Subió por una de las
angostas callejas que arrancan del puerto y salió a una calle más ancha, al
extremo de la cual brillaban alegres las luces de Londres. Al final de aquella
calle se sumergió en las luces de Londres y, en ocasiones, también en sus
sombras. En su marcha fue dejando el río cada vez más atrás y no se detuvo
hasta llegar a un barrio pobre próximo al centro.
Era
la suya una figura alta y enjuta, embutida en un impermeable negro. Por debajo
se veían los pantalones de un traje de faena color marrón. Un gorro acabado en
pico ocultaba casi por completo su rostro; lo poco que quedaba a la vista era
lívido y anguloso. En la bruma otoñal que llenaba tanto las calles iluminadas
como las que no lo estaban parecía un espectro, y algunos de los transeúntes
que se cruzaban con él volvían la cabeza para cerciorarse de que realmente
habían visto un ser vivo. Incluso uno o dos se encogieron de hombros y se
echaron a un lado como espantados de algo.
Tenía
largas las piernas, pero caminaba con ese paso corto y medroso de los ciegos,
aunque no era ciego. Sus ojos, bien abiertos, miraban fijamente al frente, pero
no parecía ver ni oír cosa alguna. Ni el lúgubre ulular de las sirenas en la
margen opuesta del río, ni los atrayentes escaparates de los comercios en las
anchas calles que llevaban al centro le hacían volver la cabeza a derecha o a
izquierda. Caminaba como si no fuera a ningún sitio concreto, y, sin embargo,
al llegar a esta o aquella esquina torcía sin dudarlo. Era como si una mano
invisible lo guiara hacia un punto determinado, cuya situación exacta él mismo
ignorara.
Iba
en busca de alguien que había sido amigo suyo quince años atrás, y la mano
invisible o un instinto perruno lo habían llevado de África a Londres, y lo
guiaban ahora, en aquella milla final de su periplo, hacia cierta modesta casa
de comidas. Él no sabía que se dirigía a la casa de comidas propiedad de su
amigo Sinnombre, pero lo que sí sabía desde que había salido de África era que
viajaba al encuentro de Sinnombre y que ya estaba muy cerca de él.
Sinnombre
ignoraba que su viejo amigo estuviera tan cerca, pero si se hubiese parado a
pensar en las especiales circunstancias de aquella noche, se habría preguntado
por qué seguía aún levantado una hora más tarde de lo habitual. Estaba sentado
en uno de los bancos de su próspera «Casa de Comidas para Obreros» —una pequeña
mina de oro, en palabras de los parientes de su mujer—, fumando y mirando a las
musarañas. Había hecho la caja y escrito las hojas con la lista de platos para
el día siguiente, y no había nada que le impidiese irse a la cama tras quince
horas seguidas de atender su negocio. Si le hubieran preguntado qué hacía aún
levantado más tarde que de costumbre, lo primero que habría contestado es que
no había reparado en ello y, a continuación, a falta de cualquier otra
explicación, habría añadido que era con el propósito de fumarse una última
pipa. Era totalmente inconsciente de que seguía aún levantado y había dejado
sin echar el pestillo de la puerta porque un amigo suyo de África, al que hacía
mucho tiempo que no veía, andaba en su busca y necesitaba sus servicios. No
tenía ni la más remota idea de que había dejado el pestillo sin echar a aquella
hora tan avanzada —eran las once y media— para franquear la entrada al dolor y
al infortunio.
Pero
cuando las campanas de muchas iglesias hacían sonar tristemente en la noche su
desacuerdo en la cuestión de dar las once y media, el dolor y el infortunio se
hallaban ya a sólo dos calles de él. El impermeable, los pantalones de faena y
aquel rostro lívido y anguloso iban acercándose inexorablemente.
Reinaba
el silencio en la casa y en las calles; un silencio pesado, roto, o a veces
acentuado por ocasionales ruidos nocturnos: la bocina de un automóvil, el tubo
de escape de un camión, el cambio de agujas en alguna lejana terminal
ferroviaria. Era un silencio que parecía envolver la casa, pero él no lo
percibía. Como tampoco oía las campanas, ni aquellos pasos renqueantes que se
acercaban a su local, y pasaban por delante, daban media vuelta, y volvían a
pasar para detenerse finalmente. No era consciente de nada, excepto de que
estaba sentado y soñoliento fumándose una última pipa, sordo y ciego a todo lo
que no estuviese en su más inmediato alrededor.
