15 de junio de 1883.
Allá lejos, en el coqueto
hipódromo del señor de Benonville, primer escudero de Francia Ernesto Molier,
cuyo hotel levanta su torre de ladrillo rojo frente a los vidrios de mis
ventanas, una multitud escogida de vividoras y de vividores desenfrenados,
baila aún, y ríe, y se divierte con las ligeras ebriedades elegantes y los
flirts espirituales que siguen victoriosamente a las parejas.
Son las cinco de la
madrugada.
El castillo del patrón,
con sus tubos de chimenea en hierro batido, surge entre la verdura vacilante de
los grandes jardines poblados de castaños, de robles, de acacias y de pobos,
los unos cubiertos de flores blancas, los otros de flores cuyo color hace
pensar en el vino nuevo, que forman enormes ramilletes, con sus ramas exóticas
de poloneses violetas y de árboles de Judea que crecen en los oasis gigantescos
del desierto al rededor de las viviendas confortables. Muy cerca, muy cerca,
detrás de la línea verde de las fortificaciones, se mira el lago de hojas del
Bosque de Boulogne que se extiende hasta el horizonte, fijado, a lo lejos, por
las colinas tiernas de Sèvres, de Meudon y de Suresnes, que ondula, palpitante,
a las caricias frescas de la brisa. Un aire dulce flota sobre el paisaje
tranquilo en ese barrio cuyas viviendas mundanas no han despertado todavía,
excepción hecha de la vivienda de Molier, que aún no se ha dormido. El cielo
azul pálido que esconde sus estrellas luminosas en la luz del alba, el cielo
delicioso que se extiende sobre París como un ancho pabellón, tíñese de color
de día bajo la influencia del sol que sube sin dejarse aun ver.
Algún carruaje que se
desprende de la fila estacionada delante del circo para correr hacia el Bosque
o hacia el París inmenso que descansa al otro lado del Arco de Triunfo, turba
de vez en cuando el silencio. Los invitados que salen, se van por la calle de
la Faisanderie, respirando con delicia el aire puro, a tomar leche en la
"Hacienda del Pré Catelan." Algunos cantan parodiando a Paulus:
"Volviendo de casa de Molier..." Entre los trinos de los pájaros que
sacuden sus plumajes, plegando las alas, suenan las risas de los ricos
trasnochados.
* * *
Ayer por la noche todas
las plateas, y aun el rededor de las pistas, estaban ocupados por una sociedad
brillante. Aquí y allá, en la pintoresca decoración de una plaza murciana,
algunos caballeros vestidos de frac, se recostaban contra los muros o se
sentaban vagamente sobre un relieve arquitectural, tomando, al tratar de no
perder el equilibrio, las posturas más divertidas. Uno de ellos, el pintor
Régame y, saltó de repente de una altura de cuatro metros saludando al público.
Otros caballeros colgábanse de las escalas que se apoyaban en las ventanas
donde, entre la apoteosis de sus bellezas y de sus trajes, sonreían las mujeres
amables. Digo amables porque esa representación se daba, en efecto, para las muchachas
alegres, para las muchachas de los teatros, para las muchachas cuyos labios no
se cansan de besar. La representación de gala, dedicada a las grandes damas,
comenzaba más tarde... ¡Oh la sala adorable y deliciosamente original! ¡En ese
cuadro de bastidores españoles, entre los fragmentos de palacios moriscos,
aquellas encantadoras de cabellos rojos, negros o rubios pero siempre poblados
de diamantes, de labios encendidos y provocantes y de ojos hermosos y tontos,
hacían un efecto maravilloso!
