Pensándolo bien,
no hay nada como el campo, ¿no les parece? —dijo el inspector Japp aspirando
con fuerza el aire por la nariz y expeliéndolo por la boca de manera correcta.
Poirot y yo
asentimos cordialmente. Fue idea del inspector Japp la de que pasáramos los
tres el fin de semana en la pequeña población de Market Basing, enclavada en
pleno campo. Porque cuando no estaba de servicio, Japp se mostraba botánico
entusiasta y discurseaba acerca de diminutas florecillas que tenían largos
nombres en latín, que el buen Japp pronunciaba de un modo muy enrevesado,
ciertamente, con un ardor que no ponía en ninguno de sus casos policíacos.
—Aquí nadie nos
conoce, ni conocemos a nadie.
Esto era verdad,
hasta cierto punto, porque el agente local acababa de ser trasladado de un
pueblo, distante quince millas de Market, donde un caso de envenenamiento con
arsénico le había puesto en relación con el inspector de Scotland Yard. Sin
embargo, como reconoció con evidente placer el gran hombre, la circunstancia
acrecentó el buen humor de Japp y cuando nos sentamos los tres a desayunarnos
en la salita de la fonda, nos sentimos animados del mejor espíritu. El jamón,
los huevos, eran excelentes; el café no era tan bueno, pero podía pasar y
estaba hirviendo.
—Esto es vida
señora —exclamó Japp—. Cuando me retire, adquiriré una finca en el campo. Deseo
perder al crimen de vista, ¡eso es!
—Le crime,
il est partout —observó Poirot
sirviéndose una buena rebanada de pan y mirando con el ceño fruncido a un
gorrión impertinente que acababa de posarse en el alféizar de la ventana.
«The rabbit has a pleasant face
His private life is a disgrace.
I really could not
tell you
—Pues, señor
—dijo desperezándose Japp—. Creo que todavía me queda sitio para otro huevo y
para una o dos lonchas de jamón. ¿Y a usted, capitán?
—Sí. ¿Y a usted, Poirot?
Éste movió la
cabeza.
—No hay que
llenar el estómago —repuso— porque el cerebro se negará a funcionar.
—Pues yo pienso
arriesgarme —repuso Japp riendo—. Lo tengo muy grande. A propósito, está
engordando, monsieur Poirot. ¡Eh, miss, otra ración de jamón con huevos!
En ese momento un
cuerpo macizo bloqueó la puerta de entrada. Era el agente Pollard.
—Perdón si
interrumpo, Inspector —dijo—, pero deseo que me aconseje usted.
—Estoy de
vacaciones —dijo Japp apresuradamente—. No me dé trabajo. ¿De qué se trata?
—De un caballero
que habita en Leigh Hall. Se ha disparado un tiro en la cabeza.
—Supongo que
habrá sido por deudas... o por una mujer. Es lo usual. Lamento no poder
ayudarle, Pollard.
—El caso es que
no ha podido verificar el hecho por sí solo. Así lo cree el doctor Giles.
Japp dejó la taza
sobre el platillo.
—¿Que no ha
podido suicidarse solo? ¿Qué quiere decir?
—Es lo que afirma
el doctor —repuso Pollard—. Dice que es totalmente imposible. Esa muerte le
deja perplejo porque lo mismo la puerta que la ventana de la habitación están
cerradas por dentro con llave y cerrojo, pero se aferra a su opinión de que el
caballero no se ha suicidado.
Esto zanjó la
cuestión. Huevos y jamón se dejaron a un lado y pocos minutos después avanzamos
todos a buen paso en dirección a Leigh Hall, mientras Japp dirigía ansiosas
preguntas al agente.
El nombre del
difunto era Walter Protheroe; era hombre de edad madura y tenía algo de
retraído. Llegó a Market Basing ocho años atrás y alquiló la casa, vieja
mansión, casi derruida, estropeada, viviendo en un ala, atendido por el ama de
llaves que había traído consigo.