Pero
cuando una mano levantó el picaporte, eso sí que lo oyó y alzó entonces la
vista. Vio que la puerta se abría, se puso en pie y fue hacia ella. Y allí
mismo, en el umbral, se encontró frente a frente con aquella escuálida imagen
del dolor y del infortunio.
Matar
a otro ser humano es algo espantoso. Tal vez, en el instante mismo de perpetrar
su crimen asistan al asesino graves y convincentes razones. Es posible que con
el paso del tiempo y la reflexión lamente lo ocurrido y llegue incluso a sentir
remordimientos, que, tal vez, lo atormenten durante muchos años. Examinadas en
las horas de vigilia nocturna o por la mañana temprano, las razones aducidas
para una acción semejante pueden esgrimir su fría lógica, pero también es
posible que dejen de ser razones para convertirse en meras disculpas. Y esas
disculpas pueden desnudar al asesino y hacer que se vea a sí mismo tal como es
en realidad. Y sus tentáculos pueden penetrar, tal vez, hasta lo más recóndito
de su mente y de su sistema nervioso buscando su alma para torturarla.
Y
si matar a otro ser humano y verse asaltado periódicamente por los
remordimientos derivados de ese acto colérico ya es algo espantoso, ¿qué no
será matar a un semejante, enterrarlo bien enterrado en una selva africana, y
luego, quince años más tarde, hacia la medianoche, ver cómo el picaporte de la
puerta es levantado por la mano que uno dejó inerte y al hombre que se asesinó
entrar en tu casa e invocar tu hospitalidad?
Cuando
el hombre del impermeable y los pantalones de faena entró en el comedor,
Sinnombre se quedó rígido como una estatua, lo miró fijamente, se tambaleó
contra una mesa, se sujetó a ella con una mano y exclamó:
—¡Oh!
El
otro hombre dijo:
—Sinnombre.
Luego
se miraron el uno al otro. Sinnombre con la cabeza echada hacia atrás, la boca
entreabierta y ojos desorbitados; el visitante con expresión desvaída y
vidriosa. Si Sinnombre no hubiese sido la clase de hombre que era —tardo,
receloso y mostrenco—, habría alzado los brazos y chillado. En ese momento
sintió la necesidad de algún tipo de desahogo parecido, pero no supo cómo
reaccionar. El único realce dramático que dio a la situación fue hablar en un
susurro en vez de hacerlo con voz normal.
Mil
emociones distintas se agolparon en su cerebro y en su espina dorsal, pugnando
entre sí. Pero externamente no se manifestaron más que en sus ojos desencajados
y en el tono de voz. Su primer pensamiento, o mejor dicho, su primer espasmo,
fue: Fantasmas, Indigestión, Crisis nerviosa. El segundo, cuando vio que la
aparición era corpórea y real fue: Impostura. Pero cierto movimiento por parte
del visitante le hizo descartar también esta última posibilidad.
Era
un ligero movimiento propio de aquel hombre y de nadie más; una flexión
inconsciente del dedo corazón de la mano izquierda. Entonces no le cupo ya duda
de que era Gopak. Un Gopak algo cambiado, desde luego, pero aún milagrosamente
con sus treinta y dos años. Un Gopak vivo, palpitante y real. No se trataba de
ningún fantasma. No era ninguna jugarreta del estómago. Estaba tan seguro de
ello como de que quince años antes lo había matado y dado sepultura.
La
espesa negrura del momento fue aliviada en cierto modo por Gopak. Con voz tenue
y desmayada le preguntó:
—¿Puedo
sentarme? Estoy cansado —tomó asiento y añadió—: ¡tan cansado!
Sinnombre
seguía sujetándose a la mesa. En un susurro dijo:
—Gopak...
¡Gopak...! Pero ¡si yo te maté! Te maté en la jungla. Estabas muerto. No tengo
la menor duda de ello.
Gopak
se pasó la mano por la cara. Parecía a punto de llorar.
—Ya
sé que lo hiciste. Lo sé. Eso es lo único que recuerdo de este mundo. Que tú me
mataste —la voz salía aún más tenue y desmayada—. Pero luego ellos vinieron a
turbar mi sueño. Me despertaron. Y me volvieron a la vida —estaba sentado con
los hombros caídos, brazos inertes y las manos colgando entre las rodillas.
