Sólo una vez vi morir a una nave.
En realidad, no resulta tan aterrador como suena, ya que la
realidad del hecho no se registra con la rapidez suficiente como para
conmoverlo a uno. Desde el puente de mando de nuestra lancha de desembarco, los
vimos intentado tomar tierra en el planeta. Por un momento, pareció que lo
lograrían; pero su velocidad era excesiva.
La nave tocó el fondo de una hondonada, y continuó moviéndose
hacia adelante, como si estuviera determinada a introducirse en la pared de
roca. Sin embargo, el rocoso acantilado rehusó rendirse al metal; el navío
comenzó a desintegrarse como una gota de agua aplastándose contra un cristal.
Aminoró su velocidad; diversas partes de él se desprendieron lenta y
silenciosamente de su estructura, y dispersándose sobre todo el valle en forma
de oscuros parches, buscaron lugares adecuados para reposar y morir. Pocos
segundos más tarde, todo aquel movimiento, aparentemente interminable, había
cesado por completo. La nave había muerto, y mi cerebro pudo reconstruir
tardíamente el rugido de los mamparos al rasgarse, los gemidos del metal
desgarrado y el aullido del aire. Las criaturas vivientes a bordo del navío
probablemente nunca oyeron más que el comienzo de todos aquellos sonidos.
Un destrozado huevo negro, enormemente ampliado, aparecía en la pantalla,
y grandes fragmentos de albúmina lo rodeaban como un exótico reborde.
—Todo ha terminado —observó alguien.
Habíamos recibido la señal de auxilio de la nave, y casi la
alcanzamos a tiempo. Pero sólo llegamos para verla perecer.
La magnitud y el horror de la escena no se hizo presente realmente
hasta que descendimos en el valle, desde donde por su cercanía, el hecho
adquiría proporciones humanas. Las oscuras manchas se transformaron en
retorcidos trozos de metal del tamaño de una cancha de volleyball; los
fragmentos de los motores principales, las toberas de eyección y diversas
secciones de los dispositivos de desaceleración, eran destrozados juguetes de
un gigante. Parecía como si alguien hubiera asestado a la nave un gigantesco
zarpazo, destripándola.
A unos cincuenta metros de la nave, encontramos una muchacha.
Vestía un traje espacial; todos a bordo, excepto el capitán y el oficial de
guardia, habían dispuesto de tiempo suficiente para equiparse completamente.
Sin embargo, la muchacha debía haber estado cerca de la esclusa de salida, que
se destrozó con el impacto. De ese modo, había sido arrojada fuera de la nave,
como una burbuja de aire que surgía violentamente al abrir un envase de
gaseosas. El milagro de su supervivencia era otra de esas cosas inexplicables
que han ocurrido repetidamente desde que el hombre se lanzó al espacio. Como
las personas que han caído de aviones en pleno vuelo, a cinco o seis kilómetros
de altura, aterrizando, casi ilesas, sobre pendientes y taludes cubiertos de
nieve, o en las copas de los pinos.
Cuando llevamos a la muchacha al bote,
estaba en estado de shock, y el doctor Streshny no me permitió quitarle el
casco, aunque era evidente para todos, que moriría si no recibía una pronta
atención médica. Sin embargo, el doctor estaba en lo cierto: no sabíamos
absolutamente nada acerca de la composición de su atmósfera, ni conocíamos que
clase de virus, mortales para nosotros aunque inofensivos para ella, acechaban
desde su rubio y brillante cabello.
Debería describir a la chica, para poder explicar por qué yo (al
igual que todos los demás) consideramos exagerados los temores del doctor, así
como carentes de una real significación. Normalmente asociamos el peligro con
aquellas criaturas que nos resultan inquietantes. Ya en épocas tan lejanas como
el siglo XX, un psicólogo declaró que había desarrollado un test digno de
confianza para ser aplicado sobre los astronautas que se aventuraran en
planetas remotos. Sólo debía enfrentarse al sujeto con una repulsiva araña de
seis metros de longitud. La reacción instintiva del individuo sería desenfundar
su detonador, y vaciar su carga completa sobre el artrópodo; sin embargo, la
araña podría perfectamente resultar un poeta local, vagando en soledad,
relajándose de sus responsabilidades de secretario de la Sociedad de
Voluntarios para la Protección de Pájaros y Mariposas.
