Su linaje venía de Bethábara, en el país de los
Gadarenos. Tenía las barbas negras y pobladas como una lluvia, bajo unos ojos
ingenuos de animal, y entre los nombres innumerables el suyo era Barrabás.
Conocía los libros sagrados, era caritativo y respetuoso, guardaba el sábado y
sabía que Jehová era terrible y poseía una muchedumbre de manos y en la punta
de cada dedo un castigo.
* * *
Era el mediodía. Un viento perezoso se derramaba sobre
el patio y desbordaba entre las rejas del calabozo. El aire estaba aplastado de
un olor indefinible y molesto. Había allí gran cantidad de gentes hacinadas,
ladrones, prostitutas, vagos, uno que otro perro de lanas lagañoso, y un
soldado con armas que hacía la guardia caminando de un extremo a otro con
rapidez, tal como si se propusiese dejar plegada una distancia muy larga. En
una vuelta lo enfocó con los ojos; entre las barbas le resaltaba la piel pálida
como el agua sobre las piedras. A la mirada siguió la interrogación.
-¿Yo? Barrabás...
-¿Barrabás? ...iAh! Sí. El asesino. ¿Sabes? Te van a
matar.
-Sí. Ya lo sé -respondió con indiferencia por decir
algo, callando para contemplarse con abstraimiento las uñas largas y sucias. El
guardia continuó su paseo.
Al volver a pasar junto a él, continuando en su
posición, le preguntó:
-Oye. ¿Cómo que dijiste algo de matarme? ¿Ah?
-Sí. Te crucificarán. Ya está dicho.
El otro siguió en su vuelta monótona y Barrabás tomó a
meterse aquella mirada torpe en el hueco de las manos.
Pasado un rato volvió a llamar al guardia.
-Mira. ¿Sabes acaso a quién he matado?
-Sí. Al hijo de Jahel. Le diste de puñaladas.
-El hijo de Jahel... ¿Es todo?
-No. También apareces complicado en el motín.
-En el motín. ..!Ah! Bueno. ..Espera. Mira. No te
vayas. ¿Sabes? Todo eso que has dicho es mentira, todo, todo. Pero ¿me matarán
de todos modos? Claro. Me matarán. Pst... ¡Entonces!
-Entonces ¿qué? Piensas acaso hacerte el inocente. Es
inútil. Jahel lo ha dicho todo. Venías en la gran nube de gritos de los del
motín y cuando los soldados los sorprendieron en la calle, tú, para salvarte,
te entraste en la casa de ella por la ventana. Lo demás lo sabes mejor que yo.
Barrabás permaneció callado. Al cabo de un instante,
como bajo el imperio de una idea súbita, dijo:
-Oye... Todo eso es mentira ¿sabes? No es necesario.
Ya sucedió. Bueno. Pero te lo voy a contar para... ¿Tienes hijos? Bueno. Pues
para eso. Para que un día se lo cuentes a ellos cuando no recuerdes nada mejor.
No conozco a Jahel, ni conocí a su hijo, ni sé la cara que les modeló Jehová y
esto es cierto como una vida.
Una noche, había tanta luna que parecía un día
convaleciente, venía yo por las calles, caminando, como hacen los hombres
cuando no tienen que hacer. ¡También los comerciantes! Cuando de pronto, siento
desembocar en una esquina una turba de hombres con armas y gritos corriendo a
todo correr. Venían sobre mí como un manicomio suelto. ¿Nunca te ha pasado eso,
guardia?
-No mientas, era el motín y tu venías con él.
-No miento. Venían sobre mí. Además lo que uno cree,
es como si efectivamente fuese, o quizá más. Te digo, pues, que venían sobre mí
y yo me eché a huir. Corrían como cosas, no como hombres ¿sabes? No se fijaban
en mí, ni gritaban mi nombre; entonces comprendí que si me alcanzaban habría de
perecer bajo la lluvia de sus pies. Había una ventana abierta y me tiré por
ella como una piedra.
Di vuelta sobre un lecho y caí en un rincón. El que
dormía se despertó dando voces de alarma.