Tras la primera mirada de reconocimiento no volvió a fijar la vista en
Sinnombre. La tenía fija en el suelo.
—¿Que
fueron a turbar tu sueño? —Sinnombre se inclinó hacia delante y continuó en un
hilo de voz—: ¿Que te despertaron? Pero ¿quiénes?
—Los
Hombres Leopardo.
—¿Los
qué?
—Los
Hombres Leopardo —la voz acuosa repitió las palabras con tanta naturalidad como
si dijera «el vigilante nocturno».
—¿Los
Hombres Leopardo? —Sinnombre lo miró estupefacto, y su grueso rostro se cuarteó
casi en un esfuerzo por hacerse con la situación: a medianoche recibía la
visita de un hombre muerto, el cual no dejaba de decir majaderías. Sintió que
la sangre se le salía de sus cauces. Se miró la mano para ver si era su mano.
Miró la mesa para ver si era su mesa. La mano y la mesa eran reales, y si el
muerto era también real, ¡y vaya si lo era!, la historia que contaba podía ser
asimismo tan real como todo lo demás. En cualquier caso, respondía a la misma
lógica que la propia presencia del muerto. Lanzó un profundo suspiro que le
salió del estómago—. Ah..., ya... Los Hombres Leopardo... Sí, allí oí hablar de
ellos. Todo cuentos.
Gopak
sacudió débilmente la cabeza.
—No,
no son cuentos. Son reales. Si no lo fuesen, yo no estaría ahora aquí. ¿No
crees?
Esto,
desde luego, Sinnombre tenía que admitirlo. «Allí» le habían contado muchas
historias de los Hombres Leopardo, pero las había oído con desdén, tomándolas
por leyendas de la selva. Pero ahora, por lo visto, las leyendas de la selva se
convertían en algo común y corriente en un pequeño restaurante londinense. La
voz acuosa prosiguió:
—Ellos
hacen esas cosas. Yo los vi. Formaron un corro a mi alrededor y yo resucité en
medio del corro. Dieron muerte a un negro y me infundieron su vida. Querían a
un hombre blanco para que los ayudase en las faenas agrícolas. Así que me
volvieron a este mundo. Que lo creas o no lo creas, es cosa tuya. Sé que no
quieres creerlo. Que preferirías no ver ni saber que existen. Y a nadie podría
reprocharle tal cosa. Pero ésta es la pura verdad. Por eso estoy aquí.
—Pero
¡si yo te dejé completamente muerto! Hice todas las comprobaciones posibles. Y
pasaron tres días antes de que te enterrase. Y cuando lo hice, te enterré bien
enterrado.
—Ya
lo sé. Pero a ellos eso les es indiferente. Cuando me volvieron a la vida ya
había pasado mucho tiempo. Y aún sigo muerto, ¿sabes? Lo único que resucitaron,
fue mi cuerpo —la voz sonó aún más débil—. ¡Y estoy tan cansado!
Sentado
en su próspera casa de comidas, Sinnombre estaba en presencia de un portento
consumado, pero el marco sólido y vulgar del local no le permitía hacerse una
idea cabal de lo que tenía delante. De un modo un tanto necio, como comprendió
en cuanto hubo cerrado la boca, pidió a Gopak que le explicase cuanto había
ocurrido. Preguntó a un hombre que no podía estar vivo bajo ningún concepto que
le explicara cómo había llegado a estarlo. Era como pedirle a la Nada que
explicara el Todo.
Mientras
hablaba sintió que su mente empezaba a escapar de su control. La sorpresa de un
inesperado visitante a aquella hora tan tardía, la impresión de la llegada de
un hombre muerto hacía ya tanto tiempo, y la confirmación de que el muerto no
era un simple espectro, eran demasiado para él.
La
media hora siguiente se la pasó hablando con Gopak, como si fuese aquel Gopak
al que había tratado quince años atrás cuando ambos eran socios. Y luego se
calló ante la heladora evidencia de que estaba hablándole a un muerto y que el
muerto contestaba a sus preguntas con una débil voz. Se daba cuenta de que nada
tenía ni pies ni cabeza, pero en el calor de la conversación procuró olvidar su
lado improbable, y acabó por aceptarlo. Al ir repasando aquel rosario de
sorpresas en su mente, ésta fue aclarándose hasta centrarse en un único
pensamiento: «He de librarme de él. ¿Cómo podría librarme de él?».
