tesoro,
que allá en edad madura
los hijos recibían sin usura,
las insaciables manos de Heliodoro?
¿Y los labios de impuras meretrices
han de manchar sacrílegos las copas
del venerado altar? Padre, ¿qué dices,
de tal profanación? ¿Las santas ropas
del Dios de las naciones
servirán de gualdrapa a los bridones
del tirano procaz? ¿Los infelices
que negro pan al labio escatimaban,
y con ansias prolijas,
una moneda más os entregaban,
para dotar a sus nacientes hijas,
¿han de ver su caudal que en tantos años
el hambre con sus lágrimas produjo,
de regalo servir a los extraños
que al pueblo insultan con su pompa y lujo?»
«¡Onías! Dinos...» -Pero Onías calla.
Hondo murmullo entre la turba estalla,
y en torno del Pontífice se apiña,
cuando el impío cabe el templo asoma,
cual ave de rapiña
sobre azorada y tímida paloma.
Síguele armada bulliciosa gente
penachos y banderas dando al viento,
desnudo el ancho acero de damasco;
y el alazán del bárbaro insolente,
del templo en el augusto pavimento
el mármol bate con ferrado casco.
«Llega, buen viejo, llega»,
con impaciente afán grita Heliodoro,
«de las llaves que guardas hazme entrega,
y en mis sacos derrama tu tesoro».
-«¡Nunca! ¡Jamás!». Hirviendo de coraje
desesperado y ciego el pueblo grita,
y en hórrido oleaje,
cual tormentoso piélago se agita.
«¿Puede el Señor tan bárbaros extremos
tranquilo consentir? Responde, anciano.
Si nuestras palmas ven alzarse en vano,
preciso es que dudemos
de la bondad de Dios». -«Callad, blasfemos,
indignado interrumpe el sacerdote:
muy mas tremendo azote
por nuestro gran pecado merecemos.
Obedeced y orad: sólo este escudo
Salem oponga al que oprimirla intente,
y a sus dardos mortíferos desnudo
el pecho varonil audaz presente.»
Dice, y sus ojos vierten blanda lumbre:
al profanado templo se encamina,
y la mal reprimida muchedumbre
ábrele paso, y su cerviz le inclina.
Resignado ademán, silencio grave
Onías muestra al entregar la llave,
anublados con lágrimas sus ojos.
Mientras goza Heliodoro en los despojos
del espléndido altar, los cielos hiende
y rápido desciende,
deslumbrador, armado caballero
con flamígero acero,
coraza de oro y casco diamantino,
que arroyos vierte de fulgor divino.
Lluvia de dardos su bridón arroja
al sacudir la clin rizada y roja,
y en vez de espuma férvida, derrama
cuajados copos de abrasante llama.
No hay duda: sonó el hora
en que tremenda ruja y resplandezca
la justicia de Dios: la vengadora
diestra fulmina ya; y ¿en dónde, en dónde
que sus dardos esquive y no perezca,
la torva faz el violador esconde?
Súbito con semblante consternado
los hijos del pecado
se abaten contra el suelo,
que a las huellas del ángel se estremece;
y Onías solo bendiciendo al cielo,
con firme pie tranquilo permanece.
Huir quiere el tirano;
mas se revuelve en vano:
duro y crujiente azote,
por más que sangre en sus espaldas brote,
le aplica el ángel con pesada mano
Se vuelve atrás, y allí como a su frente
el látigo implacable crujir siente:
torna por otro lado,
y allí también el caballero armado.
Se multiplican más y se acrecientan
los ángeles sin fin; y aceros rojos,
y caballos, y rayos se presentan
do quier que vuelva los turbados ojos.
Y mudo, y ciego, con terror profundo,
arrástrase por tierra moribundo;
y al exhalar el postrimer aliento,
Onías se aproxima,
sobre su cuerpo tiende el sacro manto
y a la voz del Pontífice se anima
y levanta la frente con espanto.
«La vida debes hoy al sacerdote»,
al contrito Heliodoro el ángel dice:
«las gracias dale, y al Señor bendice.
De la celeste cólera al azote
señalada tu frente,
sirve a los hombres de terror y ejemplo,
cuando tu labio los castigos cuente
que Dios reserva al que profana el templo».
¿Por qué gemidos del
profundo exhalas,
triste Jerusalén? Por tus mejillas
labrando surcos va perene llanto:
desnuda de tu pompa y de tus galas,
doblas sobre ceniza tus rodillas:
los peregrinos que el suave encanto
admiraron ayer de tu belleza,
hoy con dolor y espanto
vuelven, al ver tu rostro, la cabeza.
El venerable sacerdote Onías
por las desiertas, silenciosas calles
con los brazos cruzados triste vaga.
Los palacios risueños otros días,
tumbas parecen de sombríos valles.
Olvidando Salem su propia llaga
consuelos al Pontífice aventura:
para mirarle asoman su alba frente
las hijas de Sión por las ventanas:
intentan ocultarle su amargura
falaz moviendo el labio sonriente...
Mas ¡ay!... ¡Porfías vanas!
Las venerables canas,
los fríos labios con la pena mudos;
del sacerdote los hundidos ojos
que la postrera lágrima agotaron;
sus flacos pies desnudos
que huellan impasibles los abrojos,
las santas vestiduras que rasgaron
las manos del dolor; todo acrecienta
del pueblo la aflicción; y cual revienta
súbito en rayos, en granizo y lumbre
la nube, y lanza el peso que la oprime,
clama de pronto y gime
desesperada ya la muchedumbre.
«¿Con que es verdad, gritaba,
con que las joyas del suntuoso templo,
y de míseros huérfanos el oro,
que cada padre en ti depositaba,
dando de sobriedad insigne ejemplo;
con que nos roban ¡ay! ese tesoro,
que allá en edad madura
los hijos recibían sin usura,
las insaciables manos de Heliodoro?
¿Y los labios de impuras meretrices
han de manchar sacrílegos las copas
del venerado altar? Padre, ¿qué dices,
de tal profanación? ¿Las santas ropas
del Dios de las naciones
servirán de gualdrapa a los bridones
del tirano procaz? ¿Los infelices
que negro pan al labio escatimaban,
y con ansias prolijas,
una moneda más os entregaban,
para dotar a sus nacientes hijas,
¿han de ver su caudal que en tantos años
el hambre con sus lágrimas produjo,
de regalo servir a los extraños
que al pueblo insultan con su pompa y lujo?»
«¡Onías! Dinos...» -Pero Onías calla.
Hondo murmullo entre la turba estalla,
y en torno del Pontífice se apiña,
cuando el impío cabe el templo asoma,
cual ave de rapiña
sobre azorada y tímida paloma.
Síguele armada bulliciosa gente
penachos y banderas dando al viento,
desnudo el ancho acero de damasco;
y el alazán del bárbaro insolente,
del templo en el augusto pavimento
el mármol bate con ferrado casco.
«Llega, buen viejo, llega»,
con impaciente afán grita Heliodoro,
«de las llaves que guardas hazme entrega,
y en mis sacos derrama tu tesoro».
-«¡Nunca! ¡Jamás!». Hirviendo de coraje
desesperado y ciego el pueblo grita,
y en hórrido oleaje,
cual tormentoso piélago se agita.
«¿Puede el Señor tan bárbaros extremos
tranquilo consentir? Responde, anciano.
Si nuestras palmas ven alzarse en vano,
preciso es que dudemos
de la bondad de Dios». -«Callad, blasfemos,
indignado interrumpe el sacerdote:
muy mas tremendo azote
por nuestro gran pecado merecemos.
Obedeced y orad: sólo este escudo
Salem oponga al que oprimirla intente,
y a sus dardos mortíferos desnudo
el pecho varonil audaz presente.»
Dice, y sus ojos vierten blanda lumbre:
al profanado templo se encamina,
y la mal reprimida muchedumbre
ábrele paso, y su cerviz le inclina.
Resignado ademán, silencio grave
Onías muestra al entregar la llave,
anublados con lágrimas sus ojos.
Mientras goza Heliodoro en los despojos
del espléndido altar, los cielos hiende
y rápido desciende,
deslumbrador, armado caballero
con flamígero acero,
coraza de oro y casco diamantino,
que arroyos vierte de fulgor divino.
Lluvia de dardos su bridón arroja
al sacudir la clin rizada y roja,
y en vez de espuma férvida, derrama
cuajados copos de abrasante llama.
No hay duda: sonó el hora
en que tremenda ruja y resplandezca
la justicia de Dios: la vengadora
diestra fulmina ya; y ¿en dónde, en dónde
que sus dardos esquive y no perezca,
la torva faz el violador esconde?
Súbito con semblante consternado
los hijos del pecado
se abaten contra el suelo,
que a las huellas del ángel se estremece;
y Onías solo bendiciendo al cielo,
con firme pie tranquilo permanece.
Huir quiere el tirano;
mas se revuelve en vano:
duro y crujiente azote,
por más que sangre en sus espaldas brote,
le aplica el ángel con pesada mano
Se vuelve atrás, y allí como a su frente
el látigo implacable crujir siente:
torna por otro lado,
y allí también el caballero armado.
Se multiplican más y se acrecientan
los ángeles sin fin; y aceros rojos,
y caballos, y rayos se presentan
do quier que vuelva los turbados ojos.
Y mudo, y ciego, con terror profundo,
arrástrase por tierra moribundo;
y al exhalar el postrimer aliento,
Onías se aproxima,
sobre su cuerpo tiende el sacro manto
y a la voz del Pontífice se anima
y levanta la frente con espanto.
«La vida debes hoy al sacerdote»,
al contrito Heliodoro el ángel dice:
«las gracias dale, y al Señor bendice.
De la celeste cólera al azote
señalada tu frente,
sirve a los hombres de terror y ejemplo,
cuando tu labio los castigos cuente
que Dios reserva al que profana el templo».
El Arriero
-«¡Arre, borrico! ¡Arre, puñales, arre! ¡Maldita sea tu
estampa!
Arriaá... ¡Nacarino! ¡Borrascas!...
El personaje que con tan ruda oración inaugural se introduce en este libro tras de una recua numerosa, mixta de mulos y de asnos, gritando tantas veces ¡arre!; debe llamarse Arriero, como el que siempre está pidiendo por Dios, se llama Pordiosero.
¡Arre; so! palabras que no son palabras; porque no sirven para comunicar ideas a nuestros semejantes; verdadera excrecencia de los idiomas humanos y diccionario entero de las bestias de carga. Sólo estas dos voces, interpoladas con algunos eficaces porvidas, maldiciones y blasfemias, y sobre todo con una vara de fresno delgada, flexible, pero nudosa y fuerte; bastan al Arriero para regir un pueblo irracional y trashumante. Éstos son sus medios de gobierno; sus principios son los siguientes: a burro lerdo arriero loco, pocas leyes y mucho palo, y con ellos no teme que sus vasallos se amotinen, insurreccionen, ni pronuncien; de manera que (con propia confusión lo digo), los anales arrieriles no cuentan otro pronunciamiento asnal que el de la burra de Balam, sin que desde entonces hayan vuelto a decir los asnos esta boca es mía.
