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John Sladek - Informe sobre la emigración del material pedagógico



El libro, junto con el perro, detenta des­de antiguo el título de «mejor amigo del hombre». Pero a los amigos no hay que abandonarlos, de lo contrario...

Cuando Edward Sankey saltó del coche levantó involuntariamente la vista al cielo. El firmamen­to estaba desprovisto de nubes, azul, vacío. Por el rabillo del ojo captó cierto mo­vimiento: una línea quebrada de puntos. ¿Pájaros? No quiso mi­rar la línea directamente para averiguarlo. Bajan­do el ala de su sombrero, Sankey penetró en el Palacio de Justicia.
Preston, el otro miembro del comité, ya estaba a su mesa, esparciendo montones de do­cumentos como un solitario de naipes. Se trataba de nuevas declaraciones de las supuestas emigraciones. Pres­ton estaba seleccionándolas, al parecer, por medio de un intrincado sis­tema propio.
–Por lo visto has pasado mala noche, Ed –co­mentó–. Espero que estés dispuesto a escu­char a nuestros últimos testigos de hoy. Creo que ten­dremos listo el informe para el jueves por la tar­de, y lograremos disfrutar de un merecido fin de semana.
–Yo... bueno, anoche sucedió algo –Sankey se dejó caer en una butaca y se desabrochó el primer botón del abrigo con una mano enguan­tada–. Yo... yo creo que vi algo. Y no sólo algo, sino...
–Ahora no tengo tiempo de escucharte, chico. Hay cincuenta testigos para entrevistar, y tene­mos que leer todas estas declaraciones. Tranqui­lízate y ya me lo contarás mientras al­morcemos.
Sankey intentó seguir el consejo de su socio.
Pero durante toda la mañana, mientras escuchaba a los testigos, tuvo el cerebro ocupado con los sucesos de la noche anterior.

Estaba sentado en su rincón favorito de lectu­ra, una habitación más caliente y alegre que la biblioteca. A medianoche, Sankey empezó a dor­mitar delante de una taza de chocolate y el infor­me, execrablemente redactado, del patrullero H. L. Weems:

«Recibimos una llamada de la agencia de pro­tección que se ocupa de la Colección de Manus­critos Waxmen. Dijeron que había un ventanal roto. Nos dirigimos al lugar de autos. Llegamos a las 10.45. No había más ventanas ni puertas abiertas. Los vidrios rotos estaban en el suelo, por la parte de fuera, ya que la ventana había sido abierta desde aquel lado. Sobre la hierba encon­tramos un libro. Después, no descubrimos la falta de ningún otro volumen. El del suelo estaba cor­tado por el cristal de la ventana. Era un ejemplar de la Crónica de Nuremberg, una obra muy rara, uno de los primeros libros impresos.»

De pronto, Edward se quedó sin aliento. El sonido, si se trataba de un sonido, procedía de la biblioteca. Marian, supuso, estaría buscando una novela para poder dormir.

Los últimos testigos eran expertos del gobier­no. Bates, de la Comisión Wildlife, era un hombre bajito, calvo, con espesos mechones de cabello so­bre las orejas y unas cejas circun­flejas que le ha­cían parecer extrañado por todo cuanto veía.
–Como demuestra esta carta, las emigraciones no se dirigen exclusivamente al sur, sino hacia un lugar específico de la jungla brasileña. Hemos pedido a la Fuerza Aérea que sobre­vuele la zona y envíe un informe, pero, por lo visto, los aparatos convencionales no pueden penetrar hasta allí. El aire está literalmente lleno de... hum... emigran­tes.
–¿Y los aviones de reconocimiento de gran altitud? –preguntó Preston, con la voz ronca por el esfuerzo de aquella semana.
–Han volado por allí y han fotografiado la zona en abundancia, pero las fotos no presen­tan nada importante.

Aquel sonido otra vez. Sankey frunció el ceño, examinando un informe de dudoso signi­ficado:
«La librera Emma Thwart, de 51 años, informa que un atacante desconocido le arrojó por detrás un diccionario enorme. Las fotos adjuntas son la señorita Thwart, mostrando las heridas de su hom­bro. Si...»

