Six-legged svengali © 1950, (Worlds Beyond, Diciembre de 1950). Traducción de Kyo.
El campamento base me pareció estupendo tras
horas de deambular solo a través de la eterna y espesa niebla y la delgada
llovizna que era Venus. Nunca puedes ver más de unas pocas yardas delante de
ti, pero está bien; de todos modos no hay nada que merezca la pena verse en
Venus.
Con la excepción, mientras nuestra
expedición estaba allí, de Dixie Everton. Era estrictamente gracias a Dixie que
yo disfrutaba de la Expedición Zoológica de Everton, dirigida por su padre, el
doctor Everton del Zoo Extraterrestre de Nueva Alburquerque. Además yo estaba
pagando mis propios gastos; el doctor Everton no pensaba que fuera una
aportación valiosa al grupo. Y lo que era peor, no pensaba que fuera un marido
valioso para Dixie. Y en esto yo discrepaba con él definitivamente.
De una u otra forma dependía de mí, en esta
pequeña expedición, probarle que no era simplemente una non compos mentis
como él creía. Quizás esto suena un poco cursi, pero así estaban las cosas. Y
en vista de mi suerte hasta entonces, tenía las mismas oportunidades que un
polo en el lado soleado de Mercurio de convencerle.
En realidad, la expedición me inspiraba muy
poca simpatía. Nunca había pensado gran cosa de la gente que encerraba animales
en jaulas para que fueran contemplados. De hecho, ya en la escasa vida animal
de Venus, se habían extinguido dos especies: la bella garceta venusina, para
proveer de plumas los sombreros, en un ridículo revival del estilo de sombreros
de señoras del siglo XIX, y el kieter, cuya carne era increíblemente deliciosa,
para adornar las mesa de los gourmets ricos.
Dixie me oyó volver al campamento. Sacó su
preciosa cabeza por las solapas de su tienda y me sonrió. Eso ayudaba
considerablemente.
–¿Has conseguido algo, Rod? –me preguntó.
–Sólo esto, ¿vale algo? –respondí.
Abrí la caja forrada de musgo que usaba para
llevar la caza y saqué el único animal que había atrapado, si es que era un
animal. Tenía agallas como un pez, ocho patas, una cresta como un gallo sólo
que más grande, y piel azul.
Dixie le echó un vistazo.
–Es un weezen, Rod. Tenemos dos en el zoo,
así que no es una especie nueva.
Ella debió ver la desilusión en mi cara,
porque añadió rápidamente:
–Pero este es un buen ejemplar, Rod. No le
dejes escapar todavía; papá probablemente querrá estudiarlo cuando tenga tiempo.
Esa era mi Dixie.
El doctor Everton salió de la tienda
principal y me miró con desagrado.
–Hola, Spenser. Apagaré la señal ya. Crane
ha vuelto también.
Continuó caminando y apagó el aparato con
aspecto de radio y que había estado emitiendo la señal direccional que nos
había permitido a Crane y a mí regresar al campamento. En Venus sin ese
transmisor y un receptor de bolsillo similar, uno se perdería sin esperanza a
unas pocas yardas de la base.
–¿Ha atrapado algo Crane? –pregunté.
–Ningún ejemplar interesante –dijo el doctor
Everton–, pero sí algo que merece la pena comer. Cazó una gallina de los
pantanos y la está cocinando para nosotros ahora.
–No me dejaría tocarla –dijo Dixie–. Dice
que las mujeres no sabemos cocinar. Ya debe estar lista; ha estado trabajando
en ello una hora. ¿Tienes hambre, Rod?
–Casi tanta como para comerme esto –le dije
mirando al weezen que todavía estaba sujetando. Dixie se río y me la quitó para
ponerla en otra caja más grande.
Entramos en la tienda principal. La gallina
de los pantanos estaba lista y Crane la sirvió con orgullo. Había hecho un buen
trabajo con ella y tenía derecho a estar orgulloso. Una gallina de los
pantanos, correctamente cocinada, es mucho mejor que el pollo frito, igual que
el pollo frito es mejor que el gallinazo cocido. Es lo mejor del mundo, de
cualquier mundo.
Y tenía cuatro patas en vez de dos, así que
había un muslo para cada uno.
No hubo demasiada conversación durante la
cena. Pero con el café, Dixie me dijo algo que no tenía ningún sentido... algo
sobre una tortuga.