La animada fisonomía del Arriero, su color tostado y encendido, rostro enluto pero sano, revelan la robustez que nace del ejercicio corporal, la costumbre de respirar un aire puro y la insensibilidad y dureza para los trabajos.
Es interesado de condición, y prefiere a la módica pero segura ganancia del labrador, la más pingüe y arriesgada que su industria le proporciona; y al sosiego y dulcedumbre del hogar paterno la vida nómada de trajinantes. El trato continuo con irracionales, el hábito de vencer obstáculos y de salvar peligros, le hacen duro y desalmado, y la falta de diversiones, propenso a buscarla de todas clases, aun a costa de pesadas bromas y bellaquerías. Es a pesar de todo, compasivo y honrado con los pobres caminantes, a quienes ofrece muchas veces llevar a caballo si la recua va de vacío.
Valiente si los hay, a nadie teme llevando su escopeta colgada de la enjalma y la navaja en el cinto; y si reunidos tres o cuatro compañeros, se aparapetan tras de sus mulos, con sus fieles mastines a los pies; se burlan de una gavilla de salteadores, que suele burlarse de un par de compañías de Guardias Civiles.
Verdad es que no siempre fían la conservación de la paz a su imponente resolución y marcial aparato, y apelan más bien a transacciones diplomáticas entre ambas partes beligerantes. Al cruzar un desierto y espeso bosque, un árido peñascal, por donde el camino sigue en estrecho y tortuoso giro, en el silencio de la noche, cuando no se siente otro rumor que el del casco de las caballerías que hienden por instinto aquellas espesas tinieblas; observaréis entonces que el Arriero se adelanta, deposita un puñado de plata en una piedra misteriosa como los altares druídicos, o los castros de los celtas, y entona luego sigilosamente una lúgubre y significativa cantinela. En este caso puede caminar el recuero entre bultos sombríos y mal encarados, que bajo sus mantas rojas enseñan los negros labios de una bocamarta, tan sereno como los Israelitas por entre los muros de agua del mar Bermejo; pero humillado, como un romano bajo las horcas candinas.
Esta especie de seguros mutuos entre arrieros y bandidos prueba que, si bien en siglos anteriores el espíritu de asociación no estaban tan extendido, se mantenía en germen en la clase arrieril, para brotar un día con vigor. A veces los caminantes salían de esta crisis a fuerza de rosarios rezados a coro con los arrieros que los salpimentaban siempre de votos y reniegos. Entonces se tenía por un evangelio aquel piadoso refrán de: por oír misa y echar cebada nunca se perdió jornada; pero la preocupación de las despreocupaciones ha llegado también hasta los caminos de herradura y ha hecho dudar a los arrieros de la primera parte del susodicho proverbio; y si al pasar delante de una iglesia cuando tocan a misa en días festivos, arguyes al Arriero su indevoción, te responde que de cada misa que pierde se hace una picadura en el cinto para oírlas después todas juntas en su pueblo.
Extranjero en su patria y huésped de su misma casa, está casado con la mejor moza de su lugar, y vive sin recelos aun viéndola siempre de tarde en tarde y por poco tiempo. No se sabe si debe atribuirse esto a la mucha confianza que en ella tiene, en lo cual perdóneme si le digo que se le conoce poco el mundo que corre, o a la falta de cariño, o sobra de caritativos Maritornes, que despreciando nocturnos hielos y escarchas matinales, truecan su blando lecho por las duras, estrechas y desiguales enjalmas del Arriero, como allá Cide Hamete nos refiere.
Es muy singular por cierto el aspecto que presenta un pueblo de arriería. Sólo se ven por las calles niños desnudos que se robustecen a la intemperie, y los pocos arrieros jubilados que llegan a la ancianidad, sobreviviendo a sus antiguas fatigas. Las mujeres abandonadas por sus trashumantes maridos al cuidado del Cura y del Sacristán, Maestro y Fiel de fechos en una pieza, desdeñando los quehaceres domésticos; invaden por necesidad los varoniles, y surcan con sus débiles manos los ingratos campos de la montaña. Cualquiera diría que una funesta plaga ha desolado aquellas comarcas, por las cuales pasó el horrible carro de la guerra esparciendo en torno la miseria, la viudez, la orfandad y el desamparo. Empero no es así: bulle el dinero, hierve la abundancia, y el semblante de las serranas rebosa contentamiento. Desaliñados serán tal vez sus vestidos, pero ricos; no muy limpias sus ebúrneas gargantas, pero adornadas con innumerables sartas de finos corales; poco aseadas sus casas, pero bien provistas y hospitalarias. Impuros deben ser los placeres que se gozan fuera del seno de la virtud, cuando los arriba mencionados no moderan la impaciencia de los arrieros por llegar a su casa. Sus mujeres pasan por las más felices del mundo, porque son las que menos ven al marido: por las más enamoradas y constantes, porque están seguras de que su amor no ha de morir de fastidio como ordinariamente sucede. Como saben de fijo el día y hora de la llegada de su esposo se ponen a trabajar en la heredad más próxima al camino, entonando muy oportunamente estos o semejantes cantares:
Ojos que te vieron ir
por aquellos arenales,
¿cuándo te verán venir,
para alivio de mis males?
Mujeres hay sin embargo que para nada echan de menos al marido cuyas faltas ha suplido el Sacristán. Aguardan con la comida puesta la llegada del Arriero, que siempre se verifica antes de comer y si ha podido hacerlo sin grave detrimento de sus intereses en días festivos y sobre todo en pascuas y noche buena: llega y... ¿a quién es dado pintar aquellos momentos de filial y conyugal ternura en que el Arriero se ve rodeado de un enjambre de pedigüeños chiquillos que con el candor y la buena fe propios de sus inocentes años, le llaman padre a boca llena?
Este día es el único en que el Arriero se afeita, se lava, se muda de camisa y se desnuda para reposar blanda y sosegadamente en el lecho conyugal, donde a pesar de tan inusitada molicie, duerme menos que en sus enjalmas, según observadores más minuciosos aseguran. Engalanados ambos consortes, entra el darse cuenta mutua de las pérdidas o ganancias que han tenido desde la última entrevista el discurrir si conviene aumentar la recua con un par de borricos, o comprar dos centenares de cabezas de ganado lanar, o ir preparando el ajuar de la hija casadera. Entran los sudores del marido al desabrochar el cinto y el pedir incesante de la mujer: los reniegos del uno y la terquedad de la otra. Altérase la felicidad doméstica, hace uso el uno de su inolvidable vara, chilla la otra, y el marido, bufando de cólera, lanza su bolsón lleno de pesos duros a la cara de su cara mitad, la rompe las narices y grita la mujer con nueva furia: acude el Sacristán, y las vecinas, y el suegro y todos abruman al pobre marido, todos conspiran contra su bolsillo, todos claman por la sangre vertida, y él se defiende respondiendo con sorna:
-«Vaya, que por más que digan, el dinero no puede hacer tanto daño.»
Serénase luego la borrasca, merced al iris de plata que nuevamente sobre los bancos aparece: el Fiel de fechos declara buena presa el bolsón que aplastó las narices de la mujer, y que como cuerpo del delito, nunca quiso ésta soltar de las manos; y meditabundo y mohíno, luego que los imparciales mediadores se ausentan, manda el Arriero poner la cena con ánimo de acostarse temprano y tomar de madrugada a su vida independiente y aventurera.
«De todos los portazgos que tengo que pagar en el camino, va diciendo el Arriero en sus adentros, ninguno es tan costoso como el de mi mujer.»
Esto le induce a sospechar que la sentencia del Sacristán, juez árbitro en la disputa del día anterior, no ha sido tan justa como debiera, y que tal vez hubo inteligencia y cohecho entre el juez y la parte. Recuerda que en el polvo antidiluviano que desde ab initio cubre el pavimento del tálamo sagrado, había huellas enormes y distantes entre sí, y como tan entendedor en materia de pezuñas, dice magistralmente que sólo han podido ser estampadas por las descomunales zancas del Fiel de fechos.
Frunce las enarcadas cejas, hínchansele las narices, y descarga su cólera sobre los inocentes y taciturnos machos que tiemblan a la sombra y crujido de su vara. Cae luego en grande postración y abatimiento, y cruza maquinalmente la vara en el cinto. Ni jura, ni arrea, ni maldice...
¡Síntoma funesto! El macho falso baja las orejas, encorva las patas y se tiende en medio de un lodazal, los sueltos borricos se extralimitan por esos trigos de Dios: toma entonces su resolución el flamante Otelo, deja el ganado a cargo del primer compañero que acierta a pasar por el camino; monta en su muta andariega, vuelve riendas atrás, y como una exhalación súbita y espontáneamente llega a su casa a deshora de la noche.
Llama con estrépito, tardan en abrirle, redobla con furia los golpes, va tal vez a desquiciar la puerta, cuando aparece la mujer. Apenas la infeliz ha tenido tiempo de recoger los restos de una opípara cena, de ocultar al amante y de serenar su rostro para hacer frente a las sombrías e inquisitoriales miradas del marido, que pretextando habérsele olvidado un encargo cualquiera, todo lo anda, todo lo mueve, todo lo registra, todo lo escudriña, de todo se hace cargo y a todo calla. Y como saben muy los lectores aficionados a cuentos de viejas de lugar, los arrieros en estos casos suelen tener ocurrencias muy originales.
Marido hay a quien le da la humorada de echar al hogar unos cuantos haces de paja, chamuscando al infeliz Sacristán que tiene que huir en paños menores por la chimenea, donde estaba escondido.
Antojásele al otro llenar de agua fresca y serenada un tonel vacío, rebautizando al cristiano que en cuclillas se aposentaba como Diógenes; y al de más allá, por último, se le pone en la mientes sacudir un rollo de esteras so pretexto de estar lleno de ratones. Porfía la mujer en que ni siquiera tienen un pelo; insiste el marido; remítense a la prueba, y a los primeros descomunales varapalos óyese gritar al sensible amante, que yace medio aletargado en aquel ataúd de pleita.
« Escucha, escucha, dice el marido con sardónica sonrisa a su petrificada consorte; bien te decía yo que debía haber ratas más grandes que nuestro amigo el Sacristán.»
Con este y otro segundo desahogo aplicado a las costillas de su mujer, torna el Arriero al alcance de su recua, saboreando el ruin placer de la venganza satisfecha.
La idea de la infidelidad de su consorte no atormenta por mucho tiempo al Arriero, cuyo corazón si no se encuentra en su bolsillo, nadie debe buscarlo sino entre sus bestias.
