Publicado
en Caras y Caretas, Buenos Aires, año XIV, N° 670, agosto 5, 1911.
El adolescente abrió el sobre
precipitadamente y leyó: "Carlos: todo ha concluido entre nosotros.
Elvira".
Súbitamente quedó helado y estuvo a punto de
caerse, como si toda la vida de su ser, precipitándose de golpe en el corazón,
le hubiera dejado vacío el cuerpo.
¡Concluido, todo! ¡Ya no!... Se levantó con
la vista extraviada, y miró el ropero, el mapamundi, sin saber lo que hacía.
Vio en el espejo su cara lívida y descompuesta, y tornó a sentarse.
Carlos: todo ha concluido entre nosotros.
Elvira. ¡Oh,
qué desesperación! ¡Todo estaba acabado, todo, todo muerto! ¡Muerto! ¡Cómo,
ella, su Elvira, su Elvira suya, ya no era más de él!
Sentía en las sienes el latido cargado que
retornaba por fin del corazón en plenas ondas de angustia, y respiraba con
dificultad. ¡Luego sus ojos, su voz, su amor adorado e idolatrado, nada ya! ¡Su
entusiasmo de triunfar, su propia vida, nada ya! Y en un solo momento... Todo
está concluido entre nosotros... ¡No, no, no!
La respiración le faltaba cada vez más, y
hacíale daño el corazón hinchado en sofocante angustia.
Todo está... ¡es decir que ya nunca más le
hablaría! ¡Es decir que debía olvidarla del todo! ¡Que ya nunca, nunca más
volvería... a... concluido entre nosotros!
De golpe, sus cuatro meses de radiante
felicidad subieron a su memoria, vertiendo en el se acabó final la
desolación de lo que fue inmensa dicha un día. Su dolor fue tan grande que
perdió un instante la conciencia de esa atroz realidad, y suspiró hondamente,
como al final de una pesadilla que nos deja ya en paz.
Todo... ¡Sí, era cierto! ¡Allí estaban
las siete fatales palabras para recordárselo! ¡Todo pasado! Entonces, ese
pasado de muerta gloria ante su lamentable porvenir pudo más que sus nervios
de adolescente, y lo doblegó en convulsivos sollozos sobre el papel que acababa
de tronchar su dicha. Desde ese instante no fue ya más dueño de sus nervios, y
lloró, con los puños estrujados contra las sienes, la ruina total de su vida.
Concluido entre nosotros... Las siete palabras subían
insistentemente a sus ojos, y aun al cerrarlos fugazmente veía nítidos los
rasgos sobre un fondo de tinieblas: Carlos; todo...
Todo el llanto de su irreparable desastre
surgió desde entonces de aquellas siete palabras que no podía apartar más de su
mente. Cuanto es desolación de dicha zozobraba de golpe, y que por ser única
hundió consigo en su naufragio la vida misma que ya para nada ha de servir;
cuanto es amargura de amor devuelto; dolor de felicidad irreconstruible y
desesperanza suprema de alma encerrada viva en la tumba de su muerto amor, lloraba
incesantemente con las siete palabras: Carlos: todo ha concluido entre nosotros.
Elvira.
No le quedaba un solo resto de dominio sobre
sí. Y cuando su cuerpo no fue ya más que un haz sollozante de nervios, comenzó
a escribirle. Nada le pediría, no; pero que estuviera segura de que si ha
habido en el mundo un dolor atroz, él lo sufría en ese instante; y que si a
alguien cupo asimismo un poco de dicha en esta tierra, él también la había
tenido inmensa de ella... (Todo está concluido...)
Las fatales palabras no lo abandonaban más, a
tal punto que debía hacer un profundo esfuerzo para arrancarse a esa idea
fija.
Ese momento decidía de su vida de tal modo,
que si alguna vez le fuera posible contarle cuánto la había adorado... (Está
concluido. Elvira).
Una nueva crisis de sollozos tendióle de nuevo los brazos sobre el papel.
¡No, no! ¡No era posible perder así su dicha! Entonces, recogiendo bruscamente
la pluma, dio cauce a la pasión que deliraba en él. ¡Elvira, alma adorada! ¡No
era posible eso! ¡A todo se hallaba dispuesto, a todo menos a perderla! ¡Una
palabra nada más, que le permitiera irla a ver un solo segundo, y después... (todo
está)... Sí, lloraba, lloraba en ese instante y después, y luego. ¡Pero no
perderla a ella, alma, vida, amor, Elvira mía! (Concluido. Elvira).
Fue la carta a su destino y una hora después
el adolescente recibía la respuesta:
"Carlos: No creía merecer esta grosería
de su parte. Si no se le ocurría otra cosa, en respuesta a mis palabras, que
escribí en el primer impulso de una ofuscación, hubiera sido preferible que no
se burlase del cariño que hasta hace un momento pude haberle tenido. Como
usted comprende, es inútil que de aquí en adelante vuelva a hacerme objeto de
sus burlas. E."
Incluida en la esquela se le devolvía su
carta. No contenía sino siete palabras: Carlos. Todo ha concluido entre
nosotros. Elvira.
El delirio de su inmenso dolor había convertido al
fin aquella sentencia de muerte en idea fija; y en vez de su desesperante
llamado de amor, el desgraciado no había escrito sino eso.
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