Hubo un ruido de vidrios rotos y Sankey se puso rápidamente en pie. Acercándose casi auto­máticamente al armario, eligió un palo de golf y fue hacia la puerta de la biblioteca. Apagó la luz detrás de él, pasó un brazo por el hueco de la puerta y dio la luz de la biblio­teca. De un solo movimiento, le dio un puntapié a la puerta y se  agachó.
En la estancia no había nadie. Habían roto un vidrio alto de la vidriera, pero ésta aún se­guía cerrada. Del extremo de un estante faltaban cuatro o cinco volúmenes encuadernados, según observó, incluyendo los primeros tomos de Dial y de Tran­sición. Mirando a su alre­dedor, pensó que le cos­taría sustituirlos.

Algo le golpeó en la nuca con inusitada fuerza. Cayó, recordando sin motivo alguno las fotos de la señorita Thwart.

Hablaba el señor Tone de la Biblioteca del Congreso.
–Creemos que existe una correlación entre los emigrantes y el índice de libros en uso, una co­rrelación inversa, debo añadir –exclamó con su pomposa voz–. De este modo, vemos que las co­lecciones de ejemplares raros no son atacadas. Y no es ninguna sorpresa saber que los estantes «de restos de series» de las librerías están siendo des­mantelados.
Entregó a los presentes unas hojas mecanogra­fiadas con estadísticas.
–Sin embargo, ¿no es un hecho seguro, señor Tone, que el índice migratorio se ha ele­vado ac­tualmente? ¿Y no significa esto que están desapa­reciendo toda clase de libros?
Tone se humedeció sus labios agrietados con una lengua pálida.
–Sí. En realidad, los libros que desaparecen ahora pertenecen progresivamente a tipos más usados. Según los últimos cálculos, toda la pro­ducción mundial de libros habrá desapa­recido –consultó un cuaderno–, hacia el veintidós de este mes.
–El viernes, ¿verdad? –preguntó Preston. –Eso creo.
–Bien. Lo anotaremos como viernes, veintidós de abril.

Sankey sabía que sólo había estado inconscien­te unos segundos, pero ahora estaba vacío todo el estante de libros in cuarto. Se puso en pie tambaleándose, con el inútil palo aún en la mano, y buscó al atacante con la mirada.
Se produjo un ruido detrás del escritorio, como el de un pájaro batiendo un ala rota contra el suelo. Sankey corrió hacia allá y levantó el palo. El tomo La caída del Imperio Romano, de Gibbon, se movía atrás, y adelante, como abani­cando sus hojas alocadamente. La encuadernación estaba rota y desgarrada, sin duda por haber cho­cado con la ventana o haberle golpeado a él. ¡De modo que esto era lo que había ayudado a escapar a los in cuarto. San­key intentó pensar en su ten­sión arterial, pero de pronto todos sus pensamien­tos estuvieron concentrados en los dedos que aún sujetaban el palo de golf. Salvajemente, aporreó la cosa que aleteaba en el suelo, una y otra vez, hasta convertirlo en un amasijo pulposo.