–¿Qué? –dije–. ¿Una tortuga?
Dixie me miró como para comprobar si estaba
bromeando o no y después miró a su padre y a John Crane, y luego hubo un
extraño silencio.
Yo fruncí el ceño y pregunté qué pasaba.
Crane suspiró.
–Una tortuga del lodo venusiana, Rod. Para
lo que esta expedición ha venido aquí en primer lugar. Y aparentemente
encontraste una esta mañana.
–No sé de qué estás hablando –dije
pacientemente–. Yo no sólo no he encontrado ninguna, sino que ni siquiera he oído
hablar nunca de ellas. ¿Qué clase de broma es esta?
El doctor sacudió la cabeza con tristeza.
–Spenser, le permitimos venir aquí sólo
porque juró que sabía cómo capturar una.
–¿Yo dije eso? –miré a Dixie suplicante–.
¿Os habéis puesto de acuerdo para tomarme el pelo, o qué?
Dixie posó la vista en su plato con
tristeza.
El doctor Everton dijo:
–Sí, definitivamente encontró una de las
tortugas, o estuvo cerca de una. Se lo explicaré. Mire, Spenser, muchas
criaturas tienen sorprendentes mecanismos de defensa para usar contra sus
enemigos. Hay insectos que sobreviven por tener el aspecto de ramitas, hay
serpientes inofensivas que tienen las mismas marcas que las más mortales, los
peces pequeños que pueden hincharse tanto como para evitar ser tragados... el camaleón
que...
Le interrumpí.
– Sé que hay esos mecanismos de defensa,
doctor Everton. Pero ¿qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando?
Él me apuntó con el dedo.
–Muy bien, sabe que existen esos mecanismos
de defensa. Ahora vayamos al mecanismo de defensa de la tortuga del lodo
venusiana. Como todas las demás formas de vida en Venus, tiene una limitada
capacidad telepática. En este caso, una adaptación especial de la telepatía.
Puede inducir una amnesia temporal en lo que respecta a sí misma, en lo que
respecta a su misma existencia, en la mente de cualquier criatura que se
acerque a cierta distancia de ella. En otras palabras, si algo sale a cazar a
una tortuga del lodo venusiana y encuentra una, no solo olvidaría que estaba
persiguiéndola, sino incluso que la había visto o que había oído hablar de
ella.
Probablemente me quedé con la boca abierta.
–Quiere decir que yo estaba cazando una...
–Exactamente –dijo el doctor Everton con
cierto aire de suficiencia.
Miré a Dixie y esta vez sus ojos se
encontraron con los míos. Ella dijo:
–Así es, Rod, Encontrar un modo de capturar
una de esas tortugas era el propósito principal de esta expedición. Y parte de
la razón por la que papá te dejó venir con nosotros fue el hecho de que juraste
que sabías cómo hacerlo.
–¿Lo hice?
–Espera un minuto, Rod; te lo mostraré. Sé
que te resulta difícil de creer, porque no lo recuerdas.
Ella salió de la tienda un minuto y volvió
con una carta; pude ver que era mi letra. Me la dio y cuando la leí mis oídos
comenzaron a zumbar.
Se la devolví y hubo un largo silencio.
Finalmente yo lo rompí.
–¿Y no di ni siquiera una pista, –pregunté–
de cómo iba a ser más listo que una tortuga del lodo?
El doctor Everton abrió las manos.
–No nos lo hubiera dicho.
–¿Cuánto durará la amnesia? ¿Es permanente?
–No, se pasará en unas cuantas horas...
cinco o seis quizás. Pero después de eso, si encuentra otra de esas bestias, le
volverá a pasar.
Lo pensé de nuevo, pero no sirvió de nada.
Pero de repente me pregunté algo.
–Si todo el que ve una la olvida, ¿cómo se
conoce su existencia?
–Ha sido fotografiada muchas veces, pero por
exploradores que no recordaban haber tomado las fotografías hasta revelarlas
horas después. Se parece bastante a una tortuga terrestre, pero tiene seis
patas y es más redonda que ovalada. Usted ha estudiado a fondo las fotografías.
Crane se había puesto en pie y había sacado
media docena de fotografías de una mesita portátil que había en un rincón.
–Aquí está el objeto de la búsqueda, Rod.
