-...Sí -continuó diciendo
Le Hardeur después de colocar su taza de te sobre la mesa-, yo estaba
abominablemente borracho, borracho como se puede y se debe estar después de una
noche terrible de carnaval llena de apretones audaces, en la sombra de los
palcos mal alumbrados, de besos robados al salir de las fiestas, de carcajadas
sonoras y de cenas breves en donde las botellas de extra-dry y de champán
abundan más que las tajadas de jamón y de queso. Todos estábamos completamente
cambiados, pero todos conservábamos, a pesar de la borrachera, nuestro aspecto
distinguido. El cambio consistía en que nuestros cuerpos, de ordinario
correctos, se habían puesto duros como la caña de un bastón; en que nuestras
almas se sentían llenas de una vaguedad infinita y deliciosa; en que nuestros
ojos entreabiertos veían pasar, a cada momento, una multitud de puntos
luminosos que danzaban en el aire; en que nuestros oídos se sentían acariciados
por murmullos tan dulces como lejanos, y en que nuestros corazones tenían
necesidad ardiente de caricias y deseo de ternuras y de piedad quimérica. Por
lo demás todos estábamos en el mismo estado fabuloso, y ni yo valía más que mi
vecino, ni mi vecino valía más que yo, en aquellas fiestas ruidosas. Bob Hellem
había ido a parar a la prevención como un simple anarquista, por haber tenido
la idea peregrina de dirigir la orquesta y de maltratar a algunos músicos.
Saint Honorat había perdido, entre la multitud, a su querida -esa deliciosa
Suzette Girelle cuyos ojos son verdes como las algas- y desesperado y loco, la
buscaba de restaurante en restaurante, como un perro friolento que no encuentra
la puerta de su casa. Reolment había naufragado sobre la mesa de un gabinete
reservado y ahí pasó la noche durmiendo como un justo. La verdad es que casi
estábamos derrotados; de manera que a eso de las cuatro de la mañana, después
de haber pagado el precio exorbitante de una cena melancólica y solitaria, salí
del lujoso restaurante con la idea fija de buscar una alcoba hospitalaria que
me sirviera de refugio.
La noche era magnífica:
una multitud de estrellas luminosas detenían, como clavos de oro, la cortina
majestuosa y azul del cielo inmenso. Casi hacía frío. Una larga fila de coches
de alquiler estacionaba al lado de la acera; yo los iba examinando, uno por
uno, con intención de tomar el menos sucio, el menos desvencijado, cuando de
pronto un cochero me atrajo y me sorprendió con su fealdad extraña. Su rostro
hacía pensar en aquellas máscaras burlescas que los escultores de antaño
colocaban en los arcos de los puentes. Su barba blanca, su nariz ligeramente
encarnada, sus pupilas brillantes, y su fisonomía de San Antonio atormentado
por las tentaciones, le daban un aspecto singular de evangelista cómico, de
loco y de filósofo viejo y tranquilo que vive al día, sin quejarse de su
destino.
-¡Eh patriarca! -le grité
irónicamente- ¿Está desocupado tu carruaje?
-Sí, caballero -me
respondió, sonriente y contento sin duda por la esperanza de una buena propina.
Le di la dirección de una
casa non sancta y el caballo echó a andar al trote, sacudido por el látigo del
cochero. El movimiento monótono del fiacre, el silencio de la noche y el aire
tibio que se respiraba dentro de aquella caja estrecha y completamente cerrada,
me habían adormecido insensiblemente. Cuando desperté, al cabo de una hora, el
carruaje rodaba aún, pero no camino del lugar a donde yo quería ir, sino camino
de las fortificaciones, por el Paseo de los Ingleses. Lo primero que hice, fue
sacar la cabeza por la ventanilla para decir furiosamente al cochero:
-Pero, especie de animal,
¿se está usted burlando de mí? Si usted no conoce la ciudad, ¿por qué no lo
dice de buen principio? Vaya, vuelva hasta la plaza de Massena, luego tome la
primera calle a la derecha; y en cuanto a la propina, no tenga ningún cuidado
porqué no he de darle nada.