Tú sabes, el que viene hace rato en la oscuridad ve;
el que despierta no ve. Yo veía cómo desde otra cama se alzaba también una
sombra y cómo las dos se enlazaron y lucharon furiosamente. Desde mi rincón yo
comprendía que me buscaban a mí. Cayeron al suelo: una arriba, una debajo. Y la
de abajo dio un solo grito se quedó callada. Desde mi rincón yo comprendía que
la de abajo había ocupado mi lugar. Al grito vinieron las gentes y las luces y
me encontraron a mí delante de una mujer desgreñada y temblorosa y en medio de
los dos un hombre con un cuchillo de través en el pecho.
Y la mujer comenzó a dar alaridos y a decir: «!Mi
hijo. Mi hijo mío! ¡Me lo mataron!»; mientras se restregaba sobre él besándole
y manchándose de sangre.
Entre sus voces me veía con odio y exclamaba:
"!El asesino. Ahí está. Llévenselo. Me lo ha matado! ¡¡El asesino!!», y
todos me veían con los ojos vidriados de odio, pero, yo no comprendía.
Aquello era demasiado extraordinario y violento;
empecé a sentir lástima por aquella mujer que había matado "su
carne", y pensaba en la inutilidad de aquellos gritos, porque la muerte es
un viaje y al que se va no hay modo de detenerlo porque "se va
quedándose".
Cuando vine a saber de mí ya regresar de aquella gran
sorpresa, me llevaban por la calle atado entre el odio de las gentes. Desde
entonces estoy en la cárcel.
Barrabás calló, viéndose las uñas con su gesto
habitual. El carcelero cortó el silencio.
-¿Por qué no dijiste eso a los jueces?.
-No me lo preguntaron.
El murmullo de las conversaciones de todas las gentes
amontonadas en el calabozo se hacía denso como un coro. El viento sacaba un
ruido de agua de los árboles del patio. El carcelero había quedado en cuclillas
delante del preso.
De pronto Barrabás tomándolo por un brazo le preguntó
con ansiedad, casi con angustia:
-iOye! ¿A quiénes se crucifica?
-A los que han cometido un delito.
-¿Únicamente?
-Únicamente.
-A mí ¿me van a crucificar?
-Sí.
-¡No puede ser! ¿Qué delito he cometido?
El guardia quedó confuso no hallando respuesta. En lo
áspero de su inteligencia comprendía que aquella pregunta encerraba algo
trascendental. Con movimientos mecánicos comenzó a acariciarse la barba como un
autómata.
Repentinamente se le iluminó el rostro como si hubiese
hecho un hallazgo.
-Barrabás. Has cometido un delito. Tu muerte está
justificada. Es un delito grave.
-¿Estás loco? Cuál...
-Uno que hay que castigar muy duramente.
-¿Cuál?
-El delito de callar.
-¿Callar?
-Sí. Sabías la verdad y la enterraste dentro de tu
boca.
El carcelero se levantó con aire satisfecho, era el
hombre justificado, y continuó su paseo tedioso y lento, lento y abrumador, sin
fijarse en la expresión abstraída del rostro del prisionero que declamaba como
una letanía a media voz:
-¡El delito de callar...!
* * *
-¿No estabas muerto? Parecía que de la voz de la mujer
salía aquel tono violeta del cielo. ¿No te habían matado?
y le corría las manos, como modelándolo, por todo el
contorno de la figura.
-Barrabás, mi hombre, dime ¿es que me he muerto yo
también y estoy viendo las sombras o es cierto que estás, en tu voz y en tu sangre,
delante de mí?
El hombre tomándole la cabeza con las manos le
respondió:
-Estoy metido en un gran asombro y no creo estar vivo
porque así debe ser la confusión de la muerte. ¿Crees que vivo?
-Sí. Ahora siento la seguridad. ¿Por qué no habrías de
estarlo? Vives y te veo.
-Tú lo dices. Debe ser así.
Pero Barrabás era ingenuo y alegre y ahora estaba
triste; era dulce y despreocupado y estaba torvo; era indiferente y en el
rostro se le inmovilizaba la obsesión.
-Mujer, ¿lo habías oído decir alguna vez? La verdad es
un delito. Un delito horrendo. ¿Sabes?
-Estás delirando. ¿Qué te pasa?
Barrabás calló, dejándose posar la mirada sobre el
borde de las uñas mugrientas y salvajes, como era su costumbre.
-Yo estaba preso, ¿sabes?
