Recuerdo
una espléndida mañana durante las vacaciones de verano, toda azul y plata, en
la que, con muy pocas ganas, conseguí apartarme de la tarea de no hacer nada en
concreto. Me puse algún tipo de sombrero, recogí mi bastón y me guarde en el
bolsillo seis trozos de tiza de brillantes colores. Después entré en la cocina,
(que junto al resto de la casa era propiedad de una señora muy conservadora y
razonable, vecina de una aldea de Sussex) para pedirle a la dueña y ocupante de
la cocina, un poco de papel marrón. Tenía mucho, de hecho, incluso demasiado.
Pero estaba equivocada respecto a para que sirve el papel marrón. Ella creía
que, si uno quiere papel marrón, es para hacer paquetes, algo que yo no planeaba.
A decir verdad es algo que supera mi capacidad mental. Pero la señora le daba
muchas vueltas a como algunos papeles eran más resistentes que otros. Aclaré
que lo único que pretendía era dibujar, así que no me preocupaba lo que pudiese
durar el papel. Lo que me interesaba no era que el papel fuese duro sino
absorbente, algo que es indiferente en un paquete. Cuando comprendió que yo
quería dibujar, me abrumó con ofertas de papel de cartas. Aparentemente, dio
por sentado que si escribo mis notas y cartas en papel marrón viejo es para
ahorrar.
Entonces,
intenté explicar este delicado matiz lógico: no solo me gusta el papel marrón
me gusta el colorido marrón en el papel, como me gusta en los bosques en
octubre. O en la cerveza, o en los arroyos que corren entre las turberas en el
norte. El papel marrón encarna los primeros trabajos en el primer amanecer de
la creación. Con un par de tiza de colores, encuentras en él puntos de fuego,
llamaradas de oro, vetas rojas como la sangre y verdes como el mar, como las
primeras estrellas que brillaron en la oscuridad. Todo esto se lo dije de
pasada a mi casera, mientras me guardaba el papel marrón en el bolsillo junto a
las tizas y, posiblemente, otras cosas. Se me ocurre que todos hemos meditado
en alguna ocasión sobre lo poéticas y fundamentales que son las cosas que
llevamos en los bolsillos. La navaja, por ejemplo, prototipo de toda
herramienta humana cuya hija es la espada. Una vez, empecé a escribir un libro
de poemas que trataba solamente de las cosas que encontré en mi bolsillo. Pero
iba a ser demasiado largo y los poemas épicos están pasados de moda.
****
Con mi
bastón, mi navaja, mis tizas y mi papel marrón, eché a andar por los
blancos acantilados. Trepé por esos
contornos colosales que representan lo mejor de Inglaterra al ser a la vez
grandes y suaves. Su suavidad es similar a la de los grandes percherones o los
abedules. Proclaman a los cuatro vientos, contradiciendo nuestras teorías
cobardes y crueles, que los fuertes son misericordiosos. El valle que abarcaba
mi vista era tan amable como cualquiera de sus casas pero ,en cuestión de
fuerza, era como un terremoto. Saltaba a la visa que las aldeas en aquel
inmenso valle habían disfrutado de seguridad durante siglos, pero toda la
tierra era como una ola inmensa alzándose para arrastrarlas.
Anduve
de un prado a otro, buscando un lugar para sentarme a dibujar. Por lo que más
quieran, no supongan que iba a hacer un boceto del natural. Iba a dibujar
diablos y arcángeles, ciegos dioses que la humanidad adoraba antes del amanecer
de la razón, santos vestidos con brillantes túnicas carmesíes, extraños mares
verdes y todos esos símbolos, sagrados o monstruosos, que quedan tan bien
dibujados con tizas brillantes sobre papel marrón de dibujo. Son más dignos de
ser dibujados que la naturaleza. Y además
son mucho más fáciles de dibujar.
