El libro, junto con el perro, detenta desde antiguo el título de
«mejor amigo del hombre». Pero a los amigos no hay que abandonarlos, de lo
contrario...
Cuando Edward Sankey saltó del coche levantó
involuntariamente la vista al cielo. El firmamento estaba desprovisto de
nubes, azul, vacío. Por el rabillo del ojo captó cierto movimiento: una línea
quebrada de puntos. ¿Pájaros? No quiso mirar la línea directamente para
averiguarlo. Bajando el ala de su sombrero, Sankey penetró en el Palacio de
Justicia.
Preston, el otro miembro del comité, ya estaba a su
mesa, esparciendo montones de documentos como un solitario de naipes. Se
trataba de nuevas declaraciones de las supuestas emigraciones. Preston estaba
seleccionándolas, al parecer, por medio de un intrincado sistema propio.
–Por lo visto has pasado mala noche, Ed –comentó–.
Espero que estés dispuesto a escuchar a nuestros últimos testigos de hoy. Creo
que tendremos listo el informe para el jueves por la tarde, y lograremos
disfrutar de un merecido fin de semana.
–Yo... bueno, anoche sucedió algo –Sankey se dejó
caer en una butaca y se desabrochó el primer botón del abrigo con una mano
enguantada–. Yo... yo creo que vi algo. Y no sólo algo, sino...
–Ahora no tengo tiempo de escucharte, chico. Hay
cincuenta testigos para entrevistar, y tenemos que leer todas estas
declaraciones. Tranquilízate y ya me lo contarás mientras almorcemos.
Sankey intentó seguir el consejo de su socio.
Pero durante toda la mañana, mientras escuchaba a
los testigos, tuvo el cerebro ocupado con los sucesos de la noche anterior.
Estaba sentado en su rincón favorito de lectura,
una habitación más caliente y alegre que la biblioteca. A medianoche, Sankey
empezó a dormitar delante de una taza de chocolate y el informe,
execrablemente redactado, del patrullero H. L. Weems:
«Recibimos una llamada de la agencia de protección que se ocupa de la
Colección de Manuscritos Waxmen. Dijeron que había un ventanal roto. Nos
dirigimos al lugar de autos. Llegamos a las 10.45. No había más ventanas ni
puertas abiertas. Los vidrios rotos estaban en el suelo, por la parte de fuera,
ya que la ventana había sido abierta desde aquel lado. Sobre la hierba encontramos
un libro. Después, no descubrimos la falta de ningún otro volumen. El del suelo
estaba cortado por el cristal de la ventana. Era un ejemplar de la Crónica de Nuremberg, una obra muy rara, uno de los primeros libros impresos.»
De pronto, Edward se quedó sin aliento. El sonido,
si se trataba de un sonido, procedía de la biblioteca. Marian, supuso, estaría
buscando una novela para poder dormir.
Los últimos testigos eran expertos del gobierno.
Bates, de la Comisión Wildlife, era un hombre bajito, calvo, con espesos
mechones de cabello sobre las orejas y unas cejas circunflejas que le hacían
parecer extrañado por todo cuanto veía.
–Como demuestra esta carta, las emigraciones no se
dirigen exclusivamente al sur, sino hacia un lugar específico de la jungla
brasileña. Hemos pedido a la Fuerza Aérea que sobrevuele la zona y envíe un
informe, pero, por lo visto, los aparatos convencionales no pueden penetrar
hasta allí. El aire está literalmente lleno de... hum... emigrantes.
–¿Y los aviones de reconocimiento de gran altitud?
–preguntó Preston, con la voz ronca por el esfuerzo de aquella semana.
–Han volado por allí y han fotografiado la zona en
abundancia, pero las fotos no presentan nada importante.
Aquel sonido otra vez. Sankey frunció el ceño,
examinando un informe de dudoso significado:
«La librera Emma Thwart, de 51 años, informa que un atacante
desconocido le arrojó por detrás un diccionario enorme. Las fotos adjuntas son
la señorita Thwart, mostrando las heridas de su hombro. Si...»
