Gerassi no puede dormir por las mañanas; así que hoy a las seis,
con una temperatura aún glacial, conecto el altavoz y preguntó a Marta:
—¿Estás lista?
Su voz penetrante resultaba tan ineludible como el destino. Era
inútil esconderse debajo de las mantas, o taparse la cabeza con la almohada.
—Marta —continuó Gerassi—. Tengo la sensación de que encontraremos
algo interesante hoy. ¿Tú qué piensas?
Marta sólo deseaba dormir. Detestaba a Gerassi, y se lo demostró
en términos que no dejaban ningún lugar a dudas. Él lanzó una carcajada, y el
altavoz amplificó el sonido. Al oírlo, el capitán conectó su intercomunicador y
bramó a través de él:
—¡Cállate Gerassi! ¡Acabo de salir de una guardia!
—Lo siento capitán —contestó el aludido—, pero estamos casi listos
para salir rumbo a la excavación. Podemos llevar a cabo el doble de trabajo por
la mañana que por la tarde. Y ahora estamos corriendo contra el reloj.
El capitán no le contestó, así que arrojé a un lado las mantas y
me senté en la litera. Mis pies tocaron el suelo. ¿A lo largo de cuántas
mañanas se habrían posado mis pies en el mismo punto gastado de la alfombra?
Debía levantarme. Gerassi estaba en lo cierto; el mejor momento para trabajar
aquí era por la mañana.
Luego del desayuno, abandonamos el Spartak por la escotilla
de carga. La rampa de acceso estaba ya fuertemente rayada por los vehículos de
carga. Dentro de la bodega se veían parches de arena marrón y algunas ramas
marchitas que habían sido arrastradas por el viento durante la noche. No
necesitábamos trajes espaciales; hasta que el calor comenzara a apretar, antes
del mediodía, era suficiente con las máscaras y tanques de aire livianos a la
espalda.
El valle, marrón y desolado, levemente ondulado, se extendía hasta
el horizonte. El polvo se veía suspendido sobre él, filtrándose por doquier:
los pliegues de la ropa, las botas, incluso por debajo de la máscara. Así y
todo, el polvo era mucho más soportable que el barro. Si una tormentosa nube
pasajera derramaba una breve lluvia sobre el valle, debíamos abandonar los
trabajos y arrastrarnos entre el limo hasta la nave, donde nos veíamos
obligados a esperar hasta que el suelo se secara. Incluso los jeeps eran
impotentes luego de una lluvia copiosa.
Uno de esos vehículos esperaba en la rampa. La excavación distaba
sólo diez minutos a pie, pero ahora el tiempo se había transformado en un
factor esencial. Estábamos pensando en abandonar este planeta muy pronto, y
nuestras reservas de alimentos y otras provisiones eran apenas las
imprescindibles para el viaje de regreso. Nos habíamos demorado demasiado,
empleando seis años en esta sola búsqueda. El viaje de regreso tomaría al menos
cinco más.
Zakhir se encontraba atareado alrededor del otro jeep; por lo
visto, los geólogos también saldrían de exploración. Nos despedimos de él y
saltamos a nuestro jeep.
Gerassi estiró sus largas piernas y cerró los ojos. Me pregunté
cómo una persona a quien le gustaba tanto dormir, podía despertar antes que
nadie y levantar a todo el resto con esa miserable voz suya.
—Gerassi —le dije—, tienes una voz despreciable.
—Lo sé —contestó, abriendo los ojos—, la tuve igual desde que era
un niño. Pero a Verónica le gustaba.
Verónica, su esposa, había fallecido el año anterior; había estado
cultivando un virus contraído en un asteroide perdido.
El jeep descendió a una cavidad cerrada por un escudo plástico que
se suponía debía mantener el polvo fuera de la excavación. Salté del jeep
después de Marta y Dolinsky. Las pantallas plásticas eran prácticamente
inútiles; el polvo que había entrado durante la noche alcanzaba ya la altura de
los tobillos. Gerassi ya había arrastrado hasta allí la aspiradora, y la arrojó
dentro de la excavación. Como una criatura viviente, comenzó a reptar a lo
largo del piso, devorando el polvo.
Comenzar una excavación arqueológica en este lugar es una locura.
En tres días una tormenta de arena puede enterrar completamente un rascacielos.
