Publicado en Caras y Caretas, Buenos Aires, año
XII, N° 574, octubre 2, 1909.
Llamamos en la vida diaria literatura, a una serie de
estados y aspiradones que tienen por base la belleza, y farsa consigo mismo.
Así, el hombre indeciso, irresoluto, que se plantea día a
día acciones enérgicas de las cuales sabe bien no es capaz, aspira en
literatura.
El derrochador impenitente que simula confiar al futuro
matrimonio su apremiante, necesidad de economía, aunque no ignora que
derrochará siempre, piensa en literatura.
El enfermo por la ciudad y su propia alma urbana, que
jura comenzar su régimen de vida cuando vaya al campo, donde se levantará a las
cuatro de la mañana, sabiendo a conciencia que no pasará así, sueña en literatura.
El hombre estrictamente honrado que, no obstante su vital
inutilidad para la compraventa, delira con empresas comerciales acrecentadoras
de su exiguo haber; ese hombre que ignora la diferencia que hay entre treinta y
treinta y cinco centavos, especula en literatura.
El escritor que atribuye a sus personajes, no las
acciones y sentimientos lógicos en éstos, sino los que él cree sería bello
tuvieran, escribe en literatura.
Los histéricos de todo orden, los lectores de novelas
irreales, los que aspiran a otra vida distinta de aquella para la cual han
nacido, y fingen estar seguros de poder afrontarla: los farsantes, todos los
que por falta de sinceridad se engañan a sí mismos en pro de un estado de
mayor belleza, viven en literatura.
Los desencantos suelen ser fuertes, en razón de la propia
ilegitimidad del miraje. Véase si no lo que ocurrió a Tezanos, un amigo mío de
Montevideo, a quien quiero mucho. Las anteriores consideraciones fuéronme enviadas
por él, dos días después de su veraneo en las costas del este, y preciso es
creer que el muchacho ha adquirido dura experiencia.
Ante todo, Tezanos es muy afecto al arte, lo que
explicaría la facilidad con que se miente a sí mismo. Así, llevando en
Montevideo una vida bullente que reparte entre su estudio -apenas-, charlas
literarias y exposiciones, dio de repente en considerar la soledad como un
ideal de vida.
"Voy a veranear en algún punto donde la gente no me
irrite. La soledad, ser dueño de uno mismo, estar solo consigo mismo, solo,
solo!", me escribió.
Le respondí que si él, muchacho nacido como el que más
para el agitado comercio de los hombres, pensaba seriamente eso, estaba loco.
Dos meses después me comunicaba que se iba a las playas del este.
Creo ahora que en los últimos tiempos había leído mucho
sobre la regeneración del alma por el campo. Por lo demás, no hay casi sujeto
afecto a literatura que no arribe un día a descubrir la necesidad de vivir la
vida. Tezanos había llegado ya, antes de su decisión final, a soñar con la
granja -la ferme, como él decía- las vacas, los pollos, los gansos, los
atardeceres dichosos... De la chacra al aislamiento absoluto no hay más que un
paso, cuando el sujeto confunde sus facultades con sus deseos aprendidos.
Eso le pasó a Tezanos. A su última carta respondí largamente,
mostrándole bien claro lo que él quería a toda fuerza ocultarse: que no era
hombre para la soledad, ni por tres horas siquiera. No me oyó, por cierto, y
he aquí lo que le pasó:
Primeramente pensó en las sierras de Minas. Hay allí
soledad árida, vastos silencios de siesta y acaso víboras de cascabel. Pero
había también en todas partes vendedores de las casas de Montevideo, cosa cargante.
Fijóse al fin en las playas del este, país desierto que nadie frecuenta.
Alquiló un chalecito de los cuatro o cinco que han sido construidos en plena
arena, y que hasta ahora nadie ocupó. Allí pasaría sus dos meses de vacaciones,
absolutamente solo. En cuanto a comida, había ya convenido en ello por carta
con el matrimonio que cuidaba del hotel, aún inconcluso.
Tezanos, muchacho civilizado, llevó un cómodo sillón, un
primus, variada colección de galletitas, un juego de té y revólver. Como
libros, pocos; pero en cambio de un corte completamente especial: "La
negación suprema", "Las almas solitarias", "¿Qué somos?",
"El mar muerto".
Levantarse al salir el sol; hacerse el té con dichosa
lentitud de alma fresca y completa en sí misma; caminar una hora por la playa
ventosa; sentarse en el corredor con un libro, frente al mar tónico, solo,
solo. Este era su sueño. Y lo cumplió del siguiente modo:
Llegó de tarde, molido por el tren y siete horas de
galera a través de la sierra. Instalóse en su chalet, y aprovechando la última
luz, recorrió la playa. La costa forma allí un extenso hemiciclo que cierran
dos altos cantiles. Tezanos abarcó con la vista toda la playa, de uno a otro
confín: la arena estaba completamente blanca y libre de hombres. Observó el
mar, desierto también, sin un vapor, una vela, la más ligera mancha de humo;
nada rompía su soledad.
