Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Fredric Brown & Mack Reynolds - El manipulador de seis patas



Six-legged svengali © 1950, (Worlds Beyond, Diciembre de 1950). Traducción de Kyo.

El campamento base me pareció estupendo tras horas de deambular solo a través de la eterna y espesa niebla y la delgada llovizna que era Venus. Nunca puedes ver más de unas pocas yardas delante de ti, pero está bien; de todos modos no hay nada que merezca la pena verse en Venus.
Con la excepción, mientras nuestra expedición estaba allí, de Dixie Everton. Era estrictamente gracias a Dixie que yo disfrutaba de la Expedición Zoológica de Everton, dirigida por su padre, el doctor Everton del Zoo Extraterrestre de Nueva Alburquerque. Además yo estaba pagando mis propios gastos; el doctor Everton no pensaba que fuera una aportación valiosa al grupo. Y lo que era peor, no pensaba que fuera un marido valioso para Dixie. Y en esto yo discrepaba con él definitivamente.
De una u otra forma dependía de mí, en esta pequeña expedición, probarle que no era simplemente una non compos mentis como él creía. Quizás esto suena un poco cursi, pero así estaban las cosas. Y en vista de mi suerte hasta entonces, tenía las mismas oportunidades que un polo en el lado soleado de Mercurio de convencerle.
En realidad, la expedición me inspiraba muy poca simpatía. Nunca había pensado gran cosa de la gente que encerraba animales en jaulas para que fueran contemplados. De hecho, ya en la escasa vida animal de Venus, se habían extinguido dos especies: la bella garceta venusina, para proveer de plumas los sombreros, en un ridículo revival del estilo de sombreros de señoras del siglo XIX, y el kieter, cuya carne era increíblemente deliciosa, para adornar las mesa de los gourmets ricos.
Dixie me oyó volver al campamento. Sacó su preciosa cabeza por las solapas de su tienda y me sonrió. Eso ayudaba considerablemente.
–¿Has conseguido algo, Rod? –me preguntó.
–Sólo esto, ¿vale algo? –respondí.
Abrí la caja forrada de musgo que usaba para llevar la caza y saqué el único animal que había atrapado, si es que era un animal. Tenía agallas como un pez, ocho patas, una cresta como un gallo sólo que más grande, y piel azul.
Dixie le echó un vistazo.
–Es un weezen, Rod. Tenemos dos en el zoo, así que no es una especie nueva.
Ella debió ver la desilusión en mi cara, porque añadió rápidamente:
–Pero este es un buen ejemplar, Rod. No le dejes escapar todavía; papá probablemente querrá estudiarlo cuando tenga tiempo.
Esa era mi Dixie.
El doctor Everton salió de la tienda principal y me miró con desagrado.
–Hola, Spenser. Apagaré la señal ya. Crane ha vuelto también.
Continuó caminando y apagó el aparato con aspecto de radio y que había estado emitiendo la señal direccional que nos había permitido a Crane y a mí regresar al campamento. En Venus sin ese transmisor y un receptor de bolsillo similar, uno se perdería sin esperanza a unas pocas yardas de la base.
–¿Ha atrapado algo Crane? –pregunté.
–Ningún ejemplar interesante –dijo el doctor Everton–, pero sí algo que merece la pena comer. Cazó una gallina de los pantanos y la está cocinando para nosotros ahora.
–No me dejaría tocarla –dijo Dixie–. Dice que las mujeres no sabemos cocinar. Ya debe estar lista; ha estado trabajando en ello una hora. ¿Tienes hambre, Rod?
–Casi tanta como para comerme esto –le dije mirando al weezen que todavía estaba sujetando. Dixie se río y me la quitó para ponerla en otra caja más grande.
Entramos en la tienda principal. La gallina de los pantanos estaba lista y Crane la sirvió con orgullo. Había hecho un buen trabajo con ella y tenía derecho a estar orgulloso. Una gallina de los pantanos, correctamente cocinada, es mucho mejor que el pollo frito, igual que el pollo frito es mejor que el gallinazo cocido. Es lo mejor del mundo, de cualquier mundo.
Y tenía cuatro patas en vez de dos, así que había un muslo para cada uno.