Sin embargo, esperar algo insidioso de parte de esta esbelta
muchacha, cuyas pestañas arrojaban una suave sombra sobre sus pálidas y
delicadas mejillas; cuyo rostro despertaba en todos y cada uno de nosotros un
irreprimible deseo de ver el color de sus ojos... Esperar algo insidioso de
ella, decía, incluso en la forma de virus, hubiera parecido absolutamente
anticaballeresco.
A pesar de que ninguno de nosotros se atrevió a decirlo, todos
pensamos que el doctor Streshny se portaba como un villano; como un
insignificante burócrata intentando llevar sus instrucciones al pie de la
letra, negando a un inválido el permiso de recibir una visita.
Yo no me encontraba presente cuando el doctor esterilizó la sonda
que usaría para horadar el traje espacial, a fin de obtener una muestra del
aire interior. Tampoco conocí de inmediato el resultado de sus esfuerzos, ya
que había abandonado nuestra nave hacia el lugar del naufragio, en busca de
otro milagro, con la forma de otro sobreviviente. Era una de esas tareas sin
esperanza, pero que uno se siente obligado a proseguir hasta sus últimas y
amargas consecuencias.
—Se ve mal —comentó el doctor. Su voz llegó hasta nosotros a
través de nuestros audífonos, en el momento que tratábamos de entrar al navío
náufrago. Nuestros intentos resultaban difíciles de concretarse, ya que la
arrugada pared de la nave colgaba sobre nosotros como una pelota de básquet
sobre un enjambre de moscas.
—¿Qué sucede con ella?
—Aún está viva —contestó el doctor—, pero no podemos ayudarla. Es
una Doncella de Nieve.
Nuestro doctor es muy afecto a formular sus comparaciones en
términos poéticos, pero la transparencia de sus metáforas no siempre resulta
evidente para los no iniciados. Sin embargo, la analogía de la muchacha con la
Doncella de Nieve del folklore —aquella muñeca de nieve que llegó a vivir sólo
para derretirse luego bajo los rayos del sol— demostró ser particularmente
acertada.
—Estamos acostumbrados —continuó el médico— a aceptar el agua como
base de los tejidos vivos. La base de los suyos es el amoníaco.
El significado de sus palabras no penetró de inmediato en
nosotros.
—A presión normal terrestre —aclaró el doctor— el amoníaco puro
hierve a 33º centígrados bajo cero, y se congela a menos 78º C.
Entonces todo se aclaró. Al percibir el completo silencio de mis
auriculares, comprendí que estaban contemplando a la muchacha. Para ellos se
había transformado en un fantasma que se disolvería en una nube de vapor tan pronto
como se le quitara el casco.
El navegante Bauer eligió el momento más inapropiado para
demostrar su erudición:
—Es teóricamente predecible. El peso atómico del amoníaco es de
diecisiete; el del agua, dieciocho. Sus pesos específicos son casi idénticos.
El amoníaco, casi tan liviano como el agua, cede fácilmente un protón. Es un
excelente solvente.
Siempre he envidiado a la gente que, sin consultar ningún libro de
referencia, puede recitar de memoria datos que nunca se emplean.
—Sin embargo, a bajas temperaturas, las proteínas amoniacales
serían muy estables —objetó el médico, como si la muchacha fuera una simple
estructura teórica, un modelo creado por la, imaginación de Gleb Bauer.
Nadie replicó a esta objeción. Pasamos cerca de una hora y media escudriñando
cuidadosamente los compartimentos del buque náufrago, antes de poder encontrar
un tanque intacto de mezcla de gas amonio. Un milagro; pero nunca tan
importante como el que se había producido anteriormente.