Por ellas traspasa el umbral de los mesones, y su primer cuidado es aliviarles del enorme peso que por espacio de doce mortales horas estado oprimiendo sus robustos lomos. Repara una por una sus herraduras, va provisto de todos los instrumentos necesarios, él mismo repara inmediatamente la menor falta. Desdeña la oficiosidad del mozo que quiere ayudarle en su trabajo: de nadie se fía. Sus manos son las que criban la cebada, las que limpian el pesebre con el mayor esmero, y le colman de abundante pienso. A la luz del candil y mientras las caballerías comen, pasa al pellejo de cada una de ellas la más escrupulosa revista. A la menor señal de rozadura, registra las enjalmas, mulle la parte contigua a la herida, la rellena de esponjosa lana, y si es menester en esta misma incrusta los medicamentos. Cien veces ha de pasar la mano por las enhiestas crines de sus mimados mulos, y sendas cien palmadas ha de hacer resonar en sus cuartos traseros; antes de recordarse de que tiene hambre, y de que hambre podrán tener asimismo los transeúntes cuyo estómago hay que reforzar con el suculento ajo de arriero.
Apenas habla de otra cosa que de su recua. Pregúntale por las tradiciones del país que atraviesas, y te responderá: «en este pedregal se resbaló mi mula Pelegrina; soberbio animal. Más alma tenía que un cristiano y más correa que S. Agustín. Allá abajo, en aquel charcal quedó atascado el burro de mi padre. Tal día como hoy hace veinte años que le entró el muermo a mi macho Vizcaíno, navegando hacia Madrid; cogí la escopeta y ¡zas! le dejé muerto de un tiro; pero por Dios vivo, que no sé quien quedó mas difunto, si el macho u yo».
El amor de la mujer
dicen que se deja ver
en la ropa del marido:
Tampoco desmentirá la ropa de las caballerías el entrañable cariño que el Arriero les tiene. Todos sus aderezos, cabezadas, jáquimas, enjalmas, mantas de sobrecarga, cinchas y ataharres; todos son de lujo y con esmero bordados los que tal labor admiten. Cuelgan en las sobre jalmas cordonajes y borlas de seda, llamadas sacamantas o mandiles, que majestuosamente llevan los mulos lominhiestos arrastrando. El Liviano en particular, o la bestia que va delante de todas, y el Postrero, que como su nombre lo indica, es el último de la reata, son los Benjamines del Arriero: lleva aquél un magnífico penacho o banderín de estambre o sedería, y el otro esquilada, collar cuajado de ruidosos cascabeles y campanillas, o pendiente de uno de los tercios el soberano cencerro de bronce significativamente llamado la zumba o el zumbo; pues en indagar su sexo andan aún perdidos los naturalistas. Su continuo y monótono don, dolón, dolón, tiene por objeto asegurar en noches oscuras que ningún macho de la reata se ha soltado ni dejado de andar, y la misión del Liviano, bestia facultativa y que tiene el voto de confianza del Arriero, es la de guiar a las demás en iguales noches o en temporales borrascosos de nieve y ventisqueros, y la de pararse a la puerta de la posada. Estos son los polos sobre los cuales gira y descansa la fortuna del Arriero, el cual va dormido profundamente, sentado a la mujeriega, cara al sol, en uno de sus mulos, con la vara atravesada entre la faja y el cuerpo a la parte atrás del costado derecho. No le despertará el ruido atronador de la diligencia que pasa rozándole las piernas; y el silencio del zumbo, el compás de sus golpes más o menos acelerado, bastan para turbar su profundo sueño.
¡Cuán terrible puede ser este letargo cuando los asnos van libres y sueltos y a la vuelta de un recodo aparece súbitamente el coche de la mala, cuyas chispeantes ruedas levantan nubes de polvo que aturden y ciegan a la desmanada recua! Huyen las bestias en todas direcciones tirando al suelo la frágil carga de huevos frescos de Castilla. Invaden los sembrados y el guarda del campo los prende, el recuero derribado, levántase hecho tortilla en busca de los fugitivos y encuentra por fin a todos los que habían caído en manos de una tribu gitanesca. ¡Día de luto y desolación para el arriero! Día en que habla en idioma que no está en panléxicos ni en diccionarios y pronuncia aterradoras frases por el estilo de las que se usan en ciertas polémicas de periódicos.
Y mientras el infeliz rabia, jura y se desespera sin adelantar un paso en su jornada, la diligencia sigue volando a quince o veinte leguas del sitio de la catástrofe; viva imagen del poderoso que siempre impunemente se burla de ordinario del flaco y miserable.
Estas desgracias se han hecho principalmente para los arrieros de segundo orden que hacen el viaje de cuenta y riesgo del que les paga su jornal, amén de la costa de la posada. Descuidados con la hacienda ajena, como los asentistas, patronas de huéspedes y cocineros especulan con lo que dejan otros de comer. Para ellos se han hecho también los frondosos prados donde los asnos hinchen de yerba, como si dijéramos de bazofia, su extenuado vientre; para ellos los repetidos encuentros de ladrones, las acometidas del lobo que siempre se lleva el mejor bocado; el ímpetu de las corrientes que arrebatan al mulo de mejor carga, toda la interminable serie de percances que arruinan al propietario y elevan a tal dignidad a sus criados.
El Arriero por lo regular es de corta vida, como quiera que tan aperreada y fementida sea la que ha traído: en el último tercio de ella se convierte en mesonero o comerciante, aventurando en especulaciones arriesgadas el inmenso capital, fruto de veinte o treinta años de ahorros y trabajos. No hace muchos meses que ha fallecido en una de las provincias del Norte a la edad de ochenta años un arriero millonario. Habiéndose retirado a disfrutar de su caudal, era público y notorio en el país que para conciliar el sueño tenían que subirle en uno de sus machos y hacerle andar montado una o dos horas, único modo que tenía de reposar el resto de la noche. Ejemplo singular de la fuerza de una costumbre por largos años contraída, del premio que de ordinario alcanza la asiduidad y el trabajo.
Aquí tienes lector amigo retratado en grande a nuestro personaje: si quieres conocerlo más a fondo es preciso resignarse a emprender un viaje en su compañía. Abandona por hoy esas carreteras prosaicas donde la naturaleza está viciada y contrahecha, rebajada la cresta de montes, rellenos los hondos valles y los majestuosos ríos en mezquinos puentes aprisionados. Lo grande, lo sublime, lo variado y pintoresco son los caminos tortuosamente abiertos por las herraduras de los machos, y no por la mezquina mano del hombre. No te encajones en esos baúles de cuerpos humanos, o ataúdes de vivientes, llamados diligencias, donde apenas eres dueño de mover un pie, ni de menear la cabeza sin tropezar en los vidriosos callos del achacoso anciano que tienes delante, o deshacer el prendido de tus remilgadas adláteres: donde te pondrá la cabeza como un cántaro, el monótono y bronco estruendo del carruaje, el finísimo polvo que sorberás sin ser aficionado, el humo de los sempiternos cigarros de papel, y los nada pulcros hábitos de la dama mareada. Sube, monta en esa arrogante mula asegurada, yo lo fío, de galopes y de trotes, sino de coces y corcovos. No perderás en ella ni uno solo de los encendidos rayos del sol de julio, ni un soplo de los rígidos vendavales de diciembre, y a guisa de cuajadas perlas las escarchas se posarán sobre tu barba, sin otro inconveniente ni peligro que tal cual aguda pulmonía o tabardillo, que sin gastos de médicos ni boticarios, te haga hacer en vapor el viaje de la eternidad.
Pero ¿qué rumbo tomamos?, ¿qué camino elegimos? Allá por el de Alcalá, vienen los robustos y corpulentos catalanes de Olot y Vich, ásperos y desabridos, pero complacientes a su modo con los caminantes. Llevan el traje común del Arriero; chaqueta de paño, chaleco de pana con botones de cadenilla, pañuelo al cuello con sortija, faja de algodón, uno de cuyos extremos les sirve siempre de bolsa, calzón de pana atado con cordones de seda, polainas de paño o botín de baqueta, zapatos de botón en invierno y alpargates en verano. Distínguense sin embargo por el gorro encarnado sobre el cual se encasquetan a veces el sombrero calañés, y por los cuatro dedos de calzoncillos que descubren sobre la faja. Cargan sus grandes machos de géneros de algodón y paños del país. Más hacia el Norte a la sombra de sus sombreros, asoman los cameranos de pequena estatura, cubiertos de paño pardo de la cabeza a los pies; los altos y extremados ventosinos; los primitivos navarros del Valle de la Burunda, nobilísima cuna de tan famoso reino, ásperos, inflexibles; pero valientes y honrados.
Traen todos tres paños y bayetas, cucharas de madera y rico vino de Peralta destinado a legítimo consorcio con el agua de la Cibeles.
Descienden por el Puerto de Somosierra los ínclitos caderrechanos tan pronto arrieros como labradores, que en invierno transportan el pescado que por antífrasis llamamos fresco: los burgaleses, cuyos aplanados cestos inundan de huevos a Madrid, los famosos vizcaínos de rollizos coram bovis, sentados en gigantescos machos de la raza de los Megaterios, que engalanan con toda la pompa arrieril. Son de genio terco y según se jactan podrán sus machos aventajarles en entendimiento, pero en fuerzas jamás. Por la línea divisoria de ambas Castillas, allá en la punta de Guadarrama se divisan por fin los maragatos...
¡Salud pueblo trashumante, que penetrando por las entrañas mismas de la civilización, y siempre disperso has sabido conservar inmaculadas tus rudas costumbres! ¡Para ti no hay progreso, para ti no hay adelantos, ni luces, ni ilustración, ni toda esa cáfila de cosas nuevas que como un turbión han caído sobre España; tú como el castor que edifica su choza, como la golondrina que construye su nido, lo mismo haces hoy que hacías ayer, y que harás mañana! Montesquieu sin duda te tuvo en el magín cuando dijo que había tres pueblos en la península que no estaban sujetos a Rey ni a Roque. Casi, casi tenía razón el señor Montesquieu si no le desmintieses sacando la bolsa a cada paso que das por esos caminos obstruidos de pontazgos y cadenas. A ti se debe que la honradez castellana no haya quedado tan solamente en proverbio. Las enmarañadas firmas de tres escribanos conjurados para enmarañar un negocio sencillo, no hacen más fe que tu simple palabra.
No resolveré el problema de si la explicación de tan extraordinarios fenómenos se encuentra en tu durísima moliera. Admiro los efectos y prescindo de las causas: me envanezco al ver la nobleza del corazón que hay bajo tu grasiento coleto, pero no me atrevo a penetrar en el intrincado laberinto de tus bragas.