No hubo demasiada conversación durante la cena. Pero con el café, Dixie me dijo algo que no tenía ningún sentido... algo sobre una tortuga.
–¿Qué? –dije–. ¿Una tortuga?
Dixie me miró como para comprobar si estaba bromeando o no y después miró a su padre y a John Crane, y luego hubo un extraño silencio.
Yo fruncí el ceño y pregunté qué pasaba.
Crane suspiró.
–Una tortuga del lodo venusiana, Rod. Para lo que esta expedición ha venido aquí en primer lugar. Y aparentemente encontraste una esta mañana.
–No sé de qué estás hablando –dije pacientemente–. Yo no sólo no he encontrado ninguna, sino que ni siquiera he oído hablar nunca de ellas. ¿Qué clase de broma es esta?
El doctor sacudió la cabeza con tristeza.
–Spenser, le permitimos venir aquí sólo porque juró que sabía cómo capturar una.
–¿Yo dije eso? –miré a Dixie suplicante–. ¿Os habéis puesto de acuerdo para tomarme el pelo, o qué?
Dixie posó la vista en su plato con tristeza.
El doctor Everton dijo:
–Sí, definitivamente encontró una de las tortugas, o estuvo cerca de una. Se lo explicaré. Mire, Spenser, muchas criaturas tienen sorprendentes mecanismos de defensa para usar contra sus enemigos. Hay insectos que sobreviven por tener el aspecto de ramitas, hay serpientes inofensivas que tienen las mismas marcas que las más mortales, los peces pequeños que pueden hincharse tanto como para evitar ser tragados... el camaleón que...
Le interrumpí.
– Sé que hay esos mecanismos de defensa, doctor Everton. Pero ¿qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando?
Él me apuntó con el dedo.
–Muy bien, sabe que existen esos mecanismos de defensa. Ahora vayamos al mecanismo de defensa de la tortuga del lodo venusiana. Como todas las demás formas de vida en Venus, tiene una limitada capacidad telepática. En este caso, una adaptación especial de la telepatía. Puede inducir una amnesia temporal en lo que respecta a sí misma, en lo que respecta a su misma existencia, en la mente de cualquier criatura que se acerque a cierta distancia de ella. En otras palabras, si algo sale a cazar a una tortuga del lodo venusiana y encuentra una, no solo olvidaría que estaba persiguiéndola, sino incluso que la había visto o que había oído hablar de ella.
Probablemente me quedé con la boca abierta.
–Quiere decir que yo estaba cazando una...
–Exactamente –dijo el doctor Everton con cierto aire de suficiencia.
Miré a Dixie y esta vez sus ojos se encontraron con los míos. Ella dijo:
–Así es, Rod, Encontrar un modo de capturar una de esas tortugas era el propósito principal de esta expedición. Y parte de la razón por la que papá te dejó venir con nosotros fue el hecho de que juraste que sabías cómo hacerlo.
–¿Lo hice?
–Espera un minuto, Rod; te lo mostraré. Sé que te resulta difícil de creer, porque no lo recuerdas.
Ella salió de la tienda un minuto y volvió con una carta; pude ver que era mi letra. Me la dio y cuando la leí mis oídos comenzaron a zumbar.
Se la devolví y hubo un largo silencio.
Finalmente yo lo rompí.
–¿Y no di ni siquiera una pista, –pregunté– de cómo iba a ser más listo que una tortuga del lodo?
El doctor Everton abrió las manos.
–No nos lo hubiera dicho.
–¿Cuánto durará la amnesia? ¿Es permanente?
–No, se pasará en unas cuantas horas... cinco o seis quizás. Pero después de eso, si encuentra otra de esas bestias, le volverá a pasar.
Lo pensé de nuevo, pero no sirvió de nada. Pero de repente me pregunté algo.
–Si todo el que ve una la olvida, ¿cómo se conoce su existencia?
–Ha sido fotografiada muchas veces, pero por exploradores que no recordaban haber tomado las fotografías hasta revelarlas horas después. Se parece bastante a una tortuga terrestre, pero tiene seis patas y es más redonda que ovalada. Usted ha estudiado a fondo las fotografías.
Crane se había puesto en pie y había sacado media docena de fotografías de una mesita portátil que había en un rincón.