Me dejé caer por la enfermería de la nave como generalmente lo
hacía cada vez que abandonaba una guardia. El lugar apestaba a amoníaco; en
realidad, la nave entera olía igual. No había manera de combatir el olor. El
médico tosía secamente. Se encontraba sentado en medio de un interminable caos
de frascos, tubos de ensayo, y recipientes diversos. Diversos tubos y caños
sobresalían de algunos de ellos, y desaparecían en un tabique. Sobre la
escotilla de acceso, se veía un dispositivo transmisor traductor.
—¿Está dormida? —pregunté.
—No, ya preguntó por ti —dijo el doctor.
Su voz sonaba acolchada y quejumbrosa, a causa de la máscara que
cubría la parte inferior de su cara. Cada día debía enfrentar diversos
problemas, casi insolubles, relacionados con las necesidades médicas,
alimenticias y psicológicas de su paciente. Su inflexible orgullo exacerbaba su
temperamento irritable. Ya hacía dos semanas que estábamos volando y la
Doncella de Nieve estaba en perfecto estado de salud. Pero terriblemente sola.
Los ojos me ardían, y la garganta me cosquilleaba. Por supuesto,
podría haber improvisado una máscara, pero eso me hubiera hecho aparecer
remilgado. Si yo estuviera en lugar de la Doncella de Nieve, me habría sentido
indudablemente turbado si mis huéspedes se aproximaran a mí utilizando una
máscara de gas.
La escotilla oval enmarcó el rostro de la muchacha como un marco
antiguo.
—Hola —dijo. Entonces, habiendo extinguido casi su vocabulario
completo, conectó el traductor. Sabía que me agradaba escuchar su voz real de
tanto en tanto, así que antes de conectar el traductor, siempre me decía algo
directamente.
—¿Qué has estado haciendo? —pregunté. La aislación de sonido era
deficiente, así que podía oí su charla, procedente del otro lado del tabique.
Sus labios se movieron, y pasaron varios segundos antes que sus palabras me
llegaran a través del traductor, permitiéndome disfrutar de su rostro y del
suave movimiento de sus pupilas, que cambiaban de color como el mar en un día
nublado y ventoso.
—Recuerdo todo lo que mi madre me enseñó —explicó la Doncella, con
la fría e inexpresiva voz del traductor—. Nunca pensé que llegaría el momento
en que debería preparar mi propia comida. Pensaba que mi madre era ridícula.
Pero ahora, las cosas se han hecho prácticas.
La Doncella rió antes que el traductor hubiera terminado de
procesar sus palabras.
—Ahora estoy aprendiendo a leer, también —me informó.
—Lo sé. ¿Recuerdas la letra Y?
—Es una letra muy graciosa. Pero la F lo es aún más. Sabes, he
roto un pequeño libro.
Apartando la cara del maloliente vapor procedente de un tubo de
ensayo, el doctor levantó la cabeza y comentó:
—Debiste haberlo pensado dos veces antes de darle un libro. A 50º
C bajo cero, las páginas plásticas se tornan quebradizas.
—Eso es lo que sucedió —aclaró la Doncella.
Cuando el doctor se fue, la Doncella y yo permanecimos allí, uno
frente al otro. El cristal se sentía frío bajo mis dedos; para ella estaba casi
caliente. Tuvimos casi cuarenta minutos de soledad, antes que Bauer retornara
con su dictáfono y comenzara a atormentar a la muchacha con sus interminables
preguntas: ¿Cómo funciona esto en su planeta? ¿Y aquello? ¿Cómo se desarrolla
tal y tal reacción bajo sus condiciones?
Más tarde, la Doncella remedaba graciosamente a Bauer, y se
quejaba:
—Después de todo, yo no soy una bióloga; podría cometer un error,
y más tarde, podría resultar embarazoso.
Le llevé fotografías y dibujos de personas, ciudades y plantas.
Ella se reía y me preguntaba detalles que me parecían triviales. Entonces sus
preguntas cesaban abruptamente, y se quedaba mirando más allá de mí, con ojos
soñadores.
—¿Qué sucede?
—Me siento sola y tengo miedo.
—No te preocupes. Te llevaremos a casa.
—Esa no es la razón.