Algunos íntimos
conversaban alegremente con las artistas que, vestidas con trajes de escena,
ocupaban el palco del patrón, situado a la entrada de las caballerizas. Entre
esos privilegiados se halla el señor de la Rochefoucauld, cuyo
"número" de sensación -un nuevo trabajo de vueltas al aire- no
llegará sino al final de la tercera parte. Esperando su turno, fija las miradas
en la pista donde dos espadachines vestidos a la moda del tiempo de Luis XII,
los señores Bondius y Jeanneney -el primero como Suizo y el segundo como
Escocés de la guardia real-, ejecutan con la espada la lección de armas al
mismo tiempo que el asalto. También en el palco había un espectáculo: las
muchachas bonitas que para subir a los palcos superiores pasaban por ahí como
por una trampa de palomas. Un dulce y prolongado fru-frú de seda, de telas
preciosas, de encajes y de batistas, acompañado del ruido que producen, al
andar, esos pies menudos aprisionados en medias de seda transparente y en
zapatillas de satín rosado, llenaba los pasillos del gran circo. En cuanto a
mí, pobre clown que espera su turno, tengo en la retina todos esos pies y todas
esas pantorrillas que desaparecen a cada momento en los extremos de las
escaleras, pero que no desaparecen nunca de mi visión...
* * *
La hora diabólica: ¡media
noche!
Habiendo terminado la
representación, un regimiento de gomosos simples y de altos gomosos se pasea
por la pista; la escalera estrecha y legendaria que conduce a ciertos palcos,
está más llena de gente que los corredorcillos de la Gran Ópera en las noches
de baile. Por todas partes se oyen las frases de alerta y las conversaciones
galantes, mientras una banda de mozas sirve la cena en las mesas pequeñitas
diseminadas sobre la misma pista. El champán abundantísimo y las risas tan numerosas
como las copas, dan a la escena un aspecto encantador e imprevisto. Por aquí y
por allá los artistas: escuderos mundanos en pantalón blanco y chaqueta roja
con grandes lazos de cinta sobre el hombro izquierdo; clowns vestidos de
terciopelo colorado, negro y blanco; un Pierrot alegre, y la tropa de muchachas
descoladas a quienes la locura del baile ha empolvado como sólo la blanca nieve
lo hubiera hecho. Molier, que por su ciencia consumada y su mérito singular ha
puesto a la moda su amor al caballo, va de grupo en grupo llevando a todos las
rincones su bigote rizado y su charla abundante. Todo el mundo aclama al joven
director cuando salen de sus labios las palabras siguientes:
-Como habéis sido muy
juiciosos, hijos míos, se os va a enseñar la linterna mágica.
Y cuando las luces de gas
están casi apagadas, comienzan a desfilar las escenas cómicas representando
cuadros de la Revolución. Madame*** va explicando los asuntos con una gracia y
un humor infinitos. En seguida aparecen los retratos de los artistas,
reproduciendo las figuras de todos, desde el patrón hasta el duque de X... que
sale de frac, con una gran flor en el ojal, o, como dice el cicerone:
"armado de punta en blanco y presto a partir con rumbo a la batalla... de
las flores."
Cuando la linterna mágica
termina, el baile recomienza... La fiesta está en lo mejor... por no decir en
lo peor...
En el momento de más
animación, un clown cumplimenta a Miss Paquerette, rubia exquisita, figura a la
Watteau de un modernismo fino y endiablado diciéndole:
-Usted ha montado
maravillosamente esta noche.
-No -responde ella- y
sobre todo ¿qué importa eso? Mire usted a todas esas chicas; yo creí que era
divertido... Aquí se hallan juntas las más elegantes, las más chics ¿no es
verdad?... Pues bien: yo las he visto de cerca y me han dado lástima. Sí; la
pasión de los ejercicios ecuestres me distrae, pero ¿qué gano con eso?...
¿Quién nos aplaude sinceramente aquí?... Los hombres no son entendidos en el
asunto y las mujeres no vinieron sino para mostrarse, para hacerse ver, para
servir de "artículos de exposición. ¡Ah! ¡vida miserable!
Y gentil, dulce, vestida
de tul blanco, blonda como las espigas, esa "señorita Schopenhauer"
hablaba así, con su voz musical, entre la vibración y el estrépito del placer,
entre las cuadrillas y los coqueteos...
Y yo pienso en la obra
maestra que un pintor moderno -moderno y modernista- enamorado de su época,
podría ejecutar rehaciendo (superficial, neurótica y sobreexcitadamente) el
único cuadro de Couture: "Los romanos de la Decadencia." Los miembros
de la nobleza, los representantes de la fortuna y del talento, las mujeres
galantes; el mérito, la riqueza y la juventud, todo está aquí reunido formando
la síntesis de la Comedia Parisiense...
***
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