«Su ama de llaves había dejado
abiertas, las contraventanas que daban acceso a la gran terraza. El desapacible viento nocturno, jugaba con
las finas cortinas de lino, consiguiendo que realizaran una extraña y
repetitiva danza. Más allá de ellas, la
oscuridad del cielo, en el que sólo la luna había querido estar presente,
parecía mirarle con una expresión de superioridad. Incluso las estrellas habían rechazado
acompañarle. En su fuero interno, hasta
llegaba a comprenderlas.
Dejó caer su cuerpo rendido
sobre el sillón. No le quedaban fuerzas
ni ánimo para hacer nada más que refugiarse en su pena, su dolor y su vergüenza. Ya había empleado demasiadas noches
devanándose los sesos, tratando de saber si había hecho lo correcto. Si el dar crédito a las palabras de sus más
allegados, en el cuidado del resto de la manada, había sido lo mejor. Demasiadas noches, pensando posibles caminos
alternativos al que tomó, y sus correspondientes consecuencias. Demasiadas noches, repitiéndose a sí mismo
que aquella decisión, la que había tomado justamente un año atrás, había sido
la mejor para la mayoría. ¿Pero en qué
situación le dejaba a él? Como Alfa, no
había podido hacer otra cosa. Y a
aquellas alturas, un año después, aún no era capaz de mirar a Erinia a los
ojos.
Erinia.
La había visto crecer y
convertirse en una bellísima mujer. Una
hembra por la que muchos hubieran dado todo lo que tenían en el mundo. Incluido él mismo.
Había reído y compartido con
ella momentos que siempre atesoraría. Con
ella, podía permanecer en silencio y decir todo sin mediar palabra. Podía perderse en su mirada lánguida por
toda la eternidad, sin pensar un sólo segundo que estaba desperdiciando el
tiempo. Podía maravillarse, una y otra
vez, admirando su sonrisa, la misma que animaba su interior, su vida, su alma y
toda su existencia. Con ella había
aprendido lo que era amar. ¡Maldito
fuera el destino! ¡Y maldito también él por lo que hizo!
Una y otra vez, la misma imagen
se repetía en su mente, como un film de bajo presupuesto, ajado y envejecido.
La noche, azotada por un fuerte
vendaval, y el mismo cielo que ahora reinaba, habían sido testigos de lo
ocurrido.
El aire, se arremolinaba en su
largo cabello negro, consiguiendo que éste fustigara su rostro y le
entorpeciera el avance, como si de aquella forma, el mismísimo destino quisiera
retrasar lo inevitable. El linde del
bosque, donde unos metros más allá, se encontraba la población más cercana, se
le antojó como el borde del precipicio en el que estaba a punto de trastabillar. Encontró a Saur en el lugar donde le dijeron
que estaría. Hasta el momento en que
sus ojos se posaron sobre él, había ido diciéndose a sí mismo que no podía ser
verdad, que aquel joven Híbrido no había estado jugando con dos barajas.
Su manada se lo había dado
todo, le había proporcionado a él, y a su hermana Erinia, una vida llena de
comodidades, y verle reunido con aquellos cazadores, confirmando así, las
acusaciones que sus licos de confianza habían vertido sobre él, era lo último
que hubiese deseado presenciar. Pero
los hechos no admitían excusas.
Esperó hasta que los cazadores
desaparecieron y él comenzaba a regresar a su hogar para advertirle de su
presencia.
— ¿Por qué Saur?
— ¡Vael! — lo saludó con una
nerviosa sonrisa—. ¿Cuánto llevas ahí?
— El suficiente para ver cómo
traicionas a la manada — ni siquiera tuvo la decencia de negarlo—. ¿Por qué lo haces? ¿Acaso no has recibido todo aquello que un
hombre anhela? ¿No se te ha proporcionado
todo cuanto deseabas?
El hermoso rostro de Saur
cambió por completo. En pocos segundos,
los rasgos aniñados fueron borrados y machacados por otra expresión que gritaba
a los cuatro vientos su verdadero carácter.
