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Horacio Quiroga - Suicidio de amor



Publicado en Caras y Caretas, Buenos Aires, año XIII, N° 615, julio 18, 1910.

-¿Los hombres de ahora? ¡Bah! ¡Son incapaces del menor amor, del más pequeño amor! ¿Se ríe?... Y no vayamos muy lejos, señor Oyuela... ¿Cuántos meses me ha pretendido usted?
-Pretendido... señorita...
-Pongamos gustado... es lo mismo. Tal vez dos meses... uno por lo menos. ¿Y por qué no me "pretendió" realmente, como usted dice? -Porque usted no tiene fortuna.
-¡Exactamente, señor Oyuela! ¡Y todavía se atreve usted a defender a sus contemporáneos!
-Primero de todo, señorita, yo no he defendido a los hombres de aho­ra, ni a los de nunca. Segundo, yo no la pretendí a usted porque usted no tiene fortuna y porque tampoco la tengo yo. Y siendo, como soy, un ser completamente inútil, de más está probarle la insigne locura que hubiera cometido.
-¡Pero justamente, Oyuela! En esa locura habría consistido su amor... si me lo hubiese tenido. Un amor que no se lanza, que no da la energía suficiente para luchar en todo y contra todo, tornando facilísimo lo que parece insalvable a un hombre no enamorado, no, ¡eso no es amor, ni lo ha sido jamás, señor!
-Acaso, señorita Leonor... Acaso no pueda yo discutir con sus dos años de filosofía y letras... ¿Creo que fueron dos años los que usted cursó?...
-Uno solamente, señor Completamente Inútil... ¿Y no fue esto un poquito motivo para que usted no me...
-No creo. ¡Si usted hubiera tenido fortuna!... Pero, en fin, usted in­siste en que esas locuras de vida prueban amor, ¿no es eso? -¡Inmensamente, sí!
-Pues yo conozco un caso en que no hay nada de eso, y prueba segu­ramente mucho más amor... pero temo contarlo.
-¿Quién? ¿Usted?... ¿Y usted teme contarme algo, después de todas las tonterías que ha dicho cuando... usted creía que yo tenía fortuna?
-No, ésta es zoncera de un orden que usted tal vez no comprendería.
-¡A ver, a ver, señor Oyuela! Ema, acércate más, Oyuela nos va a con­tar una historia de un género de amor que no somos capaces de comprender.
-No he dicho eso, sino que posiblemente usted no apreciaría esa cla­se de tontería. Ahí va la prueba: Supóngase que la historia pasa ahora, o acaso en el siglo XVI, época más adecuada. Supóngase también un hombre joven, feliz y enamorado de una castísima doncella en la que ha puesto to­da su fe, esperanza y caridad. Pues bien, una noche de orgía entre el aman­te en cuestión y tres amigos, el Amor, tal como hace un momento aquí, sa­lió a luz. Como los tres amigos no creían en él, se burlaron grandemente del candor de nuestro conocido, pues creía en la mujer. Este no despegaba los labios; hasta que al fin propuso la apuesta más extraordinaria que se le puede ocurrir a un enamorado.
-¿Qué, qué, Oyuela?
-Esto: someter a su novia, durante cuatro días y cuatro noches con­secutivas, a las demostraciones de amor de cualquiera de sus amigos.
-¡Oyuela!
-No, permítame que concluya. En la pieza, y durante esos cuatro días, habría una mesa con agua y pan. Solamente que el amigo estaría en­tre eso y la novia. Cuatro días muriéndose de sed y hambre, y con las ma­nos puras del más leve beso otorgado; ¿comprenden?
-Sí, sí... ¿Pero el amigo?
-¿El? El tenía libertad completa de besarla y abrazarla. Eso es todo.
-¡Oh! ¿y después?
No hay nada más. El amante ganó la apuesta. Halló a su novia ca­si en agonía, y sin fuerzas para besarlo a "él", esta vez. Supónganse ahora el delirio de felicidad, el orgullo de un hombre amado de ese modo.
-¿Y usted cree que nosotras no somos capaces de apreciar eso, Oyuela?
-Sí. Pero después de ese triunfo de dicha, el amante se pegó un tiro.
-¡Ah!...
-¿Y por qué?
-Porque el amor -honradez, lealtad, fe- crece cien codos; pero no se sobrevive a esas pruebas.
-¿Y qué mayor confianza en su novia podía desear ese hombre? Ella había surgido de ese infierno sin la más leve mancha.
-No; la mancha estaba en el amor mismo, en cuanto tiene de más delicado una adoración. Por eso tuve el honor de decirles que acaso no com­prenderían ciertas tonterías del amor en nosotros, señorita Leonor.

FIN


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