Publicado en El Diario, Buenos Aires, diciembre
26, 1909.
Cuando el año pasado debí ir a Córdoba, Alberto
Patronímico, muchacho médico, me dijo:
-Anda a ver a Funes, Novillo y Rodríguez del
Busto. Se les ha ocurrido instalar un sanatorio; debe de ser maravilloso eso.
Entre todos juntos no reunieron, cuando los dejé el año pasado, mucho más de 15
o 20 pesos. No me explico cómo han hecho.
-Pero siendo médicos... -argüí.
-Es que no son médicos -me respondió-, apenas estudiantes
de quinto o sexto año. Se hicieron, sí, de cierta reputación como enfermeros.
Habían fundado una como especie de sociedad, que ponían a disposición de la
gente de fortuna. Claro es que entre pagar diez pesos por noche a un gallego de
hospital que recorre el termómetro tres veces de abajo a arriba para leer la
temperatura, y pagar cincuenta a un estudiante de medicina, no es difícil la
adopción. Cobraban cincuenta pesos por noche. Además, su apellido, de linaje
allá en Córdoba, daba cierto matiz de aristocrático sacrificio a esta
jugarreta de la enfermería. Lo que no me hubiera pasado a mí.
En efecto, llamarse Patronímico y tener el valor
de dar el nombre en voz alta, son cosas que comprometen bastante una vida
tranquila. Cuantos tienen un apellido perturbador del reposo psíquico, conocen
esto. Patronímico, siendo ya hombre, perdió muchas ocasiones de adquirir
buenas cosas en remate, por no dar el nombre. Sus vecinos de los costados, de
delante, se volvían en seguida y lo miraban. Y ser mirado así, sin tener
derecho de considerarse insultado, fatiga mucho.
Mas los muchachos de Córdoba no tenían por cierto
impertinencia semejante, y mucho menos en el país de los Funes, Bustos y
Novillos. Fui pues allí, y al segundo día me encaminé al Sanatorio Normal,
nombre serio y cargado de promesas. Ocupaba un perfecto edificio para el caso,
claro, abierto y sobre una alta colina que dominaba la ciudad. Quedaba en
Nueva Córdoba, lindante con la Escuela de Agricultura, y, como ésta, tenía
hacia el oeste el mejor panorama que existe en los contornos. Nada debía de ser
más agradable que convalecer allí, sentado a la caída de una tarde dorada,
teniendo a los pies, allá abajo, el valle oscuro y húmedo por la hora, y en el
horizonte, la sierra maciza y azul que el sol acababa de trasponer.
Llegué a esa hora. Subía del valle sombrío, de las
huertas y canales de riego, una vivificante frescura de tierra húmeda y brotes
de álamo. Estaba seguro de encontrar a mis tres hombres sentados por allí, en
mudo arrobo de calma crepuscular.
Pero no fue así. La meseta y el jardín estaban
desiertos. Di a un enfermero la tarjeta de Patronímico en que éste me
recomendaba a los muchachos, y al rato salió, haciéndome pasar. Atravesamos no
pocos corredores, descendiendo al fin por una muy oscura, angosta y retorcida
escalera.
"¿Qué demonios harán estos jóvenes sabios en
un sótano?", pensaba. "¿Tendrán allí un laboratorio?"
Pero no se trataba de laboratorio sino de su
morada particular. Era un sótano pequeño, muy bajo, todo blanqueado, que
trascendía fuertemente a humedad. Había allí tres catres de hierro en el más
espantoso desorden de ropa. Por lo pronto, en cada cama, un ovillo de sábanas,
corbatas, cobijas, cuellos, almohadas, sacos y zapatos sin cinta. Un catre
estaba ocupado por una guitarra en equilibrio sobre el ovillo. Otro servía de
silla a un muchacho rubio, de larga barba, y sobre el tercero estaban echados
sus dos compañeros. No había en todo el sótano otro mueble que una cómoda de
caoba: ni una sola percha, ni una sola silla. A guisa de velador usaban los jóvenes
sabios, al lado de cada catre, una valija de pie, con el cuero fuertemente
accidentado de esterina. Los tres directores del Sanatorio Normal jugaban al
siete y medio.
- ¡Hola,
adelante! -me gritaron alegremente sin dejar las barajas-. Disculpará que lo
recibamos así; pero Patronímico nos dice que con usted...