Por Navacerrada bajan los armuñeses, descubriendo la camisa plegada y sin cuello, por la ventana que forma el chaleco de paño hacia la parte superior; arrieros noveles que viajan en compañía, reuniéndose los asnos más grandes de toda España, cargados de ricos garbanzos. Por la tierra llana del medio día suben los amojamados choriceros, los manchegos y andaluces que a guisa de paveros traen suelta una manada borrical. El arriero andaluz y el maragato se diferencian tanto en sus costumbres que casi llegan a formar dos tipos diversos. Es el primero alegre, decidor y entretiene al viajero con chistes y cuentos graciosos, en las posadas es espléndido y manda en ellas a costa de su bolsillo; el segundo habla poco, piensa mucho y duerme más, y merced a su gramática parda y a la exactitud en el pago, goza de mayor consideración en los mesones, aunque el gasto que en ellos haga sea mezquino; funda aquél su vanidad en llevar la bolsa del tabaco hecha de piel de lobo y forrada de seda recamada de oro y plata, y en presentar su recua llena de perifollos, banderines y mandiles de seda; tiene este orgullo de llevar el cintocanana repuesto de onzas de oro y los machos gordos y lucios aunque modestamente vestidos: el maragato es aficionado a carne de pluma; el andaluz a pescados frescos: éste pródigo de promesas que no se cura de cumplir; aquél es sobrio en prometer y exacto en el cumplimiento trabaja el uno regularmente para los demás; en cada bestia de su recua suelen tener parte media docena de compadres; especula el otro para sí, y cargas y recua todas son propias.
Vienen por último los valencianos a quienes toda la ropa les parece poca de medio cuerpo arriba y toda les sobra de medio cuerpo abajo; apenas gastan lumbre para sus comidas y con una paella de arroz en que mezclan todo cuanto a mano les viene, se dan por satisfechos. Los huéspedes esconden a su llegada todo linaje de aparejos menudos y de fácil transporte; ellos sabrán el porqué, materia es ésta muy delicada y no quiero entretenerme en murmuraciones.
Hemos dado una rápida ojeada al vasto panorama arrieresco español, te he presentado, lector paciente, las principales secciones en que está dividida esta comunidad inmensa, y como quiera que carezcas del don de ubicuidad, supongo que habrás elegido un arriero para viajar y que has preferido al Maragato, como su ranciedad, su honradez y la extrañeza de sus costumbres lo merecen.
Siguiendo una de las más inveteradas, te habrás despedido de todos tus parientes, amigos y conocidos: todos te han dicho una misma cosa y en unas mismas frases, y te ha dado cada uno un millón de encargos, que tendrás buen cuidado de olvidar. Hasta el último trance no te abandonarán los más molestos de tus amigos, y si tienes mujer irá a darte el último abrazo a la puerta de Segovia, y al desprenderse de los tuyos, será preciso que se desmaye en brazos del mejor mozo. Aprovechándote de su soponcio volverás la espalda enternecido, y aprovechándose tu esposa de la vuelta de tus espaldas, volverá en sí, volviendo por gratitud los ojos a los ojos revueltos del amigo, y entre unas y otras miradas se volverán tortilla.
Supongo que si antes de ahora has advertido la interminable anchura de las albardas maragatas y la has comparado [304] con la abertura de tus piernas, has debido conocer que necesitas aumentarla hasta convertir en recto el ángulo agudo que describen, y habrás recurrido a la escuela gimnástica donde después de descoyuntarte los dos fémur te habrán enseñado a ponerlos horizontales. Tampoco se ha debido escapar a tu aguda penetración la marmórea dureza del lomillo, y que para evitarla es muy a propósito una almohada de mullida lana. No cuento por sabido el sombrero de fieltro para las aguas, el de paja para el sol, el paraguas para uno y otro, los guantes de lana, los de ante, el capote de barragán y los estribos que has debido comprar porque son muebles proscritos en la arriería, como en la milicia Romana. Tampoco insisto en que te pongas bien con Dios, que te confieses y comulgues; porque esto se hacía antiguamente; pero no te vendría mal para ciertos lances que te esperan.
Echas ya tu cuerpo fuera de Madrid: la recua con el mozo ha precedido hace una hora: el maragato y tú y un compañero de viaje vais juntos. Este último empareja contigo y entabláis el diálogo siguiente:
-Felices, compañero, te dice.
-Téngalos V. muy buenos.
-Parece que vamos juntos.
-Así parece.
-Y ¿a dónde bueno? ¿A Vigo, Santiago, la Coruña?...
-Más cerca.
-¿Va V. a Lugo, Astorga, Valladolid?
-Precisamente.
-¿Es V. del país?
-Del país soy.
-¡Hola! Somos paisanos. Yo me llamo D. Curioso Preguntón y Machaca, he sido muchos años agente de policía...
-¡Ya!, ¿por afición?
-Justamente. Y ¿hace mucho tiempo que falta V. de allí?
-Así, así.
-¿Ha sido V. empleado?
-No señor.
-¿De veras? Me pasma que siendo V. joven.
-¿Qué quiere V.? Perdí la mano izquierda defendiendo las instituciones, presté servicios de gran cuantía al Estado, y esto siempre ha sido un obstáculo.
-¿Con que es V. militar?
-Tampoco.
-Pues V. tiene trazas de hombre casado.
Y naturalmente te acuerdas del soponcio de tu mujer y de aquel tu amigo buen mozo, y te atusas el pelo y respondes:
-Tal vez.
-¿Tiene V. muchos hijos?
-Ninguno.
-¿No faltarán deseos de tenerlos?
-¡Pche! Si han de ser tan fastidiosos como ciertos hombres que yo conozco...
-¿Han sido Vds. muchos hermanos?
-Muchos.
-¿Y todos son vivos?
-No: bastante lerdos.
-Cudiao, señor Preguntón, interrumpe felizmente el tío Colorado, cudiao no le santigüe el macho del señor con un par de coces.
Esta oportuna interrupción del Arriero te revela las pacíficas propiedades y malos siniestros de la bestia encargada de martirizarte; pero te salva de un martirio mayor y más inmediato, que es el de sufrir las preguntas del D. Curioso. Entretenido en su conversación has perdido la almohada y el paraguas, y calculas que a ese paso debes llegar a casa sin camisa.
El Arriero va siempre taciturno y pensativo el día de salida, coordinando en su memoria la infinidad de encargos que le han hecho, y calculando también cuánto debe producirle el viaje que emprende. Hacia el medio día se tropiezan infaliblemente en la mitad de la jornada los maragatos yentes y vinientes. En este caso es ley rigurosa que los últimos descuelguen de uno de los tercios la solemne bota de brocal, llena de vino de Rueda, que constantemente ha ido a la sombra, y conviden a los primeros incluso la gente toda que llevan consigo. Beben, saborean el rico mosto, se limpian los azucarados labios con la manga de la almilla, y se informan de la salud de los mulos, luego del precio de los géneros que cargan, y por último, de sus mujeres y familia. Esta escena se repite muchas veces todos los días y a una misma hora. Terminados los encuentros llega la hora de la comida, que siempre es fiambre.
El ejercicio, y la pureza del aire atmosférico te han abierto el apetito, y por melindroso que seas no reparas que las manos del maragato, tan prácticas en el ejercicio de la veterinaria, trinchan un pollo con la misma envidiable sencillez que pudiera hacerse antes de Tubalcain, inventor de los instrumentos de cobre o hierro; y en último apuro anegas tus escrúpulos en un lago del néctar más sabroso que se ha escanciado a los Dioses del Olimpo.
Es ley reconocida entre arrieros llegar de noche a las posadas, por el orden con que de ellas han salido al amanecer, y práctica suya constante comprar siempre al pie de fábrica y en tierras donde la abundancia engendra la baratura. Nuestros maragatos se proveen de clavos y herraduras para todo el viaje en las heladas herrerías de Valcarce, de jamones en Caldas, de ronzales en Tordesillas, de vino y botas en Rueda, de sombreros en el Bierzo, y de zapatos para sí y para toda la familia en el Corgo, donde existe arrinconado un genio que ha llegado a la perfección del arte: un genio que calza de memoria los formidables pies de las maragatas, y que calcula de una año para otro cuánto debe haber crecido el de las meninas. Y los gobiernos pasan y se suceden y ninguno echa una mirada de protección al distinguido artista, no obstante que sus obras aturden y aplastan a todo Madrid, ¡cuando hacen de ella ruidosa ostentación las tremebundas plantas de los ferruginosos aguadores.
El maragato huye con horror de las grandes poblaciones, y precisado a entrar en ellas se alberga siempre a las puertas sin que ose nunca penetrar en el interior. Sus pueblos favoritos son los más miserables del tránsito, donde gozan al ver salir de las barracas unos seres muy parecidos al hombre, que en inarticulado lenguaje le convidan y ruegan que les compre un par de gallinas. Este contrato no se verifica hasta que ya molido y cansado el importuno vendedor, después de haber andado media legua tras el endurecido y sordo maragato, vuelve éste los ojos por vez primera a la mercancía, de la que se hacen dueños por la mitad de su valor.
Entre tanto habrán llamado tu atención ciertas alzadas y mohosas piedras, y negras cruces de que están sembrados los sitios solitarios y sombrías encrucijadas. Reparas que tienen inscripciones, y el D. Curioso procura descifrar una de ellas tan siquiera, y casualmente tropieza con el siguiente enigma:
Aquí mató Judas el Negro.
Al Tío Blanco serruega: qe
se rruege a Dios por él.
-Tío Colorado, pregunta, ¿por quién nos ruegas que roguemos, por el Negro o por el Blanco?
-Mejor será por el Negro que es quien puede hacernos mal, que el pobre tío Blanco ya está difunto.
Y como los arrieros son tan aficionados a contar aventuras romancescas por estilo de las de su héroe el guapo Francisco Esteban, te referirá uno por uno todos los espantosos crímenes de Judas el Negro en su sangriento teatro que pisas espeluznado.
-Y dónde anda el Judas, preguntas con terror.
-No hay cudiao: seis días arredro que no ha muerto a dinguno por acá.
Como todo tiene su fin en este mundo perecedero, también se acaba una jornada de maragatos, cosa que has debido poner en duda más de una vez durante el día. Llegas a la venta, si es que el señor Judas no se le antoja hacerte una visita sin cumplimiento, y al macho tordo tirarte por un derrumbadero abajo: el ladrido de los perros, el chirrido de los portalones que se abren de par en par, la luz que se columbra por entre las rendijas de la afiligranada pared de la casa, todo te hace creer que has llegado a una posada española, y las anchas cuadras que ves en perspectiva y la voz del maragato que te manda apear te confirma en tu creencia.
-Cuando tan buena habitación tienen las bestias cuál tendremos nosotros, exclamas tú, ¡pobre inocente! Pero no quiero anticiparte desengaños.
Tratas de obedecer al maragato y te encuentras imposibilitado de hacerlo. Al pronto dudas si te habrás convertido en centauro, y si tú y el macho seréis una misma cosa: pero luego discurres que el quebrantamiento de huesos y el frío intenso te han petrificado. Dos o tres gañanes te despegan de la albarda: inmóvil, con apagada voz y dando diente con diente pides un cuarto a la mesonera que se reirá a carcajadas.
