Sin querer darme autobombo en absoluto, creo
que se me puede considerar en casi todos los aspectos un individuo bastante
completo y maduro. He viajado mucho y leído lo suficiente. Hablo griego y
latín. Me defiendo en ciencias. Puedo tolerar que los demás defiendan una
política moderadamente liberal. He recopilado un volumen de notas sobre la
evolución del madrigal en el siglo XV. He sido testigo de la muerte de gran
número de personas en sus camas; además, he influido, o al menos así lo espero,
en la vida de bastantes otras, gracias a los sermones que he dado desde el
púlpito.
Pero, a pesar de todo, he de confesar que jamás
en mi vida —bueno, ¿cómo diría yo?— he tenido mucho trato con las mujeres.
Para ser absolutamente sincero, he de reconocer
que hasta hace unas tres semanas ni siquiera le había puesto la mano encima a
ninguna de ellas, salvo, quizá, para ayudarlas a atravesar un seto cuando la
ocasión lo requería. Incluso en tales casos, siempre intentaba tocar sólo el
hombro, o la cintura, o cualquier otro sitio en el que la piel estuviera
tapada, pues lo que nunca he podido soportar es el contacto directo de una piel
femenina. El que la piel tocara otra, es decir, el que mi piel tocara la de una
mujer, ya fuera una pierna, un cuello, un rostro, una mano o simplemente un
dedo, me resultaba tan repugnante que, invariablemente, al saludar a una dama,
mantenía las manos fuertemente unidas a la espalda para evitar el ineludible
apretón.
Puedo incluso decir que cualquier contacto
físico con ellas, aun cuando la piel no esté desnuda, me altera
extraordinariamente. Si una mujer se para a mi lado en una cola, de modo que
nuestros cuerpos se rocen, o si se desliza a mi lado en el asiento del autobús,
cadera con cadera, muslo con muslo, mis mejillas empiezan a arder y la
coronilla se me llena de gotitas de sudor.
Este comportamiento es muy lógico en un
colegial que acaba de llegar a la pubertad. En su caso, es un truco de la madre
naturaleza para echar el freno y mantener quieto al chico hasta que llegue a la
edad de portarse como un caballero. A mí me parece muy bien.
Pero, diablos, no existía motivo alguno para
que, a la considerable edad de treinta y un años, yo siguiera sufriendo tal
turbación. Me habían educado para resistir las tentaciones y, evidentemente, no
era dado a pasiones bajas y vulgares.
Si al menos hubiese estado avergonzado de mi
apariencia, el asunto podría tener explicación; pero no era así. Muy al
contrario, y no es porque yo lo diga, los hados me habían sido bastante
favorables en este sentido. Medía exactamente 1,65 metros descalzo, y
mis hombros, aunque ligeramente caídos, guardaban un equilibrio armonioso con
mi figura, pequeña y bien proporcionada. (Personalmente, siempre he pensado que
los hombros ligeramente caídos proporcionan a un hombre no demasiado alto un
aspecto lánguido y vagamente estético, ¿no les parece?) Mis rasgos eran
regulares, conservaba los dientes en excelentes condiciones (sólo los de la
mandíbula superior sobresalían un poco), y mi cabello, de un rojo brillante
nada corriente, era espeso y abundante. Dios es testigo de que he visto a
muchos hombres que, comparados conmigo, parecían chimpancés y, sin embargo,
trataban al bello sexo con un aplomo sorprendente. ¡Ah, cómo los envidiaba!
Cómo deseaba hacer lo mismo, ser capaz de intervenir en aquellos rituales de
contacto, tan agradables, que se desarrollaban continuamente ante mis ojos
entre hombres y mujeres: el roce de las manos, pellizcar una mejilla, el
agarrarse del brazo, la presión de una rodilla contra otra por debajo de la
mesa y, sobre todo, el abrazo violento cuando una pareja se une para bailar.
Pero esas cosas no eran para mí.
Desgraciadamente, tenía que pasarme la vida evitándolas. Y esto, amigos míos,
era más fácil de decir que de hacer, incluso para un humilde cura de una
pequeña zona rural, alejada de las tentaciones de la capital.
Mi rebaño estaba formado por una cantidad
desmesurada de señoras. En la parroquia había muchísimas, y lo malo es que al
menos el sesenta por ciento eran solteronas a las que la benéfica influencia
del matrimonio no había tenido oportunidad de domar.
Os aseguro que yo era tan esquivo como una
ardilla.
Hubiera sido lógico pensar que, gracias a la
cuidadosa educación que mi madre me había dado de niño, tendría que haber estado
a la altura de las circunstancias; y no cabe duda de que así habría sido si
ella hubiera vivido lo suficiente como para completar mi educación. Pero, por
desgracia, se mató siendo yo aún muy
joven.
Mi madre era una mujer maravillosa. Llevaba
enormes pulseras, cinco o seis a la vez, con muchos colgantes que tintineaban a
cada movimiento que hacía. Estuviera donde estuviera, siempre se podía dar con
ella por el ruido de aquellas pulseras. Eran más efectivas que un cencerro. Por
la noche, enfundada en sus pantalones negros, se acomodaba en el sofá, con las
piernas encogidas bajo el cuerpo, y fumaba un cigarrillo tras otro en una larga
boquilla negra. Yo me acurrucaba en el suelo, mirándola.
—¿Quieres probar mi Martini, Jorge? —me
preguntaba.
—Ya está bien, Clara. Si no tienes cuidado, vas
a impedir el desarrollo del chico —decía mi padre.
—Vamos —decía ella—, no tengas miedo. Bebe.
Siempre hacía todo lo que mi madre me decía.
—Ya basta —intervenía mi padre—. Es suficiente
con saber a qué sabe.
—Por favor, Boris, no te metas en esto. Es muy
importante.
Mi madre defendía la teoría de que a los niños
no debe ocultárseles absolutamente nada. Hay que mostrarles todo, hacérselo
experimentar.
—No voy a permitir que un hijo mío ande por ahí
cotilleando porquerías con otros niños, ni que tenga que adivinar estas cosas,
sencillamente porque nadie se las explica.
Había que contar todo, enseñarles a escuchar.
—Ven aquí, Jorge. Voy a contarte lo que hay que
saber sobre Dios.
Nunca me leía cuentos antes de acostarme; me
«contaba» cosas. Y cada noche era sobre algo distinto.
—Ven aquí, Jorge. Hoy voy a hablarte de Mahoma.
En esas ocasiones se sentaba en el sofá, enfundada en sus pantalones negros,
con las piernas cruzadas debajo del cuerpo, y me hacía señas de una forma
extraña, lánguida, con la mano en la que sostenía la larga boquilla negra,
mientras las pulseras tintineaban en su brazo.
—Si vas a tener alguna religión, supongo que la
mahometana es tan buena como cualquier otra. Su base consiste en mantenerse
sano. Tienes montones de mujeres y no puedes fumar ni beber jamás.
—¿Por qué no se puede ni fumar ni beber, mamá?