Y en los siguientes tres días, excavar a su alrededor una zanja de cien metros
de profundidad. Las tormentas también traen consigo partículas de hollín y de
carbón provenientes de inacabables incendios de bosques que arden furiosamente
más allá de los pantanos. A causa de todo esto, hasta el momento presente no
habíamos sido capaces de fijar la fecha de una simple piedra, ni determinar
cuándo ni quién había construido aquellos cimientos. Qué había sucedido con los
habitantes del planeta seguía siendo un misterio, pero estábamos decididos a
resolverlo. Así que aguardamos hasta que la aspiradora hubo limpiado el lugar,
luego, provistos de raspadores y cepillos trataríamos de registrar la
excavación en busca de fragmentos de algún vaso, un engranaje, o cualquier otra
evidencia de vida inteligente.
—Ciertamente sabían construir —comentó Gerassi—. Es obvio que
estas tormentas eran un problema para ellos también.
El día anterior había descubierto en la excavación los cimientos
de un edificio, que habían sido cortados de un lecho rocoso.
—Ellos abandonaron este sitio hace ya mucho tiempo —dijo Marta—.
Si diéramos vuelta este desierto de adentro para afuera, seguro que
encontraríamos otras estructuras o evidencias de ellas.
—Tendríamos qué haber explorado las montañas del otro lado de los
pantanos —sostuve yo—, seguramente no encontraremos nada aquí, créanme.
—Pero, ¿y qué hay del mástil? —preguntó Gerassi.
—¿Y la pirámide? —apoyó Marta.
Habíamos localizado el mástil en nuestro primer vuelo sobre el
área, pero antes que consiguiéramos aterrizar, había sido arrasado por una
tormenta, desapareciendo en las entrañas del desierto. Nos habíamos ingeniado
para desenterrar una pequeña pirámide. Si no hubiera sido por ella, no
hubiéramos desperdiciado las tres últimas semanas luchando en este pozo. Allí
estaba, delante de nosotros, surgiendo de la roca, casi como si esta hubiera
sido estrujada para construirla. Nos llevaríamos la pirámide con nosotros.
Nuestros otros hallazgos eran un fragmento de piedra y algunas muescas en una
roca. Nada de inscripciones, ni metales.
—No podrían haber vivido en esas montañas más allá del pantano.
Carecen de agua, incluso en las mejores épocas. Yo diría que éste es uno de los
pocos lugares donde hay algo de agua.
Gerassi estaba de nuevo en lo cierto. Los insondables pantanos
eran intransitables, y las montañas inaccesibles como si hubieran sido
diseñadas intencionalmente. Y luego estaba el océano; un océano interminable,
asolado por las tormentas, albergando sólo las más elementales formas de vida.
Cualquier tipo de seres que pudieran haber existido aquí habían desaparecido
ya, quizás perecido, y ahora la vida comenzaba a evolucionar nuevamente,
partiendo de los organismos más primitivos.
Descendimos a la excavación. Dolinsky trabajaba a mi lado:
—Ya es hora de que nos dirijamos a casa —dijo, limpiando un hueco
cuadrado en la roca—. Tú también lo deseas, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —repliqué.
—Creo que no estoy muy seguro de cómo me siento al respecto.
¿Quién nos necesita ahora? ¿Quién va a estar esperándonos después de todos
estos años?
—Cuando firmaste el contrato sabías en lo que te estabas metiendo.
Algo brilló en la superficie de la roca.
—Lo sabía antes y lo sé ahora. Seguro; cuando partimos éramos
verdaderos héroes. Pero, ¿qué puede resultar más patético que un héroe olvidado
vagando por las calles, esperando en vano que alguien lo recuerde?
—Es mucho más fácil para mí —le dije—. Yo nunca fui un héroe.
—No puedes ni siquiera imaginarte cómo debe haber cambiado el
mundo en estos doscientos años que hemos estado fuera. Es decir, ¡si aún está
allí!
—¡Eh!; echa una mirada a esto. Creo que es de metal —dije.
Estaba disgustado, cansado ya de escuchar las quejas de Dolinsky.