Un día en particular, me preguntó:
—¿Tienes una foto de ella?
—¿De quién? —quise saber.
—De la chica que te espera en casa.
—No hay nadie esperándome.
—¡Eso no es verdad! —dijo terminantemente. Podía ser terriblemente
dogmática a veces, especialmente cuando no creía en algo. Por ejemplo, no creía
en las cosas color de rosa.
—¿Por qué no me crees?
La Doncella no contestó.
Las nubes que se cernían sobre el mar ocultaron el sol, y las olas
cambiaron su color, tornándose frías y grises, aunque las aguas cercanas a la
costa permanecieran verdes. La Doncella no podía conciliar su estado de ánimo
con sus pensamientos. Cuando estaba de buen humor, sus ojos eran azules,
incluso violetas. Sin embargo, cuando estaba triste, sus pupilas se oscurecían
inmediatamente, tornándose grises.
El día que abrió sus ojos por primera vez a bordo de nuestra nave,
estaba muy dolorida. No debería haber mirado sus ojos en esa ocasión. Sus
pupilas eran negras e insondables, y nosotros no podíamos hacer nada por ella
hasta no equipar el laboratorio de acuerdo a sus necesidades. ¡Qué manera de
apresurarnos para finalizar el trabajo! Parecía como si la nave estuviera a
punto de estallar. Y ella permanecía en silencio. Sólo al cabo de tres horas
fuimos capaces de transferirla al laboratorio. El médico permaneció con ella, y
la ayudó a quitarse su casco.
A la mañana siguiente, sus ojos eran límpidos lagos violetas,
brillantes de curiosidad. Pero se habían oscurecido imperceptiblemente al
percibir mi mirada...
Bauer entró más temprano de lo acostumbrado, mostrándose demasiado
feliz. La Doncella le sonrió, diciéndole:
—El acuario está a sus órdenes.
—No entiendo qué quieres decir, Doncella —dijo Bauer.
—Quiero decir un acuario que contiene un pez que puedes disecar.
—Yo diría un exótico pez dorado que puedo admirar —Bauer no se
desconcertaba fácilmente. Los estados de ánimo «de ojos grises» de la Doncella
se repetían cada vez con mayor frecuencia. ¿Era sorprendente eso, en alguien
confinado durante semanas en un cuarto de tres metros por cuatro? Su analogía
con un acuario me parecía perfectamente válida.
—Debo irme ahora —le dije. Pero la Doncella no respondió con su
acostumbrada demanda de que volviera pronto.
Sus ojos grises contemplaron a Gleb con angustia. Yo traté de
analizar mi estado emocional, consciente de lo poco realista que era... tanto
como enamorarse de un retrato, el de María, Reina de Escocia, o de un busto de
Nefertiti. Quizás no fuera en definitiva más que lástima por una criatura
solitaria, cuya dependencia de nosotros había, de una manera sorpresiva,
convertido nuestra vida en algo mucho más placentero. Había introducido algo
delicado en nuestras existencias cotidianas que nos obligaba, como un muchacho
después de su primera cita, a esmerar la apariencia personal, y a desplegar una
mayor bondad y generosidad. La obvia desesperanza de mi amor platónico
despertaba en mis compañeros de tripulación un sentimiento a mitad de camino
entre la compasión y la envidia, tan incompatible como esos mismos sentimientos
pueden serlo entre sí. Algunas veces hasta deseaba que alguno se burlara de mí,
que hiciera algo como para conseguir enojarme y hacerme estallar, pero nunca
ninguno de ellos se tomó semejantes libertades. Mis camaradas me veían como un
tonto embelesado, y eso me apartaba y me aislaba de ellos.
Esa mañana, el doctor Streshny me llamó por el intercom:
—La Doncella está preguntando por ti.
—¿Algo anda mal?
—Nada; no te preocupes.
Corrí hacia la enfermería, donde la Doncella me esperaba en la
escotilla.
—Discúlpame que te moleste —dijo— pero repentinamente se me
ocurrió que si muriera, no te vería ya más.
—Pavadas; tú no te estás muriendo —masculló el doctor.