Vael sorprendido ante la ira que reflejaban sus ojos, dio un paso atrás
inconscientemente.
— ¿Y qué hay de una vida normal? — exclamó—.
¡Desde el momento en que nos llevasteis con los tuyos, nos privasteis de
una vida normal! ¡No nos preguntasteis que queríamos, si deseábamos esto o no!
— Erais Híbridos. Dos Híbridos huérfanos. Hubierais muerto de no ser por nosotros — trató
de hacerle comprender.
— ¿Y si no hubiera sido así? ¿Y si hubiéramos podido salir adelante? Pero no.
Vuestra prepotencia es tan grande que ni siquiera nos otorgasteis el
beneficio de la duda. No nos dejasteis
elegir.
— ¡Podéis elegir! Tanto tú como
Erinia, podéis elegir el camino que queráis tomar: seguir siendo humanos o la transformación
completa, y lo sabes.
— ¿Y qué tipo de vida podemos
tener si elegimos seguir siendo humanos?
¿La misma que hemos llevado hasta ahora? ¿Rodeados de licos por todas partes? ¿No pudiendo relacionarnos con el resto del
mundo, por vuestro miedo infinito a ser descubiertos?
— ¡Conoces las reglas Saur! ¡Yo
mismo te las enseñé!
— ¡Desde luego que las conozco!
Y por eso, porque tengo ese conocimiento, he tenido que hacerlo.
— ¡Por todos los dioses! ¿Qué
has hecho?
El traidor clavo los ojos en el
suelo, como si buscara eludir la respuesta.
— ¡Saur! — le agarró por los
hombros y lo zarandeó hasta que éste le miró.
Sus ojos desprendían un desdén y un odio como sólo había visto entre los
Infectados.
— Solucionar el problema — anunció
con convicción—. La mejor forma de
acabar con un problema es atacar su raíz, erradicar lo que lo produce, así que
eso es lo que he hecho.
Vael sintió como la energía que
animaba a la bestia se extendía con velocidad, y la sed de venganza y sangre se
adueñaba de todo su ser. Saur también
notó como los ojos de su mentor, antes de un delicado azul, cambiaban el tono
para tornarse del color del mar embravecido.
Lo sujetó por las solapas de su
abrigo y consiguió elevarlo un palmo por encima del suelo.
— No me das miedo Vael. ¡Adelante! ¡Transfórmate! ¡Mátame si es tu
deseo! Pero eso no impedirá que se produzca lo que ya está en marcha. Todos moriréis. ¡Todos!
La frialdad que mostraba Saur
frente a su muerte inminente, consiguió que el raciocinio imperara en Vael, y
éste pudiera controlarse. Soltando a su
presa, le miró de nuevo con ojos humanos, tratado de escudriñar en su interior,
intentando vislumbrar hasta que punto la locura había hecho mella en aquel
joven, al que hasta hacía muy poco, había querido como su propio hijo.
— Márchate Saur. Vete.
No te quiero ver en la manada. Lárgate,
y trata de vivir esa vida que tanto deseas y por la que estas dispuesto incluso
a matar inocentes — le dijo antes de girar sobre sus talones y comenzar a
caminar. Tenía que advertir a todos
antes de que ocurriera la catástrofe.
Sólo había avanzado unos pasos,
cuando sintió como el frío acero se clavaba en su espalda, a la altura de su
corazón, peligrosamente cerca. El dolor
le atravesó, nublándole el sentido por completo y dejando el paso libre al
animal que lucharía por su vida hasta el último aliento.
Sus huesos comenzaron a crujir
mientras cambiaban su forma, sus rodillas invirtieron el ángulo, y sus piernas
desarrollaron una musculatura sobrenatural, destrozando a su paso el tejido que
las cubría. El torso, se ensanchó y las
costillas se hicieron evidentes bajo la piel.