—Pero
¿cómo has llegado hasta aquí?
—Me
escapé —las palabras brotaban lentas, casi inaudibles, y del cuerpo más que de
los labios.
—Pero
¿cómo?
—No
sé... No recuerdo nada... excepto nuestra pelea. Y que luego descansaba en paz.
—Pero
¿por qué has venido aquí? ¿Por qué no te quedaste en la costa?
—No
sé... Tú eres la única persona que conozco. La única que puedo recordar.
—¿Y
cómo has dado conmigo?
—Tampoco
lo sé. Pero tenía que encontrarte. Eres el único que puede ayudarme.
—¿Y
cómo puedo ayudarte?
Movió
débilmente la cabeza de un lado a otro.
—No
sé. Pero nadie más puede.
Sinnombre
miró por la ventana la calle iluminada por las farolas, pero no veía ni la
calle ni las farolas. El ser común y corriente que hasta media hora antes fuera
el suyo, había sido aniquilado. Las creencias y dudas de la vida cotidiana se
mezclaban en su interior rotas en añicos. Pero algún resto de su instinto de
antaño y de sus viejas pautas de comportamiento seguía aún vivo. Tenía que
dominar la situación.
—Bien,
¿y qué quieres hacer? ¿Dónde vas a ir? La verdad, no veo en qué puedo ayudarte.
Y aquí, obviamente, no te puedes quedar —una idea grotesca, inspirada sin duda
por algún demonio perverso, cruzó por su mente. Cuando su mujer viera a Gopak
le diría: «Aquí te presento a un amigo mío, que está muerto».
Pero
al oír la última frase, Gopak levantó la cabeza haciendo un esfuerzo y miró
fijamente a Sinnombre con aquellos ojos vidriosos:
—Pero
tengo que quedarme aquí. No hay ningún otro sitio al que pueda ir. He de
quedarme aquí. Por eso he venido. Tú tienes que ayudarme.
—Pero
aquí no te puedes quedar. No hay habitaciones. Todas están ocupadas. No puedes
dormir en ningún sitio.
La
tenue voz respondió:
—Eso
no importa. Yo no duermo.
—¿Qué?
—Yo
nunca duermo. No he dormido desde que me volvieron a la vida. Puedo quedarme
aquí sentado hasta que se te ocurra algún modo de ayudarme.
—Pero
¿cómo se me va a ocurrir? —olvidó de nuevo el verdadero trasfondo de la
situación, y la perspectiva de tener un muerto sentado allí en el local
esperando que se le ocurriese algo empezaba a enfurecerlo—. Pero ¿cómo quieres
que te ayude si no me dices qué puedo hacer?
—No
sé... Pero tienes que hacer algo. Tú me mataste. Yo estaba muerto, y muy
cómodo. Puesto que todo viene de que tú me diste muerte, eres responsable de
que me halle en este estado. Así que tienes que ayudarme. Por eso es por lo que
he venido hasta ti.
—Pero
¿qué quieres que yo haga?
—No
sé... No puedo pensar. Pero nadie más que tú puede ayudarme. Tenía que
encontrarte. Algo me trajo derecho a ti. Eso significa que eres el único que me
puede ayudar. Ahora que estoy contigo ya habrá algo que venga en mi ayuda.
Estoy seguro. Pronto se te ocurrirá algo.
De
pronto Sinnombre sintió que le flaqueaban las piernas. Se sentó y se quedó
mirando a aquel ser odioso e incomprensible. Tenía a un muerto en su casa, un
hombre al que había asesinado en un arrebato de cólera, y en su fuero interno
sabía que no podía echarle a la calle. En primer lugar, porque le daba miedo
tocarlo. La sola idea de tocarlo le resultaba intolerable. En segundo, porque,
ante el portento de la presencia de un hombre que había muerto hacía quince
años, dudaba de la eficacia de cualquier fuerza física o de cualquier medio
material para mover a aquel hombre.