–Aquí está el objeto de la búsqueda, Rod.
Había diversión en sus ojos.
Me quedé mirándole, aun incrédulo.
–Son unos bichitos muy monos –murmuré–. Ojos grandes. Tienen un aire melancólico.
–Es bastante rara, incluso para ser una forma de vida venusiana –me dijo Crane–. Esta área de unas veinte o treinta millas cuadradas es la única zona en la que han sido vistas.
–Rara es la palabra correcta –gruñó el doctor Everton–. Y tal y como van las cosas, se extinguirán antes de asegurar la especie.
Yo me quejé ante eso.
–¿Qué quiere decir?
Crane se encogió de hombros.
–Algunos de los intentos por cazarlas han resultado desastrosos para las tortugas del lodo. Una expedición biológica probó con gas venenoso, pensando en matar a unas cuantas y al menos obtener algunos ejemplares muertos. Sin embargo, lo que obviamente pasó es que los muertos se hundieron rápidamente en el lodo. Otra expedición uso narcóticos con la esperanza de conseguir algunos inconscientes. Ellos...
El doctor Everton intervino.
–Bien, sea como sea, si esta expedición falla, probablemente será la última. Los intentos de capturar a la tortuga del lodo son demasiado caros.
Me restregué una mano por la cara. Era como tener una resaca después de una juerga de seis días. Si no hubiera sido por la carta escrita de mi propio puño y letra, todavía hubiera sospechado que estaban conspirando para gastarme una broma.
–Cualquiera que fuera mi idea, debía estar equivocado. Me he encontrado con el enemigo y me ha vencido. Si me perdonan... –dije con arrepentimiento.
–¿Qué vas a hacer, Rod? –preguntó Dixie.
–Salir afuera a pensar un rato –me volví al doctor Everton–. A menos que me necesite para algo.
–No, vaya, Spenser. Saldremos de nuevo a cazar, probablemente sea nuestra última salida antes de irnos. Pero...
No dijo exactamente que yo no iba a ser una aportación muy valiosa a la expedición de caza, pero lo dio a entender. Y no le culpaba.

Volví a mi propia tienda, cada uno de nosotros cuatro tenía una pequeña tienda privada junto a la grande, y me senté en el catre. Intenté recordar algo, cualquier cosa, sobre las tortugas o sobre una tortuga. Pero aparte de lo que me acababan de contar, no conseguí desentrañar nada.
¿Qué idea tuve? Bueno, cualquiera que fuera, no era buena. Me sentía como si estuviera tirándome de los pelos.
Sonó una tos en la entrada de la tienda.
–¿Puedo entrar?
Era la voz del doctor Everton.
–Claro –dije.
Entró y le hice una señal para que se sentará, pero negó con la cabeza. Dijo:
–Siento tener que recordarte esto, Spenser, mientras que estás así, pero no sería justo conmigo mismo si no lo hiciera. Y tú sin duda lo has olvidado junto con todo lo demás relativo a la tortuga.
Yo le miré desconcertado.
–¿No recuerdas nuestro acuerdo? –preguntó.
Negué con la cabeza.
–Era esto simplemente: te dije que si podías hacer lo que habías dicho que podrías, retiraría las objeciones a tu matrimonio con Dixie. A cambio estuviste de acuerdo en que si fallabas...
–Oh, no.
–Lo hiciste, Spenser. Estabas tan seguro de ti mismo que parecía que pensabas que no estabas corriendo ningún riesgo. Pero tú prometiste que si fallabas, aceptarías mi decisión y no volverías a ver a Dixie.
Parecía imposible que yo hubiera dicho eso... pero conocía al doctor Everton y sabía que era un hombre honesto. Tenía que creerle.
–Siento tener que recordártelo. Y francamente, de algún modo has empezado a gustarme un poco personalmente. Pero aun así no creo que fueras un buen marido para mi hija. Ella es una chica brillante. Ella se merece alguien...
–Que sea más listo que una tortuga del lodo –terminé la frase por él con tristeza.
–Bueno... –y amablemente siguió intentando hacerme sentir un poco mejor, pero no sirvió de nada. Muy pronto se fue y yo me quedé allí sentado.
Y seguí allí sentado.
