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Italo Calvino - Mirando hacia un futuro de tinieblas


     El texto clave para comprender la oposición, o, mejor, el estado de animo
     de Orwell frente a la Segunda Guerra Mundial, es uno de sus libros
     menores, Coming up for Air (Una bocanada de aire), escrito y ambientado en
     el año 1938 y publicado en 1939, una novela cuyo tema es precisamente la
     inminencia de la guerra, de sus implicaciones sin salida e imágenes de un
     futuro apocalíptico que se apoderan de la mente superponiéndose a la
     apariencia confortadora de un, todavía, tranquilo presente. La imaginación
     de Orwell estuvo siempre encaminada a la prefiguración del futuro, de un
     futuro negro, como si cada una de sus palabras no tuvieran sino una meta,
     la trampa sin salida de la que él debía trazar minuciosamente los planes
     de funcionamiento en los últimos años de su vida, al describir el mundo de
     1984.
     En Una bocanada de aíre se limita a prever los bombardeos de Londres, y no
     es de extrañar, porque la perspectiva de las incursiones aéreas sobre la
     ciudad era ampliamente comentada en aquella época aunque también hay
     escenas de guerra civil que al Londres real le fueron ahorradas, excepción
     hecha de las bombas irlandesas; imágenes de ametralladoras que disparan
     desde las ventanas, de igual manera que el autor las había visto en
     Barcelona pocos meses antes. El protagonista es un hombremasa de la
     periferia londinense, un cuarentón obeso, calvo y con dentadura postiza,
     que se da cuenta de haber fallado en la vida, porque los únicos bellos
     recuerdos que lleva consigo son los pasados y raros días de su juventud en
     los que iba a pescar. Es característico en Orwell poner en el centro de
     sus historias un personaje precozmente desgastado físicamente (también el
     Winston de 1984 tiene varices y algunos dientes postizos), además de
     espiritualmente oscuro y frustrado en sus aspiraciones vitales; diríase
     una exacta contrarréplica del autor, como actitud vital, experiencia y
     presencia humana, pero quizás las cosas que tenía que comunicar a través
     de su lucidez desencantada, a lo largo de la hoja cortante de su moral sin
     compromisos, sólo podían ser expresadas como relámpagos que surgen
     intermitentes de una desolada y gris condición.
     El hombre gordo piensa en la guerra, no puede dejar de pensar en lo que
     todos dan como inevitable, no puede no pensar en Hitler: este pensamiento
     que lo ha capturado en la mitad de una existencia supeditada a la
     banalidad, lo obsesiona. Mas la iluminación que lo ha transformado le vino
     durante una conferencia en el Left Book Club de su barrio residencial,
     oyendo al orador de aquella asociación cultural de izquierdas criticar
     obsesivamente las atrocidades del nazismo, y, después de la conferencia,
     las discusiones de los intelectuales del lugar, trotskistas y comunistas
     oficiales que discutían entre sí encarnizadamente. El resultado es horror
     y espanto hacía el nazifascismo que está conquistando el mundo, pero este
     horror y espanto aparece reflejado en sus adversarios inadvertidamente
     contagiados e implicados en el mismo proceso de deshumanización, de
     absolutismo ideológico y negación violenta de todo aquello que no entra en
     los planes inmediatos de la política que llevan a cabo. De ahí la angustia
     de la guerra que está apunto de estallar, y que incluso en el caso
     improbable de que no sea vencida por el incontenible Hitler, no aportaría
     solución alguna, sino la estabilización del odio, porque en todos los
     países vencidos o vencedores acabarían por adoptar la misma lógica de
     fanatismo devastador.