Su
alma se estremecía, como se estremecen las almas de todos los seres humanos
cuando se encuentran ante fuerzas que desbordan su horizonte mental o
espiritual. Él había asesinado a aquel hombre y a menudo, a lo largo de quince
años, se había arrepentido de su acción. Si la escalofriante historia que
contaba era verdad, algún derecho le asistía para dirigirse a Sinnombre. Esto
era algo que Sinnombre reconocía, y sabía que, pasara lo que pasara, no podía
echarlo a la calle. Aquel viejo pecado suyo de cólera se le había literalmente
instalado en casa.
La
desmayada voz lo sacó de su pesadilla:
—Tú
vete a dormir, Sinnombre. Yo me quedaré aquí sentado. Pero tú vete a dormir.
Hundió
el rostro entre las manos y exhaló un débil gemido.
—Ay,
¿por qué no podré yo también descansar?
Al
día siguiente, Sinnombre bajó con la vaga esperanza de que Gopak ya no
estuviera allí. Pero allí estaba, sentado en el mismo sitio en que Sinnombre lo
había dejado por la noche. Sinnombre hizo un poco de té y le indicó dónde podía
lavarse si quería. Se lavó con desgana, se arrastró de nuevo a su asiento y,
desganadamente, se tomó el té que Sinnombre le sirvió.
A
su mujer y a los pinches de cocina Sinnombre les dijo que era un viejo amigo
que había sufrido una conmoción: «Naufragó y se dio un golpe en la cabeza. Pero
es totalmente inofensivo, y no va a quedarse mucho tiempo. Está esperando que
le admitan en una residencia. Fue muy buen amigo mío en el pasado y lo menos
que puedo hacer es dejar que se quede aquí unos cuantos días. Padece insomnio y
prefiere quedarse levantado por las noches. Pero, ya digo, es totalmente
inofensivo».
Pero
Gopak se quedó más que unos cuantos días. Se quedó, de hecho, más que nadie.
Incluso cuando todos los clientes se habían ido, allí seguía Gopak.
La
primera mañana tras su aparición, cuando los clientes habituales llegaron a
mediodía y vieron aquella extraña, pálida e inexpresiva figura sentada en el
primer banco, primero la miraron fijamente y luego se sentaron lo más lejos
posible. Todos evitaban el banco en el que estaba sentada. Sinnombre les
explicó quién era, pero no parecía que sus explicaciones aliviaran la
imperceptible tensión que empezaba a respirarse en el local. El ambiente ya no
era tan distendido ni la charla tan animada como de costumbre. Incluso a los que
se sentaron dando la espalda al extraño parecía afectarles su presencia.
Al
término de aquel primer día, Sinnombre le dijo que había acondicionado un
rincón en una habitación del primer piso que daba a la calle en donde podía
sentarse, y lo cogió del brazo para llevarlo arriba. Pero Gopak, con un débil
gesto, se quitó la mano de encima y siguió sentado donde estaba.
—No.
No quiero subir. Me quedo aquí. Aquí. No quiero moverme.
Y
no se movió. Tras varios ruegos, Sinnombre se dio cuenta de que la negativa iba
en serio; de que era inútil presionarlo o forzarlo; de que iba a quedarse
sentado en el comedor para siempre. Era débil como un niño y firme como una
roca. Siguió sentado en aquel primer banco y los clientes siguieron evitándolo
y lanzándole aprensivas miradas. Era como si se dieran cuenta a medias de que
era algo más que un individuo que ha sufrido una conmoción.
A
la segunda semana de su aparición, tres de los clientes habituales brillaron
por su ausencia, y varios de los que seguían acudiendo lanzaron a Sinnombre
jocosas y malévolas indirectas para que aparcase a su chispeante amigo en algún
otro sitio. Que las comidas con él eran tan excitantes que ya no podían más;
que tanta juerga les hacía llegar tarde al trabajo e interfería en su
digestión. Sinnombre les dijo que no iba a quedarse más que un día o dos, como
mucho, pero pronto vieron que tal cosa no era cierta, y al término de la
segunda semana, ocho de los habituales ya habían encontrado otro sitio para ir
a comer.
Cada
día, cuando llegaba la hora de la cena, Sinnombre intentaba sacarlo a dar un
paseo, pero siempre se negaba. Si salía, lo hacía sólo de noche, y nunca se
alejaba más de doscientas yardas del local. El resto del tiempo permanecía
sentado en su banco, unas veces con expresión soñolienta después de comer,
otras con la vista clavada en el suelo. Se comía lo que le daban con gesto
abstraído, y nunca sabía si ya había comido o no. No hablaba más que cuando le
hacían alguna pregunta y toda su conversación se reducía a decir: «¡Estoy tan
cansado!».