Hubo un ruido de vidrios rotos y Sankey se puso
rápidamente en pie. Acercándose casi automáticamente al armario, eligió un
palo de golf y fue hacia la puerta de la biblioteca. Apagó la luz detrás de él,
pasó un brazo por el hueco de la puerta y dio la luz de la biblioteca. De un
solo movimiento, le dio un puntapié a la puerta y se agachó.
En la estancia no había nadie. Habían roto un vidrio
alto de la vidriera, pero ésta aún seguía cerrada. Del extremo de un estante
faltaban cuatro o cinco volúmenes encuadernados, según observó, incluyendo los
primeros tomos de Dial y de Transición. Mirando a su alrededor,
pensó que le costaría sustituirlos.
Algo le golpeó en la nuca con inusitada fuerza.
Cayó, recordando sin motivo alguno las fotos de la señorita Thwart.
Hablaba el señor Tone de la Biblioteca del Congreso.
–Creemos que existe una correlación entre los
emigrantes y el índice de libros en uso, una correlación inversa, debo añadir
–exclamó con su pomposa voz–. De este modo, vemos que las colecciones de
ejemplares raros no son atacadas. Y no es ninguna sorpresa saber que los
estantes «de restos de series» de las librerías están siendo desmantelados.
Entregó a los presentes unas hojas mecanografiadas
con estadísticas.
–Sin embargo, ¿no es un hecho seguro, señor Tone,
que el índice migratorio se ha elevado actualmente? ¿Y no significa esto que
están desapareciendo toda clase de libros?
Tone se humedeció sus labios agrietados con una
lengua pálida.
–Sí. En realidad, los libros que desaparecen ahora
pertenecen progresivamente a tipos más usados. Según los últimos cálculos, toda
la producción mundial de libros habrá desaparecido –consultó un cuaderno–,
hacia el veintidós de este mes.
–El viernes, ¿verdad? –preguntó Preston. –Eso creo.
–Bien. Lo anotaremos como viernes, veintidós de
abril.
Sankey sabía que sólo había estado inconsciente
unos segundos, pero ahora estaba vacío todo el estante de libros in cuarto. Se puso en pie tambaleándose,
con el inútil palo aún en la mano, y buscó al atacante con la mirada.
Se produjo un ruido detrás del escritorio, como el
de un pájaro batiendo un ala rota contra el suelo. Sankey corrió hacia allá y
levantó el palo. El tomo La caída del
Imperio Romano, de Gibbon, se movía atrás, y adelante, como abanicando sus
hojas alocadamente. La encuadernación estaba rota y desgarrada, sin duda por
haber chocado con la ventana o haberle golpeado a él. ¡De modo que esto era lo
que había ayudado a escapar a los in
cuarto. Sankey intentó pensar en su tensión arterial, pero de pronto
todos sus pensamientos estuvieron concentrados en los dedos que aún sujetaban
el palo de golf. Salvajemente, aporreó la cosa que aleteaba en el suelo, una y
otra vez, hasta convertirlo en un amasijo pulposo.
Los testigos, aficionados y expertos, tenían opiniones
muy arraigadas respecto a las causas de la emigración. Si bien muchos
aficionados daban explicaciones sobrenaturales o se referían a las ratas que
abandonan el buque que se hunde, la deformación
profesional no era claramente menos responsable de muchas opiniones
distorsionadas. Un psicólogo insistió en que la histeria de la guerra fría
moderna y las tensiones de la vida actual producían alucinaciones en masa; la
gente, sin darse cuenta, afirmó, estaba destruyendo o escondiendo los libros.
Un astrónomo intentó relacionar las emigraciones
con las perturbaciones atmosféricas causadas por la actividad de las manchas
solares. Aun cuando esta teoría «del viento espacial» resultó inadecuada, el
hombre se aferró a ella con insistencia infantil.
Bates, de la Comisión Wildlife, aventuró la
suposición de que los libros regresaban a un estado natural.