Comprendía que él estaba agotado, pero todos estábamos igual. Durante todos
estos años nos habían mantenido en pie nuestras metas: la exploración del
Sistema Solar y la observación de las corrientes celestes. Vivíamos impulsados
por la esperanza de efectuar algún gran descubrimiento. Todos nuestros
esfuerzos habían sido traducidos en millones de símbolos y áridas imágenes que
yacían almacenados en las profundidades del Cerebro de la nave, en sus bodegas
o sobre las mesas de sus laboratorios. Habíamos pasado nuestro último año
apresurándonos de un lado a otro del Sistema, aterrizando en esteroides y
planetas muertos, desacelerando, acelerando, comprendiendo que se aproximaba ya
el momento de regresar a la Tierra, que las vacaciones terminarían pronto. Pero
todo ello había demostrado ser mucho menos divertido de lo que supusiéramos;
habíamos cumplido sobradamente nuestra misión, pero, desgraciadamente, no
habíamos conseguido nada con ella. A pesar de que el Cerebro estaba abarrotado
de información, las esperanzas que habíamos acariciado durante los largos años
de nuestro viaje no había cristalizado. Con sólo un mes de tiempo por delante,
enfrentamos el último planeta. Deberíamos partir hacía la Tierra dentro de un
mes; de otra forma, nunca lograríamos llegar a ella. Dieciocho éramos los que
habíamos despegado de Tierra. Ahora sólo quedábamos nueve. Y sólo en este
planeta, el último, escasamente capaz de mantener la vida humana (los otros
eran totalmente inadecuados), habíamos encontrado restos de vida inteligente.
Durante los intervalos entre las tormentas de polvo, taladrábamos las rocas,
excavábamos entre la arena y el polvo; queríamos aprender todo lo posible. Sólo
quedaban dos días hasta la fecha de la partida. Nos quedaba por delante un
viaje de casi cinco años, cinco años de regreso a la Tierra...
En la palma de mi mano reposaba una pesada esfera metálica del
tamaño de una avellana. No estaba oxidada.
—¡Gerassi! —grité—. Una esfera.
—¿Qué? —una ráfaga de viento se llevó sus palabras—. ¿Qué esfera?
Una nube de polvo comenzó a arremolinarse sobre nosotros.
—¿Podríamos aguardar hasta que termine? —preguntó Marta,
recogiendo la esfera—. Humm, es pesada.
—Vuelvan al jeep —resonó la voz del capitán a través del
transmisor—. Se aproxima una tormenta grande.
—Quizás podemos esperar aquí hasta que se calme —solicitó Dolinsky—.
Acabamos de encontrar una esfera. De metal.
—No. Vuelvan al jeep al momento. Es una tormenta demasiado fuerte.
—Si es realmente tan grande, es mejor que saquemos la pirámide de
aquí, o será imposible volver a desenterrarla mañana. Si es así, tendríamos que
abandonar el lugar con las manos vacías.
—No vamos a desenterrarla. La dejaremos aquí —ordenó el capitán—.
Ya la hemos medido y fotografiado. Salgan de allí al instante, o quedarán
enterrados vivos.
Dolinsky rió:
—No se preocupe, no nos volaremos. Nos quedaremos con nuestros
tesoros.
Otra nube de polvo se abatió sobre nosotros. Se depositó luego
lentamente, rodeándonos como una nube de mosquitos.
—¿Podríamos trabajar un poco en la pirámide? —preguntó Gerassi—.
Marta, Dolinsky y yo convinimos en que deberíamos hacerlo.
—Dolinsky —dijo Gerassi—, trae el jeep hasta aquí. Está todo
preparado. —El jeep estaba equipado con una pequeña grúa.
—¡Les estoy ordenando que vuelvan a la nave al instante!
—gritó el capitán.
—¿Dónde están los geólogos? —preguntó Gerassi.
—Están regresando.
—¡Pero no podemos dejar la pirámide aquí!
—Pueden volver por ella mañana.
—Estas tormentas suelen durar dos o tres días.
Gerassi sujetó el cable de la cabría a la pirámide. Yo comencé a
seccionar la base, usando para ello la radiación de un soplete de corte. La
herramienta comenzó a zumbar; la piedra se tornó roja y se resquebrajó,
luchando y resistiéndose al rayo.
Directamente sobre nosotros el cielo se cubrió con la nube más
negra que jamás hubiera visto. El aire mismo se ennegreció; las nubes de polvo
se arremolinaban a nuestro alrededor, y el viento nos empujaba duramente,
tratando de absorbernos y arrojarnos al centro de la tormenta. Marta comenzó a
ayudarme, pero la empujé, y le ordené a gritos que se protegiera dentro del
jeep. Traté de seguirla con el rabillo del ojo, para asegurarme que me
obedeciera. El viento, soplando desde mis espaldas, casi me derriba; el soplete
se sacudió en mis manos y trazó un surco rojo a lo largo del costado de la pirámide.