Los largos y hermosos dedos fueron reemplazados por mortales garras
afiladas, y el bello rostro del hombre, aquel al que su hermana se había
referido en varias ocasiones como el de un querubín maldito, se deformó por
completo para pasar a mostrar las terribles fauces de una gran bestia negra.
Con un veloz movimiento e
ignorando por completo la herida infringida, el monstruo en el que se había
convertido Vael, lanzó un certero zarpazo que envió a su agresor tres metros
hacia atrás, haciéndolo impactar fuertemente contra el tronco de un árbol, y
produciendo un sonido que le heló la sangre.
Como la cáscara de una nuez al romperse.
Sólo entonces, su parte humana
pareció reaccionar y tomar el control de sus acciones. Se acercó al cuerpo inerte del muchacho,
buscando nerviosamente una señal que le indicara que aún vivía. Un reguero de sangre procedente de la parte
posterior de su cabeza comenzó a dibujar un oscuro e intrincado diseño,
uniéndose con otros que aparecieron un segundo después.
La angustia comenzó a formar un
gran nudo en la garganta de Vael y sus zarpas de lobo comenzaron a temblar,
mientras su cuerpo volvía a adoptar la forma humana.
— Saur, ¿puedes oírme? — intentó—. ¡Saur!
Arrodillado a su lado, ni
siquiera sintió en su piel desnuda el intenso y cortante frío de la noche
invernal. Su mente, completamente anulada,
no era capaz de asimilar un simple pensamiento y sentía como su alma se rompía
en mil pedazos.
Había matado a Saur.
Y con él, había perdido el poco
respeto que sentía por sí mismo.
Después de aquello, su
existencia jamás volvió a ser la misma, probablemente porque, ni siquiera él
mismo lo era. Aquella fatídica noche lo
había cambiado todo.
Seguía siendo el Alfa, el líder
de la manada, después de haber combatido con la horda de cazadores que Saur
había enviado, y con los pequeños grupos que aún seguían apareciendo, ninguno
de los licos puso impedimento alguno en que siguiera ostentando el puesto.
Vael, dejó el sillón sobre el
que se había desplomado, caminó despacio hasta donde las cortinas seguían con
su extraño y rítmico baile, para sujetarlas y salir al exterior.
Aquella noche, hacía un año,
había sellado por completo la posibilidad de una vida diferente, de una vida
acompañado de Erinia.
Quizá de ella había sido la
idea, de que precisamente esa noche, fuera la elegida para celebrar la
ceremonia que uniría las dos almas con las que había nacido, para fundirlas, y
así convertirse en una de ellos finalmente.
Según marcaba la tradición, él
debía estar presente, y Dios sabía que era una prueba por la que hubiera
vendido su alma para no tener que enfrentarla.
Jamás nadie se había atrevido a
llamarlo cobarde. Y realmente jamás lo
había sido, pero con ella, todo cambiaba.
Con ella todo se complicaba hasta el punto de hacerlo insoportable.
Apoyado en la balaustrada, dejó
vagar sus ojos sobre las tierras que se extendía frente a él. Desde allí, podía ver la entrada de la cueva
donde, con toda seguridad, se encontraba toda la manada reunida para ser
partícipes del grandioso evento.
— ¿Qué demonios estás haciendo
ahí? — le habló Zoltan desde abajo—. Vamos, deberías estar presente, y lo sabes.
— Lo siento pero no puedo, no
esta vez. El Consejo lo comprenderá.
— Por supuesto que el Consejo
lo comprenderá pero, ¿y Erinia? ¿Lo
comprenderá ella?
— Ella mejor que nadie.
— Vael, ¿hasta cuando te
culparás por la muerte de Saur? Ese perro
lo merecía, y además, fue un accidente.
— Eso lo dices porque no
estabas presente, te aseguro que mi otro lado sabía perfectamente lo que hacía.
— Sabes tan bien como yo, que
hay momentos en los que el instinto de supervivencia es demasiado fuerte como
para controlar a la bestia. Ni aún con
el amuleto puede hacerse. Deja ya de
atormentante.
