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Louis-Antoine de Caraccioli - El vampiro en el convento


     (Carta a una Señora Polaca Muerta Hace Poco)

     Ilustre Dama:
     Pues que desde ahora lo relativo a los muertos me interesa más que lo
     concerniente a los vivos, releía no hace mucho lo que me escribísteis un
     día sobre los vampiros, esos pretendidos cadáveres deambulantes que se
     suponía existieron en Hungría y en Polonia. Vuestras reflexiones a
     propósito son maravillosas, es decir dignas de vos. Lamentábais
     razonablemente los errores de la ignorancia y de la superstición y os
     apenaba que Dom Calmet hubiera prestado fe a la quimera de los vampiros.
     ¡Qué ilusión, en realidad, no es creer en alguna ocasión que cuerpos
     separados de las almas hayan podido dejar sus tumbas para darse una vuelta
     chupándole la sangre aquí y allá a los vivos! ¡Ah, cómo dejar de advertir
     que, como decís muy bien, "ese color vivo y esas carnes firmes que se
     encuentran en los cadáveres de los supuestos vampiros luego de la
     exhumación, no tenían otra causa fuera de la calidad de una tierra propia
     para obrar aquellos prodigios"!; y esta apuntación fue luego confirmada
     por los experimentos hechos en Hungría, los cuales sirvieron para
     desengañar a la gente, como quiera que aun hoy hay personas
     escrupulosamente fieles a esas ridículas supersticiones.
     Nada me ha convencido tanto de la flaqueza del espíritu humano, como la
     obstinación que un religioso polaco, que también vos conocísteis, me
     sostuvo haber visto con sus ojos un vampiro, y haber sido testigo de los
     atroces hechos que él cometió en un convento.
     "Era superior en nuestra casa de Lublín", me contaba, "cuando murió uno de
     nuestros padres. Apenas fue expuesto su cadáver en la Iglesia, donde debía
     quedar hasta el día siguiente, cuando vinieron a avisarme que el rostro se
     le habiá encendido sorprendentemente y que lo vieron pasear por el
     dormitorio. Corrí a su ataúd y efectivamente reconocí que estaba rojo como
     el fuego; en consecuencia le ordené, en virtud de la santa obediencia, no
     perturbar el reposo de nadie, y le previne que si intentaba hacer así
     fuera un mínimo movimiento, le haría cortar la cabeza y meter un palo en
     el corazón. (Es el modo que se usaba en las verificaciones de quienes eran
     creídos vampiros; secreto infalible para poner fin a sus trágicas
     hazañas.)
     "Pero algunas horas más tarde recomenzó el alboroto y entonces fui a la
     iglesia con toda la comunidad, y dije al muerto, que tenía siempre la cara
     encendida: «¡Tú lo has querido, padre, y no me culpes; y para castigarte
     por tu sedición, apelando al derecho que me es conferido como tu superior,
     ordeno que te corten la cabeza y que te traspasen el corazón!»
     "La cosa fue complida al instante, y el vampiro levantó los pies varias
     veces, y exhaló un fuerte grito. Pensé que, desde entonces, estaríamos
     tranquilos: pero una gritería espantosa difundió la alarma en el
     monasterio durante la noche; y duró hasta el día siguiente, cuando fui una
     vez más donde el cadáver para noticiarle que, desde el momento que la
     amputación no había servido para hacerlo volver a la razón, sería quemado
     a la tarde, en el medio del mismo patio. Se preparó la hoguera, y el
     cuerpo, arrojado entre las llamas, en breve se redujo a cenizas, pero
     suscitando una tan horrible tempestad que la casa parecía que iba a
     desplomarse.
     Sí, esto es exactamente lo que he escuchado contar de viva voz por un
     religioso -que por otra parte fue destituido por el obispo de Cracovia por
     haber hecho tal demostración en público, pero lo cual no obstante no le
     impedía creer y referir a la redonda una historia tan absurda: en verdad,
     el fanatismo no razona. Aquel hecho estuvo en labios de todos, en Polonia,
     al igual que el otro, acontecido en Lemberg, en el que anudvo de por medio
     un estudiante declarado vampiro, y como tal castigado.
     Pero ¿qué os pueden importar las palabras, ahora que estáis en la fuente
     de la verdad? ¡Ay, excusádme; excusádme, pues soy un alma extraviada en el
     dolor y que a todo se aferra, sin saber por qué! Así hace el viajero que
     ha perdido el camino; va y viene, y advierte vagas huellas que a cada paso
     más y más le devían...

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