Esta última se
llamaba miss Clegg y era una mujer superior, a la que todo el pueblo
consideraba. Míster Protheroe tenía huéspedes llegados al pueblo hacía muy
poco: míster y mistress Parker, de Londres. En aquella mañana miss Clegg había
llamado en vano a la puerta de la habitación de su amo y al reparar en que
estaba cerrada se alarmó y llamó a la policía y al médico. El agente Pollard y
el doctor Giles llegaron a un tiempo. Los esfuerzos unidos lograron echar abajo
la puerta de roble del dormitorio.
Míster Protheroe
apareció tendido en el suelo. Presentaba un tiro en la cabeza y tenía asida la
pistola con la mano derecha. Era evidente que se trataba en realidad de un
suicidio.
Sin embargo, al
examinar el cadáver, el doctor Giles quedó visiblemente perplejo y finalmente
se llevó al agente aparte y le comunicó el motivo de su perplejidad; Pollard
pensó al punto en Japp y dejando al doctor en la casa corrió a la fonda para
avisarnos de lo ocurrido.
Cuando concluía
su relato llegamos a Leigh House, edificio inmenso, desolado, rodeado de un
jardín descuidado y lleno de cizaña. Como la puerta estaba abierta pasamos al
vestíbulo y de éste a una salita de recibo de la que salía ruido de voces. En
la salita encontramos reunidas a cuatro personas: un hombre vestido
ostentosamente, con un rostro movible y desagradable, que me inspiró súbita
antipatía; una mujer de tipo parecido, aunque hermosa de una manera burda; otra
mujer, vestida de negro y algo separada del resto, a la que tomé por el ama de
llaves; y un caballero alto, vestido con traje de sport, de semblante despejado
y franco, que parecía imponerse a la situación.
—El doctor Giles
—dijo el agente—. El detective inspector Japp, de Scotland Yard, y dos amigos.
El doctor nos
saludó y después hizo la presentación de míster y mistress Parker. Luego
subimos tras él la escalera. En obediencia a una seña de Japp, Pollard se quedó
en la salita como para guardar la casa. El doctor, que nos precedía, nos hizo
recorrer un pasillo. Al final vimos abierta una puerta; de sus goznes colgaban
aún varias astillas y el resto estaba por el suelo.
Entramos en
aquella habitación. El cadáver seguía tendido en tierra. Míster Protheroe era
hombre de edad mediana, de cabello gris en las sienes. Usaba barba. Japp se
arrodilló junto a él.
—¿Por qué no lo
dejaron tal y como estaba? —gruñó.
El doctor se
encogió de hombros.
—Porque creímos
que se trataba de un caso sencillo de suicidio.
—¡Hum! —exclamó
Japp—. La bala ha entrado en la cabeza por detrás de la oreja izquierda.
—Precisamente
—repuso el doctor—. Es imposible que se disparase él solo el tiro. Para ello
hubiera tenido, primero ante todo, que rodearse la cabeza con el brazo.
—¿Sin embargo,
encontraron la pistola en su mano? A propósito, ¿dónde está?
El doctor le
indicó con un gesto la mesa vecina.
—Tampoco la asía
—manifestó—. La tenía en la palma, pero no la empuñaba.
—Debieron ponerla
en ella después —dijo Japp, que examinaba el arma—. Sólo hay un cartucho vacío.
Sacaremos las huellas dactilares, pero no espero encontrar más que las suyas,
doctor. ¿Hace mucho que ha fallecido míster Protheroe?
—No puedo
precisar la hora con exactitud como esos médicos maravillosos de las
novelas de detectives, inspector, pero debe hacer unas doce horas.
Poirot no se
había movido. Se mantenía pegado a mí, viendo lo que hacía Japp y escuchando
sus preguntas. De vez en cuando, sin embargo, olfateaba el aire delicadamente,
como si se sintiera perplejo. Yo le imité sin descubrir nada de interés. El
aire puro, no olía a nada. Con todo, Poirot lo olfateaba como si su nariz
sensible percibiera algo que se escapaba a su inteligencia.
Al separarse Japp
del cadáver, Poirot se arrodilló junto a él. La herida no pareció despertar su
interés. Primero supuse que examinaba los dedos de la mano con que el difunto
había empuñado la pistola, mas en seguida vi que era un pañuelo, metido en la
manga de la chaqueta gris oscuro, lo que le llamaba la atención. Finalmente se
puso de pie sin separar los ojos de aquella prenda.