Yo debía haber tenido una idea que me había hecho sentir muy confiado, si había hecho aquel trato con el doctor Everton. Pero ¿en qué consistía esa idea? ¿Qué tiene de bueno una idea si no puedes recordarla? ¿O había sido tan listo como para haberme dejado un mensaje a mí mismo?
Fui rápidamente al arcón donde guardaba mi ropa y mi equipo y levanté la tapa. Había un mensaje escrito con tiza en el interior de la tapa, y estaba escrito de mi propio puño y letra. Tres frases. Me quedé mirándolo.
«UN CAMBIO ES JUEGO LIMPIO. ¿PUEDE UNA PERSONA CON AMNESIA SUFRIR UN ATAQUE DE AMNESIA? LA FASE ES LA RESPUESTA.»
Me quedé mirando el mensaje y dejé escapar un gemido. Tenía que ser críptico. No podía haberlo puesto claro para que supiera de qué estaba hablando. Probablemente me había imaginado que si lo ponía claramente Crane o Everton podían haberlo visto y robarme la idea. Pero, ¿qué significaba?
UN CAMBIO ES JUEGO LIMPIO. ¿PUEDE UNA PERSONA CON AMNESIA SUFRIR UN ATAQUE DE AMNESIA? LA FASE ES LA RESPUESTA
Chorradas. Debía significar algo para mí cuando lo escribí allí, pero ahora no significaba nada en absoluto.
UN CAMBIO ES JUEGO LIMPIO. ¿Quería decir eso que yo me había dejado pillar por una tortuga deliberadamente para volver y atraparla? ¿Puede una persona con amnesia sufrir un ataque de amnesia? ¿Era ahora inmune? Quizás, ¿pero qué quería decir que la fase era la respuesta?
Oí a los demás abandonar el campamento. Cogí mi equipo rápidamente, incluyendo la caja recubierta de musgo, y me di prisa. No estaban a la vista, por el sonido de sus voces estaban a una veinte yardas de distancia, pero respondieron cuando les llamé, y esperaron un rato mientras avanzaba trabajosamente por el lodo tras ellos.
El doctor Everton iba el último. Me puse a su lado y le dije:
–Escuche, doctor, estoy a punto de averiguar en qué consistía mi idea. Creo que dejé que la tortuga me pillara a propósito. Creo que salí solo a propósito para poder acercarme a una.
–¿Sí? ¿Por qué? –su voz sonó interesada.
–Pues verá, habiendo sido atrapado, estaré bajo los efectos de la amnesia durante otras cuatro horas o así. Y mientras esté así, creo que soy inmune. Creo que si viera una tortuga ahora, no olvidaría lo que es y que quiero capturarla.
Él se volvió y se quedó mirándome.
–Spenser, quizás has dado con algo. Pero es una oportunidad muy pequeña.
–¿Por qué?
–Esta visibilidad, o la falta de ella. De acuerdo con las fotos se integra muy bien con el barro. Se arrastran sobre él, pero son del mismo color. No encontrarás ninguna a menos que estés a punto de pisarla.
Miré a mi alrededor y mentalmente estuve de acuerdo con él.
Pensé, la fase es la respuesta, y después traté de imaginar qué significaba. Me tenía desconcertado.
Continuamos caminando trabajosamente, conmigo concentrándome tan duramente que pensé que iba a darme un ataque. ¿Qué había querido decir con fase? ¿Por qué tuve que ser tan críptico? Y esta iba a ser mi última oportunidad...
Forcé la vista en la niebla mientras caminaba.
–¿De qué tamaño diría que son las tortugas, doctor?
–De unas seis pulgadas de diámetro, a juzgar por las fotografías.
No es que importara mucho. En esta niebla a seis yardas no hubieras visto un elefante. Dixie y Crane estaban sólo dos pasos por delante de nosotros y apenas podía verlos.
–¿Y es exactamente del color del lodo?
–¿Cómo dice?
–Las tortugas –le dije– ¿Son del mismo color que el lodo?
Él se volvió y me miró.
–¿Tortugas? ¿Está loco, Spenser? No hay tortugas en Venus.
Me detuve tan de repente que me resbalé en el lodo y casi me caigo. El doctor Everton me miró.
–¿Pasa algo, Spenser?
