Un
muro se derrumba, seguido por otro y otro; con un trueno apagado, una ciudad se
transforma en un montón de ruinas.
Sopla
el viento de la noche.
El
mundo yace en silencio.
Londres
fue demolida en un día. Destruyeron Port Said. Arrasaron San Francisco. Glasgow
desapareció.
Se
fueron, para siempre.
Las
maderas golpean suavemente en el viento, la arena gime y se eleva en pequeñas
tormentas en el aire tranquilo.
Por
el camino, hacia las ruinas descoloridas, viene el viejo sereno a abrir el
portón en el alto alambrado de púas y mira adentro.
Allí
a la luz de la luna yacen Alejandría y Moscú y Nueva York. Allí a la luz de la
luna yace Johannesburg y Dublin y Estocolmo. Y Clearwater, Kansas, y
Provincetown, y Río de Janeiro.
El
viejo lo vio todo aquella misma tarde, vio el coche que rugía fuera de la cerca
de alambre de púas, vio los hombres delgados y tostados por el sol en el coche,
los hombres con sus lujosos trajes de franela negra, y sus centelleantes gemelos
de oro, y sus deslumbrantes relojes pulsera de oro, y que acercaban a sus
cigarrillos de boquilla de corcho unos encendedores con monogramas...
-Ahí
está, caballeros. Qué desastre. Miren lo que ha hecho la tormenta.
-¡Sí,
señor, qué lástima, señor Douglas!
-Quizás
podamos salvar París.
-¡Sí,
señor!
-¡Pero,
demonios! Lo ha torcido la lluvia. ¡Echen todo abajo! ¡Limpien esto! Podemos
aprovechar el terreno. ¡Envíen una cuadrilla de demolición hoy mismo!
-¡Sí,
señor Douglas!
El
coche rugió y se alejó.
Y
ahora es de noche. Y el viejo sereno está adentro.
Recordó
qué había ocurrido aquella misma tarde cuando llegó la cuadrilla.
Un
martilleo, un desgarramiento, un repiqueteo; una caída y un rugido. ¡Polvo y
trueno, trueno y polvo!
Y
en el mundo entero se soltaron los clavos y vigas y yesos y las puertas y
ventanas de celuloide mientras las ciudades caían ruidosamente una tras otra y
descansaban inmóviles.
Un
estremecimiento, un trueno que se apaga a lo lejos, y luego una vez más sólo el
viento suave.
El
sereno camina ahora lentamente por las calles desiertas.
Y
de pronto está en Bagdad, y los mendigos ambulan en maravillosos harapos, y las
mujeres de claros ojos de zafiro sonríen veladamente desde altas y delgadas
ventanas.
El
viento arrastra arenas y confetti.
Las
mujeres y los mendigos desaparecen.
Y
todo es otra vez caballetes, papel maché, telas pintadas y utilería con las
letras del estudio, y detrás del frente de los edificios no hay más que noche,
espacio y estrellas.
El
viejo saca un martillo y unos pocos clavos largos de su caja de herramientas;
mira alrededor hasta que encuentra una docena de buenas maderas y algunos
decorados intactos. Y toma los brillantes clavos de acero entre sus dedos
entumecidos, y son clavos sin cabeza.
Y
empieza a armar Londres otra vez, martillando y martillando, madera a madera,
pared a pared, ventana a ventana, martillando, martillando, más y más
ruidosamente, acero sobre acero, madera en madera, madera contra el cielo,
trabajando durante horas hasta medianoche, golpeando y arreglando y golpeando
otra vez, interminablemente.
-¡Eh,
oiga, usted!
El
viejo se detiene.
-¡Usted,
el sereno! -Un desconocido en traje de mecánico sale de las sombras-. Eh, ¿cómo
se llama usted?
El
viejo se vuelve.
-Smith.
-Bueno,
Smith, ¿qué idea es ésa?
El
sereno observa tranquilamente al desconocido.
-¿Quién
es usted?
-Kelly,
capataz de la cuadrilla de demolición.
El
viejo asiente moviendo la cabeza.
-Ah.
El que echa todo abajo. Ha trabajado mucho hoy. ¿Por qué no está en su casa
jactándose?
Kelly
carraspea y escupe.
-Hay
una maquinaria en el escenario de Singapur que debo revisar. -Se seca la boca-.
