El tiempo era frío, húmedo y con niebla, pero ella iba equipada convenientemente. Encima de una falda de punto y un jersey, llevaba una trinchera de hombre; mejor dicho, de muchacho, ya que pertenecía a su hermano de catorce años, a quien se lo había pedido prestado para ir aquella noche al cine.
Generalmente, no acostumbraba a llevar pañuelos en la cabeza, porque decía que esto la hacía parecer una pobre emigrante, pero aquella noche se lo había puesto para proteger sus rubios cabellos de la neblina húmeda que amenazaba convertirse, de un momento a otro, en escarcha.
Calzaba zapatos oxford, de color marrón, con tacones cubanos, y medias escocesas que le llegaban justo debajo de las rodillas. No se podía ver qué llevaba bajo la trinchera, pues ésta le llegaba a media pantorrilla, dos centímetros aproximadamente más larga que la falda.
Aparentaba tener unos diecinueve años, y estudiaba en el City College de Santa Mónica. Era una joven bonita, pudiéndola llamar hermosa. Iba sola... y estaba muy asustada.
Eran las once y media de una noche de octubre. Había ido al cine con su novio, con quien estaba más o menos comprometida, aunque no oficialmente. Después de haber comido unas salchichas y tomado café a la salida, de pronto y violentamente, habían discutido, aunque de todas formas, ella sabía que no tardarían mucho en hacer las paces. Pero por aquella noche, le daría una lección para que le sirviera de experiencia.
Así pues, le había dejado plantado.
Cuando había andado ya media manzana, en dirección opuesta a donde había dejado aparcado aquella noche el auto, él la alcanzó, agarrándola por un brazo, pero la muchacha le amenazó con llamar a un policía si no la dejaba, cosa que indignó tanto al muchacho que se marchó.
Entonces, al encontrarse realmente sola, comenzó a asustarse.
Las dos películas que acababan de ver eran de «suspense». Una de ellas trataba de «Jack el Destripador», un tipo criminal que asesinaba a las chicas en la calle, a altas horas de la noche.
De todos modos, no tenía que andar mucho para llegar a su casa, sobre todo si emprendía el camino más corto; el cual no se podía recorrer en el auto, porque se debía atravesar la parte más estrecha del parque, entre la Avenida del Océano y la empalizada, y entonces bajar unas escaleras rocosas, que conducían, bajo un peñasco, a la carretera de la Playa de Palisades. Vivía con sus padres, a dos manzanas del final de aquellas escaleras, entre la carretera y el mar.
No tenía por qué asustarse, y más con el Boulevar de Santa Mónica tan espléndidamente iluminado. Sin embargo, lo que la atemorizaba era el último trecho, tan solitario... hacia aquella escalera angosta del parque. Si al bajar se encontraba con Jack el Destripador subiendo, estaría atrapada. Aunque las escaleras estaban iluminadas, ¿en un caso así, de qué le serviría?
Al llegar a la esquina de la calle Segunda, vio la farmacia abierta. Vaciló. Tenía la última oportunidad de no andar la parte más peligrosa. No llevaba dinero para pagar un taxi, pero sí algo suelto para telefonear a que vinieran a recogerla. Sin embargo, a su casa no podía llamar, ya que su padre estaba convaleciente. Acababa de salir del hospital, después de haber sufrido una operación de apendicitis, y aún no le permitían conducir el auto. Por otra parte, su madre, además de no saber conducir, cuando se enterara de lo sucedido con Jim, probablemente daría mas importancia al caso de la que realmente tenía, e intentaría hacerla desistir de sus relaciones con él, cosa que ella no pensaba hacer. Sólo había querido darle una lección para hacerle comprender que también ella era sensible. Fue una estúpida por haberlo hecho, y ahora lo comprendía.
Pero nada iba a ocurrirle, se dijo a sí misma. Y resueltamente, emprendió el camino por el último bloque del Boulevar, y cruzó la Avenida del Océano y el trozo del parque. Éste estaba brillantemente iluminado, al igual que las escaleras. No tenía nada que temer.