—Porque si tienes muchas mujeres, tienes que
mantenerte sano y viril.
—¿Qué es viril?
—Mañana te lo explico, cariño. Es mejor hablar
de cada tema en su momento. Otra cosa que ocurre con los mahometanos es que
nunca jamás están estreñidos.
—Vamos, Clara —decía mi padre, levantando los
ojos del libro—, no te vayas por las ramas.
—Querido Boris, tú no sabes nada de esto. Si
intentaras inclinarte hacia adelante hasta tocar el suelo con la frente mañana,
tarde y noche todos los días, seguramente tendrías menos problemas en ese
sentido.
Me encantaba escucharla, aunque sólo entendía
la mitad de lo que decía. Me contaba auténticos secretos, y para mí no había
nada más apasionante.
—Ven aquí, Jorge, que te voy a contar
exactamente cómo gana dinero tu padre.
—Vamos, Clara, ya está bien.
—No digas tonterías, querido. ¿Por qué
mantenerlo en secreto con el niño? Se imaginará algo muchísimo peor.
Tenía exactamente diez años cuando empezó a
darme lecciones detalladas sobre el tema del sexo. Era el secreto mayor de
todos y, por tanto, el que más me fascinaba.
—Ven aquí, Jorge. Hoy voy a contarte desde el
principio cómo llegaste a este mundo.
Vi a mi padre levantar la vista en silencio y
abrir mucho la boca, como solía hacer cuando iba a decir algo de importancia
vital, pero mi madre ya le había clavado aquellos ojos suyos tan brillantes y
resplandecientes, y volvió a concentrarse lentamente en su libro sin decir
palabra.
—Tu pobre padre está avergonzado —dijo, y me
dedicó una sonrisa especial, aquella que no dedicaba a nadie más que a mí: la
de medio lado, alzando lentamente una comisura hasta que se le formaba una
encantadora arruga que le llegaba hasta el ojo, un gesto que era guiño y
sonrisa a la vez.
—La vergüenza, cariño, es precisamente lo que
no quiero que sientas jamás. Y no pienses que tu padre está avergonzado sólo
por ti.
Mi padre empezó a removerse en su asiento.
—¡Dios santo! Estas cosas le avergüenzan
incluso estando a solas conmigo, que soy su mujer.
—¿A qué cosas te refieres? —pregunté.
En ese momento, mi padre se levantó y abandonó
la habitación en silencio.
Creo que mi madre se mató como una semana
después de esta conversación. Quizá fuera un poco más tarde, unos diez o quince
días; no podría asegurarlo. Lo único que sé es que, cuando ocurrió, estábamos a
punto de llegar al final de esa serie de «charlas». Como me vi envuelto en la
corta cadena de acontecimientos que desembocaron en su muerte, aún recuerdo
todos y cada uno de los detalles de aquella extraña noche tan claramente como
si hubiesen ocurrido ayer. Puedo proyectarlos en mi memoria cuando quiero y
hacer que se desarrollen ante mis ojos igual que si se tratase de una película;
y nunca cambian. Siempre acaban exactamente en el mismo lugar, ni más ni menos,
y siempre empiezan de la misma forma extraña, de repente: una pantalla en negro
y, en algún lugar, por encima de mí la voz de mi madre que me llama:
—¡Jorge! ¡Despierta, Jorge, despierta!
Y de pronto me deslumbra una brillante luz
eléctrica y, desde el mismísimo centro de esa luz, pero a lo lejos, la voz
sigue llamándome:
—¡Jorge, despierta, levántate y ponte la bata!
¡Corre, baja! Quiero que veas una cosa. ¡Venga, niño, vamos! ¡Date prisa! Y
ponte las zapatillas, que vamos a salir.
—¿Afuera?
—No discutas conmigo, Jorge, y haz lo que te
digo.
Estoy tan adormilado que casi no veo al andar,
pero mi madre me agarra de la mano con firmeza y me lleva escaleras abajo hasta
que cruzamos la puerta de entrada y nos encontramos fuera, en plena noche. Al
sentir el aire frío parece como si me pasaran una esponja mojada por la cara, y
abro los ojos del todo; veo entonces el césped, brillante por la escarcha y el
cedro con sus enormes brazos negros que se perfilan contra una luna pequeña y
fina. En lo alto gira una enorme masa de estrellas, perdiéndose en el
firmamento.
Mi madre y yo atravesamos apresuradamente el
césped, sus pulseras tintinean como locas y yo tengo que correr para mantenerme
a su altura. A cada paso que doy siento el suave crujido de la hierba cubierta
de escarcha bajo mis pies.
—Josefina está dando a luz —dice mi madre—. Es
la ocasión ideal. Podrás observar todo el proceso.
Cuando llegamos al garaje hay una luz encendida
y entramos. Ni mi padre ni el coche están allí; parece un lugar enorme y vacío,
y a través de las suelas de mis zapatillas de andar por casa siento que el
suelo de cemento está helado. En una esquina de la habitación Josefina está
tumbada en un montón de paja, dentro de su jaula de alambre; es una gran coneja
azulada, de pequeños ojos rosas, que nos observa recelosa al acercarnos. El
marido, que se llama Napoleón, se encuentra en otra jaula en la esquina
opuesta, y me fijo en que se alza sobre sus patas traseras y araña el
alambrado, impaciente.
—¡Mira! ¡Está saliendo el primero! ¡Ya casi
está fuera!—exclama mi madre.
Sigilosamente, nos acercamos los dos a
Josefina, y yo me siento en cuclillas al lado de la jaula, con la cara pegada a
los alambres. Estoy fascinado. Veo un conejo que sale de otro. Es algo mágico,
extraordinario, y además, muy rápido.
—¡Mira cómo sale, envuelto en su bolsita de
celofán! —dice mi madre.
—¡Y mira cómo lo cuida! La pobrecita no tiene
una toalla y, aunque la tuviera, no podría agarrarla con sus patas. Por eso lo
limpia con la lengua.
La coneja vuelve ansiosamente sus ojillos rosa
hacia nosotros y observo que cambia de posición en la paja para colocar su
cuerpo entre nosotros y el conejillo.
—Ve al otro lado —dice mi madre—. La muy tonta
se ha movido. Creo que quiere esconder a su hijo.
Vamos al otro lado de la jaula. La coneja nos
sigue con la mirada; unos dos metros más allá, el macho no para de saltar como
loco, arañando el alambre.
—¿Por qué está Napoleón tan nervioso?
—pregunto.
—No lo sé, cielo. No te preocupes por él.
Fíjate en Josefina. Espero que pronto tenga otro. ¡Mira con qué cuidad limpia a
la criatura! ¡Lo trata igual que una madre humana sus hijos! ¿No te parece
curioso que una vez yo hiciera exactamente lo mismo contigo?
La gran coneja azul sigue observándonos y
empuja al conejito con el hocico; lentamente, gira sobre sí misma para ponerse
del otro lado y continúa lamiéndolo y limpiándolo.
