Cuando Serafín Ortiz ingresó en el seminario de Tuy, tenía diecisiete años y era más bien alto, un
poco pálido, moreno de pelo y escurrido de carnes.
Su padre se llamaba Serafín también, y en el pueblo no tenía fama de ser demasiado buena persona;
había estado guerreando en Cuba, en tiempos del general Weyler, y cuando regresó a la Península
venía tan amarillo y tan ruin dentro de su traje de rayadillo, que daba verdadera pena verlo. Como
en Cuba había alcanzado el grado de sargento y como a su llegada a España tuvo la suerte de caerle
en gracia, ¡Dios sabrá por qué!, a don Baldomero Seoane, entonces Director General de Aduanas,
el hombre no anduvo demasiado tiempo tirado, porque un buen día don Baldomero, que era hombre
de influencias en la provincia y aun en Madrid, le arregló las cosas de forma que pudo ingresar en
el Cuerpo de Carabineros.
En Tuy prestaba servicio en el Puente Internacional y tal odio llegó a cogerle a los perros, que
invariablemente le ladraban, y a los portugueses, con quienes tenía a diario que tratar, que a buen
seguro que solo con el cuento de sus dos odios tendríamos tema sobrado para un libro y gordo.
Dejemos esto, sin embargo, y pasemos a contar las cuatro cosas que necesitamos.
Cuando Serafín, padre, llegó a Tuy, algo más repuesto ya, con el bigote engomado y vestido de
verde, jamás nadie se hubiera acordado del repatriado palúdico y enclenque de seis meses atrás.
Tenía buena facha, algo chulapa, no demasiados años, y unos andares de picador a los que las
personas dc alcurnia con quienes hablé me aseguraron no encontrarles nada de marcial, ni siquiera
de bonitos, pero que entre las criadas hacían verdaderos estragos.
Aguantó dos primaveras soltero, pero a la tercera (como ya dice el refrán, a la tercera va la vencida)
casó con la criada de doña Basilisa, que se llamaba Eduvigis; doña Basilisa, que en su ya largo
celibato gozaba en casar a los que la rodeaban, acogió la boda con simpatía, los apadrinó, con don
Mariano Acebo, subteniente de carabineros y comandante de uno de los puestos; les regaló la
colcha y les ofreció, solemnemente, dejar un legado para que estudiase la carrera de cura uno de sus
hijos, cuando los tuviese. Así era doña Basilisa.
Al año corto de casados vino al mundo el primer hijo, Serafín, que no es este del que vamos a
hablar, sino otro que duró, cuatro meses escasos, y al otro año nació el verdadero Serafín, que,
aunque por la pinta que trajo parecía que no habría de durar mucho más que el otro. fue poco a
poco creciendo y prosperando hasta llegar a convertirse en un mocito. Tuvieron después otro hijo,
Pío, y dos hijas gemelas, Isaura y Rosa, y después se mancó el matrimonio porque Eduvigis murió
de unas fiebres de Malta.
Como Serafín, hijo, entró de dependiente en “El Paraíso”, el comercio de don Eloy el “Satanás”,
donde tenía fijo un buen porvenir, el padre pensó que lo mejor habría de ser aplicar el legado de
doña Basilisa, cuando llegase, a su segundo hijo, que aún no se sabía qué habría dc ser de él y a
quien parecía notársele cierta afición a las cosas de iglesia.
Pío parecía satisfecho con su suerte y ya desde pequeño se fue haciendo a la idea de la sotana y la
teja para cuando fuese mayor; Serafín, en cambio, parecía cada hora más feliz en su mostrador
despachando cobertores, enaguas y toquillas a las señoras, o tachuelas, piedras dc afilar y puntas de
París a los paisanos que bajaban de las aldeas, y jamás pudo sospechar lo que el destino le tenía
guardado para cuando el tiempo pasase.