—¡Aguanta! —gritó Gerassi—. Sólo un poco más.
La pirámide no se rendía. Me pregunté si Marta habría alcanzado el
jeep a tiempo. La velocidad del viento sobre la excavación era increíble. El
cable se estiraba. La voz del capitán rugía colérica a través del transmisor.
—Quizá sería mejor dejarla —sugerí.
Gerassi estaba junto a mí, su espalda afirmada contra la pared de
la excavación. Parecía desesperado.
—¡Dame el soplete! —gritó.
—Lo haré yo mismo.
Como un árbol derribado que se desgaja, la pirámide se liberó
repentinamente, elevándose en el aire como un péndulo. Un péndulo que se
balanceó hacia el lado opuesto de la excavación, destrozando los escudos
plásticos, y volvió hacia nosotros, amenazando con aplastarnos como panqueques.
Escasamente conseguimos esquivarla. En el mismo instante en que la pirámide se
abrió camino a través de la pared de plástico, una nube de polvo se arremolinó
sobre nosotros y perdí de vista a Gerassi. Mi primitivo instinto de
supervivencia tomó el comando; no importa lo que costara, debía escapar de la
trampa, huir de aquel agujero donde la pirámide, luchando por liberarse de la
sujeción del cable, trituraba todo lo que se ponía a su alcance.
El viento se apoderó de mí, y me arrastró por la arena como a una
hoja seca; traté de asirme del polvo, pero este se deslizaba bajo mis dedos.
Temía perder el conocimiento como consecuencia de las sacudidas, y los golpes
que recibía mientras era arrastrado por el suelo.
El viento arreció más aún, arrancándome del suelo como si quisiera
elevarme hasta las nubes, pero en ese mismo instante una enorme roca se
interpuso en mi camino y perdí el conocimiento. Probablemente volví en mí
bastante rápido. Todo estaba oscuro y silencioso. La arena, que me había
enterrado, aplastaba mi pecho y apretaba mis piernas. Me sentí aterrorizado:
¡estaba enterrado vivo!
¡Cálmate! —me dije a mí mismo—. No te dejes dominar por el pánico.
—¡Spartak! —llamé—. ¡Spartak! La radio permaneció
silenciosa. Estaba rota. De cualquier manera, tuve suerte —pensé. Si mi máscara
se hubiera dañado, ya habría muerto asfixiado. Me las arreglé para mover mis
dedos. Pasaron uno o dos minutos —una eternidad— y me di cuenta que podía mover
mi mano derecha. Luego de otra eternidad pude palpar el borde de la roca.
Cuando mi pánico inicial se desvaneció, y comprendí que podía ser
capaz de desenterrarme, retornaron mis reflejos y sensaciones normales.
Primero: el dolor. Había sido duramente vapuleado mientras la
tormenta me arrastraba por el suelo. Además, había sido arrojado con tanta fuerza
contra la roca, que todo mi costado estaba terriblemente resentido, y respirar
me resultaba también sumamente doloroso. Probablemente me había roto una
costilla. Quizás dos.
Segundo: comencé a preocuparme agudamente por mi reserva de aire.
Eché una mirada al aerómetro, y descubrí que me quedaba una provisión
suficiente sólo para una hora. Esto significaba que habían pasado tres horas
desde el comienzo de la tormenta. Me maldije a mí mismo por no haber tomado un
tanque extra del jeep. Teníamos aproximadamente cincuenta tanques de reserva en
la nave; cada uno de ellos con una duración de seis horas. Se suponía que cada
uno de nosotros debía llevar al menos dos de ellos en todo momento. Sin
embargo, era difícil trabajar en la excavación con un tanque extra en la
espalda, por lo que generalmente los dejábamos en el jeep.
Tercero: Me pregunté a qué distancia estaba de la nave.
Cuarto: ¿Se habría calmado la tormenta?
Quinto: ¿habrían llegado los otros a la nave? Si lo habían
logrado, ¿podrían imaginar la dirección en que me arrastraba la tormenta?
¿Sabrían dónde buscarme?