Los testigos, aficionados y expertos, tenían opi­niones muy arraigadas respecto a las cau­sas de la emigración. Si bien muchos aficionados daban explicaciones sobrenaturales o se referían a las ratas que abandonan el buque que se hunde, la deformación profesional no era claramente menos responsable de muchas opiniones distorsionadas. Un psicólogo insistió en que la histeria de la guerra fría moderna y las tensiones de la vida actual producían alucina­ciones en masa; la gente, sin darse cuenta, afirmó, estaba destruyendo o escon­diendo los libros.
Un astrónomo intentó relacionar las emigracio­nes con las perturbaciones atmosféricas causadas por la actividad de las manchas solares. Aun cuan­do esta teoría «del viento espa­cial» resultó inade­cuada, el hombre se aferró a ella con insistencia infantil.
Bates, de la Comisión Wildlife, aventuró la suposición de que los libros regresaban a un estado natural.
–Esto tiene consistencia –arguyo–. Los libros nacen de los árboles. ¿Quién sabe si poseen con­ciencia, aunque sólo sea a un nivel químico, de su origen? Ansiaban regresar a la jungla, y ahora lo ponen en práctica.
El señor Tone quiso saber si los libros podían sentirse despreciados, rechazados.
–Son material pedagógico –continuó–. Están ahí, semana tras semana, sin ser leídos. ¿Qué sien­ten? Bien, un ser humano, en su frustración, po­dría suicidarse, y esto es lo que hacen: se matan como lemingos. Toda mi vida he estado rodeado de libros, y creo estar cali­ficado para afirmar que los comprendo.
Sedley, de la NASA, explicó cómo volaban los libros, pero se mostró reacio a dar una interpre­tación a su vuelo.
–Tal como yo lo veo, convierten parte de su masa en energía, de un modo que aún no compren­demos. Luego... bueno, aletean con las cubiertas.
»Todo lo que es plano puede volar, esto es sim­ple. Pero no quiero hacer conjeturas sobre por qué vuelan. Tal vez Rusia podría contestar a esta pregunta con más rapidez que noso­tros. Por mi parte, no pienso decir nada más.

Marian estaba contemplando las emigraciones por televisión, cuando Sankey llegó aque­lla tarde a casa.
–Las guías telefónicas de Florida –exclamó ella alegremente–. Millones de guías, que­rido.
Sankey contempló los objetos que aleteaban lentamente, antes de marcharse directo a la cama. Más tarde se levantaría para ocuparse de las últi­mas oleadas de informes.
El dolor de la nuca era más fuerte cuando se despertó a última hora de la tarde. Aunque trató de examinar los reportajes en su rincón favorito, tenía la visión borrosa por el dolor, y no pudo ignorar los sonidos sordos de la biblioteca.
Marian entró para darle las buenas noches.
–Si quieres un libro, querida –le dijo él cui­dadosamente–, será mejor que te lo escoja yo. Realmente, la biblioteca no es segura esta noche.
–¡Oh, no, Dios mío! –replicó ella–. ¡No te dejaría entrar allí por ningún motivo! Además, esta noche quiero acostarme temprano. Espero que mañana sucedan cosas grandes.
–¿Cómo?
–Dicen que a mediodía pasará una inmensa bandada por encima de la ciudad.