—¿No es maravilloso que una madre sepa
instintivamente lo que tiene que hacer? —dice mi madre—. Imagínate que tú eres
el bebé y que yo soy Josefina; espera un momento vuelve aquí para que puedas
ver mejor.
Volvimos a rodear la jaula para no perder de
vista al conejito.
—¡Fíjate cómo lo acaricia y lo besa por todos
lados! ¡Mira ¡Ahora lo está besando de verdad, ¿lo ves? ¡Exactamente como yo a
ti!
Me acerco para ver mejor. Me parece un modo de
besar muy raro.
—¡Mira! —grito-—. ¡Se lo está comiendo!
Y es cierto; la cabeza del conejito desaparece
rápidamente en la boca de su madre.
—¡Mamá! ¡Deprisa!
Pero casi antes de que mi grito se desvanezca
en el aire, aquel cuerpecito rosa se ha esfumado en la garganta de la madre.
Me vuelvo bruscamente y lo primero que veo es
la cara de mi madre a menos de diez centímetros por encima de la mía; no cabe
duda de que quiere decir algo, o quizás esté demasiado asombrada para decir
nada, pero yo lo único que veo es la boca, la enorme boca roja que se abre más
y más, hasta convertirse en un inmenso agujero vacío, sólo con un punto negro
en el centro. Me pongo a gritar, y en esta ocasión no puedo parar. De pronto
siento sus manos, y el roce de su piel, aquellos dedos, largos y fríos
aferrándose a mis puños; doy un salto hacia atrás, me libero de una sacudida y,
a ciegas, me hundo en la noche. Corro por el sendero y atravieso la verja,
chillando como un loco y, más fuerte que mi propia voz, oigo en la oscuridad,
detrás de mí, el tintineo de las pulseras que va creciendo a medida que ella me
gana terreno, y yo sigo corriendo colina abajo hasta el final del sendero.
Cruzo el puente y alcanzo la carretera general por la que pasan los coches a
cien por hora, deslumbrándome con sus faros.
Luego, en algún lugar a mis espaldas, oigo un
chirrido de neumáticos que patinan en la carretera, y después se hace el
silencio. De repente me doy cuenta de que las pulseras ya no tintinean.
¡Pobre mamá!
Si hubiera vivido aunque sólo fuera un poco
mas...
La verdad es que me dio buen susto con aquellos
conejos, pero no fue culpa suya; y, de todos modos, entre ella y yo siempre
ocurrían cosas así. Había llegado a considerarlas un proceso de endurecimiento
que me resultaba más beneficioso que dañino, pero si hubiera vivido lo
suficiente como para completar mi educación, estoy seguro de que nunca habría
tenido los problemas a los que me refería hace unos momentos.
Quiero continuar ahora con el tema. No
pretendía hablar de mi madre. No tiene nada que ver con lo que contaba al
principio, y no volveré a mencionarla.
Estaba contando lo de las solteronas de mi
parroquia. La palabra solterona es muy fea, ¿verdad? Evoca la idea de una vieja
gallina fibrosa de cara avinagrada o la de un enorme monstruo de obscenidad
gritando por la casa en pantalones de montar. Pero éstas no eran así. Se
trataba de un grupo de mujeres limpias, saludables y bien hechas, la mayoría de
buena familia y sorprendentemente ricas, y estoy seguro de que a cualquier
hombre soltero le hubiera encantado que anduvieran detrás de él.
Al principio de llegar a la parroquia, no lo
pasé demasiado mal. Naturalmente, gozaba de cierta protección que me
proporcionaban mis ropas y mi posición. Además, adoptaba una calculada actitud
digna y reservada para desalentar cualquier tipo de familiaridad. Gracias a
ello, durante algunos meses pude moverme con tranquilidad entre mis
parroquianas, sin que ninguna se tomara la libertad de agarrarme del brazo en
una rifa benéfica, ni de rozar mis dedos con los suyos al pasarme las
vinagreras en una cena. Estaba muy contento. Hacía años que no me encontraba
tan bien. Incluso empezó a desaparecer aquel pequeño tic nervioso que consistía
en darme golpecitos con el índice en el lóbulo de la oreja al hablar.
Esta es la que yo llamo mi primera época, que
duró unos seis meses. Después, empezaron los problemas.
Tendría que haber sabido que era imposible que
un hombre sano como yo pudiera evitar indefinidamente determinados líos por el
sencillo expediente de mantenerse a una distancia prudencial de las señoras.
Eso, sencillamente, no funciona; más bien produce el efecto contrario.
Notaba que me miraban con disimulo desde el
otro extremo de la habitación en un concurso de pinacle; cuchicheaban entre
ellas, asentían, se pasaban la lengua por los labios, daban chupadas a sus
cigarrillos, tramando el mejor modo de abordarme, siempre entre cuchicheos. A
veces, acertaba a oír retazos de sus conversaciones: «Qué tímido es...; está un
poquito nervioso, ¿verdad?...; está demasiado tenso... Necesita compañía...,
quiere relajarse..., tenemos que enseñarle.» Y poco a poco, a medida que fueron
pasando las semanas, empezaron a acecharme. Sabía que lo estaban haciendo, lo
sentía, aunque al principio no hacían nada que las delatara.
Ésa fue la segunda época. Duró casi un año y
resultó terriblemente agotadora. Pero, en comparación con la tercera y última
fase, era el paraíso.
Porque entonces, en lugar de acecharme
esporádicamente y desde lejos, el enemigo pasó a la carga bruscamente,
atacándome en terreno descubierto con la bayoneta calada. Fue algo terrible,
aterrador. No existe nada que asuste tanto a un hombre como un ataque rápido e
inesperado. Y, sin embargo, yo no soy un cobarde. Puedo habérmelas con
cualquier individuo de mi talla en cualquier circunstancia. Ahora estoy
convencido de que aquella furiosa embestida fue obra de un gran número de
personas que operaban como una unidad hábilmente coordinada.
La primera en pasar a la ofensiva fue la
señorita Elphinstone, una voluminosa mujer llena de lunares. Había pasado una
tarde por su casa para pedirle un donativo destinado a un nuevo juego de
fuelles para el órgano; después de una agradable conversación en la biblioteca
me entregó amablemente un cheque de dos guineas. Le dije que no se molestase en
acompañarme hasta la puerta, y salí al vestíbulo para coger mi sombrero. Estaba
a punto de hacerlo cuando, de repente (debía haberme seguido de puntillas),
cuando de repente, repito, sentí un brazo desnudo deslizarse bajo mío, y un
segundo más tarde sus dedos estaban entrelazados con los míos; me apretaba la
mano con fuerza y me la soltaba, me la volvía a apretar y me la volvía a
soltar, como si fuese la pera de un pulverizador.
—¿Es usted siempre tan, tan superreverendo como
pretende? —murmuró.
¡En fin!
