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Oscar Camarero - El umbral


             Hacia poco más de un mes que los rumores habían dejado de serlo y Kerban, general en jefe del ejército, miraba al sur con impaciéncia.

            Recordó el dia en que llegaron a Bálira las primeras noticias de boca de pastores de más allá de las estepas, y cómo el Rey, a pesar de darles poca credibilidad, ordenó que fuesen investigadas. Se enviaron varios exploradores en busca de indicios, pero jamás regresaron, y el rumor empezó a convertirse en una amenaza real a medida que pasaban los días. A tenor del clamor popular el mismo Kerban fue encargado de la investigación y mandó un contingente de veinte hombres a averiguar cuanto pudiesen. Al cabo de una semana tan solo tres regresaron con vida.
            Nada más llegar se les hizo presentarse ante el consejo, mientras el populacho permanecía a las puertas de palacio, atentos a cualquier noticia.
            Uno de los soldados era presa de los nervios y no podía hablar así que los otros dos lo hicieron por él. Y lo que relataron fue horrible.
            Por lo que habían podido ver y oir un incontable ejército de muertos se dirigía hacia el norte arrasando todo cuanto hallaban a su paso y convirtiendo en soldados  de las tinieblas a todos aquellos a los que asesinaban. Los que podían huían aterrorizados a medida que la macabra legión  se acercaba a sus hogares, dejando atrás todas sus pertenencias y sus cultivos que más tarde, eran incendiados por los muertos pues no necesitaban de ellos. Aquel ejército avanzaba de noche y de dia, con oscura determinación devorando poco a poco más y más kilómetros sin darse un momento de descanso y sin desviarse ni un ápice de su ruta hacia Bálira.
            El consejo escuchaba de tal forma a aquellos hombres que sólo el brillo de sus ojos indicaba que estaban vivos pues su quietud, su silencio y la palidez de sus rostros parecían evidenciar lo contrario. Entonces los soldados interrumpieron su relato, y uno de ellos se arrodilló ante el Rey y le dijo:
            - Mi Señor, no me atrevería a contaros lo que viene a continuación  si no fuera por lo extraordinario de los acontecimientos,  pero teniendo en cuenta el peligro que corremos todos y que tarde o temprano podréis observarlo con vuestros propios ojos permitidme que, aún sonando a producto de una mente enloquecida, os diga que entremedio de aquel singular ejército se alzaban los estandartes de Ferín, Selgay y Suk-mer.
            Un silencio mortal invadió la sala y una tremenda pesadumbre se abatió sobre todos los presentes. Kerban miró inquisitivamente al Rey, que se levantó y dijo:
            - Graves son en verdad estos hechos, a la vez que sorprendentes, pero Bálira ha vencido siempre a cualquier adversario por poderoso que éste fuera, así que esta vez no será diferente. Nuestras fuerzas y los Dioses nos llevaran a la victoria.
            Y dicho esto disolvió el consejo, no sin antes ordenar que aquellos tres soldados fuesen alojados en palacio, y fuesen atendidos como a cortesanos y recompensados con creces por sus servicios. Los soldados agradecieron la deferencia de su soberano hacia ellos y se retiraron, y al poco la sala quedó vacía a excepción hecha de Kerban y del Rey. El general se hallaba de pie junto a su soberano que se había vuelto a sentar y miraba sin mirar un antorcha de las que iluminaban la sala. Kerban cerró los ojos y a través de sus recuerdos vio a su padre, un capitán de la Guardia Real, contándole la historia y las leyendas de Bálira que tanto le impresionaron de pequeño y que le llevaron a alistarse en el ejército. Podía verle explicándole todas aquellas historias junto al fuego, y los nombres de Ferín, Selgay y Suk-mer tomaron forma. 