Bueno, Smith, ¿qué hace en nombre de Cristo? Deje ese martillo. ¡Está armándolo
todo de nuevo! Nosotros lo tiramos abajo y usted lo levanta. ¿Está loco?
El
viejo asiente.
-Quizás.
Pero alguien tiene que levantar todo otra vez.
-Mire,
Smith. Yo hago mi trabajo, usted hace el suyo, y todos felices. Pero no puedo
tolerar que usted haga líos, ¿entiende? Le avisaré al señor Douglas.
El
viejo asiente con un movimiento de cabeza.
-Llámelo.
Que venga por aquí. Quiero hablar con él. Él es el loco.
Kelly
se ríe.
-¿Está
bromeando? Douglas no ve a nadie. -Sacude la mano, y luego se inclina a
examinar el trabajo recién terminado de Smith-. ¡Eh, un minuto! ¿Qué clase de
clavos está usando? ¡Clavos sin cabeza! ¡Deténgase! ¡Mañana tendremos un
trabajo de todos los demonios, tratando de sacarlos!
Smith
vuelve la cabeza y mira un momento al otro que se balancea.
-Bueno,
ya se sabe que no es posible arreglar el mundo con clavos con cabeza. Son
demasiado fáciles de sacar. Hay que usar clavos sin cabeza y meterlos bien
adentro. ¡Así!
Le
da al clavo de acero un golpe tremendo que lo hunde completamente en la madera.
Kelly
se lleva las manos a la cintura.
-Le
daré otra oportunidad. Deje de armar los escenarios y colaboraré con usted.
-Joven
-dice el sereno, y sigue martillando mientras habla, y piensa, y habla otra
vez-, cuando usted nació yo estaba ya aquí hacía tiempo. Yo estaba aquí cuando
esto no era más que un prado. Y el viento corría en ondas por las hierbas.
Durante más de treinta años vi cómo crecía esto, y era al fin todo el mundo.
Viví aquí. Viví bien. Ahora, este es para mí el mundo real. El mundo de afuera,
más allá de la cerca, es donde paso el tiempo durmiendo. Tengo un cuartucho en
una callejuela y veo titulares y leo acerca de guerras y gente rara y mala.
¿Pero aquí? Aquí está el mundo entero, y todo es paz. Camino por las calles de
este mundo desde 1920. La noche que me siento con ganas tomo un aperitivo en un
bar de los Campos Elíseos. Puedo beber un buen jerez amontillado en la terraza
de algún café de Madrid, si quiero. O si no, yo y las gárgolas de piedra de
allí arriba, allá, mírelas, en lo alto de Notre Dame, podemos considerar graves
cuestiones de Estado y tomar importantes decisiones políticas.
Kelly
mueve una mano impacientemente.
-Sí,
hombre, sí.
-Y
ahora vienen ustedes y lo derriban todo y dejan sólo ese mundo de afuera que no
ha aprendido lo más elemental sobre la paz, lo que yo sé por haber vivido en
esta tierra cercada de púas.
Y
ustedes vienen y lo destrozan todo y ya no hay más paz, en ninguna parte. Usted
y sus demoledores tan orgullosos de sus demoliciones. ¡Destruyendo pueblos y
ciudades y regiones enteras!
-Un
hombre tiene que vivir -dice Kelly-. Tengo mujer e hijos.
-Eso
dicen todos. Tienen mujer e hijos. Y siguen adelante, rompiendo, desgarrando,
matando.
¡Tienen
órdenes! Alguien lo ha mandado. ¡Tienen que hacerlo!
-¡Cállese
y deme el martillo!
-¡No
se acerque!
-Pero,
viejo loco...
-¡Este
martillo no sirve sólo para clavar!
El
viejo hace silbar el martillo en el aire; el demoledor salta hacia atrás.
-Demonios
-dice Kelly-, ¡ha perdido la razón! Llamaré a los estudios centrales. Pronto
vendrá la policía. Dios mío, aquí está usted, construyendo cosas y diciendo
locuras, ¿pero cómo sé que dentro de dos minutos no empezará a echar kerosene y
encender fósforos?
-Yo
no encendería ni un pedazo de leña en este lugar, y usted lo sabe -dice el
viejo.