Tezanos volvió lentamente al chalet. "Soy
completamente feliz -se decía-. Esta es la vida." Ya de noche fue a cenar,
informándose entonces de que en esos momentos comían allí varios peones, motivo
de un viñedo próximo. Vio dos o tres que se cruzaron con él, mirándolo de
reojo. "No tienen muy buena cara", pensó Tenzanos mientras se
acostaba.
Hacía mucho calor, y el tiempo se había nublado. Acaso
lloviera luego, pero entre tanto el aire pesaba inmóvil; la arena ardía bajo el
cielo caldeado. Tezanos no pudo dormir en toda la noche, angustiado por la
pesadez de la atmósfera. Y cuando a la madrugada una ligera sensación de
frescura le permitió conciliar el sueño, llegaron las moscas, acosándolo.
Llenaron literalmente el chalet, y fue en vano que pretendiera taparse la cabeza;
entraban por todos lados, y además se asfixiaba bajo la sábana.
Tuvo que levantarse al salir el sol, tomó su té y bajó a
la playa. Caminó por ella dos kilómetros sin encontrar el menor rastro de
huella humana, ni siquiera un papel a medio hundir en la arena. Volvió,
sentándose a leer frente al mar raso hasta el horizonte. Sin quererlo,
levantaba a cada rato la vista: una vela, cualquier cosa que rompiera su
inmensa vaciedad; nada.
A las diez comenzó la arena a reverberar, irritándole los
ojos. Fue a almorzar, quiso dormir la siesta, pero las moscas lo atormentaron
de nuevo; no se oía sino su zumbido. Tornó a sentarse con un libro en el
corredor, mas sin poder leer por el calor, las moscas y el profundo abandono
que empezaba a hallar dentro de sí. El mar continuaba desierto hasta el remoto
horizonte; la playa abrasada temblaba siempre en su extensa curva.
Así llegó la noche, igual a la anterior, de una pesadez
sofocante. Se despertaba a cada momento, empapado en sudor. El cielo se había
cubierto otra vez, y no soplaba la menor brisa. Tan fuerte tornóse al fin el
vaho asfixiante de horno, que Tezanos se levantó, asomándose al corredor en
busca de aire.
Allá en el confín, la luna, de ocre amarillo, caía en el
mar. La mitad del disco se había hundido ya. A su luz cadavérica, el hemiciclo
de arena se extendía desolado entre los negros promontorios. Aquella luna
angustiosa, el mar lívido, la playa abandonada, diéronle la sensación de un
litoral remoto, inexplorado, y a un año de viaje de toda región civilizada.
Pretendió dormir a pesar de todo, pero llegaban ya la
madrugada y los enjambres de moscas enloqueciéndolo con sus carreritas
entrecortadas.
Pasó así otro día, sintiendo cada vez mayor el abandono
en que se hallaba. Y el mar continuaba salvaje, desierto, como seguramente lo
había estado desde el período terciario; y la playa, calcinada y sola,
reverberaba sin cesar.
Al llegar la noche, su sensación de desamparo se
acrecentó hasta el terror a pasar una noche más allí. Tuvo miedo, no obstante
sus razonamientos y su revólver. ¿De qué? Posiblemente de su alma vacía, de su
cuarto en que nadie antes que él había dormido, de las otras piezas oscuras
del chalet. La presencia inmediata de los perros, sin embargo, lo tranquilizó
algo.
-Aquí no hay peligro ninguno, ¿verdad? -dijo a su huésped
mientras comía-. Todos los peones deben de ser de confianza.
-No, señor; el más antiguo hace quince días que está.
Comía en el salón del hotel -paredes y techo únicamente-
y todo él en la oscuridad, fuera de la mísera vela que alumbraba su mesa. Oyó
de pronto un prolongado silbido, y su rostro irradió:
- ¡Por fin! ¡Un
vapor!
- No, señor; es el
viento en las rendijas.
Tezanos hundió la mirada en el fondo sombrío del salón, y
tuvo frío casi.
Todo aquello era sin duda el fin del mundo. Y la angustia
de dormir otra noche allí crecía sin cesar.
-Pero si algo pasara por casualidad -se sonrió- se podría
dar alarma con un tiro.
-¡Oh, no! Nadie hace caso. Los peones tiran casi todas
las noches a los zorros que vienen a comer las uvas.
La impresión de que nunca más volvería al mundo
civilizado llenóle de nueva angustia. ¡Y aún otra noche allí! ¡En aquella
desolación!
Durmió mal, agitado por pesadillas de destierro a
perpetuidad en litorales remotos. El viento silbaba ahora, pero el calor
persistía asfixiante. ¡Y allá afuera, la playa lívida y desolada! ¡Y la luna de
ocre, hundiéndose en el mar!
A la tarde siguiente debía llegar la galera, pero no
quiso permanecer una hora más. Apenas amaneció alquiló por lo que le pidieron
un caballo, y huyó de aquella playa infernal, dejando todo su equipaje. Tuvo
que hacer catorce leguas, bajo lluvia la mitad de ellas.
Y cuando subió al tren, llagado, achuchado, hambriento,
lanzó un hondo suspiro desde el fondo de sus tres días de soledad regeneradora:
¡Por fin! ¡Hombres! ¡Hombres! ¡Civilización!
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