— No puedo, Zoltan. No hoy.
— Eres tan tozudo como ella.
— Ve tú viejo amigo, asegúrate
de que todo se realiza correctamente. Confío
en ti.
Zoltan le saludó con un ademán,
y desapareció en la oscuridad. Le
hubiera gustado decirle, que también se llevara con él, una parte de su corazón
para ofrecérselo a Erinia como ofrenda a su nueva vida, pero ella nunca lo
hubiera aceptado. Jamás le perdonaría
la muerte de su hermano.
De nuevo la insoportable
soledad le atravesó como un puñal candente.
Pero debía acostumbrarse. Debía
aceptar que siempre sería así, por toda su existencia, hasta que la muerte se
apiadara de él y lo enviara de cabeza al infierno.
Mientras tanto, viviría
recordando los buenos momentos que había pasado con ella. Tiempos en los que nada importaba, sólo
ellos dos.
Erinia junto a él en aquel
remanso del río, donde la luna fue testigo de su entrega. Donde, dejando de lado cualquier otro
pensamiento, sus mentes sólo eran capaces de pensar en el otro, y sus almas únicamente
anhelaban unirse. Donde cualquier medio
de medir el tiempo quedó inútil e inservible, porque sólo el rítmico latir de
sus corazones marcó su paso. Donde su
dulce timidez aún la hacía más hermosa.»
En este punto, el narrador clavó sus ojos en su esposa, con una promesa
prendida en ellos. Ésta, atenta a la
historia, y absorta en las dulces sensaciones que siempre le producía la voz de
su amado, le devolvió el gesto con una sonrisa cómplice.
«La recordó tan bella que le
dolía hasta las entrañas al contemplarla.
Cubierta de pequeñas gotas de agua, que brillaban como diamantes por
todo su cuerpo. El rostro sonrojado al
notar su presencia.
Trató de cubrirse, pero los
ojos de Vael ya había caído en el pecado mortal de mirarla, y se negaban a
tener en cuenta nada más. Su cuerpo
había reaccionado al instante, deseándola, preguntándose como sería recoger con
sus labios, cada una de las pequeñas y líquidas piedras preciosas. Ardiendo en su interior por la necesidad de
tocarla, de acariciar cada una de aquellas deliciosas curvas. De hacerla suya, para siempre.
Durante varios minutos no
ocurrió nada más, el mundo se paró por completo mientras se miraban, absortos
el uno en el otro, con los ojos trabados en medio del camino que los separaba.
Intentó hablar, hacerle saber
cuanto sentía, lo que estaba sufriendo, pero de sus labios sólo escapó un
jadeo, el murmullo ininteligible de su tormento.
— Vael.
Erinia pronunció su nombre y
fue su perdición. Aquellas cuatro letras
fueron el único hechizo necesario para romper por completo su inmovilidad, ya
no pudo contenerse y avanzó hasta ella.
Rememoró el sabor de sus labios
y el suave tacto de su piel. Cómo la
luz de la luna incidía en todo su cuerpo, haciéndola parecer a sus ojos, como
una diosa reverenciada en los albores de los tiempos. Recordó cómo la había abrazado, y cómo ella
dejó a un lado toda prudencia y vergüenza virginal para entregarse por
completo.
Hicieron el amor
apasionadamente, una y otra vez hasta que la claridad del día los encontró
abrazados y satisfechos, doloridos pero rebosantes de felicidad.
Lágrimas de dolor y ansiedad,
resbalaron por sus mejillas al revivir todo lo sucedido. El amor encontrado y perdido. Ahora convertido en un rencor que los
corroía por dentro. Dos almas gemelas
que habían sido unidas para después separarlas bestialmente y que ahora, se
pudrían en la oscuridad de la incomprensión más absoluta.
— Erinia… — suspiró
apesadumbrado, mientras se dejaba vencer por la culpa y hundía la cabeza entre
los hombros.