Sólo
una cosa parecía despertar en él un remoto interés; sólo una cosa le hacía
levantar la vista del suelo. Y era la hija de su anfitrión, que tenía
diecisiete años, respondía al apodo de «Burbujas» y ayudaba también a servir
las mesas. Y Burbujas parecía ser la única de cuantos trabajaban en el local o
lo frecuentaban que no lo rehuía.
No
sabía nada de su historia, pero parecía entenderlo, y su pueril compasión fue
el único estímulo que obtuvo algún tipo de respuesta por su parte. Se sentaba a
hablar con él de cualquier tontería —«a sacarlo de sí mismo», como ella decía—
y, a veces, su parloteo conseguía nada menos que sacarlo de su impasibilidad y
arrancarle una acuosa sonrisa. Él llegó a reconocer el ruido de sus andares y
levantaba la vista antes incluso de que apareciera por la puerta. En una o dos
ocasiones por las tardes, cuando el local estaba vacío y Sinnombre, sintiéndose
profundamente desgraciado, se sentaba a hacerle compañía, Gopak le preguntó sin
alzar los ojos del suelo: «¿Dónde está Burbujas?», y cuando Sinnombre le decía
que había ido al cine o que había salido a bailar, volvía a quedar absorto en
su ensimismamiento, mayor si cabe que antes.
A
Sinnombre no le gustaba nada todo esto. Sobre él se cebaba ya una maldición
que, en cuatro semanas, había llevado su negocio al borde de la quiebra. Los
clientes habituales habían ido desertando de dos en dos y ninguno nuevo había
venido a ocupar su puesto. Los desconocidos que se dejaban caer por allí alguna
vez jamás volvían; les era imposible apartar la mirada de aquella pálida y
ominosa figura que estaba siempre sentada en el primer banco. A mediodía,
cuando el local había estado siempre abarrotado y los que llegaban los últimos
tenían que hacer cola para poder sentarse, estaba ahora vacío en sus dos
terceras partes. Sólo unos cuantos de los más duros de pelar seguían siendo
fieles.
Y
para colmo de males estaba aquel interés que el muerto mostraba por su hija, un
interés que parecía tener efectos bastante desagradables. Sinnombre no había
reparado en ello, pero su mujer se lo hizo notar:
—¿Te
has fijado estos últimos días? Burbujas ya no está tan alegre y dicharachera
como antes. Cada vez está más callada y un tanto holgazana. Está todo el tiempo
sentada. Y más pálida de lo que ha estado nunca.
—Tal
vez sea la edad.
—No,
ella no es una de esas morenitas delgaduchas que se ven por ahí. No, no es eso,
le pasa algo. Fue hace una o dos semanas cuando empecé a notarlo. No prueba la
comida. Está siempre sentada por ahí cruzada de brazos. No muestra el menor
interés por nada... Tal vez no sea nada, sólo mal humor, o tal vez... ¿Cuánto
tiempo más va a quedarse aquí ese horrible amigo tuyo?
El
horrible amigo se quedó unas cuantas semanas más, diez en total, mientras
Sinnombre veía cómo su negocio se iba a la ruina y cómo la palidez y la
irritabilidad de su hija iban en aumento. Y él sabía cuál era la causa de todo.
En toda Inglaterra no había otra casa como la suya: una casa en la que un
hombre muerto llevara sentado diez semanas seguidas. Un muerto salido al cabo
de largos años de la tumba y que había ido a sentársele allí a incordiar a su
clientela y a robarle la vitalidad a su hija. Era algo que no podía contar a
nadie. Nadie hubiera dado crédito a tal disparate. Pero él sabía que tenía en
su casa a un muerto, y puesto que un hombre muerto hacía ya muchos años se
paseaba tranquilamente por la faz de la tierra, cualquier consecuencia de tal
hecho se le antojaba verosímil. Se le antojaba verosímil casi cualquier cosa
que semanas atrás le habría provocado carcajadas. Sus clientes habían ido
desertando del local no por la presencia de un hombre pálido y silencioso, sino
por la presencia de un muerto vivo. Tal vez sus mentes no fueran conscientes de
ello, pero la voz de la sangre se lo decía. Y así como su negocio había sido
destruido, así también sería su hija aniquilada. A ella la voz de la sangre no
la ponía en guardia. Todo lo que le decía es que aquel ser era un viejo amigo
de su padre, y sentía una especie de atracción hacia él.
