–¿Conoce usted,
Señora, la carta que Roberto Espíelo escribiera a la infortunada Mercedes?
–No; Vd. sabe que ya
no recibo a nadie...
–¡Es lástima! Fluye
allí la sugestión de horror que es en Vd. una de esas predicciones
inexplicables.
–Nada se opone a que
usted la repita aquí.
–Es que se hace tarde,
Señora.
–No es tarde, sino que
obscurece más temprano. Es el invierno que llega...
–¡El invierno! Verdad.
Ya no podremos conversar en esta glorieta...
–Día llegará en que no
podremos hablarnos ni aquí ni en otra parte.
–A su edad no deben
decirse esas palabras...
–¡Ah! ¿Usted cree que
me refiero a la muerte? ¡Ojalá fuera por la muerte!
–Y entonces ¿por qué,
Señora? –pregunté con imperceptible temblor de voz.
Miróme con aquella mirada que me cubría
como un manto de tristeza, bajó luego los ojos y dijo con su vaga sonrisa
ocultadora:
«Elle
vivait pour la volupté de se taire.»
–¿No fue usted quien
me recitó una tarde ese verso de Sa-main?1.
–Sí –repuse con el
alma extasiada por un revuelo de esperanzas.
–Entonces –concluyó–
léame la carta que recibió Mercedes...
Mar del Plata, Febrero 2 de 188...
«Reconozco que fui
cruel, con esa hostilidad reflexiva y minuciosa de los cobardes, pero también
es cierto que a ningún hombre persiguiera el azar con acechanza más irritante.
Entonces culpaba al azar. Era fuerte y no creía en las vidas ocultas.
»Desde que comencé a
escribir aquella malhadada novela que ya no acabaré nunca, rodeáronme mil
sucedidos extraños y turbadores. En ocasiones eran lamentos vagos que gemían
debajo mismo de mi ventana; en otros, pasos medrosos por los caminos. ¿Quién
entreabría, siempre al obscurecer, la vieja cancela del jardín? ¡No sabes las
veces que, revólver en mano, registrara inútilmente la quinta! Hasta en nuestra
alcoba ¿recuerdas?, alguien complicaba las cosas inertes en apariencias
fantásticas. Así debimos prescindir de cenefas por los repliegues
gesticulantes, y cambiar la orientación de la luz, ya que no había mueble que
no proyectase quiméricas sombras. ¡El testero del lecho, por ejemplo, con su
eterno perfil de ogro risueño! ¿Recuerdas?
»Aquella noche hacía
un calor tedioso. Como llegara hasta mi mesa el aroma nocivo de los nardos,
cerré la ventana muy temprano. Una vincha impalpable oprimíame la frente, y en
la página intacta dibujábanse fugaces manchas violáceas como en los fosfenos.
Era el abrazo aniquilador del cansanció.
De poder salir al balcón, quizá el fresco de la madrugada hubiese llegado a
serenarme. Pero en esa atmósfera de horno ni siquiera podía alzar la vista de
mis papeles. Si miraba al techo, exasperábame un cientopies grisáceo que
corría por la cornisa, ágil como un nervio; si a los cristales, era siempre el
mismo detalle de paisaje encuadrado y monótono. La masa de eucaliptus que
circunda la capilla, de cuyo seno sombrío la aguja del campanario invisible
partía hacia el plenilunio, aguda como un alarido.
»¿Dormir? Ni pensarlo
a esas horas. Volví, pues, al trabajo. Y, precisamente, cuando luchaba por
hacer inteligible cierta imagen rebelde, una vez y otra vez, repulsiva,
esparciendo roces en el aire que ponían calofríos en mi espalda, bajó una
aterciopelada mariposa negra. Ahuyentábala y volvía a posarse en las
cuartillas, siempre con el crujido erizante de sus élitros sedosos.
Comprenderás que tal insistencia hubiera impacientado a un santo. ¡Decidí
darle caza para trabajar en paz!
»Cogí un papel porque
sólo al pensar en tocarla invadiéronme temblores incoercibles. Recuerdo tus
gritos de asco cuando, por las noches, en la glorieta, creyendo cortar un gajo
de madreselva te encontrabas, de pronto, con algo blando y velludo que se
retorcía entre tus dedos. ¡Por nada de este mundo me hubiera expuesto a gritar
turbando tu descanso! Por eso cogí un papel.