No supo cuanto tiempo estuvo
allí, apoyado en la pétrea y fría balaustrada, tampoco importaba, sólo sería un
retazo más de su vida, que quedaría olvidado, entre muchos más que estaban por
venir.
— ¡Alerta! ¡Cazadores!
Vael abrió los ojos para
clavarlos en uno de los vigilantes del perímetro que avanzaba veloz hacia él.
Dejando de lado cualquier otro
pensamiento, adoptó la forma de la bestia sin pensarlo dos veces y sin ningún
esfuerzo saltó por encima del pequeño murete.
En un parpadeo ya se encontraba en tierra y frente al joven iniciado,
quien reconociéndolo al instante, y con los ojos muy abiertos, comenzó a
explicarse atropelladamente; sin
aliento.
— Cazadores. Muchos, decenas de ellos.
— ¿Dónde? — le urgió tomándolo por los hombros.
— Aparecieron de la nada. Están atacando por todas partes.
— ¿Y qué hay de la cueva?
— También allí.
Fue lo único que Vael necesitó
saber. Dejó al muchacho sin decir nada
más y se lanzó hacia el lugar con el corazón en un puño. Erinia estaba en peligro.
El bosque ardía. El resplandor del fuego le permitió seguir
la trayectoria que habían realizado los cazadores, y ésta, llevaba a varios puntos
del asentamiento de la manada, pero a él sólo le importaba uno de ellos.
Cualquier grito que llegaba a
sus oídos, le sonaba como el último lanzado por ella. Cualquier cuerpo destrozado que encontraba
en su camino, atormentaba su mente por unos instantes, hasta que reconocía los
rasgos de otros. Mil veces vio morir a
Erinia y mil veces más, sus sentidos desmentían la terrible visión. Sus poderosas patas tragaban metros y metros
de terreno, pero aún así, parecía no llegar nunca a su destino, que en su
alocada desesperación, parecía estar paradójicamente cada vez más lejos.
— ¡Vael! — Lo llamó Zoltan—. Los alrededores de la cueva son un infierno. Las llamas lo están consumiendo todo.
— ¿Y Erinia?
— Lo siento. No la he visto.
— Necesito saber que está a
salvo.
— Allí no queda nada, sólo
muerte por todas partes. No vayas.
Pero Vael, ya no le escuchaba. En su mente, sólo un pensamiento imperaba. Saber que había sido de su amada. Qué había sido de Erinia.
Cuando llegó a la entrada, la
violencia de las llamas, reducían a cenizas todo lo que encontraba a su paso. Cubriéndose los ojos un instante mientras
retrocedía, trató de averiguar, si tras la cortina de vivaces llamas
anaranjadas podría encontrarla.
— ¡Erinia! — la llamó.
Nada. Sólo el silencio dio respuesta a la llamada. Sus ojos se movían nerviosamente, con vida
propia, buscando cualquier indicio que pudiera mostrarle el camino a seguir
para dar con ella. Cualquier cosa, por
mínima que fuera, le serviría.
La búsqueda visual tampoco dio
resultado. Sentía como el corazón le
martilleaba en el pecho. Su mente se
resistía a encontrar un final satisfactorio, y le torturaba continuamente con
imágenes en las que Erinia aparecía muerta, con el pecho destrozado, destruida
su persona por completo.
— ¡No! — exclamo para sí.
Girando sobre sí mismo, inició
su carrera de vuelta. A lo lejos podía
distinguir más llamas y algo de movimiento.
En aquel punto se estaba desarrollando una batalla.
Se lanzó a toda velocidad, con
la esperanza de encontrarla, de que alguno de sus licos hubiera tomado la
determinación de protegerla.
Un grupo numeroso de cazadores
luchaban contra varios de los suyos, aún estando éstos en desventaja numérica,
su poder y su fuerza conseguían mantenerlos a raya y los hacía retroceder hacia
el bosque de nuevo.
Uno de los integrantes de los
luchadores se acercó a él.