–Esto tiene consistencia –arguyo–. Los libros nacen
de los árboles. ¿Quién sabe si poseen conciencia, aunque sólo sea a un nivel
químico, de su origen? Ansiaban regresar a la jungla, y ahora lo ponen en
práctica.
El señor Tone quiso saber si los libros podían
sentirse despreciados, rechazados.
–Son material pedagógico –continuó–. Están ahí,
semana tras semana, sin ser leídos. ¿Qué sienten? Bien, un ser humano, en su
frustración, podría suicidarse, y esto es lo que hacen: se matan como
lemingos. Toda mi vida he estado rodeado de libros, y creo estar calificado
para afirmar que los comprendo.
Sedley, de la NASA, explicó cómo volaban los libros,
pero se mostró reacio a dar una interpretación a su vuelo.
–Tal como yo lo veo, convierten parte de su masa en
energía, de un modo que aún no comprendemos. Luego... bueno, aletean con las
cubiertas.
»Todo lo que es plano puede volar, esto es simple.
Pero no quiero hacer conjeturas sobre por qué vuelan. Tal vez Rusia podría
contestar a esta pregunta con más rapidez que nosotros. Por mi parte, no
pienso decir nada más.
Marian estaba contemplando las emigraciones por
televisión, cuando Sankey llegó aquella tarde a casa.
–Las guías telefónicas de Florida –exclamó ella
alegremente–. Millones de guías, querido.
Sankey contempló los objetos que aleteaban
lentamente, antes de marcharse directo a la cama. Más tarde se levantaría para
ocuparse de las últimas oleadas de informes.
El dolor de la nuca era más fuerte cuando se
despertó a última hora de la tarde. Aunque trató de examinar los reportajes en
su rincón favorito, tenía la visión borrosa por el dolor, y no pudo ignorar los
sonidos sordos de la biblioteca.
Marian entró para darle las buenas noches.
–Si quieres un libro, querida –le dijo él cuidadosamente–,
será mejor que te lo escoja yo. Realmente, la biblioteca no es segura esta
noche.
–¡Oh, no, Dios mío! –replicó ella–. ¡No te dejaría
entrar allí por ningún motivo! Además, esta noche quiero acostarme temprano.
Espero que mañana sucedan cosas grandes.
–¿Cómo?
–Dicen que a mediodía pasará una inmensa bandada por
encima de la ciudad.
Sankey y Preston trabajaron en la redacción de su
informe solamente dos horas. A las 10.30 se hallaban sobre el tejado del
juzgado con unos prismáticos. A lo largo del horizonte se veía una nube
obscura, afirmó Preston, que no era más que la avanzadilla de la bandada.
Sankey concentró los prismáticos hacia abajo, a la multitud que atestaba la
calle.
–Ciertamente, ahí abajo hay un ambiente festivo
–observó–. Como si aguardaran un vistoso desfile.
Al pronunciar estas palabras, comprendió que a él le
ocurría lo mismo. Sin saber por qué, el aire tenía un sabor a alegría esperada.
Examinó aquella sensación. ¡Qué ridículo! ¿Por qué había subido al tejado a
mirar? Debía entrar otra vez y trabajar... pero continuó apoyado al parapeto.
Abajo, el tráfico se había detenido en muchos
kilómetros de extensión, y los transeúntes ocupaban aceras y parte de la
calzada. Muchos conductores se habían rendido, parando el motor, y trepando
al techo de sus coches para contemplar el cielo. Por doquier había personas con
libros bajo el brazo; probablemente pensaban soltarlos para ver si se unían a
la bandada. Los buhoneros iban arriba y abajo, vendiendo libros de bolsillo.
–¡Aquí vienen! –gritó Harry Preston, dando un salto.