-Puede
incendiar todo esto, demonios -dice Kelly-. Escuche, viejo, ¡no se mueva de
aquí!
El
demoledor da media vuelta y corre entre las aldeas y ciudades en ruinas y los
soñolientos pueblos de dos dimensiones de aquel mundo nocturno, y cuando sus
pisadas se apagan, se oye una música que el viento toca en los largos y
plateados alambres de púas de la cerca, y el viejo martillea y martillea
buscando maderas largas y alzando paredes hasta que jadea al fin, y siente que
le estalla el corazón. Deja caer el martillo, y los clavos tintinean como
monedas en el pavimento.
-Es
inútil, es inútil -se dice el viejo a sí mismo-. No puedo levantarlo todo antes
que vengan.
Necesitaría
que alguien me ayudara y no sé que hacer.
El
viejo deja el martillo en el camino y echa a caminar sin dirección fija, sin
propósito, aparentemente, sólo pensando que desea dar un último paseo, mirar
todo por última vez y despedirse de todo lo que es o era posible despedirse en
ese mundo. Y camina con las sombras alrededor y las sombras que cruzan aquella tierra
donde se ha hecho tarde realmente, y las sombras son de todo tipo y especie y
tamaño, sombras de edificios y sombras de gente. Y el viejo no las mira
directamente, pues podrían desaparecer. No, camina nada más, y atraviesa
Piccadilly Circus..., el eco de sus pisadas..., o la Rué de la Paix..., un
carraspeo..., o la Quinta Avenida..., y no mira a la derecha o la izquierda. Y
a su alrededor, en umbrales oscuros y ventanas vacías, están sus numerosos
amigos, sus buenos amigos, sus muy buenos amigos. A lo lejos el siseo y el
vapor y el suave murmullo de una máquina de caffe espresso toda plata y cromo,
y dulces canciones italianas..., el aleteo de unas manos en la oscuridad sobre
las bocas abiertas de las balalaicas, un susurro de palmeras, un tamborileo y un
repiqueteo y tintineo de campanas, y un sonido de manzanas que caen en la suave
hierba nocturna y que es el movimiento de los pies desnudos de unas mujeres que
bailan en círculos con el débil repiqueteo y el tintineo de las campanillas
doradas. El crujido de granos de maíz triturados sobre negra piedra volcánica,
el siseo de las tortillas sumergidas en aceite caliente, una boca que sopla y
el abanico de una hoja de papaya y las chispas de mil luciérnagas se alzan
desde uñas brasas encendidas; en todas partes caras y formas, en todas partes
movimientos y gestos y fuegos fantasmales que hacen flotar en el aire, como en
un agua ardiente, las mágicas caras de color de antorcha de unas gitanas
españolas, las bocas abiertas que gritan canciones que hablan de la rareza y la
extrañeza y la tristeza de vivir. En todas partes sombras y gente, en todas
partes gente y sombras y cantos.
¿Sólo
eso tan común..., el viento?
No.
La gente está toda aquí. Están aquí desde hace muchos años. ¿Y mañana?
El
viejo se detiene, y se lleva las manos al pecho.
No
estarán más.
¡Una
bocina!
Del
otro lado de la cerca de alambre de púas..., ¡el enemigo! Del otro lado del
portón un coche de la policía, pequeño y negro, y una gran limosina negra del
estudio, a cinco kilómetros.
La
bocina llama como una trompeta.
El
viejo se toma de los travesaños de una escalera de mano y sube. El sonido de la
bocina lo empuja hacia arriba, más y más. El portón se abre con un estruendo.
El enemigo entra atropellándose.
-¡Allá
va!
Las
deslumbrantes luces de la policía brillan sobre las ciudades del prado; las
luces revelan los tiesos telones de Manhattan, Chicago, y Chungkin. La luz se
refleja en las torres de imitación piedra de la catedral de Notre Dame, y se
fijan en una figurita que se mantiene en equilibrio en los aleros, y sube y
sube hacia donde la noche y las estrellas giran lentamente.
-¡Allí
está, señor Douglas, arriba!
-Dios
mío. Pero es que un hombre no puede pasar la noche en una tranquila reunión sin
que...
-¡Está
encendiendo un fósforo! ¡Llamen a los bomberos!
