Publicado en Caras y Caretas, Buenos Aires, año
XII, N° 578, octubre 30, 1909.
Cuando Eizaguirre llegó a la chacra que acababa de
comprar allá, hallóse con un campo raso y un rancho en el mayor abandono, sin
otra cosa de estable que prodigiosa cantidad de vinchucas en los palos carcomidos,
y muchos piques en el suelo. Los informes del vendedor habían sido bien
distintos. Eizaguirre, espíritu lleno de calma y paciencia, consideró que todo
el tiempo que perdiera en meditar la injusticia cometida con él, sería al fin y
al cabo en perjuicio suyo y no del vendedor. Por consiguiente, desde el primer
día entregóse a inspeccionar el rancho, a afirmar el pozo y demás.
Como no tenía peón y trabajaba mucho, al llegar la
noche caía rendido en su catre. No obstante esta fatiga y su poco amor a las
frías noches de aquel país, había en el rancho un detalle turbador que lo
arrojó a dormir afuera: las sombrías vinchucas. Eizaguirre tenía mosquitero
pero se ahogaba bajo él como acontece a algunas personas sin suerte. Debió
pues, fabricar con las arpilleras en que llegara envuelto su colchón una
especie de palio sobre cuatro ramas, y bajo el que dormían en compañía la
gallina y sus ocho pollos.
Esta familia habíale sido regalada por un colono
compasivo, a quien él compadecía a su vez, pagándole siempre los dos o tres
choclos que comía diariamente. Eizaguirre cuidaba de sus pollitos con mucho
mayor afecto que el de la propia madre; tan solícito éste, que una tarde,
cuando el tiempo hubo pasado, los pollos emprendieron camino del palio a
dormir bajo el catre. En vano la gallina se obstinó con infinitos glu-glú y
falsos picoteos en llevarlos al dormidero habitual. Tuvo que transar y en pocos
días se acostumbró.
Como los pollos querían dormir uno encima del
otro, provocando esto ruidosas protestas cada vez que se caían, Eizaguirre se
despertó muchas veces con el desorden; pero como comprendía que ello estaba en
el modo de ser de los pollos, esperaba pacientemente que la paz y el silencio volvieran,
para dormir de nuevo. Una noche, sin embargo, fueron las caídas y los píos tan
incesantes, que Eizaguirre perdió la calma.
-Si no están quietos -les dijo- los voy a echar
afuera.
Fue pocos días después de esto cuando una mañana
los pollos, dejando a su madre que picara vanamente la tierra, siguieron tras
de Eizaguirre. Este se detuvo sorprendido y los pollos hicieron también alto.
"Tendrán hambre", pensó y les dio maíz, aunque no lo hacía nunca
hasta las ocho. Los pollos comieron bien, pero cuando Eizaguirre se fue a lavar
la cara, lo siguieron de nuevo. Desde entonces Eizaguirre contó con ocho hijos
chicos. No se apartaban de su lado, y cuando aquél se sentaba a leer, los pollos
se sentaban también a su alrededor.
En este tiempo la familia de Eizaguirre aumentó
con la persona de un bull-terrier que le enviaron de aquí. La perra, novicia,
en vida libre, creyó utilísimo perseguir desesperadamente a los pollos hasta
arrancarles plumas. Eizaguirre la contenía con la voz, y a veces con la vaina
del machete; mas no estando constantemente sobre ello, la perra seguía en su
idea.
Esto duró un mes, resultas de lo cual las
relaciones de Eizaguirre con sus hijos se enfriaron mucho. Era evidente que él
tenía puesta su complacencia en la perra, si muy grande, no excesiva; pero los
pollos creíanse desdeñados del todo, y caminaban tristes en grupo, sin
atreverse a acercarse. Al fin Eizaguirre logró comunicarles la seguridad de que
les quería como antes, con lo cual la familia se reintegró.
Como entre tanto el tiempo había corrido, los
pollos eran ya gallinas, a excepción de uno solo. El reposo de la edad dio un
tono más apacible al cariño que tenían a Eizaguirre, y así la vida prosiguió,
tranquila, sin mal entendidos de ninguna especie, hasta que llegó el conflicto
de los huevos.
Una gallinita ceniza fue la primera en sentir la
maternidad. Ya desde muchos días atrás había dado silenciosos paseos por todos
los rincones del rancho, estirando con sigilo el cuello y mirando con un solo
ojo en procura de un nido feliz para sus futuros pollitos. Halló por fin lo que
deseaba, y cuando Eizaguirre descubrió los cuatro huevos mostróse muy
satisfecho de esa variante a su ralo menú habitual, comiendo tres esa misma
tarde.
Pero la gallinita ceniza lo había visto recoger
sus huevos, aniquilar así a su familia, puesto que los huevos son pollitos, en
suma. Cuando a la mañana siguiente Eizaguirre echóle maíz a las gallinas,
éstas acudieron como de costumbre, pero se alejaron en seguida. En vano aquél,
extrañado, las llamó con el chistido habitual; ni una volvió.
Hubo tal vez tentativa de reconciliación, cuando
una gallina bataraza fue a su vez a preparar sus pollitos en el rancho. El
despojo se repitió.
Eizaguirre que las había querido, ¡de qué modo!
cuando eran chicas, deseaba ahora la muerte de sus gallinas. Éstas cambiaron
también y desde entonces las relaciones se cortaron del todo. Ansiando
constantemente verse rodeadas de pollitos, las gallinas buscaban los lugares
más disimulados del campo para realizar su sueño. Aprendieron a disimular su
alborozo, a caminar agachadas bajo el pasto; pero el otro las descubría
siempre.
En estas circunstancias, habiendo llegado ya la
primavera, y cuando Eizaguirre se disponía a echar entonces sus gallinas, pues
sabido es que el frío perjudica grandemente a los pollos, su atención se vio
solicitada por los tres cachorros que acababa de tener su perra. Eran
admirables de redondez y blancura y su madre lamiéndoles sin cesar; mientras
mamaban, vivía completamente feliz.
Eizaguirre estaba muy contento. Las gallinas -sus
pollitos de antes- lo veían en cuclillas ante el grupo, acariciando a los
cachorros y sacudiendo ligeramente el hocico húmedo de la perra. Ellas habían
también querido ser felices como la bull-terrier; mas Eizaguirre lo había
aniquilado todo. De lejos, quietas, contemplaban el cuadro de felicidad a que
habían aspirado vanamente.
Y así un día cuando los cachorros tuvieron ya tres
semanas, la perra los dejó un momento y disparando de alegría fue con
Eizaguirre al monte, cuya nostalgia la torturaba. Al volver Eizaguirre oyó un
tumultuoso aleteo en el patio, y vio a las gallinas, todas encarnizadas sobre
el cadáver de los tres cachorros, sin ojos ya. La perra, con un aullido
gimiente, cayó sobre ellas y dos minutos después todas estaban deshechas. La
perra quedó toda la tarde trotando por el patio, sacudiéndose aún las plumas
ensangrentadas de la boca.
Eizaguirre, ante sus tres perritos muertos no
había tenido valor para contener a la perra. Lamentó, un poco tarde, haber
olvidado que las gallinas son enemigos natos de todo mamífero en crianza aún.
Los cachorros, extrañados sin duda, de no sentir a su madre, habían salido al
patio, y las gallinas los habían visto.
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