— ¿Has visto a Erinia?
— No Vael, lo siento. No he visto ni el más mínimo rastro de ella.
— ¿Dónde empezó esto?
— En los alrededores de la
cueva. Al principio eran muchísimos, varias
decenas. Ahora ya no quedan tantos. Este grupo de aquí, y otro más pequeño en el
lado opuesto al asentamiento. — Al oír
que había otro ataque en un punto diferente su esperanza de que Erinia pudiera
estar allí se avivó.
— ¿Has estado allí?
— Sí, de allí vengo. Zoltan me envió.
De nuevo la desesperación. Si había estado allí, y no había visto a
Erinia, probablemente es que ella hubiera tomado otro camino distinto.
No sabía que hacer, adonde
dirigirse, a quién preguntar. Todo su
ser ansiaba encontrarla, saberla sana y salva, pero su cerebro se negaba a
encontrar una vía, una solución.
Una idea comenzó a surgir,
primero como una tenue luz que va adquiriendo brillo e intensidad a medida que
iba creyendo en ella.
Al inicio de todo aquello,
Erinia se encontraba en la cueva realizando el rito de unión de almas, por lo
que ella ahora se había transformado en un licántropo. Si la celebración se había completado con
éxito, algo que esperaba en lo más profundo de su corazón, reconocería su
llamada nada más oírla.
Con las fuerzas y el deseo
nuevamente renovados, corrió como si su misma vida le fuera en ello, hasta
alcanzar la almena de vigilancia. De
dos potentes saltos se encaramó a ella, y levantando el rostro hacia la luna,
aulló desesperadamente.
Inmediatamente después puso
todos sus sentidos en captar cualquier respuesta, agudizó el oído como sólo los
de su especie podían hacer, y olisqueó el aire tratando de encontrar en él, el
mínimo aroma que pudiera traerle. Pero
el viento sólo le transportó la batalla que aún se libraba bajo sus pies.»
— ¡Guau! Papi, pobre
Vael ¿y Erinia le contestó? — preguntó
su pequeña hija quién, sentada en la alfombra junto al hogar, picoteaba de la
bandeja de dulces y se afanaba con el juego de construcciones, con el que Koram
le había obsequiado.
— No me interrumpas Citlalli. ¿Quieres saber el final?
— Claro.
— Pues sigue escuchando en
silencio.
— Lo siento, sigue por favor.
La pequeña, retiró un mechón de
su pelo hacia atrás, y volvió a centrarse en su tarea. No sin antes compartir con su joven
benefactor, y cómplice en sus travesuras, una mirada triunfadora que decía a
las claras, que sabía del malestar que la interrupción produciría a su padre,
incluso antes de haberlo hecho.
Koram le sonrió divertido.
Lucan se aclaró la garganta, y
continuó.
«Lo intentó de nuevo. Llenando
de aire sus pulmones hasta sentirlos completamente henchidos, lanzó su llamada
a la noche.
Esta vez, junto con el sonido de la lucha, el aire trajo consigo un aullido
de dolor y Vael, sin pensarlo dos veces, saltó de la torreta, hacia el lugar
donde se había originado.
Ráfagas de blanquecino aliento surgían de sus fauces y flotaban unos
segundos a su lado, acompañando su carrera.
La garganta y el pecho le ardían.
Se introdujo en el bosque y ayudándose de sus garras, apartó la maleza
que le impedía seguir adelante. Varias
ramas hirieron su cuerpo consiguiendo arrancar gotas de sangre. Su corazón bombeaba alocadamente, y sentía
sus latidos en cada fibra de su ser. Los
potentes músculos temblaban sensiblemente, por el sobreesfuerzo y la necesidad
de llegar lo antes posible hasta su objetivo, a la vez que un terrible
pensamiento, le acompañaba en cada zancada.
Aunque se negaba a aceptarlo, había reconocido la nota de absoluto
horror en la respuesta de Erinia. Sin
cesar en su avance, volvió a llamarla, esperando, deseando, que no fuera
demasiado tarde para ellos.