Lo único que puedo decir es que cuando su brazo
se deslizó bajo el mío experimenté exactamente la misma sensación que si una
cobra se me estuviese enrollando en la muñeca. Me aparté de un salto, abrí
bruscamente la puerta y huí por el sendero sin mirar hacia atrás.
Al día siguiente organizamos una venta benéfica
en el ayuntamiento del pueblo (también para sacar dinero para los fuelles
nuevos), y cuando estaba a punto de terminar, yo me encontraba en una esquina,
bebiendo tranquilamente una taza de té y observando a la gente del pueblo que
se arremolinaba en torno a los puestos. De pronto oí detrás de mí una voz que
me decía:
—Amigo mío, se le ve a usted en los ojos que
tiene mucha hambre.
Inmediatamente, un cuerpo largo y curvilíneo se
apoyó contra el mío mientras una mano de uñas rojas intentaba meterme en la
boca un enorme trozo de bizcocho de coco.
—¡Señorita Prattley! —exclamé—. ¡Por favor!
Pero me había acorralado contra la pared y, con
una taza de té en una mano y un plato en la otra, no podía defenderme. Noté que
empezaba a sudar por todos los poros, y si la boca no se me hubiese llenado
rápidamente con el pastel que aquella mujer me embutía, creo sinceramente que
me hubiera puesto a dar gritos.
Fue un incidente muy desagradable, pero aún
quedaban cosas peores.
Al día siguiente le tocó el turno a la señorita
Unwin. Bien, da la casualidad de que la señorita Unwin era muy amiga de la
señorita Elphinstone y de la señorita Prattley, circunstancia que debería
haberme bastado para tomar precauciones. Pero ¿quién iba a pensar que
precisamente ella, la señorita Unwin, la amable y silenciosa ratita que hacía
sólo unas semanas me había regalado un cojín exquisitamente bordado a mano, quién
iba a pensar, repito, que se atrevería a tomarse libertades con nadie? Por eso,
cuando me pidió que la acompañara a la cripta para enseñarle los murales
sajones, ni por un momento se me ocurrió que estuviera tramando alguna maldad.
Pero lo estaba.
No voy a describir aquel encuentro; fue
demasiado doloroso. Y los que siguieron no fueron menos violentos. A partir de
entonces empezaron a producirse a diario nuevos incidentes escandalosos, y yo
tenía los nervios destrozados. A veces ni me daba cuenta de lo que hacía.
Empecé por leer el sermón de difuntos en la boda de la joven Gladys Pitcher.
Durante la ceremonia del bautismo, dejé caer en la pila al hijo de la señora
Harris y le di un peligroso chapuzón. Me volvió a aparecer en el cuello una
molesta erupción que no tenía desde hacía más de dos años, y comenzó de nuevo
lo del lóbulo de la oreja, peor que nunca. Incluso empezó a caérseme el pelo.
Cuanto más rápidamente me retiraba, más rápidamente venían a por mí. Las
mujeres son así. Nada las estimula tanto como que un hombre dé pruebas de pudor
o de timidez. Redoblan sus ataques si llegan a detectar —y en este punto he de
confesar algo que me cuesta mucho trabajo— si llegan a detectar, repito, como
ocurrió en mi caso, un leve destello de secreto deseo en el fondo de la mirada.
En realidad, me encantaban las mujeres.
Sí, ya lo sé; después de todo lo que he dicho,
es difícil creerlo; pero era la pura verdad. Hay que entender que únicamente me
preocupaban cuando me tocaban con los dedos o apoyaban su cuerpo contra el mío.
Con tal de que se mantuvieran a una distancia prudencial, podía contemplarlas
horas y horas con la misma extraña fascinación que usted puede sentir al
observar un ser al que no soportaría tocar, un pulpo o una larga serpiente
venenosa, por ejemplo. Me encantaba la blancura y suavidad de un brazo desnudo
asomando por una manga, extrañamente parecido en su desnudez a un plátano
pelado. Podía excitarme muchísimo simplemente al ver andar por la habitación a
una muchacha con un vestido ceñido; disfrutaba sobre todo con la visión de la
parte posterior de unas piernas cuando su propietaria calzaba zapatos de tacón
muy alto: la sensación de solidez de las curvas y de las piernas mismas, muy
tensas, como si estuvieran hechas de una goma resistente, tan estirada que
parecía a punto de romperse sin llegar a hacerlo nunca. A veces, en el salón de
lady Birdwell, sentado cerca de la ventana en una tarde de verano, miraba
furtivamente por encima del borde de la taza hacia la piscina y me excitaba
sobremanera al ver un trocito de estómago bronceado que sobresalía entre la
parte superior y la inferior del bañador de dos piezas.
Tener ideas de ese tipo no es nada malo. Todos
los hombres las albergan de vez en cuando. Pero a mí me producían un terrible
sentimiento de culpa. ¿Seré yo sin querer —empecé a preguntarme— el responsable
del vergonzoso comportamiento de estas señoras? ¿Será el brillo de mis ojos
(que no puedo controlar) lo que constantemente enciende y alienta sus pasiones?
¿Será que cada vez que las miro les hago lo que a veces se llama «un gesto
provocativo», sin darme cuenta? ¿Seré yo el culpable?
¿O es que esa conducta tan brutal es inherente
a la naturaleza de las mujeres?
Tenía una idea bastante clara de la respuesta
que había que dar a esta pregunta, pero eso no era suficiente. Da la casualidad
de que mi conciencia no se puede acallar con simples conjeturas; necesita
pruebas. Tenía que descubrir quién era el verdadero culpable: ellas o yo, y con
tal objeto decidí llevar a cabo un experimento inventado por mí, utilizando los
ratones de Snelling.
Hacía un año aproximadamente que había tenido
ciertos problemas con Billy Snelling, un niño pesadísimo del coro. Durante tres
domingos consecutivos, el muchacho había llevado a la iglesia una pareja de
ratones blancos y los había soltado por el suelo en el transcurso del sermón.
Por fin confisqué los animales, los metí en una caja y los coloqué en el
cobertizo que hay en el fondo del jardín de la vicaría. Por razones meramente
humanitarias empecé a alimentarlos, lo que bastó para que aquellos bichitos
comenzasen a multiplicarse muy rápidamente. Los dos primeros se convirtieron en
cinco, y esos cinco en doce.
Fue entonces cuando decidí emplearlos en mis
investigaciones. Había el mismo número de machos que de hembras, seis de cada,
así que las condiciones eran ideales.
Los separé primero según su sexo y los coloqué
en distintas cajas, y allí los dejé tres semanas. Ahora bien, los ratones son
animales muy lascivos y cualquier zoólogo puede certificar que, para ellos,
tres semanas suponen una separación extraordinariamente larga. A ojo, diría que
para un ratón una semana de celibato forzoso equivale más o menos a un año del
mismo tratamiento para alguien como la señorita Elphinstone o la señorita
Prattley; es fácil comprender que, en lo relativo a la reproducción de las
condiciones reales, estaba haciendo un trabajo bastante bueno.