En
lo alto de Notre Dame, el sereno, mirando hacia abajo, protege el fósforo del
viento suave, mira a la policía, los trabajadores, y el productor de traje
negro, un hombre corpulento, que lo mira a su vez. Luego lleva lentamente el
fósforo a la punta del cigarro, y lo enciende con lentas chupadas.
-¿Está
el señor Douglas ahí abajo? -llama luego.
-¿Para
qué me quiere? -responde una voz.
El
viejo sonríe.
-¡Suba,
solo! ¡Venga armado, si quiere! ¡Quiero charlar con usted!
En
el vasto patio de la iglesia resuenan unas voces.
-¡No
vaya, señor Douglas!
-Deme
su pistola. Terminemos con esto y así podré volver a la fiesta. Protéjanme, no
correré riesgos. No quiero que se quemen estos escenarios. Sólo en madera hay
aquí dos millones de dólares. ¿Listos? Allá voy.
El
productor sube muy arriba por los escalones nocturnos, hasta la media caparazón
de Notre Dame donde el viejo se apoya en una gárgola de yeso, y fuma
tranquilamente su cigarro. El productor se detiene, asoma el cuerpo por la
abertura de una trampa, y apunta con la pistola.
-Muy
bien, Smith. No se mueva.
Smith
se saca lentamente el cigarro de la boca.
-No
tenga miedo. No me pasa nada.
-No
estoy muy seguro.
-Señor
Douglas -dice el sereno-, ¿leyó usted el cuento del hombre que viaja al futuro
y descubre que todos están locos? Todos. Pero como están todos locos, no saben
que están locos.
Todos
actúan del mismo modo y por lo tanto se creen normales. Y como nuestro héroe es
el único cuerdo entre ellos, él es el anormal, el loco. Para ellos, por lo
menos. Sí, señor Douglas, la locura es algo relativo. Depende de quien encierre
a quién.
El
productor maldice entre dientes.
-No
he subido aquí para hablar toda la noche. ¿Qué quiere?
-Quiero
hablar con el Creador. Es decir con usted, señor Douglas. Usted creó todo esto.
Usted vino aquí un día y golpeó la tierra con una mágica libreta de cheques, y
gritó: «¡Que se haga París!» Y París se hizo: calles, bistrós, flores, vino,
puestos de libros al aire libre, y todo. Y golpeó las manos otra vez: «¡Que se
haga Constantinopla!» Golpeó las manos mil veces, y cada vez hizo algo nuevo, y
ahora cree usted que golpeando las manos una última vez puede convertir todo en
ruinas.
Pero,
señor Douglas, no es tan fácil.
-¡Soy
dueño del cincuenta y uno por ciento de las acciones del estudio!
-¿Pero
el estudio le pertenece realmente? ¿Se le ocurrió alguna vez venir aquí alguna
noche y subir a esta catedral y ver qué mundo maravilloso creó usted? ¿Pensó
alguna vez si no sería una buena idea sentarse aquí conmigo y mis amigos y
beber con nosotros una copa de jerez amontillado?
Muy
bien, sí, el amontillado huele y sabe a café, y parece café. Imaginación, señor
Creador, imaginación. Pero no, usted nunca vino, nunca subió, nunca miró o
escuchó o se preocupó. Hay siempre una fiesta en alguna parte. Y ahora,
demasiado tarde, sin consultarnos, quiere destruirlo todo. Quizás sea dueño del
cincuenta y uno por ciento de las acciones del estudio, pero no es dueño de
ellos.
-¡Ellos!
-grita el productor-. ¿Qué es esto de «ellos»?
-Es
difícil explicarlo. La gente que vive aquí. -El sereno mueve la mano en el aire
desierto hacia las medias ciudades y la noche-. Se han hecho tantos filmes aquí
en estos años. Los extras caminaron vestidos por las calles, hablaron un millar
de lenguas, fumaron cigarrillos y pipas de espuma de mar, y hasta narguiles
persas. Bailarinas bailaron. Resplandecientes, oh, qué resplandecientes.
Mujeres veladas sonrieron desde altos balcones. Desfilaron soldados. Jugaron
niños.
Lucharon
caballeros de armaduras de plata. Hubo anaranjadas tiendas de té. Se oyó el
llamado de los gongs. Los barcos de los vikingos navegaron los mares
interiores.
