Vaya, esto es
realmente delicioso —dijo la señorita Dorotea Pratt por cuarta vez—. ¡Ojalá
pudiera verme ahora la vieja grulla! ¡Ella y sus Juanitas!
La «vieja grulla»
a quien se refería con tan poco respeto, era la señorita Mackenzie Jones, en
cuya casa trabajaba la señorita Pratt, y quien tenía unas opiniones muy
particulares acerca de los nombres apropiados para las doncellas. Había
repudiado el de Dorotea en favor del segundo nombre de la señorita Pratt, que
era Juanita.
El compañero de
la señorita Pratt no contestó en seguida... por una razón muy poderosa. Cuando
se acaba de adquirir un «Baby Austin» de cuarta mano, por la suma de veinte
libras y se conduce por segunda vez, toda la atención hay que concentrarla
necesariamente en la difícil tarea de emplear ambas manos y los dos pies en las
emergencias dictadas por el momento.
—¡Eh... ah!
—exclamó Eduardo Palgrove, cambiando de marcha con un ruido espantoso que
hubiera dado dentera a un auténtico chófer.
—Bueno, no puede
pedirse que des mucha conversación a las chicas —se quejó Dorotea.
Palgrove se
ahorró la molestia de tener que responder, porque en aquel momento fue sonoramente
insultado por el conductor de un autobús.
—¡Vaya lenguaje!
—dijo la señorita Pratt, meneando la cabeza.
—Ojalá este coche
tuviera freno de pie —se lamentó su acompañante con amargura.
—¿Le ocurre algo?
—Ya puedes poner
el pie encima y esperar el fin del mundo —dijo Palgrove, como si nada.
—Oh, bueno, Ted;
pero no puede esperarse todo por sólo veinte libras. Al fin y al cabo, estamos
en un verdadero automóvil, un domingo por la tarde y saliendo de la ciudad lo
mismo que hacen los demás.
Más ruidos y
chirridos.
—¡Ah! —dijo Ted
sonrojándose de placer—. Esta vez la he cambiado mejor.
—Conduces
estupendamente —le dijo Dorotea con admiración.
Envalentonado por
el aliento femenino, Palgrove intentó lanzarse a la carrera por Hammersmith
Broadway, siendo severamente reprendido por un policía.
—¡Vaya, quién lo
iba a decir! —dijo Dorotea mientras avanzaban impecablemente por el puente de
Hammersmith—. No sé adonde van a ir a parar los policías. Yo creía que serían
un poco más comedidos al hablar después de ver cómo les han adiestrado
últimamente.
—De todas formas,
no quiero seguir esta carretera —dijo Eduardo con pesar—. Quiero coger la Gran
Avenida del Oeste y desfogarme.
—Y probablemente
nos cogerán in fraganti —repuso Dorotea—. Eso es lo que le ocurrió a mi
señor el otro día. Cinco libras de multa.
—La policía no es tan dura
como parece —dijo Eduardo generosamente—. Lo mismo multa a
los ricos. No hay favoritismos. Me vuelvo loco pensar en esos engreídos que pueden entrar en la
tienda y comprarse un par de «Rolls Royce» sin que se les mueva ni un cabello.
No hay derecho. Yo soy tan bueno como cualquiera de ellos.
—Y las joyas
—dijo Dorotea suspirando—. Esas tiendas de la calle Bond. ¡Brillantes, perlas y
no sé cuantas cosas más! Y yo con una hilera de perlas falsas.
Estuvo disertando
tristemente sobre el tema, y así Eduardo pudo concentrar de nuevo toda su
atención en el manejo del coche. Consiguieron pasar por Richmond sin percance.
El altercado con el policía le había puesto muy nervioso y ahora adoptaba la
línea de menor resistencia, siguiendo a ciegas el primer coche que se le
pusiera delante para evitar peligros.
De esta forma se
encontró avanzando por un paraje sombreado que cualquier automovilista experto
hubiera dado cualquier cosa por encontrar.
—He sido muy
hábil torciendo por el camino aquél —dijo Eduardo atribuyéndose todo el éxito.