-Sí.
-Y me iban a crucificar.
-¡Jehová te ha salvado, mi hombre!
-¡Nó! Es falso. No me ha salvado Jehová. Me salvó un
delito.
-¿Cuál? ¿El tuyo? Estás loco...
-No, el de otro. Pero cállate. No me interrumpas.
El hombre quedó en silencio un rato como ordenando sus
ideas y luego prosiguió en su conversación con la lentitud de quien va
sembrando.
-Me iban a crucificar. Pero, sabes, cuando llega la
Pascua se acostumbra soltarle un preso al pueblo. El que él quiera. Escogen a
dos para que el pueblo elija a uno de entre ellos. Yo fui uno de los llamados.
Pero no tenía esperanza. Tenía sobre mí un gran crimen.
La mujer le interrumpió:
-Sí, habías muerto al hijo de Jahel.
-No, no era ése mi crimen. Mi crimen era otro. Otro
que no comprendo: callar. Me lo dijo el carcelero. Me dijo también que era
horrible y sin perdón. Callar. Esto parece absurdo ¿verdad? Pues no, no lo es.
Esto es «diáfano», esto se explica; absurdo fue lo otro, inexplicable, como un
sol a medianoche.
Y Barrabás quedó en silencio por un momento como si
las palabras se le hubiesen despeñado en un abismo.
-Sabes, vino a buscarme el carcelero, el mismo con
quien había hablado antes, y me llevó por los corredores vestido con el ruido
de mis cadenas. En el camino me dijo:
-¿Tienes esperanza o no?
-Yo le respondí: No sé. ¿Sabes quién es el otro?
-Sí, me han dicho que se llama Jesús. Creo que es un
maniático.
Delante del Pretorio se había derramado el pueblo, y
el pueblo me veía, y veía al Gobernador; oloroso de flores, y al otro reo. El
otro reo era un pobre hombre flaco, con aspecto humilde, y con unos grandes
ojos que le cogían media cara.
El gobernador interrogó al pueblo: " ¿Cuál de los
dos queréis que os suelte?", y yo sentía dentro de mí cómo se me desbocaba
el corazón de angustia. Pero entonces empezaron todos a dar grandes voces:
" A Barrabás. A Barrabás" como un mar que hablase.
Yo sentí emoción. Toda aquella gente me aclamaba y me
conocía. Pero al volverme vi el rostro del otro prisionero que estaba humillado
como si los gritos lo apedreasen y empecé a sentir lástima, porque pensé que en
el martirio aquel hombre sufriría más que yo.
Como el carcelero estaba a mi lado, pude decirle al
oído:
-Este ¿es Jesús?
-Sí.
-Su crimen debe haber sido mucho más grande que el
mío.
¿De qué se le acusa?
-Desprecia las leyes de César .Promete hacer cosas
sobrenaturales. Es un gran vanidoso. Asegura que él sólo dice la verdad.
-¿Es eso un delito?
-Un gran delito.
El guardia no dijo más, pero dentro de mí, como un
viento, se metió este asombro. No sé si he soñado, si estoy muerto, o si es mi
sangre y mi voz la que te habla.
Igual que al través de una tiniebla vi al gobernador
que se lavaba las manos en un jarro, como hacen los hombres después que han
comido.
Me soltaron las cadenas, y caí entre aquella resaca de
gentes como un madero.
Y ahora mujer, quiero que me digas. ¿Lo habías oído
decir alguna vez? ¿Es que las palabras pueden echar puñados de confusión sobre
la vida? ¿Habías oído alguna vez cosa semejante?
Sin esperar respuesta salió al camino que se hundía en
los ojos de la mujer. El cielo estaba sembrado de violetas y Barrabás se
destacaba en su fondo como un bloque de piedra desbastado a hachazos.
El minotauro
Arturo Uslar Pietri
La Grecia clásica supo dramatizar en fascinadores
mitos los temas de su historia. Eran experiencia vivida incorporada en formas
poéticas. Por eso, los más de ellos, siguen siendo temas del destino del
hombre.
De una hora oscura y trágica surgió la ficción del
minotauro. De una de esas horas en que el destino de la ciudad parecía perdido
para siempre ante la fuerza enemiga. El mito cuenta la amenaza de esa fuerza
sobrehumana y el triunfo final del griego. El héroe es el que acomete lo
imposible para salvar la ciudad.