Mi mirada se deslizó involuntariamente hacia los diales del
equipo.
—Quédate un momento conmigo —me pidió la Doncella, y el médico
inventó una excusa para dejarnos a solas.
—Deseo tocarte —manifestó ella—. ¡No es justo que no pueda tocarte
sin quemarme!
—Sería más fácil para mí —dije estúpidamente—. Yo sólo me
congelaría.
—Ya casi hemos llegado, ¿verdad?
—Sí, dentro de cuatro días.
—No quiero regresar a casa, porque mientras estoy aquí puedo
imaginarme que estoy tocándote. Y allí no te tendré a ti. Pon la palma contra
el panel.
Obedecí. La Doncella apoyó su frente contra el cristal, y yo
imaginé que mis dedos penetraban la transparente masa de vidrio, acariciándola.
La Doncella levantó su cabeza y trató de sonreír:
—¿Se congelaron tus dedos?
—Debemos encontrar un planeta neutral —manifesté yo.
—¿De qué tipo?
—Uno intermedio. Entre los dos. Con una temperatura constante de
cuarenta grados bajo cero.
—¡Eso es demasiado caluroso!
—Muy bien, entonces menos cuarenta y cinco. ¿Puedes soportar eso?
—Por supuesto —afirmó ella—. Pero esa no será una manera agradable
de vivir, siempre incómodos, apenas tolerando nuestro medio ambiente.
—Sólo estaba bromeando.
—Ya lo sé.
—Ni siquiera seré capaz de escribirte —expliqué yo—. Necesitaría
un papel especial, que no se deshiciera con el frío, y además ese olor...
—¿Cómo huele el agua? ¿No huele para ustedes? —preguntó ella.
—No, para nada.
—¡Qué asombroso!
—¿Ves? Ahora ya estás de mejor humor —dije.
—¿Me hubiera enamorado de ti, si nuestras sangres fueran iguales?
—No lo sé. Al principio me enamoré de ti, aunque pronto comprendí
que nunca podríamos vivir juntos.
—Gracias.
La Doncella estaba muy excitada el último día, y aunque dijo que
no podía imaginarse separándose de nosotros —de mí—, sus pensamientos volaban
velozmente, fluctuando fugazmente de un tema a otro. Más tarde, cuando me
encontraba empacando sus pertenencias en el laboratorio, me confesó que temía
el fin del viaje más que a ninguna otra cosa. Se sentía dividida entre mí, a
quien debería dejar atrás, y todo un mundo que la esperaba.
Una nave patrulla de su mundo nos escoltaba desde hacía ya media
hora, y el traductor del puente de mando crepitaba constantemente, procesando
su lenguaje con dificultad. Bauer entró al laboratorio, anunciando que ya nos
estábamos aproximando para efectuar un aterrizaje en uno de sus
espacio-puertos. Trató de leer su nombre, y la Doncella corrigió su
pronunciación; luego le preguntó si había controlado convenientemente su traje
espacial.
—Lo haré ahora mismo —comentó Gleb—. ¿De qué tienes miedo? No
tienes más que treinta pasos que dar.
—Quiero estar segura de darlos —contestó ella, sin comprender que
había ofendido a Gleb. Luego se volvió hacia mí—. ¿Quieres revisarlo de nuevo?
—Voy enseguida —repliqué.
Gleb se encogió de hombros y salió. Tres minutos más tarde, volvió
y colocó el traje espacial sobre la mesa. Los tanques golpearon suavemente
sobre el plástico, y la Doncella se sobresaltó como si la hubieran golpeado.
Luego golpeó suavemente en la pequeña puerta de la cámara estanca:
—Dame el traje. Lo controlaré yo misma.
El muro que había surgido de pronto entre nosotros me aplastó;
sentía mi cabeza como si estuviera apretada en una morsa. Sabía que nos estábamos
separando, pero creía que no debíamos hacerlo así.