Al cabo de esas tres semanas cogí una caja
grande dividida en el centro por una pequeña reja, y coloqué a las hembras a un
lado y a los machos al otro. La reja tan sólo consistía en tres hileras de
cables pelados, colocadas a unos tres centímetros las unas de las otras; pero
una potente corriente eléctrica circulaba por los cables.
Para añadir un toque de realismo al proceso
puse nombre a cada una de las hembras. La más grande, que tenía también los
bigotes más largos, era la señorita Elphinstone, la que tenía una cola corta y
gruesa era la señorita Prattley; la más pequeña era la señorita Unwin, etc. Los
machos, los seis machos, eran YO.
Cogí una silla y me senté a ver qué pasaba.
Los ratones son recelosos por naturaleza y, al
principio, cuando metí a los dos sexos en la caja, separados únicamente por el
alambre, en ninguno de los dos lados se produjo movimiento alguno. Los machos
miraban fijamente a las hembras a través de la reja, y las hembras los
observaban desde el fondo de la caja, esperando a que se acercaran. En los dos
lados se apreciaba la tensión del deseo: los bigotes temblaban, los hocicos se
movían nerviosamente y, de vez en cuando, una larga cola chasqueaba contra la
pared de la caja.
Al cabo de un rato el primer macho se destacó
del grupo y avanzó cauteloso hacia la reja, con el cuerpo pegado al suelo. Tocó
un cable y se electrocutó inmediatamente. Los once ratones restantes se
quedaron de piedra, inmóviles.
Después, durante nueve minutos y medio, no hubo
el menor movimiento en ninguno de los dos lados; pero observé que, mientras que
todos los machos miraban el cadáver de su compañero, las hembras sólo tenían
ojos para los machos.
La señorita Prattley, la de la cola corta, no
pudo aguantar más; de repente dio un salto hacia adelante, chocó con el cable y
cayó muerta.
Los machos se pegaron aún más al suelo y
contemplaron pensativos los dos cadáveres que se encontraban junto a la reja.
Las hembras parecían también muy impresionadas y hubo otro momento de espera
durante el que no se movió ningún animal.
Ahora era la señorita Unwin quien empezaba a
mostrar signos de impaciencia. Lanzó un sonoro bufido, agitó violentamente su
hocico rosa y móvil de un lado a otro y de repente se puso a dar saltos,
sacudiendo todo el cuerpo como si estuviese haciendo gimnasia. Miró a las
compañeras que quedaban, levantó la cola como diciendo <¡allá voy
chicas!> se dirigió rápidamente hacia la reja, metió la cabeza y murió.
Dieciséis minutos más tarde la señorita Foster
hizo su primer movimiento. La señorita Foster era una mujer del pueblo que
criaba gatos, y hacía poco tiempo había tenido 1a desfachatez de colocar en el
balcón de su casa, en la calle Mayor, un enorme letrero que decía: GATERÍA
FOTER (Juego
de palabras en el original, ya que Caltury
significa tienda donde se venden gatos, pero también, en sentido figurado,
grupo de pécoras o mujeres de mala vida(N.de T.). Al haber estado tanto tiempo en contacto con aquellos seres parecía
haber adquirido sus características más desagradables, y cada vez que se me
acercaba en un habitación percibía el olor a gata (De nuevo el mismo juego de palabras entre
gata y pécora. (N. de la T.), leve pero acre, a pesar del humo de sus cigarrillos rusos. Nunca me
había parecido que tuviera gran control sobre sus instintos más bajos; por eso
vi con cierta satisfacción cómo se quitaba la vida de una forma estúpida en un
último y desesperado intento de acercarse al sexo masculino.
La siguiente fue la señorita Montgomery-Smith,
una mujer pequeña y decidida que una vez había intentado convencerme de que
había sido prometida de un obispo. Murió al tratar de pasar bajo el cable
inferior, arrastrándose sobre la barriga. He de decir que me pareció una imagen
muy explícita de su forma de vida.
Los cinco machos seguían inmóviles, a la
espera.
La quinta hembra que murió fue la señorita
Plumley. Era una persona astuta que no cesaba de introducir a hurtadilla en la
bolsa de la colecta mensajitos dirigidos a mí. El domingo anterior, sin ir más
lejos, yo estaba en la sacristía contando el dinero después del servicio de la
mañana y me encontré uno escondido en un billete de diez chelines doblado «Parecía estar usted un poco ronco esta
mañana durante el sermón» decía. «Permítame
que le lleve una botella de mi jarabe de cerezas para suavizar su pobre
garganta. Cariñosamente, Eunic Plumley.»
La señorita Plumley se acercó muy despacio a la
reja, olisqueó el cable central con la punta del hocico, se acercó un poco más
y recibió una descarga de doscientos cuarenta voltios de corriente alterna en
todo el cuerpo.
Los cinco machos seguían en el mismo sitio,
observando la matanza.
En el lado de las hembras ya no quedaba más que
la señorita Elphinstone.
Durante media hora ni ella ni ninguno de los
demás hicieron un solo movimiento. Por fin, uno de los machos se sacudió
ligeramente, dio un paso adelante, dudó, se lo pensó mejor, retrocedió
lentamente y volvió a acurrucarse en el suelo.
Aquello debió frustrar sobremanera a la
señorita Elphinstone, pues de repente, con los ojos llameantes, se lanzó hacia
adelante e intentó cruzar la reja de un salto vertiginoso. Fue un salto
espectacular que casi consigue su objetivo; pero una de las patas traseras rozó
ligeramente el alambre de arriba, de modo que también ella pereció como el
resto de las de su sexo.
Es imposible describir el bien que me hizo
observar este experimento sencillo y, no es porque yo lo diga, bastante
ingenioso. Se me desveló de golpe la increíble naturaleza de las hembras: seres
lascivos que no se detienen ante nada. Mi propio sexo quedó justificado y mi
conciencia se quitó un peso de encima. En un instante, todos aquellos pequeños
aguijones de culpabilidad que me habían martirizado constantemente se desvanecieron
en el aire. Consciente de mi inocencia, me sentí súbitamente muy fuerte y
sereno.
Durante unos momentos jugué con la absurda idea
de electrificar las barras negras de metal que rodean el jardín de la vicaría;
aunque quizás bastase con la verja de entrada. Después me sentaría
tranquilamente en una silla de la biblioteca a mirar por la ventana mientras
las auténticas señoritas Elphinstone, Pratley y Unwin se acercaban una tras
otra y sufrían un castigo mortal por acosar a un macho inocente.
¡Qué ideas tan tontas!
Lo que debo hacer, me dije, es tejer a mi
alrededor una especie de reja eléctrica invisible, construida enteramente con
mi propia fuerza moral. Tras ella podré sentirme completamente a salvo mientras
el enemigo se lanza contra el alambre, una tras otra.
Empezaría por emplear unos modales bruscos.