Mi mano quedó súbitamente libre. Repté hacia afuera como un topo
saliendo de su agujero, y el viento (la respuesta a mi cuarta pregunta era
negativa) trató de empujarme nuevamente hacia atrás. Me agazapé debajo de la
roca, el único refugio en este infierno, para poder recuperar mi aliento. La
nave no era visible; incluso si hubiera estado en las cercanías, no se hubiera
distinguido a más de cinco metros a través del polvo. El viento no soplaba tan
ferozmente como lo había hecho al principio de la tormenta o quizás esa era
sólo una expresión de deseo. Esperé una nueva ráfaga que dispersara la arena y
la depositara. Entonces investigaría mi situación.
¿Hacia dónde debería mirar? ¿Hacia dónde debería ir? Obviamente,
en una dirección en que la roca quedara detrás de mí. Después de todo, era ella
la que había detenido mi desordenado vuelo. No pude esperar a que el viento
asentara el polvo. Comencé a caminar hacia la tormenta. Mi tanque de aire
duraría aún otros tres cuartos de hora (con un margen de más o menos un
minuto).
Pasó el tiempo; sólo restaban treinta minutos. Entonces caí; el
viento me envío hacia atrás, rodando, y perdí otros cinco minutos. En el
momento en que sólo faltaban cinco, me detuve contemplando el manómetro. Recibí
una prórroga inesperada cuando el tanque, que según mis cálculos ya debería
estar vacío, contenía aún algunas reservas. Me tambalee a través de la arena
que se depositaba lentamente, y traté de ignorar el dolor de mi costado, ya que
ese no constituía ciertamente mi mayor problema del momento.
Traté de economizar el aire, pero comenzó a fallarme la
respiración, y me imaginé que el tanque se había vaciado.
Ahora era verdad; el aire se había terminado. Pero en ese momento
pude ver, a través de la arena que se asentaba, la silueta de la nave, aún
lejana. Corrí hacia ella, jadeando, y me arranqué la máscara (aunque esto no
fuera más que un gesto inútil), y mis pulmones se llenaron de polvo y amoníaco.
El localizador me registraba pocos minutos más tarde.
Recobré la conciencia en la sentina de la nave, donde estaba
instalado el pequeño y blanco hospital de dos camas, en el cual cada uno de
nosotros había sido internado repetidas veces durante el viaje, por heridas o
simples resfríos, o en cuarentena. Comprendí inmediatamente que la nave se
preparaba para despegar.
—Buen trabajo —me saludó el doctor Grot—. Manejó la situación
espléndidamente.
—¿Estamos despegando?
—Sí, y eso lo obligará a permanecer en la litera antishock. Sus
huesos no podrían soportar las fuerzas-G. Tiene tres costillas rotas y una
pleura dañada.
—¿Cómo están los demás? —pregunté—. ¿Cómo está Marta? ¿Gerassi?
¿Dolinsky?
—Dolinsky se las ingenió para alcanzar el jeep. Está
perfectamente. Marta está bien también, pues pudo llegar al vehículo a tiempo.
Por fortuna, escuchó su consejo.
—Creo que está tratando de decirme...
—Sí. Gerassi ha muerto. Lo encontraron después de la tormenta, a
sólo treinta pasos de la excavación. Fue golpeado contra el jeep, y su máscara
se destrozó. Pensamos que usted también había muerto.
No pregunté nada más. El doctor salió para prepararme la litera
antishock. Mientras yacía allí, revisté mentalmente paso por paso todos mis
movimientos en la excavación. Pensaba continuamente cómo en este o en aquel
momento podía haber rescatado a Gerassi. Debería haber mandado al infierno a la
pirámide, e insistir en obedecer las órdenes del capitán de regresar.
Al tercer día luego del despegue, el Spartak tomó suficiente
velocidad y se encaminó en dirección a la Tierra. Las fuerzas-G habían
desaparecido, y liberado del sistema antishock, me dirigí rengueando hacia el
cuarto de oficiales. Dolinsky estaba allí.
—He hecho cambio contigo —me anunció—. Tú quedarás de guardia. El
doctor dice que es preferible que permanezcas despierto por un mes más aún.
—Lo sé —le contesté.
—¿Te parece bien?
—¿Por qué no? Nos vemos dentro de un año.
—Les grité que dejaran la pirámide y corrieron al jeep —siguió
Dolinsky.
—No te oímos. Igual no hubiera habido ninguna diferencia.
Pensábamos que podíamos terminar el trabajo a tiempo.
—Ya pasé la esfera para que la analizaran.
—¿Qué esfera?