Había conseguido ya Serafín ganarse la confianza del amo y un aumento de quince reales en el
sueldo, cuando doña Basilisa, que era ya muy vieja, se quedó un buen día en la cama con un
resfriado que acabó por enterrarla. Se le dio sepultura, se rezaron las misas, se abrió el testamento,
pasó a poder de los curas el legado para la carrera de Pío, y este entró en el Seminario.
Serafín, padre, estaba encantado con la muerte de doña Basilisa, porque pensaba, y no sin razón,
que había llegado como agua de mayo a arreglar el porvenir de sus hijos, lo único que le
preocupaba, según él, aunque los demás no se lo creyeran demasiado.
Don Serafín en la tienda, Pío estudiando para cura, y las hijas, a pesar de su corta edad, de criadas
de servir, las dos en casa de don Espíritu Santo Casáis, el cónsul portugués, Serafín, padre, quedaba
en el mejor de los mundos y podía dedicar su tiempo, ya con entera libertad, al vino del Ribero, que
no le desagradaba nada, por cierto, y a Manolita, que le desagradaba aún menos todavía y con quien
acabó viviendo.
Pero ocurre que cuando el hombre más feliz se cree, se tuercen las cosas a lo mejor con, tanta
rapidez que, cuando uno se llama a aviso para enderezarlas, o es ya tarde del todo, como en este
caso, o falta ya tan poco que viene a ser lo mismo. Lo digo porque con la muerte del seminarista
empezó la cosa a ir de mal en peor, para acabar como el verdadero rosario de la aurora; sin
embargo, como de cada vida nacen media docena de vidas diferentes y de cada desgracia lo mismo
pueden salir seis nuevas desgracias como seis bienaventuranzas de los ángeles, y como de cierto ya
es sabido que no hay mal que cien años dure, si bien podemos dar como seguro que el carabinero
esté tostándose a estas fechas en poder de Belcebú, como justo pago a sus muchos pecados
cometidos, nadie podrá asegurar por la gloria de sus muertos que las dos hijas y el hijo que le
quedaron no hayan tenido un momento de claridad a última hora que les haya evitado ir a hacer
compañía al padre en la caldera.
El pobre Pío agarró una sarna en cl Seminario que más que estudiante de cura llegó a parecer gato
sin dueño, de pelado y carcomido como le iba dejando; el médico le recetó que se diese un buen
baño, y efectivamente se acercó hasta el Miño para ver de purificarse aunque, sabe Dios si por falta
dc costumbre o por qué, lo cierto es que tan puro y tan espiritual llegó a quedar que no se le volvió
a ver dc vivo; el cadáver lo fue a encontrar la Guardia Civil al cabo de mucho tiempo flotando,
como una oveja muerta, cerca ya de La Guardia.
Cuando Serafín se enteró de la muerte del hijo, montó en cólera y salió como una flecha a casa de
las hermanas de doña Basilisa, de doña Digna y doña Perfecta.
Cuando llegó habían salido a la novena, y en la casa no había nadie más que la criada, una
portuguesa medio mulata que se llamaba Dolorosa y que lo recibió hecha un basilisco y no le dejó
pasar de la escalera; Serafín se sentó en el primer peldaño esperando a que llegasen las señoritas,
pero poco antes de que esto sucediera, tuvo que salir hasta el portal porque Dolorosa le echó una
palangana de agua, según dijo a gritos y después de echársela, porque le estaba llenando la casa de
humo.
En el portal poco tiempo tuvo que aguardar, porque doña Digna y doña Perfecta llegaron en
seguida; el les salió al paso y nunca enhorabuena lo hubiera hecho, porque las viejas, que en su
pudibundez en conserva estaban más recelosas que conejo fuera de veda, en cuanto que olieron el
olor a tabaco, empezaron a persignarse y en cuanto que adivinaron un hombre saliéndoles al
encuentro, echaron a correr pegando tales gritos que mismamente parecieron que las estaban
despedazando.
En vano fue que el carabinero tratase de apaciguarlas. porque cada vez que se le ocurría alguna
palabra redoblaban ellas los aullidos.