- Sí; yo
entiendo un poco de estas cosas -respondí, sentándome en todo lo que me
permitían del catre las piernas de uno de ellos-. Pero les ruego que no suspendan
por mí.
-¡No, no! -contestaron decidiéndose a dejar las
cartas-. Como no teníamos nada que hacer.
- Sobre todo
-agregó Funes-, porque no hacemos otra cosa; de mañana, al siete y medio; de
tarde al siete y medio. Ya ve.
- ¿Y los
enfermos? -me atreví.
-¡Oh! Esos en un momento están prontos. Tenemos
excelentes enfermeros.
-¿Muchos clientes?
- No,
desgraciadamente; por ahora no. Casi todos del campo. Y como no es sino
sanatorio quirúrgico... A veces tenemos operaciones buenas.
Con todo no podía menos de ojear aquel sótano
húmedo, con su extravagante mobiliario.
- ¿Cómo
diablos viven aquí? -les dije-. ¡Deben de tener arriba otras piezas!
- Sí, pero no
podríamos estar así -respondieron, señalando sus fachas. El mejor vestido de
ellos tenía una blusa de operaciones sobre camiseta y calzoncillos, y chinelas
sin medias.
- ¡Y sus
clientes los ven así!
- A veces;
pero casi siempre subimos vestidos. A algunos les gusta, sin embargo. Tenemos
un paisano viejo, por ejemplo, al que le operamos un quiste. Es gran amigo de
las barajas, aunque no logra entender el siete y medio, y baja a veces a vernos
jugar.
- ¡Y no se
asusta de esto! -y señalé el desorden.
-No; ha llegado a persuadirse, no sé cómo, de
nuestra capacidad científica, y le encanta ver jugar a los niños que le sacaron
el quiste. Si viene mañana tal vez lo vea. Usted se queda por varios días en
Córdoba, ¿no?
-Dos o tres, nada más.
-Venga mañana; le enseñaremos el sanatorio. Ahora
vamos con usted a la ciudad.
Los muchachos comenzaron a vestirse, sin que hasta
este momento sepa yo cómo hicieron para desenredar aquellos ovillos. Lo cierto
es que media hora después marchábamos a la ciudad donde no pasamos mala noche,
según es lícito.
A la mañana siguiente, aunque con un atroz dolor
de cabeza, fui al sanatorio a despedirme, pues había apresurado mi regreso que
efectuaría ese mismo día. Eran ya las once, pero Novillo y Rodríguez estaban
acostados aún, si bien con el busto hacia afuera e inclinados sobre la valija
que cabalgaba Funes. Jugaban al siete y medio.
Alguno de ellos debía de perder mucho, dando así
al partido fuerte interés, porque les pareció maravillosa mi proposición de
visitar el sanatorio acompañado por una enfermera; ellos continuarían doblando
las puestas.
Cuando volví, mis hombres proseguían jugando, mas
ahora en público. El viejo aficionado de que me hablaran estaba sentado en la
cama, siguiendo las cartas con arrobada expresión.
Me miró un poco desconcertado, pero los muchachos
lo tranquilizaron: -Es un compañero nuestro de Buenos Aires... Gran jugador de
siete y medio, también.
El viejo se sonrió, tímido y entusiasmado:
-¡Que ha de ser lindo este juego! -exclamó-. ¡Y me
gustaría saber!
Los muchachos se rieron. Era evidente que tal
estado de ansioso entusiasmo no era llamado a la curación definitiva de un
enfermo. En el fondo, acaso no les desagradaba a los muchachos esta
circunstancia, pues el viejo cliente tenía sólida fortuna.
Llevaba ya veinte días de sanatorio, que podrían
muy bien extenderse a cuarenta. Y esto, agregado a la suma ya redonda de la
operación, importaría buen haber a los jugadores de siete y medio.
Mas entre tanto el juego corría desastrosamente
mal para Novillo, y el viejo, con los codos sobre las rodillas, persistía en su
encantada atención a aquel juego, que no entendía ni entraría ya más en su
vieja cabeza. Después de observar por mi parte aquel insustancial siete y
medio de tres personas, me despedí.
Los muchachos interrumpieron por fin el juego.