     Las fauces de la fiera
     Así prevé Orwell el futuro en el año de Múnich, ya que este presagio que
     él hace aflorar en el cráneo calvo, bajo el bombín de un modesto empleado
     de seguros londinense, era firmemente compartido por el intelectual que
     rebelándose contra la indiferencia de los ingleses respecto a la amenaza
     nazi estuvo combatiendo en España como simple miliciano. Si no hubiese
     pagado en persona y vivido en su propia carne durante unas pocas semanas,
     y en las ramblas del centro de una ciudad, los dramas que atormentaron a
     decenas de pueblos enteros, deberíamos decir que el hecho de identificar
     las fuerzas que luchan en el campo de la conmoción mundial con los asiduos
     a las salas de debates culturales es reducir en mucho las posibilidades de
     comprensión. También desde el punto de vista de la actualidad menuda y de
     la caricatura cotidiana, Orwell es ya un escritor alegórico, como lo
     demostrará plenamente pocos años más tarde, cuando está asegurada la
     victoria de los aliados y se le ocurre la idea de una feroz sátira al
     estilo de Swift que cristalizará en Rebelión en la granja con la evocación
     de una oligarquía en el poder, donde es imposible distinguir a los cerdos
     de los hombres. Humanidad y deshumanidad son continentes en cuyos
     territorios se configuran diferentemente nuestros atlantes individuales;
     para nosotros, que en aquellos años intentábamos salir de las fauces de la
     fiera, humanidad y deshumanidad, en un campo o en el otro, se distribuían
     y mezclaban según nuestras experiencias. Y podríamos sostener
     perfectamente, en contra de la profecía de Orwell, que la Segunda Guerra
     Mundial ha acentuado en mayor medida los aspectos de oposición sustancial
     e incompatibilidad profunda entre democracia y fascismo. Cierto es que
     para decir esto nos basamos en la experiencia de una parte del mundo que
     queda bien delimitada, mientras que para el resto del planeta los últimos
     treinta y cinco años prueban que aquel oscuro presagio tenía una profunda
     base de verdad.
     Vayamos ahora al libro Homenaje a Cataluña, de 1938, que precede al
     anterior por muy poco, escrito en caliente después de su retorno del
     frente español con las heridas (no metafóricas) todavía abiertas. Entre
     los libros que recogen las experiencias del siglo, éste es uno de los
     indispensables, si no se quiere que palabras como revolución, lucha armada
     y otras similares resulten términos de un discurso abstracto, y, además,
     por ser uno de los más hermosos, con toda la fuerza de la verdad vivida.
     Comparado con la fuerza de este testimonio directo, cualquier discurso
     político parece de un simplismo fácil, incluso los que Orwell intercala en
     su relato para sostener con mayor intensidad la línea política del POUM y
     de los anarquistas, que veían en la revolución social inmediata el único
     medio para resistir a Franco, línea que contrapone a la de los comunistas,
     convencidos de la necesidad de una alianza con la burguesía democrática y
     de una actuación militar más disciplinada. La parte de razón de cada una
     de las líneas puede extraerse perfectamente del libro, en su epopeya de la
     desorganización e improvisación de los milicianos, pero la historia se
     precipita gradualmente en una pesadilla sobre la que no hay posibles
     dudas: la liquidación de los militantes del POUM en Barcelona el año 37,
     mediante métodos que recuerdan de cerca lo que estaba ocurriendo al mismo
     tiempo en Moscú con las grandes purgas. Orwell, de permiso por haber sido
     herido en el frente junto a tantos otros voluntarios extranjeros y
     españoles, debe esconderse para no ser apresado y fusilado por sus propios
     compañeros de lucha. La moral de Orwell apunta siempre hacia el
     desenmascaramiento de las falsas pretensiones; en una novela de su
     juventud atacó las pretensiones de decoración pequeñoburguesa de los
     infiernos de la miseria londinense, y lanzaba sus sarcasmos contra el
     "aspidistra", edificio de apartamentos que simbolizaba el estatus. En
     Barcelona él identifica el comunismo oficial con "la derecha"; y con esta
     prerrogativa, las noticias de los procesos de Moscú le resultan de una
     autenticidad palpable.
     Libelos fantásticos
     Desde aquel momento su batalla es advertir a la conciencia pública inglesa
     y mundial: por eso recupera la claridad de los signos y la construcción
     geométrica de los fantásticos panfletos del siglo XVIII, elegancia formal
     a la que corresponde una dureza polémica verdaderamente incisiva. Que se
     haya tardado tanto en escucharlo y comprenderlo, no hace más que probar lo
     avanzado que estaba con respecto a la conciencia de su época. Él llevaba
     su Cataluña a la espalda, mientras que gran parte de la juventud europea
     la estaba viviendo o buscando fatigosamente.
     Hay un mundo de valores positivos que Orwell afirma, pero en su topología,
     dado que el polo del futuro está ocupado por las tinieblas, porque la luz
     no puede situarse más que en el pasado: el tío socialista del idílico
     pueblo todavía conservador de Una bocanada de aire, el viejo asno sabio y
     silencioso de Rebelión en la granja, el proletariado que continúa su vida
     miserable en 1984 y para el que la revolución no ha llegado jamás. No es
     extraño que de entre los grandes monstruosos inventos de 1984, el más
     genial y espantoso sea la destrucción sistemática del pasado, que comporta
     una ininterrumpida corrección de los anales del Times. Y la "neolengua", o
     sea, la expoliación del lenguaje de todas las emociones y matices, en
     suma, de la memoria colectiva que éste contiene.

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