Sole solution, ©
1956 (Fantastic Universe, Abril de 1956). Traducción de F. Sesen en Cae
la noche, Galaxia Ciencia Ficción 50, Ediciones Vértice, 1966.
Meditaba en la obscuridad y allí no había
nada más. Ni una voz, ni un susurro. Ni el contacto de una mano. Ni el calor de
otro corazón.
Obscuridad.
Soledad.
Confinamiento eterno donde todo era negro y
silente y nada se agitaba. Prisión sin condena previa. Castigo sin pecado. Lo
insoportable, que tenía de soportarse, a menos que pudiera idear algún modo de
escapar.
Ni la menor esperanza de rescate de parte
alguna. Ni pena, ni simpatía o compasión en otra alma, otra mente. Sin puertas
para abrir, ni llaves que girar en las cerraduras, ni barrotes que le separaran
del exterior y que pudieran ser cerrados. Sólo la espesa y profundamente negra
noche en la que andar a tientas sin encontrar nada.
Buscas con la mano hacia la derecha y no hay
nada. Giras un brazo hacia la izquierda y descubres el vacío mas absoluto y
profundo. Avanzas caminando por la obscuridad como un ciego perdido en un vasto
y olvidado vestíbulo y allí no hallas suelo, ni eco de pisadas, ni nada que te
obstruya el camino.
Podía tocar y sentir una cosa tan sólo. Y
esa cosa era él mismo.
Por tanto, los únicos recursos disponibles
con los que superar su difícil situación eran aquellos que se guardaban en
secreto dentro de sí mismo. Él debía ser el instrumento de su propia salvación.
¿Cómo?
No hay problema insoluble. Gracias a esa
tesis vive la ciencia. Sin ella, la ciencia muere. Él era el científico más
remoto y último. Como tal, no podía rehusar este desafío a sus capacidades.
Sus tormentos eran los propios del
aburrimiento, de la soledad, de la esterilidad física y mental. No eran para
ser soportados y sufridos. El escape más fácil es a través de la imaginación.
Uno se aferra a la camisa de fuerza y huye de la trampa corporal para
aventurarse por un país de ensueño propio.
Pero los sueños no bastan. Son irreales y en
exceso breves. La libertad a ser ganada debe ser auténtica y de larga duración.
Eso significaba que tenía que hacer una rígida realidad de los sueños, una
realidad tan bien fraguada que persistiese todo el tiempo. Tenía que ser
auto-perpetuante. Nada menos, le permitiría escapar completamente.
Así que se sentó en la gran obscuridad y
luchó con el problema. Allí no había reloj, ni calendario, para señalar la
extensión del pensamiento. Allí no habían datos externos sobre los cuales hacer
cálculos, computar. Allí no había nada, nada excepto los trabajos dentro de su
mente.
Y una tesis: no hay problema insoluble.
La encontró finalmente. Significaba escapar
de la noche eterna. Proporcionaría experiencia, compañerismo, aventura,
ejercicio mental, distracción, calor, amor, el sonido de voces, el contacto de
manos.
El plan podría ser cualquier cosa menos
rudimentario. Al contrario, era lo bastante complicado como para desafiar su
desenredo durante infinitos eones. Tenía que ser así para poseer permanencia,
La alternativa indeseada constituía el retorno rápido al silencio y a la amarga
obscuridad.
Costó mucho trabajo. Un millón y un aspecto
tenían que ser considerados junto con todos sus diversos efectos actuando uno
sobre el otro. Y cuando eso estuviese realizado, él tendría que apechugar con
el siguiente millón. Y etcétera... etcétera... etcétera...
Creó un potente sueño propio, un lugar de
infinita complejidad pergeñado en cada detalle hasta el último punto y coma.
Dentro de esto volvería a vivir de nuevo. Pero no como él mismo. Iba a disipar
su persona en innumerables partes, una gran multitud de formas variadas y
contornos, y cada cual tendría que batallar en su propio medio ambiente
peculiar.
Y él, endurecería el forcejeo hasta el
límite de lo soportable gracias al no pensar en sí mismo, poniendo en
desventaja a sus partes con abrumadora ignorancia y forzándolas a aprender de
nuevo. Sembraría entre ellas la enemistad dictando las reglas básicas del
juego. Aquellas que observaran las reglas serían llamadas buenas. Aquellas que
no lo hiciesen serían llamadas malas. Así habrían infinitos conflictos
dilatorios dentro de un gran conflicto.
Cuando todo estuviera listo y preparado
intentaría la disrupción y el convertirse no ya en uno, sino en un enorme
concurso de entidades. Luego sus partes deberían luchar por conseguir la unidad
y recomponerle a él mismo.
Pero primero debía hacer realidad el sueño.
¡Y ésa era la prueba!
Había llegado el momento. El experimento
debía comenzar.
Inclinándose hacia adelante, “él” miró a la
obscuridad y dijo:
–Hágase la luz.
Y la luz se hizo.
Edición digital de José M. Cárdenas
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