-¡Un cuarto! Aquí no hay más cuarto que los que traiga su merced.
-Quiero decir, una sala, un aposento, una habitación.
-¡Salas! ¿eh? ¡Salas! ¡ja, ja, ja! ¿Si pensará que todavía está en los Madriles? ¿Pues quién será él que pide salas y viene sobre una albarda?
-Tiene V. razón: yo la merecía por venir así.
Tus palabras tienen la propiedad de excitar la hilaridad de los circunstantes, y algo es algo: debes contentarte con haber caído en gracia.
-Me estoy muriendo de frío; exclamas entre yerto y amoratado de cólera.
-Eso es otra cosa. Venga, venga. Pida cosas regulares y no se le negarán, que a servir y dar gusto a los caminantes ninguna me echa la pata encima.
Y te llevan a un cuartucho enhollinado, cuyo pavimento es el hogar, circuido de sendos escaños de encina. Te sientas allí en compañía de diez o doce arrieros, venteros y caminantes: reparas que echan un roble entero en el hogar, y te consuelas; pero comienza la llama que se extiende luego por los cuatro ángulos del chiribitil, y te abrasas, te tuestas; aquel fuego extraordinario y repentino te sofoca por delante, y el aire que por las rendijas se cuela, te hiela las espaldas.
Entre tanto el Arriero arregla sus bestias sin acordarse de que eres nacido: te presentan una taza de sopas en Castilla o una conca de caldo en Galicia: el afán de tomar algo caliente te hace cerrar los ojos, las sorbes sin melindres y te escaldas, y bufas y pateas, sirviendo de diversión a los circunstantes.
Una hora después es la de la cena, compuesta de un gallo que muy ufano, alegre y descuidado estaba cantando a la puerta cuando tú llegabas. Trábase singular batalla entre tus dientes y las correosas carnes del semivivo animal, y vertiendo mares de sudor con las fuerzas que haces para desprenderlas de los huesos; vencido y desmayado tiras la vianda, y antes de llegar al suelo la recoge entre sus dientes un gigantesco mastín que suele limpiar de cuando en cuando tu mesa con su hocico.
Queriendo reposar de tantas fatigas te atreves a pedir una cama.
-¡Cama! aquí no hay más cama que la que V. traiga.
-Señora, exclamas con horror, ¿yo he de traer la cama conmigo?
Entonces reparas que el D. Curioso a quien el hambre y el frío no han dejado hacerte más preguntas, como más ducho en la materia trae un costal vacío que lo llena de paja y que el arriero con sus albardas y mantas hace un lecho razonable y sobre todo que unos y otros beben sin tasa porque saben que a mala cama... el refrán dice lo demás. En tu desesperación no consigues otra cosa que oír a la ventera.
-Ahí tiene siete pies de suelo, escoja lo que guste.
-¿Pero a lo menos no habrá un cabezal?
-¡Vaya, vaya, cabezales pide el hombre!
-Siquiera un canto para reclinar la cabeza.
-¡Un canto! Pero, señor, pedir un canto en un mesón es lo mismo que pedir gollerías.
Acude el Arriero a la disputa, se digna prestarte un par de albardas y una manta: te cubres con el capote y haciéndote un ovillo procuras concentrar el calor y dormir.
¡Dormir! El monótono ruido de las cabalgaduras que mascan el pienso: la infernal algarabía de campanillas y cascabeles, el canto repetido de los gallos y el continuo levantarse de los arrieros, el mugido de las vacas, amén del frío y de la inflexible dureza del fementido lecho, todo esto te impide que llegues a cerrar los ojos, y cuando ya rendido y postrado ibas cayendo en un estupor parecido al sueño, oyes la bronca voz del Arriero que resuena en las tinieblas gritándote:
-Arriba que están aparejando, y vuelves a emprender una jornada parecida a la del día anterior con el consuelo de tener otras quince en perspectiva.
Pero no hay remedio, en el viavén de nuestras revueltas políticas será más que probable que disfrazado de Arriero tengas que hacer un viaje, lector carísimo, para emigrar de España. Es necesario aprender la lección. Todo emigra en España, todos tenemos que emigrar, emigran los buenos cuadros de Zurbarán, Velázquez y Murillo, emigran las comedias famosas de nuestro teatro antiguo para convertirse en Vaudevilles que luego traducimos en gabacho; emigra el habla castellana; emigran nuestra honradez y buena fe (no se sabe a donde), emigra la Constitución que vino emigrada, emigran las reinas y los pretendientes a Reyes. Ser emigrado es lo que hay que ser en el día, es el término de todas las carreras, y el arte de emigrar que yo te enseño será luego la cartilla del Cristus de todo buen español. Ánimo pues, emigrado in fieri, sacude la pereza, levántate de ese lecho, sorbe una jícara de almazarrón o chocolate, paga la botifuera o los afileres, que el nombre es lo de menos, con tal de que gratifiques a la huéspeda por su amabilidad; entrégate a discreción al maragato, prosigue tus jornadas, y aprende a emigrar que arrieros somos y en el camino nos encontraremos.
Arriaá... ¡Nacarino! ¡Borrascas!...
El personaje que con tan ruda oración inaugural se introduce en este libro tras de una recua numerosa, mixta de mulos y de asnos, gritando tantas veces ¡arre!; debe llamarse Arriero, como el que siempre está pidiendo por Dios, se llama Pordiosero.
¡Arre; so! palabras que no son palabras; porque no sirven para comunicar ideas a nuestros semejantes; verdadera excrecencia de los idiomas humanos y diccionario entero de las bestias de carga. Sólo estas dos voces, interpoladas con algunos eficaces porvidas, maldiciones y blasfemias, y sobre todo con una vara de fresno delgada, flexible, pero nudosa y fuerte; bastan al Arriero para regir un pueblo irracional y trashumante. Éstos son sus medios de gobierno; sus principios son los siguientes: a burro lerdo arriero loco, pocas leyes y mucho palo, y con ellos no teme que sus vasallos se amotinen, insurreccionen, ni pronuncien; de manera que (con propia confusión lo digo), los anales arrieriles no cuentan otro pronunciamiento asnal que el de la burra de Balam, sin que desde entonces hayan vuelto a decir los asnos esta boca es mía.
La animada fisonomía del Arriero, su color tostado y encendido, rostro enluto pero sano, revelan la robustez que nace del ejercicio corporal, la costumbre de respirar un aire puro y la insensibilidad y dureza para los trabajos.
Es interesado de condición, y prefiere a la módica pero segura ganancia del labrador, la más pingüe y arriesgada que su industria le proporciona; y al sosiego y dulcedumbre del hogar paterno la vida nómada de trajinantes. El trato continuo con irracionales, el hábito de vencer obstáculos y de salvar peligros, le hacen duro y desalmado, y la falta de diversiones, propenso a buscarla de todas clases, aun a costa de pesadas bromas y bellaquerías. Es a pesar de todo, compasivo y honrado con los pobres caminantes, a quienes ofrece muchas veces llevar a caballo si la recua va de vacío.
Valiente si los hay, a nadie teme llevando su escopeta colgada de la enjalma y la navaja en el cinto; y si reunidos tres o cuatro compañeros, se aparapetan tras de sus mulos, con sus fieles mastines a los pies; se burlan de una gavilla de salteadores, que suele burlarse de un par de compañías de Guardias Civiles.
Verdad es que no siempre fían la conservación de la paz a su imponente resolución y marcial aparato, y apelan más bien a transacciones diplomáticas entre ambas partes beligerantes. Al cruzar un desierto y espeso bosque, un árido peñascal, por donde el camino sigue en estrecho y tortuoso giro, en el silencio de la noche, cuando no se siente otro rumor que el del casco de las caballerías que hienden por instinto aquellas espesas tinieblas; observaréis entonces que el Arriero se adelanta, deposita un puñado de plata en una piedra misteriosa como los altares druídicos, o los castros de los celtas, y entona luego sigilosamente una lúgubre y significativa cantinela. En este caso puede caminar el recuero entre bultos sombríos y mal encarados, que bajo sus mantas rojas enseñan los negros labios de una bocamarta, tan sereno como los Israelitas por entre los muros de agua del mar Bermejo; pero humillado, como un romano bajo las horcas candinas.
Esta especie de seguros mutuos entre arrieros y bandidos prueba que, si bien en siglos anteriores el espíritu de asociación no estaban tan extendido, se mantenía en germen en la clase arrieril, para brotar un día con vigor. A veces los caminantes salían de esta crisis a fuerza de rosarios rezados a coro con los arrieros que los salpimentaban siempre de votos y reniegos. Entonces se tenía por un evangelio aquel piadoso refrán de: por oír misa y echar cebada nunca se perdió jornada; pero la preocupación de las despreocupaciones ha llegado también hasta los caminos de herradura y ha hecho dudar a los arrieros de la primera parte del susodicho proverbio; y si al pasar delante de una iglesia cuando tocan a misa en días festivos, arguyes al Arriero su indevoción, te responde que de cada misa que pierde se hace una picadura en el cinto para oírlas después todas juntas en su pueblo.
Extranjero en su patria y huésped de su misma casa, está casado con la mejor moza de su lugar, y vive sin recelos aun viéndola siempre de tarde en tarde y por poco tiempo. No se sabe si debe atribuirse esto a la mucha confianza que en ella tiene, en lo cual perdóneme si le digo que se le conoce poco el mundo que corre, o a la falta de cariño, o sobra de caritativos Maritornes, que despreciando nocturnos hielos y escarchas matinales, truecan su blando lecho por las duras, estrechas y desiguales enjalmas del Arriero, como allá Cide Hamete nos refiere.
Es muy singular por cierto el aspecto que presenta un pueblo de arriería. Sólo se ven por las calles niños desnudos que se robustecen a la intemperie, y los pocos arrieros jubilados que llegan a la ancianidad, sobreviviendo a sus antiguas fatigas. Las mujeres abandonadas por sus trashumantes maridos al cuidado del Cura y del Sacristán, Maestro y Fiel de fechos en una pieza, desdeñando los quehaceres domésticos; invaden por necesidad los varoniles, y surcan con sus débiles manos los ingratos campos de la montaña. Cualquiera diría que una funesta plaga ha desolado aquellas comarcas, por las cuales pasó el horrible carro de la guerra esparciendo en torno la miseria, la viudez, la orfandad y el desamparo. Empero no es así: bulle el dinero, hierve la abundancia, y el semblante de las serranas rebosa contentamiento. Desaliñados serán tal vez sus vestidos, pero ricos; no muy limpias sus ebúrneas gargantas, pero adornadas con innumerables sartas de finos corales; poco aseadas sus casas, pero bien provistas y hospitalarias. Impuros deben ser los placeres que se gozan fuera del seno de la virtud, cuando los arriba mencionados no moderan la impaciencia de los arrieros por llegar a su casa. Sus mujeres pasan por las más felices del mundo, porque son las que menos ven al marido: por las más enamoradas y constantes, porque están seguras de que su amor no ha de morir de fastidio como ordinariamente sucede. Como saben de fijo el día y hora de la llegada de su esposo se ponen a trabajar en la heredad más próxima al camino, entonando muy oportunamente estos o semejantes cantares:
Ojos que te vieron ir
por aquellos arenales,
¿cuándo te verán venir,
para alivio de mis males?