—Es precioso todo
esto —dijo la señorita Pratt—. Y fíjate, allí hay un hombre vendiendo fruta.
Cierto, en un
recodo apropiado había una mesa con cestos de fruta y la leyenda «Coma más
fruta» escrita en un banderín.
—¿Cuánto valen?
—preguntó Eduardo con recelo, cuando, después de aplicar el freno de mano con
frenesí, obtuvo el resultado apetecido.
—Son unas fresas
deliciosas —dijo el vendedor, que era un individuo antipático que miraba de
soslayo—. A propósito para la señora. Fruta madura, recién cogida. También
tengo cerezas. Inglesas auténticas. ¿Quiere una cesta de cerezas, señora?
—Parecen muy
hermosas —dijo Dorotea.
—Una joya; eso es
lo que son —replicóle el hombre con voz ronca—. Esta cesta le traerá suerte,
señora —y al fin tuvo la condescendencia de contestar a Eduardo—. Dos chelines,
señor, es tirado. Ya me lo dirá cuando sepa lo que hay dentro de la cesta.
—Tienen muy buen
aspecto —insistió Dorotea.
Eduardo,
suspirando, pagó los dos chelines mientras su mente trazaba rápidos cálculos.
Más tarde la merienda, gasolina... estas saliditas domingueras en coche no
podía decirse que resultaran precisamente baratas. Y lo peor de llevar
chicas, es que siempre se encaprichan de todo lo que ven.
—Gracias, señor
—dijo el hombre—. En esta cesta hay algo que vale muchísimo más de lo que ha
pagado por un cesto de cerezas.
Eduardo apretó el
pie con fuerza y el «Baby Austin» saltó sobre el vendedor como un alsaciano
furioso.
—Perdone —dijo
Eduardo—. Olvidé que tenía puesta la marcha.
—Debes tener más
cuidado, querido —le dijo Dorotea—. Podías haberte lastimado.
Eduardo no
contestó y otro kilómetro de marcha les situó en un paraje ideal junto a las
orillas de un arroyo. Dejaron el «Austin» en la carretera y Eduardo y Dorotea
se sentaron en la orilla para comer las cerezas. A sus pies había un periódico
del día semienterrado.
—¿Qué noticias
hay? —dijo Eduardo al fin, tumbándose cuan largo era y echándose el sombrero
hacia delante para proteger sus ojos del sol.
Dorotea echó un
vistazo a los titulares.
—«Esposa infiel.
Extraordinaria historia. Veintiocho personas ahogadas durante la semana
pasada... Muerte de un aviador. Sorprendente robo de joyas. Desaparición de un
collar de rubíes valorado en cincuenta mil libras.» ¡Oh, Ted! ¡Imagínate! ¡Cincuenta mil
libras! —continuó leyendo—. «El collar se compone de veintiuna piedras montadas
en platino y fue enviado por correo certificado desde París. Al llegar, el
paquete contenía sólo unos cuantos guijarros y la joya había desaparecido.»
—Lo robarían en
Correos —dijo Eduardo—. Tengo entendido que en Francia el correo es fatal.
—Me gustaría ver
un collar así —dijo Dorotea—. Con piedras como de sangre... sangre de paloma,
así es como creo que llaman a ese color. ¿Qué debe sentirse llevando una cosa así
alrededor del cuello?
—Bueno, es
probable que tú no llegues a saberlo nunca —repuso Eduardo, mordaz.
Dorotea ladeó la
cabeza.
—¿Por qué no?
Quisiera saberlo. Es sorprendente la forma en que se abren camino algunas
mujeres. Podría trabajar en la escena.
—Las chicas que
se portan como es debido no llegan a ninguna parte —le dijo Eduardo para
desanimarla.
Dorotea abrió la
boca para contestar, pero se contuvo y murmuró:
—Pásame las
cerezas. He comido más que tú —observó—. Dividiré las que quedan y... calla...
¿qué es lo que hay en el fondo de la cesta?