Hablaría secamente a todas las mujeres y evitaría sonreírles. No volvería a
retroceder ni un paso cuando alguna se me acercara. Me quedaría en mi sitio y
la miraría y, si decía algo que yo considerase provocativo, le respondería de
forma cortante.
Y con tal ánimo salí aquel mismo día para
asistir a la fiesta que daba lady Birdwell con motivo de un partido de tenis.
Yo no sabía jugar, pero su Excelencia había
tenido a bien invitarme a pasar por allí para reunirme con los demás cuando el
partido hubiese terminado, a las seis. Supongo que pensaría que un clérigo daba
cierta categoría a la reunión y, probablemente, quería convencerme para que
repitiera la actuación de la última vez que estuve allí: me senté al piano
durante una hora y cuarto después de la cena y deleité a los invitados con una
detallada descripción de la evolución del madrigal a través de los siglos.
A las seis en punto llegué en bicicleta a la
puerta de la verja y subí pedaleando el largo sendero que conduce a la casa.
Era la primera semana de junio, y a ambos lados del sendero crecían macizos
exuberantes de rododendros rosa y púrpura. Me sentía extraordinariamente alegre
e intrépido. Tras el experimento del día anterior con los ratones era imposible
que nadie me cogiese por sorpresa. Sabía exactamente lo que me esperaba e iba
armado de acuerdo con las circunstancias. La pequeña reja se alzaba a mi
alrededor.
—¡Ah, buenas tardes, señor vicario! —exclamó
lady Birdwell, acercándose a mí con los brazos abiertos.
Me mantuve firme y la miré directamente a los
ojos.
—¿Qué tal está Birdwell? —dije—. ¿Sigue en la
ciudad?
Dudo que jamás en su vida hubiera oído a
alguien, que ni siquiera le conocía, referirse a lord Birdwell en esos
términos. Se quedó inmóvil, como con los pies clavados al suelo. Me miró de un
modo raro y no supo qué contestar.
—Voy a ver si encuentro un sitio donde sentarme
—dije, y pasé a su lado para dirigirme a la terraza, en donde había unos nueve
o diez invitados cómodamente instalados en sillas de mimbre tomando copas.
La mayoría eran mujeres, las de siempre, todas
vestidas con ropa de tenis blanca, y cuando me incorporé al grupo, mi sobrio
traje negro me proporcionaba la distancia justa requerida por la ocasión.
Las señoras me recibieron con sonrisas. Les
dirigí una inclinación de cabeza mientras me sentaba en una silla vacía, pero
no las sonreí.
—Será mejor que termine de contárselo en otro
momento —decía la señorita Elphinstone—. No creo que al señor vicario le
pareciera bien.
Se rió como una tonta y me lanzó una mirada de
reojo. Sabía que estaba esperando que yo soltara mi habitual risita nerviosa y
dijera mi habitual frasecita sobre lo tolerante que yo era. Me limité a
levantar ligeramente el labio superior hasta dibujar una leve mueca de
desprecio (la había estado practicando por la mañana ante el espejo), y dije
secamente en voz alta: Mens sana in
corpore sano.
—¿Qué quiere decir eso? —exclamó.—. Repítalo,
señor vicario.
—Una mente sana en un cuerpo sano —contesté—.
Es un lema familiar.
Después se produjo un silencio bastante largo.
Veía que las mujeres se miraban unas a otras frunciendo el ceño y moviendo la
cabeza.
—El vicario está de mal humor —declaró la
señora Foster—. Creo que necesita una copa.
—Gracias —dije—, pero no bebo nunca. Ya lo sabe
usted.
—Déjeme entonces que le traiga un vaso de
combinado de frutas bien fresquito.
Esta última frase la pronunció dulce e
inesperadamente alguien que se encontraba justo detrás de mí, a la derecha, y
en aquella voz había una nota de amabilidad tan auténtica que me di la vuelta.
Vi a una
dama de singular belleza, con la que sólo me había encontrado una vez, hacía un
mes. Era la señorita Roach, y recordé que me había sorprendido por ser una
persona fuera de lo normal. Me había agradado sobre todo su carácter amable y
reservado, y el hecho de que me hubiera encontrado a gusto en su presencia
implicaba, sin lugar a dudas, que no era una de esas personas que iba a
intentar impresionarme.
—Estoy segura de que después de haber recorrido
tanta distancia en bicicleta, debe usted estar cansado —decía.
Me giré en la silla y la miré con atención. Era
verdaderamente una persona singular: demasiado musculosa para ser mujer, tenía
hombros anchos, brazos poderosos y unas pantorrillas enormes. Aún estaba
acalorada por los esfuerzos realizados por la tarde y en su cara había un
saludable brillo rosado.
—Muchas gracias, señorita Roach —dije—, pero
nunca pruebo el alcohol de ningún tipo. Quizás un vasito de refresco de
limón...
—El combinado de fruta sólo lleva fruta, Padre
(En
castellano en el original, ya que es el término que se utiliza para designar a
los capellanes militares. (N. da la T.)
Me encantaba la gente que me llamaba Padre. La
palabra tiene un regustillo militar que evoca visiones de severa disciplina y
rango de oficial.
—¿El combinado de frutas? —dijo la señorita
Elphinstone—. Es inofensivo.
—Querido amigo, no tiene más que vitamina C
—añadió la señorita Foster.
—Es mucho más sano que una limonada con gas
—intervino lady Birdwell—. El dióxido de carbono ataca al estómago.
—Le traeré un poco —dijo la señorita Roach,
dedicándome una agradable sonrisa, una sonrisa clara y abierta en la que, desde
una comisura de los labios a la otra, no había atisbos de astucia ni maldad.
Se levantó y se dirigió a la mesa de las
bebidas. La vi cortar una naranja, una manzana, un pepino, y unas uvas y echar
los trozos en un vaso. A continuación echó una gran cantidad de líquido de una
botella cuya etiqueta no podía leer bien sin mis gafas, pero en la que me
pareció distinguir la palabra JIM o TIM o PIM (La
palabra debía ser GIN, ginebra.
(N. de la T.) o algo parecido.
—Espero que quede bastante —dijo lady
Birdwell—. A mis niños, que son muy golosos, les encanta.
—Queda muchísimo —contestó la señorita Roach
mientras me traía la bebida y la dejaba encima de la mesa.
Aun antes de probarla comprendí por qué les
encantaba a los niños. El líquido era de un rojo ámbar oscuro y había muchos
trozos de fruta flotando entre los cubitos de hielo; encima de todo, la
señorita Roach había colocado una ramita de menta. Supuse que la menta la
habría puesto especialmente para mí, para que estuviera algo menos dulce y para
que una combinación, que en otro caso hubiese resultado excesivamente juvenil,
tuviera un toque adulto.
—¿Está demasiado empalagoso para usted, Padre?
—Es delicioso —dije, dando un sorbito—.
Perfecto.
Era una pena bebérselo de un trago con el
trabajo que le había costado hacerlo a la señorita Roach, pero resultaba tan
refrescante que no pude evitarlo.
—¡Deje que le haga otro!