—La que encontraste tú. Me la diste cuando iba hacia el jeep.
—Ay, sí, por supuesto. Me olvidé de ella por completo. ¿Y dónde
está la pirámide?
—En la bodega de carga. Marta y Rano están trabajando en ella.
—¿Entonces yo estoy de guardia con el capitán?
—Con el capitán, María y Grot. No quedamos muchos ahora.
—Una guardia extra...
—Exacto. Un año extra para cada uno de nosotros.
En ese momento entró Grot. El doctor sostenía un fajo de papeles
en su mano.
—Los resultados son ridículos —anunció—. La esfera es muy
reciente; ah: hola Dolinsky. Decía que es demasiado joven. Sólo veinte años de
antigüedad.
—¡No puede ser! —exclamó Dolinsky—. Pasamos tantos días en esa
excavación. Es tan vieja como el mundo.
El capitán se había detenido en la puerta del cuarto de oficiales
y escuchaba nuestra conversación:
—Grot, ¿están seguros de no haber cometido un error? —preguntó.
—El Cerebro y yo repetimos el análisis cuatro veces. Al principio
ni yo mismo podía creerlo.
—¿Podría haber sido de Gerassi? Tal vez él la dejó caer —preguntó
el capitán, volviéndose hacia mí.
—Dolinsky mismo vio cómo la arranqué de la roca.
—Todavía queda otra posibilidad.
—Es muy improbable.
—No pueden formarse esas ruinas en sólo veinte años.
—En este planeta sí, es posible. Recuerda cómo te arrastró la
tormenta. Y las emanaciones ponzoñosas de la atmósfera.
—Entonces, ¿piensas que alguien llegó aquí antes que nosotros?
—Exacto.
El capitán estaba en lo cierto. Cuando Marta aserró la pirámide al
día siguiente, encontró una cápsula dentro. Todos aguardábamos detrás de ella
cuando la colocó sobre la mesa.
—Lástima que llegamos tarde —se lamentó Grot—. Por veinte años.
Imaginen cuántas generaciones de la Tierra han soñado con establecer contacto
con una vida inteligente del Espacio Exterior. Y nosotros llegamos tarde.
—Bromas aparte, Grot —señaló el capitán—, hemos hecho el contacto.
Aquí está, exactamente debajo de tus propias narices. Los encontramos, después
de todo.
—Depende mucho de lo que haya dentro de esta cápsula.
—Espero que no sean virus —dijo Dolinsky.
—Podemos abrirla en la cámara, con los manipuladores.
—Quizás deberíamos esperar hasta estar de vuelta en la Tierra.
—¿Esperar cinco interminables años? ¡Oh, no! —exclamó Rano.
Todos sabíamos que aquella curiosidad era el motor que obtenía lo
mejor de nosotros mismos; que seríamos incapaces de contenerla hasta que
llegáramos a la Tierra. Por lo tanto, decidimos abrir la cápsula
inmediatamente.
—Entonces, Gerassi no murió en vano —dijo Marta suavemente, de
modo que sólo yo la oyera.
Yo asentí, tomando su mano. Sus dedos estaban fríos.
Las garras del manipulador ubicaron la mitad del cilindro sobre la
mesa y extrajeron de ella un rollo de papel. Se desenrolló por sí mismo, de
modo que todos pudimos leer su contenido a través de la ventana de observación.
Nave Galáctica Saturno. Número de identificación 36/14.
Despegue de Tierra: marzo 12, año 2176.
Aterrizaje en el planeta, mayo 6, año 2176.
Un texto seguía a estas palabras, pero ninguno de nosotros lo
leyó. No nos animamos. Una y otra vez releímos las primeras líneas: Despegue de
Tierra: marzo 12, año 2176. Hacía veinte años. Aterrizaje en el planeta: mayo
6, año 2176. También hacía veinte años.
Despegue de Tierra... Aterrizaje... Todo en el mismo año.
En esos momentos, cada uno de nosotros se sentía golpeado por el
terrible dolor de la tragedia personal; la tragedia de una misión inútil a la
que habíamos dedicado nuestras vidas; la tragedia del sacrificio sin sentido,
del sacrificio innecesario.
Hacía cien años terrestres que nuestro navío había salido
disparado en dirección a las negras extensiones del espacio. Hacía cien años
que habíamos abandonado la Tierra, sabiendo perfectamente que no volveríamos a
ver a nuestros amigos ni a los seres queridos. Salimos en un exilio voluntario
por un período mucho mayor de lo que nadie en la Tierra había soportado jamás.