Japp le llamó
para que les ayudase a levantar la puerta. Yo aproveché la ocasión para
arrodillarme y coger el pañuelo, que examiné minuciosamente. Era de blanco
Cambray, de los más corrientes, pero no ostentaba manchas de sangre ni de
ninguna especie, por lo que, decepcionado, volví a dejarlo donde estaba.
Los demás
levantaron la puerta y buscaron en vano la llave.
—Esto zanja la
cuestión —manifestó Japp—. La ventana está cerrada y atrancada. El asesino
debió salir por la puerta que cerró con llave y se llevó ésta para que
creyéramos que míster Protheroe se ha suicidado. Seguramente no creyó que la
echaríamos en falta. ¿Está de acuerdo, monsieur Poirot?
—Sí, estoy de
acuerdo; pero hubiera sido más sencillo y mejor, deslizar la llave por debajo
de la puerta. De este modo hubiera parecido que se había caído de la cerradura.
—Ah, bien, no hay
que confiar en que a todo el mundo se le ocurran ideas tan geniales como ésta.
Si se hubiera dedicado a criminal, hubiera sido el terror de la sociedad.
¿Desea hacer alguna observación, monsieur Poirot?
Poirot parecía
echar algo de menos, o si no era así me lo pareció. Después de echar una ojeada
a su alrededor dijo en voz baja:
—Parece ser que
este caballero fumaba mucho, señores.
Era cierto. Lo
mismo el hogar que un cenicero colocado sobre la mesa estaban bastante repletos
de colillas de cigarro.
—Debió fumar
veinte cigarrillos lo menos anoche —dijo Japp. Así diciendo, se inclinó para
examinar el del cenicero—. Son todos de la misma clase. Lo ha fumado la misma
persona. El hecho no tiene nada de particular, monsieur Poirot.
—No he sugerido
que lo tuviera —murmuró mi amigo.
—Ah, ¿qué es
esto? —Japp cogió un pequeño objeto reluciente que estaba junto al cadáver—. Es
un gemelo roto. ¿A quién pertenecerá? Doctor Giles, haga el favor de ir en
busca del ama de llaves.
—¿Y qué hacemos
de los Parker? Porque míster Parker tiene trabajo en Londres...
—No sé. Tendremos
que pasarnos sin él. Aunque en vista del cariz que toman las cosas, le
necesitamos aquí también. Envíeme al ama de llaves y no permita que los Parker
le den a usted y a Pollard esquinazo. ¿Entraron aquí por la mañana?
El doctor
reflexionó un breve momento antes de contestar categórico:
—No, se quedaron
en el pasillo mientras entrábamos Pollard y
yo.
—¿Está bien seguro?
—Segurísimo.
El doctor marchó
a cumplir su misión.
—Es un buen
hombre —dijo Japp con aire de aprobación—. Estos médicos deportistas suelen ser
personas excelentes. Bien, ¿quién le habrá pegado el tiro a ese pobre señor?
Además de él había tres personas más en esta casa. No sospecho del ama de
llaves, porque en el espacio de ocho años ha podido matarle, no una sino cien
veces. Pero, ¿qué clase de pájaros serán esos Parker? Resultan una pareja poco
simpática.
En este momento
apareció miss Clegg. Era una mujer flaca, escurrida, de cabellos grises que
llevaba partidos en la frente. Tenia unos modales muy naturales y tranquilos.