Mujeres hay sin embargo que para nada echan de menos al marido cuyas faltas ha suplido el Sacristán. Aguardan con la comida puesta la llegada del Arriero, que siempre se verifica antes de comer y si ha podido hacerlo sin grave detrimento de sus intereses en días festivos y sobre todo en pascuas y noche buena: llega y... ¿a quién es dado pintar aquellos momentos de filial y conyugal ternura en que el Arriero se ve rodeado de un enjambre de pedigüeños chiquillos que con el candor y la buena fe propios de sus inocentes años, le llaman padre a boca llena?
Este día es el único en que el Arriero se afeita, se lava, se muda de camisa y se desnuda para reposar blanda y sosegadamente en el lecho conyugal, donde a pesar de tan inusitada molicie, duerme menos que en sus enjalmas, según observadores más minuciosos aseguran. Engalanados ambos consortes, entra el darse cuenta mutua de las pérdidas o ganancias que han tenido desde la última entrevista el discurrir si conviene aumentar la recua con un par de borricos, o comprar dos centenares de cabezas de ganado lanar, o ir preparando el ajuar de la hija casadera. Entran los sudores del marido al desabrochar el cinto y el pedir incesante de la mujer: los reniegos del uno y la terquedad de la otra. Altérase la felicidad doméstica, hace uso el uno de su inolvidable vara, chilla la otra, y el marido, bufando de cólera, lanza su bolsón lleno de pesos duros a la cara de su cara mitad, la rompe las narices y grita la mujer con nueva furia: acude el Sacristán, y las vecinas, y el suegro y todos abruman al pobre marido, todos conspiran contra su bolsillo, todos claman por la sangre vertida, y él se defiende respondiendo con sorna:
-«Vaya, que por más que digan, el dinero no puede hacer tanto daño.»
Serénase luego la borrasca, merced al iris de plata que nuevamente sobre los bancos aparece: el Fiel de fechos declara buena presa el bolsón que aplastó las narices de la mujer, y que como cuerpo del delito, nunca quiso ésta soltar de las manos; y meditabundo y mohíno, luego que los imparciales mediadores se ausentan, manda el Arriero poner la cena con ánimo de acostarse temprano y tomar de madrugada a su vida independiente y aventurera.
«De todos los portazgos que tengo que pagar en el camino, va diciendo el Arriero en sus adentros, ninguno es tan costoso como el de mi mujer.»
Esto le induce a sospechar que la sentencia del Sacristán, juez árbitro en la disputa del día anterior, no ha sido tan justa como debiera, y que tal vez hubo inteligencia y cohecho entre el juez y la parte. Recuerda que en el polvo antidiluviano que desde ab initio cubre el pavimento del tálamo sagrado, había huellas enormes y distantes entre sí, y como tan entendedor en materia de pezuñas, dice magistralmente que sólo han podido ser estampadas por las descomunales zancas del Fiel de fechos.
Frunce las enarcadas cejas, hínchansele las narices, y descarga su cólera sobre los inocentes y taciturnos machos que tiemblan a la sombra y crujido de su vara. Cae luego en grande postración y abatimiento, y cruza maquinalmente la vara en el cinto. Ni jura, ni arrea, ni maldice...
¡Síntoma funesto! El macho falso baja las orejas, encorva las patas y se tiende en medio de un lodazal, los sueltos borricos se extralimitan por esos trigos de Dios: toma entonces su resolución el flamante Otelo, deja el ganado a cargo del primer compañero que acierta a pasar por el camino; monta en su muta andariega, vuelve riendas atrás, y como una exhalación súbita y espontáneamente llega a su casa a deshora de la noche.
Llama con estrépito, tardan en abrirle, redobla con furia los golpes, va tal vez a desquiciar la puerta, cuando aparece la mujer. Apenas la infeliz ha tenido tiempo de recoger los restos de una opípara cena, de ocultar al amante y de serenar su rostro para hacer frente a las sombrías e inquisitoriales miradas del marido, que pretextando habérsele olvidado un encargo cualquiera, todo lo anda, todo lo mueve, todo lo registra, todo lo escudriña, de todo se hace cargo y a todo calla. Y como saben muy los lectores aficionados a cuentos de viejas de lugar, los arrieros en estos casos suelen tener ocurrencias muy originales.
Marido hay a quien le da la humorada de echar al hogar unos cuantos haces de paja, chamuscando al infeliz Sacristán que tiene que huir en paños menores por la chimenea, donde estaba escondido.
Antojásele al otro llenar de agua fresca y serenada un tonel vacío, rebautizando al cristiano que en cuclillas se aposentaba como Diógenes; y al de más allá, por último, se le pone en la mientes sacudir un rollo de esteras so pretexto de estar lleno de ratones. Porfía la mujer en que ni siquiera tienen un pelo; insiste el marido; remítense a la prueba, y a los primeros descomunales varapalos óyese gritar al sensible amante, que yace medio aletargado en aquel ataúd de pleita.
« Escucha, escucha, dice el marido con sardónica sonrisa a su petrificada consorte; bien te decía yo que debía haber ratas más grandes que nuestro amigo el Sacristán.»
Con este y otro segundo desahogo aplicado a las costillas de su mujer, torna el Arriero al alcance de su recua, saboreando el ruin placer de la venganza satisfecha.
La idea de la infidelidad de su consorte no atormenta por mucho tiempo al Arriero, cuyo corazón si no se encuentra en su bolsillo, nadie debe buscarlo sino entre sus bestias.
Por ellas traspasa el umbral de los mesones, y su primer cuidado es aliviarles del enorme peso que por espacio de doce mortales horas estado oprimiendo sus robustos lomos. Repara una por una sus herraduras, va provisto de todos los instrumentos necesarios, él mismo repara inmediatamente la menor falta. Desdeña la oficiosidad del mozo que quiere ayudarle en su trabajo: de nadie se fía. Sus manos son las que criban la cebada, las que limpian el pesebre con el mayor esmero, y le colman de abundante pienso. A la luz del candil y mientras las caballerías comen, pasa al pellejo de cada una de ellas la más escrupulosa revista. A la menor señal de rozadura, registra las enjalmas, mulle la parte contigua a la herida, la rellena de esponjosa lana, y si es menester en esta misma incrusta los medicamentos. Cien veces ha de pasar la mano por las enhiestas crines de sus mimados mulos, y sendas cien palmadas ha de hacer resonar en sus cuartos traseros; antes de recordarse de que tiene hambre, y de que hambre podrán tener asimismo los transeúntes cuyo estómago hay que reforzar con el suculento ajo de arriero.
Apenas habla de otra cosa que de su recua. Pregúntale por las tradiciones del país que atraviesas, y te responderá: «en este pedregal se resbaló mi mula Pelegrina; soberbio animal. Más alma tenía que un cristiano y más correa que S. Agustín. Allá abajo, en aquel charcal quedó atascado el burro de mi padre. Tal día como hoy hace veinte años que le entró el muermo a mi macho Vizcaíno, navegando hacia Madrid; cogí la escopeta y ¡zas! le dejé muerto de un tiro; pero por Dios vivo, que no sé quien quedó mas difunto, si el macho u yo».
El amor de la mujer
dicen que se deja ver
en la ropa del marido:
Tampoco desmentirá la ropa de las caballerías el entrañable cariño que el Arriero les tiene. Todos sus aderezos, cabezadas, jáquimas, enjalmas, mantas de sobrecarga, cinchas y ataharres; todos son de lujo y con esmero bordados los que tal labor admiten. Cuelgan en las sobre jalmas cordonajes y borlas de seda, llamadas sacamantas o mandiles, que majestuosamente llevan los mulos lominhiestos arrastrando. El Liviano en particular, o la bestia que va delante de todas, y el Postrero, que como su nombre lo indica, es el último de la reata, son los Benjamines del Arriero: lleva aquél un magnífico penacho o banderín de estambre o sedería, y el otro esquilada, collar cuajado de ruidosos cascabeles y campanillas, o pendiente de uno de los tercios el soberano cencerro de bronce significativamente llamado la zumba o el zumbo; pues en indagar su sexo andan aún perdidos los naturalistas. Su continuo y monótono don, dolón, dolón, tiene por objeto asegurar en noches oscuras que ningún macho de la reata se ha soltado ni dejado de andar, y la misión del Liviano, bestia facultativa y que tiene el voto de confianza del Arriero, es la de guiar a las demás en iguales noches o en temporales borrascosos de nieve y ventisqueros, y la de pararse a la puerta de la posada. Estos son los polos sobre los cuales gira y descansa la fortuna del Arriero, el cual va dormido profundamente, sentado a la mujeriega, cara al sol, en uno de sus mulos, con la vara atravesada entre la faja y el cuerpo a la parte atrás del costado derecho. No le despertará el ruido atronador de la diligencia que pasa rozándole las piernas; y el silencio del zumbo, el compás de sus golpes más o menos acelerado, bastan para turbar su profundo sueño.
¡Cuán terrible puede ser este letargo cuando los asnos van libres y sueltos y a la vuelta de un recodo aparece súbitamente el coche de la mala, cuyas chispeantes ruedas levantan nubes de polvo que aturden y ciegan a la desmanada recua! Huyen las bestias en todas direcciones tirando al suelo la frágil carga de huevos frescos de Castilla. Invaden los sembrados y el guarda del campo los prende, el recuero derribado, levántase hecho tortilla en busca de los fugitivos y encuentra por fin a todos los que habían caído en manos de una tribu gitanesca. ¡Día de luto y desolación para el arriero! Día en que habla en idioma que no está en panléxicos ni en diccionarios y pronuncia aterradoras frases por el estilo de las que se usan en ciertas polémicas de periódicos.
Y mientras el infeliz rabia, jura y se desespera sin adelantar un paso en su jornada, la diligencia sigue volando a quince o veinte leguas del sitio de la catástrofe; viva imagen del poderoso que siempre impunemente se burla de ordinario del flaco y miserable.
Estas desgracias se han hecho principalmente para los arrieros de segundo orden que hacen el viaje de cuenta y riesgo del que les paga su jornal, amén de la costa de la posada. Descuidados con la hacienda ajena, como los asentistas, patronas de huéspedes y cocineros especulan con lo que dejan otros de comer. Para ellos se han hecho también los frondosos prados donde los asnos hinchen de yerba, como si dijéramos de bazofia, su extenuado vientre; para ellos los repetidos encuentros de ladrones, las acometidas del lobo que siempre se lleva el mejor bocado; el ímpetu de las corrientes que arrebatan al mulo de mejor carga, toda la interminable serie de percances que arruinan al propietario y elevan a tal dignidad a sus criados.