Los griegos contaban que Minos, el rey de Cnosos,
recibió de Poseidón un toro divino sacado del mar, para sacrificarlo al dios.
No cumplió Minos la promesa de sacrificar la hermosa bestia, y Poseidón,
colérico, hizo que Pasifae, la reina, concibiera una pasión bestial. De los
amores infrahumanos de Pasifae con el toro nació el minotauro. Un monstruo de
cuerpo humano y cuello y cabeza de toro. Un monstruo espantable, devorador de
vidas humanas. El monstruo que nace siempre de la violación del mandato divino
y de la regla natural.
El minotauro fue encerrado en el laberinto fabuloso, y
para alimentarlo Minos impuso a los atenienses el tributo periódico de siete
mancebos y siete doncellas.
El cruento tributo duró hasta que vino el héroe. Teseo
el hercúleo penetró en el laberinto. En el laberinto vive el minotauro. Supo
Teseo entrar, vencer y salir. Por esa hazaña vive en un hermoso mito en la
memoria de los hombres.
Yo no sé si dentro de unos siglos, la Venezuela que
pueda sobrevivir a esta trágica prueba, dará los poetas necesarios para crear
un nuevo mito con el recuerdo de su trágico presente. Porque la Venezuela de
hoy tiene su minotauro histórico, el hecho cierto de trágica sustancia mítica.
Lo que no tiene, y no parece que va a tener, es ese Teseo del certero destino
heroico. Tampoco bastaría un Teseo, sino una legión de Teseos, una legión
teseica que se decidiera a emprender el grande e inaplazable combate de vida o
muerte.
El minotauro de Venezuela es el petróleo. Monstruo
sobrehumano, de ilimitado poder destructor, encerrado en e! fondo de su
laberinto inaccesible, que está devorando todos los días algo que es tanto como
sangre humana: la sustancia vital de todo un pueblo. Es como si estuviera
sorbiendo la sangre de la vida y dejando en su lugar una lujosa y transitoria
apariencia hueca.
El petróleo se ha convertido en un minotauro, en un
monstruo devorador, para Venezuela; por la culpa de los venezolanos. El
monstruo que nace siempre de la violación del mandato divino y de la regla
natural. Como el minotauro.
Hasta hace treinta años tuvimos un país pobre, que
seguía un lento proceso de crecimiento. Un país de cultivadores y de
guerrilleros, aislado del mundo, sin comunicaciones interiores, entregado a una
lenta vida provincial y limitada. Pocos augurios había de un risueño porvenir.
Pocos también de una trágica catástrofe que pudiera hacerlo desaparecer. El
presupuesto nacional apenas pasaba de los cien millones de bolívares, se vivía
de lo que se producía, las gentes adineradas andaban en coches de caballos
producidos en el país, el hielo era un lujo desconocido, la leche se ordeñaba a
las puertas de las casas, toda la importación no alcanzaba al centenar de
millones, un alto empleado ganaba quinientos bolívares al mes.
Pero vino el petróleo, el toro regalado por el divino
Poseidón. Y no quisimos cumplir la promesa. Incorporar el petróleo a nuestra
vida y no nuestra vida al petróleo. Hacer de aquel regalo un incentivo para el
desarrollo de la riqueza propia, y no abandonar la riqueza propia para gozar
del regalo. Donde había una vaca, haber puesto dos. Donde había un erial, haber
puesto una sementera. Donde había una vereda haber puesto un camino. Donde
había un torrente, haber puesto un canal. Multiplicar los animales, los granos,
las flores. Haber hecho al trabajo más productivo y más hermoso. Todo eso era la
promesa. Convertir la riqueza transitoria del petróleo en riqueza permanente de
la nación.
Era la promesa, pero la violamos. En lugar de hacer
del petróleo el maravilloso apoyo para el más rápido y seguro desarrollo de la
riqueza nacional, hicimos de él un monstruo. Un trágico minotauro dentro de un
laberinto inextricable. No nos ocupamos de crear riqueza propia, sino de
disfrutar de la riqueza petrolera, convertir lo más rápidamente el petróleo en
bolívares, para a su vez convertir aún más rápidamente esos bolívares
petroleros en objeto de lujo, en disfrute y hasta en alimentos.