-Esta vez no lo acompañamos -me dijeron-. Tenemos
que hacer hoy y almorzaremos aquí. ¿Por qué no se queda a comer con nosotros?
Tiene tiempo de sobra hasta la noche.
- Sí, pero
tengo que ir hasta La Calera, aún. Volveré apenas a tiempo. Por otro lado
-agregué- acaso el año que viene nos veamos.
- ¡Muy bien!
Avísenos con tiempo. Lo acompañaremos más que ahora.
- ¡Diablos!
Si juegan siempre al siete y medio.
-Asimismo. Antes jugábamos al póker; pero entre
tres no va.
- ¡No mucho
más esto, sin embargo!
- Sí, pero...
Espérese un momento -concluyó Rodríguez, echando la sábana a los pies-. Vamos,
arriba. Estas malditas medias... Funes, ¿dónde están mis medias?
-¡Qué sé yo de tus medias! Lo que quisiera saberes
qué se ha hecho mi cuello.
El cuello apareció por fin, e igualmente una
media, hallada dentro de la guitarra. De la otra media, jamás se volvió a
saber.
Subí por fin, y sólo Novillo llegó conmigo hasta
la reja a despedirme.
Seis meses después, aquí en Buenos Aires, esperaba
una tarde el tranvía en Maipú y Cangallo, cuando un sujeto detenido a mi lado
por el tráfico, me saludó con cierta timidez. El hombre seguramente hacía rato
que me miraba, pues su saludo partió como una flecha, apenas fijé mis ojos en
él. Ante mi agradecida sonrisa, bien idiota por cierto, ya que no sabía poco
ni mucho quién era el hombre amable, éste se acercó.
-¿No se acuerda de mí, don? -me dijo extendiéndome
una mano torpe y dura.
-Sí, pero no puedo precisar... -me atreví a
responder. Y de pronto recordé: era el enfermo de mis muchachos de Córdoba,
aquel hepático que deliraba por aprender el siete y medio.
-¡Sí, ahora sí! En el Sanatorio Normal, ¿no? ¿Hace
mucho que salió de allí?
- Bastante
tiempo... Poco después... Estoy sano ahora, me curaron del todo.
-¿Y no aprendió a jugar al siete y medio?
El hombre se rió.
-Aprendí.
- ¿Y jugó con
ellos?
- Sí: jugué un
poco -me miró sonriendo con mal disimulada malicia-. Jugué un poco.
Hubiera querido saber algo más de aquello pero el
tranvía llegó, arrancándome a la compañía de mi viejo conocido.
Pasó un año aún y volví un año a Córdoba. No quise
comunicar el viaje a los muchachos, e hice mal, porque ya allí, cuando
pretendí hacerme conducir al sanatorio, el cochero me dijo que no había más
Sanatorio Normal, ni al lado de la Escuela de Agricultura, ni en ninguna
parte. Las contadas veces que me había visto con Patronímico, habíamos hablado
de todo, menos de Córdoba, y de aquí mi ignorancia al respecto.
Di al fin con Rodríguez del Busto. Todos ellos
habíanse recibido en los meses anteriores, y ejercían honorable y sensatamente
la medicina en sendos consultorios. Hacía ya un año que el Sanatorio Normal
había muerto.
-¡Hola! ¡Vino por fin! -me gritó alegremente
Rodríguez-. Lo esperamos en diciembre. ¿Por muchos días? Un segundo: vamos a
buscar a Novillo y Funes.
Media hora después recogíamos a éstos, y mientras
andábamos hacia el Parque Las Heras, los muchachos me contaron cómo y por qué
habían abandonado el sanatorio.
-En el fondo -concluyó Funes- lo que hubo es que
no teníamos clientela suficiente. Los médicos amigos nos enviaban buenos
sujetos, pero asimismo las operaciones de valor escaseaban.
Entonces me acordé del viejo hepático que había
encontrado en Buenos Aires, y de las esperanzas cifradas en su fortuna.
- A propósito
-les dije-. ¿Saben a quién vi una vez en Buenos Aires?
- Sí -me
respondieron los tres de golpe, riéndose-. Al viejo que usted conoció en el
sótano.
Me quedé un poco sorprendido.
-No lo sabíamos -me explicó Rodríguez-. Pero
cuando Funes habló hace un momento de las operaciones de valor, nos acordamos
nosotros y usted de aquel sujeto, paz y esperanza nuestra.