De su persona emanaba, al propio tiempo, un aire de eficiencia tal, que
inspiraba respeto. En respuesta a las preguntas del inspector, explicó que
llevaba catorce años al servicio del difunto, que fue amo generoso y
considerado. No conocía a míster ni a mistress Parker, a quienes había visto
por primera vez tres días atrás. Era indudable, en su opinión, que nadie les
había invitado, porque su visita pareció desagradar al señor. El gemelo roto
que Japp le enseñó, no pertenecía a míster Protheroe, estaba segurísima de
ello. Al interrogarle acerca de la pistola repuso que sabía que el señor
poseía, en efecto, un arma de fuego que guardaba bajo llave. Ella la vio una
vez, pero no se atrevió a afirmar que fuera la misma que le mostraban. No oyó
el disparo la noche anterior. El hecho no tenía nada de extraordinario porque
la casa era grande y destartalada y porque lo mismo su habitación que la
reservada al matrimonio Parker se hallaba al otro lado de ella. Ignoraba a qué
hora se retiró míster Protheroe a descansar. Cuando lo hizo ella, a las nueve y
media, lo dejó levantado. No tenía por costumbre acostarse temprano. Por regla
general leía o fumaba hasta una hora avanzada. Era un gran fumador.
Poirot interpuso
aquí una pregunta:
—¿Dormía el señor
con la ventana abierta o cerrada?
Miss Clegg
reflexionó un instante.
—Con la ventana
abierta, si no recuerdo mal —dijo luego.
—Ahora está
cerrada. ¿Cómo se explica usted el hecho?
—No sé. Quizá
sintió alguna corriente de aire y la cerró por eso.
Japp le dirigió
todavía varias preguntas y a continuación le despidió. Luego habló por separado
con los Parker. Mistress Parker lloraba; míster Parker optó por fanfarronear e
insultarnos. Negó que fuera suyo el gemelo roto, pero su mujer lo había
reconocido y naturalmente el hecho empeoró la situación; y como negó también
haber entrado en la habitación de míster Protheroe, Japp estimó que había
pruebas suficientes para proceder a su detención.
Dejando a Pollard
en custodia de la propiedad, corrió al pueblo y pidió comunicación con el
cuartel general de la policía.
Poirot y yo
volvimos a la fonda.
—Está muy callado
—dije a mi amigo—. ¿No le interesa el caso?
—Au contraire.
Me interesa extraordinariamente. Pero me deja perplejo también.
—El motivo del
crimen es poco claro —dije pensativo—, pero estoy seguro de que esos Parker son
malas personas. No obstante la falta de motivo, que aparecerá más adelante, sin
duda, todo está en contra suya de manera manifiesta.
—Japp ha pasado
por alto un detalle a pesar de ser muy significativo.
Yo le miré lleno
de curiosidad.
—Poirot, ¿qué es
lo que se trae entre manos? —interrogué.
—¿Qué tenía en la
manga el difunto?
—¡Un pañuelo!
—Precisamente, un
pañuelo.
—Los marinos se lo
colocan en la manga —observé pensativo.
—Excelente
observación, Hastings, a pesar de que no es la que esperaba.
—¿Tiene algo más
que decir?
—Sí, no dejo de
pensar en el intenso olor a humo de cigarrillo.
—Pero yo no olí
nada —respondí maravillado.
—Ni yo tampoco, cher
ami.
Le miré con
gravedad. Nunca sé si habla en broma o en serio, pero esta vez me pareció que
no bromeaba.
La investigación
se verificó dos días después. Entretanto, surgió a la luz una prueba más. Un
vagabundo admitió que había saltado la tapia del jardín de Leigh House, donde
dormía con frecuencia en la casilla de las herramientas, que quedaba siempre
abierta: Este hombre declaró que a las doce de la noche oyó voces en una
habitación del primer piso. Una pedía dinero, la otra se lo negaba de manera
airada. Oculto tras de un arbusto vio a dos hombres pasar y repasar por delante
de la iluminada ventana. Uno, lo conocía bien, era míster Protheroe; el otro le
era desconocido, pero sus señas coincidían totalmente con las de míster Parker.
Estaba ahora
claro que los Parker habían ido a Leigh House para hacer víctima de un chantaje
a Protheroe y cuando más adelante se descubrió que su verdadero nombre era en
realidad Wendover, ex teniente de la
Armada y que estuvo relacionado en 1910 con la explosión del
crucero Merrythought, el caso se aclaró rápidamente. Parker, que sabía
el papel desempeñado por Wendover, le siguió los pasos y le pidió dinero a
cambio de mantener la boca cerrada. Pero el otro se negó a dárselo. En el curso
de la disputa, Wendover sacó el revólver, Parker se lo arrancó de la mano e
hizo fuego, tratando luego de dar al crimen la apariencia de un suicidio.