Había diversión en sus ojos.
Me quedé mirándole, aun incrédulo.
–Son unos bichitos muy monos –murmuré–. Ojos
grandes. Tienen un aire melancólico.
–Es bastante rara, incluso para ser una
forma de vida venusiana –me dijo Crane–. Esta área de unas veinte o treinta
millas cuadradas es la única zona en la que han sido vistas.
–Rara es la palabra correcta –gruñó el
doctor Everton–. Y tal y como van las cosas, se extinguirán antes de asegurar
la especie.
Yo me quejé ante eso.
–¿Qué quiere decir?
Crane se encogió de hombros.
–Algunos de los intentos por cazarlas han
resultado desastrosos para las tortugas del lodo. Una expedición biológica
probó con gas venenoso, pensando en matar a unas cuantas y al menos obtener
algunos ejemplares muertos. Sin embargo, lo que obviamente pasó es que los
muertos se hundieron rápidamente en el lodo. Otra expedición uso narcóticos con
la esperanza de conseguir algunos inconscientes. Ellos...
El doctor Everton intervino.
–Bien, sea como sea, si esta expedición
falla, probablemente será la última. Los intentos de capturar a la tortuga del
lodo son demasiado caros.
Me restregué una mano por la cara. Era como
tener una resaca después de una juerga de seis días. Si no hubiera sido por la
carta escrita de mi propio puño y letra, todavía hubiera sospechado que estaban
conspirando para gastarme una broma.
–Cualquiera que fuera mi idea, debía estar
equivocado. Me he encontrado con el enemigo y me ha vencido. Si me perdonan...
–dije con arrepentimiento.
–¿Qué vas a hacer, Rod? –preguntó Dixie.
–Salir afuera a pensar un rato –me volví al
doctor Everton–. A menos que me necesite para algo.
–No, vaya, Spenser. Saldremos de nuevo a
cazar, probablemente sea nuestra última salida antes de irnos. Pero...
No dijo exactamente que yo no iba a ser una
aportación muy valiosa a la expedición de caza, pero lo dio a entender. Y no le
culpaba.
Volví a mi propia tienda, cada uno de
nosotros cuatro tenía una pequeña tienda privada junto a la grande, y me senté
en el catre. Intenté recordar algo, cualquier cosa, sobre las tortugas o sobre
una tortuga. Pero aparte de lo que me acababan de contar, no conseguí
desentrañar nada.
¿Qué idea tuve? Bueno, cualquiera que fuera,
no era buena. Me sentía como si estuviera tirándome de los pelos.
Sonó una tos en la entrada de la tienda.
–¿Puedo entrar?
Era la voz del doctor Everton.
–Claro –dije.
Entró y le hice una señal para que se
sentará, pero negó con la cabeza. Dijo:
–Siento tener que recordarte esto, Spenser,
mientras que estás así, pero no sería justo conmigo mismo si no lo hiciera. Y
tú sin duda lo has olvidado junto con todo lo demás relativo a la tortuga.
Yo le miré desconcertado.
–¿No recuerdas nuestro acuerdo? –preguntó.
Negué con la cabeza.
–Era esto simplemente: te dije que si podías
hacer lo que habías dicho que podrías, retiraría las objeciones a tu matrimonio
con Dixie. A cambio estuviste de acuerdo en que si fallabas...
–Oh, no.
–Lo hiciste, Spenser. Estabas tan seguro de
ti mismo que parecía que pensabas que no estabas corriendo ningún riesgo. Pero
tú prometiste que si fallabas, aceptarías mi decisión y no volverías a ver a
Dixie.
Parecía imposible que yo hubiera dicho
eso... pero conocía al doctor Everton y sabía que era un hombre honesto. Tenía
que creerle.
–Siento tener que recordártelo. Y
francamente, de algún modo has empezado a gustarme un poco personalmente. Pero
aun así no creo que fueras un buen marido para mi hija. Ella es una chica
brillante. Ella se merece alguien...
–Que sea más listo que una tortuga del lodo
–terminé la frase por él con tristeza.
–Bueno... –y amablemente siguió intentando
hacerme sentir un poco mejor, pero no sirvió de nada. Muy pronto se fue y yo me
quedé allí sentado.
Y seguí allí sentado.
Yo debía haber tenido una idea que me había
hecho sentir muy confiado, si había hecho aquel trato con el doctor Everton.