            Hace ochocientos años, el duodécimo Rey de Bálira descubrió lo que más tarde se conocería como El Umbral, una puerta mística que da acceso a otros planos del universo y una fuerza inagotable de poder pues está compuesta de energía pura. Comprendió enseguida el resultado de que esa puerta cayera en manos de poderes oscuros, así que trasladó la corte y la capital a aquel enclave para evitar que su poder se volviese contra la humanidad. Pero ya desde el principio, aquel poder ejercía de imán para todos los espíritus malignos, y desde el dia de su descubrimiento, Bálira tuvo que luchar para proteger El Umbral de las fuerzas oscuras que querían poseerlo.
            Muchas son las historias y leyendas que han forjado estas luchas pero una de las más sobrecogedoras se recoge en las crónicas de la ciudad hace ya quinientos años, cuando Ferín el Negro sitió la ciudad durante tres meses y conjuró a la lluvia y al viento para que la arrasasen. Otra acaeció trescientos años atrás, cuando Selgar de las Tierras Yermas destruyó la ciudad haciendo crecer las raíces de los árboles y las plantas de tal forma que socavaron hasta los cimientos del palacio. Y hace tan poco como para que aún quede gente que lo recuerde Suk-mer, que tenia poder sobre las criaturas del infierno, conjuró un demonio para que matase al Rey mientras dormía y así poder suplantarle mediante un hechizo y hacerse con el poder de Bálira y asimismo del Umbral.  Sin duda, estos tres fueron los brujos que más habían amenazado la existencia de Bálira y sus habitantes, y ahora, al parecer, habían arrastrado sus cuerpos desde sus tumbas y el pasado para conseguir el poder de la puerta.
            - Es sorprendente que tres brujos tan poderosos se hayan puesto de acuerdo en compartir el poder del Umbral ¿no crees?
            Kerban salió de su ensoñación y se giró hacia el Rey que lo observaba
            - Si, bastante extraño - contestó - pero el caso es que son una amenaza tangible- Y por primera vez en su vida Kerban no incluyó en la frase un “majestad” o un “mi señor”.
            El Rey se dio cuenta del hecho y su rostro se tornó un poco más sombrío, pues comprendió que grande había de ser la preocupación del hombre en el que había depositado la defensa total de Bálira.
            -¿Crees que tardarán mucho en llegar?- le preguntó
            - No majestad - contestó Kerban, y al Rey se le dibujó una sonrisa en los labios.
            - En cualquier caso - añadió- nos quedan al menos tres semanas para prepararnos, mi Señor, tiempo suficiente para demostrarles que Bálira no sólo no se rinde sino que está dispuesta a ganar la batalla.
            -¡Así me gusta oirte Kerban! ¡Dispuesto a plantar cara a esos malditos!
            - Por eso me disteis el mando del ejército Señor. Sin embargo, aún quedan tres semanas para la lucha y temo que hayan muchas deserciones para entonces.
            - Hemos de mantenernos unidos - dijo el Rey - y decirle al pueblo que si Bálira cae, su huida sólo retrasara el momento final, pues la derrota será el principio del fin de la humanidad.
            - Así hemos de entenderlo todos majestad, por eso pienso mandar emisarios a los reinos vecinos para que nos ayuden en la lucha. Por de pronto habéis hecho bien en retener a esos soldados en palacio; sólo los Dioses saben que efecto tendrían sus palabras sobre el pueblo. Aunque siempre hay la posibilidad de que la filtración provenga de un miembro del consejo.
            - Sin embargo eso es más difícil - dijo el Rey - No olvides que todos son nobles, dueños de propiedades y tierras que defender además de sus vidas, y por tanto los primeros interesados en callar.
            - De todas formas las noticias llegaran a oídos del populacho cuando el ejército de muertos se halle a unas pocas jornadas de aquí. Lo imprescindible, mi Señor, es estar preparado para entonces.
            Con esas palabras dieron por concluida la conversación y ambos marcharon de la sala: el Rey para informar a su pueblo de que habían noticias de que un ejército se dirigía hacia la ciudad y que habían de almacenar alimentos para aguantar el sitio, si éste se producía, y Kerban para mandar a los emisarios y preparar los efectivos para el combate.