Fue
entonces cuando Sinnombre, sin nada en que ocuparse, se empezó a dar a la
bebida. Y eso fue lo mejor que pudo ocurrírsele. Pues el alcohol le dio una
idea que, llevada a la práctica, habría de librarle de la maldición que pesaba
sobre él y su casa.
El
local ya no servía más que a media docena escasa de clientes a la hora de
comer. Estaba cada vez más descuidado y polvoriento, y tanto el servicio como
la comida eran lamentables. Sinnombre no ponía ningún cuidado en ser cortés con
sus escasos clientes, e incluso a menudo, cuando estaba muy bebido, les
increpaba del modo más grosero. Y empezaron las habladurías. Habladurías sobre
el declive del negocio, la suciedad del local y la mala calidad de la comida. Y
también sobre su afición a la bebida, que exageraban, por supuesto, tal afición.
Pero
la comidilla de todos era aquel tipo extraño que llevaba allí sentado días y
días y que ponía a todo el mundo los pelos de punta. Unos cuantos desconocidos,
a los que les había llegado el cotilleo, se dejaron caer por el local a ver al
extraño individuo y, de paso, al dueño, siempre achispado, por lo visto. Pero
no volvieron a aparecer y los curiosos nunca fueron tantos como para mantener
lleno el local. Al final llegó al punto de no servir más que a dos clientes al
día. Y Sinnombre, a la par que su negocio, siguió hundiéndose en la bebida. Y
entonces, una tarde, en la bebida precisamente, encontró la inspiración.
Bajó
a contárselo a Gopak, que estaba sentado en el banco de siempre, con las manos
caídas y los ojos fijos en el suelo.
—Gopak,
óyeme. Tú viniste aquí porque yo soy la única persona que podía ayudarte en tus
tribulaciones. ¿Me escuchas?
Un
desmayado «Sí» fue su respuesta.
—Bien,
me dijiste que yo tenía que pensar algo. Pues ya lo he pensado... Oye. Tú dices
que soy responsable de tu situación y que tengo que sacarte de ella, pues fui
yo quien te mató. Sí, yo te maté. Nos peleamos. Me pusiste furioso. Me
desafiaste. Y bajo aquel sol, en la jungla, y con todos aquellos insectos,
perdí la cabeza y te maté. Cuando vi lo que había hecho me habría dejado cortar
la mano derecha. Sí, porque tú y yo éramos amigos. Me habría dejado cortar la
mano derecha, te lo juro.
—Lo
sé. Me di perfecta cuenta cuando ya todo había terminado. Vi que estabas
sufriendo.
—¡Ah...!,
sí, he sufrido mucho, mucho. ¡Y lo que sigo sufriendo! Bien, pues voy a decirte
lo que he pensado. Todos tus problemas presentes vienen del hecho de que yo te
matara y luego te enterrase en aquella jungla. Se me ha ocurrido una idea. ¿No
crees que te ayudaría si... si... si volviera a matarte?
Durante
unos segundos Gopak siguió con la vista clavada en el suelo. Luego movió los
hombros. Y después, mientras Sinnombre observaba atento la reacción que
producía su idea, la voz acuosa contestó:
—Sí,
sí. Eso es. Eso es lo que estaba esperando. Por eso es por lo que vine aquí.
Ahora me doy cuenta. Por eso es por lo que tenía que venir hasta aquí. Nadie
más podría matarme. Sólo tú. Alguien me tiene que dar muerte de nuevo. Sí, eso
es. Pero nadie más podría hacerlo... Sí, has dado con la solución que tanto tú
como yo estábamos esperando. Cualquier otro me podría disparar, apuñalar,
ahorcar, pero nunca podría matarme. Tú eres el único que puede hacerlo. Por eso
me las arreglé para llegar hasta aquí y encontrarte —y la voz acuosa sonó con
algo más de fuerza—: eso es. Y tienes que hacerlo. Hazlo ahora mismo. Ya sé que
no quieres. Pero tienes que hacerlo. ¡Has de hacerlo!