El aterrizaje fue suave. La Doncella ya se encontraba equipada con
su traje espacial. Yo pensaba que debía haber dejado el laboratorio antes, pero
ella no quiso arriesgarse hasta que oyó la voz del capitán a través del
intercom:
—Destacamento de desembarco, colóquense los trajes espaciales.
Afuera la temperatura es de menos de cincuenta y tres grados.
Se abrió la escotilla, y todos los que deseaban despedirse
nuevamente de la Doncella de Nieve, se alinearon a su lado. Mientras hablaba
con el doctor, me acerqué a ella, y salimos a la cubierta, en dirección a la
rampa.
Bajas formaciones de nubes se deslizaban sobre nosotros, cubriendo
el extraño planeta. Un rechoncho coche amarillo se detuvo a unos treinta metros
de nosotros, y varias personas se pararon a su lado sobre unas gruesas baldosas
de granito. Por supuesto, no llevaban trajes espaciales. ¿Por qué habrían de
hacerlo en su propio hogar? El pequeño comité de bienvenida parecía perdido en
la vastedad de la interminable pista del espacio-puerto.
Otro coche se detuvo para dejar descender a sus pasajeros. Oí a la
Doncella acercarse a mí, y me volví para mirarla. Los demás se alejaron y nos
dejaron solos.
La Doncella no me miraba. Sus ojos registraban la multitud en
busca de un rostro familiar. Repentinamente reconoció a alguien, y levantó su
mano, agitándola. Una mujer se separó de la muchedumbre, y corrió hacia la
rampa por sobré las planchas de granito. La Doncella se apresuró a bajar a
reunirse con ella.
Me quedé parado allí, pues era el único en la nave que no había
dado su último adiós a la Doncella. Además, sostenía el bulto de sus
pertenencias. Finalmente fui incluido en el grupo de desembarco, y debí
acompañar a Bauer en sus negociaciones con las autoridades del espacio-puerto.
No podíamos entretenernos demasiado: debíamos volver a zarpar en una hora. La
mujer dijo algo a la Doncella, quien rió y se desembarazó de su casco, que cayó
al suelo, rodando sobre las baldosas. La muchacha pasó la mano por sus
cabellos, acomodándolos. Contemplé cómo la mujer presionaba su mejilla contra
la de la Doncella, y pensé que probablemente ambas las sintieran cálidas al
contacto. La Doncella habló brevemente con la mujer, y repentinamente echó a
correr de regreso a la nave. Mientras ascendía la rampa, me miró y se quitó los
guantes.
—Perdóname —dijo—, no me había despedido de ti. —No se trataba de
su propia voz, sino la del traductor automático colocado sobre la escotilla,
que alguno de los miembros de la tripulación había encendido previsoriamente.
Pero también pude oír su voz.
—Sácate tu guante —me pidió—. Hay sólo cincuenta grados bajo cero
aquí. Comencé a quitarme el guante, y nadie intentó impedírmelo, aunque el
capitán y el médico habían oído y comprendido sus palabras.
No sentí el frío, ni en ese momento, ni cuando ella tomó mi mano y
la presionó contra su mejilla por un instante. Cuando comprendí, traté de
retirar mi palma, pero era demasiado tarde. Mi mano había dejado marcada una
silueta púrpura en su abrasada mejilla.
—Está bien —dijo la Doncella, agitando sus brazos para aliviar el
dolor—. Ya se pasará. Y si no se pasa, mucho mejor.
—¿Has perdido el juicio? —pregunté.
—Ponte el guante... tus dedos van a congelarse —dijo ella. Me miró
directamente, y sus ojos azul oscuros, casi negros, estaban completamente
secos.
La Doncella de Nieve retornó hacia la mujer, y juntas se
encaminaron hacia el coche; al llegar, la muchacha se detuvo y levantó su mano,
enviando un último saludo para mí y el resto de la tripulación.
El doctor se volvió hacia mí:
—Pasa por la enfermería más tarde. Te pondré alguna pomada en esa
mano, y la vendaré.
—Pero no duele —le aseguré.
—Luego dolerá —afirmó el médico.
FIN
Publicado en: Media vida en el espacio,
EMECE editores, Buenos Aires, 1979.
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