Un
vulgar artista hubiera dibujado la vaca que estaba pastando en el prado frente
a mí, pero, como siempre me equivoco con las patas traseras de los cuadrúpedos,
plasmé el alma de la vaca. Podía verla paseando frente a mí a plena luz del
día. El alma tenía siete cuernos, era plateada y carmesí, con el misterio de
todos lo animales. Así que por más que no pudiese sacar lo mejor del paisaje
con un lápiz, no crean que el paisaje no sacaba lo mejor de mí. Creo que este
es el error que se comete al estudiar los antiguos poetas anteriores a
Woodsworth. La idea general es que no les interesaba la naturaleza ya que no la
describieron mucho.
Puede
que prefiriesen escribir sobre los grandes hombres a escribir sobre las grandes
colinas. Pero estaban sentados sobre las colinas al escribir. Nos dieron menos
sobre la naturaleza pero estaban empapados en ella. Pintaron de blanco la
túnica de la sagrada virgen con nieve deslumbrante como la que miraban todo el
día. Decoraron los escudos de sus paladines con la púrpura y el dorado de sus
heráldicas puestas de sol. El verdor de mil hojas se agrupó en la figura verde
de Robín Hood. El azul de cientos de olvidados cielos se cambió en el azul de
los mantos de la Virgen. Recibían la inspiración en los rayos del sol , como
enviada por Apolo.
***
Pero
mientras garabateaba en el papel marrón, noté, muy irritado, que había dejado
en casa la tiza más exquisita e importante. Revolví todos mis bolsillos pero no
encontré nada de tiza blanca. Aunque los conocedores de la filosofía, mejor
dicho religión, de dibujar sobre papel marrón conocen la importancia del
blanco, tan positivo como esencial, no puedo evitar explicar ahora su
significado moral. Una de las grandes verdades que nos revela el arte de
dibujar sobre el papel marrón en que el blanco es un color, no su simple
ausencia. Es algo brillante y agresivo, tan fiero como el rojo, tan concreto
como el negro. Cuando, por así decirlo, tu lápiz esta al rojo vivo, dibuja rosas.
Si esta candente, estrellas. Y una de las dos o tres verdades más importantes
de la mejor filosofía religiosa, del verdadero cristianismo por ejemplo, es
exactamente esa. La principal afirmación de la moral religiosa es que el blanco
es un color. La virtud no es la ausencia de vicios o huir de los peligros
morales. La virtud es algo concreto e independiente. La misericordia no es
abstenerse de crueldad o perdonar el castigo o la venganza. Es algo real y concreto como el sol que uno
ha visto o no. La castidad no es abstenerse de una sexualidad malsana, es algo
ardiente como Juana de Arco. En pocas palabras, Dios pinta con una amplia
paleta pero nunca con tanta hermosura, y casi diría que tan llamativamente,
como cuando pinta con el blanco. En nuestra época acepta este hecho y lo
expresa en la ropa triste. Porque si fuese cierto que el blanco es algo
negativo y discreto, se usaría en los
funerales de esta época tan pesimista, en vez del negro o el gris. Veríamos a
los señores en las oficinas con abrigos de impecable lino plateado y chistera
maravillosamente blancas como lirios del valle. Lo que no sucede.
Pero yo
seguía sin encontrar mi tiza.
***
Estaba
sentado en la colina a punto de desesperarme. La ciudad más cercana era
Chichester y no era ni remotamente probable que allí hubiese una tienda de
material de dibujo. Pero sin el blanco, mis dibujitos eran tan absurdos como lo
sería el mundo sin gente buena. Me quede mirándolos devanándome los sesos. De
repente, me levante soltando carcajadas ,hasta tal punto que las vacas se
pusieron a observarme reunidas en comité. Imaginaos alguien que en el Sahara
lamentase no tener arena para un reloj de arena, alguien que en medio del
océano lamentase no haber traído agua salada para un experimento de química. Estaba
sentado sobre un inmenso almacén de tiza blanca. Todo el paisaje estaba
compuesto de tiza blanca. La tiza blanca estaba amontonada hasta tocar el
cielo. Me incliné y arranque un trozo de la roca sobre la que estaba sentado.
No pintaba tan bien como la de las tiendas pero sirvió. Y me quede allí,
encantado al darme cuenta que el sur de Inglaterra es algo más que una gran
península, una tradición o una civilización. Es algo incluso más admirable: un
trozo de tiza.
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