El
productor sale por la puerta trampa y se sienta en las tablas del techo, y el
arma le descansa más despreocupadamente en la mano. Parece mirar al viejo,
primero con un ojo, luego con otro, y escucharlo con un oído y luego con el
otro, y de cuando en cuando sacude un poco la cabeza.
El
sereno continúa: -Y de algún modo, cuando se fueron los extras y los hombres
con las cámaras y micrófonos y todos los equipos, y se cerraron los portones y
se alejaron en grandes autos, de algún modo algo quedó de aquellos miles de
personas distintas. Lo que habían sido, o habían pretendido ser, no
desapareció. Los idiomas extranjeros, los trajes, lo que hicieron, lo que
pensaron, sus religiones y sus músicas, y las cosas grandes y pequeñas
siguieron aquí. Los paisajes de lejanos lugares. Los olores. El viento alado.
El mar. Todo está aquí esta noche..., si usted escucha.
El
productor escucha y el viejo escucha entre los pintados telones de la catedral,
con la luz de la luna que enceguece las gárgolas de yeso, y el viento que hace
murmurar las bocas de piedra falsa, y el sonido de mil tierras en la tierra de
allá abajo que ese viento barre y cubre de polvo, mil minaretes amarillos y
torres blancas como la leche y verdes avenidas aún intactas entre un centenar
de nuevas ruinas; y en todo listones y alambres murmuran como una gran arpa de
madera y acero que alguien toca en la noche, y el viento se lleva aquel sonido
al cielo donde escuchan los dos hombres.
El
productor ríe brevemente y sacude la cabeza.
-Ha
oído -dice el sereno-. Ha oído, ¿no es cierto? Lo vi en su cara.
Douglas
se mete la pistola en el bolsillo del chaleco.
-Si
uno escucha esperando oír algo, lo oye. Cometí el error de escuchar. Usted
debía haber sido escritor. Podía dejar sin trabajo a media docena de los
mejores del estudio. Bueno, ¿qué dice? ¿Está dispuesto a bajar ahora?
-Parece
usted casi amable -dice el sereno.
-No
lo sé. Me arruinó una buena noche.
-¿Sí?
Ésta no ha sido tan mala, ¿no es cierto? Un poco diferente, diría yo.
Estimulante quizás.
Douglas
ríe quedamente.
-Usted
no es peligroso. Sólo necesita compañía. Aquí está su trabajo, y todo se va al
diablo, y se siente solo. Sin embargo, no lo entiendo enteramente.
-No
me diga que le he hecho pensar -dice el viejo.
Douglas
gruñe.
-Cuando
uno vive bastante en Hollywood, se conoce a toda clase de gente. Además, nunca
estuve aquí arriba. Es un verdadero espectáculo como usted dice. Pero maldita
sea si puedo comprender por qué llora usted estas telas y maderas. ¿Qué
representan para usted?
El
sereno se apoya en una rodilla y golpea con una mano la palma de la otra,
subrayando sus argumentos.
-Mire.
Como dije antes, usted llegó aquí hace años, dio una palmada, ¡y se alzaron
trescientas ciudades! Luego añadió usted medio millar de otras naciones y
estados y gentes y religiones y sistemas políticos entre los límites de la
cerca de alambre. ¡Y las dificultades aparecieron! Oh, nada que uno pudiese
ver. Todo estaba en el viento y los espacios intermedios. Pero eran las mismas
dificultades del mundo de afuera: riñas y tumultos y guerras invisibles. Pero
al fin las dificultades desaparecieron. ¿Quiere saber por qué?
-Si
no lo quisiera no estaría aquí helándome.
Un
poco de música nocturna, por favor, piensa el viejo, y mueve la mano en el aire
como si tocase una hermosa música, la más indicada para acompañar lo que quiere
decir.