»Mi primera idea fue
abrir la ventana y darle libertad. Nunca pude conservar los insectos en los
marcos de las puertas como hacen las mujeres. Tú tenías esa costumbre ridicula
antes de casarnos. A penas tus manos inquietas aprisionaban una luciérnaga,
clavábasla cautelosamente con un alfiler y te quedabas horas enteras en la
obscuridad espiando sus destellos.
«Quería dejarla libre.
Pero al primer ademán alejóse en giros vertiginosos en torno de la luz. Esto
me contrarió tanto que tuve un impulso diabólico, perversamente diabólico:
¡quemarla viva! Vacilé algunos minutos, pensando en el olor de que se
impregnaría el aposento y en las crepitaciones de los tejidos chamuscados, pero
mis impulsos, tú los sabes, siempre fueron más fuertes que yo.
»En pocos segundos de
persecución quedó presa. Con el cabello erizado y la piel aterida por
continuos calofríos, sentí cómo
el insecto se debatía en el cartucho de papel. No pude más y lo arrojé a la
llama. Hoy daría la mitad de los años que me restan de vida por no haber
cometido esa acción rencorosa.
«Subitáneamente se
apagó la luz y oyóse [¡]un quejido humano, lacerante! Y eso en la obscuridad
más profunda, a semejantes horas, solo... Sin embargo logré dominarme y avancé
hacia donde debía hallarse la lámpara. ¡Ojalá se hubiesen cerrado mis ojos para
siempre!
»Una luminosa columna
de humo violáceo, que partía de mi escritorio, comenzó a llenar la pieza. Quise
huir pero faltáronme fuerzas, y quedé paralizado por un miedo invencible,
opresor. Casi en seguida, en el ángulo opuesto, prodújo-se un leve ruido de
desplazamiento como el de las lagartijas en la hojarasca. Entonces ya no pude
más. ¡Te lo juro: no pude más! Sentíame helado y un martilleo furioso batía mis
sienes.
«¿Recuerdas las
pesadillas que sufriste cuando murió el nene, en las que tropeles de monstruos
horribles te asaltaban de improviso, y querías huir y no lo conseguías, como si
estuvieras atada por tremendos lingotes; y los veías avanzar y ya sentías
sobre ti los húmedos hocicos y querías gritar y no podías, desesperada, loca,
en una afasia torturadora? ¡Bueno, compadéceme: yo experimenté despierto esa
impresión terrible, bañado en fríos sudores!
«Considera que estaba
solo –bien lo sabes– enteramente solo, y que de pronto, en esa niebla luminosa,
alguien me toca en la espalda de manera muy débil, muy suave... ¡Ah, si a lo
menos hubiese podido gritar, gritar muy fuerte mi miedo, pedir socorro! Pero
no: permanecí atónito, con la garganta anudada. Y otra vez se repitió el
palmoteo delicado, suave. Volví los ojos y de la atmósfera opalina vi surgir
una forma alada en cuyo rostro de sombra brillaban dos ojos que eran los tuyos,
grandes, negros, criminales. ¡Ojos de locura que me miraban perdidamente, que
miraban hasta dentro del cerebro, registrándolo! Después fue un beso frío, un
beso que no terminaba nunca; después no sé...
»A
la mañana me hallaste en tierra desvanecido, y viste que mis labios exangües
presentaban las cárdenas señales de la mordedura...
»Ahora
bien: jamás hice mal a nadie, menos lo auguraría a ninguno después de aquella
noche nefasta. Pero cuando el doctor sonríe al referirle estos sucesos; cuando
leo sus invariables recetas de bromuro y atribuye la mácula de los labios a la
presión de mis propios dientes durante el ataque, –¡en verdad! casi deseo que
él también pruebe esas tremendas visitaciones. Entonces, quizá no ridiculice
mi precaución de dormir con luz y con una persona de vigilia a mi cabecera.
Porque nadie puede imaginarse la angustia infernal, cuando, en la alta noche,
descienden los fantasmas que besan con boca fría y que muerden los labios y el
corazón para toda la vida...»
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