El Arriero por lo regular es de corta vida, como quiera que tan aperreada y fementida sea la que ha traído: en el último tercio de ella se convierte en mesonero o comerciante, aventurando en especulaciones arriesgadas el inmenso capital, fruto de veinte o treinta años de ahorros y trabajos. No hace muchos meses que ha fallecido en una de las provincias del Norte a la edad de ochenta años un arriero millonario. Habiéndose retirado a disfrutar de su caudal, era público y notorio en el país que para conciliar el sueño tenían que subirle en uno de sus machos y hacerle andar montado una o dos horas, único modo que tenía de reposar el resto de la noche. Ejemplo singular de la fuerza de una costumbre por largos años contraída, del premio que de ordinario alcanza la asiduidad y el trabajo.
Aquí tienes lector amigo retratado en grande a nuestro personaje: si quieres conocerlo más a fondo es preciso resignarse a emprender un viaje en su compañía. Abandona por hoy esas carreteras prosaicas donde la naturaleza está viciada y contrahecha, rebajada la cresta de montes, rellenos los hondos valles y los majestuosos ríos en mezquinos puentes aprisionados. Lo grande, lo sublime, lo variado y pintoresco son los caminos tortuosamente abiertos por las herraduras de los machos, y no por la mezquina mano del hombre. No te encajones en esos baúles de cuerpos humanos, o ataúdes de vivientes, llamados diligencias, donde apenas eres dueño de mover un pie, ni de menear la cabeza sin tropezar en los vidriosos callos del achacoso anciano que tienes delante, o deshacer el prendido de tus remilgadas adláteres: donde te pondrá la cabeza como un cántaro, el monótono y bronco estruendo del carruaje, el finísimo polvo que sorberás sin ser aficionado, el humo de los sempiternos cigarros de papel, y los nada pulcros hábitos de la dama mareada. Sube, monta en esa arrogante mula asegurada, yo lo fío, de galopes y de trotes, sino de coces y corcovos. No perderás en ella ni uno solo de los encendidos rayos del sol de julio, ni un soplo de los rígidos vendavales de diciembre, y a guisa de cuajadas perlas las escarchas se posarán sobre tu barba, sin otro inconveniente ni peligro que tal cual aguda pulmonía o tabardillo, que sin gastos de médicos ni boticarios, te haga hacer en vapor el viaje de la eternidad.
Pero ¿qué rumbo tomamos?, ¿qué camino elegimos? Allá por el de Alcalá, vienen los robustos y corpulentos catalanes de Olot y Vich, ásperos y desabridos, pero complacientes a su modo con los caminantes. Llevan el traje común del Arriero; chaqueta de paño, chaleco de pana con botones de cadenilla, pañuelo al cuello con sortija, faja de algodón, uno de cuyos extremos les sirve siempre de bolsa, calzón de pana atado con cordones de seda, polainas de paño o botín de baqueta, zapatos de botón en invierno y alpargates en verano. Distínguense sin embargo por el gorro encarnado sobre el cual se encasquetan a veces el sombrero calañés, y por los cuatro dedos de calzoncillos que descubren sobre la faja. Cargan sus grandes machos de géneros de algodón y paños del país. Más hacia el Norte a la sombra de sus sombreros, asoman los cameranos de pequena estatura, cubiertos de paño pardo de la cabeza a los pies; los altos y extremados ventosinos; los primitivos navarros del Valle de la Burunda, nobilísima cuna de tan famoso reino, ásperos, inflexibles; pero valientes y honrados.
Traen todos tres paños y bayetas, cucharas de madera y rico vino de Peralta destinado a legítimo consorcio con el agua de la Cibeles.
Descienden por el Puerto de Somosierra los ínclitos caderrechanos tan pronto arrieros como labradores, que en invierno transportan el pescado que por antífrasis llamamos fresco: los burgaleses, cuyos aplanados cestos inundan de huevos a Madrid, los famosos vizcaínos de rollizos coram bovis, sentados en gigantescos machos de la raza de los Megaterios, que engalanan con toda la pompa arrieril. Son de genio terco y según se jactan podrán sus machos aventajarles en entendimiento, pero en fuerzas jamás. Por la línea divisoria de ambas Castillas, allá en la punta de Guadarrama se divisan por fin los maragatos...
¡Salud pueblo trashumante, que penetrando por las entrañas mismas de la civilización, y siempre disperso has sabido conservar inmaculadas tus rudas costumbres! ¡Para ti no hay progreso, para ti no hay adelantos, ni luces, ni ilustración, ni toda esa cáfila de cosas nuevas que como un turbión han caído sobre España; tú como el castor que edifica su choza, como la golondrina que construye su nido, lo mismo haces hoy que hacías ayer, y que harás mañana! Montesquieu sin duda te tuvo en el magín cuando dijo que había tres pueblos en la península que no estaban sujetos a Rey ni a Roque. Casi, casi tenía razón el señor Montesquieu si no le desmintieses sacando la bolsa a cada paso que das por esos caminos obstruidos de pontazgos y cadenas. A ti se debe que la honradez castellana no haya quedado tan solamente en proverbio. Las enmarañadas firmas de tres escribanos conjurados para enmarañar un negocio sencillo, no hacen más fe que tu simple palabra.
No resolveré el problema de si la explicación de tan extraordinarios fenómenos se encuentra en tu durísima moliera. Admiro los efectos y prescindo de las causas: me envanezco al ver la nobleza del corazón que hay bajo tu grasiento coleto, pero no me atrevo a penetrar en el intrincado laberinto de tus bragas.
Por Navacerrada bajan los armuñeses, descubriendo la camisa plegada y sin cuello, por la ventana que forma el chaleco de paño hacia la parte superior; arrieros noveles que viajan en compañía, reuniéndose los asnos más grandes de toda España, cargados de ricos garbanzos. Por la tierra llana del medio día suben los amojamados choriceros, los manchegos y andaluces que a guisa de paveros traen suelta una manada borrical. El arriero andaluz y el maragato se diferencian tanto en sus costumbres que casi llegan a formar dos tipos diversos. Es el primero alegre, decidor y entretiene al viajero con chistes y cuentos graciosos, en las posadas es espléndido y manda en ellas a costa de su bolsillo; el segundo habla poco, piensa mucho y duerme más, y merced a su gramática parda y a la exactitud en el pago, goza de mayor consideración en los mesones, aunque el gasto que en ellos haga sea mezquino; funda aquél su vanidad en llevar la bolsa del tabaco hecha de piel de lobo y forrada de seda recamada de oro y plata, y en presentar su recua llena de perifollos, banderines y mandiles de seda; tiene este orgullo de llevar el cintocanana repuesto de onzas de oro y los machos gordos y lucios aunque modestamente vestidos: el maragato es aficionado a carne de pluma; el andaluz a pescados frescos: éste pródigo de promesas que no se cura de cumplir; aquél es sobrio en prometer y exacto en el cumplimiento trabaja el uno regularmente para los demás; en cada bestia de su recua suelen tener parte media docena de compadres; especula el otro para sí, y cargas y recua todas son propias.
Vienen por último los valencianos a quienes toda la ropa les parece poca de medio cuerpo arriba y toda les sobra de medio cuerpo abajo; apenas gastan lumbre para sus comidas y con una paella de arroz en que mezclan todo cuanto a mano les viene, se dan por satisfechos. Los huéspedes esconden a su llegada todo linaje de aparejos menudos y de fácil transporte; ellos sabrán el porqué, materia es ésta muy delicada y no quiero entretenerme en murmuraciones.
Hemos dado una rápida ojeada al vasto panorama arrieresco español, te he presentado, lector paciente, las principales secciones en que está dividida esta comunidad inmensa, y como quiera que carezcas del don de ubicuidad, supongo que habrás elegido un arriero para viajar y que has preferido al Maragato, como su ranciedad, su honradez y la extrañeza de sus costumbres lo merecen.
Siguiendo una de las más inveteradas, te habrás despedido de todos tus parientes, amigos y conocidos: todos te han dicho una misma cosa y en unas mismas frases, y te ha dado cada uno un millón de encargos, que tendrás buen cuidado de olvidar. Hasta el último trance no te abandonarán los más molestos de tus amigos, y si tienes mujer irá a darte el último abrazo a la puerta de Segovia, y al desprenderse de los tuyos, será preciso que se desmaye en brazos del mejor mozo. Aprovechándote de su soponcio volverás la espalda enternecido, y aprovechándose tu esposa de la vuelta de tus espaldas, volverá en sí, volviendo por gratitud los ojos a los ojos revueltos del amigo, y entre unas y otras miradas se volverán tortilla.
Supongo que si antes de ahora has advertido la interminable anchura de las albardas maragatas y la has comparado [304] con la abertura de tus piernas, has debido conocer que necesitas aumentarla hasta convertir en recto el ángulo agudo que describen, y habrás recurrido a la escuela gimnástica donde después de descoyuntarte los dos fémur te habrán enseñado a ponerlos horizontales. Tampoco se ha debido escapar a tu aguda penetración la marmórea dureza del lomillo, y que para evitarla es muy a propósito una almohada de mullida lana. No cuento por sabido el sombrero de fieltro para las aguas, el de paja para el sol, el paraguas para uno y otro, los guantes de lana, los de ante, el capote de barragán y los estribos que has debido comprar porque son muebles proscritos en la arriería, como en la milicia Romana. Tampoco insisto en que te pongas bien con Dios, que te confieses y comulgues; porque esto se hacía antiguamente; pero no te vendría mal para ciertos lances que te esperan.
Echas ya tu cuerpo fuera de Madrid: la recua con el mozo ha precedido hace una hora: el maragato y tú y un compañero de viaje vais juntos. Este último empareja contigo y entabláis el diálogo siguiente:
-Felices, compañero, te dice.
-Téngalos V. muy buenos.
-Parece que vamos juntos.
-Así parece.
-Y ¿a dónde bueno? ¿A Vigo, Santiago, la Coruña?...
-Más cerca.
-¿Va V. a Lugo, Astorga, Valladolid?
-Precisamente.
-¿Es V. del país?
-Del país soy.
-¡Hola! Somos paisanos. Yo me llamo D. Curioso Preguntón y Machaca, he sido muchos años agente de policía...
-¡Ya!, ¿por afición?
-Justamente. Y ¿hace mucho tiempo que falta V. de allí?
-Así, así.
-¿Ha sido V. empleado?
-No señor.
-¿De veras? Me pasma que siendo V. joven.
-¿Qué quiere V.? Perdí la mano izquierda defendiendo las instituciones, presté servicios de gran cuantía al Estado, y esto siempre ha sido un obstáculo.
-¿Con que es V. militar?
-Tampoco.
-Pues V. tiene trazas de hombre casado.
Y naturalmente te acuerdas del soponcio de tu mujer y de aquel tu amigo buen mozo, y te atusas el pelo y respondes:
-Tal vez.