Me gustó que se quedara esperando a que yo
dejara el vaso encima de la mesa, en lugar de intentar quitármelo de las manos.
—Si yo fuera usted no me comería la menta —dijo
la señorita Elphinstone.
—¡Más vale que vaya a casa a buscar otra
botella! —exclamó lady Birdwell—. La vas a necesitar, Mildred.
—Sí, por favor —replicó la señorita Roach—. Yo
también bebo litros de esto —continuó, dirigiéndose a mí—, y no creo que se
pueda decir que estoy precisamente demacrada.
—No, desde luego que no —contesté con
entusiasmo.
Estaba observándola de nuevo, mientras me
preparaba otra combinación, mirando los músculos cómo se le dibujaban bajo la
piel del brazo con el que sujetaba la botella. También su cuello era de una
belleza poco común visto desde atrás: no era delgado ni fibroso como el de la
mayoría de las bellezas, supuestamente modernas, sino fuerte y grueso, con una
ligera arruga a cada lado que seguía el abultado camino marcado por los
tendones. No resultaba fácil adivinar la edad de una persona así, pero no creía
que tuviera más de cuarenta y ocho o cuarenta y nueve años.
Acababa de terminar mi segundo gran vaso de
combinado de frutas cuando empecé a experimentar una sensación sumamente
curiosa. Me parecía que flotaba fuera de mi asiento y que cientos de pequeñas
oleadas de calor me empujaban por debajo, haciéndome subir más y más arriba. Me
sentí ligero como una pompa de jabón y me daba la sensación de que todo a mi
alrededor subía, bajaba y giraba suavemente de un lado a otro. Todo era muy
agradable y me invadió un deseo casi irresistible de ponerme a cantar.
—¿Se encuentra usted bien?
La voz de la señorita Roach sonaba a kilómetros
de distancia, y cuando me volví hacia ella, me sorprendió ver lo cerca que en
realidad estaba. Ella también subía y bajaba.
—Maravillosamente —contesté—. Me encuentro
estupendamente.
Su rostro era ancho y sonrosado y estaba tan
cerca de mí que distinguía la alfombra de vello que cubría sus mejillas y cada
pelo iluminado por la luz del sol, que lo hacía brillar cual si fuera de oro.
Me di cuenta de pronto de que lo que deseaba era extender la mano para
acariciar con mis dedos aquellas mejillas. A decir verdad, si ella hubiera
intentado hacerme lo mismo a mí no habría opuesto la mínima resistencia.
—Escuche —dijo con gran dulzura—. ¿Qué le
parece si usted y yo nos vamos a dar un paseo por el jardín para ver las
flores?
—Estupendo —contesté—. Maravilloso. Lo que
usted diga. En el jardín de lady Birdwell hay un pequeño cenador de estilo
georgiano que bordea el campo de croquet; lo siguiente que recuerdo es que me
encontraba sentado en su interior en una especie de cbaise-longue con la señorita Roach a mi lado. Tanto ella como yo
seguíamos oscilando de arriba abajo, y también el cenador, pero me encontraba
maravillosamente bien. Le pregunté a la señorita Roach si le gustaría que le
cantase una canción.
—Ahora, no —respondió rodeándome con sus brazos
y apretando su pecho contra el mío hasta hacerme daño.
—No haga eso —dije derritiéndome.
—Así está mejor —siguió diciendo—. Mucho mejor,
¿Verdad?
Si la señorita Roach o cualquier otra mujer
hubiera intentado hacerme algo así una hora antes no sé lo que habría pasado.
Creo que probablemente me habría desmayado. A lo mejor hasta me habría muerto.
Pero allí estaba, el mismo de antes, disfrutando realmente con el contacto de
aquellos enormes brazos desnudos contra mi cuerpo. Además, y eso resultaba lo
más sorprendente, empezaba a sentir la necesidad de corresponder. Tomé el
lóbulo de su oreja izquierda entre el índice y el pulgar y tiré de él juguetonamente.
—Eres un niño malo —dijo ella.
Tiré más fuerte a la vez que lo apretaba un
poco. Ésto la excitó hasta tal punto que se puso a gruñir y a resoplar como un
cerdo. Empezó a respirar más fuerte, con estertores.
—¡Bésame! —me ordenó.
—¿Cómo? —dije yo.
—¡Que me beses!
En aquel momento vi su boca. Vi, encima de mi,
aquella enorme boca que se iba acercando lentamente y empezaba a abrirse; se
acercaba cada vez más y se abría también cada vez más; de repente se me
revolvió el estómago y me quedé helado de terror.
—¡No! —aullé—. ¡No! ¡No. Mamá, no!
Sólo puedo decir que en mi vida había visto
algo más terrorífico que aquella boca. Sencillamente, no podía soportar que se
me acercase de aquel modo. Si alguien hubiese intentado darme en la cara con
una plancha al rojo vivo, no me habría quedado, ni con mucho, tan de piedra.
Los fuertes brazos me rodeaban manteniéndome clavado al asiento, de modo que no
podía moverme, y la boca se agrandaba cada vez más; de repente, la vi justo
encima de mí, enorme, húmeda como una cueva; al instante siguiente, me
encontraba dentro de ella.
Estaba completamente dentro de aquella boca
inmensa, tumbado sobre mi vientre encima de la lengua, con los pies en algún
punto de la parte posterior de la garganta; sabía por instinto que a menos que
consiguiese salir de allí inmediatamente iba a ser tragado vivo, como aquel
conejillo. Sentía que mis piernas eran absorbidas garganta abajo, así que
estiré rápidamente los brazos, agarré los incisivos inferiores y me aferré a
ellos luchando por salvar la vida. Mi cabeza se encontraba cerca de la entrada
de la boca y al mirar entre los labios veía un trocito del mundo exterior: la
luz del sol brillaba sobre el encerado suelo de madera del cenador y, sobre el
suelo, un pie gigantesco con una zapato de tenis blanco.
Con mis dedos hacía presa en el borde de los
dientes, y a pesar del movimiento de succión, iba consiguiendo izarme poco a
poco hacia la luz del día cuando, súbitamente, los dientes de arriba cayeron
sobre mis nudillos y empezaron a morderlos con tal ferocidad que tuve que
soltarme. Comencé a deslizarme garganta abajo, con los pies por delante,
agarrándome desesperadamente mientras bajaba a lo que podía, pero era todo tan
suave y resbaladizo que no pude asirme a ningún sitio. Al pasar por las últimas
muelas, a la izquierda, percibí un brillante destello dorado y, unos diez
centímetros más adelante, vi encima de mí lo que debía ser la campanilla,
colgando del techo de la garganta como una gruesa estalactita roja. Me aferré a
ella con las dos manos, pero se me escapó de entre los dedos y seguí cayendo.
Recuerdo que grité pidiendo ayuda aunque apenas
podía oír el sonido de mi propia voz sofocada por el ruido del viento que
producía la respiración de la dueña de la garganta. Parecía como si un huracán
soplara sin cesar, un huracán extraño y errático que era, alternativamente, muy
frío (cuando el aire entraba) y muy caliente (cuando volvía a salir).