            Pasaron dos semanas y el Rey cayó presa de una extraña enfermedad. Los sanadores no acertaban a determinar la naturaleza de la misma y su fin parecía próximo. A los dos días mandaron llamar a Kerban a la presencia del Rey, y cuando se hallaron a solas le dijo:
            - Kerban, amigo- era la primera vez que el Rey se dirigía a él en aquellos términos- mi fin está próximo. Los sanadores no pueden hacer nada por mi pues el origen de mi enfermedad sospecho que sea oscuro. Es una lástima que no pueda estar al lado de mi pueblo en este momento tan crucial para su supervivencia, por eso quiero que me prometas que agotaras todas las vías para acabar con este peligro que nos amenaza. Supongo que ya imaginas que no es posible una rendición pues el fin de todos nosotros es inexorablemente la muerte en caso de derrota.
            - Majestad- dijo Kerban- debéis descansar para el dia del combate. Hablando mermáis vuestras fuerzas de las que ahora estáis tan necesitado.
            - No intentes animarme Kerban. Sé perfectamente que mi fin está cerca pues he visto a la muerte rondar por mi alcoba. Pero no tengo miedo. Confío en ti para proteger a Bálira y estoy seguro de que el buen juicio guía a nuestros vecinos y que estos vendrán a luchar contra el poder oscuro.
            - Así es mi Señor - dijo Kerban - La mayoría de mis emisarios han regresado y me informan de que los ejércitos de nuestros aliados están en camino.
            - Esa noticia me reconforta - masculló el Rey - Tiempo atrás vencimos a esos magos por separado aunque en aquellas épocas nuestros sabios conocían las artes de la hechicería. Ahora sin embargo ese conocimiento se ha perdido y en verdad la ayuda de nuestros vecinos es lo único que puede salvarnos.
            El Rey calló un momento para coger aire y Kerban bajó la mirada. De los emisarios que enviara sólo unos pocos lo habían hecho con vida, y lo que estos le contaron no fue nada alentador. Le hablaron de ciudades devastadas, de castillos sobre los que ondeaban los estandartes de la alianza arcana, de bosques y campos arrasados por las llamas, de cadáveres ultrajados para engrosar las filas de los ejércitos de muertos, de caos y de un imperio de terror que se extendía por doquier. Bálira estaba sola.
            Cuando Kerban alzó la mirada el Rey ya había muerto.
            Llamó a la guardia y ordenó construir una pira en la almena más alta y mientras el cuerpo de su Rey se consumía por las llamas dijo:
            - Las fuerzas arcanas no os tomaran para su ejército, Majestad, ni a vos ni a ningún súbdito vuestro.
            Dicho esto, ordenó apilar troncos a lo largo de las murallas, como solución final en caso de derrota, y como mera defensa en el mejor de los casos.

            Kerban todavía miraba al sur desde la muralla principal. Recordaba estos hechos como si sólo hiciera unos instantes que se produjeran, a pesar de que ya hacia una semana que el Rey falleciera. Desde entonces, las luchas internas y las intrigas palaciegas se habían sucedido sin cesar y en la ciudad reinaba el desorden. Ahora ya sólo cabía esperar.
            Las hordas de muertos se hallaban a tres días de marcha de Bálira y sus fuerzas eran incalculables mientras que por su parte Kerban apenas tenia hombres para defender las murallas. Las deserciones se sucedían a pesar de la advertencia de que cualquiera que abandonase su puesto seria ejecutado.
            Ahora, la lluvia del amanecer repiqueteaba sobre el yelmo del general que miraba impaciente hacia el sur. Ardía en deseos de entablar combate con las fuerzas de la alianza arcana, esperando que el coraje y la astucia fueran suficientes y que hubiese una esperanza para toda la humanidad. Si no era así, el mundo tal y como ahora lo conocía desaparecería.

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