–Siga –le dije–. Le alcanzaré en un minuto. Se lo explicaré luego.
Él dudó, como si quisiera preguntarme más cosas, y después, dándose cuenta obviamente que perdería de vista a Crane y a Dixie a menos que se diera prisa, dijo:
–Muy bien, le veré en el campamento si nos separamos.
En el momento en que se desvaneció en la niebla, puse mi caja en el suelo para marcar el punto donde me había parado. Comencé a caminar en círculos a su alrededor.
¡La fase es la respuesta! No era tan críptico después de todo. Simplemente me dejé atrapar solo por una de las tortugas, para estar en una fase distinta que el resto de mis compañeros. Ahora era inmune, durante un corto periodo de tiempo y ellos no. Así que la tortuga había «pillado» a Everton y esa era mi pista.
Estaba haciendo mi quinto círculo alrededor de la caja, a unos seis o siete pies de ella, cuando casi piso algo que estaba muy quieto y casi era invisible encima del lodo. Era una tortuga de seis patas. La cogí y dije:
–Ajá, preciosidad. ¡El cambio es juego limpio, y la fase es la respuesta!
Me miró con un par de ojos grandes y conmovedores y dijo con tristeza:
–¿Sí?
Sentí que me remordía la conciencia. Supe perfectamente que ahora que se había encontrado un método, otros zoos, otros museos, querrían ejemplares y...
Eliminé esa línea de pensamiento y puse la tortuga dentro de la caja. Esto significaba Dixie, y Dixie significaba todo. Usando la señal direccional como guía, volví al campamento.
Estaba sonriendo entre dientes cuando ellos volvieron unas horas más tarde. Era un cambio otra vez, pero estaba listo para convencerles. Rebusqué en mi arcón y encontré toda la munición que necesitaba, publicaciones científicas con artículos sobre la tortuga del lodo de Venus, noticias en periódicos sobre la partida de nuestra expedición zoológica y su principal objetivo. Y por supuesto, la prueba A, una tortuga del lodo de venus viva y en perfectas condiciones.
Llevé al doctor Everton a un lado y, tan diplomáticamente como él me había hecho recordar el trato entre los dos, yo se lo hice recordar a él.
Él suspiró.
–Muy bien, Rod –dijo–. No lo recuerdo, pero creeré en su palabra. Creo que, ahora mismo, diría que sí de todos modos, independientemente de que hubiera una apuesta por medio.
Nos estrechamos las manos y él sonrió de repente.
–¿Han fijado usted y Dixie una fecha?
–Tendré que comprobarlo con Dixie –le dije–, pero se que día elegiría yo. Y usted es técnicamente el capitán de la nave especial y puede celebrar la ceremonia antes de irnos –le sonreí–. De hecho, mejor lo hacemos antes de que vuelva a sufrir amnesia y olvide el trato otra vez.
–¿Volver a sufrir amnesia? ¿Crees que podría ocurrir?
–A menos que esta sea la misma tortuga a la que me acerqué al primera vez, creo que sí. Tan pronto como el periodo de inmunidad de la primera tortuga pase, ésta me atacará y olvidaré las cosas otra vez durante unas horas. Y debe estar a punto de pasar, si es que va a ocurrir.
Encontré a Dixie en la tienda principal y las palabras exactas que ambos pronunciamos no son de tu incumbencia. Media hora después, el doctor Everton nos casó y luego, dado que queríamos recoger y partir antes de que terminara el día, todos nos pusimos manos a la obra.
Yo hice la mayor parte del trabajo dentro de la nave, preparándola, así que fui el último en recoger mis cosas y llevarlas a bordo. Naturalmente tiré todo lo que no necesitaba, uno siempre lo hace antes de salir al espacio, incluido el musgo de mi caja y una extraña criatura con forma de tortuga que no podía tener ningún valor como espécimen; debía haber dejado la portezuela abierta y ella se había colado dentro, porque no era nada que yo hubiera capturado. Era una criaturita atrayente, de algún modo; me alegré de no tener ninguna razón para mantenerla prisionera.
Quizás debía haber preguntado al doctor Everton sobre ella, pero tenía prisa por comenzar el viaje de vuelta a la Tierra... y mi luna de miel.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.