Empezó a descender las escaleras. Había bajado solamente una docena de peldaños, cuando vio que subía hacia ella un hombre. Se paró indecisa, temblando ligeramente. Si continuaba, se encontraría con él en la mitad de la bajada. No. Era mejor detenerse allí, lo bastante cerca del principio para poder retroceder si parecía algo sospechoso.
Para disimular el haberse detenido, abrió el bolso y buscó los cigarrillos; sacó uno, se lo puso en los labios, y comenzó a buscar las cerillas, para hacer tiempo.
Entonces, miró directamente hacia él.
Le faltaba media docena de peldaños para llegar a ella; le vio por encima de la llama de la cerilla que acababa de encender, y simuló que hasta entonces no se había dado cuenta de su presencia.
Era un hombre grueso, alto y... oh. Dios mío, tenía la cara redonda, negra y estúpida, con unos ojos pequeños de cerdo y... De pronto, le sonrió, mostrando unos descoloridos v horribles dientes de los que le faltaba uno. Dio un paso más y...
La muchacha se dio la vuelta rápidamente y retrocedió escaleras arriba. A sus espaldas, oía unos fuertes pasos. Iba alcanzándola con asombrosa rapidez, a pesar de ser un hombre tan gordo. Pero no era solamente asombro lo que ella sentía, sino espanto, verdadero terror.
Tan pronto llegó arriba, empezó a correr por el solitario parque, chillando con toda la fuerza de sus pulmones... eran chillidos de terror. Por fin, el hombre la alcanzó. Sus monstruosas manos se cerraron alrededor de su cuello y los dos cayeron pesadamente sobre la hierba.
Sus gritos fueron ahogados, pero ahora se oía otro alarido: el de la sirena del coche de la Policía. Seguramente, los hombres que iban en él la habían oído. Aún pudo ver el reflector rojo del coche, cuando se detuvo a su lado. Pero fue lo último que vio. Llegaron demasiado tarde, por sólo uno o dos segundos...
En la sala de interrogatorios de la estación de policía de Santa Mónica, tres guardias interrogaban un hombre torpe y grosero. Estaba sentado entre dos policías de uniforme. El teniente se paseaba, furioso, ante él, y la cabeza de aquel corpulento hombre se movía de un lado a otro, siguiendo los pasos del policía.
El teniente se golpeaba furiosamente la mano:
—¡Al infierno, Benny! ¿Por qué? Díme, ¿por qué lo has hecho?
El policía se detuvo, pero la cabeza negra y fea llamada Benny seguía moviéndose de un lado a otro, como lo había hecho hasta entonces, pero ahora en una pausada y confusa negativa. Benny no rehusaba el contestar; pero no sabía cómo hacerlo, ante aquel hombre que había sido antes su amigo y ahora estaba trastornado y furioso.
—Benny, piénsalo. Deja de preocuparte... Yo solamente trataba de asustarte cuando te dije que te llevarían a la cámara de gas. No creo que lo hagan, aunque no soy yo quien debe decidirlo. Pero seguramente tendrás que quedar recluido para el resto de tu vida. ¡Maldita sea, Benny! Quiero que me digas por qué la mataste. Nosotros siempre hemos sabido que no eras... bien, normal, y por esta razón te hemos vigilado, pero siempre creímos que no nos darías ocasión de arrestarte. Hasta esta noche, Benny. Hasta esta noche, no nos habías causado ninguna molestia. Tú nunca habías robado ni un chicle, y yo hubiera jurado que no eras capaz de matar ni a una mosca... Todos nos otros íbamos a limpiarnos los zapatos a tu tienda, y eras nuestro amigo...
—¿Por qué has hecho esta locura? ¿Conocías a esa joven? ¿La habías visto anteriormente?
La cabeza de Benny seguía moviéndose de un lado a otro, negativamente.
—¿Por que, Benny? ¿Por qué la has matado? ¿Por qué? ¿Por qué?
La cabeza de Benny dejó de moverse, y sus ojos se quedaron fijos en el suelo.
Ahora estaba pensativo, tratando de recordar.
Finalmente, encontró las palabras, y dijo:
—Ella... —meditó unos segundos, hasta que encontró la respuesta:
—Ella corrió.
FIN
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