Sankey y Preston trabajaron en la redacción de su informe solamente dos horas. A las 10.30 se hallaban sobre el tejado del juzgado con unos prismáticos. A lo largo del horizonte se veía una nube obscura, afirmó Preston, que no era más que la avanzadilla de la bandada. Sankey concentró los prismáticos hacia abajo, a la multitud que atestaba la calle.
–Ciertamente, ahí abajo hay un ambiente fes­tivo –observó–. Como si aguardaran un vis­toso desfile.
Al pronunciar estas palabras, comprendió que a él le ocurría lo mismo. Sin saber por qué, el aire tenía un sabor a alegría esperada. Examinó aquella sensación. ¡Qué ridículo! ¿Por qué había subido al tejado a mirar? Debía entrar otra vez y trabajar... pero continuó apoyado al parapeto.
Abajo, el tráfico se había detenido en muchos kilómetros de extensión, y los transeúntes ocupa­ban aceras y parte de la calzada. Muchos conduc­tores se habían rendido, parando el motor, y tre­pando al techo de sus coches para contemplar el cielo. Por doquier había personas con libros bajo el brazo; probablemente pensaban sol­tarlos para ver si se unían a la bandada. Los buhoneros iban arriba y abajo, vendiendo libros de bolsillo.
–¡Aquí vienen! –gritó Harry Preston, dando un salto.
La nube había avanzado, y Sankey podía ya distinguir las partículas individuales de que estaba compuesta. Levantando los prismáticos, veía las formas de los que iban en cabeza, volando al mis­mo ritmo. Se elevaban en un esfuerzo heroico para que el resto de la bandada no rozase los tejados de la ciudad. Había mamotretos fuertes y pesados, libros de oficina, obras de referencia, y los demás volúmenes menores que iban detrás, según supuso Sankey por la formación en cuña, eran enciclope­dias. Tal vez habría diez mil libros, tal vez un mi­llón... ¿quién podía saberlo? Más abajo, se rompió una ventana del juzgado; una colección de referencias legales se elevó en una espiral pe­rezosa, aleteando con sus cubiertas fuertes y du­ras.
Entonces, aparecieron miríadas de volúmenes de todas clases, agrupadas según los colo­res y épo­cas. Sankey observó un libro de himnos gigante, con sus hojas de pergamino abiertas hacia abajo para dejar al descubierto las notas negras, cada una mayor que una mano humana. Estaba acom­pañado por un coro de viejos salterios o libros de horas, Sankey no lo supo con certeza, planeando como querubines delegados. Inmediatamente de­trás se veían apretadas filas de libros de texto de cubiertas grises, haciendo aletear al unísono sus hojas incoloras y sin dibujos. Había viejos tomos de medicina de tapas brillantes, con las hojas mo­jadas y goteando a causa de alguna reciente llo­vizna. Muy cerca volaban volúme­nes de poesía en­cuadernados en piel verde o azul, de hojas de papel parecido al de embalar. Sankey se sorprendió al descubrir que los libros de poesía necesita­ban esforzarse igual que los demás para remon­tarse al cielo. Finalmente, seguían los libros de cocina y las revistas de alegres colo­res.
Allí estaba toda la literatura, toda la filosofía, todas las ciencias antiguas y modernas, el resumen del pensamiento escrito. Sankey enfocó los pris­máticos en los títulos más cerca­nos: Los Pensa­mientos, de Pascal, en un pequeño volumen azul; Las hojas de hierba, de Whitman, en verde oli­va; Rembrandt, en color ámbar; Adiestrando al perro pastor alemán, en blanco, y una pequeña Biblia de bolsillo. Eran los últimos restos vividos del hombre ci­vilizado: almanaques, talonarios, agendas, dietarios, volúmenes violáceos prestados en las bibliotecas. Aleteaban y destellaban en mil colores contra la luz del sol, ya en su ocaso o tal vez disminuida por otros miles de volúmenes; li­bros de bolsillo policíacos, junto con el Tractatus logico-philosophicus; Voltaire junto a Tomás de Aquino; Rabelais al lado de Eli­zabeth Barrett Browning.
La muchedumbre de la calle empezó a soltar sus libros al viento. Con un gran aplauso de pági­nas, aquellos millares de libros ascendieron para reunirse con la bandada que volaba en lo alto.
–¡Ojalá tuviésemos algo que enviar allá! –gri­tó Sankey, por encima del alboroto reinante.
–¡Los talonarios! ¿Qué te parece si soltamos los talonarios?
Los dos caballeros de sienes plateadas sacaron sus talonarios bancarios y los soltaron so­lemne­mente a la brisa. Los delgados y torpes libritos planearon inciertamente unos instan­tes, y al final empezaron a volar con sus cubiertas de piel, con súbita energía.
–Tiene que haber algo más –se quejó Pres­ton.
–¿Por qué no el informe?
–¿Por qué no? ¿Quién querrá leer ahora un Informe sobre la emigración del material pe­dagó­gico?
Sacaron el informe de la cartera de Preston y lo balancearon un momento por encima del para­peto del tejado. El clip a un costado del mazo de hojas las sujetaba fuertemente en forma de libro. Bien, volaría.
–Hazlo tú –ofreció Sankey, retrocediendo.
Preston abrió el mazo de papeles, lo elevó co­mo una cometa y lo arrojó fuera del tejado. Se hundió, se cerró y cayó. En el momento en que Sankey gruñía, el mazo de papeles abrió las alas una vez más, varios pisos más abajo, y empezó a volar.
Subió y subió, cada vez más alto, como un magnífico conjunto blanco contra la obscura nube. Sankey, con sus prismáticos, vio cómo se reunía con sus hermanos, en dirección sur. No tardó en desaparecer a lo lejos.



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