-Porque
usted unió Boston a Trinidad -dice suavemente-, y parte de Trinidad se metió en
Lisboa, y parte de Lisboa entró en Alejandría, y Alejandría se unió a Shanghai
con unos cuantos clavos y clavijas, y lo mismo Chattanoga, Oshkosh, Oslo, Sweet
Water, Soissons, Beirut, Bombay y Port Arthur. Usted dispara contra alguien en
Nueva York y el hombre se tambalea y cae muerto en Atenas. Usted recibe un
soborno político en Chicago y alguien es encarcelado en Londres. Usted cuelga
un negro en Alabama y tienen que enterrarlo en Hungría. Los judíos muertos de
Polonia llenan las calles de Sidney, Portland y Tokio. Le clava un cuchillo en
el estómago a un hombre en Berlín y le sale por la espalda a un granjero de
Memphis. Todo está cerca, tan cerca. Por eso hay paz aquí. Estamos tan
apretados, que tiene que haber paz, o nada quedaría en pie. Un incendio nos
destruiría a todos, y no importaría quien lo provocara, o por qué. Así que esta
gente, los recuerdos, o como quiera llamarlo, que están aquí, viven tranquilos,
y éste es su mundo, un buen mundo, un magnífico mundo.
El
viejo se detiene, se pasa la lengua por los labios y toma aliento.
-Y
mañana -dice- usted va a destruirlo.
El
viejo se queda en cuclillas un rato más, luego se incorpora y contempla las
ciudades y las mil sombras de esas ciudades. La gran catedral de yeso cruje y
se balancea en el aire de la noche, hacia adelante y hacia atrás, con las
mareas del verano.
-Bueno
-dice Douglas al fin-, este..., ¿bajamos ahora?
Smith
asiente con un movimiento de cabeza.
Douglas
desaparece, y el sereno escucha cómo Douglas baja y baja por los negros
escalones.
Entonces,
luego de un pensativo titubeo, se toma de la escalera, se murmura algo a sí
mismo, y empieza el largo descenso en la oscuridad.
Todos
se han ido; la policía del estudio y unos pocos trabajadores y algunos jefes
menores. Sólo queda un coche grande y negro que espera detrás de la cerca de
alambre de púas mientras los dos hombres hablan en las ciudades del prado.
-¿Qué
va a hacer ahora? -pregunta Smith.
-Volver
a mi fiesta, supongo -dice el productor.
-¿Será
divertida?
-Sí.
-El productor titubea-. ¡Claro que será divertida! -Mira la mano derecha del
sereno-.
No
me diga que encontró el martillo del que me habló Kelly. ¿Empezará a construir
otra vez? ¿No abandona, eh?
-¿Abandonaría
usted si fuese el último constructor y todos los otros fuesen demoledores?
Douglas
echa a caminar junto con el viejo.
-Bueno,
quizás vuelva a verlo, Smith.
-No
-dice Smith-. No estaré aquí. Todo esto no estará aquí. Si usted vuelve otra
vez, será demasiado tarde.
Douglas
se detiene.
-Demonios,
¿qué quiere que yo haga?
-Algo
muy simple. Conserve todo esto. Deje estas ciudades en pie.
-¡No
puedo! Maldita sea. Razones de negocios. Tiene que desaparecer.
-Un
hombre con buen olfato para los negocios y un poco de imaginación puede
encontrar alguna buena razón para salvar esto -dice Smith.
-¡Me
espera el coche! ¿Cómo saldré de aquí?
El
productor pasa por encima de un trozo de mampostería, se abre paso entre unas
ruinas, aparta maderas, se apoya un momento en fachadas de yeso y telones. Cae
polvo del cielo.
-¡Cuidado!
El
productor se tambalea envuelto en una nube de polvo y ladrillos. Anda a
tientas, tropieza, y el viejo lo toma por el brazo y tira hacia adelante.
-¡Salte!
Saltan,
y medio edificio se desmorona en lomas y montañas de maderas y papeles. Un
enorme capullo de polvo se abre en el aire.
-¿Se
encuentra bien?
-Sí.
Gracias, gracias. -El productor mira el caído edificio. El aire se aclara-.
Probablemente me ha salvado la vida.
-No
lo creo. Casi todos esos ladrillos son de papel maché. Sólo hubiera recibido
unos golpes y cortaduras.
-Gracias,
de todos modos. ¿Qué edificio era ése?
-Una
torre normanda. No se acerque al resto. Puede caerse también.
-Tendré
cuidado. -El productor se acerca lentamente-. ¡Pero podría echar abajo todo
este condenado edificio con una sola mano! -Hace la prueba; el edificio se
inclina y estremece y gime.
El
productor se aparta rápidamente-. Podría derribarlo en un segundo.
-Pero
no lo hará -dice el sereno.
-Oh,
¿no? ¿Qué importa una torre francesa menos a estas horas?