Parker fue
llevado a juicio reservándose la defensa. Nosotros habíamos asistido a los
procedimientos del tribunal. Al salir Poirot meneó la cabeza.
—Así debe ser
—murmuró—. Sí, así debe ser. No es posible demorarse.
Entró en Correos
y escribió unas líneas que envió por mensajero especial. Yo no vi a quién iba
dirigida la nota. Después volvimos a la fonda, donde nos hospedábamos desde
aquel memorable fin de semana.
Poirot iba y
venía sin cesar desde el fondo de la habitación a la ventana.
—Espero visita
—me explicó—. ¿Me habré equivocado? No, no es posible. No, aquí está.
Y con no floja
sorpresa por mi parte vi entrar a miss Clegg en la habitación. Me pareció menos
serena que de costumbre y llegaba jadeando como si hubiera venido corriendo. Vi
brillar el miedo en sus ojos cuando miró a Poirot.
—Siéntese,
mademoiselle —le dijo amablemente mi
amigo—. He adivinado, ¿verdad?
Ella pareció
indecisa y prorrumpió en llanto por toda respuesta.
—¿Por qué hizo
eso? ¿Por qué? —dijo suavemente Poirot.
—Porque le amaba
mucho —repuso ella—. Yo le cuidé desde la infancia. ¡Oh, tenga piedad de mí!
—Haré por usted
cuanto sea posible. Pero no podía permitir, compréndalo, que ahorcasen a un
inocente por bribón y desagradable que pueda ser.
Miss Clegg se
irguió y dijo en voz baja:
—Quizá yo tampoco
lo hubiera permitido al final. Haga lo que juzgue conveniente.
Luego, poniéndose
en pie, salió de la habitación.
—¿Le mató ella?
—pregunté aturdido.
Poirot sonrió y
movió la cabeza.
—Se suicidó él
—replicó—, ¿Recuerda que llevaba el pañuelo en la manga derecha? Pues
esto me reveló que era zurdo. Temiendo después de la borrascosa entrevista con
míster Parker que se hiciera público su delito, se suicidó. Por lo mañana, al
ir a llamarle como de costumbre, miss Clegg le halló muerto y como, según acaba
de oír, le conocía desde niño, se llenó de cólera contra los forasteros que le
habían empujado a tan vergonzosa muerte. Los consideraba como a sus asesinos y
de pronto vio la posibilidad de hacerles sufrir por el hecho que habían
inspirado. Únicamente ella sabía que Protheroe era zurdo. Pasó, pues, la
pistola a su mano derecha, cerró y echó la falleba de la ventana, dejó caer al
suelo el pedazo de gemelo que había encontrado en una de las habitaciones de la
planta baja y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave.
—Poirot—exclamé
en una explosión de entusiasmo—. ¡Es usted soberbio! ¡Y todo esto sólo por medio
de un simple pañuelo!
—Y por el humo
del cigarrillo. Si la ventana hubiera estado cerrada y fumados todos aquellos
cigarrillos la habitación hubiera estado impregnada del olor a tabaco. En vez
de esto el aire era puro y así deduje en el acto que la ventana había estado
abierta durante toda la noche y que únicamente se cerró por la mañana, lo que
me brindó una serie de interesantes reflexiones. No acertaba a concebir, bajo
ninguna clase de circunstancias, que el criminal deseara cerrar la ventana. Por
el contrario, ganaba dejándola abierta para simular que el criminal se había
escapado por ella, si la teoría del vagabundo dejaba de tener éxito. La
declaración del vagabundo vino a confirmar mis sospechas, porque de estar la
ventana cerrada, no hubiera oído la discusión.
—¡Espléndido! Y
ahora, ¿quiere una taza de té?
—Ha hablado usted
como buen inglés —repuso Poirot suspirando—. Yo preferiría un refresco, pero no
creo probable que lo haya.
El conejo tiene una cara agradable — su vida privada es una desgracia
—. En verdad que no sabría decir a ustedes — las cosas terribles que hacen los
conejos.
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