• ¡Pero doña Digna, por los clavos del Señor, que soy yo, que soy Serafín! ¡Pero doña Perfecta!
Lo cierto fue que como las viejas, cada vez más espantadas, habían llegado ya. a la Corredera y
parecían no dar mayores señales de cordura, Serafín prefirió dejarlas que siguieran escandalizando
y marchar a su casa a decidir él solo qué se debiera hacer.
Doña Digna y doña Perfecta aseguraban a las visitas que era el mismísimo diablo quien las estaba
esperando en el portal (que rociaron a la mañana siguiente con agua bendita), mientras Serafín, por
otra parte, decía a quien quisiera oírle que las dos viejas estaban embrujadas.
Serafín, en su casa, pensó que todo sería mejor antes que renunciar al legado de doña Basilisa, y a
tal efecto mandó llamar a su ya único hijo para enterarle de lo que había decidido: que fuese el
sucesor del hermano. En un principio, Serafín, hijo, se mostró algo reacio a la idea, que no le
ilusionaba demasiado, y recurrió a darle a su padre las soluciones más peregrinas, desde que fuese
él quien entrase en el Seminario hasta llegar a un arreglo con los curas para repartirse el legado. El
padre, aunque la primera solución la rechazó de plano, pensó durante algunos días en la segunda,
que si no llegó a ponerse en práctica fue probablemente por no estar ya por entonces en Tuy don
Joaquín, quien se hubiera encargado de arreglar la cosa.
El hijo resistió todavía unos días más; pero, como era débil de carácter y como veía que si no cedía
no iba a sacar en limpio más que puñetazos del padre, un buen día, cuando este veía ya el legado
convertido en misas, dijo que sí, que bueno, que sería él quien se sacrificaría si hacía falta, y entró.
Tenía por entonces, como ya dijimos, diecisiete años.
Se vistió con la ropa del hermano, que le estaba algo escasa, y por encargo expreso de su padre, fue
a hacer una visita a doña Perfecta y doña Digna, quienes se mostraron muy afables y quienes le
soltaron un sermoncete hablándole de las verdaderas vocaciones y de lo muy necesarias que eran,
sobre todo para luchar contra el Enemigo Malo, que acechaba todas las ocasiones para perdernos y
que, sin ir más lejos, el otro día las estaba a ellas esperando en el portal.
El mocete se reía por dentro (y trabajo le costó no hacerlo por fuera también), porque ya había oído
relatar al padre la aventura, pero disimuló, que era lo prudente, aguantó un ratito a las dos
hermanas, les besó la mano después y se marchó radiante de gozo con la peseta que le metieron en
el bolsillo para premiar su hermoso gesto, según le dijeron. Cuando Dolorosa le abrió la puerta
aparecía compungida, quién sabe si por la ducha que le propinara pocos días atrás al padre de tan
ejemplar joven.
Los primeros tiempos de Seminario no fueron los más duros y momento llegó a haber incluso en
que se creyó con vocación. Lo malo vino más tarde, cuando empezó a encontrar vacías las largas
horas de su día y a echar de menos sus chácharas tramposas con las compradoras y hasta los gritos
de «el Satanás». Empezó a estar triste, a perder la color, a desmejorar, a encontrar faltos de interés
el Latín y la Teología.
Miraba correr las horas, desmadejado, arrastrando los pies por los pasillos o dormitando en las
aulas o en la capilla, y a partir de entonces cualquier cosa hubiera dado a cambio de su libertad, de
esa libertad que tres años más tarde había de recuperar.
El padre se seguía dando cada vez más al vino y tenía ya una de esas borracheras crónicas que le
llenan a uno el cuello de granos, la nariz de colorado y la imaginación de pensamientos siniestros.