Y uniendo la
acción a la palabra sacó... una cadena larga sembraba de piedras rojo sangre.
Ambos la
contemplaron asombrados.
—¿Has dicho en la
cesta? —dijo Eduardo al fin.
Dorotea asintió.
—En el fondo...
debajo de la fruta.
Volvieron a
mirarse.
—¿Y cómo crees tú
que habrá llegado ahí?
—No puedo
imaginarlo. Es curioso, Ted, precisamente ahora que acababa de leer en el
periódico la noticia... de los rubíes.
Eduardo echóse a
reír.
—No irás a creer
que tienes en la mano cincuenta mil libras, ¿verdad?
—Sólo he dicho
que era extraño. Rubíes montados en platino. Platino es una especie de plata...
como esto. ¿Verdad que brillan mucho y tienen un color precioso? ¿Cuántas debe
haber? —las contó—. Oye, Ted, hay exactamente veintiuna.
—¡No!
—Sí. Ésa es la
cantidad que dice el periódico. Oh, Ted, ¿tú crees...?
—No es posible
—pero habló sin convencimiento—. Se sabe que son buenos... cuando cortan el
cristal.
—Eso son los
brillantes. Pero sabes, Ted, que aquel hombre era muy extraño... me refiero al
vendedor de fruta... un hombre de aspecto desagradable. Y dijo algo muy
curioso... que en la cesta había algo que valía mucho más de lo que pagábamos
por ella.
—Sí, pero
escucha, Dorotea; ¿para qué iba a querer darnos a nosotros las cincuenta mil
libras?
La señorita Pratt
sacudió la cabeza desanimada.
—No tiene sentido
—admitió—. A menos que le persiguiera la policía.
—¿La policía?
—Eduardo palideció ligeramente.
—Sí. Eso dice el
periódico... La policía tiene una pista.
Eduardo sintió un
escalofrío en su espina dorsal.
—Esto no me
gusta, Dorotea. Supongamos que la policía nos sigue.
Dorotea le miró
con la boca abierta.
-¡Pero si
nosotros no hemos hecho nada, Ted! Lo hemos encontrado en la cesta.
—¡Valiente
historia para contar! No es verosímil.
—No lo es mucho
—admitió Dorotea—. ¡Oh, Ted! Crees de veras que será éste? ¡Es igual que
un cuento de hadas!
—No creo que esto
parezca un cuento de hadas —dijo Eduardo—. Yo creo que es más bien semejante a
estas historias en las que el protagonista es condenado injustamente a catorce
años de presidio.
Pero Dorotea no
le escuchaba. Se había puesto el collar y contemplaba su efecto en el espejito
que sacó de su bolso.
—Lo mismo que
pudiera llevar una duquesa —murmuró extasiada.
—No lo creo —replicó
Eduardo con violencia—. Son falsos. Tiene que tratarse de una imitación.
—Sí, querido
—repuso Dorotea sin dejar de contemplarse en el espejo—. Es muy probable. Otra
cosa sería demasiada... coincidencia.
—Sangre de paloma
—murmuraba Dorotea.
—Es absurdo. Eso
es lo que digo. Absurdo. Escucha, Dorotea, ¿escuchas lo que te estoy diciendo?
Dorotea dejó el
espejo y se volvió hacia él con una mano apoyada sobre los rubíes que rodeaban
su cuello.
—¿Qué tal estoy?
—le preguntó.
Eduardo la miró,
olvidando su contrariedad. Nunca había visto a Dorotea así... rodeada de un
halo de triunfo... una especie de belleza soberana completamente desconocida
para él. El creer que la joya que llevaba alrededor de su cuello valía
cincuenta mil libras había hecho de Dorotea Pratt una mujer nueva. Le
miraba con serena
insolencia... era una especie de
Cleopatra, Semíramis y Zenobia, todo en una.
—Estás...
estás... deslumbradora —dijo Eduardo humildemente.
Dorotea se echó a
reír, y su risa también fue completamente distinta.
—Escucha —la
apremió Eduardo—. Tenemos que hacer algo. Hay que llevarlo al puesto de
policía.