Conseguí anclar mis codos en un agudo saliente
carnoso —supongo que sería la epiglotis— y, por un momento, me mantuve allí
colgado, desafiando a la succión y escarbando con los pies para encontrar un
sitio firme en la pared de la laringe; pero de un trago enorme, la garganta me
dio una gran sacudida y volví a caer.
A partir de entonces no encontré nada más a que
agarrarme y seguí cayendo y cayendo hasta que me encontré con las piernas
colgando de las primeras estribaciones del estómago, y sentí los lentos y
poderosos movimiento peristálticos que tiraban de mis tobillos y me atraían
hacia abajo, cada vez más y más hacia abajo...
Muy por encima de mí, afuera, al aire libre,
oía el lejano murmullo de voces femeninas:
—No es posible...
—¡Querida Mildred, pero qué horror...!
—Debe estar loco...
—¡Dios mío, cómo te ha dejado la boca!
—Es un maníaco sexual...
—Es un sádico...
—Alguien tendría que escribir al obispo...
Y luego, la voz de la señorita Roach, más alta
que las demás, jurando y parloteando como un periquito:
—¡Suerte tiene de que no le haya matado!,
¡canalla!... Le dije, oiga usted, si quiero que me saquen un diente, iré al
dentista, no a un vicario... ¡Ni que le hubiera dado pie para algo!
—¿Dónde está ahora, Mildred?
—Sabe Dios. En el cenador, supongo.
—¡Vamos, chicas, vamos a sacarlo de allí!
¡Dios mío! ¡Dios mío! Ahora, unas tres semanas
después, cuando vuelvo a recordar todo este asunto, aún no sé cómo conseguí
salir de la pesadilla de aquella tarde espantosa sin perder el juicio.
Una panda de brujas de tal calibre es algo
demasiado peligroso como para tomárselo a broma; si me hubieran pillado en el
cenador, cuando aún les hervía la sangre, lo más probable es que me hubieran
descuartizado allí mismo.
O me hubieran llevado todas, codo con codo, a
la comisaría de policía, con lady Birdwell y la señorita Roach encabezando el
cortejo por la calle principal del pueblo.
Pero, por supuesto, no me cogieron.
No me cogieron entonces y todavía no me han
cogido, y si sigue jugando la suerte a mi favor creo que tengo bastantes
posibilidades de eludirlas a todas, al menos durante unos meses, mientras se
olvidan de todo lo sucedido.
Como ustedes comprenderán, de momento tengo que
recluirme y no participar en actos públicos ni hacer vida social. Considero
que, en mi situación actual, escribir es una ocupación muy saludable y paso
muchas horas al día jugando con las frases. Me parece que cada una de ellas es
como una ruedecilla, y en los últimos tiempos, mi ambición consiste en reunir
varios cientos y hacerlas encajar la una detrás de la otra, con ruedas dentadas
que sirvan de engranajes, pero conservando un tamaño diferente y girando a una
velocidad propia. De vez en cuando intento poner una muy grande junto a otra
muy pequeña, de modo que la grande, al girar despacio, haga que se mueva la
pequeña tan deprisa como para producir un zumbido. Es complicado.
Por las tardes también canto madrigales, pero
echo mucho de menos mi clavicémbalo.
En cualquier caso, no es un sitio tan malo, y
me he instalado con la mayor comodidad posible. Se trata de una cámara pequeña,
en lo que deber ser el primer tramo de 1a curva duodenal, justo antes de que se
precipite en vertical hacia abajo, enfrente del riñón derecho. El suelo está
bastante nivelado —en realidad, se trata del primer sitio nivelado al que
llegué durante aquel terrible descenso por la garganta de la señorita Roach—, y
sólo por eso pude conseguir detenerme. Encima de mí veo una especie de abertura
carnosa que debe ser el píloro, por donde el estómago desemboca en el intestino
delgado (todavía recuerdo alguno de aquellos diagramas que me enseñaba mi
madre); por debajo hay un extraño agujerito en la pared, por donde el canal
conductor pancreático desemboca en la sección inferior del duodeno.
Todo esto resulta un poco raro para un hombre
como yo, de gustos conservadores. Personalmente prefiero los muebles de roble y
los suelos de madera. Pero de todos modos hay algo que me gusta mucho: las
paredes. Son preciosas blandas, como acolchadas, y tienen la ventaja de que
puedo golpearme contra ellas todo lo que quiera sin hacerme daño.
Hay más gente por aquí, varias personas más, lo
que resulta bastante sorprendente; pero, gracias a Dios, todos son hombres. Por
alguna extraña razón todos llevan batas blancas y no paran de ir y venir como si estuvieran muy ocupados y
fuesen muy importantes. En realidad son una panda de tipos sorprendentemente
ignorantes. Parece que ni siquiera se dan cuenta de dónde están. Intento
decírselo, pero se niegan a escucharme. En ocasiones me enfado tanto y me
siento tan frustrado que pierdo la paciencia y me pongo a gritar; entonces
aparece en sus rostros una expresión de desconfianza y empiezan a dar marcha
atrás lentamente diciendo: «Vamos, vamos, tranquilo. Tranquilícese, vicario.
Eso es, sea buen chico. Tranquilícese.»
¿Qué forma de hablar es esa?
Pero hay un hombre mayor que viene a verme
todas las mañanas después del desayuno y parece vivir más cerca de la realidad
que los demás. Es serio y amable, y supongo que está solo, porque lo que más le
gusta es sentarse en mi habitación y oírme hablar. El único problema es que
cada vez que tocamos el tema del lugar en que nos encontramos, me dice que va
ayudarme a escapar. Esta mañana ha vuelto a insistir y discutimos.
—Pero, ¿no se da usted cuenta —le dije
pacientemente— de que yo no quiero escapar?
—¿Por qué no, querido vicario?
—No hago más que explicárselo: porque fuera me
están buscando.
—¿Quiénes?
—La señorita Elphinstone, y la señorita Roach,
y la señorita Prattley, y todas las demás.
—¡Qué disparate!
—¡Claro que me están buscando! Y supongo que a
usted también pero no lo admitirá jamás.
—No amigo mío, no me están buscando.
—Entonces, ¿se puede saber qué hace usted aquí?
Ése fue un buen golpe. Me di cuenta de que no
sabía qué contestar.
—Apuesto a que usted también estaba tonteando
con la señorita Roach y se lo tragó, lo mismo que a mí. Seguro que eso fue lo
que ocurrió, aunque le dé vergüenza admitirlo.
Cuando le dije esto pareció tan triste y
derrotado que me dio pena.
—¿Le gustaría que le cantara una canción?
—pregunté. Pero se levantó sin contestar y salió en silencio al pasillo.
—¡Ánimo, hombre! —le grité—. No se deprima
usted. Siempre hay alguna rosa entre las espinas.
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