-¿Y aprendió a jugar al siete y medio?
- Un poco...
¿Habló con él?
- Apenas...
Me dijo que efectivamente había aprendido a jugar.
-¡Ah! ¿No sabe lo que pasó? Es muy curioso. Todos
nosotros tenemos una gran veneración por aquel hombre. Usted recuerda que el
viejo bajaba a vernos jugar, ¿no? Pues bien: pocos días después de haberse ido
usted, la fístula empeoró bastante, y lo acostamos otra vez. La perspectiva
para él no era mayormente dolorosa, y excelente en cambio para nosotros.
Fíjese: veinte pesos diarios. Pero el viejo se aburría mucho, y nos rogó que
fuéramos a hacerle compañía: a nosotros nos era indiferente jugar en nuestra
pieza o allí y él se entretenía mucho viéndonos.
"Así lo hicimos. No dejaba un momento de
observar las cartas, verdaderamente entusiasmado con el siete y medio. Tanto,
que al fin le dijimos un día si quería acompañarnos. El hombre se echó a reír,
contento y miedoso a la vez: no se atrevía... quería jugar, sí, pero no conocía
todavía juego tan lindo...
"Por fin se decidió. Como usted recordará,
jugábamos a cinco centavos la ficha. El viejo entró con una caja, y a las tres
horas, cuando dejamos, había perdido cinco cajas: dos pesos y medio. No por
esto estaba menos contento.
"-¡Y de ahí! -se reía-. Mañana me va a tocar
a mí. ¡Pero es juego difícil!... -nos miraba con veneración y envidia.
"Al día siguiente perdió cinco pesos, y
veinte en el posterior. Fue ya eso para nosotros casi un cargo de conciencia.
"El viejo iba a perder todo, día por día.
Pero si usted ha jugado alguna vez, conocerá el inmenso placer de ganar, tan
fuerte para nosotros en aquella época, que no nos permitió la menor
consideración de changüí con el pobre diablo.
"Este estado de cosas duró una semana más,
hasta que una tarde nos dijo muy alegre, al comprar su caja:
"-¡El último dinero! Mañana voy a mandar
pedir a la ciudad... si pierdo. Pero hoy voy a ganar -concluyó frotándose las
manos.
"Ya estábamos acostumbrados a sus certezas de
ganar. Pero esta vez ganó, y como natural reacción después de tanta mala
suerte, nos ganó a todos. Al día siguiente, volvió a ganarnos, y nos ganó
todavía al posterior. Tan bien lo hizo que en una semana más nos dejó sin un
mísero centavo. Y con unas terribles ansias de desquite, en cambio.
"El buen viejo no dejaba un segundo de
compadecernos.
"-¡Es una desgracia! ¡No tienen suerte! ¡Y
tan bien que juegan...! Otro partidito, ¿quieren?
"-¡Si no tenemos un solo centavo! -le
respondimos casi con rabia, levantándonos.
"Estábamos absolutamente pobres. Antes por lo
menos, cuando jugábamos entre nosotros, era de todos modos una satisfacción,
para el que perdía, saber que el capital quedaba en casa. Ahora el viejo se lo
había llevado todo, él solo, absolutamente todo. Y el deseo de revancha nos
hostigaba a tal punto, que hallamos un recurso.
"Así al día siguiente, cuando fuimos a
examinarlo, el viejo nos animó de nuevo.
"-¿Y de ahí? ¿No hacemos un partidito?
"-No tenemos plata.
"-¡Ah, ah!...
"-Pero si usted tiene muchos deseos de jugar,
podríamos arreglarnos. Le jugamos la operación, a cinco cajas.
"El viejo hizo infinitos aspavientos, pero
aceptó. El partido duró cinco horas y excuso probarle que el viejo pillastre
jugador de siete y medio desde que había nacido, nos ganó la operación y la
asistencia completa. Desde un principio había soñado con eso y nos había
llevado con toda alevosía a ese final.
"Por eso, cuando usted le preguntó en Buenos
Aires si había aprendido a jugar, se rió acordándose de nuestra infeliz
inocencia, y por igual motivo nos reímos nosotros, al hacernos acordar usted
de las operaciones que había hecho él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.