—Tonterías
—replicó Dorotea—. Tú mismo acabas de decir que no iban a creerte.
Probablemente te enviarán a la cárcel por haberlo robado.
—Pero... ¿qué
otra cosa podemos hacer?
—Quedárnoslo
—replicó la nueva Dorotea Pratt.
—¿Quedárnoslo? Tú
estás loca.
—Lo hemos
encontrado, ¿verdad? ¿Por qué habíamos de pensar que fuese de valor? Nos lo
quedaremos y yo lo usaré.
—Y la policía te pescará.
Dorotea
reflexiono un par de minutos.
—Está bien
—dijo—. Lo venderemos. Y tú puedes comprar un «Rolls Royce» o dos «Rolls
Royce», y yo me compraré una corona de brillantes y varios anillos.
Eduardo seguía
mirándola asombrado y Dorotea se impacientó.
—Es tu
oportunidad... y debes aprovecharla. Nosotros no lo hemos robado... entonces
sería distinto. Ha venido a nuestras manos, y probablemente será la única
oportunidad que se nos presentará en la vida para tener todas las cosas que
deseamos. ¿Es que no tienes valor, Eduardo Palgrove?
Eduardo recuperó
el habla.
—¿Venderlos,
dices? Como si eso fuera tan sencillo. Cualquier joyero querría saber de dónde
lo había sacado.
—No lo lleves a
un joyero. ¿Es que nunca lees novelas policíacas, Ted? Tienes que llevarlo a un
«mercachifle», naturalmente.
—¿Y dónde voy a
encontrar un mercachifle? Yo he sitio educado en un ambiente respetable y sin
máculas.
—Los hombres
tendríais que saberlo todo —dijo Dorotea—. Para eso estáis.
Él la miró.
Dorotea estaba tranquila e inflexible.
—Nunca lo hubiera
creído de ti —-observó Eduardo con voz débil.
—Pensé que tenías
más coraje.
Hubo una pausa y
al cabo Dorotea se puso en pie.
—Bueno —dijo en
tono ligero—. Será mejor que volvamos a casa.
—¿Llevando eso
alrededor de tu cuello?
Dorotea se quitó
el collar, y antes de guardarlo en su bolso lo contempló con reverencia.
—Escucha —dijo
Eduardo—. Dámelo a mí.
—No.
—Sí. A mí me han
enseñado a ser un hombre honrado, pequeña.
—Bueno, pues
sigue siéndolo. No es necesario que tengas nada que ver con esto.
—Oh, dámelo —dijo
Eduardo, sucumbiendo—. Lo haré. Buscaré un mercachifle. Como tú dices, es la
única oportunidad que se nos presentará en la vida. Lo adquirimos
honradamente... por dos chelines. No es más que lo que hacen los anticuarios
cada día y van con la frente bien alta.
—¡Eso es! —dijo
Dorotea—. ¡Oh, Eduardo, eres maravilloso!
Le entregó el
collar, que él introdujo en su bolsillo. ¡Se sentía exaltado, emocionado... el
mismísimo diablo! En este estado de ánimo puso en marcha el «Austin». Los dos
estaban demasiado nerviosos para acordarse de merendar, y regresaron a Londres
en silencio. Una vez, ante un cruce, un policía avanzó hacia el coche y el
corazón de Eduardo dejó de latir un instante, por milagro llegaron a su casa
sin percances.
Las últimas
palabras que Eduardo dirigió a Dorotea estaban pletóricas de espíritu
aventurero.
—Lo
conseguiremos. ¡Cincuenta mil libras! ¡Vale la pena!
Aquella noche
soñó con la cárcel de Dartmoor y despertóse macilento y cansado. Tenía que
empezar a buscar un mercachifle... ¡y no tenía la más remota idea de cómo
empezar!
Su trabajo en la
oficina fue poco solvente y se ganó dos buenas reprimendas antes de comer.
¿Dónde se
encuentra un comprador de objetos robados? La barriada más a propósito sería
Whitechapel, o tal vez Sthepney.