Fue también a visitar a las hermanas de doña Basilisa, sacaron ellas su conversación favorita la del
demonio del portal, y aunque Dolorosa podía echarlo el día menos pensado todo a perder contando
lo que sabía, se las fue él arreglando de forma de sacarles los dineros, a cambio de su protección y
gracias a los demonios que hacía aparecer para luego espantar, y tan atemorizaditas llegó a tenerlas
que acabó resultándole más fácil hurgarles en la bolsa que echar una firma delante del comisario a
fin de mes.
Pasó el tiempo, seguían las cosas tan iguales las unas a las otras que ya ni merecía la pena hacerles
caso, doña Perfecta y doña Digna eran más viejas todavía...
Serafín, padre, iba ya todas las tardes a casa de las viejas, donde le daban siempre de merendar una
taza de café con leche y un pedazo de rosca, y allí se quedaba hasta las ocho o las ocho y media,
hora en que las hermanas se iban a cenar un huevito pasado y él se marchaba, después de haberse
desprendido de sus consejos contra el demonio, a la taberna de Pinto, donde esperaba que le diera
la hora de cenar.
En el figón de Pinto se hizo amigo de un chofer portugués que se llamaba Madureira y que llevaba
un solitario en un dedo del tamaño de un garbanzo y tan falso como él. Madureira era un hombre de
unos cuarenta y cinco años, moreno reluciente, con los colmillos de oro y con toda la traza de no
tener muchos escrúpulos de conciencia ni pararse demasiado en barras. Vivía emigrado de su
país—según decía, por ser amigo de Paiva Couceiro, y como el hombre no se resignaba a vivir
como un cartujo, sino que le gustaba tener siempre un duro en el bolsillo, se buscaba la vida como
mejor Dios, o probablemente el diablo, le diera a entender.
triste, a perder la color, a desmejorar, a encontrar faltos de interés el Latín y la Teología...
Miraba correr las horas, desmadejado, arrastrando los pies por los pasillos o dormitando en las
aulas o en la capilla, y a partir de entonces cualquier cosa hubiera dado a cambio de su libertad, de
esa libertad que tres años más tarde había de recuperar.
El padre se seguía dando cada vez más al vino y tenía ya una de esas borracheras crónicas que le
llenan a uno el cuello de granos, la nariz de colorado y la imaginación de pensamientos siniestros.
Fue también a visitar a las hermanas de doña Basilisa, sacaron ellas su conversación favorita -la del
demonio del portal - , y aunque Dolorosa podía echarlo el día menos pensado todo a perder
contando lo que sabía, se las fue él arreglando de forma de sacarles los dineros, a cambio de su
protección y gracias a los demonios que hacía aparecer para luego espantar, y tan atemorizaditas
llegó a tenerlas que acabó resultándole más fácil hurgarles en la bolsa que echar una firma delante
del comisario a fin de mes.
Pasó el tiempo, seguían las cosas tan iguales las unas a las otras que ya ni merecía la pena hacerles
caso, doña Perfecta y doña Digna eran más viejas todavía...
Serafín, padre, iba ya todas las tardes a casa de las viejas, donde le daban siempre de merendar una
taza de café con leche y un pedazo de rosca, y allí se quedaba hasta las ocho o las ocho y media,
hora en que las hermanas se iban a cenar un huevito pasado y él se marchaba, después de haberse
desprendido de sus consejos contra el demonio, a la taberna de Pinto, donde esperaba que le diera
la hora de cenar.
En el figón de Pinto se hizo amigo de un chofer portugués que se llamaba Madureira y que llevaba
un solitario en un dedo del tamaño de un garbanzo y tan falso como él. Madureira era un hombre de
unos cuarenta y cinco años, moreno reluciente, con los colmillos de oro y con toda la traza de no
tener muchos escrúpulos de conciencia ni pararse demasiado en barras. Vivía emigrado de su
país—según decía, por ser amigo de Paiva Couceiro, y como el hombre no se resignaba a vivir
como un cartujo, sino que le gustaba tener siempre un duro en el bolsillo, se buscaba la vida como
mejor Dios, o probablemente el diablo, le diera a entender.
dieron reconocer a los que les llevaron los dineros, se frotaba las manos con gozo pensando en los
tiempos de bonanza que le aguardaban con los cuartos de los demás.