El
viejo lo toma por el brazo.
-De
una vuelta hasta el otro lado de la torre.
Van
al otro lado.
-Lea
ese letrero -dice Smith.
El
productor enciende su encendedor, alza la llama, y lee: -Banco Nacional de
Mellin Town. -Hace una pausa-. Illinois -lee, muy lentamente.
El
edificio se alza a la dura luz de las estrellas y la luz tierna de la luna.
-De
un lado -Douglas mueve la mano como en una escala musical- una torre francesa.
Del otro lado -da siete pasos a la derecha y siete a la izquierda, mirando de
costado- Banco Nacional.
Banco.
Torre. Torre. Banco. Bueno, maldita sea.
Smith
sonríe y dice: -¿Todavía quiere echar abajo la torre francesa, señor Douglas?
-Un
minuto, un minuto, espere, espere.
De
pronto, Douglas empieza a ver los edificios que se alzan ante él. Gira
lentamente, alzando y bajando los ojos, y mirando de izquierda a derecha y de
derecha a izquierda. Mira aquí, mira allá, ve esto, ve aquello, examina,
clasifica, separa, y reexamina. Echa a caminar en silencio. Cruzan las ciudades
del prado, entre hierbas y flores silvestres, y llegan a unas ruinas y
semirruinas y se meten entre ellas, y llegan a unas avenidas y ciudades y
pueblos y entran en ellos.
Inician
un recital que no se interrumpe mientras pasean. Douglas preguntando, el sereno
respondiendo, Douglas preguntando, el sereno respondiendo.
-¿Qué
es esto por aquí?
-Un
templo budista.
-¿Y
del otro lado?
-La
cabaña donde nació Lincoln.
-¿Y
aquí?
-La
iglesia de San Patricio, Nueva York.
-¿Y
el reverso?
-¡Una
iglesia ortodoxa de Rostov!
-¿Qué
es esto?
-¡La
puerta de un castillo en el Rhin!
-¿Y
adentro?
-¡Un
despacho de bebidas gaseosas en la ciudad de Kansas!
-¿Y
aquí? ¿Y aquí? ¿Y allá? ¿Y qué es aquello? -pregunta Douglas-. ¡Qué es esto!
¡Qué veo allá! ¡Y allí!
Parece
como si estuviesen corriendo y precipitándose y gritando por las ciudades,
aquí, allí, en todas partes, arriba, abajo, adentro, afuera, subiendo, descendiendo,
hurgando, moviendo, abriendo y cerrando puertas.
-¡Y
esto, y esto, y esto, y esto!
El
sereno dice todo lo que hay que decir.
Sus
sombras corren adelante en las estrechas callejuelas, y las avenidas tan anchas
como ríos de piedra y arena.
Describen
un gran círculo mientras hablan, y al fin vuelven al punto de partida.
Callan
otra vez. El viejo guarda silencio pues lo ha dicho todo, y el productor guarda
silencio para escuchar y recordar y ordenar todo en su mente. Distraídamente,
busca tanteando su cigarrera. Tarda un minuto en abrirla, observando sus
propios movimientos, pensando en ellos, y al fin se la ofrece al sereno.
-Gracias.
Encienden
pensativamente los cigarrillos. Fuman y miran el humo que se pierde en el aire.
-¿Dónde
está ese maldito martillo suyo? -dice Douglas.
-Aquí
-dice Smith.
-¿Tiene
clavos?
-Sí,
señor.
Douglas
chupa largamente su cigarrillo y echa una bocanada de humo.
-Muy
bien, Smith. A trabajar.
-¿Qué?
-Ya
me ha oído. Clave lo que pueda, en sus horas de trabajo. La mayor parte de lo
que se ha derrumbado está ya perdido. Pero los trozos y pedazos que concuerden
y queden bien, clávelos.
Gracias
a Dios aún hay mucho en pie. Tardé mucho tiempo en darme cuenta. Un hombre con
olfato para los negocios y un poco de imaginación, dijo usted. Éste es el
mundo, dijo usted. Debí haberlo visto hace años. Aquí está todo dentro de la
cerca, y yo demasiado ciego para ver que podía hacerse con esto. La Federación
Mundial en mi propio patio y yo destruyéndola a puntapiés. Dios me ampare, pero
necesitamos más locos y más serenos.