La producción venezolana no aumentó. Por el contrario,
algunos renglones disminuyeron. Pero, en cambio, el presupuesto de la nación
subió, hasta acercarse hoy a los dos mil millones por año. Veinte veces lo que
era antes. Doscientas veces lo que era el presupuesto al separarse el país de
la Gran Columbia. Las importaciones suben. Alcanzaban a cincuenta millones en
1906, llegan a trescientos millones en 1938, y hoy deben pasar de mil millones
de bolívares por año. Importamos granos, importamos leche, importamos carne,
importamos telas, importamos frutas, importamos huevos, importamos pan.
Importamos casi todo lo que estamos necesitando para vivir. Lo único que ha
aumentado en nuestra tierra son los bolívares petroleros y las importaciones.
Los bolívares, como cada día son más, cada día compran menos. El minotauro ha
provocado la inflación. Le ha sacado su sustancia al bolívar. Cada día vale
menos. Se derrite en las manos. Es como si fuera una moneda de hielo que se
vuelve agua. Los bolívares del minotauro son de hielo.
La producción venezolana no aumentó. Pero, en cambio,
los costos de esa producción sí aumentaron. Todos los costos de nuestra
producción están por sobre el nivel de los costos mundiales. La más alta
calidad del más fino café de Colombia es más barato que nuestra pasilla.
Nuestro maíz, nuestra azúcar, nuestro arroz, nuestra carne están muy por encima
de los precios que se cotizan en los mercados mundiales. Esto significa que no
podemos venderle nada a nadie, y que todo nos resulta más barato importándolo.
Más barato es traer el arroz del Ecuador, más barato es traer el maíz de la
Argentina. No podemos exportar sino petróleo y abigarradas caravanas
diplomáticas.
Si pudiéramos hacer abstracción del petróleo, nos
encontraríamos que el país está más pobre de lo que era antes de que lo
tuviéramos. Producimos menos. Son mayores los obstáculos para producir. Ha
disminuido nuestra aptitud para producir riquezas. No sólo hemos adquirido los
hábitos, sino hasta la mentalidad del parásito. Nadie es más pobre que un
parásito. Nada tiene. Su porvenir pertenece al ser que lo nutre.
Mientras nuestra realidad se va depauperando,
haciéndose cada vez más artificial y dependiente. Mientras todo se convierte en
petróleo. Mientras todo no es sino petróleo con otras apariencias, la
desproporción mortal sigue creciendo. Cada día, en términos de lo propio,
estamos más pobres y más exhaustos, y el minotauro crece dentro de su
laberinto. Se le siente el pujante aliento devorador. Crece, producirá más
bolívares, provocará más importaciones, más inflación, más despilfarro, más
desnivel, devorará más. No siete doncellas y siete mancebos. Sino la sustancia
vital con la que una tierra puede sostener todas sus doncellas y todos sus
mancebos.
Crece el minotauro. Hace pocos días los periódicos
publicaron esta noticia: «La producción de petróleo de Venezuela durante el
primer semestre de 1948 ha experimentado un aumento cercano al quince por
ciento sobre la producción en igual período de 1947.»
Y mientras el minotauro crece, amenazante, nada
estamos haciendo por luchar contra él y vencerlo. Por matar al monstruo
devorador y poner en su sitio el manadero de una riqueza permanente y de una
vida estable.
A la puerta del laberinto disputamos sobre teorías
políticas, cantamos canciones, hacemos desfiles, invocamos grandes y hueras
palabras. Pero allí está el minotauro devorando.
Nada estamos haciendo por enfrentarlo y vencerlo.
Parecemos ignorar el destino. No hay ni señales de que vayamos a organizarnos
en teseica legión para luchar por la salvación de lo que no es nada menos que
la vida de nuestro pueblo.
A la hora en que deberíamos estar planeando la hazaña
teseica, serenos, resignados, heroicos, andamos jugando a la política,
pavoneando nuestro pequeño orgullo, atizando nuestros mezquinos odios.
Junto a esta gran cuestión de vida o muerte, todo lo
demás no sólo debería ser secundario, sino pospuesto.
Los que vengan mañana, cuando la obra de destrucción
esté consumada, no tendrán sino motivos para maldecirnos.
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