Comenzaba a amanecer, y el cielo ya mostraba los primeros tintes
dorados, que aclaraban el manto negro de la noche cerrada.
— Vael...
Ella había susurrado su nombre.
El ritmo en sus venas se aceleró aún más hasta inflamarlas por la
presión. Sentía el pulso en sus sienes,
y apunto de estallar todo su cuerpo.
En un pequeño claro rodeado de altos árboles, y espesos arbustos, la
encontró, tirada en el húmedo suelo que embarraba el delicado vestido de
encajes que había elegido para la ceremonia.
Muerta, como una muñeca rota y olvidada.
Sus piernas, en un ángulo extraño, mostraban heridas sangrantes. Su rostro, aún hermoso, estaba surcado por
lágrimas que habían abierto blanquecinas sendas en la fina capa de suciedad que
lo cubría. Su cabello, enmarañado entre
hojas y pequeños guijarros. Y su pecho
abominablemente desgarrado, horadado hasta dejar ver sus entrañas.
En ese momento Vael perdió todo sentido de la realidad. Notó como si le hubieran arrancado los pocos
resquicios del alma humana que le quedaban de un letal y desalmado zarpazo.
Cayó de rodillas frente a ella.
Como una marioneta, sorprendida en plena ejecución de movimientos, a la
que hubieran cortado los hilos, se derrumbó a sus pies, abrazándola
desesperado.
Ella había susurrado su nombre con las últimas energías que su cuerpo
le había otorgado.
— ¡Saur! Donde quiera que estés, maldito seas por los siglos de los
siglos. Tu ira y tu incomprensión, reza
ahora en este claro, por siempre jamás, como la peste que pudre toda bondad — hundió
su rostro en su regazo—. Perdóname mi amor. Perdóname.
El despiadado dolor ensartó su cuerpo, y alzando de nuevo su rostro
hacia el ya dorado cielo, se clavó sus propias garras en el pecho, rugiendo
hasta romperse la voz. Hundiéndose cada
vez más en la completa locura.»
— Aún hoy, los que habitan esas tierras cuentan que es posible ver
a la pareja pasear por los bosques, cuando los primeros rayos de sol inician su
andadura, acariciando las copas de los árboles. Abrazándose uno al otro, amándose en
silencio — terminó.
Lucan observó el rostro de su
esposa, quién con los ojos clavados en sus pies, parecía no querer salir del
trance en el que el relato la había inmerso.
— ¿Estas bien?
— Sí — le sonrió—. Estoy bien.
Lucan alzó sus manos hacia ella,
y Manon aceptó el lugar que su esposo le ofreció junto a él. Sintió agradecida como éste le rodeaba
cariñosamente con los brazos y dejó un suave beso en su mejilla.
— Ha sido un final un poco
triste, papi. Que muriera Erinia no ha
sido muy justo.
— El mundo no lo es, cachorrita.
— ¿A quién le toca ahora? — preguntó Koram.
— Creo que a mi. Pero no sé si estaré a la altura. — Manon puso los ojos en blanco ante el
reto.
— Gracias, Koram — dijo la niña,
con un brillo especial en los ojos plateados como los de su progenitor,
mientras aceptaba una nueva golosina.
— Citlalli, deja de comer
porquerías. Ya has tenido suficientes
por hoy, ¿no crees? — la regañó su
madre.
— Esto de los cuentos de
Halloween ha sido una gran idea — compartió Koram y dirigiéndose a la pequeña,
añadió—. Jamás hubiera imaginado que tu
papá fuera tan buen narrador.
— Hay muchas cosas que no sabes
de mí. Entre ellas, lo que haré contigo
si no dejas de ofrecer dulces a mi hija.
Manon rió a carcajadas. Adoraba las noches en las que la familia se
reunía para compartir... cualquier cosa. Incluso las travesuras de su pequeña hija,
con el apoyo incondicional que Koram siempre le prestaba.
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