La nube había avanzado, y Sankey podía ya distinguir
las partículas individuales de que estaba compuesta. Levantando los
prismáticos, veía las formas de los que iban en cabeza, volando al mismo
ritmo. Se elevaban en un esfuerzo heroico para que el resto de la bandada no
rozase los tejados de la ciudad. Había mamotretos fuertes y pesados, libros de
oficina, obras de referencia, y los demás volúmenes menores que iban detrás,
según supuso Sankey por la formación en cuña, eran enciclopedias. Tal vez
habría diez mil libros, tal vez un millón... ¿quién podía saberlo? Más abajo,
se rompió una ventana del juzgado; una colección de referencias legales se
elevó en una espiral perezosa, aleteando con sus cubiertas fuertes y duras.
Entonces, aparecieron miríadas de volúmenes de todas
clases, agrupadas según los colores y épocas. Sankey observó un libro de
himnos gigante, con sus hojas de pergamino abiertas hacia abajo para dejar al
descubierto las notas negras, cada una mayor que una mano humana. Estaba acompañado
por un coro de viejos salterios o libros de horas, Sankey no lo supo con
certeza, planeando como querubines delegados. Inmediatamente detrás se veían
apretadas filas de libros de texto de cubiertas grises, haciendo aletear al
unísono sus hojas incoloras y sin dibujos. Había viejos tomos de medicina de
tapas brillantes, con las hojas mojadas y goteando a causa de alguna reciente
llovizna. Muy cerca volaban volúmenes de poesía encuadernados en piel verde
o azul, de hojas de papel parecido al de embalar. Sankey se sorprendió al
descubrir que los libros de poesía necesitaban esforzarse igual que los demás
para remontarse al cielo. Finalmente, seguían los libros de cocina y las
revistas de alegres colores.
Allí estaba toda la literatura, toda la filosofía,
todas las ciencias antiguas y modernas, el resumen del pensamiento escrito.
Sankey enfocó los prismáticos en los títulos más cercanos: Los Pensamientos, de Pascal, en un pequeño
volumen azul; Las hojas de hierba, de
Whitman, en verde oliva; Rembrandt, en
color ámbar; Adiestrando al perro pastor
alemán, en blanco, y una pequeña Biblia de bolsillo. Eran los últimos
restos vividos del hombre civilizado: almanaques, talonarios, agendas,
dietarios, volúmenes violáceos prestados en las bibliotecas. Aleteaban y
destellaban en mil colores contra la luz del sol, ya en su ocaso o tal vez
disminuida por otros miles de volúmenes; libros de bolsillo policíacos, junto
con el Tractatus logico-philosophicus; Voltaire
junto a Tomás de Aquino; Rabelais al lado de Elizabeth Barrett Browning.
La muchedumbre de la calle empezó a soltar sus
libros al viento. Con un gran aplauso de páginas, aquellos millares de libros
ascendieron para reunirse con la bandada que volaba en lo alto.
–¡Ojalá tuviésemos algo que enviar allá! –gritó
Sankey, por encima del alboroto reinante.
–¡Los talonarios! ¿Qué te parece si soltamos los
talonarios?
Los dos caballeros de sienes plateadas sacaron sus
talonarios bancarios y los soltaron solemnemente a la brisa. Los delgados y
torpes libritos planearon inciertamente unos instantes, y al final empezaron a
volar con sus cubiertas de piel, con súbita energía.
–Tiene que haber algo más –se quejó Preston.
–¿Por qué no el informe?
–¿Por qué no? ¿Quién querrá leer ahora un Informe sobre la emigración del material pedagógico?
Sacaron el informe de la cartera de Preston y lo
balancearon un momento por encima del parapeto del tejado. El clip a un
costado del mazo de hojas las sujetaba fuertemente en forma de libro. Bien,
volaría.
–Hazlo tú –ofreció Sankey, retrocediendo.
Preston abrió el mazo de papeles, lo elevó como una
cometa y lo arrojó fuera del tejado. Se hundió, se cerró y cayó. En el momento
en que Sankey gruñía, el mazo de
papeles abrió las alas una vez más, varios pisos más abajo, y empezó a volar.
Subió y subió, cada vez más alto, como un magnífico
conjunto blanco contra la obscura nube. Sankey, con sus prismáticos, vio cómo
se reunía con sus hermanos, en dirección sur. No tardó en desaparecer a lo
lejos.
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