Pero ¿en qué consistía esa idea? ¿Qué tiene de bueno una idea si no puedes
recordarla? ¿O había sido tan listo como para haberme dejado un mensaje a mí
mismo?
Fui rápidamente al arcón donde guardaba mi
ropa y mi equipo y levanté la tapa. Había un mensaje escrito con tiza en el
interior de la tapa, y estaba escrito de mi propio puño y letra. Tres frases.
Me quedé mirándolo.
«UN CAMBIO ES JUEGO LIMPIO. ¿PUEDE UNA
PERSONA CON AMNESIA SUFRIR UN ATAQUE DE AMNESIA? LA FASE ES LA RESPUESTA.»
Me quedé mirando el mensaje y dejé escapar
un gemido. Tenía que ser críptico. No podía haberlo puesto claro para que
supiera de qué estaba hablando. Probablemente me había imaginado que si lo
ponía claramente Crane o Everton podían haberlo visto y robarme la idea. Pero,
¿qué significaba?
UN CAMBIO ES JUEGO LIMPIO. ¿PUEDE UNA
PERSONA CON AMNESIA SUFRIR UN ATAQUE DE AMNESIA? LA FASE ES LA RESPUESTA
Chorradas. Debía significar algo para mí
cuando lo escribí allí, pero ahora no significaba nada en absoluto.
UN CAMBIO ES JUEGO LIMPIO. ¿Quería decir eso
que yo me había dejado pillar por una tortuga deliberadamente para volver y
atraparla? ¿Puede una persona con amnesia sufrir un ataque de amnesia? ¿Era
ahora inmune? Quizás, ¿pero qué quería decir que la fase era la respuesta?
Oí a los demás abandonar el campamento. Cogí
mi equipo rápidamente, incluyendo la caja recubierta de musgo, y me di prisa.
No estaban a la vista, por el sonido de sus voces estaban a una veinte yardas
de distancia, pero respondieron cuando les llamé, y esperaron un rato mientras
avanzaba trabajosamente por el lodo tras ellos.
El doctor Everton iba el último. Me puse a
su lado y le dije:
–Escuche, doctor, estoy a punto de averiguar
en qué consistía mi idea. Creo que dejé que la tortuga me pillara a propósito.
Creo que salí solo a propósito para poder acercarme a una.
–¿Sí? ¿Por qué? –su voz sonó interesada.
–Pues verá, habiendo sido atrapado, estaré
bajo los efectos de la amnesia durante otras cuatro horas o así. Y mientras
esté así, creo que soy inmune. Creo que si viera una tortuga ahora, no
olvidaría lo que es y que quiero capturarla.
Él se volvió y se quedó mirándome.
–Spenser, quizás has dado con algo. Pero es
una oportunidad muy pequeña.
–¿Por qué?
–Esta visibilidad, o la falta de ella. De
acuerdo con las fotos se integra muy bien con el barro. Se arrastran sobre él,
pero son del mismo color. No encontrarás ninguna a menos que estés a punto de
pisarla.
Miré a mi alrededor y mentalmente estuve de
acuerdo con él.
Pensé, la fase es la respuesta, y después
traté de imaginar qué significaba. Me tenía desconcertado.
Continuamos caminando trabajosamente,
conmigo concentrándome tan duramente que pensé que iba a darme un ataque. ¿Qué
había querido decir con fase? ¿Por qué tuve que ser tan críptico? Y esta iba a
ser mi última oportunidad...
Forcé la vista en la niebla mientras
caminaba.
–¿De qué tamaño diría que son las tortugas,
doctor?
–De unas seis pulgadas de diámetro, a juzgar
por las fotografías.
No es que importara mucho. En esta niebla a
seis yardas no hubieras visto un elefante. Dixie y Crane estaban sólo dos pasos
por delante de nosotros y apenas podía verlos.
–¿Y es exactamente del color del lodo?
–¿Cómo dice?
–Las tortugas –le dije– ¿Son del mismo color
que el lodo?
Él se volvió y me miró.
–¿Tortugas? ¿Está loco, Spenser? No hay
tortugas en Venus.
Me detuve tan de repente que me resbalé en
el lodo y casi me caigo. El doctor Everton me miró.
–¿Pasa algo, Spenser?