-Sabe
usted -dice el sereno-, me estoy poniendo viejo y raro. No se burlará de un
hombre viejo y raro, ¿no es cierto?
-No
haré promesas que no pueda cumplir -dice el productor-. Pero le prometo que
haré lo que pueda. Hay una posibilidad para que podamos seguir adelante. Sería
una hermosa película, sin duda. Podemos hacerla toda aquí, dentro de la cerca.
No habrá dudas sobre el argumento tampoco.
Usted
lo ha sugerido. Es suyo. No será difícil poner a algunos escritores a trabajar
en él. Buenos escritores. Quizá algo corto, veinte minutos, pero podemos
mostrar todas las ciudades y países aquí, sosteniéndose y apoyándose unos en
otros. Me gusta la idea. Me gusta mucho, créame. A cualquier hombre del mundo
que le mostremos la película, le gustará también. No podrán hacerla a un lado,
será demasiado importante.
-Es
bueno oírlo hablar así.
-Espero
seguir hablando así -dice el productor-. No se puede confiar en mí. Ni yo mismo
me tengo confianza. Demonios, un día estoy excitado, deprimido el otro. Quizá
tenga usted que darme algún martillazo en la cabeza, de cuando en cuando.
-Me
complacerá mucho -dice Smith.
-Y
si hacemos la película -dice el hombre más joven- supongo que usted podrá
ayudar.
Conoce
los escenarios mejor que nadie. Cualquier sugerencia que usted quiera hacer,
será bien recibida. Luego, después de hacer el film, supongo que no le
importará a usted que echemos abajo el resto del mundo, ¿de acuerdo?
-Le
doy mi permiso -dice el sereno.
-Bueno,
soltaré los sabuesos unos pocos días y veré qué pasa. Enviaré un equipo de
filmación mañana a ver qué podemos utilizar como escenario. Enviaré algunos
escritores. Quizá pueda proporcionar usted toda la charla. Demonios, demonios,
esto irá adelante. -Douglas se volvió hacia la puerta-. Mientras tanto, use su
martillo todo lo posible. Ya lo veré a usted. Dios mío, ¡estoy helado!
Caminan
de prisa hacia el portón. En el camino, el viejo encuentra su valija donde la
ha dejado horas antes. La toma, saca el termo, y lo sacude.
-¿Qué
le parece un trago antes de irse?
-¿Qué
tiene ahí? ¿Un poco de ese amontillado del que me habló?
-1876.
-Bebamos
un poco, sí.
El
viejo abre el termo y vierte el líquido humeante en el vaso.
-Sírvase
-dice.
-Gracias.
A su salud. -El productor bebe-. Está muy bueno. Ah, está realmente bueno.
-Quizás
sabe a café, pero puedo asegurarle que nunca se embotelló amontillado mejor.
-Puede
asegurarlo de veras.
Los
dos hombres beben el líquido caliente entre las ciudades del mundo, a la luz de
la luna, y el viejo recuerda algo: -Hay una vieja canción muy apropiada para
este momento, una canción de bebedores, me parece, una canción que cantamos
todos los que vivimos de este lado de la cerca, cuando nos sentimos de acuerdo,
cuando yo escucho bien, y el viento mueve los hilos telefónicos. Dice así:
«Todos vamos a casa por el mismo camino, una misma colección, en una misma
dirección, todos vamos a casa por el mismo camino.
Así
que no hay por qué separarse, y subiremos juntos como las hojas de la hiedra
por la pared del viejo jardín...» Acaban de beber el café en medio de
Port-au-Prince.
-¡Eh!
-dice el productor de pronto-. ¡Cuidado con ese cigarrillo! ¡No querrá quemar
todo el maldito mundo!
Los
dos hombres miran el cigarrillo y sonríen.
-Tendré
cuidado -dice Smith.
-Hasta
luego -dice el productor-. Llegaré realmente tarde a esa fiesta.
-Hasta
luego, señor Douglas.
La
aldaba del portón se abre y se cierra, las pisadas mueren, la limosina se pone
en marcha y se aleja a la luz de la luna dejando atrás las ciudades del mundo y
la figura de un viejo que se alza entre las ciudades del mundo, y saluda con
una mano.
-Hasta
luego -dice el sereno.
Y
luego, sólo el viento.
F I N
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