Al regresar a la
oficina recibió una llamada telefónica. Era la voz de Dorotea, trágica y
angustiada.
—¿Eres tú, Ted?
Te hablo por el teléfono de casa, pero la señora puede venir en cualquier
momento y tendré que cortar. Ted, no habrás hecho nada todavía, ¿verdad?
Eduardo contestó
con una negativa.
—Bien, escucha,
Ted, no debes hacerlo. He pasado toda la noche despierta. Ha sido terrible.
Pensando en lo que dice la Biblia que no se debe robar. Ayer debía estar
loca... de verdad. No harás nada, ¿me lo prometes, Ted querido?
¿Acaso Eduardo
Palgrove sintióse invadido de una sensación de alivio? Posiblemente..., pero no
estaba dispuesto a admitir semejante cosa.
—Cuando yo digo
que voy a hacer una cosa, la hago —dijo con una voz que podría haber
pertenecido a un superhombre de ojos de acero.
—¡Oh, Ted,
querido, no debes hacerlo! ¡Oh, Dios mío, ya viene la vieja grulla! Escucha,
Ted, esta noche va a cenar fuera. Puedo escaparme un rato y reunirme contigo.
No hagas nada hasta que nos veamos. A las ocho. Espérame en la esquina —su voz
se convirtió en un murmullo seráfico—. Sí, señora. Era un número equivocado.
Pedían el 234.
Cuando Eduardo
salía de la oficina a las seis, vio un gran titular que llamó su atención.
ROBO DE UN COLLAR
Ultimos detalles
Se apresuró a
alargar un penique y, una vez a salvo en el interior del «metro», donde se las
ingenió para conseguir asiento, se dispuso a devorar la noticia impresa,
encontrando lo que buscaba con bastante facilidad.
Al poco rato
lanzó un silbido de sorpresa.
—Vaya... que
me...
Y entonces otro
párrafo cercano absorbió su atención. Luego de leerlo dejó que el periódico
resbalara hasta el suelo sin apenas darse cuenta.
A las ocho en
punto acudía a su cita, y Dorotea, sin aliento, pálida, pero atractiva, llegó
corriendo hasta él.
—¿Has hecho algo,
Ted?
—No he hecho nada
—sacó el collar de rubíes de su bolsillo—.
Puedes ponértelo.
—Pero, Ted...
—La policía ya ha
encontrado los rubíes... y al hombre que los robó. ¡Y ahora lee esto!
Y puso un
periódico doblado debajo de su nariz. Dorotea leyó:
NUEVO TRUCO PUBLICITARIO
«Un nuevo e
inteligente sistema publicitario está siendo adoptado por todos los feriantes
que intentan rivalizar con los famosos Woolworth. Ayer se vendieron cestas de
frutas, y se venderán otras cada domingo. Una de cada cincuenta contendrá un
collar de imitación en piedras de distintos colores. Estos collares son
realmente maravillosos, por su precio. Ayer causaron gran revuelo y emoción, y
"Coma más fruta" tendrá gran éxito el próximo domingo. Felicitamos a
los feriantes por su idea y les deseamos buena suerte en su campaña pro venta
de productos nacionales.»
—Vaya... —dijo
Dorotea. Y tras una pausa repitió: — ¡Vaya!
—Sí —dijo
Eduardo—. Yo siento lo mismo que tú.
Un hombre que
pasaba puso un papel en su mano.
—Tome uno,
hermano —le dijo.
«El precio de una
mujer virtuosa está por encima de los rubíes.»
—¡Ahí tienes!
—dijo Eduardo—. Espero que eso te anime.
—No lo sé —dijo
Dorotea, indecisa—. Yo no quiero parecer precisamente una mujer buena.
—No lo pareces
—replicó Eduardo—. Por eso me dio este papel ese hombre. Con esos rubíes
alrededor de tu garganta nadie diría que eres una buena chica.
Dorotea rió.
—Eres un encanto,
Ted —le dijo—. Anda, vámonos al cine.
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