–Siga –le dije–. Le alcanzaré en un minuto.
Se lo explicaré luego.
Él dudó, como si quisiera preguntarme más
cosas, y después, dándose cuenta obviamente que perdería de vista a Crane y a
Dixie a menos que se diera prisa, dijo:
–Muy bien, le veré en el campamento si nos
separamos.
En el momento en que se desvaneció en la
niebla, puse mi caja en el suelo para marcar el punto donde me había parado.
Comencé a caminar en círculos a su alrededor.
¡La fase es la respuesta! No era tan
críptico después de todo. Simplemente me dejé atrapar solo por una de las tortugas,
para estar en una fase distinta que el resto de mis compañeros. Ahora era
inmune, durante un corto periodo de tiempo y ellos no. Así que la tortuga había
«pillado» a Everton y esa era mi pista.
Estaba haciendo mi quinto círculo alrededor
de la caja, a unos seis o siete pies de ella, cuando casi piso algo que estaba
muy quieto y casi era invisible encima del lodo. Era una tortuga de seis patas.
La cogí y dije:
–Ajá, preciosidad. ¡El cambio es juego
limpio, y la fase es la respuesta!
Me miró con un par de ojos grandes y
conmovedores y dijo con tristeza:
–¿Sí?
Sentí que me remordía la conciencia. Supe
perfectamente que ahora que se había encontrado un método, otros zoos, otros
museos, querrían ejemplares y...
Eliminé esa línea de pensamiento y puse la
tortuga dentro de la caja. Esto significaba Dixie, y Dixie significaba todo.
Usando la señal direccional como guía, volví al campamento.
Estaba sonriendo entre dientes cuando ellos
volvieron unas horas más tarde. Era un cambio otra vez, pero estaba listo para convencerles.
Rebusqué en mi arcón y encontré toda la munición que necesitaba, publicaciones
científicas con artículos sobre la tortuga del lodo de Venus, noticias en
periódicos sobre la partida de nuestra expedición zoológica y su principal
objetivo. Y por supuesto, la prueba A, una tortuga del lodo de venus viva y en
perfectas condiciones.
Llevé al doctor Everton a un lado y, tan
diplomáticamente como él me había hecho recordar el trato entre los dos, yo se
lo hice recordar a él.
Él suspiró.
–Muy bien, Rod –dijo–. No lo recuerdo, pero
creeré en su palabra. Creo que, ahora mismo, diría que sí de todos modos,
independientemente de que hubiera una apuesta por medio.
Nos estrechamos las manos y él sonrió de
repente.
–¿Han fijado usted y Dixie una fecha?
–Tendré que comprobarlo con Dixie –le dije–,
pero se que día elegiría yo. Y usted es técnicamente el capitán de la nave
especial y puede celebrar la ceremonia antes de irnos –le sonreí–. De hecho,
mejor lo hacemos antes de que vuelva a sufrir amnesia y olvide el trato otra
vez.
–¿Volver a sufrir amnesia? ¿Crees que podría
ocurrir?
–A menos que esta sea la misma tortuga a la
que me acerqué al primera vez, creo que sí. Tan pronto como el periodo de
inmunidad de la primera tortuga pase, ésta me atacará y olvidaré las cosas otra
vez durante unas horas. Y debe estar a punto de pasar, si es que va a ocurrir.
Encontré a Dixie en la tienda principal y
las palabras exactas que ambos pronunciamos no son de tu incumbencia. Media
hora después, el doctor Everton nos casó y luego, dado que queríamos recoger y
partir antes de que terminara el día, todos nos pusimos manos a la obra.
Yo hice la mayor parte del trabajo dentro de
la nave, preparándola, así que fui el último en recoger mis cosas y llevarlas a
bordo. Naturalmente tiré todo lo que no necesitaba, uno siempre lo hace antes
de salir al espacio, incluido el musgo de mi caja y una extraña criatura con
forma de tortuga que no podía tener ningún valor como espécimen; debía haber
dejado la portezuela abierta y ella se había colado dentro, porque no era nada
que yo hubiera capturado. Era una criaturita atrayente, de algún modo; me
alegré de no tener ninguna razón para mantenerla prisionera.
Quizás debía haber preguntado al doctor
Everton sobre ella, pero tenía prisa por comenzar el viaje de vuelta a la
Tierra... y mi luna de miel.
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