Inclinó
la cabeza y se quedó mirando al suelo. Sinnombre también clavó la vista en el
suelo. Veía cosas. Había asesinado a un hombre y escapado a todo castigo, salvo
al de su propia conciencia, que ya había sido bastante terrible. Y ahora iba a
asesinarlo de nuevo, pero esta vez no en la selva, sino en una gran ciudad.
Y
veía las posibles consecuencias funestas de su acción. Vio la detención. La instrucción
del proceso. El juicio. La celda. La soga. Y sintió escalofríos.
Pero
también vio la otra alternativa: su vida deshecha, un negocio arruinado, la
miseria, el asilo de pobres, la salud quebrantada e incluso, tal vez, la muerte
de su hija, y la maldición omnipresente de aquel muerto vivo, que quién sabía
si no le seguiría también hasta el mismísimo asilo. Lo mejor era acabar con
todo aquello de una vez por todas. Verse libre de la maldición que Gopak había
lanzado sobre él y sobre su familia. Y luego, con un revólver, que su familia
se viera libre también de él. La única solución era poner en práctica su idea.
Se
puso de pie, muy rígido. La noche estaba ya avanzada —eran las diez y media— y
en las calles reinaba el silencio. Había bajado las persianas del local y
cerrado la puerta con llave. Una única luz al fondo en un rincón iluminaba la
sala. Dio unos pasos, dudoso, y miró a Gopak.
—Er...
¿cómo quieres... cómo he de hacerlo?
Gopak
le contestó:
—La
otra vez lo hiciste con un cuchillo. Aquí, justo debajo del corazón. Has de
hacerlo exactamente igual que entonces.
Sinnombre
permaneció unos segundos absorto, mirándolo. Luego salió de su ensimismamiento
y con aire resuelto y paso rápido se dirigió a la cocina.
Tres
minutos más tarde su mujer y su hija oyeron un golpe seco, como si se hubiera
volcado una mesa. Lo llamaron, pero no obtuvieron respuesta. Cuando bajaron lo
encontraron sentado en uno de los bancos, secándose el sudor de la frente.
Estaba pálido y tembloroso, y parecía recobrarse de un desmayo.
—Pero
¿qué pasa? ¿Te encuentras bien?
Las
apartó con un gesto de la mano.
—Sí,
estoy perfectamente. Es sólo un ligero mareo. De tanto fumar, supongo.
—Mmm.
O de tanto beber... ¿Dónde está tu amigo? ¿Ha salido a dar un paseo?
—No.
Se ha ido para siempre. Me dijo que no quería seguir imponiéndonos su presencia
y que se iba a un asilo —hablaba con voz débil y le costaba trabajo encontrar
las palabras—. ¿No oísteis el golpe que dio al cerrar la puerta?
—Pensé
que eras tú que te habías caído.
—No.
Fue él al salir. No pude detenerlo.
—Mmm.
Bueno, pues ¡qué se le va a hacer! —la mujer echó un vistazo a su alrededor—.
La verdad es que desde que apareció por aquí todo ha ido de mal en peor.
El
local presentaba todo él un aspecto polvoriento. Los manteles estaban sucios,
más que por el uso por la falta de uso. Las ventanas, empañadas de mugre. En la
mesa que estaba bajo una de ellas había un largo cuchillo cubierto por una
espesa capa de polvo. Un impermeable y un traje de faena polvorientos estaban
en el suelo en un rincón junto a la puerta que daba a la cocina, como si
alguien los hubiese tirado allí. Su mujer no los había visto. Pero era delante
de la puerta principal, cerca del primer banco, donde el polvo, un polvo de un
color blanco grisáceo, se hacía más espeso, llegando a formar un largo reguero.
—La
verdad es que esto está cada vez más sucio. Mira todo el polvo que hay junto a
la puerta. Parece como si alguien hubiera estado tirando ceniza por todo el
local.
Sinnombre
miró hacia allí y las manos le temblaron ligeramente. Pero con voz más firme
que antes contestó:
—Sí,
ya lo sé. Mañana voy a hacer una limpieza a fondo.
Y
por primera vez en diez semanas les sonrió; una sonrisa un tanto tímida y
desvaída, ciertamente, pero sonrisa al fin y al cabo.
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