-¿Tiene V. muchos hijos?
-Ninguno.
-¿No faltarán deseos de tenerlos?
-¡Pche! Si han de ser tan fastidiosos como ciertos hombres que yo conozco...
-¿Han sido Vds. muchos hermanos?
-Muchos.
-¿Y todos son vivos?
-No: bastante lerdos.
-Cudiao, señor Preguntón, interrumpe felizmente el tío Colorado, cudiao no le santigüe el macho del señor con un par de coces.
Esta oportuna interrupción del Arriero te revela las pacíficas propiedades y malos siniestros de la bestia encargada de martirizarte; pero te salva de un martirio mayor y más inmediato, que es el de sufrir las preguntas del D. Curioso. Entretenido en su conversación has perdido la almohada y el paraguas, y calculas que a ese paso debes llegar a casa sin camisa.
El Arriero va siempre taciturno y pensativo el día de salida, coordinando en su memoria la infinidad de encargos que le han hecho, y calculando también cuánto debe producirle el viaje que emprende. Hacia el medio día se tropiezan infaliblemente en la mitad de la jornada los maragatos yentes y vinientes. En este caso es ley rigurosa que los últimos descuelguen de uno de los tercios la solemne bota de brocal, llena de vino de Rueda, que constantemente ha ido a la sombra, y conviden a los primeros incluso la gente toda que llevan consigo. Beben, saborean el rico mosto, se limpian los azucarados labios con la manga de la almilla, y se informan de la salud de los mulos, luego del precio de los géneros que cargan, y por último, de sus mujeres y familia. Esta escena se repite muchas veces todos los días y a una misma hora. Terminados los encuentros llega la hora de la comida, que siempre es fiambre.
El ejercicio, y la pureza del aire atmosférico te han abierto el apetito, y por melindroso que seas no reparas que las manos del maragato, tan prácticas en el ejercicio de la veterinaria, trinchan un pollo con la misma envidiable sencillez que pudiera hacerse antes de Tubalcain, inventor de los instrumentos de cobre o hierro; y en último apuro anegas tus escrúpulos en un lago del néctar más sabroso que se ha escanciado a los Dioses del Olimpo.
Es ley reconocida entre arrieros llegar de noche a las posadas, por el orden con que de ellas han salido al amanecer, y práctica suya constante comprar siempre al pie de fábrica y en tierras donde la abundancia engendra la baratura. Nuestros maragatos se proveen de clavos y herraduras para todo el viaje en las heladas herrerías de Valcarce, de jamones en Caldas, de ronzales en Tordesillas, de vino y botas en Rueda, de sombreros en el Bierzo, y de zapatos para sí y para toda la familia en el Corgo, donde existe arrinconado un genio que ha llegado a la perfección del arte: un genio que calza de memoria los formidables pies de las maragatas, y que calcula de una año para otro cuánto debe haber crecido el de las meninas. Y los gobiernos pasan y se suceden y ninguno echa una mirada de protección al distinguido artista, no obstante que sus obras aturden y aplastan a todo Madrid, ¡cuando hacen de ella ruidosa ostentación las tremebundas plantas de los ferruginosos aguadores.
El maragato huye con horror de las grandes poblaciones, y precisado a entrar en ellas se alberga siempre a las puertas sin que ose nunca penetrar en el interior. Sus pueblos favoritos son los más miserables del tránsito, donde gozan al ver salir de las barracas unos seres muy parecidos al hombre, que en inarticulado lenguaje le convidan y ruegan que les compre un par de gallinas. Este contrato no se verifica hasta que ya molido y cansado el importuno vendedor, después de haber andado media legua tras el endurecido y sordo maragato, vuelve éste los ojos por vez primera a la mercancía, de la que se hacen dueños por la mitad de su valor.
Entre tanto habrán llamado tu atención ciertas alzadas y mohosas piedras, y negras cruces de que están sembrados los sitios solitarios y sombrías encrucijadas. Reparas que tienen inscripciones, y el D. Curioso procura descifrar una de ellas tan siquiera, y casualmente tropieza con el siguiente enigma:
Aquí mató Judas el Negro.
Al Tío Blanco serruega: qe
se rruege a Dios por él.
-Tío Colorado, pregunta, ¿por quién nos ruegas que roguemos, por el Negro o por el Blanco?
-Mejor será por el Negro que es quien puede hacernos mal, que el pobre tío Blanco ya está difunto.
Y como los arrieros son tan aficionados a contar aventuras romancescas por estilo de las de su héroe el guapo Francisco Esteban, te referirá uno por uno todos los espantosos crímenes de Judas el Negro en su sangriento teatro que pisas espeluznado.
-Y dónde anda el Judas, preguntas con terror.
-No hay cudiao: seis días arredro que no ha muerto a dinguno por acá.
Como todo tiene su fin en este mundo perecedero, también se acaba una jornada de maragatos, cosa que has debido poner en duda más de una vez durante el día. Llegas a la venta, si es que el señor Judas no se le antoja hacerte una visita sin cumplimiento, y al macho tordo tirarte por un derrumbadero abajo: el ladrido de los perros, el chirrido de los portalones que se abren de par en par, la luz que se columbra por entre las rendijas de la afiligranada pared de la casa, todo te hace creer que has llegado a una posada española, y las anchas cuadras que ves en perspectiva y la voz del maragato que te manda apear te confirma en tu creencia.
-Cuando tan buena habitación tienen las bestias cuál tendremos nosotros, exclamas tú, ¡pobre inocente! Pero no quiero anticiparte desengaños.
Tratas de obedecer al maragato y te encuentras imposibilitado de hacerlo. Al pronto dudas si te habrás convertido en centauro, y si tú y el macho seréis una misma cosa: pero luego discurres que el quebrantamiento de huesos y el frío intenso te han petrificado. Dos o tres gañanes te despegan de la albarda: inmóvil, con apagada voz y dando diente con diente pides un cuarto a la mesonera que se reirá a carcajadas.
-¡Un cuarto! Aquí no hay más cuarto que los que traiga su merced.
-Quiero decir, una sala, un aposento, una habitación.
-¡Salas! ¿eh? ¡Salas! ¡ja, ja, ja! ¿Si pensará que todavía está en los Madriles? ¿Pues quién será él que pide salas y viene sobre una albarda?
-Tiene V. razón: yo la merecía por venir así.
Tus palabras tienen la propiedad de excitar la hilaridad de los circunstantes, y algo es algo: debes contentarte con haber caído en gracia.
-Me estoy muriendo de frío; exclamas entre yerto y amoratado de cólera.
-Eso es otra cosa. Venga, venga. Pida cosas regulares y no se le negarán, que a servir y dar gusto a los caminantes ninguna me echa la pata encima.
Y te llevan a un cuartucho enhollinado, cuyo pavimento es el hogar, circuido de sendos escaños de encina. Te sientas allí en compañía de diez o doce arrieros, venteros y caminantes: reparas que echan un roble entero en el hogar, y te consuelas; pero comienza la llama que se extiende luego por los cuatro ángulos del chiribitil, y te abrasas, te tuestas; aquel fuego extraordinario y repentino te sofoca por delante, y el aire que por las rendijas se cuela, te hiela las espaldas.
Entre tanto el Arriero arregla sus bestias sin acordarse de que eres nacido: te presentan una taza de sopas en Castilla o una conca de caldo en Galicia: el afán de tomar algo caliente te hace cerrar los ojos, las sorbes sin melindres y te escaldas, y bufas y pateas, sirviendo de diversión a los circunstantes.
Una hora después es la de la cena, compuesta de un gallo que muy ufano, alegre y descuidado estaba cantando a la puerta cuando tú llegabas. Trábase singular batalla entre tus dientes y las correosas carnes del semivivo animal, y vertiendo mares de sudor con las fuerzas que haces para desprenderlas de los huesos; vencido y desmayado tiras la vianda, y antes de llegar al suelo la recoge entre sus dientes un gigantesco mastín que suele limpiar de cuando en cuando tu mesa con su hocico.
Queriendo reposar de tantas fatigas te atreves a pedir una cama.
-¡Cama! aquí no hay más cama que la que V. traiga.
-Señora, exclamas con horror, ¿yo he de traer la cama conmigo?
Entonces reparas que el D. Curioso a quien el hambre y el frío no han dejado hacerte más preguntas, como más ducho en la materia trae un costal vacío que lo llena de paja y que el arriero con sus albardas y mantas hace un lecho razonable y sobre todo que unos y otros beben sin tasa porque saben que a mala cama... el refrán dice lo demás. En tu desesperación no consigues otra cosa que oír a la ventera.
-Ahí tiene siete pies de suelo, escoja lo que guste.
-¿Pero a lo menos no habrá un cabezal?
-¡Vaya, vaya, cabezales pide el hombre!
-Siquiera un canto para reclinar la cabeza.
-¡Un canto! Pero, señor, pedir un canto en un mesón es lo mismo que pedir gollerías.
Acude el Arriero a la disputa, se digna prestarte un par de albardas y una manta: te cubres con el capote y haciéndote un ovillo procuras concentrar el calor y dormir.
¡Dormir! El monótono ruido de las cabalgaduras que mascan el pienso: la infernal algarabía de campanillas y cascabeles, el canto repetido de los gallos y el continuo levantarse de los arrieros, el mugido de las vacas, amén del frío y de la inflexible dureza del fementido lecho, todo esto te impide que llegues a cerrar los ojos, y cuando ya rendido y postrado ibas cayendo en un estupor parecido al sueño, oyes la bronca voz del Arriero que resuena en las tinieblas gritándote:
-Arriba que están aparejando, y vuelves a emprender una jornada parecida a la del día anterior con el consuelo de tener otras quince en perspectiva.
Pero no hay remedio, en el viavén de nuestras revueltas políticas será más que probable que disfrazado de Arriero tengas que hacer un viaje, lector carísimo, para emigrar de España. Es necesario aprender la lección. Todo emigra en España, todos tenemos que emigrar, emigran los buenos cuadros de Zurbarán, Velázquez y Murillo, emigran las comedias famosas de nuestro teatro antiguo para convertirse en Vaudevilles que luego traducimos en gabacho; emigra el habla castellana; emigran nuestra honradez y buena fe (no se sabe a donde), emigra la Constitución que vino emigrada, emigran las reinas y los pretendientes a Reyes. Ser emigrado es lo que hay que ser en el día, es el término de todas las carreras, y el arte de emigrar que yo te enseño será luego la cartilla del Cristus de todo buen español. Ánimo pues, emigrado in fieri, sacude la pereza, levántate de ese lecho, sorbe una jícara de almazarrón o chocolate, paga la botifuera o los afileres, que el nombre es lo de menos, con tal de que gratifiques a la huéspeda por su amabilidad; entrégate a discreción al maragato, prosigue tus jornadas, y aprende a emigrar que arrieros somos y en el camino nos encontraremos.
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