Se repartieron las ganancias con igualdad, diecisiete duros cada uno, porque el Madureira en esto
presumía de cabal, y siguieron planeando y dando pequeños golpes afortunados que les iban
dejando libres algunas pesetas.
El Madureira, sin embargo, ansioso siempre de volar más alto y de ampliar el negocio, acosaba
constantemente Serafín para animarlo a dar el golpe gordo que había de enriquecerlos: el atraco a
doña Perfecta y doña Digna, quienes, según. era fama en el pueblo, guardaban en su casa un
verdadero capital en joyas antiguas y peluconas.
A Serafín le repugnaba robar a las viejas, a quienes visitaba todas las tardes y quienes encontraban
en él un valedor contra el demonio, porque en el fondo todavía le quedaba una llamita de
conciencia; pero como «Caga n’a tenda» era más hábil que un rayo, y como acabó metiéndole
miedo con no sé qué maniobra infalible que..tenía en su mano para ponerlo, sin que pudiera ni
rechistar. en manos de la Guardia Civil, acabó por ceder y por resignarse a planear el asunto,
aunque desde el primer momento puso como condición no tocar ni un pelo de la ropa a las viejas,
pasase lo que pasase.
Efectivamente, tomaron sus medidas, hicieron sus cálculos, echaron sus cuentas, dejaron que
pasase el tiempo que sobraba, y un buen día, el día de San Luis, rey de Francia, dieron el golpe: el
golpe gordo, según decía Madureira.
La cosa estaba bien pensada; Serafín iría como todas las tardes. tomaría su taza de café con leche y
les hablaría del demonio, y Madureira llamaría a la puerta preguntando por él; subiría -con la cara
tapada- y amenazaría a las dos viejas con matarlas si gritaban; Serafín haría como que las defendía,
y entre los dos, se las arreglarían para encerrarlas en un armario ropero que estaba en el pasillo. y
de donde las sacaría Serafín, muy compungido, al final de todo.
Solo quedaban dos problemas por resolver: la mulata Dolorosa y el interrogatorio que le harían a
Serafín. A la primera acordaron ponerle una carta dos días antes desde Valencia do Miño,
diciéndole fuese corriendo, que su hermana Ermelinda se estaba muriendo de lepra, que era lo que
le daba más miedo, y en cuanto al segundo decidieron, después de mucho pensarlo, que lo mejor
sería dejarlo atado y amordazado, y que dijese al juez, cuando le preguntara los ladrones eran dos;
las viejas tendrían que. resignarse a quedar encerradas en el armario, pero no se iban a morir por
eso.
Tal como lo pensaron lo hicieron.
Cuando doña Digna le abrió la puerta a Serafín, tirando de la cadenita que
iba todo a lo largo de la escalera, creyó oportuno disculparse:
• ¡Como Dolorosa no está! ¿Sabe?
• ¡Ah! ¿No?
• ¡No! ¡Como tuvo que ir a Valencia a la muerte de su hermana!
• ¿Ah, sí?
• ¡Sí! Que la pobre está a la muerte con la dichosa lepra, ¿no lo sabia?
• ¡Ni una palabra, doña Digna!
• Es que no somos nada, Ortiz, ¡nada. ¡Sólo aquellos que se preparan para el servicio del Señor!...
A Serafín le dio un vuelco el corazón en el pecho al oír aquellas palabras, porque le vino a la
imaginación la figura del hijo. Era extraño, él no era un sentimental, precisamente, pero en aquel
instante poco le faltó para salir escapando.. Estaba como azorado cuando se sentó enfrente de las
viejas, como todas las tardes, y delante de su taza de café con leche; una taza sin asa, honda y
hermosa como la imagen de la abundancia.
Doña Digna continuó:
•
Sobre el Blog
Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
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