Sabíamos que la Tierra se las arreglaría muy bien sin nosotros, pero sentíamos
que nuestro sacrificio era necesario. Alguien debía aventurarse en las
profundidades del espacio, hacia esos mundos desconocidos que sólo podían
alcanzarse a través del sacrificio personal. Luego, un torbellino cósmico nos
había apartado de nuestro curso, y año tras año habíamos viajado hacia nuestra
meta. Perdimos la cuenta de nuestros años, y sólo contabilizamos los que se
sucedían en la Tierra.
—Así que al fin aprendieron a saltar por el espacio —resumió el
capitán.
Noté que se había referido a «ellos» y no a «nosotros» aunque
siempre empleara la palabra «nosotros» en el pasado, cuando se refería a la
Tierra.
—Es perfecto —continuó—. Simplemente genial.
Y estuvieron aquí. Antes que nosotros.
Dejó el resto sin expresar; cada uno de nosotros lo completó para
sus adentros. «Ellos» habían estado aquí antes que nosotros. Y se las
arreglaron espléndidamente sin nosotros. En cuatro años y medio, en cien años
terrestres, nos encontraríamos sobre el espacio-puerto (sino perecíamos durante
el viaje) y un asombrado empleado de control comentaría con su compañero:
«¡Eh, échale una mirada a ese monstruo. ¿De dónde salió ese
brontosaurio? Ni siquiera sabe cómo aterrizar. Destruirá todos los invernaderos
de la Tierra, y destrozará el espejo del telescopio del observatorio. Díganle a
alguien que le eche un garfio a esa vieja ruina y la arrastre tan lejos de aquí
como sea posible, hasta el cementerio de naves de Plutón».
Nos retiramos a nuestros camarotes y ninguno lo abandonó para
cenar. El doctor llegó para revisarme durante la tarde, parecía muy cansado.
—No sé cómo haremos para que nos resulte un hogar —dijo—.
Desaparecieron los incentivos.
—Lo haremos —repliqué—. Será duro, pero lo conseguiremos.
—¡Atención a todos! —resonó el altavoz del comunicador—
¡Atención a todos!
Era el capitán que hablaba. Su voz sonaba ronca y titubeante, como
si no supiera muy bien qué decir.
—¿Qué puede haber pasado? —El doctor estaba preparado ya para un
nuevo desastre.
—¡Atención! Cambio al transmisor-receptor de larga distancia. Hay
un contacto en uno de los canales galácticos.
El canal había permanecido silencioso durante muchos años. La
distancia que nos separaba de los planetas habitados era tan enorme que hubiera
resultado inútil cualquier intento de mantener una comunicación radial. Miré al
doctor. Había cerrado los ojos y echado la cabeza hacia atrás, como si lo que
estaba sucediendo fuera un sueño maravilloso del cual temiera ser despertado.
Hubo un crujido y luego el zumbido de invisibles cuerdas
musicales. Una voz extremadamente juvenil y excitada comenzó a gritar, llegando
claramente a nosotros a través de millones de millas:
—Spartak, Spartak, ¿pueden oírme? Spartak;
¡yo fui el primero en hallarlos! Spartak, les habla el navío-patrulla Olimpia.
Les habla el navío-patrulla Olimpia. Estoy patrullando su sector. ¡Hemos
estado buscándolos durante veinte años! Mi nombre es Arthur Sheno. ¡Yo fui el
primero en hallarlos! Qué suerte fantástica. ¡Yo fui el primero en hallarlos!
La voz se quebró en una nota aguda. Arthur Sheno comenzó a toser,
y por un instante lo vi claramente, inclinado sobre el micrófono en la estrecha
cabina de su nave-patrulla, incapaz de apartar sus ojos del punto blanco de su
pantalla rastreadora.
—Discúlpenme —continuó Sheno—. ¿Pueden oírme? No pueden imaginar
los regalos que tengo para ustedes. La bodega está abarrotada. Pepinos frescos
para Dolinsky. Dolinsky, ¿puede oírme? Gerassi, Verónica, los Romanos les
envían pasteles con frutas abrillantadas. Sabemos cuánto les gustan...
Un largo silencio siguió a la comunicación, note al fin por la voz
del capitán:
—Atención todos; comienza la desaceleración.
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