Mi apóstol no decía una
palabra por más puñetazos que yo le daba en la espalda. Al fin tiró las
riendas, y cuando el pobre rocinante pensativo se detuvo, echó pie a tierra y
se acercó a mí con el sombrero en la mano y con un aspecto grave y solemne;
luego abrió la puertecilla y comenzó a decirme, en un francés salpicado de
giros italianos:
-Los vapores del vino,
pobre hijo mío, han trastornado por completo vuestra razón... Habéis perdido el
dominio de vuestras malas pasiones y queréis cometer, en una sola noche, todos
los pecados mortales; queréis, en pocas horas, perder por completo vuestra alma
noble... Reflexionad y pensad en que esas mismas impuras a quien queréis
visitar, se burlarían de vuestra falta. En cuanto a mí, no puedo menos que
bendecir la santa providencia que me colocó en medio de vuestro camino y que os
obligó a escoger un cochero que no quiere conduciros sino a vuestra propia
casa.
Al principio creí que
aquello era simplemente un sueño pesado y ni pude contestar una palabra, ni
siquiera pude pensar con lucidez... ¿Qué era aquello?... ¿Una broma grosera de
esas que no se dan sino en las grandes ciudades, en los días locos del
carnaval?... ¿Estaría también borracho aquel venerable anciano cuya cara hacía
pensar en los profetas y en los santos?... ¿Estaría loco o atormentado?...
Sin saber a punto fijo lo
que hacía, salí del carruaje... El buen viejo me siguió; y sacudiendo sus
largos y flacos brazos que parecían dos alas desplumadas, continuó, como si
estuviese en el púlpito, su santa peroración:
-En verdad os lo digo,
ante la mirada que ve todos nuestros movimientos y que oye todas nuestras
palabras: yo he bajado de la montaña para salvar del infierno las almas
extraviadas; he abandonado la santa tranquilidad de las tebaidas para venir a
predicar la buena doctrina; me he mezclado a la multitud para luchar contra el
Demonio todo poderoso y he venido a la ciudad para oponer el dique de mi
voluntad al desbordamiento de los vicios... Vosotros sois lo mismo los unos que
los otros; vosotros no creéis más que en la hembra y en el dinero... Vosotros
os encenagáis, como marranos, en la lujuria, sin pensar en lo único que es
eterno: las llamas del Infierno y las delicias del Paraíso... Pero ¡ay! mucho
me temo haber predicado en el desierto lo mismo hoy que ayer, lo mismo ayer que
hace un año... ¿Jerusalén seguirá siendo infame, según la palabra del profeta,
y no llegará nunca a volver sus ojos llenos de arrepentimiento hacia el Señor?
Su voz, que iba siendo
cada momento más terrible, tenía a veces sonidos estridentes como los de un
clarín; grandes lágrimas brotaban de sus párpados enrojecidos e iban a perderse
entre la espesura de su barba. A mi vista el pobre cochero se transfiguraba,
crecía... Y era verdaderamente admirable el cuadro que formaba aquel apóstol
vestido de harapos negros, señalando al cielo con su dedo flaco y el clown
vestido de blanco y oro, con un monóculo en el ojo izquierdo y con las manos
calzadas de guantes blancos. La aurora comenzaba a teñir de rosado y nácar el
horizonte; las últimas estrellas iban desapareciendo, como cirios que se
apagan, una tras otra; el mar azul, casi inmóvil, extendía su inmensa cortina
cuyos flecos blancos llegaban hasta los bordes del Paseo de los Ingleses...
Naturalmente yo no quise
interrumpirlo; aquella escena me parecía tan graciosa y tan imprevista, que no
sólo no me irrité sino que hasta hice como si el sermón del pobre viejo me
hubiese convencido y edificado.
Al fin tomé la palabra y
le dije:
-Sí, en efecto, tenéis
razón; en adelante no pensaré sino en la salud de mi alma... pero ahora
conducidme a mi casa.
...En el acto subió al
pescante y comenzó de nuevo a sacudir a su pobre caballo dormido, con el látigo
de cuerda. Una hora después yo saboreaba el placer voluptuoso de acostarme en
una cama fresca y blanda, después de haber bailado y bebido durante doce horas
completas.
-¿Y el apóstol? -preguntó
Jacques de Tholly.
-Nunca volví a verlo, pero
muchas veces, al recordar la aventura de esa noche de carnaval, me he
preguntado con interés: ¿Sería un verdadero apóstol?... ¿Sería un loco?...
¿Sería un bromista?... ¿Sería un borracho?...
-Pero ¿y te reclamó el precio
de la carrera?
-Hombre ¡pues ya lo creo!
¡Y hasta se quejaba de la propina! ¿Acaso para ser apóstol es necesario dejar
de ser hombre?
Fin
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